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Full text of "El general Artigas y su época : apuntes documentados para la historia oriental"

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FJX'-DlRKCTOn DE LA Üi liIXA DE ESTADÍSTICA DE BUEX' 

MIEMBRO DKL INSTITUTO HISTÓiaCO GE001L,ÍFICO DEL P.IO J ..Al A: 

BE LA ASOCIACIÓN AUXILIADORA DE LA ISDISTRIA jíOKAL 

'-^^ DE RIO JA^-EII;0: 

DE LA SmCIEDAD DE AMIOOS DE LA ILLSTRACIOX 

DE VALI'AIIAISO; ETC.. ETC. 



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18 85 



Esta obra es propiedad de su autor, quien se 
reserva sus derechos como tal; persiguiendo ante 
la ley á los que la 7-eproduzcan en todo ó en parte, 
sin su expresa autorización. 




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ESTUDIO PRELIMINAR 



SOBEE EL 



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Y SU ÉPOCA. 
El general Artigas ante la historia oriental. 



La eminente personalidad del General Artigas concentra en 
si, y representa en la vida de sn pneblo, tres distintas éj)Ocas, 
cada una de ellas á cual mas anormal pero á la Tez más glorio- 
sa, en cada una de las cuales elévase á la más honorable 3' 
encumbrada altura. 

Es en la primera época, el caudillo popular, el jefe ¡presti- 
gioso bajo cuyas órdenes é incitaciones se congregan entusias- 
tamente las poblaciones armadas y los mas pudientes vecinos 
de la entonces provincia Oriental, y á su frente toma desde Fe- 
brero de 1811; una parte tan activa como gloriosa en las ope- 
raciones de aquella triunfal campaña, solo interrumpida por la 
cobarde é inicua entrega del tratado de Octubre de 1811, en la 
que las batallas de las Piedras y del Cerrito, probaron el tem- 
ple de alma de los revolucionarios y hermanaron en una glo- 
ría común las annas argentinas y orientales hasta hacer su- 
cumbir el fuerte poder español en esta vasta región del Rio de 
la Plata . 



__ 4 — 

En la segnncla época Artigas inicia y dirige un pronuncia- 
miento popular decidido y legitimo, reaccionando este pueblo 
viril contra el despotismo ceutralizador y esclusivista de los 
Directores Supremos de las Provincias unidas don Gervasio 
Antonio Po.sadas y G-eneral Alvear . 

Sus gobiernos violando los mandatos de la igualdad y de la 
libertad.y falínndo á todos los compromisos solemnemente con- 
traidos desde 1&Í0, lorla primera Junta Gubernativa de Bue- 
nos Aires en su célebre circular á las Provincias, trataron á 
Montevideo y á toda la Provincia Oriental como á país conquis- 
tado, sin conceder á. sus nijos durante tres años de sacrificios y 
combates una parte en la dirección de los asuntos militares, 
negándoles basta el dereclio de organizar una administración 
municipal 2')r02)ia; enviándoles sus gobernadores absolutamen- 
te desconocidos en el país; imponiendo odiosas contribuciones 
de guerra: exigiendo la aprobación del jefe de la guarnición 
hasta pai'a Ja elección de tenientes alcaldes; despojando por 
último á Montevideo, capital fortificada de la Provincia, del 
inmenso material de guen-a que el poder esj)añol liabia acumu- 
lado en ella, una gran parte del cual, cuando menos, le corres- 
pondía en justicia; persiguiendo y hostilizando con feroz encar- 
nizamiento á las milicias onentales tan probadas en su abnega- 
ción y sacrificios patrióticos: practicando á la vez otros actos 
de odiosa violencia, negando á los hijos del país hasta el 
derecho de quejarse, castigado entonces como un delito de in- 
disciplina militar bajo la ley marcial mas rigorosa é inapelable. 

En un año y medio de ardiente lucha ci^Td. en que se dieron 
algunas sangrientas batallas entre los hermanos en armas, Ar- 
tigas inicia y dii'ije la resistencia, y después de la victoria del 
Guayabo, obtenida j)or el general Rivera, consigue al fin ven- 
cer definitivamente las fuerzas de Alvear, y hacerlas desalojar 
á Montevideo , 

Al mismo tiempo que su nombre j su causa simbolizan los 



— 5 — 

grandes principios políticos de igualdad y autonomía para las 
provincias argentinas, llevando su influencia 3- su acción pre- 
potente á Entre-üios. á Corrientes, á Santa Fé. y su prestigio 
y ejemplo hasta Córdoba y Tucumán. Artigas contribuj'e efi- 
cazmente, en la otra orilla del Plata por medio de su iniciativa 
y sost-én. á la caida de sus poderosos é implacables enemigos 
derrocados del poder por la revolución müitar de Fontezuelas, 
realizada con los mismos elementos con que el Director Supre- 
mo General Alvear se aprestaba á invadir y asolar las provin- 
cias de Santa Fe. Entre-Rios y Banda Oriental, iuflijiéndoles 
un cruel escarmiento por sus pretensiones de administración 
23ropia . 

En la última y tercera ¿i^oca. Artigas inicia, organiza y ro- 
bustece con sus reducidos elementos propios, la temeraria de- 
fensa del territorio patrio, ocupado entonces por una población 
total apenas d^cuarenta á cincuenta mil almas, contra el po- 
deroso ejército portugués compuesto de mas de quince mil 
hombres entre portugueses peninsulares y brasileros, con su- 
perabundantes elementos de guerra: al mismo tiempo que en 
el Entre-Eios sostiene una encarnizada guerra conti'a el Di- 
rectorio de Pue^'iTedon hasta vencerlo en dos batallas, y en 
Santa Fé inicia y contribu^'e á las den'otas del mismo Direc- 
toño hasta dar en tierra definitivamente con él . 

Adonde vá Artigas, vá el pueblo Oriental, y -con ellos 
vá la gloria ó el sacrificio. 

Tres años mantiene la provincia Oriental y las [Misiones en 
constante militarización, convertidas en un vasto campo de ba- 
talla, haciendo al fin él 3^ sus leales tenientes la única resisten- 
cia posible, la de la guerra de recursos, ardiente é infatiga- 
blemente sostenida después de los inseparables desastres de la 
India Muerta. Corumbé, Ibiracoah3' 3^ Catalán. 

Unos tras de otros van ca3'endo aquellos leones en la homé- 
rica lucha, asombrando cada vez más á sus mismos vencedo- 



— 6 — 

res, eti tanto que el desleal y fanatizado circulo político que 
imperaba en 1816 y 17 en Buenos Aires veia impasible avan- 
zar la obra de su inicua complicidad: y se cruzaba de brazos, 
dejando sola y abandonada ala provincia Oriental, á pesar de 
la amarga censura que la opinión bacía pesar sobre él; conclu- 
yendo al fin por hacerle también la guerra fratricida de Caín 
invadiendo las provincias de Santa Fé y Entre-E,ios . 

En su zana feroz contra Artigas, esa oligarquía autocrática 
parecía no poder prever no solo la imboiTable ignominia que 
siempre pesaría sobre ella por aquella vergonzosa defección á 
la causa americana, sino hasta el peligro vital para las mismas 
provincias del litoral, de dejar al codicioso y secular usurpador 
portugués enseñorearse de esta Banda del Rio de la Plata, el 
más anhelado blanco de sus ávidas aspiraciones de conquista 
territorial, desde la época en que su general el Gobernador de 
Rio Janeiro don Manuel Lobo llegó el 1 . ° de Enfero de 1680 á 
fundar la Colonia del Sacramento en esta tien-a de la <.<Kova 
Conquista» . 



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Las tres épocas de Artigas. 



Esas tres épocas tan sobresalientes en la historia de la Be- 
, pública Oriental, el sublime triángulo de su primera grandeza 
moral, constituj-en ante el criterio imparcial del observador 
justiciero la glorificación de Artigas; 

Como libertador de su pueblo : 

Como sostenedor de los derechos politicos de su Provincia; 

Y como inflexible defensor de su Independencia contra la 
conquista extranjera. 

Diez años de lucha bravia é incesante; afrontando todos los 
peligros, ajigantándose cada vez más en el prestigio y po]5U- 
laridad de sus compatriotas de una y otra banda del gran 
rio; sin más aspiraciones ni más interés que salvar el al- 
tivo honor y la autonomia de su provincia, considerada 
ya como un Estado; sin más compensación ni satisfacción per- 
sonal que la conciencia del deber cumplido: el primero en 
arrostrar los peHgros, el último en quejarse de insoporta- 
bles privaciones; teniendo en sus manos centenares de prisio- 
neros, que devolvia sin hacerles sufrir el menor veiámen, sin 
hacer uso délas represalias á que lo autorizaban las atrocida- 
des practicadas por sus contrarios; atendiendo en medio de 
esa lucha, siempre desigual y azarosa, al bien pro-comunal, á 
la mejora de todos los ramos del servicio público; á la severisi- 
ma j ejemplar administración de los dineros fiscales; recur- 
riendo siempre, como un leal demócrata, en todos sus actos 
mas caracterizados, á la gran fuente purificadora del sufragio 
popular para elejir las autoridades municipales y políticas, y 
lo que es más asombroso aún en aquella época, liasia ¡as auto- 
ridades multares, que frecuentemente eran elejidas por los ve- 



— 8 — 

cindarios: — firme, incontrastable en sus con^^icciones republi- 
canas y patriotas, en medio de tentadores seducciones, y de 
inmorales y vergonzosas claudicaciones y defecciones de otros 
gobernantes y estadistas eminentes; lucbando á un mismo 
tiempo contra cuatro enemigos á cual mas irreconciliables y 
mas poderosos: los españoles; los gobiernos de las Provincias 
Unidas, el Portugal, y los descontentos, los cobardes ó los 
ambiciosos del interior, que le za2Daban su obra, 3^ que por anu- 
larlo se prosternaban ante el invasor extranjero, y traiciona- 
ban la patria: diez años, decimos, de esa vida excepcional, dan 
á Artigas amplísimos títulos para ser considerado como uno 
de los proceres, no solo de su país, sino de la revolución Ame- 
ricana. 

Las páginas de esta obra lo demostrarán acabadamente. 



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Deficiencias de la Historia Oriental. 



Es evidente que la liistoria primitiva del pueblo Oriental 
desde 1810 no se ha escrito hasta ahora sino de un modo im- 
perfecto ó incomjileto . 

Apenas si se han diseñado sus principales rasgos por los 
ilustrados }'• laboriosos escritores que desde 1860, en medio de 
ingratas contrariedades, se dedicaron á consignarlos en sus 
obras más ó menos elemontales. 

Una gran parte de las glorias y sacrificios de los Orientales 
en la lucha de las tres Independencias, permitasenos esta frase, 
porque ella es correcta, queda aiin oculta en la penumbra de 
un ingi'ato olvido, ó cuando menos de una inmerecida indife- 
rencia. 

Diliase que hay en la E,ei>ública Oriental tanto acopio de 
aquellas glorias, que no hay empeño en atesorarlas todas en un 
sagrario nacional . 

Seáse como fuese, es un hecho que se advierte á primer vis- 
ta un lamentable vacio en la historia inicial de la República, 
como provincia argentina, hasta la invasión portuguesa, y du- 
rante toda ésta . 

Observaremos asi mismo, que ésa oscuridad y deficiencias 
tienen hasta cierto punto, su justificada esplicacion. 

Las tremendas guerras civiles que han desjjedazado la Re- 
pública Oriental han moncJpolizado en su absorvente y fe- 
bril atracción las inteligencias mas preclaras del país, desde 
1830 hasta 18G0, obligándolas á ejercitarse y concentrarse en 
la ardiente lucha diaria de los partidos políticos, en sus predo- 
minantes exijencias. en sus sangrientos episodios y alterna- 
tivas. 2 



— 10 — 

Es asi, fatalmente, como se explica la anomalia de que una 
nación dotada de tantos y tan claros ingenios, con un campo 
histórico tan vasto en que ocuparse y sobresalir, y aún á pesar 
de munificentes larguezas hedías á uno de sus más ilustrados 
publicistas, para obtener en él un historiógrafo nacional: se 
ha visto privada hasta 1860 del galardón honroso que repre- 
senta para un pueblo culto la posesión de un historiador na- 
cional consagrado á la laboriosa redacción de sus anales. Es 
justamente en los primeros tiempos de la emancipación defini- 
tiva de esto país, desde 1830 al 50. cuando hubiera podido ser 
facilísima la realización de tan ini2:)ortante trabajo. 

En ese período sobrevivían aim muchos de los eminentes 
ciudadanos y jefes que habían tomado una parte activísima y 
notable en aquellos sucesos. Habría podido entonces oírse de 
sus labios respetables la verídica narración y esplicacíon de 
aquellos,y comj)letar ese conjunto de inestimables informes con 
el precioso contingente de los documentos públicos y aún pri- 
vados, que entonces podrían haberse á las manos fácilmente. • 

Los distinguidos escritores que desde 18G0 acá se han dedi- 
cado á coordinar 3^ redactar la historia del país han carecido, 
pues, muj^ á su pesar sin duda, de aquella base preliminar in- 
dispensable para la ampliación j perfección de sus excelentes 
obras . 

Cuando dieron principio á su noble tarea, yá la tiimba ocul- 
taba la maj^or parte de los proceres de 1812 á 1820, y los que 
sobrevivían en el ocaso de sus' últimos días, apenas sí po- 
dían conservar vagos recuerdos del glorioso pasado para evo- 
carlo en sus más atrayentes detalles. 

Del 2nismo modo, les ha faltado á esos modernos escritores 
para llevar á cabo una obra completa, el indispensable conoci- 
miento de la multitud de documentos oficiales que no se han 
encontrado hasta ahora en los archivos; que han sido disemi- 
nados ó perdidos en las revoluciones: 3- que han permanecido 



— 11 — 

ignorados, sea en Montevideo ó en los departamentos, sea en 
los archivos de los Cabildos; deteriorados ó abandonados en 
los de las Juntas Económicas, ó conservados en poder de parti- 
culares más ó menos relacionados con los ciudadanos y con los 
jefes que desde 1811 tomaron una parte activa en la vida pú- 
blica del país. 

En ese ciimulo de documentos extraviados, despedazados, 
ó perdidos, se hallaría hoy una clave para explicar muchos he- 
chos de la primitiva historia nacional tan escasa y vaga hasta 
ahora en sus más importantes informes . 

Réstanos aún agregar un lamentable detalle. Muchos de 
esos documentos, y la correspondencia más interesante de al- 
gunos prohombres orientales, ha caído en poder de escritores 
adversos á Artigas, que han cuidado, probablemente por la 
misma razón, de no dar publicidad á pruebas que en otras ma- 
nos serían una anna contra su apasionada y hostil propagan- 
da, y un título más de honor para algunos patriotas, y princi- 
palmente para Artigas. 



—^^£¡m^ — 



Documentación de la Historia Oriental. 



Es debido á la falta de aquellos documentos y manuscritos 
que los más notables ó importantes incidentes de la primera 
vida de este pueblo, en su varonil resistencia á toda opresión 
estraña,se hallan aim envueltos en una indescifrable confusión, 
conservándose apenas algunas tradiciones que mal pueden dar 
la más mínima explicación, ni ninguno de los íntimos y exactos 
detalles de esos incidentes; por más que estos sean conocidos 
superficialmente en su conjunto, como hechos generales y no- 
torios. 

Para dar cuenta exacta de acontecimientos importantísimos 
en la historia Oriental, sus causas y consecuencias desde los 
primeros pasos de la emancipación colonial, habría sido preci- 
so buscar y descubrir en la Eepriblica, así como en Buenos 
Aires, Entre-Eíos, Santa Fe, Corrientes y Paraguay, dociunen- 
tos que nadie conoce hasta ahora, que han permanecido en la 
más completa oscuridad; siendo la carencia de ellos la que ha 
dado lugar á errores y estravíos de apreciación histórica, que 
necesariamente han influido en menoscabo del prestigio y re- 
nombre de algunos eminentes patriotas orientales. 

No es posible escribir la historia de un pueblo recien en la 
infancia, pero que así mismo surje de su turbulenta niñez ar- 
mado y batallador como un viejo guerrero, sin conocer y estu- 
diar minuciosamente los documentos que exphquen y revelen 
muchos hechos de su nueva vida, así como los buenos ó malos 
actos de sus hou.bres notables; justificándose de ese modo los 
juicios que se emitan, y autorizando la palabra del historiador 
con su irrecusable evidencia y testimonio. 

En cuanto á la Provincia Oriental, desde 1810 á 1820, puede 



— 14 — 

asegurarse que hay á aquel respecto, el mas lamentable vacio, 
el cual solo después de muclios años, y mediante sucesivos es- 
fuerzos, podrá irse llenando. 

No se atribuya á petulancia nuestra, porque tenemos casi la 
seguridad de evidenciarlo: hay que rehacer la historia Orien- 
tal, descubriéndose así nuevas y desconocidas causas de los 
efectos y consecuencias que, por ignorarse aquellas, han debido 
ser mal apreciadas. 

La investigación histórica en este caso, y muy particular- 
mente .en el nuestro con el procedimiento que hemos tenido 
que observar, se asemeja no poco á la del paleontólogo que es- 
cudriña y desentierra fatigosamente unas tras otras las capas 
geológicas de una creación desaparecida, para ir descubriendo 
aquí y allá, entre los escombros de las edades pre-históricas, 
los vestigios y los fragmentos inconexos ó perdidos, que agre- 
gados entre si, y coordinados metódicamente, deben hacer sur- 
jir en su magestuoso conjunto, el mundo nuevo del pasado, que 
viene á ostentarse en su grandiosidad ante la admiración y el 
asombro del presente. 

Es á esa labor ele investigación y reconstrucción, diremos 
asi, á la que hemos dedicado nuestros esfuerzos; siendo el fruto 
de estos el libro que presentamos hoy al pueblo Oriental, como 
una ofrenda de nuestro leal cariño y de nuestras profundas 
convicciones desde la edad juvenil. 

En cuanto á esta afirmación última muy luego la compro- 
baremos. 



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Hechos notables ignorados. 



En la patria de Artigas, nadie conoce liasta lioy los detallse 
de los primeros pasos de éste en el glorioso año 11, algunos 
meses antes de su primera proclama al iniciar su campaña con- 
tra los españoles; ni los detalles del asalto y defensa de Santo 
Domingo Soriano; ni el combate reñido, y primera toma de 
San JoKÓ por el valiente Bartolomé Quinteros y su segundo el 
bravo y desgraciado Manuel Francisco Artigas, mal herido en 
esa audaz empresa; ni la segunda toma de San José por Bena- 
vides; ni la rendición de Minas, San Carlos y Maldonado, jíoi' 
don Manuel Artigas, hermano del general, ni la organización 
de las fuerzas de éste antes de la gloriosa victoria de las 
Piedras. 

Con estos documentos á la vista, habria podido el historia- 
dor conocer y apreciar la iniciativa, la importancia y la multi- 
plicidad de los esfuerzos hechos directamente por los orientales 
en defensa de su independencia, asi como el hecho interesante 
de quienes fueron sus primeros y más enérgicos patriotas, y el 
grado de espontaneidad con que tomaban parte en esas em- 
presas; no como subordinados acatando una intimación ú orden 
militar, sino como ciudadanos que obedecían resueltamente á 
sus ¡propias inspiraciones, á su deseo injénito de emanciparse 
del poder español que los subyugaba y envilecía . 

Esa hermosa página está aún por escribirse. 

Nadie conoce aún detallada y auténticamente las primeras 
elocuentes }'• persuasivas intimaciones de rendición á la fuerte 
plaza de guerra de Montevideo, dirigidas desde el Cerrito por 
Artigas bajo su prestigioso nombre, al general español Elio, y 
al Cabildo, tres dias después de la victoria de las Piedras. 



— 16 - 

Estamos seguros que nuestros lectores nos agradecerán que 
les anticipemos el placer de conocer alguna parte de esos inte- 
resantes documentos, trascribiendo á continuación algunos pár- 
rafos de la nota fecha 21 de Marzo de 1811, dirijida por Arti- 
gas desde su campamento al Cabildo de Montevideo, exhortán- 
dolo para que contribuyese á la rendición de la plaza, abrien- 
do aquel por su cuenta esa comunicación nueve dias antes de 
llegar el general en jefe Rondeau, que reprodujo á su turno 
las mismas infructuosas intimaciones algunos dias después . 

Sin duda, el general Artigas en la exaltación de su hermoso 
triunfo de las Piedras, ambicionaba la noble gloria de ser el 
primero en someter la fuerte plaza. 

Hé aqui dichos párrafos: 

«Exmo señor: Entre cuantas autoridades ha creado la polí- 
tica, no hay alguna ni más honrosa, ni más sagrada que la de 
los cabildos: no hay otra que permita el dulcísimo atributo de 
padres de la patria, título casi divino bastante á llenar los de- 
seos de la ambición más gloriosa; pero tampoco hay alguna 
que denigre más los nombres délos que abusan de ella ó aban- 
donan los deberes que les impone; su memoria es llevada con 
horror hasta las futuras generaciones, y el odio y la execración 
marcan todos sus pasos. V. E. se halla en, el caso de adoptar 
necesariamente uno de ambos extremos; gloria eterna, ó eterno 
oprobio: constituido representante de un pueblo numeroso que 
le ha confiando sus votos, V. E. puede salvarle del precipicio 
á que cprre; y yo le hago el honor de creer, que oirá con madu- 
rez las proposiciones que como jefe de las tropas prontas á asal- 
tar esos muros, quiero dirijirle, no solo |)ara dar la más clara 
y lUtima prueba de los sentimientos de humanidad que me 
mueven, sino también para que caiga sobre V . E . el peso 
todo, de las desgracias que ocasione su indisculpable apatía so- 
bre la suerte de ese pueblo infortunado, que siente ya los ma- 
les á que le ha espuesto el ciego capricho de un jefe precipita- 



— 17 — 

do. Dicliosos desaciertos los que deja,n tiempo y esperiencia, 
aunque triste para evitar otros mayores!» 

« Los habitantes todos de esta vasta campaña han desperta- 
do del letargo en que yacian, y sacudido el yugo pesado de 
una esclavitud vergonzosa; todos se lian puesto en movimien- 
to, y unidos á las aguerridas y numerosas tropas, con que les 
lia auxiliado la Excma Junta, marchan guiados por la victo- 
ria á libertar á sus liermanos que gimen dentro de esos débiles 
muros. Ya han ocupado todos los pueblos y fortalezas déla 
Banda Oriental; ya han visto desaparecer ese ejército de las 
Piedras, en que V. E. tenia depositada su confianza; caj^endo 
en su poder todas las armas y artillería; ya están á la vista de 
esa plaza, único obstáculo que les resta, y en pocos dias, 
enpocas horas harán sentir dentro de ella todos los horrores de 
una guerra . 

«La Excma. Junta de estas provincias conforme siempre 
en los principios que ha adoptado no puede mirar con indife- 
rencia la efusión de sangre particularmente entre hermanos; 
y yo uniforme en mis sentimientos, doy este paso con el objeto 
de evitarla: Y. E . como representante de ese pueblo puede 
mejorar su suerte, haciendo valer su autoridad para que sea 
reconocido aquel superior gobierno, y se entregue la plaza á 
las tropas de mi mando, para que vivan sus habitantes libres 
de la opresipn en que gimen; en cuyo concepto ofrezco á Y. 
E . en nombre de aquella superioridad conceder á ese pueblo 
todas las proposiciones justas y acostumbradas en iguales 
casos.» 

«Estos son los momentos preciosos para enmendar los pasa- 
dos yerros, y esta la única senda gloriosa que ofrece á Y. E. la 
suerte para que se haga digno de nuestra consideración.» 

Hasta aquí el extracto de la intimación del general A rtigas, 
que tanto lo honra como audaz guerrero y como oriental. 



— 18 - 

Continuando aliora en nuestras investigaciones sobre pre- 
ciosos documentos históricos no conocidos, séanos Kcito inqui- 
rir ¿quién lia oído nombrar en la República Oriental al coman- 
dante don Ramón Fernandez, como primer promotor del 
pronunciamiento de la campaña oriental contra los españoles, 
el primero en reunir fuerzas en la Capilla Nueva de Merce- 
des; en donde se hallaba destacado por el general Elio con 
alguna tropa, y el cual en su parte oficial del 1° de Mayo de 
1811, comunica á la Junta de Buenos Aires bailarse á la ca- 
beza de una división de 300 hombres, con los que abrió su 
campaña el 24 de Febrero anterior, apoderándose del pueblo 
de Mercedes, defendido por ciento y tantos veteranos con cin- 
co cañones: « rindiéndolos á discreción^ « oficiando á don José 
« Artigas que se liallaha ya reuniendo gente en «Nogoyá», ju- 
« risdiccion de Santa-Fé », y anunciando que ha nomhrado i^or 
su segundo á don Pedro Viera, que es á quien injustamente se 
ha atribuido la exclusiva gloria de esa iniciativa, aun por los 
biógrafos de Artigas que pretenden estar mejor informados; 
revelándose así por otra parte que Artigas participó en la 
preparación de ese primer pronunciamiento oriental, inician- 
dolo desde Entre-Rios, mucho antes de su regreso á esta pro- 
vincia . Ningún historiador recuerda en esa campaña al intré- 
pido Fernandez, para quien la mas ingrata prescindencia no 
ha permitido que se le adjudique el mas leve recuerdo á su 
memoria, nó obstante que mas tarde se le vé servir como un 
jefe leal y valiente á las órdenes de Artigas. 



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Documentos importantes desconocidos. 



¿Quién conoce el oficio del ilustre general Belgrano de 23 
de Abril de 1811, comunicando la toma del Colla por Benavi- 
des, y anunciando que el «Teniente General don José Artigas, 
<.segundo ge£e interio del ejército marcha á estrechar a sus 
«enemigos»;ni la nota de Benavides en que informa á Belgrano 
queha enviado dos iiresos eiivo^eos y soldados prisioneros al 
segundo general Artigas>^ con una lista de todos ellos, cugahsta 
«(dice) mantengo en mi poder para cuando la Excma . ^ Junta o 
V.E. ordeiie se la manifieste;» cliiidose i conocev asi la ten- 
dencia de aquellos subalternos á reconocer ya á Artigas co- 
mo al gefe de los orientales? 

Nadie conoce en la Eeimblitatodavia los documentos oh- 
ciales de los primeros heroicos combates antes de las Piedras; 
y solo existe publicado uno de los dos partes oficiales de ese 
glorioso hechode armas, el dirigido á la Junta aubernativa de 
Buenos Aires; ni las admirables declaraciones é mforaies a la 
Junta Gubernativa del Paraguay en 1812, campendiados por 
el General Artigas en el documento más expHcativo y admira- 
por sus conceptos y por sus revelaciones que podrían ostentar 
los anales aun no escritos de aquellos grrandes días. 

No son tampoco conocidos los primeros ensayos electorales 
políticos en la Provincia, iniciados por Artigas, ni la elección y 
organización del primer gobierno Económico, fundado por ini- 
ciativa de aquel; ni los primeros Congresos de 5 y 21 de Abril 
de 1813, instalados en el alojamiento del General elijiendo 
aquel Gobierno y reconociendo á este como el Gefe Goberna- 
dor de la Provincia; ni las comunicaciones cambiadas sobre el 
doble rechazo de los Diputados de Buenos Aires; ni las pro- 



— 20 — 

puestas reservadas del Director Posadas á los españoles en 
1814, hedías por los doctores G-omez y Eclievarria para ayu- 
darlos á someter á Artigas, cuatro meses antes de la rendición 
de Montevideo, y quince días después de la separación de aquel 
de las lineas sitiadoras; ni las quejas y exortacioncs del Gefe de 
los Orientales para que se diese un carácter fraternal y conci- 
liador á la politica hostil y tiránica observ ada por los primeros 
gobiernos de Buenos Aii'es; ni sus doscientas catorce notas di- 
rigidas solamente al Cabildo Gobernador de Montevideo, sobre 
toda clase de materias políticas, militares, administrativas, 
financieras, judiciales, económicas, religiosas, municipales, etc., 
ni su Convenio de Comercio celebrado con un agente Inglés, el 
primero de su clase j^actado en Sud-América; ni tantos otros 
documentos de inapreciable mérito que hemos logrado recopi- 
lar ó copiar, y con los cuales puede iluminarse suficientemente 
la oscuridad de los primeros dias de la independencia de la 
Provincia Oriental, y hacer cesar el ingrato olvido ó la igno- 
rancia inescusable sobre los primeros hechos mas notables de 
aquel hombre eminente, que enaltece con ellos toda la primiti- 
va historia de su patria . 



— <>«ft!^'5*t^!«*»« 



Cómo se ha ignorado hasta ahora donde nació 

Artigas. 



Para colmo de admiración de miestros lectores, terminare- 
mos esta serie de nuevos informes con el siguiente: 

En la patria do Artigas, nadie sabia hasta ahora ni el sitio 
verdadero de su nacimiento, cuál era la ciudad que debia hon- 
rarse con el hecho de haber recibido en ella el primer soplo de 
vida aquel grande hombre ni mucho menos la verdadera fecha 
de su nacimiento . 

La mayor parte de los historiadores orientales afirmaban 
que nació el año de 1756 en el pueblito de las Piedras, juris- 
dicción del departamento de Montevideo, de cuyo Curato se 
habña podido encontrar la fé de bautismo respectiva, á no 
haber sobrevenido, decíase, la desgracia de haberse quemado 
hace muchos años el archivo de aquella pequeña iglesia. Esta 
circunstancia bastó sin duda para hacer desistir de nuevas 
aveñguacione?, quedando aceptados como indubitables aquellos 
informes hasta que nos ha sido posible á nosotros, después de 
repetidas averiguaciones cerca de algunos antiguos señores 
Curas de la iglesia Matriz, descubrir la verdad en ambos casos 
y destruir el error en que se ha estado hasta ahora. 

Merced, pues, á la bondad de los señores doctores Brid y 
Yeregui, hemos podido descubrir que el general Artigas nació 
el año de 1764 en la misma capital de Montevideo, indudable- 
mente en la casa paterna sita en la esquina que forman hoy 
las calles de Washington y Pérez Castellanos, cayo teiTeno re- 
cibió en donación el año 1726 el fundador de la famüia, don 



— 22 — 

Juan Antonio Artigas, natural de Zaragoza, uno de los prime- 
ros pobladores que al efecto vinieron de Buenos Aires. 

Considerando este hecho de bastanfe importancia, y como 
un honor mas para esta ciudad, nos complacemos en reprodu- 
cir á continuación la partida de bautismo que así lo acredita, 
y que por primera vez se trabcribe en letra de molde. 



« Rafael Yeregui, Cura Párroco de la Catedral Basílica de 
la Purísima Concepción y de los Santos Apóstoles Felipe y 
Santiago de Montevideo: 

« Certifico que en el libro primero de Bautismos al folio 
doscientos nueve vuelta, se halla la partida del tenor siguiente: 

« En diez y nueve de Junio de mil setecientos sesenta y 
cuatro nació Josef Grervasio, hijo lejítimo de don Martin Josef 
Artigas y de doña Francisca Antonia Armas, vecinos de la 
ciudad de Montevideo: y Yo el doctor Pedro García lo bautiza, 
puse oleo y chrisma en la Iglesia Parroquial de dicha ciudad, 
el veinte y uno del expresada mes y año : Fué su padrino don 
Nicolás Zamora . — Doctor Pedro García. 

« Concuerda con el original á que me refiero, y á petición de 
parte interesada, expido la presente que firmo y sello en Mon- 
tevideo á diez de Octubre de mil ochocientos ochenta y cuatro. 

(Firmado) — Bafaél Yeregui. ^^ 



• ■íxi^^ol-. 



Composición y carácter de este libro. 



Nuestra publicación no tiene otro mérito que el de ofrecer 
en su conjunto, numerosos materiales históiicos que hasta hoy 
han permanecido ignorados, y que ningún oriental, por mas 
indiferente que sea á las glorias de su pais y al prestijio de 
sus prohombres, debe desconocer ni mirar en menos . 

Si aquel es un verdadero titulo á la consideración del pú- 
blico, como lo creemos, somos los primeros también en declarar 
que ese es el único que puede tener nuestro libro . Debemos 
concretarnos en este al modesto rol de compiladores, porque no 
intentamos ni podemos escribir una historia nacional, ni aún 
una completa biografía de su primer ciudadano . 

Ko poseemos ninguna de las elevadas, aptitudes del historia- 
dor, ni disponemos del tiempo, y sobre todo de la salud y 
comodidad indispensables para dedicarnos desahogada y ex- 
clusivamente á esa tarea de investigación y de meditación 
reposada, mediante las cuales el biógrafo ó el historiador pue- 
den dia á dia bosquejar ordenadamente en su pensamiento, 
iluminar con su imaginación y esplicar en sus causas y efectos 
la marcha, la acción y la vitalidad de ks generaciones pasa- 
das, y con ellas los hechos de sus grandes hombres . 

Por el contrario, tenemos marcada predilección por los estu- 
dios de la historia natural, como lo demuestra nuestro libro so- 
bre las riquezas minerales de la Eepública Oriental. 

Muy á pesar nuestro, tenemos pues, que renunciar á aspira- 
ciones tan superiores á nuestras fuerzas como son las que se re- 
lacionan con la Historia Política y Social de un pueblo. Mucho 
es que nos contentemos con que puedan aplicarse á nuestra 
obra los conceptos del general Mitre en sus Comp'olaciones 



— 24 — 

histórieas (pág. 358), por supuesto en una escala inmensamente 
más inferior que en la que tan ilustrado autor juzga modesta- 
mente sus valiosos trabajos históricos . Dice así el General: 

« Yá hemos dicho antes que los historiadores presentes no 
pueden aspirar á más, ni existen ordenados los materiales ne- 
cesarios para confeccionar desde luego una historia completa 
en su crónica y en su filo sofia. No es posible hacer alquimia 
histórica, pues asi como sin oro no se hace oro, sin documentos 
no se hace historia. Nuestra tarea es la de los jornaleros que 
sacan la piedra bruta de la cantera, y cuando más, la entregan 
labrada al arquitecto que lia de construir el edificio futuro; y 
en este sentido creemos haber desempeñado la nuestra; sin dar 
á nuestra obra más valor que el que tenga ó le den los 
materiales de que está formada. » 

Por otra parte, el hermoso capítulo sobre el Éxodo del Pueblo 
Oriental que se ha publicado hace meses en La JRas'on como 
fragmento de la historia de Artigas, escrita por el ilustrado 
ciudadano Oriental señor Frejeiro, ha contribuido á convencer- 
nos que debíamos desistir de ensayar cualquier trabajo histó- 
rico ante la belleza y la grandiosidad de esa futura publi- 
cación . 

Nos limitaremos, pues, como hemos dicho, á coordinar algu- 
nos apuntes sobre la glande época tan poco conocida, que lla- 
maremos artigídsta, haciendo sucintas exposiciones y comenta- 
rios sobre los valiosos documentos que publicaremos , hasta 
aliora^ ignorados ó inéditos en su ma^^or parte , como lo hemos 
dicho antes. 

Esos documentos, muchos de los cuales hemos copiado en las 
oficinas públicas y archivos de Montevideo, Buenos Aires, 
Santa Fe 3^ Concepción del Uruguay, así como otros que con 
perseverancia hemos podido coleccionar de algunos años á es- 
ta parte, narran, explican ó comentan en los propósitos que los 
inspiraron, y en su espíritu, los principales acontecimientos de 



— 41 — 

causas ocultas de las dolencias de nuestro primitivo organismo 
politice . 

En cuanto se relaciona con la historia general Argentina, 
cada año que pasa se escribe y se presenta una nueva historia 
de cada provincia, como acontece con las de Santa Fe, la de 
Entre E-ios, la de Corrientes, la de Salta, la de Jujuy, etc. 

Todas ellas no hacen sino confirmar nuestro aserto, j atesti- 
guar que nuestra disidencia de juicios y opiniones no es sino 
la aplicación de una inflexible ley moral, á cuyo fallo debe 
irse sometiendo nuestra soberbia ó nuestra obcecación en ma- 
teria de contiendas políticas, de jDreocupaciones provinciales, y 
de predominio de la capital sobre los organismos fragmenta- 
rios que la combatian en los orígenes de nuestra nacionalidad. 

No es por otra parte indispensable ser Oriental, ni lisonjear 
servilmente pasiones de localismo y de nacionalismo para en- 
comiar y hacer justicia lo mismo al general Artigas, como á 
muchos otros' de sus compatriotas, quienes luchando por la 
independencia de su país, merecieron bien de la humanidad, y 
mas que de nadie, de nuestra misma patria. 

Es por la misma razón que sostenemos que la calidad de ar- 
gentinos no debe paralizar ni hacer vacilarla mano que en pa- 
jinas permanentes consigne la reprobación de hechos injustos 
y censurables en la conducta de algunos gobernantes extra- 
viados ó culpables de nuestra misma nacionalidad; gobernan- 
tes que han sufrido también la censura de nuestros mismos 
desapasionados historiadores en multitud de casos, en los cua- 
les sus malos hechos reclamaban una condigna con lenacion. 

Por otra parte, para nosotros los argentinos la histoi ia del 
general Artigas es también una gloria nuestra, esencialmente 
nuestra, porque es sangre de nuestra sangre, y alma de nues- 
tra alma la que compartía con él sus empresas, la que lo auxi- 
liaba en ellas, la que lo engrandecía, dándole por vasto campo 
de sus hazañas los territorios de Entre-Eios, Misiones, Corrien- 

4 



— 42 — 

tes y Santa Fe, cuatro vastas provincias argentinas que le 
prodigaban todos sus recursos, y su más intrépida juventud, 
sin contar con Córdoba, donde su nombre era querido, y que á 
no haber sino la sublevación de Fontezuelas contra Alvear, 
terminando la nueva guerra que este iniciaba, le habria dado 
poderosos contingentes como el que le envió en su división de 
500 bombres á las órdenes del coronel Bulnes . 

En la provincia de Buenos Aires contaba Artigas con el 
prestigio de patriotismo que hacia asociar su nombre á todas 
las resistencias y oposiciones á los malos gobernantes, presti- 
gio que importaba una gran fuerza moral, y que tanto contri- 
buyó al derrocamiento del terrible Alvear, y al derrumbe del 
Directorio en 1820. 

La historia Oriental está intimamente ligada con la Argen- 
tina, y ambas tan estrechamente vinculadas á la poderosa ac- 
ción de Artigas durante algunos años, que puede asegurarse 
no hay acontecimiento de importancia en esta región, sacudi- 
mientos, triunfos, males y desgracias que no hayan compartido 
unidos los pueblos de ambas riberas en sus causas y en sus re- 
sultados. 

En la lucha, en la tregua, en la agresión, en la resistencia, 
siempre han palpitado conjuntamente los fuertes corazones de 
uno y otro país, como hermanos de una misma descendencia 
como compañeros de nna misma causa, como mártires de un 
mismo sacrificio . 



-— ^^aít®i€» 



íntimos vínculos entre la historia Oriental y la 
Argentina. 



No es posible escribir con la ampKtud necesaria la historia 
primitiva del Estado Oriental, sin escribir al mismo tiempo la 
de la Eepública Argentina; asi como no es posible escribir la de 
ambas nacionalidades sin bailar á Artigas íntimamente ligado 
á ambas. 

Mas bien pnede decirse, que ambos países tienen una mis- 
mísima historia: aumentándose la comunidad é identificación 
de ésta, cuanto mas se aproxima el historiador á la época 
colonial. 

Por otra parte, si se quiere conocer bien á fondo la dirección 
de los sucesos políticos desde la guerra de lo que llamaremos 
Xyrimera Independencia, ])OTqVie, como lo hemos dicho, la Repú- 
blica ha sostenido tres guerras contra distintos gobiernos cada 
una en defensa de su emancipación; si se quiere conocer deci- 
mos, con exactitud y profundidad la mayor ó menor impor- 
tancia de los acontecimientos que se desarrollaban en esta 
Banda del Rio de la Plata, la grandeza moral de sus prohom- 
bres, la lealtad ó la enerjía de sus gobernantes; hay indeclina- 
blemente que estudiar al mismo tiempo la historia Argentina, 
no solo como clave ó esplicacion de la mayor parte de los su- 
cesos, sino como informe capital é indispensable sobre la direc- 
ción inicial y el esenlace de aquellos acontecimientos. 
- No deberá extrañarse, pues, que dediquemos una parte im- 
portante en esto libro á narraciones esencialmente argentinas . 

Solamente mediante ellas podrá comprenderse de una mane- 
ra satisfactojia el giro de los sucesos, y la influencia que en 



— 44 — 

ellos tuvieron respectivamente los estadistas, los políticos, ó 
los grandes ciudadanos y militares de una y otra banda . 

Por otra parte, es necesario inculcar bien en el hecbo de qu© 
la eminente figura histórica de Artigas se empequeñecería bas- 
ta cierto punto sise le redujese álos estrictos límites de lo que 
es boy la República Oriental. 

Hombre de grandes aspiraciones, é impulsado por móviles y 
principios que debían sucesivamente extenderse por todo el 
continente americano, extfemeciéndolo en una lucba suprema 
para su definitiva organización política desde Méjico al E-io de 
la Plata, oscilando entre el régimen de gobierno unitario y el 
federal; el rol de Artigas en la historia americana no lia sido 
todavía debidamente apreciado, como ha de ir siéndolo desde 
que se proyecten á la luz del claro día los becbos y pruebas 
que basta abora ban permanecido en una vergonzante é indis- 
culpable oscuridad. 

En las influencias é intereses antagónicos que violentamente 
se entrechocaban en toda la extensión del antiguo vireinato del 
Rio de la Plata, reconocíanse tres distintas corrientes de opi- 
nión y de aspiraciones, que preponderando sobre todas las 
demás, trataban de someterse y aim extirparse recíprocamente 
en una lucha suprema. 

Las aspiraciones de la capital de Buenos Aires dominada 
por su oligarquía soberbia y poderosa, con sus ejércitos y sus 
grandes recursos bélicos, con su intelij encía superior, con el 
brillo de sus conquistas, pugnaban en este vasto escenario por 
asegurarse una exclusiva y absoluta preponderancia, sin dete- 
nerse en medios, casi siempre por las armas, y muy rara vez 
por la persuasión ó la conciliación . 

A su tumo. Artigas representando la Banda Oriental, y 
arrastrando tras de sí por el entusiasmo bélico, y por la propa- 
ganda, la población viril y bravia de los vastos territorios en 
los cuales surgieron poco después, por su obra, tres belicosas 



— 45 — 

provincias, — y la antigua provincia de Misiones, tomóse á 
brazo partido con aquella oligarquia prepotente de Buenos Ai- 
res, sin que lo arredrasen la pujanza de sus gobiernos ni los 
faertísimos elementos contra los cuales tenia que luchar, hasta 
que llegó á vencerlos y anularlos en los hechos y en las doctri- 
nas, del modo mas absoluto, llevando á las demás provincias su 
espíritu emancipador. 

La otra entidad opositora, aunque de mucha menor impor- 
tancia moral y material, levantábase al otra extremo del terri- 
toiio en las provincias arribeñas, y en las fiel Alto Perú, con- 
tando con el fuerte apoyo de muchos miembros distinguidos 
del Congreso de Tucuman, diputados por aquellas y estas; con 
la voluntad complaciente y decidida del enérgico pero candido 
general Belgrano al frente del ejército vencedor en las glorio- 
sas batallas de Salta y Tucuman, y con la decisión y adhesión 
del gran caudillo de Salta, el general Güemez que hacia elegir 
los diputados al grito de «Mueran los Porteños». 

Tan diversos pero fuertes elementos aunábanse en una mis- 
ma vehemente aspiración contra el predominio de Buenos 
Aires, tratando á todo trance de trasladar la sede y centro del 
poder de aquella hetereogenea y naciente nación á la remota 
ciudad del Cuzco, la secular residencia de los Emperadores 
Incas del Perú estableciendo en ella, ó mejor si era posible, en 
alguna ciudad de las cuatro Intendencias en que se dividía el 
vasto territorio que forma hoy Bolivia; y en último caso en el 
mismo Tucuman, la capital del nuevo artificial y farsaico Im- 
perio de algún cholo ó ciiico descendiente de los Incas. 

La legitimidad nacional con todo su prestigio naciente for- 
cejeaba así al mismo tiempo en la mayoría del Congreso de 
Tucuman compuesto de hombres eminentes en las letras y en 
Derecho, por destituir á Buenos Aires de su alto rango de me- 
trópoli del Rio de la Plata, fortaleciendo de este modo con su 
invaluable contingente la causa de los reaccionarios que al 



— 46 — 

Norte de esa vasta región desde Salta dirigidos por Güemez, 
hostilizaban la odiada oligarquía porteña, al mismo tiempo que 
las del Sud en el Plata y Uruguay la combatían dirigidos por 
Artigas. 

Véase como se expresa el mismo Dr. Lojdcz en su obra des- 
cribiendo majistralmente este grande elemento reaccionario 
Inca robustecido por fuertes prestigios militares: 

«En estos momentos, cae derrepente en Buenos Aires, con 
ruido general y con un escándalo profundo, nada menos que 
la proclamación de la Monarquía Constitucional y el restable- 
cimiento de la Casa de Jos Incas, hecha á los pueblos por el 
general Belgrano, goneral en jefe del ejército Auxiliar del 
Perú, y por don Martin Grüemez, Gobernador de Salta y caudi- 
llo omnipotente, diremos asi, de las provincias del Norte; en 
cuyas manos estaba concentrado todo el entusiasmo militar de 
las masas, que, bajo su mando, guerreaban con heroicidad y con 
éxito contra el Ejército Realista que procuraba invadirnos . 
El hecho no tenia duda: venia consignado en dos proclamas 
solemnes-y pretenciosas, firmadas por ambos jefes. A este 
acto público, había precedido en el Congreso de Tucuman, 
una discusión sobre la misma materia, cuyos rumores vagos y 
casi burlezcos habían sido mirados con menosprecio en Buenos 
Aires, porque los mas creían que eran delirios absurdos de 
cabezas enfermas, que soñaban en grandezas y gerarquia, y 
que no obtendrían jamás el apoyo déla fuerza. Pero la cosa 
•variaba repentinamente de aspecto: Belgrano, aunque algo 
desacreditado en la opinión popular, y mal mirado también 
por los jefes del j^artido democrático á cuya cabeza figuraban 
Dorrego como hombre de mando militar, y don Manuel More- 
no como hombre poHtico, era siempre para la parte propietaria 
sensata y pelucona de toda la República, una gran figura cu- 
yas virtudes y sublime probidad hacía que fuese también 
una gran fuerza moral, que pesaba mucho del lado á que se 



— 47 — 

inclinaba. Ayudado por Güemez, era natural suponer que al 
proclamar la monarquía, habrían resuelto apoyarla con las ba- 
yonetas del Ejército, y con la adhesión de las masas populares 
del Norte. Era natural también suponer que el general San 
Martin estuviera comprometido en la misma negociación; por 
que todos conocían la cordial estimación y la comunidad de 
miras que ligaban al general San Martin con el general Bel- 
grano y con el Congreso; y aunque aquel general nunca hasta 
entonces, se hubiera pronunciado por semejante resolución 
monárquica, sino que por el contrario, había hablado siempre 
(con cierta moderación, es verdad) de sus principios republica- 
nos: todos conocían también las destrezas y artificios de su 
carácter; y no era de suponer que fuese ajeno á un acto tan 
avanzado y tan capital para el Estado, como la solemne pro- 
clamación de la monarquía hecha por Belgrano y Güemez á la 
cabeza de las tropas. 

« Natural era, pues, que el general San Martin estuviese en 
conocimiento previo de este paso; y que habiéndolo autoriza- 
do, estuviese también comprometido y resuelto á apoyarlo con 
el Ejército de su mando, y con las tres provincias en que im- 
peraba absolutamente. Todos estos antecedentes complicaban 
también al Director Supremo del Estado, cuyas conexiones 
personales y estrechas con los otros actores de esta escena, 
eran de una notoriedad pública. De modo que resultaba una 
grande conjuración, tramada en las provincias por los más ele- 
vados personajes, para apoderarse del Poder absoluto, para 
eliminar la República, crearse una monarquía con pingües po- 
siciones oficiales, y humillar en definitiva los instintos más 
pronunciados del pueblo en favor de la democracia.» 

Hasta aquí el doctor López. 

Existía, pues, una lucha suprema entre esos tres elementos 
hostiles y divergentes entre si, exclusivistas y batalladores por 
la misma robustez de su vitalidad, é insaciables en las aspira- 



— 48 — 

ciones de un triunfo absoluto; por mas efímero y deleznable 
que fuese el ¡partido que públicamente podria llamarse dinástico, 
y que liabia de concluir por buscar sus reyes en Europa. 

Esta triple contienda con sus múltiples faces y alternativas 
era puramente interna. Las demás eran muy subalternas y de 
detalle; y en su mayor parte, banderías de entidades ambicio- 
sas en acecho de triunfos jDersonales. 

Pero quedaba la magna ludia con la poderosa é intratable 
España, la que sucesivamente amagaba por todas partes, con 
sus ejércitos de Tristan, de Pezuela, de Laserna por el Alta 
Perú, con los de Osorio ó Marcó por Chile, con los de Abascal 
por el Perú, con los de Murillo y Abisbal por la península, desde 
1814 hasta 1818. 

Tremendas y mortales como eran esta lucha externa y estas 
amenazas permanentes, ellas no bastaban asi mismo para ha- 
cer desistir á los combatientes de la guerra intestina que los 
dividía y debilitaba; hasta que la facción del Rey Inca quedó 
anonadada entre la burla y el desprecio popular que enterró 
su grotezca causa, pero no •sin quedar profundos rencores que 
contribuyeron mas tarde á facilitar la desmembración de Ta- 
nja, la desafección de otras provincias hoy bolivianas, y las 
mas peligrosas disidencias y lucha armada con Güemez; que- 
dando al fin solos frente á frente Artigas con su bandera fede- 
rativa,y la oligarquía de Buenos Aires con su unidad de réjimen 
gubernativOjhasta que esta quedó vencida y postrada en la terri- 
ble Cañada de Cepeda, y aniüada en los Tratados del Pilar, á 
cuya inspiración y redacción asistía moralmente el gran caudillo 
que á doscientas leguas de distancia en los campos brasileros 
que había invadido, se batía en esos momentos en territorio 
portugués en defensa de la independencia de su patria. 

Se comprenderá, pues, cuanto precisa el historiador dar am- 
plitud y ensanche á sus investigaciones si quiere abarcar debi- 
damente la inmensa extensión de esa grandiosa arena politica^ 



— 49 — 

desde los Andes al Uruguay, y desde la Laguna Merin hasta el 
Desaguadero sobre el Perú; en la que bregaban entre sí los tres 
grandes gladiadores de la guerra de la Independencia sud ame- 
ricana y juntos ó separados, á su vez, con el colosal atleta español. 

Contemplando en su conjunto ese gran cuadro es como apa- 
rece el general Artigas tal como es en realidad, el defensor de 
grandes principios políticos, el iniciador de trascendentales re- 
formas en la revolución americana . 

Asi lo vemos nosotros á la luz de la filosoíía de nuestra inci- 
piente historia, y no como han querido verlo y empequeñecer- 
lo sus calumniadores enemigos, degradando su gran rol en la, 
historia de las luchas por la organización política del Eio de 
la Plata, y reduciéndolo á las mezquinas proporciones de un 
caudillejo vulgar. 

Los orientales que sepan enaltecer la memoria de ese grande 
hombre y medir la importancia de sus hechos, reconocerán la 
exactitud y justicia de nuestras vistas, aprobando el criterio 
histórico que nos guia á este respecto, y justificando asi la ne- 
cesidad de ligar el desarrollo de la democracia oriental al de 
la argentina, como dos raudales que se bifurcan y apartan na- 
ciendo de una misma poderosa corriente . 



>^3<S-5«<«-»- 



Artigas ha sido más calumniado que ningún otro 
procer americano. 



Entre los fundadores de la independencia americana, muy 
raros son los que en la amplitud de su esfera de acción relati- 
va, y dados los reducidos elementos y recursos de que podian 
disponer en la suprema lucha contra la España, hayan desem- 
peñado un rol más influyente que el general Artigas en su 
doble faz política y militar, no solo en su país, sino á su rede- 
dor sobre todos sus limítrofes; ni que á la vez hayan sido víc- 
timas expiatorias de mas implacables odios, de más violentas 
invectivas, de mas persistentes y denigrantes calumnias. 

Otro tanto podría decirse respecto de las épocas en que unos 
y otros han predominado ó funcionado, y cuyo desarrollo haya 
sido tan mal conocido y adulterado como la del General Arti- 
gas, la cual nos proponemos hacer resplandecer con la luz de 
la verdad histórica . 

Todos los libertadores de la América latina, y aun Sajona, 
han sido el blanco de atroces calumnias; pero en ninguno como 
en el general Artigas se patentiza aquella tristísima verdad, 
que evidencia hasta que punto pueden falsificarse los hechos 
públicos mas notorios, desde que se trate de imponer á la pos- 
teridad una tradición de odios implacables . 

Reconociendo esa verdad, es como el observador imparcial 
no puede hoy menos de asombrarse ante el frió examen de los 
hechos, desde que ellos revelan de qué modo el mas genuino y 
fiel representante de las aspiraciones legítimas de su pueblo, el 
mas infatigable y heroico campeón de su libertad política, ha 
podido tener á su frente tantos implacables enemigos, y ha 



— 52 — 

visto entregado su nombre y sus hechos á la indiferencia, al 
menos precio, ó á la injusta censura de sucesivas generaciones . 

El general Artigas dirigiéndose á sus compatriotas, habria 
23odido repetir muchas ocasiones las mismas amargas pala- 
bras con que el gran Bolivar se dirigía á los suyos en Bogotá 
« el 20 de Enero de 1830: Colombianos: He sido víctima de 
« sospechas ignominiosas, sin que haya podido defenderme la 
« pureza de mis principios. Los mismos que aspiran al mando 
« supremo, se han empeñado en arrancarme de vuestros cora- 
« zones, atribuyéndome sus propios sentimientos; haciéndoma 
« j)arecer autor de proyectos que han concebido. 

« Desengañaos, colombianos; mi único anhelo ha sido el de 
« contribuir á vuestra libertad, y á la conservación de vuestro 
« reposo: si por esto he sido culpable, merezco mas que otro 
« vuestra indignación. No escuchéis, os ruego, la vil calumnia 
« y torpe codicia, que por todas partes agitan la discordia. ¿Os 
« dejareis deslumhrar por las imposturas de mis detractores? 
« ¡Vosotros no sois insensatos! » 

Los grandes ciudadanos, antes de llegar al panteón de la in- 
mortalidad tienen que andar por el doloroso Via Crucis de to- 
da clase de torturas morales aguzadas por la calumnia, en tan- 
to que las mediocridades vejetan en el tranquilo sueño del ol- 
vido. 

Estudiando imparcial y serenamente los valiosos y descono- 
cidos documentos que con ímproba labor hemos reunido, y 
vamos á publicar, se reconocerá que hay una augusta justicia 
postuma, por mas tardía que ella sea, en presentar á aquel ver- 
dadero libertador de su pueblo bajo muy distinto aspecto del 
que se le ha considerado con el extranjero, y aún en su misma 
patria, hasta hace pocos años; ya sea olvidando ó amenguan- 
do sus inestimables servicios á la causa de la libertad; ya sea. 
denigrando sus altas prendas morales, ya sea adulterando y 
falsificando sus hechos . 



— 53 — 

A ese mismo fin tienden nuestras aspiraciones y propósitos 
en esta obra . 

Algunos ilustrados publicistas uruguayos, como el doctor 
don Carlos María Ramírez y señores Bauza, De María, Díaz 
Frejeiro y Pereira nos lian precedido en esta labor de tardía 
pero condigna reparación, combatiendo con mucho mayores 
luces sin duda, y con palabra más autorizada que la nuestra, la 
lierencia de odios y de desprestigio que pesaba sobre el nom- 
bre del vencedor de las Piedras . 

Pero sí bien encontramos facilitada y autorizada esta tarea 
por las valiosas publicaciones á que nos referimos, creemos po- 
der asegurar sin pretenciosas reservas, que ninguna de aque- 
llas ha podido tener las condiciones de incontestable docu- 
mentación histórica y extensión á ampliación de pruebas, que 
revestirá la nuestra, debido á la solícita perseverancia con que 
desde mvichos años á esta parte venimos dedicándonos al estu- 
dio de aquella época, á la consecución de importantísimos do- 
cumentos aquí y en la República Argentina, y á la persistente 
investigación de las verdaderas causag que produjeron sus 
principales acontecimientos • 

Nuestro libro no podrá, pues, sobresalir por los actractivos ó 
méritos de un trabajo rigurosamente histórico, elaborado y 
realzado con altos dotes literarios de que carecemos, como los 
que hermosean algunas de las publicaciones que se han dedica- 
do tanto á combatir y á denigrar, como á defender los hechos 
del general Artigas. 

Será solo el fiel reflejo de la época que fotografía. 



-***^^sie-ec< 



El historiador debe afirmar con pruebas. Nuestra 
complacencia al contribuir á una grande obra 
de justicia. 



Creemos que una de las mas excelentes é indispensables cua- 
lidades del historiador es observar con escrupulosa fidelidad 
la línea divisoria entre las conjecturas que puede discurrir, y 
las pruebas que puede presentar, sobre todo, tratándose de 
combatir las opiniones mas generalmente admitidas, reempla- 
zándolas con la suya propia. 

Pero nosotros creemos tener derecbo á la confianza y á la fé 
del lector, porque siendo parcos en todo género de hipótesis y 
de afirmaciones extremas, nunca intentaremos presentar una 
inferencia nuestra como un liecbo; y ^^oi^CL^© desde que nos 
apartemos de aquellas opinionee admitidas por otros, solo lo 
haremos presentando pruebas y fundamentos que nos den 
completa razón en el ánimo de los hombres imparciales. 

Pero al mismo tiempo que pedimos al público una benévola 
indulgencia para nuestro modesto ensayo, no creemos hacernos 
reos de una censurable petulancia al pretender, como lo hemos 
dicho antes que nuestra publicación es la primera que presen- 
tará mas amplios justificativos oficiales, auténticos é irrefuta- 
bles do nuestras afirmaciones; abundando en pruebas que has- 
ta hoy eran desconocidas para los mismos orientales: pruebas 
que seria poco menog que un delito dejar por mas tiempo en 
la oscuridad ó en el olvido . No todos pueden estar en aptitud 
de conocer la historia de su país; poro es justo y necesario quo 
se sepa cuanto hay en ella de digno, de honorable para la 
patria. 



- - 56 — 

La historia del general Artigas es la historia de su pueblo» 
con todas sus glorias, con sus crueles sacrificios, con sus inmen- 
sas desgracias; con su fatal inexperencia, con su indomable 
soberbia, con su triste y sombrío eclipse. 

Al publcar pues, aquellos documentos, con tribuimos también 
á complementar la historia hasta hoy en mucha parte descono- 
cida de este pueblo tan pequeño por su población, tan grande 
por sus hechos. 

Por otra parte, queremos también contribuir con nuestro 
leal contingente á justificar y robustecer con testimonios in- 
contestables la simpatía que de algunos años á esta parte ha 
principiado á dispensársele á Artigas en la tierra de su naci- 
miento, como deuda de legítima gratitud nacional, acaso como 
ofrenda de apasionado patriotismo; sin darse cuenta en muchos 
casos sus mismos defensores y apolojistas, de que habia hechos 
y pruebas superabundantes, que ellos mismos no conocían, con 
las que se podía justificar y enaltecer el prestigio de que se ha 
comenzado á rodear su nombre. 

Hechas estas francas declaraciones, nos quedará la legitima 
satisfacción de haber contribuido con nuestros humildes tra- 
bajos preliminares de observación y recopilación, á un gran- 
de acto de justicia nacional respecto de Artigas, rindiendo un 
reclamado homenaje á la memoria del heroico guerrero de la 
Independencia, del defensor abnegado de su pueblo, del inicia- 
dor consciente del sistema de Gobierno federativo que tarde ó 
temprano ha de imperar en todas las repúblicas americanas, y 
aún en el Imperio vecino, contribuyendo á la fraternidad polí- 
tica, y mutua defensa de todas aquellas, como naciones inde- 
pendientes unas de otras 

En pos de nosotros, lo esperamos, vendrán otros historiadores 
así como algunos de los que nos han precedido, que utilizarán 
nuestros trabajos, y á los que nos será muy grato haber facili- 
tado su ardua labor, cooperando á ella con la tarea modesta 



— 25 — 

una de las mas tempesKiosas épocas de la Revolución Ameri- 
cana, en ambas riberas del Plata, asi como los rasgos más rele- 
vantes de algunos de los prohombres que en ella descollaron. 

En la estructura y elaboración de nuestro libro no nos limi- 
taremos muchas veces á seguir en una estricta succesion el ur- 
den cronológico de los hechos. 

Los clasificaremos frecuentemente según el carácter de los 
acontecimientos, y dividiéndolos en grupos principales, que 
sigan su distinto y respectivo rumbo, sin que por esto se 
rompa el vinculo que los conexiona, y sin que cesen de formar 
un todo armónico. 

Aspiramos con esto á sobreponer la sucesión moral de las 
causas á la sucesión material de los sucesos; sustituyendo por 
una cronología mas elevada, la cronología del almanaque. 

Aunque en este lijero estudio, que no es sino el prefacio de 
nuestra obra, no podemos observar un orden histórico bien sis- 
temado^ por lo mismo que en él nos limitamos á consideracio- 
nes generales, tendentes á revelar los caracteres mas notables 
de la época Artiguista, las cualidades más sobresalientes del 
general Artigas, y las causas y móviles de su conducta como 
jefe de su pueblo; no podemos así mismo rehusarnos á la sa- 
tisfacción de autorizar nuestras opiniones con documentos ofi- 
ciales de incuestionable autenticidad. 

De este modo, bien justificadas sus tendencias decisivas y 
terminantes, nuestros juicios sorprenderán menos á todos los 
que se han educado oyendo calumniar y deprimir á Artigas. 

Asi reconocerán que esos juicios no son el fruto de una sis- 
temática parcialidad ó de una pasión irreflexiva, sin(')que son 
en realidad, hijos de una laboriosa investigación, de un estudio 
detenido, y de un sentimiento in-esistible de justicia, de adhe- 
sión á las virtudes que mas ennoblecen al ciudadano. 



Pruebas de que opinamos y sentimos en 
1883 como en 1853. 



Debemos hacer una reserva, ó más bien dar una explicación 
que reclama y fortalece la misma sinceridad de los juicios que 
emitimos, y la espontaneidad de la misión que nos hemos im- 
puesto, después de largos años de residencia en este hospita- 
lario país, en donde hemos formado una numerosa y honorable 
familia, en la que siete hijos nacidos en él dan mas autoridad 
y sinceridad de afectos á nuestra leal palabra. 

Podria pretenderse, y aún acusársenos por algunos, de que 
como argentinos, hay de nuestra parte indignas y censurables 
adulaciones al sentimiento de provincialismo Oriental de 1814, 
elevado desde 1830, al carácter de patriotismo nacional, que 
de algún tiempo á esta parte busca en Artigas su más enérgi- 
ca y digna representación. 

Para rebatir ese cargo tan malevolente como infundado, 
afirmamos, y vamos á probar, que, hoy^ en 1883, con espontá- 
nea y sincera convicción, sentimos y opinamos como sentíamos 
y opinábamos treinta años antes, en 1853, en nuestra primera 
juventud, cuando estábamos muy distantes de prever que po- 
dríamos algún dia formar parte durante tantos años, del hospi- 
talario hogar de los Orientales. 

En aquella época lejana, en las extensas anotaciones histó- 
ricas con que ampliamos nuestra traducción en dos tomos de 
la importante obra de Sir Woodbine Parish <aBuenos Aires y 



— .28 — 

las Provinciasdel Rio de la Platai^{\) sosteníamos con juvenil . 
fogosidad, las mismas ideas y opiniones que hoy sostenemos en 
nuestra edad madura, refiriéndonos al general Artigas y álos 
caudillos provinciales que antes del año 20 pugnaron por de- 
fender respectivamente la autonomía provinci;il contra la ver- 
dadera tiranía centralizadora é irresponsable de algunos go- 
bernantes de Buenos Aires, á la cua) siempre liemos combatido, 
lo mismo en 1853, como en 185G hasta 1863. 

Hay pruebas cuya exhibición no debe aplazarse, á fín de no 
dejar ni por un momento sin refutación un cargo injusto ó 
deprimente. 

Por esta razón y defiriendo á esa prueba de la lealtad de 
nuestras opiniones, llamamos la atención del lector á las apre- 
ciaciones siguientes que tomamos de dos de aquellas anotacio- 



(i) S..bi"e este libro, entre otros varios juicios ile la prensa argentina á su res- 
pecto, se pnblicó en El Nacional de Buenos Aires en Junio de \i<'A. un extenso 
editorial, del cual juzgamos muy oportuno trascribir los párrafos siguientes. La 
circunstancia de ser red tetado ese diario en esa época qor el entonces coronel 
don R^rtoloraé Mitre, á quien agrader-imos su benevolé!icia,'(!á áesta trascripción 
un marcado interés tratáuilose de bis opiniones que emitíamos en aquel libro 
sobre el origen de nuesti-as guerras civiles. Dice asi : 

» Al ürado á que ha llegado esta publicación es nuestro deber como escritores 
¡jüblicos, y como argentinos, llamar sobre ella la atención ¿euiíral, recomendan- 
do al señor Maeso al aprecio desús compi'riotas. 

» El libro del seüor Parisli como 1 bro noticioso es en su peñero lo más compI<itG 
que se ha escrito sobre las Provincias del Rio de la Plati, aiuiqu=? se r-'siente 
del mo !o decompi'ar los hechjs á la inglesa. La historia política y civil, la geo- 
.grafia., la io'.án'ca, la mineralogd, la estadística en especial, y otros muchos 
puntos casi totalmente desconocidos aún por la generaliilad de los hijos del país, 
tienen su !u ra." en ese precioso libro, rico de hechos, y escrito en un estilo fácil 
sencillo y elegante que nada ha perdido en la traducción del señor Maeso. Las 
noticias comerciales contenidas en el libro del señor Parish, son todas de mayor 
importanria, y por lo general inéditas, debié.ulose su publicación al celo infatig?'- 
ble del escritor extranjero que compulsó para formarla u 'a gran copia de docu- 
mentos en que las apoya. 

j> Antes de la obra del señor Parish no teníamos más libras que los Viages de 
Azara para estudiar la historia natural de estos países, su comercio y sus pro- 



— 29 — 

nes escritas por nosotros, como hemos dicho en nuestra pri- 
mera juventud. 

Esas opiniones y juicios, coa el trascurso délos años, y con 
más concienzudo examen de los sucesos ocurridos, no han he- 
cho lo repetimos, sino arraigarse en nuestro ánimo, fortale- 
ciendo cada dia más nuestra convicción de que una de las cau- 
sas más eficientes de las desgracias y guerras civiles éntrelas 
provincias que formaron el Vireinato del Rio de la Plata, 
principalmente la llamada entonces Banda Oriental, tuvo su 
origen en las tendencias tiránicas y avasalladoras de que abu- 
saron en la mayor parte de sus actos, algunos gobiernos y 
oligarquías revolucionarias imperantes en Buenos Aires, in- 
tentando sustituirse al poder español, que todas las provincias 



ducciones en general, pero esta obra (que del punto de vista de que el autor to- 
mó su asunto, es indudablemente la fuente mas pura que podemos consultar) fue 
escrita antes de nuestra emancipación política, bajo un plan semejante al de los 
celebres Viages de Ilumbold, de manera que dejaba mucho que desear por esa 
parte, y por otro carecía de actualidad y de aplicación. 

» El libro de Parish llenaba los principios que habia dejado los escritos de 
Azara perú desgraciadamente ese libro escrito para Buenos Aires era poco me- 
nos que desconocido en Buenos Aires, tanto por el corto numero de ejemplares 
que se encontraban en las bibliotecas, cuanto por lo poco generalizada que se 
halla entre nosotros la lengua inglesa. Hoy mismo no se encuentra en las libre- 
rías de Buenos Aires un ejemplar de Parish en inglés, y para obtener uno (espe- 
cialmente de la última edición) es preciso encargarlo á Londres. 

j> El señor Maeso se propuso generalizir y popularizar esta obra en castellano. 
y lo ha ronseguido, apesar de las dificultades con que ha lucliado y de la indife- 
rencia conque al principio fué recibido el anuncio de su publicación. 

> Pero el trabajo del señor Maeso no se ha limitado á esto- 

> Además del trabajo material de la traducción en que se revela la pluma dies- 
tra del escritor capaz de escribir bajo el dictado de su inspiración, el señor Matso 
la ha enriquecido con una multitud de notas históricas, geográficas y estadísticas, 
que valen mis que las que Walkecuaer puso a la obra de Azara. Ellas por sí 
solas, metodizadas yligailas entre si por otras noticias, bastarían para formar 
una obra por separado digna de ser consultada por el esta^listu y el comerciante. 
No solo ilustran y complementan el texto, sino qué dan actu.di'Jad á la obra, pues 

abrazan el período que media entre la época en que se escribió la obra original 



— 30 — 

combatían con el mismo ardor; 3' suprimir en ellas toda aspi- 
ración de igualdad y de autonomia. 

Véase como nos expresábamos en dicha obra hace treinta 
años, censurando ya esa política disolvente y suicida (página 
111 tomo 1°) 

«Hay un episodio muy notable en la historia de este país 
éntrelos años 10 y 11, que es oportuno recordar. La Junta 
gubernativa de Buenos Aires dirijió en 27 de Mayo de 1810 
una circular á las provincias, en que se les pedia enviasen sus 
diputados para que tomasen parte en la composición de la 
misma Junta, que debía regir la nación. En Diciembre de ese 
año se incorporaron á dicha Junta compuerta entonces de 
siete vocales de Buenos Aires, los que enviaban las Provin- 
cias: no sin haberse opuesto bastante los mismos que los ha- 
bían llamado á integrarla; lo que hace decir al Dean Funes, 
diputado por Córdoba, en su Ensayo: Estábamos á mediados 



y la traducción del señor Maeso. Priccipalmente respecto de las provincias Ar- 
gentinas, de sus producciones, su comercio y población, el señor Maeso ha sabido 
reunir infinidad de datos curiosos é inéditos en su mayor parte, que revelan la 
perseverancia infatigable del hombre laborioso y la critica ilustrada del que sabe 
meditar sobre las cifras, haciéndoles hablar el lenguaje elocuente de los hechos. 

» La obra del señor Maeso toca ya á su término, y aunque durante el periodo 
de su publicación por entregas no le ha faltado la protección del público, creemos 
que tendrá un gran espendio asi que se hayan completado los dos tomos, y aún 
podemos asegurarle salida en el Brasil, en el Estado Oriental, en Chile y espe 
cialmeote en el interior de la Rep iblica. 

T) Con este trabajo el señor Maeso ha conquistado un puesto entre los escritores 
de nuestra patria, y entre los apóstoles de los intereses materiales á cuya cabeza 
figura siempre el señor Arenales coa sus estudios sobre el Gran Chaco, que pos- 
teriormente ha explotado hábilmente Sarmiento, Fragueiro y otros, y reciente- 
mente el señor Maeso en la obra que con taato placer hemos elogiado, para que 
sus afanes encuentren al menos la noble recompensa que busca siempre el qu« 
ama de veras á su patria: el progreso del suelo que lo vio nacer y la estimación 
de sus conciudadanos. 

(Da Si Nacional.) 



— 31 — 

de Diciembre, y no se habia dado cumplimiento á esta pro- 
mesa.» 

«Es indudable que un Poder Ejecutivo compuesto de 16 per- 
sonas era una máquina que solopodia servir para destrozarse 
é inutilizarse á si misma, llevando un germen de confusión en 
todas sus disposiciones, ^n unidad alguna de acción ni vigor 
gubernativo. Pero desgraciadamente, peor sin comparación fué 
el remedio que se le dio. Don Feliciano Chiclana, Intendente 
que habia sido de Potosí, y que por sus manejos clandestinos 
é intrigas con los españoles habia sido conducido de aquella 
ciudad á la cárcel de Buenos Aires, en la que se hallaba por 
entonces siguiéndosele proceso poraquella conducta, consiguió 
por medio de un motin militar, hacer que la Junta renunciase 
y se disolviese, y erigir un Triunvirato del que se hizo Presi- 
dente ó Director, escojiendo por colegas á los distinguidos 
patriotas Sarratea y Passo. Después de esta usurpación, que, 
como acaece con todas, se vistió con colores brillantes que la 
cohonestasen, y que á pesar de todo no era sino un ataque 
injusto é inolvidable á los fueros solemnemente reconocidos 
de las Intendencias ó provincias, en cada una de las cuales 
funcionaba ya una Junta Lejislativay otra Gubernativa; en- 
vióles Chiclana orden á estas para que prestasen en cabildo 
abierto el juramento de obediencia á su Gobierno. La Banda 
Oriental en la que don José Artigas jugaba ya un rol impor- 
tante por algunos triunfos que habia obtenido sobre los espa- 
ñoles, rechazó semejante exijencia; y en Salta y Córdoba hubo 
su asomo de resistencia, que solo pudo sofocarse por hallarse 
ya en ellas parte de los 500 hombres,que á lasordenes primero 
de Ocampo y después de Balcarce y Castelli, habia destacado 
de Buenos Aires la Junta Gubernativa, para ayudar á 
las provincias en su pronunciamiento contra los espa- 
ñoles. 

«Dígase lo que se quiera: pero fijando la atención en ese 



— 32 T- 

hecho, puede asegurarse que toda esa larga serie 'de guerras y 
odios provinciales que han ensangrentado y destruido la Re- 
pública, tiene su orijen en esa y otras revoluciones parecidas. 

«Si á esto se agregan las rivalidades de los jefes militares 
que sallan á la cabeza de fuerzas de Buenos Aires con los que 
mandaban ya tropas levantadas en las provincias, no se estra- 
ñaráque tan profundos hayan sido esos odios. — Atacábase en 
éstos su poc.i cultura, su impericia militar, o su carácter des- 
pótico: llamábaseles caucü^Y/o-s, caciques: etc.;ycadadia se hacia 
mas difícil la reconciliación, y mas envenenado el rencor. 

«Viose de este modo á Güemes, el heroico guerrillero Sal- 
teño, luchar á la vez contra las tropas españolas y resistir con 
ventaja á las del general porteño Rondeau: á Artigas lidiando 
con tropas enviadas de Buenos Aires al mando de Olemberg y 
de Borrego, mientras combatía primero con los españoles y 
luego con los portugueses; á los paraguayos derrotando a^ 
ilustre general porteño Belgrano en Tacuari; al mismo tiempo 
que minaban y destruian la dominación española del general 
Velasco, etc. 

«Esos errores y rencillas fatales que muchas veces tenian su 
origen en mezquinas aspiraciones, en criminales antagonis- 
mos, ó en una indomable y torpe altanería por parte de unos 
y otros, han contribuido también poderosamente á hacer en- 
démica es3 enfermedad que diezma la República — la guerra 
civil.» 

En la página 124 del mismo tomo 1.^ nos expresábamos 
también de este modo sobre el origen de las disidencias entre 
los gobernantes de Buenos Aires y algunas provincias, concre- 
tando en esas opiniones el juicio que hoy venimos á ratificar y 
ampliar con extensas pruebas sobre las verdaderas causas ge- 
neradoras de la anarquía y guerra civil que por tantos años 
desolaron las provincias Argentinas y contribuyeran á des- 
membrar el Estado Oriental. Decíamos asi: 



— 33 — 

« Ya habían tenido lugar algunos desgraciados aconteci- 
mientos que habian preparado los ánimos y exaltádolos á tér- 
minos de no ver otra solución que la de las armas. Absurdo 
seria querer justificar semejante modo de discutir y arreglar 
cuestiones políticas, pero por desgracia, los pueblos se habian 
habituado á no echar mano de otro, y esto acaso puede excu- 
sarlos. Haremos una breve reseña de ellos. 

« El 15 de Abril de 1815, como á los tres meses de estar en el 
poder, una revolución derribo de él al Director Supremo del 
Estado, general Alvear, y al Congreso General de las provin- 
cias que lo habia elegido; siendo electo en su lugar el 21 del 
mismo el general Rondeau, que se hallaba entonces en Potosí 
á la cabeza del ejército Argentino. Este delegó el mando su- 
premo en el coronel mayor don Ignacio Alvarez, primer mo- 
tor de la revolución, quien en consecuencia asumió al Direc- 
torio. 

« El general Alvear y su predecesor don Gervasio Posadas , 
habian adoptado una política de exterminio para con Artigas, 
y los que como él proclamaban la Federación en Córdoba, 
Santa Fé, Entre Rios y Corrientes. Hombres de ilustración y 
de valor, se alucinaban con la esperanza de cimentar á todo 
trance un sistema político que creían haría feliz al país, y 
para alcanzar ese sueño de su orgullo y de su patriotismo, no 
titubeaban en adoptar medidas las mas reprobadas y funestas. 

« Ante la imposibilidad de sujetar á los que llamaba re¿?e/t¿e5, 
al Director Posadas, fundándose en que Artigas se habia se- 
parado del ejército porteño para pelear por su cuenta contra 
los españoles, tiró un decreto, en que lo declaró infame, lo pri- 
vó de sus empleos, y lo puso fuera de la ley y de la patria; po- 
niendo su cabeza á precio por seis mil pesos, Con justicia dice 
Funes: 

« Qué otro efecto podia producir un rigor impotente, siuó 



— 34 — 

el desprecio de la autoridad y la obstinación del delincuente? 
Aún esto no era todo: Los orientales tenian levantado tronos 
en sus pechos al geperal Artigas: como nunca tiene razón el 
que es aborrecido, las mismas pruebas en que el Director fun- 
daba su decreto, eran otros tantos convencimientos de la ino- 
cencia del general: su proscripción venia á ser la de aquellos 
vastos distritos, y su reconciliación casi imposible: ¡Ojalá que 
esta triste verdad no la viésemos perpetuada bajo el sello del 
tiempo!» 

« Alvear sucesor de Posadas, I0 sobrepujó, por decirlo asi en 
imprudente y estéril crueldad sin contar con menos recursos 
que él, (pues el ejército de Buenos Aires que operaba en el Al- 
to Perú se habia sublevado contra su autoridad) y forzó el Ca- 
bildo de Buenos Aires á suscribir una execrable proclama. 

« Entre tanto, las fuerzas de los directores liabian sufrido du- 
ros reveses. El Comandante D. Fructuoso Rivera, á la cabeza 
de tropas de Artigas, habia derrotado completamente en Ene- 
ro de ese año al coronel Borrego; que mandada el ejército de 
Buenos Aires, en la acción del GiAayaho. Gorria que mandaba 
fuerzas á las órdenes del Gobierno de Buenos Aires, lo fué en 
Corrientes sobre el Rio Vatel. El general porteño D. Eusta- 
quio Diaz Velez es derrotado y tomado prisionero en Santa 
Fé por fuerzas de aquella provincia y de orientales. Otros de- 
sastres parciales hacían cada vez más débil el partido denomi- 
nado de los Lautaros que encabezaba el general Alvear. Este, 
como último esfuerzo, preparó una expedición <~(para sujetar á 
los pueblos á unyugoaborrecido.y^PevoelcoronelA\\a.i'ez,iefe 
de su vanguardia se sublevó, disolviéndose á poco el ejército 
de Alvear que acampaba en los Olivos. 

« Con motivo de esta revolución el Congreso del año IG en su 
manifiesto á los pueblos, del 1." de Agosto de ese año decía lo 
siguiente: 



— 35 — 

«Aun está reciente la memoria del movimiento del 15 de 
Abril antepasado, en que la capital sacudió el yugo déla fac- 
ción atrevida que la tiranizaba; la dulce satisfacción de 
haber arrojado á sus opresores, la inspiró el deseo ge- 
neroso de asociar los pueblos á su nueva fortuna, atrayéndolos 
á la imitación del modelo con que se constituia, y de las fran- 
quezas que dispensaba á sus derechos el Estatuto provisorio 
con que los invitaba. ¿Podría creerse que esta insinuación 
complaciente fuese' un toque de alarma que excitase la suspi- 
cacia y desconfianzas con reacción tan enérgica que trozando 
en piezas el Estado obrase su disolución?// 

« Depuesto y proscrito Alvear, fusilado su teniente coronel 
Paillardell, y corriendo riesgo igual sus demás adictos, tomó- 
se el extremo opuesto de la política de aquél. Mandóse que • 
mar por mano del verdugo la proclama que el mismo Cabildo 
había firmado días antes contra Artigas. En un manifiesto del 
30 de Abril, prodigaba el Cabildo á éste los encomios de « el 
ilustre, el benemérito, el héroe, el invicto, el bienhechor gene- 
roso que ha acreditado de un modo plausible la rectitud de sus 
intenciones, y sufrido con injusticia las atroces imposturas con 
que os lo ha presentado odioso la tiranía.» Para colmo de es- 
túpida bajeza, porque no pedía tanto la justicia que se debia á 
aquel distinguido jefe, se le remitieron engrillados (habiéndo- 
les embargado sus bienes) á seis de los militares (dos de ellos 
orientales) que más se habían hecho notar como opositores á 
él y adictos á Alvear para que los fusilase ó hiciese de ellos lo 
que se le antojase. Artigas, ton un desinterés sublime, los de- 
volvió al Gobierno de Buenos Aires no queriendo ser su ver- 
dugo. 

«Por otra parte, el Director Alvarez en su proclama de 23 de 
Julio de ese añodecia á los habitantes déla <íComarca de Santa 
F('.» — Habéis querido encargaros de vuestra propia dirección. 



~ 36 — 

nombrar vuestros magistrados, y romper los vínculos que os 
unían al pueblo de Buenos Aires, como á capital del Estado y 
particular de vuestra provincia. No temáis que un ejército en 
viado por mis órdenes vaya á hacer el cambio de vuestros 
consejos. No se dirá en los dias de mi gobierno que he subyu- 
gado á los pueblos hermanos: libres sois. , . ciudadanos santa- 
fesinos, creedme: amo vuestra tranquilidad; protegeré y res- 
petaré vuestros derechos.» 

« Por entonces se habia promulgado el Estatuto provisional 
para el Estado, de 5 de Mayo de 1815, y enviádose de Bue- 
nos Aires á los señores coronel don Blas José Pico y don 
Francisco Rivarola para celo/brar con Artigas un tratado de 
Concordia, que resultó de discordia. 

«A pesar de todo lo antedicho no hablan paaado muchos dias 
cuando fuerzas de Buenos Aires á las órdenes del coronel Via- 
mont marcharon sobre Santa Fé. Murió Candi oti que gober- 
naba allí, y en la elección del teniente gobernador Tarragona, 
influyeron de tal modo las tropas porteñas, que á pocos dias 
don Mariano Vera encabezó una revolución contra ellas, lo- 
grando derrotarlas y rendirlas. 

«Esto era ya un desengaño para las provincias, que esperaban 
del nuevo Directorio el respeto á sus derechos.^ Rechazaron 
el Estatuto provisional, y ocurrieron nuevos disturbios. Cór- 
doba se proclamó independiente, y el coronel Lamadrid en- 
viado por Belgrano ó Pueirredon, fusiló en Santiago del Este- 
i^o á Borges y Farias, que pretendian lo mismo para su Pro- 
vincia. Verdad es que el Congreso habia dictado una ley al 
efecto. 

« El 20 de Julio de 1816 el Congreso reunido en Tucuman, 
nombró de Director Supremo del Estado á don Juan Martin 
Pueirredon, que tanto se habia distinguido en la reconquista de 
Buenos Aires. Dejando á un lado su conducta administrativa 



— 37 — 

respecto del Estado, juzgada ya por sus contemporáneos, no 
cabe duda que se valia de cuantos medios estuvieron á su al- 
cance, malos y buenos (hasta contribuir á que el general por- 
tugués Lecot invadiese la Banda Oriental para destruir á Ar- 
tigas), para hacer sentir á las provincias confederadas un sis- 
tema paradlas de inaguantable opresión. Entre tanto el odio 
á Buenos Aires iba llegando en ellas a un extremo brutal y fu- 
nesto. 

«Después de la invasión á Santiago del Estero, Córdoba lo fué 
tres veces, la Rioja lo fué también. Salta fué abandonada á sus 
propios recursos, teniendo al frente un ejército de 6 á 7,000 
españoles, parte del cual llegó hasta el Bañado, á 10 leguas de 
Salta para acá, para sei' destrozados por las milicias del bravo 
Oüemez; se envió al coronel Montesdeoca con fuerzas escogi- 
das de Buenos Aires para invadir al Entre-Rios, aunque fué 
derrotado sobre la margen -del Uruguay; enviósele luego al 
coronel Marcos Balcárce, que lo es sobre la del Paraná.» 

Hasta aquí nuestras anotaciones. 

Ante ia lectura de las trascripciones anteriores, se hallará 
justificada nuestra afirmación de que hoy, en 1883 sostenemos 
los mismos principios políticos que en 1853; y que al defender 
hoy á Artigas no hacemos sino repetirlo que hicimos hace 
treinta años al frente del partido vencedor entonces, que siem- 
pre fué su implacable enemigo. 



La inflexible ley moral que domina en 
nuestro libro. 



Hemos quizá abusado de la indulgencia del lector con las 
dos extensas trascripciones que anteceden, pero hemos creído 
que ese era el medio mas eficaz para atestiguar en absoluto la 
sinceridad de nuestras opiniones, y la firmeza de convicciones 
que al través de treinta años se robustecen cada dia mas en 
nuestro ánimo con el examen desapasionado de los hechos. 

Esas citas son una explicación, aún mas, una decorosa y 
digna justificación de los móviles que nos han impulsado a 
este trabajo desde 1881, reuniendo materiales y adelantando 
nuestra obra tres años antes que se produjera el entusiasmo 
que hoy se ha generalizado con tanta razón en favor de la 
memoria de Artigas. El fragmento que hemos publicado en 
Octubre de este año 83 en El Siglo, sobre la batalla de las 
Piedras con referencias informes que obtuvimos mucho antes, 
asi lo acreditan también. Esperábamos que nuestro libro con- 
tribuiría eficazmente á enaltecer el renombre de Artigas; y dos 
años después, cuando nos es posible darlo á la imprenta, en- 
contramos que la opinión pública ya le rinde los mas mereci- 
dos y calorosos homenajes. 

Réstanos ahora agregar algunas observaciones que espera- 
mos serán consideradas como muy fundadas y justas. 

Nosotros, como argentinos creemos no deber subordinar 
nuestras opiniones á ese apasionamiento exaltado que juzga 
como una traición la censura de los actos de los gobiernos ó 
de los partidos políticos de nuestro país, tratándose de hechos 
relativos á países y gobiernos estraños. Creemos que no es la 
ciega, la intransigente pasión de nacionalidad, la que debe 



— 40 — 

predominar en nuestros juicios, y estraviarlos más ó menos 
según sus vehementes impulsos. 

Seria una violación de todo principio de justicia, querer im- 
poner al historiador la obligación dé sancionar y justificarlos 
delitos, ó errores que se hubiesen cometido por sus compa- 
triotas, ó por los poderes públicos de su pais contra naciones 
ó partidos estraños, tan solo porque son obra de aquellos, y 
por haberse llevado á cabo en la región en que vio la luz del 
dia el autor. 

Nosotros creemos que ante todo y sobre todo, el verdadero 
historiador sólo debe someterse á los dictados de la moral y de 
la justicia, que son universales, que no reconocen mas fronte- 
ras que las que les marcan los mandatos del bien y del dere- 
cho; y ser tanto mas recto y justiciero cuanto mas estrechos 
son los vínculos que pueden ligarlo á los hombres públicos cu- 
yos actos examina yjuzga, ycuya residencia y responsabili- 
dad hace efectivas ante la severa imparcialidad de la historia. 

El general Mitre en sus «Comprobaciones Históricas» ha 
expresado ccn su claro y persuasivo estilo este mismo senti- 
miento de rectitud inquebrantable al que nosotros adaptamos 
nuestro proceder como una austera regla de conducta: 

«Si del patriotismo en la historiase trata, dice aquel (pági- 
« na 206) lo entendemos como todos* los que escribiéndola de 
« buena fé, y con espíritu libre buscan e:i ella la verdad, sin 
«halagar preocupaciones propias ni extrañas, ni fomentar 
« odios internacionales, y la dicen con franqueza y sin temor, 
« sea que favorezca ó nó al país de su nacimiento, por(^ue el 
« sentimiento conservador déla nacionalidad que se inspira en 
« el pasado, busca en la verdad lecciones y reglas de conducta 
« para el presente y el futuro, y no la estéril satisfacción de la 
« vanagloria. 

Por otraparte,la austera verdad histórica vá abriéndose paso 
cada dia y haciendo la rigurosa disección que revela al fin las 



— 57 — 

que nos hemos asignado al descorrer una parte del velo que 
durante tantos años ha ocultado la historia primitiva de los 
orientales, y envuelto en espesas y oscuras nieblas la borrascosa 
aurora d© su independencia . 

Una luz, como dice Littré, sean cuales fuesen las manos que 
la lleven, proyecta á su alrededor los rayos de su claridad . 

Nuestro ensayo hará esa luz . 



^H^SSCH 



^ 



El general Mitre y nosotros contra el doctor López. 



Los detractores del general Artigas, tanto argentinos como 
orientales, no solo no han querido procurar algunos documen- 
tos auténticos é imparciales para fundar ó paliar de algún mo- 
do su aborrecimiento y sus calumnias contra aquel, sino que 
hasta lian prescindido arbitrariamente de los mismos que se 
les presentaban á la vista, cuyo testimonio podria revelar la 
inexactitud de sus asertos, ó la incorregible parcialidad de sus 
juicios. 

La calumnia histórica tiene también su dictadura irrespon- 
sable, y esa la han ejercido sin medida ni escrúpulos . 

En general, es asi como aquellos historiadores han escrito 
sobre Artigas y la Provincia Oriental, dejando correr la pluma 
envenenada en reprensibles y ciegas antipatias, sin tomarse el 
mas leve empeño en fundar sus afirmaciones con la autoridad 
de algunos comprobantes auténticos ó respetables. 

El mismo general Mitre, tan eminente por su ikistracion y 
competencia como historiador, ha censurado acerbamente ese 
método tan falaz de escribir la historia, (que el mismo, senti- 
mos tener que decirlo, ha adoptado á su turno no pocas veces) 
enrostra al doctor López tan grande defecto en sus Nuevas 
Compvóbacioneshistóricas^ capítulos 1.^, 13 y 17 en los términos 
siguientes: 

« Ya se vé por estas muestras cuan diferente es la historia 
« real de las historias pseudo-filosóficas que se emancipan has- 
<í ta de los documentos impresos . » 

Y en otra parte: 

« Negar la cooperación recíproca en la obra constante de la 
« labor histórica, en que todos somos obreros en la medida de 



— 60 - 

« nuestras fuerzas, con la cooperación del tiempo, es incurrir 
« en la aberración del Tostado, que pidió al Rey que mandase 
« quemar todos los libros que no fuesen los suyos, porque todo 
<c estaba encerrado en sus volúmenes . 

<: En tal estado, y por tal criterio, la discusión no tiene cam- 
« po y la polémica no dá nada de sí; la historia no adelanta un 
« paso, y los caracteres se rebajan, comprometiendo la digni- 
<.' dad y el buen gusto de las letras y hasta la noble cultura del 
« espíritu . » 

« Y si se piensa (dice en otra parte el general Mitre) que 
« con esta liviana documentación, y sin consultar iin solo docu- 
« menfo, sa ha pretendido historiar y esplicar los hechos más 
« trascendentales déla revolución que decidieron de sus desti- 
« nos; que sobre esa tradición mal interpretada se lia i^retendi' 
« do hasar una guerra con el Portugal^ en la cual nunca sepejisó (*) 
« que se ha supuesto un abandono de la expedición al Perví y 
« una ruptura de la alianza argentino -chilena, un ultraje al 
« general San Martin por su gobierno, y una disidencia de 
« ideas políticas y militares entre este y el Director Pueyrre- 
« don, en puntos que afectaban la suerte de la América; la que 
« por fortuna nunca existió; entonces se verá que la máxima de 
« Pero Grullo, que hemos recordado en otra ocasión, tiene aquí 
« nuevamente su aplicación oportuna: «Id historia no imede es- 
« crilArse sin doaimentos, y menos aún por informaciones orales 
« 6 intuiciones contrarias á ellos.» 

Perdónesenos si somos algo extensos en nuestras trascrip- 
ciones, yendo á buscarlas, tal confianza abrigamos en la justi- 
cia de la causa que defendemos, en el arsenal mismo de nues- 
tros adversarios . 



(*) La guerra que Piieyrredon aparentaba querer iniciar contra el Por- 
tuo-al por su conquista del Estado Oriental, engañando así al pueblo ar- 
gentino, indignado contra el por sii inicxia tolerancia y complicidad. 

Nota del autor. 



— 61 — 



A la vez que damos así mayor interés á este estudio que re- 
sume la sustancia de las comprobaciones que liemos acumulado 
en el texto de la obra, creemos que tratándose de una grande ó 
indisputable autoridad intelectual y moral como lo es el gene- 
ral Mitre, conviene robustecer nuestras impugnaciones al doc- 
tor López y á sus discípulos más fieles é imitativos como el 
doctor Borra, haciendo valer los juicios y opiniones de aquel 
eminente historiador, coincidentes en todo con las nuestras 
respecto de unos mismos sucesos . 

El general Mitre, aunque también muy adverso á Artigas, 
sometiéndose á esa crónica pasión del localismo de raza, quo 
no pocas veces en nuestras guerras civiles del 53 al 70 lo cegó 
como procer y como jefe del mismo tradicional partido políti- 
co á que pertenecieron todos los enemigos de Artigas, trata 
cuando menos de procurar para sus afirmaciones alguna sem- 
blanza de pruebas, no emitiendo juicios decisivos y absolutos, 
sin dejar de procurar algunos justificativos en que fundarlos. 
Evidenciando de este modo un espíritu y tendencia reflexiva 
y justiciera, conatos de loatad y equidad, que esperamos lo 
liarán modificar con el tiempo y ante las pruebas que presen- 
taremos muclios de sus involuntarios errores de apreciación, la 
opinión del general Mitre debe tenerse en muclia cuenta en 
los grandes debates históricos, desde que él no pretende por lo 
general, imponerse como el doctor López en el juicio del lector, 
sino convencerlo con las pruebas que exibe. 

No se estrañe, pues que hagamos valer con tanto empeño 
las opiniones de aquel al respecto, desde que ellas son comci- 
dentes con las nuestras en cuanto al arbitrario y fantástico sis- 
tema de escribir historia patria observado por el doctor López, 
y desde que eUas cooperan en este caso á evidenciar á todas 
luces entre tantos otros ejemplos, la sin razón y falacia de los 
cargos que se le hacen al general Artigas por su mas violento 
é implacable calumniador, abrogándose en ello espontanea- 



— 62 — 

mente la odiosa misión de erijirse en el heredero forzoso y re- 
vindicador de los feroces rencores de 1814 al 20 . 

Véase, pues, como se expresa el general Mitre en sus «Nue- 
vas Comprobaciones», juzgando la obra del Dr. López: 

« Por eso la historia se modela sobre la vida, como el bronce 
« en fusión en el molde en que se vacia; y así como sin docu- 
« mentos no puede escribirse historia, y sin metal no pueden 
<í fundirse estatuas, sin historia de hechos documentados y 
« bien comi^robados, no es posible escribir su filosofía, (pági- 
<' na 20j. 

<-. No es la brevedad lo que le hemos tachado, cuando dos 
veces en siete renglones, le hemos señalado catorce errores ca- 
pitales — como des2)ues le señalaremos cincuenta errores en so- 
lo cinco páginas, — sino el de no haberse ajustado á la verdad 
histórica, haciendo caber tan grandes errores en tan corto 
espacio: de tal manera que el contenido es mayor que el conti- 
nente, (pág. 25) 

«La historia de la Revolución Argentina ^> es una obra que 
ha brotado de la fuente nativa de una cabeza pensador .«, aun- 
que no muy bien equilibrada en sus facultades, con tendencias 
á buscar en los hechos su causa, su significado y su correlación 
necesaria. 

Como producto intelectual, es espontáneo, y revela aptitud y 
meditación para encarar de hito en hito la múltiple vida na- 
cional y sus pavorosos problemas de un punto de vista nuevo, 
y á veces profundo, supliendo con la adivinación lo qiie le falta 
en información. De aqui resurge un sentimiento de patriotis- 
mo indígena, opuesto á un amplio espíritu filosófico, que ins- 
pirándole á veces bien, lo extravía otras por sendas estrechas 
y oscuras,, encerrándolos en esjjacios limitadísimos, sin hori- 
zontes y sin luz. Su tendencia es, en realidad, mas bien política 
que filosófica, — participa de las pasiones del pasado, que 



— 63 — 



destiñe en sus páginas su no apagado colorido: -tiene las 
preocupaciones, los enconos, la parcialidad, las repugnancias 
instintivas y el exclusivo criterio retrospectivo de las memo- 
rias contemporáneas, imprimiéndole este sello pecuHar, sus es- 
cursiones anecdóticas y los recuerdos orales que evoca y repro- 
duce casi á la letra. Su hilo conductor al través de los sucesos, 
es la tradición, interpretada por la intuición, que, según el sis- 
tema psicológico de Kant, se forma en su mente por sensación 
despertada con la lectura de los documentos impresos esparci- 
dos en periódicos principalmente, según puede deducirse de lo 
que él mismo dice. Sus juicios reflejan la intolerancia política 
de la época de la lucha ciclos partidos históricos, que pretenden 
imponerse sin contradicción, lo que oscurece su fina y natural 
penetración; y participan del carácter retrospectivo que lepe- 
mos señalado: á veces son irritantes para la serena imparciali- 
dad de los presentes, y á menudo pecan por falta de medida ó 
equilibrio moral. Exagera por demás las mediocridades^ de 
Tino de los bandos, que los documentos originales van reducien- 
do á sus verdaderas proporciones, no obstante que algunas ga- 
nen en ser vistas de cerca. Incurre en el mismo defecto cuan- 
do se ocupa de los hombres superiores del otro bando en bien 
ó en mal, ya se abandone al lirismo filosófico, ya pronuncie un 
fallo sin apelación», (pág . 42) 

<; Por eso dijimos y escribimos más de una vez al doctor don 
Juan Maria Gutiérrez,— el debe conocer las cartas, puesto que 
ha tenido ó tiene su archivo. — « ¡ Lástima que con tan beUas 
dotes de historiador, escriba sin documentos, y asegure con 
tanta frecuencia íoconíranoííe lo que los documentos dicen y 
pntehan. » (pág. 44) . 

« Los hombres que nos presenta el señor López en su histo- 
ria, son recortados en un papel blanco, sin ningún rasgo que 



— 64 - 

compruebe la autenticidad del pei^fil. El los hace hablar y ges- 
ticular según una tradición inconsistente con sus propios tes- 
timonios escritos, desprovista de lógica y hasta de todo sentido 
(pág. 350). 

« Tal es el cuadro que el señor López nos ofrece alumbrado 
por el candil de Tagle, que es una de sus autoridades históri- 
cas, á quien presenta como á un Richelieu ó á un Tallejrand 
aforrado en un Maquiavelo digno de figurar en el retablo de 
Maese Pedro . » 

« La historia no j^uede escribirse por tanteos, alumbrándola 
con candilejas, como las representaciones de titeres donde figu- 
ran muñecos de fantasía: — la lámpara del estudioso, á cuya 
luz se leen sus documentos j se destacan en sus páginas sus 
hombres tales como fueron, in animo éfactis, es la única que 
disipa las sombras del pasado y de la mente, proyectando sus 
resplandores en el tiempo . » (pág . 352) . 

Con las trascripciones que anteceden reconocerá el lector im- 
parcial que son mas que suficientemente autorizadas nuestras 
afirmaciones y censuras al plan observado por el doctor López 
en la confección lírica de su Revolución Argentina^ verdadero 
miraje histórico, tan admirable por sus bellos tintes y precio- 
sos contornos, como efímero ante la firme refracción de la ver- 
dad, en cuanto se relaciona con Artigas y la historia Oriental . 



— *so<^<5g>©o«»— 



Filiación genealógica de la obra del Dr. López 



Permítasenos ahora presentar algunas explicaciones pre- 
ventivas muy oportunas sobre el origen remoto y muy poco 
conocido para la mayoría de los lectores, de la exaltación y 
violencia de opiniones de ese ilustradísimo escritor . 

Entre los detractores mas violentos y sistemáticos de Arti- 
gas, el doctor López, ocupa sin duda el primer lugar con su 
importantísima obra sobre la Revolución Argentina^ cuj^a es- 
tructura y espíritu lia delineado tan gráficamente el general 
Mitre, que solo viene en segundo lugar como difamador y ad- 
versario del jefe oriental . 

En su edad madura sin ningún previo examen ni nueva 
comprobación el doctor López no lia hecho sino reproducir y 
remodernar como infalibles en su resurrección momificada, las 
versiones calumniosas, las imputaciones y malos juicios sobre 
Artigas que oyó acentuar en su niñez y en su primera juven- 
tud, en el hogar paterno, como un artículo de ciega fé . 

El padre del doctor López, el venerable doctor López y Pla- 
nes, fué en 1811 y 12 uno de los Secretarios de Estado del pri- 
mer Triunvirato de que formaba parte don Manuel Sarratea, 
comerciante y hombre hábil é instruido, diplomado de la noche 
á la mañana como Capitán General, y general en jefe del ejér- 
cito patriota de la Banda Oriental, el mismo Sarratea que tan- 
to hostilizó á Artigas hasta que ésto consiguió expulsarlo del 
ejército sitiador de Montevideo junto con algunos jefes y ofi- 
ciales de su adhesión personal . 

Conviene de paso no olvidar que es el mismo Sarratea, quien 
mas tarde en 1819, vengó algunos de los agravios de Artigas, 
inferidos por él mismo en parte, abriendo el ignominioso pro- 



— 66 — 

ceso del Congreso y de todos- los miembros del Directorio de 
Pueyrredon, que tanto hostilizó á aquel; presentándolos con 
pruebas incontestables, incluso al mismo doctor López y Pla- 
nes, miembro del Congreso de 1818, como traidores á la patria,- 
por mas que este hubiese salvado su voto en algunos puntos 
de la sanción dada al inicuo tratado con los portugueses, se- 
gún nosotros mismos lo hicimos constar en cuanto al doctor 
López en una de nuestras anotaciones á la obra de Parish en 
1853. (1) 

En 1815 el doctor López y Planes estuvo siempre al lado 
del encarnizado enemigo de Artigas, el Director Supremo ge- 
neral Alvear, de quien se mostró tan decidido partidario que á 
la caida de éste, fué cruelmente perseguido, metido en la cár- 
cel, y aun sino estamos mal informados se le intentó engrillar 
junto con tantos otros adictos de Alvear, derrocado del poder 
por el gran pronunciamiento iniciado con la sublevación del 
general Alvarez Thomás en Fortezuelas. 



(1) Nos es muy grato poder evidenciar después de treinta años de tras- 
curso, la identidad de nuestras opiniones respecto de estos grandes inci- 
dentes históricos. Por otra parte, la lectura de la siguiente anotación 
escrita por nosotros hace tantos años, en la obra indicada de Parish 
tiene un interés directo, y se relaciona intimamente, con el desenvolvi- 
miento de los sucesos de que nos vamos á ocupar, demostrando, de parte 
de Artigas firmeza y lealtad á los principios republicanos, y de parte de 
sus enemigos y calumniadores la vacilación, la duplicidad, las complici- 
dades monarquistas, ó la defección á la Independencia Americana. 

Decíamos así: 

•"A coiisecuencia del artículo 7. ^ de la anterior Convención se levantó 
por orden del gobernador de Buenos Aires, Sarratea, un proceso, que 
como se dice en él: "comprende lo relativo al delito de alta traición de 
que es acusado el Congreso y Directorio. Por cuerdas separadas sedarán 
los que deben formarse particularmente sobre la última rebelión, robos 
públicos,y quejas privadas que ocurran. " 

"De ese proceso se aclararon algunas iniquidades. Una de ellas lui 
tratado secreto con Portugal por el que se entregaba á Artigas, que mal 



- 67 — 

El mismo doctor López y Planes fué también desde 1816 al 
17 influyentísimo Ministro de Gobierno del Director Supremo, 
general Pueyrredon, el enemigo mas acérrimo é im^Dlacable de 
Artigas y de la misma Provincia Oriental, como lo evidenciare- 
mos mas adelante; tomando el doctor López y Planes, como era 
consiguiente, una parte activísima, á pesar de su moderación 
en política y elevación de ideas, en todos los trabajos y tenta- 
tivas, que se llevaron á cabo para someter á los orientales, pa- 
ra hostilizar á Artigas, y en último caso, para facilitar la in- 
vasión y la conquista portuguesa. Firmó así mismo los decre- 
tos de proscripción que tanto desprestigiaron el gobierno de 
Pueyrredon . 

Y como si esto no bastase para convertir en una apasionada 



ó bien defendíala Banda Oriental, á los portugueses, obligándose per el 
artículo 3. ° el gobierno de las Provincias Unidas "á retirar inmediata- 
mente todas las tropas que con sus respectivas municiones de guei-ra 
hubiese mandado en socorro de Artigas; y á no prestarle en lo futuro 
auxilios algunos de cualquier aprecio y denominación que sean;" y por 
último á, pedir la cooperación de fuerzas portuguesas C7i el caso que Ar- 
tigas se asilase al territorio Argentino, del que se le debía expulsar. 

"Once de los artículos de este tratado debían ser conservados secretos, 
bajo pena de muerte, hasta para él mismo Director del Estado, si los des- 
cubriese, obligándose el gobierno de las "Provincias Unidas "á contradecir 
de un modo solemne y comijrometiendo su dignidad, si fuera preciso, la exis- 
iencia de tales arñculos.'' 

Felizmente para la dignidad del Congreso, que el 10 de Diciembre de 
1817 discutió y sancionó este tratado, hubieron algunos diputados que 
salvaron su voto en todo ó en parte: los doctores Maza, Zudañes, Vi- 
cente López, Teodoro Bustamante, Matías Patrón, Doan Zavaleta y Pe- 
dro Araoz. 

„ Resultaron también del proceso dos ó tres traiciones ó entregas de 
Buenos Aires, á poderes estraños. 

„ Una sobre la coronación de un príncipe de la casa de Braganza en 
„ calidad de monarca de las Provincias Unidas, con sujeción á la Cons- 
„ titucion que el Soberano Congreso le presentare . " 

(Nota reservada del director Pueyrredon á éste, fecha 19 de Noviembre 
■de 1816), y otras sobre coronación del duque de Luca, protejido por la 
Francia. 



— 68 — 

y rencorosa tradición de familia el odio inveterado á Artigas, 
la señora madre del doctor López y Planes era hermana, si no 
estamos mal informados, ó parienta muy próxima, del tenien- 
te gobernador de Misiones, don Bernardo Pérez y Planes, que 
tanto hostilizó al coronel artiguista Blas Basnaldo, hasta que 
este consiguió derrotarlo, tomarlo prisionero, y conducirlo al 
campamento de Artigas . 

Desde 1811, Planes había revelado contra Arti.o^as "-rande 
rencor, difamándolo de todos modos, sublevándole algunos par- 
tidas oficiales y ulteriormente en 1813 tomó parte en varias 
agresiones contra los subalternos de éste, llegando hasta fusi- 
lar bárbaramente pJgunos, como se acredita por el párrafo si- 
guiente de una nota del general Artigas al Grobierno de Bue- 
nos Aires fecha 19 de Junio de 1813, en que se expresa asi: 



„ Agregúese á esto lo siguiente: 

„ El doctor don Antonio Saenz, diputado por Buenos Aires al Con- 
greso de Tucuman, en su informe á la Junta Electoral de Buenos Aires 
fecha 1.** de Febrero de 1817 decia: 

„ A los- diputados por Buenos Aires no les "/"ííó difícil reunir la ge- 
neralidad de dictámenes á favor de la monarquía constitttcional. Los diputa- 
dos de Córdoba, de Salta y casi todos los del Perú hicieron formal em- 
peño para que al mismo tiempo se declarase por capital al Cuzco, y se 
pusiese la dinastía en la familia de los Incas." 

„ Todo esto pudiera llamarse criminal en extremo, si no rayara en, 
irracional absurdo. ¡Incomprensible anomalía! 

„ Los pueblos todos de la República, porque en eso fraternizaban, no 
tenían otro Dios que la patria, la libertad, el republicanismo, el odio á 
. los Reyes, porque rey era el de España, inoculados con el entusiasmo 
santo de las batallas mas encarnizadas de la guerra de la independencia, 
se entregaban á la embriaguez de su emancipación casi salvaje. Los 
triunfos de Alvear, Belgrano, San Martin, las proezas personales casi 
increíbles de Artigas, Rivera, Díaz Veles, Lavalle, Güemez, Arias, Bal- 
caree, Pacheco, La Madrid, Brandzen, Brown, Moldes, Aldao, tenían en- 
candecida de orgullo la imaginación de los pueblos que veían derrotados 
de este modo á los españoles vencedores de Napoleón; y pretender en- 
tonces que los cabalgase un Duque de Luca, ó un Príncipe Portugués? 

„ ¡Pobres hombres de talento! " 



— 69 — 

« Bendecía mi providencia por esto liomenaje rendido al 
amor de la paz, cuando el sub-delegado Planes reuniendo la 
fuerza del departamento de Yapeyíi, y convocando la de Con- 
cepción, marcha y se acampa en el Miriñay, llevando su alarma 
hasta Mandisovi: imparte sus órdenes y publica la discordia^ 
metiendo en el rol de reos á cuantos sirviesen bajo mis órde- 
nes . En consecuencia son arrestados en su pasage á Yapeyú 
un capitán y un sirviente, y sin otro proceso, ¡jasados al mo- 
mentoijor las armas.» 

Se comprenderá asi, con lo q^ue dejamos expuesto, como el 
doctor don Vicente Fidel López conserva inalterable la tradi- 
ción de odios que heredó de sus respetables mayores . 

El eminente doctor don Vicente López y Planes, de carác- 
ter sobremanera apacible pero demasiado dócil á las imposi- 
ciones de la tiránica política directorial, prestó importantísi- 
mos servicios á la patria como ciudadano abnegado y leal re- 
público, pero arrebatado como tantos otros por la impetuosa 
corriente del fanatismo político de la Comuna porteña, de que 
á veces habla su mismo hijo con reprobación, fué también par- 
ticipe y sostenedor acérrimo de la política opresora que se'im- 
ponia á todo trance á las provincias por algunas facciones im- 
perantes en Buenos Aires, no tanto por derecho de conquista, 
sino á título únicamente de disponer de mayor fuerza, de ma- 
yores recursos, y de mayor ilustración . 

Con estos títulos tan sospechosos y cuestionables ante la 
igualdad republicana que se proclamaba, como el sagrado dog- 
ma déla revolución de Mayo, y ante la justicia y la moral po- 
lítica de cualquier época, muchos rijidos pero candidos patrio- 
tas como el doctor Lapez, se escandalizaban é indignaban ante 
las resistencias provinciales . 

De este modo, y con la mas anjelical ho)2Jiomie, sin escrúpu- 
los de conciencia, no vacilaban en decretar la persecución, mas 
aún, el extermmio de los provincianos anarquistas, representan- 



— To- 
tes de la barbarie, segim López y Sarmiento, que por usar un. 
poncho y aparecer como gauchos, no podian gobernarse á sí 
mismos teniendo la audacia de pretender para si la dirección 
local, la que por derecho exclusivo creían pertenecerles los 
políticos sedentarios de Buenos Aires, quienes desde su bufete 
ó desde su tertulia de juego en el Café de Marcó y en el de 
Catalanes, ó desde el antro sigiloso de la omnipotente Logia 
Lautaro, querían exclusivamente organizar y combinar la go- 
bernación del antiguo Vireinato, desde Potosí hasta Maldo- 
nado. 

Es asi como el doctor don Vicente Fidel López en su respe- 
tabla hogar se saturó desde su niñez en cuanto á preocupacio- 
nes políticas, en las emanaciones malsanas del porteñismo de 
mala ley, intransigente en su olímpica soberbia, vengativo é 
incorregible en su tradicional infatuación, que después de se- 
senta años emerje provocativo y dictatorial en las pajinas de 
su obra. 

A pesar de todo, es difícil hallar entre nosotros un libro his- 
tórico escrito con más indisputable talento, con mas viva ima- 
jinacion, con mas profundidad y generalización de vistas que 
el del doctor López; pero que al mismo tiempo, sea más con- 
tradictorio en sus afirmaciones, más fácil de refutarse por si 
propio, y por consiguiente, menos fidedigno en sus infomjes y 
conclusiones en cuanto al Estado Oriental, su historia y sus 
prohombres. 

No se nos crea exagerados y audaces . Con solo dar vuelta 
algunas páginas y escudriñar inquisitivamente en ellas, puede 
tenerse la seguridad de hallar fácilmente la impugnación de 
lo que aquel mismo dijo ó dedujo antes, aún sobre hechos ca- 
pitales . Otro tanto, aunque con menos recrudecencia de odios 
j)odna decirse de la historia de Belgrano por el general Mitre, 
al cual pueden aplicarse también en mucha parte nuestras 
observaciones sobre el doctor López . 



— 71 — 

En el autor se encierran dos entidades morales que se repe- 
len radicalmente: el partidario, ciego, absoluto, intransijente; y 
el historiador, que tiene que narrar los hechos con más ó menos 
exactitud, de acuerdo con un recto criterio moral. 

Obedeciendo á un plan preconcebido como partidario, en la 
dualidad censurable de su misión y de su carácter, el historia- 
dor líOpez, al descubrir tales ó cuales acontecimientos, se olvi- 
da por necesidad de esta su primera condición; pero asi mismo 
no puede menos, siguiendo la ley inflexible de los hechos, de 
narrarlos, pero atribuyéndoles causas opuestas á las que más 
tarde tiene que confesar ó describir. Crucifica asi, mutila la 
historia, y se lava las manos ante la mutilación que el mism o 
ha hecho con fria ferocidad. - 

De ahí la mas deplorable confusión de principios, la contra- 
dicción mas flagrante de conclusiones en cuanto á la historia 
Oriental . El crimen resulta en sus hábiles manos de prestidi- 
jitador un arrebato de la fogosa juventud, asi como la virtud 
y el civismo son frecuentemente según él, la explosión de la 
barbarie , Con un pasmoso espíritu do generalización, con una 
inagotable facundia, con una flexibilidad poco escrupulosa, re- 
salta sobre todo ese conjunto una inescusable dictadura de jui- 
cios que pisotea á cai)richo todo otro criterio, que no se ajuste 
al criterio artificial del autor como partidario . 

La historia en sus manos nos recuerda esas habilisimas crea- 
ciones de Julio Verne, en sus novelas científicas, ora haciéndo- 
nos remontar á la luna con el proyectil de su Oiin Club, ora 
surcando el interior tenebroso de los mares con-Nero, ora ha- 
ciéndonos danzar en el aire en una ciudad oxijenada . No nos 
movemos de nuestro asiento leyendo, poro sudamos y nos es- 
peluznamos ante sus arrebatadores cuadros . 

Poro Vorne pide estudiosamente á las ciencias su laborioso 
continjente, hermoseado por una vivificante imaginación; en 
tanto que el doctor López prescinde de todo, y pide solo á su 



— 72 — 

fogoso corazón y á,sus inexorables pasiones de antiguo parti- 
dario de nuestra edad de piedra revolucionaria, la agria leva- 
dura de su ampulosa masa histórica . 

La austera verdad parece ser secundaría para él. La historia 
en sus manos es un jnlori ó un cadalso para sus contrarios, y 
un apoteosis para sus amigos. Justicia sumaria, que trasciende 
al antiguo preboste de la Hermandad, inapelable, feroz . Hay 
algo del auto de fé del implacable Torquemada político . 

En este caso especial podria también aplicarse con perfecta 
y justísima razón á la obra del doctor López, la severa opi- 
nión que el mismo emite en el tom.o 2 . ° pagina 452 de su Re- 
vohidon Argentina condenando algunos detractores de Pueyr- 
redon, por hacer lo mismísimo que él hace calumniando á Ar- 
tigas. 

Refiriéndose al cargo que se ha hecho al Director Pueyrre- 
don de haber tomado una j)arte activa en las intrigas diplomá- 
ticas y solicitudes j^alaciegas que se hicieron en Europa por 
sus agentes oficiales para traer al Príncipe de Luca como rey 
de los argentinos, bajo el protectorado de la Francia, se expre- 
sa así el doctor López: 

« El (ese complot monárquico) hizo además un ruido tan 
grande cuando se descubrió en 1820, que sirvió para acusar y 
perseguir á la maj^oria del Congreso por el crimen de cuta trai- 
ción á la patria. Y despites de ese rumor desfavorable se ha con- 
tinuado dando pávido con eso á lá mala fé de las facciones iióli- 
ticas para denigrar á hombres, ilustres hajo otros muchos sentidos, 
para hacer dudosa su reputación á los ojos de la historia, y para 
proporcionar medios indignos de ataque á los que por otro géne- 
ro de intereses quisieran todavía que los juicios desleales de los 
partidos de aquel tiempo perdiirasen como veredictos inapelables 
de la posteridad . » 

Es asi como el doctor López forcejea por hacer perdurar los 



— 73 — 

juicios y odios del partido á que perteneció su familia en 1815 
al 20, como u.n veredicto inapelable . 

Es así también como podemos juzgar esa obra en cuanto se 
refiere á Artigas, á quien necesariamente tiene que dedicar 
muy á su pesar el doctor López una gran parte de sus corrosi- 
vas calumnias, porque tropieza con él á cada paso; ya por el 
mismo Artigas, ya por sus aliados y partidarios, ya por la ac- 
ción prepotente de aquel durante diez años en el desarrollo 
de los sucesos políticos argentinos. 

Ese libro es muy poco conocido aquí . Pero en la Rej)ública 
Argentina en donde es tan encomiado, prevalece irrefutado con 
La autoridad del indisputable talento de su eminente autor, 
que ha recibido del Congreso Nacional veinte mil duros, para 
la reimpresión de esta obra; sin haber encontrado hasta ahora 
mas que en el general Mitre quien lo haya combatido con in- 
cuestionable superioridad de principios morales, aunque con 
alguna pasión personal, producida por gratuitas provocacio- 
nes de parte del doctor López . 

Es tan solo con una cooperación semejante que nos sentimos 
alentados á esta impugnación sumaria, buscando, lo repetimos, 
en aquel eminente historiador, aún siendo enemigo de Artigas, 
un poderoso auxiliar, que á la vez que nos escude en nuestra 
debilidad relativa, nos ayude á autorizar y fundar nuestras 
leales afirmaciones. 

Un libro doctrinario y reformador es poderoso y grande, 
según la influencia que ejerce en la opinión pública. Y justa- 
mente la que pudiera tener en la actualidad argentina el libro 
del doctor López en cuanto á cuestiones y conflictos de políti- 
ca nacional é interpro\nncial, es de todo punto negativa. 

Opinamos asi desde que él trata en cuanto á nuestras luchas 
políticas intestinas, de resucitar, justificar, y enaltecer las preo- 
cupaciones exageradamente porteñas de 1815, que por ser 
odiosamente absorventes, combatió tanto el mismo doctor Lo- 



— 74 — 

pez en 1853 como Ministro de Instrucción Pública y como 
politico. 

Desde la sangrienta catástrofe de Junio de 1881, ellas han 
tenido que subordinarse y anularse por fortuna, ante el patrio- 
tismo argentino de buena ley, que las lia suprimido como una 
fiebre perniciosa del pasado, capitalizando la ciudad de Bue- 
nos Aires, y reemplazando desde entonces aquellas preocupa- 
ciones intransij entes con levantados sentimientos de republi- 
cana igualdad y libertad, de conciKacion fraternizadora, como 
los únicos principios salvadores de la Union Argentina . 

Ese libro del , doctor López es, pues, una nota discordante en 
las atractivas armonías políticas del día . Es hasta un lamen- 
table anacronismo que ha de ir provocando violentas y mere- 
cidas impugnaciones, ó un grande y lamentable descreimiento 
en la sinceridad ó en los sentimientos de justicia de su ilustra- 
do autor. 

En 1828, en seguida de la sublevación de Diciembre, y del 
fusilamiento del mártir Dorrego, la Revolución Argentina del 
doctor López, habría podido ser de actualidad y hasta podido 
servir de programa político parala invasión á las provincias 
del Interior, con que hizo asolar á estas el general Lavalle. 
Con ella también habrían ¡podido justificarse las matanzas de 
prisioneros rendidos que el gobierno del doctor Obligado llevó 
á cabo, con participación y aprobación del general Mitre en 
Yilla Mayor y Laguna de Oardoso . 

Pero en 1883; no es sino un libro del pasado con sus tremen- 
dos errores; con sus Triunviros y Directores, decididos servi- 
dores de la patria, pero fanatizados por la sed insaciable de un 
dominio absoluto y tiránico; cuyo ejemplo seria una nefasta 
calamidad para los pueblos argentinos sí se adoptase hoy como 
norma política por los poderes nacionales, por más que el au- 
tor quiera enaltecer aquellos con inescusable imparcialidad , 

Cuando más podría haber habido en ese libro, á no ser pos- 



— 75 — 

tenor en su fecha la incubación del sistema de venganzas ho- 
micidas que la Administración Mitre en CórdolDa y la Rioja, y 
el gobierno Sarmiento en San Juan, hicieron prevalecer por 
medio de los generales Paunero y Arredondo y los coroneles 
Sandes, Iseas, Igarzabal, etc.; asi como de los exosos y desma- 
nes de la primera, enviando á los pontones y al destierro á ilus- 
trados escritores públicos y á distinguidos ciudadanos oposito- 
res, bajo un férreo estado de sitio, tal como Alvear y Pueyr- 
redon lo hicieron en 1815 y en 1817; y el otro contribuyendo 
á hacer lancear á sus adversarios con jefes militares en su 
provincia, como el medio mas benéfico para suprimir reaccio- 
narios autónomos, y aspiraciones federativas . 

Por fortuna para los pueblos argentinos, hoy la nación y su 
gobierno desde 1880 repudian y execran tan funestas doctri- 
nas y tan aborrecibles prácticas . 

No terminaremos sin declarar que hemos emitido estas ob- 
servaciones exentas jfx de pasiones y de todo odio de partido . 
Muy lejos de esto, profesamos hoy á los generales Mitre y Sar- 
miento, asi como muy especialmente al doctor López, el más 
afectuoso respeto y aún admiración . 

En cuanto á este iiltimo, debemos agregar algunas indica- 
ciones que se relacionan con su acción en la vida tormentosa 
de nuestro jDaís, con su participación en la política militante 
durante el gran período de 1852 y ulteriormente. 

El mismo implacable detractor de los caudillos federales de 
1815 al 20, el doctor López, aparecía desde 1852 al 62 someti- 
do sin duda á ineludibles exigencias de la política reorganiza» 
dora urquizísta, sirviéndola con entusiasmo, ya oficial ya pri- 
vadamente, como su espontáneo y ardiente defensor. Cuando 
nosotros eramos secretarios de la Legación Argentina en Mon- 
tevideo antes de Cepeda, lo hemos visto y oído entonces como 
un enconado federalista de la vieja Guardia, tan crudo como 
los compañeros de causa que después de Pavón fueron despe- 



-, 76 ■- 

dazados por el general Flores en la funesta Cañada de Gó- 
mez. 

Fué así como el doctor López desde 1853, contra el partido 
unitario del cual el general Mitre era uno de los mas impor- 
tantes é ilustrados Leaders en las Cámaras, en la prensa y en 
los ejércitos, sostuvo principios de justicia y de igualdad poli- 
tica, y segundó el grande ideal de reorganizar constitucional- 
mente la Confederación Argentina . Fué así también como 
aquel vino á reaccionar airadamente como político activo, co- 
mo estadista intelijentísimo, como orador, como publicista, 
luchando con los bríos de su impetuoso carácter, contra ese 
mismo sentimiento exclusivista del uUra-portemsmo que Mitre 
acaudillaba en las célebres Sesiones de Junio de 1852, sobre 
el Acuerdo de San Nicolás. 

Es bien conocido el rol enérgico y tempestuoso que desem- 
peñó en ellos el imperterito ex-unitario doctor López . 

La turbulenta y exaltada barra de la Cámara de Diputados 
de Buenos Aires lo combatía y lo ultrajaba porque defendía 
como Ministro al Director General Urquiza, y dos horas des- 
pués lo apedreaba al salir de las puertas de la Cámara pronto 
á, despedazarlo si no se hubiera guarecido saliendo á escape en 
el coche del Jefe de Policía Azcuénaga . 

El doctor López en su fogoso discurso había lanzado al ros- 
tro del pueblo irritado el procaz apostrofe de « iméblo de carne- 
ros, que no quería aceptar ninguna organización looUtica que no 
Hirjiese de él, no obstante de haber sido tan pisoteado por la ti- 
ranía. y> 

Consecuente con estas declaraciones, y á pesar de persecu- 
ciones implacables, el doctor López combatió ese réjímen ar- 
chi-unítario durante diez años, al lado del elemento más reac- 
cionario del federalismo, como que brotaba audaz é intransi- 
gente de la tierra del Oran Siipremo, en donde Artigas lo 
habia implantado sólidamente . Así ayudó y sostuvo al Go- 



— 77 — 

biemo del Paraná que nosotros también sosteníamos en 
Buenos Aires en La Prensa con el ilustre pensador Francisco 
Bilbao y con el doctor Monguillot . 

Con tales antecedentes, es incomprensible esa propaganda 
que tan calorosamente hace el doctor López en su obra; reac- 
cionando contra sus mismos hechos, haciendo que resalte en 
esta en alto relieve la intransigente glorificación de algunas 
grandes y culpables mediocridades políticas y militares; por el 
solo hecho de haber sostenido ellas ese mismo centralismo 
autoritario que hizo tan odioso el nombre de algunos gobier- 
nos de Buenos Aires, como base de un despotismo sucesor del 
de la España, no pocas veces mas violento que este mismo, y 
del que solo queda hoy una aleccionadora recordación. 

Nosotros también como argentinos, acostumbrábamos oír en 
nuestra infancia execrar el nombre de los anarquistas, entre 
los cuales se nos presentaba el odiado nombre de Artigas, 
como el del primero de los monstruos, el gran cuco cuya pre- 
sencia debía hacernos entrar en vereda en nuestra buena 
escuela de don Rufino Sánchez, y obligarnos á estudiar nues- 
tros alfabetos español y francés, si aquel llegaba á salir de su 
impase del Paraguay para aterrar otra vez los pueblos del Plata. 

Pero en la edad de la razón pudimos descubrir la injusticia 
y torpeza de esas odiosas preocupaciones, reaccionando contra 
ellas con viril energía, suscitándonos con tal motivo no pocos 
odios y recriminaciones . 

Como acabamos de probarlo desde nuestros primeros ensa- 
yos en trabajos literarios y políticos, tuvimos ocasión de com- 
batir como hemos combatido después en la mala y en la buena 
fortuna, durante treinta años, ese sistema de Gobierno funes- 
to í^ue produjo la desgracia y la desmembración de nuestro 
país, el descrédito de nuestras irístituciones políticas y que tan 
profundo abismo abrió entre Buenos Aires y las Provincias 
del Interior, esterilizando durante muchos años todas las fuer- 
zas vivas de la Nación en guerras fi-atricidas . 



Error capital de los juicios históricos de los ge- 
nerales Mitre y Sarmiento, y doctores López y 
Berra. 



Por mas díécií que sea su observancia por algunos escrito- 
res públicos, es sin duda un principio vulgar de justicia y de 
moralidad, reconocer que los grandes caracteres históricos, no 
deben examinarse ni juzgarse sino á la luz de los tiempos ó 
épocas en que sobresalieron, y con relación al pais y á la escena 
pública en que adquirieron renombre y autoridad. 

Al abrir juicio sobre las generaciones pasadas y sus prohom- 
bres, ningún escritor que se inspire en sentimientos de morali- 
dad y dé lealtad, dejará de aceptar aquel criterio como el fun- 
damento de sus fallos y opiniones . 

Faltar á esta regla de equidad es falsear la misión del histo- 
riador, y llevar al ánimo pviblico juicios é imj)resiones erróneas 
ó malevolentes, que necesariamente terminarán en el falsea- 
mienLo absoluto de los hechos, ó en la terjiversacion de la ver- 
dad histórica . 

No vacilamos en afirmar que ninguno de los escritores que se 
han ocupado de Artigas para combatirlo ó condenarlo, ha 
dado pmebas de haberse sometido á esa ley justiciera de la 
filosofía de la historia . 

Han apreciado al vecino rural de 1811, educado por el re- 
trogrado coloniaje español, aislado de los elementos, exijencias 
y condiciones de su época, excluyéhdolo de su genuino centro 
de acción, encerrándolo dentro del circulo de hierro do Popilio 
de una artificial evolución académica, y bajo el mismo criterio 
con que habrían juzgado al general Mitre como Presidente de 



— so- 
la República Argentina en 18G8, y como este metódico y 
geométrico revolucionario en 1874 

Quizá se alegará como excusa, que es casi imposible en los 
historiadores despojarse totalmente del apasionamiento ó de 
la exaltación irreflexiva que infunde una opinión ó una pre- 
dilección arraigada desde la niñez, trasmitida ó impuesta por 
la cariñosa autoridad paterna. 

Aquellos escritores, es verdad, se han educado bajo estas 
impresiones; se han imbuido desde su primera jufiwitud en las 
predilecciones de partido que debian dominar en sus juicios 
futuros; las mismas que á muchos de ellos les han hecho in- 
currir en graves errores en la vida pública después de la revo- 
lución del 11 de Setiembre de 1853 en Buenos Aires, llevando 
la agresión y la guerra á muerte á las provincias disidentes 
del Interior, tal como la célebre revolución en coche del general 
Paz, que debia regenerarlas por el ucero ó el fuego, ó la inicua 
expedición de Hornos al Entrerios, atacando de improviso la 
Concepción del Uruguay para llevar la guerra^ á esta provin- 
cia, que meses antes habia libertado á Buenos Aires de la ti- 
ranía de llosas. 

Es asi como se explica que esos historiadores han querido 
bosquejar en el general Artigas un execrable monstruo, allí 
donde no habia sino un patriota inflexible; matanzas y excesos 
sanguinarios, alli donde no existían sino resistencias heroicas 
é indomables, y castigos severos á los crímenes ordinarios ó á 
la indisciplina; anarquía y desórdenes irrefrenables, alli donde 
solo sé pretendía igualdad de-'derechos y soberanía provincial; 
brutalidad y reacia ignorancia, alli donde solo habia lealtad y 
firmeza en los principios del verdadero dogma de Mayo, que 
invocaba la igualdad y proclamaba un iutransiiente odio á to- 
da dominación extranjera; y por último ambición salvaje de 
mando, alli donde no habia sino aspiración al triunfo de la 
igualdad provincial, y respeto al gobierno propio . 



Las fantasías de ki novela no cuadran con la aus- 
teridad de la historia. 



La verdades que no hay nada más fácil ni más cómodo qjie 
escribir y delinear á fantasía la pretendida historia de un pue- 
blo, no tomándose el más pequeño trabajo en procurar ni con- 
sultar documentos^ehacientes. ni autoridades imparciales; si- 
guiendo solo las tradiciones orales sobre algunos hechos que 
el odio ó la impostura hayan podido originariamente inventar 
ó adulterar, trasmitidos con más ó menos ampliaciones ó hipér- 
boles de unos escritores en otros; y sobre ese cúmulo de hechos 
falsificados ó tergiversados á capricho, preparar y cimentar el 
deleznable armazón de una ficción de historia. 

Para esa labor de reconocida liviandad, y de irreparable in- 
justicia, en que se suprime todo estudio y examen, todo juicio 
contradictorio, toda audiencia imparcial, todo comprobante fe- 
haciente, y lo que es peor, hasta se prescinde de ellos á sabien- 
das; para esa labor, decimos, sin duda se precisa una grande 
inteligencia, pero ensimismada ó incorregible, emancipada de 
los imperativos dictados de la moral, algunos conocimientos 
superficiales en las crónicas y rumores de la época, y una ima- 
ginación vivaz y colorista . 

Con esos elementos á que con tanta razón ha llamado el ge- 
neral Mitre, el «bagaje liviano del doctor López», pueden bos- 
quejarse de cualquier modo los incidentes que se suponen 
ocurridos, describirse arbitrariamente los caracteres y los he- 
chos que se ponen en relieve ó acción, concluyendo por enga- 
lanar ese juego de relucientes frases y conceptos más ó menos 

7 



_ 82 ~ 

sofísticos con las flores de una galaaite retórica de relumbrón ó 
con los brochazos de un soberbio pmfeel novelista. 

Estamos muy distantes de permitirnos aplicar este juicio á 
la magistral obra del Dr. López, pero si censuramos ese mé- 
todo de escribir historia que él ha seguido invariablemente, 
tratándose de Artigas, y el que han observado con el mismo 
sans fciQon algunos escritores modernos, emancipándose de 
toda comprobación ó imparcial investigación histórica . 

La verdad es, que este método de lirismo inventivo que no 
nos atrevemos á comparar al de las chispeantes novelas histó- 
ricas de Sué, de Soulié ó de Israeli, pero que tiene con ellas sus 
puntos de contacto por la imaginación disfrazada con el traje 
augusto de la historia, nunca será el espejo fiel del pasado, 
sino su grotezca caricatura. 

Cuando más, podrá parecerse á las hermosas Tradiciones del 
espiritual Ricardo Palma. 

Podrá también como en el bellísimo Ostracismo de los Car- 
rera^ que devorábamos fascinados en nuestra primera juven- 
tud, ó en el sensacional Facundo, por ejemplo, presentar un 
poema lleno de atractivos, brillante de colorido, recamado de 
iridescentes oropeles literarios, de juicios absolutos, majistral- 
meiite exornados, que logre encantar la susceptible imagina- 
ción pojíular. 

Pero esas bellezas puramente literarias nunca podrán impo- 
nerse al criterio inquisitivo de los hombres pensadores y aus- 
teros, como narración fiel y desapasionada de los anales de un 
pueblo, ó de los hechos de un hombre, por más que éste sea el 
feroz Quiroga, ó el intrépido flibustero Carrera, ambos á cual 
m^s bárbaros en la violencia siniestra de sus pasiones y de sus 
atroces hechos. 

De este modo, en vez de ser la historia verídica y comprobada 
de una nacionalidad, ó de un personaje más ó menos sobresa- 
liente, en épocas determinadas, dejenerará en un romance es- 



— 83 — 

crito en prosa correcta y atractiva por algún fecundo y poco 
escrupuloso novelista . Podrá ser un poema pictórico sin la ri- 
ma ni las licencias poéticas; pero nunca será un libro de con- 
sulta, de estúdio,y lo que es más, de respetable enseñanza. 

Podrá juzgársele bajo la misma férula majistral con que el 
doctor López ílajela sin piedad al señor Vicuña Mackena del 
modo siguiente por su Ostracismo de los Carrera. 

« Lanzado el escritor novelezco en este campo de fosfórica 
« fantasía, todo lo modifica con un singular desembarazo, y si 
« no fuera proverbial la ligereza de las alas con que sabe atra- 
« vesar las cosas do la historia, tendríamos derec'io á enros- 
« trarle faltas de honradez literaria que en él no son tal vez 
« sino meras teiitaciones de justificar el colorido falso que des- 
« de el principio había resuelto dar á su obra.» 

Y en otra parte, refutando afirmaciones realmente fantásti- 
cas del mismo fecundo escritor chileno, le dedica estas acerbas 
expresiones ( Tomo 3.° páj. 742 ) : 

« Que don José Miguel Carrera haya sido el amigo predi- 
lecto de Ramírez, y que éste cubriera con su poder los esfuer- 
zos que el otro hacia para formar una división, é ir á apoderarse 
de Cuyo, es cosa que nadie ha puesto en duda. Pero deducir de 
esto, y asentarlo como hecho histórico; que Carrera haya pre- 
dominado, en su propio nombre^ sobre los partidos argentinos : 
que haya gobernado per sé, tenido bandera ó jurisdicción siiya^ 
en la política argentina, ni sido otra cosa que un apéndice al 
servicio de cosas y de hombres de quienes él dependía, es un 
antojo inocente que solo ha podido tener el que haya querido 
escribir un panfleto en lugar de un libro: tm romance sin nin- 
giin valor literario^ y vulgarmente escrito en la manera del Fa- 
cundo: que es á nuestra histoiia real, lo que tina mascarada de 
Carnaval á nuestra vida ordinaria. » 

El delirio del odio en un historiador es tan censurable y 



— 84 



enfermizo como el delirio de la alabanza y de la admiración. Am- 
bas disfrazan la historia cuando obedecen su pasión y su fan- 
tasía, emancipándose de probar lo que afirman. El doctor Ló- 
pez fulminando i Artigas, y Vicuña Mackena endiosando á 
Carerra, se han hecho reos de la mismísima culpa . 



'9ta-(®)(gS-'^ 



Nuestras afirmaciones tendrán su comprobación 
documentada. Cómo debe escribirse la Historia 
y cómo se ha escrito este libro. 



En algunos casos, los detractores sistemáticos de Artigas y 
de algunos caudillos provinciales argentinos, lian observado 
un proceder análogo al que acabamos de censurar, cuando han 
pretendido escribir la historia de los hechos de aquel, 'ó las 
condiciones de su poder y de la politica que lo guiaba. 

Nosotros nos proponemos adoptar un método diametral- 
mente opuesto. 

No nos atreveremos á emitir una afinnacion cualquiera sin 
apoyarla en pruebas y documentos auténticos. 

Nuestra publicación no podrá ser, pues, una historia, sino 
mas bien una compilación documentada, cuyas pruebas servi- 
rán al verdadero historiador para autenticar y fundar sus 
futuros inicios y afirmaciones. Nos será asi muy grato que 
pueda decirse de nuestro libro, lo que se ha dicho de un his- 
toriador moderno que ha acumulado muchas compr.:,baciones 
en su obra, «que no circula el airo en ella como entre una 
frondosa arboleda, tal es la exuberancia de documentación 
con que ahoga casi el texto.» 

Mediante nuestra labor y perseverancia esperamos asom- 
brar al lector reflexivo con la multiplicidad é importancia de 
los documentos que hemos recopilado en cuyo texto mejor que 
en nuestras afirmaciones podrá conocerse con exactitud la es- 
tricta verdad de los principales hechos relatados. (*) 



(*) Desde 1881 hemos tenido en Montevideo algunas veces hasta tres 
escribientes al mismo tiempo copiando diariamente en los archivos de 



— 86 — 

Reconocemos que en multitud de casos, un documento pú- 
blico puede fácilmente falsear la verdad, y hacer incurrir en 
graves errores al observador que intente guiarse exclusiva- 
Inente por él, como norma de sus juicios. 

Pero cuando una serie de beclios concordantes entre si, 
coincide virtualmente y se ratifica con los juicios ó declaracio- 
nes de ese documento, explicándolos este, y robustecién- 
dolos, entonces la historia confirma y legitima esa fuente de 
informes fidedignos. Una vez fortalecidos estos de ese modo, 
solo la i3arcialidad mas ciega podría recusar sus comprobacio- 
nes ó rechazarlas. 

Es asi como la historia viene á revestir tales documentos, 
de una inapelable autoridad. 

Los que publicaremos merecerán elevarse á esa respetable 
categoría, y esperamos confiadamente que, inducirán á com- 
partir nuestras opiniones á los hombres de recto é imparcial 
criterio en una y otra orilla del Rio de la Plata, los que hasta 
ahora se ha,n dejado impresionar por la corriente de difama- 
ción y de impostura que durante tantos años ha predominado 



la Junta Económica multitud de documentos entre la poca conocida 
acumulación de libros y manuscritos del extinguido Cabildo depositados 
allí; importunando á siT obsecuente y solieito depositario el señor don 
Nicolás Pozólo, así como más tarde en el nuevo Arcliivo Nacional y en 
la Biblioteca dirijidas por el progresista é ilusti'ado doctor Mascaró; 
siéndonos grato presentarles en esta ocasión á uno y otro nuestros vi- 
vos agradecimientos. 

Al mismo tiempo que desenterrábamos así multitud de preciosos do- 
cumentos ignorados, y no contando sino con escasísimos recursos, em- 
pleábamos en Buenos Aires dos escribientes destinados á copiar desde 
1882 valiosos documentos de las colecciones de antiguos impresos que alK 
se conservalai y la mayor parte de los cuales no son conocidos aquí, bus- 
cando al mismo tiempo otros en Santa Fé, Entre-Eios. Corrientes, Cór- 
doba y Pai'aguay; y en la vecina Provincia de Rio Grande, merced á la 
bondadosa colaboración del distinguido Cónsul Oriental don Teodoro 
Barbosa. 



— 87 — 

en absoluto en aquellas, adulterando y mutilando la historia 
de Artigas y la de su grande época, con vergonzoso desdoro 
de la misma historia americana. 

No concluiremos sin emitir algunas opiniones sobre la regla 
capital que debe presidir según nuestro criterio en toda labor 
histórica, despojada de reprensibles ó injustas predilecciones. 

Entendemos que la historia política debe escribirse como 
lo hace lord Macaulay, cuando denuncia á la reprobación de 
sus compatriotas á los estadistas ó á los politices que en situa- 
ciones especiales, antepusieron sus conveniencias personales, ó 
su ambición de mando, á la fé de sus juramentos y deberes. 

Con mano inflexible revela el grande historiador la desleal- 
t«,d y la traición allí donde las encuentra, bien sea el delicuen- 
te el Almirante de una escuadra, como Lord Rusoll, ó bien el 
gran jefe militar de la Inglaterra como el duque de Malbo- 
rough, para condenarlos ante la opinión piiblica de su país 
como pérfidos tránsfugas de la causa de la Constitución y del 
fiel vasallaje que habían solemnemente jurado al nuevo Rey 
de Inglaterra, el Príncipe de Orange. 

Habrá demasiada severidad, acaso excesiva j austera intran- 
sigencia en estos fallos, pero es así como creemos que única- 
mente ])uede enaltecerse la causa de. la moral y de la justicia, 
si se quiere producir en la susceptible conciencia popular una 
saludable y aleccionadora impresión. Sin esta condición puri- 
ficadera la historia tiene que falsear su noble misión en la edu- 
cación y perfeccionamiento de las sociedades humanas y sus 
directores y gobiernos . 

Del mismo modo, el ilustre Simondi en su «Historia de 
los Franceses» combatiendo ó menospreciando preocupaciones 
nacionales (de las que él como suizo podía emanciparse ñicil- 
mente) ha flajelado sin consideración algunas de las grandes 
figuras históricas á las que los franceses están acostumbrados 
á rendir secular admiración y afecto. Para él, idólatra de la 



— 88 — 

libertad constitucioual, la grandeza territorial ó la unidad de 
la Francia eran justamente muy secundarias ante la conside- 
ración de los progresos en la civilización en sus insti- 
tuciones, y sobre todo ante el fortalecimiento de la gran 
causa de la libertad. Los grandes héroes franceses son 
ante su inexorable tribunal despojados de su gloria, y conde- 
nados como Francisco I y Enrique IV, el uno como un déspo- 
ta brutal que dá en tierra con el poder de los Estados Genera- 
les y todo réjimen parlamentario, y el segundo como un trai- 
dor á la libertad religiosa. 

Del mismo modo trata á sus estadistas, cuando estos renie- 
gan de la justicia y de la moral, como el audaz, astuto y temi- 
ble Cai'denal Richelieu, esa Eminencia Roja, á quien execra 
como á un monstruo de duplicidad y de crueldad. 

Guizot en sus célebres Lecciones sobre la Civilización Fran- 
cesa ha seguido el mismo plan de severa inflexibilidad ii.oral, 
deprimiendo ante el fanatizado espiritu francés, las glorias mi- 
litares que quince años antes y treinta años después, venian á 
ser la perdición de la Francia belicosa y conquistadora, ávida 
de engrandecimiento territorial y de dominio internacional. 

No buscaba inescusablemente como Henri Martín en su mo- 
numental Historia de Francia la causa y explicación de grandes 
hechos y crímenes históricos, en el feroz é implacable antago- 
nismo de razaSj'doctrina sostenida por su gran maestro Thierry, 
razas destinadas fatalmente á combatirse á muerte; ni glorifi- 
caba el espiritu de conquista de una Francia formidable é in- 
vencible, pero al mismo tiempo despótica y avasalladora de 
otras nacionalidades; enalteciendo esas corruptoras y culpables 
aspiraciones como el sueño dorado de todo leal francés. 

Por el contrario enzalzaba los grandes caracteres y las no- 
bles virtudes que conciliaban el pacífico y legítimo engrande- 
cimiento de la Francia, con el perfeccionamiento de sus insti- 



— 89 — 

tuciones políticas y con la conquista y firmeza de sus libertades 
públicas. 

Es de este modo, y tratando de imitar tan ilustres maestros, 
como entendemos que debe escribirse nuestra liistoria america- 
na emancipándola de esas condescendencias y sumisión ciega á 
la consigna de partidos tradicionales que han hecho su época, 
que hoy no tienen razón de existir, sino como indiciados ó 
acusados de graves culpas y errores ante la barra de una in- 
flexible y serena justicia histórica. 

Algunos historiadores argentinos han creído á ciegas en el 
aforismo latino : « Historia quoquo Diodo scripta (Idedaf.» 

Pero hoy no basta con el hecho supei^ficial de que la histo- 
ria escrita de cualquier modo pueda deleitar y agradar. Es 
indispensable que ella enseñe, corrija, y moralize como lo hace 
la filosofía de la historia; y para esto necesita inspirarse en la 
justicia, y en la verdad. Para hallar esta última, que tanto se 
esconde á las miradas profanas y superficiales, es indispensa- 
ble también revolver archivos, desenterrar legajos, rebuscar 
documentos, investigar afanosamente; y obtenido ese rico cau- 
dal de hechos, subordinar las flores de la retórica y las belle- 
zas del estilo á la exactitud y autenticidad de las pruebas que 
aquellos proporcionen . 

Lord Macaulay, como todos los hombres de gran gónio, ha 
formado una escuela histórica; pero al mismo tiempo que poe- 
tiza con su vivaz y pictórica imaginación todo cuanto toca, en 
lo que el doctor López lo ha tomado como un modelo digno 
del discípulo; jam;ís prescinde de la verdad comprohada^ sien- 
do tanto mas investigador y exacto cuanto es mas brillante . 
Y asi mismo, escritores ingleses de mérito han atribuido á 
muchas de sus afirmaciones el oríjen de las viejas haladas feu- 
dales, como podría liaberlo hecho con sus narraciones, algún 
historiador español, buscando en el Romancero español la le- 
yenda primitiva. 



— 90 — 

Prescott con su Conquista de Méjico y del Peni^ con su His- 
toria de ¡os Reyes Católicos Fernando é Isahel, y sobre todo con 
su «Historia de Felipe II»; y Motley con su famosa Historia de 
la Repáblica Holandesa, han observado el mismo plan. 

Han unido á la belleza de la frase, al sobresaliente y variado 
colorido local, á los rasgos esculpidos con un cincel maestro, 
que hacen de sus preciosos libros poemas inimitables llenos de 
irresistible seducción, ante todo han unido, decimos", la rigo- 
rosa exactitud histórica, recorriendo al efecto ambos los miles 
de legajos de los abundantes Archivos españoles, pasando de 
Simancas á París, á Londres, á Viena á Amberes, á Venecia, 
á fin de hallar en sus archivos recien abiertos á la ávida in- 
vestigación moderna, la verdad estricta y minuciosa de cuan- 
to debian afirmar. Asi han j^odido hacer vivir al lector en las 
épocas que describían, y sea con aquel sombrio verdugo de sus 
subditos, sea con los indomables flamencos, asistido á los he- 
chos de uno y otros como si íuera contemporáneo con ellos. 

La historia necesita ante todo escribirse con entera liber- 
tad, sin sujeción á convencionalismos de partido, á compromi- 
sos de facción . No nos referimos á esa libertad negativa en que 
el historiador puede emitir sus juicios y pareceres ^^individual- 
mente, sin que ellos hallen eco en la opinión pública, desde que 
sus conciudadanos no se interesan ni apasionan en ellos, por 
que esos juicios por lo exóticos y atrasado^ son como las flores 
que se crian artificialmente en un invernáculo; sino á esa li- 
bertad activa, llena de vid^ y ardor, en- que el pueblo participa 
de las profundas emociones qug el historiador puede producir 
con sus grandes cuadros draraáticos, con sus majistrales des- 
cripciones, en las que reviven, luchan, y se agitan los grandes 
ciudadanos; en las que se vé correr la sangre de los mártires 
de una noble causa; en las que se siente palpitar el coraron de 
la vieja patria, conmovida ante las catástrofes, ó entusiasmada 
ante sus nobles triunfos . Lamartine con svi Historia de los Gi- 



— 91 — 

ronclinos nos ha dado un ejemplo de esta última, y la tremenda 
revolución de 1848 en Francia, iniciada en parte con motivo de 
ese libro, dá la medida de la influencia que tal clase de historia 
puede ejercer en un pueblo viril. 

A ese j^lan histórico que requiere en su movimiento y desar- 
rollo el aire libre, y la animación de la vivificante brisa popu- 
lar, es al que debemos dar preferencia, porque en él están in- 
teresados ardientemente, en cuanto á esta nación, los ciudada- 
nos que hasta ahora han creido deber contemplar en los 
primeros antecedentes de esta República solamente épocas de 
triste y aun vergonzosa recordación, allí mismo donde ha de- 
bido verse una decada de gloriosos anales, de noble y generosa 
lucha, de supremo y arrebatador entusiasmo. 

El eminente historiador inglés lord Macaulay estudiando la 
guerra de la independencia de la Escocia contra la Inglaterra, 
hace una observación muy justa, que es muy aplicable á la di- 
rección de la guerra dirigida por Artigas contra los Portugue- 
ses, y á sus consecuencias. 

El highlander, habitante de las tierras altas^ó sea de los dis- 
tritos montañosos de Escocia, fuerte, varonil, bravio, hostili- 
zando siempre y mirando con menosprecio á los habitantes de 
las tierras bajas, más civilizados, pero más dóciles y accesibles 
al odiado dominio de la Inglaterra, ha sido siempre considera- 
do, y lo es hoy más que nunca, como el verdadero y noble ti- 
po de la raza independiente de esa extinguida y gloriosa na- 
cionalidad escocesa . Es qX Highlander^ ü\ montañés áspero y 
selvático como sus sierras, al que han enaltecido los historia- 
dores patrios por sus tremendas batallas, mediante las cuales 
desde el siglo dc^cimo cuarto conquistó la libertad de su pais; 
es á él al que han cantado sus grandes poetas como "Walter 
Scott y Burns, inmortalizando sus hazañas, recordando su Bru- 
ce de Bannockburn, al que le han dedicado sus espléndidas es- 
trofas, las mismas que en Buenos Aires nos hacian declamar 



— 92 — 

en nuestra niñez nuestros ilustrados preceptores Ramsay y 
E,ae, como la poética y varonil expresión del sentimiento na- 
cional. 

«Hail Caledonia stern and wild! 
Meet nurse for a poetic child ! » 

Preguntadle al escocés mas culto, al educado en sus Univer- 
sidades, y veréis como el montañés de las tierras altas, el hár- 
haro, como barbara llaman hoy López, Mitro y Sarmiento á la 
democracia oriental que eeguia las banderas de Artigas en de- 
fensa del patrio suelo, ha venido á ser la más noble y viril 
personificación de todas las glorias, de todas las aspiraciones 
de su indomable raza. 

Los orientales de 1815 auto el espectáculo de sus sufri- 
mientos, de sus batallas, de su ruina, podrían repetir la espre- 
siva frase usada por el Parlamento Escocés en su célebre nota 
al Pontifico Romano : 

«No hemos combatido por la gloria: no hemos peleado por 
« riquezas ni-por honores: hemos luchado solamente por la 
« libertad, por esa libertad que ningún hombre de buena 
« voluntad debe abandonar sino á precio de su vida . » 

Hay injusticias irritantes que á este respecto revelan cuanto 
se ¡perpetúan y arraigan las tradiciones de odio de una época 
remota, revividas y jorohijadas por hombres eminentes en las 
letras y en la política. 

El general Mitre, por ejemplo, en su monumental Historia 
de Belgrano y de la Independencia Argentina^ siempre que se 
trata de Artigas, se deja dominar del modo mas reprensible 
por aquel sentimiento menguado. 

Para el es la barbarie la que prepondera, dirijo y actúa en 
todas las aspiraciones independientes de la democracia orien- 
tal. El pueblo, las muchedumbres que aquí como en todas las 
provincias daban su mas enérjico continjente á la causa de la 



— 93 — 

libertad, se convierten por la acción del odio del autor, transfi- 
gurado en el heredero de los odios directoríales de 1814, en 
zma liorda. 

Los mismos Torrente, Garcia Camba y otros historiadores 
españoles (|ue lian narrado minucio.samento los principales 
incidentes de ia gran guerra de la independencia, deprimiendo 
sin miramiento á los insurjeutss, calumniándolos, presentán- 
dolos bajo los colores mas odiosos, no lian sido en su fanatismo 
realista tan extremados ni tan violentos en su vilipendio con- 
tra los americanos patriotas, como lo son Mitre, Sarmiento y 
López, en la tierra de los misioneros San Martin y Alvear, del 
oriental Artigas, del tucumano La Madrid, del cordobés Paz, 
de los sáltenos Alvarado y Güemes, en la tierra en que cada 
provincia daba su continjente de sangre y su ramo de laurel 
á la gloria patria . Asi lian azuzado rencores casi seculares y 
bastardeado la revolución argentina, en cuanto á la provin- 
cia oriental, como la obra de un salvajismo charrúa poco 
menos que arreado y alineado en fila por las tropas de linea 
•del ejército de Buenos Aires. 

A las primeras páginas de la mención que el general INIitre 
hace del entusiasmo con que los imisanos ricos y pobres de la 
Provincia Oriental abandonaban sus hogares 23ara luchar con- 
tra los españoles en defensa de su libertad, ya en ellas revela 
y deja ver el espíritu parcialisimo, tan parcial como puede ser- 
lo el odio con que ha de tratar todo cuanto se relacione con 
Artigas y sus actos en favor de la independencia oriental. 

Para reconocer cuan exacta es nuestra afiímacion, véase có- 
mo se expresa al respecto en la página 432 del tomo 1**. 

« Resuelto el gobierno patriota á hacer un esfuerzo supremo 
para apoderarse de Montevideo, habia puesto sobre la costa 
occidental del Uruguay un ejército de cerca de seis mil hom- 
bres, de los cuales apenas tres mil podian reputarse soldados. 
El resto pertenecía á las bandas indiscqMnados y mal ajamadas 



— 94 — 

que acaudülaha D. José Artigas] -célebre ya por algunos hecJios de 
armas y por su xjrestigio entre las masas populares. 

Esas bandas, auxiliadas por doscientos veteranos de Buenos 
Aires, habian obtenido la gloriosa victoria de las Piedras, uno 
de los más com]3letos y espléndidos triunfos de la emancipa- 
ción arjentina, desde que la totalidad del ejército español }ia- 
bia tenido que rendirse con sus jefes y oficialidad, con sus 
armas y bagajes, y desde que con esa victoria se arrancaba de 
raiz el poder español en toda una importantísima provincia, 
encentándolo mortalmente beridido y postrado dentro de las 
murallas de Montevideo. 

Ahora bien, para que se evidencie acabadamente la incalifi- 
cable injusticia con que se juzgan por tales historiadores los 
acontecimientos en que lia intervenido Artigas, permítamenos 
completar la anterior trascripción presentando el juicio real- 
mente 7nonstruoso que el mismo autor hace de esa misma ba- 
talla de las Piedras, y su orijen fantasmagórico. 

« Este proceso ( Tom. I.*" páj. 367, el que se le formó á 
Belgrano por su campaña del Paraguay), fué la ocasión de un 
verdadero triunfo para este, mientras que la resolución que lo 
había sentado en el banco de los acusados, era el blanco de las 
inculpaciones severas de la opinión pública, que le atribuía 
todos los desastres que habian tenido lugar en el intervalo 
transcurrido. La batalla de las Piedras, preparada xmr las ope- 
raciones de Belgrano y ganada quince dias después de entregar 
el mando del ejército de la Banda Oriental, coronó con la palma 
del triunfo^ á la administración nacida del movimiento del 5 y 
6 de Abril . El sitio de Montevideo que fué la consecuencia de 
esta victoria, y actitud del ejército del Alto Perú sobre el 
Desaguadero, último límite del vireinato, hicieron esperar por 
un momento, que el nuevo gobierno acabaría por dominar 
completamente la situación . » 

Comprendiendo la Historia de Belgrano tan múltiple nú- 



— 96 



mero de hechos en tan distintos territorios, se comprende 
que el general Mitre haya omitido presentar sns prnebas; 
y nada habriaqne decir de él en justicia, si ese hjero error 
no estuviese destinado á investir al general Belgraao de una 
gloria de que iamás tomó parte alguna aunque le bastaban y 

le sobraban las que conquistó por si propio. 

ElgeneralMitrehaprocedido sin embargo en esa omisión, 
con la más atroz injusticia, porque al fin su grandiosa obra no es 
solo U Historia de Bdgrano, sino l^ de la Independencia .Ar- 
gentina como lo dice en su título; y todo cuanto se relaciona 
con este grande hecho habria debido merecerle una especial in- 
vestigación, un laborioso examen, y sobre todo una imparcial 
y estricta veracidad . 

Pero como la batalla de las Piedras fué exclusivamente gana- 
da por el general Artigas, el odiado gefe oriental, era necesa- 
rio rehacer una historia especial, truncar los hechos, suprimir 
la verdad del modo más incalificable, y no dedicar á esa cele- 
bre batalla más importancia que la de un solo renglón men- 
cionándola incidentalmente como un hecho cualquiera, sm 
nombrar á su autor, y atribuyéndole á otro su dirección. 

Deberíamos dedicar algunas páginas á dislates de esta clase, 
deduciendo de ellos la conclusión más lógica y justa; pero te- 
nemos necesidad de pasar adelante, limitándonos por ahora a 
justificar nuestras afirmaciones transcribiendo algunos docu- 
mentos oficiales que nunca se han publicado en la República, 
y que por lo mismo serán leídos con grande ínteres; á la vez 
que atestiguan de una manera irrefutable la veracidad de nues- 
tro« asertos sobre la separación del general Bolgrano del 
mando del ejército, y su ninguna parte en la prepararion in- 
dicada por Mitre de la batalla de las Piedras por ese gefe. 

Hé aquí copia del oficio dirigido por el General Rondeau á 
la Junta Gubernativa de Buenos Aires, dando cuenta de ha- 
berse recibido del ejército; y el que se haUa inserto en la Ga- 



96 - 



ceta d^ Buenos Aires de aquella fecha, así como la nota del 
General iVrtigas que también reproducimos. 



<.<<Don Manuel Bélgrano entrega elmando del ejército al nuevo 
general D. José Rondeau, que avisa de ello, y de las demás iwo- 
videncias queJia toDíado en consemencia. 

Exmo. Señor: 

Encargado ya del mando de este ejército, dado á reconocer 
por segundo jefe al teniente coronel don Martin Galain y por 
comandante principal de la milicia patriótica al de la misma 
clase don José Artigas, todo conforme al acta y decreto que 
V. E. se sirve dirijirme con oficio de V. E. del j)asado: es mi 
primera atención tratar de la reunión, arreglo y organización 
de él, de que impondré á V. E. en adelante, pues ahora el cor- 
to tiempo de tres dias, que hace que me recibí del mando, no 
permito más, porque aun hay tropas á retaguardia que vienen 
marchando, y otras que ya operan muy avanzadas, y se hace 
indispensable esperar la incorporación de aquellas y noticias 
que he pedido de éstas . 

Penetrado del mas vivo reconocimiento con que esa capital, 
sus jefes militares y V. E. me distinguen, ofrezco esforzar mis 
escasos conocimientos, actividad y celo, á fin de lograr las 
ventajas incalculables, lo que no tengo por dificultoso, en fa- 
vor de nuestra causa, principalmente cuando han sido tan 
felices los primeros sucesos de nuestras armas en los pueblos 
del Colla y S. José; pues aunque no estoy bien impuesto en el 
pormenor de estas acciones, como que los partes fiíeron dados 
al Sr. Vocal D . Manuel Bélgrano, quién los habrá elevado á 
V. E . , he recibido ayer los prisioneros del segundo puesto, y 
librado las correspondientes órdenes para que continúen á esa 
capital . Estos hechos que seguramente han alentado á núes- 



— 97 — 

tros hermanos, y consternado de necesidad á los enemigos de 
la sagrada causa, y sus caudillos, como también la reunión de 
gentes que cada vez se aumentan mas á favor de ella, ofrece 
el resultado favorable á que aspiramos, luego que haga sus 
marchas este respetable ejército. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

«Cuartel General de Mercedes, 5 de Mayo de 1811. 

Exmo. Señor : 

José Rondeau.y> 

Exma. Junta Provisional Gubernativa de estas provincias.» 



Hé aquí ahora la nota á que hemos hecho referencia antes 
en que el general Artigas dá á conocer la organización que él, 
y no Belgrano, habia dado á sus fuerzas, con las que p reparó 
la batalla de las Piedras, once dias después. 



Excmo, Señor : 

Habiendo pedido con fecha 4 del corriente al teniente 
coronel don José Artigas, comandante general de milicias de 
caballería patriótica una noticia de la fuerza disponible que se 
halla á sus órdenes; me dice en contestación lo siguiente: 

« Operan bajo mi mando 1113 hombres que tengo distribui- 
dos en varios j3untos, con el fin de que sigan los buenos efectos 
que ha producido el movimiento general de esta campaña . 

Al pueblo de Minas y Maldonado guarnecen 300 hombres 
al mando de don Manuel Artigas, con orden de avanzarse has- 
ta Pando: otros 160, al mando del capitán don Baltasar Bar- 
gas, corren desde el Canelón hasta el Colorado, y 200 más al 

8 



— 98 — 

de don Antonio Pérez, se aproximan hasta el mismo campa- 
mento enemigo que actualmente se halla en las Piedras, y se 
compone sus fuerzas de 800 hombres con cuatro piezas de arti- 
llería de 2 y 4. 

Estos insurgentes al mando de Posadas han acabado con las 
vacas lecheras, y comienzan ya á sentir la falta de víveres, que 
no pueden adquirir en razón de que nuestras partidas los opri- 
men por todas partes . 

Con esta fecha (que es la de 7 del corriente) he comisionado 
á don Fernando Otorguez para que tome la caballada, y gana- 
do de la Estancia del Rey, único refugio en que podrían tener 
esperanza nuestros enemigos, y para ello lleva 50 hombres. 

La demás fuerza hasta los 1113 hombres detallados, se ha- 
llan reunidos en un campamento que tengo formado sobre éste 
rio de Santa Lucia, á la banda del Sud . » 

También me ha remitido don Venancio Benavides, desde el 
Colla, una razón de la fuerza de su división que asciende á 984 
plazas, con la cual debe poner sitio á la Colonia, según plan 
acordado con el señor Belgrano, y aprobado por mí, á fin de 
cortarles todo recurso y favorecer la deserción de 350 hombres 
que se encierran alli, los más patricios, y deseosos de escapar,© 
separarse de los enemigos de la causa común . 

Todo lo que participo á V. E . para su superior inteligencia. 
Dios guarde á V . E . muchos años. 

Cuartel General de Mercedes, 11 de Mayo de 1881 . 

Exmo, Señor: 

José Rondeau. 

Exma . Junta Gubernativa de las provincias del Rio de la 
Plata . » 



— 99 — 

Treinta y siete dias antes de la batalla de las Piedras, veáse 
como se expresaba el general Artigas dirijiéndcfe á sus com- 
provincianos en una proclama que nunca se ha publicado aqui 
y á cuya inserción nos anticipamos ahora paia demostrar la 
ninguna participación que pudo tener el general Belgrano en 
aquella, desde que Artigas asumía ya la posición militar en es- 
ta Banda que se deja ver por sus enérgicas palabras al ponerse 
en campaña: 

"Proclama del general don José Artigas al ejército de la 
Banda Oriental. 

« Leales y esforzados compatriotas de la Banda Oriental del 
E,io de la Plata: vuestro heroico entusiasmaao patriotismo ocu- 
pa el primer lugar en las elevadas atenciones de la Exma. 
Junta de Buenos Aires, que tan dignamente nos regentea. Esta, 
movida del alto concepto de vuestra felicidad, os dirige todos 
los auxilios necesarios para perfeccionar la grande obra- que 
habéis empezado; y que continuando con la heroicidad, que es 
análoga á vuestros honrados sentimiento?, exterminéis á esos 
genios díscolos opresores de nuestro suelo, y refractarios 
de los derechos do nuestra respetable sociedad. Dineros, mu- 
niciones y tres mil patriotas aguerridos son los primeros so- 
corros con que la Exma. Junta os dá una prueba nada equivo- 
ca del interés que toma en vuestra prosperidad: esto lo tenéis á 
la vista, desmintiendo las fabulosas expresiones con que os 
habla el fatuo Elio, en su proclama de 20 de Marzo. Nada 
más doloroso á su vista, y á la de todos sus facciosos, que el 
ver marchar con pasos magestuosos, esta legión de valientes 
patriotas, que acompañados de vosotros van á disipar sus am- 
biciosos proyectos; y á sacar á sus hermanos de la opresión en 
que gimen, bajo la tiranía de su despótico gobierno. 

« Para conseguir el felix éxito, y la deseada felicidad á que 



-, 100 — 

aspiramos, os recomiendo á nombre de la Exma . Junta vues- 
tra protectora, y en el de nuestro amado jefe, una unión fra- 
ternal, y ciego obedecimiento á las superiores órdenes de los 
jefes, que os vienen á preparar laureles inmortales. Union, ca- 
ros compatriotas, y estad seguros de la victoria. He convoca- 
do á todos los compatriotas caracterizados de la campaña; y 
todos, todos se ofrecen con sus personas y bienes, á contribuir 
á la defensa de nuestra justa causa . 

<í A la empresa compatriotas! que el triunfo es nuestro: vencer 
ó morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de 
haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos 
del Sur, están dispuestos á defender su patria; y á morir antes 
con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio. 
Cuartel Greneralde Mercedes, 11 de Abril de 1811. 

José Artigas . » 



En el -testo de la obra insertaremos muchos documentos ofi- 
ciales que confirmarán nuestro aserto, impugnando la absurda 
afirmación del general Mitre de que es el general Belgrano 
quien preparó con sus medidas la gran victoria de las Piedras. 

Permítasenos por último, antes de concluir , hacer una de- 
claración que no amengua nuestros escrúpulos ni aminora la 
responsabilidad que aceptamos. 

Nos anticipamos perfectamente á las tremendas resistencias 
que nuestro libro sublevará entre la multitud de enemigos que 
la calumnia ha creado al nombre de Artigas, aún en su mismo 
país, y sobretodo en el nuestro . 

Este libro no se ha escrito para los partidarios irreconcilia- 
bles é inconvencibles^ cuyas convicciones y juicios obedecen 
ciegamente á sus ineradicables preocupaciones. La infatua- 
ción, el fanatismo por lo general no se corrijen. 



— 101 — 

Son incurables, como toda profunda aberración mentaL Casi 
podria decirse que responden á alguna crónica lesión orgánica 
de un encandecido cerebro. 

Las mismas pruebas que debieran arrancarles sus errores, 
los reagravan y exasperan. El alma humana en ciertos políti- 
cos partidistas padece de ofuzcantes cataratas que interceptan 
la clara luz de la evidencia, y rechazan toda tentativa de cor- 
rección ó de enmienda. 

Sabemos de antemano que seremos condenados y escarne- 
cidos sin audiencia ni apelación por esos enfermos del alma. 
Los dejamos á su insania. 

Fuera de estos tendremos asi mismo al frente muchos ad- 
versarios, muchos censores inexorables. 

Su número y su importancia no nos arredrarán desde que 
acaten la verdad sabida, guarden buena fe, y se inspiren en 
sentimientos leales. Repitiéndoles la célebre frase del gene- 
ral Griego, esperaremos que antes de agredirnos nos escadien. 

Bajo estas condiciones, estamos persuadidos que los atrae- 
remos á nuestras opiniones, y que harán justicia á la rectitud 
de nuestras inspiraciones y propósitos. 

Tenemos tal confianza en la fuerza de nuestras comproba- 
ciones que abrigamos la es^^eranza de que hemos de atraernos 
á muchos de nuestros antagonistas, convenciéndolos de su 
error, aumentando asi el número de los que como el incrédulo 
apóstol Pablo, se convierten á la verdad ante la irresistible 
luz que les entra por los ojos . 



>»>^^j{i (g^ < f» * 



Como pronuncia su fallo la Historia imparcial — 
Dos grandes hechos históricos. 



Permítasenos una observación que servirá á rectificar en 
algunos adversarios leales el juicio hostil á Artigas y sus 
actos, que lia venido agravándose desde 1813 como una con- 
denación inapelable . 

Las generaciones argentinas, y aún las portuguesas, y des- 
pués brasileras, que han pasado desde 1812 no han podido ser 
sino muy parciales en sus juicios y en sus fallos . 

No son por lo mismo el tribunal mas competente é irrecu- 
sable para apreciarlos , 

Han sido actores, víctimas y victimarios, en unos mismos 
sucesos . Se han dejado dominar ya por sus impulsos vengati- 
vos, ya por sus sentimientos apasionados, ya por sus intereses 
del momento más ó menos lesionados . 

Han hecho abstracción de toda equidad, de toda justicia, de 
toda razón. 

Todos los actos de Artigas, fuesen las que se fuesen las cir- 
cunstancias y las causas y móbiles que los producían ó los im- 
ponían como una suprema necesidad, han sido un crimen ó 
una culpa ante el criterio apasionado de portugueses y argen- 
tinos. 

Cada uno ha sentido y ha formulado sus juicios dentro del 
radío de su acción ó de su sufrimiento personal, según sus ím- 
petus y pasiones, y según lo que veía al frente . Han sentido 
pues los efectos, y no han podido ni querido darse cuenta de 
las causas . 

Pero la historia no puede ni debe modelarse por ese raqui- 



— 104 — 

tico molde . No debe someterse al criterio de las venganzas, de 
los rencores, de las pasiones personales que son la mayor parte 
de las veces un falso prisma para las acciones humanas. 

Es de este modo como muclios de los actos mas nobles y 
admirables de Artigas, han sido interpretados con la mas refi- 
nada, y, perdónesenos la palabra, desvergonzada malignidad. 

No se nos reproche el calificativo, porque vamos á dar la 
prueba de su justicia. 

De ello dá un repugnante ejemplo el mismo ilustrado doctor 
López, al referirse como de ¡Daso, y muy por encima al nobilí- 
simo hecho del general Artigas de poner inmediatamente en 
libertad á los siete jefes de cuerpo , todos enemigos suyos, que 
el gobierno revolucionario de Buenos irires le enviaba engri- 
llados para que joudiese saciar en ellos una venganza, que no 
estaba en el carácter elevado del caudillo oriental. 

El doctor Tiopez afirma que los devolvió porqiie no eran los 
que él hahia pedido, uno de los cuales debia ser el Canónigo 
Figueredo ! 

Al menos, el general Mitre con mucha mayor altura recono- 
ce en su Historia de Belgrano que los devolvió «jjor un rasgo 
de nol)lezay>. 

Muchos de los contemporáneos de Artigas lo han juzgado 
bajo la presión de los rencores del dia y al través de la atmós- 
fera viciada del odio personal . 

Con escasas excepciones y bajo el punto de vista histórico, 
los juicios mas rectos y serenos, sobre todo los mas imparcia- 
les, son casi siempre los que se formulan desde lejos, años des- 
pués de los acontecimientos que se quiere juzgar . 

Bajo la presión de su imponente espectáculo y tratándose 
de grandes hechos terminados por uaa catástrofe, ó por pade- 
cimientos de las muchedumbres, no siempre el observador 
puede conservar la serena independencia de su buen sentido 
práctico, ni el libre juego de sus facultades y discernimiento. 



— 106 — 

Como sucede con los grandes cuadros de pintura mural, ciertos 
hechos históricos muy importantes y conmovedores no pueden 
contemplarse bien ni juzgarse Mámente, sino á cierta distancia, 
para obtener mejor una idea perfecta de su conjunto, del todo 
distinta del análisis prolijo é inmediato de sus incon'ectos ó as- 
peros detalles. Hay voces contradictorias, hay defensas no es- 
cuchadas todavía en la vorájine de las turbulencias civiles, 
hay intereses y pasiones ardientes, que ofuzcan el criterio con- 
movido del espectador ó actor contemporáneo, haciéndole pa- 
sar desapercibidos los principales incidentes y causas cuyo ol- 
vido ó ignorancia han de extraviar necesariamente el más 
claro ingenio. Solo con el transcurso de los años se puede for- 
mar una apreciación serena é imparcial, oyendo á acusados y á 
acusadores. 

Cuando el general Bernard fué enviado á Cayena á fin de 
ofrecer un perdón ó indulto condicional al famoso miembro del 
Comité de Salud Pública, Billaud Varennes, deportado alli, 
el inflexible Billaud negóse resueltamente á aceptarlo. 

En el trascurso de la negociación, y habiendo conseguido 
obtener alguna intimidad con el anciano terrorista, animóse 
Bernard á observarle cuanto debia lamentarse que la ley del 
22 Prairial que dio amplísimas facultades y poder tremendo 
al Tribunal Revolucionario, hubiese contribuido á dejar man- 
chas de sangre en las nobles pajinas de la historia de la Con- 
vención. 

« Joven, replicóle Billaud irguiéndose con severa entereza: 
« cuando los huesos de las dos generaciones que siguen á la 
K vuestra, se hayan blanqueado bajo la acción del tiempo, solo 
« hasta entonces podrá la historia abarcar y dilucidar bien esa 

« gran cuestión Pero dejemos esto, y vamos á ver cómo 

« crecen en mi jardincito las cuatro palmeras qne me han en- 
« viado de la Guadalupe.» 

Lo repetimos, el fallo imparcial sobre ciertos grandes dramas 



— 106 — 

Idstórícos corresponde en justicia á las generaciones futuras, 
exentas de las preocupaciones y de las pasiones que necesa- 
riamente han debido predominar en los actores de esos gran- 
des episodios. 

Pero ni los generales Mitre y Sarmiento, ni el doctor López, 
ni el doctor Berra son la posteridad imparcial y severa, pero, 
ni siquiera la lealtad del adversario contemporáneo. 

En estos eminentes escritores se ha operado la transfusión 
del odio inyectado de generación en generación desde Cavia 
hasta el Viejo Oriental que publicó en Buenos Aires hace po- 
cos años su último libelo contra Artigas, y el cual los ilustra- 
dos escritores argentinos se han asimilado elevando á la cate- 
goria de la augusta historia, los denuestos de Marforio ó de 
Pasquin, ó los cuentos del Barón de Trenck. 

Representan asi la tradición del rencor y de la venganza, 
que como la bola de nieve viene agrandándose en su constan- 
te rotación hasta fundamentar una colosal impostura. Pero la 
tradición, como ha dicho muy bien Walter Scott, discurriendo 
sobre leyendas populares escocesas « es una alquimia invertida 
que cambia el oro en plomo . » 

En el caso presente, esa tradición como base de información 
y de criterio sobre grandes hechos pasados, puede también 
asemejarse á una de esas piras ó fogatas encendidas en las cos- 
tas rocallosas á fin de extraviar al navegante, y dar á los pira- 
tas de la costa la presa de un naufragio. Asi, se ha heoho zo- 
zobrar la justicia y la moral histórica con los fuegos nocturnos 
de una simulación tradicional . 

De este modo, y bajo el apasionado criterio de aquellos es- 
critores, por ejemplo, en esa página de oro que ostenta el Es- 
tado Oriental en 1811, con la emigración en masa de su pobla- 
ción, abandonando resueltamente sus hogares y sus bienes pa- 
ra ir á establecerse en distante y ageno territorio al otro lado 
•del Uruguay, en las tristes orillas del solitario Ayui, en Entre- 



— 107 — 

rios, á fin de librarse del cautiverio á que de nuevo les conde- 
naba el cobarde armisticio de Octubre de eso año y la rapaz 
invasión portuguesa de ese mismo período, tan elocuentemente 
descrita en la nota de Artigas de Diciembre de 1811, al Go- 
bierno del Paraguay; en esa página de oro, decimos, algunos 
de los actores y espectadores de tan sublime Éxodo, nos han 
dejado páginas de desconsuelo, de reprobación, de rencor, que 
sólo reflejan sus penalidades y sus sentimientos del dia, ágenos 
al gran móvil que inspiraba ese sorprendente movimiento po- 
pular. 

Hoy, los que contemplamos de. lejos ese supremo sacrificio, 
desentendiéndonos de aquellas pequeñas contingencias perso- 
nales, nos inclinamos respetuosos ante ese gran drama cívico 
representado por un pueblo entero : reconocemos y veneramos 
el patriotismo indomable que lo produjo, y al caudillo soberbio 
que lo agigantó con su inflexible iniciativa. --Los dolores, los 
sacrificios, las espantosas privaciones soportadas, quedan olvi- 
dadas en segundo término, como un nobilísimo holocausto del 
patriotismo en el ara sagrada de la libertad americana . 

Los mismos detractores de Artigas que tanto lo lian vilipen- 
diado por ese grandioso hecho, que es sin duda uno de sus más 
gloriosos timbres, no han tenido sino palabras de apasionado 
aplauso para la resolución adoptada en Salta por Belgrano, 
con motivo de su retirada después de una desastrosa derrota . 
Este hecho aunque de proporciones muy menguadas compa- 
rado con el do Artigas, tiene sin embargo alguna analogía 
con él, pero lo sobrepasa sin duda por la violencia desmedida 
de los medios coercitivos empleados por Belgrano, y enaltece 
mas el de Artigas, desde que aquel no actuaba en aquellas dis- 
tantes provincias sino como un gefe expedicionario de Buenos 
Aires, do tránsito por allí, en tanto que Artigas lo adoptaba 
en su misma provincia, estimulado á ello por la opinión popu- 
lar entusiasta y patriota. 



— 108 — 

Veáse cómo se expresa al respecto un juez imparcial parti- 
cipe del suceso, el general Paz; según el lo narra en sus Me- 
morias, (tomo I.*' página 52). 

«Hay mas aun que decir en lionor del general Belgrano. 

«Hasta que él tomó el mando del ejército se puede asegurar 
que la revolución propiamente hablando no estaba Lecha 
en esas mismas provincias que eran el teatro de la guerra. 

« Cuando en principios de este mismo año (1811) enprendió 
el general Pueyrredon su retirada con el ejército, nadie (con 
muy raras excepciones) se movió de su casa, y esos sáltenos y 
jujeños tan obstinados y patriotas, como valientes después^ 
se quedaban muy pacificamente para esperar al enemigo, so- 
meterse á su autoridad sin excluir muchos empleados militares 
que no estaban en servicio activo. Cuando en Agosto, empren- 
dió el general Belgrano la suya, la hizo preceder de un bando 
fulminante mandando el completo abandono de los pueblos y 
lugares que debia ocupar el enemigo. «Estancieros decia el 
bando, retirad vuestras haciendas: comerciantes ^ retirad vuestro 
géneros; labradores retirad vuestros frutos^ que nada quede al 
enemigo, eñ la inteligencia que lo que quedare será entregado á las- 
llamas (1) . 

« Efectivamente algo sucedió de esto, pues tuve noticia de 
uno ó dos cargamentos de efectos que se distribuyeron á la 
multitud ó se quemaron, y yo mismo y todo el ejército presen- 
cié el incendio de dos gruesos cargamentos de tabaco en covos, 
por la misma razón. » 

' Veásó como se expresa sobre esta violenta resolución de Bel- 
grano el general Mitre en su historia. (Tomó 1.° página 428) . 



(1) „No tengo á la vista el documento á que me refiero, y las palabras- 
que pongo de él son un acuerdo de mi memoria. Sin embargo si hay 
alguna alteración será muy pequeña ó insubstancial. Tristan en una 
carta á Goyeneche que fué interceptada, le dice: 

„Belgrano es imperdonable por el Bando de tantos de Agosto." 



— 109 - 

Lo que ante este eminente historiador constituye para el ge- 
neral Belgrano una gran gloria aunque adquirida en tan dis- 
tintas condiciones, forma asi mismo uno de los cargos más ca- 
lumniosos que le hacen al general Artigas sus detractores. 

« A mediados de Julio (dice Mitre) tuvo aviso que el enemi- 
go habia reforzado considerablemente su vanguardia de Sai- 
pacha, y que sus avanzadas batian el campo hasta la Quiasa. 
Todo anunciaba una próxima invasión, y en consecuencia se 
previno para obrar con sus fuerzas reconcentradas . Al finali- 
zar el mes recibió cuatrocientos fusiles de Buenos Aires, y con 
este oportuno auxilio se dispuso á emprender una retirada al 
frente del enemigo, haciéndola proceder de un Bando terrible^ 
en que ordenaba á los hacendados, comerciantes y labradores, 
que retirasen sus ganados, sus géneros y sus cosechas, para 
que nada quedase al enemigo, declarando traidores á la patria 
á los que no cumpliesen sus órdenes, además de perderlo todo; 
y por último, imponiendo j)e«a de Ja vida á los que se encon- 
trasen fuera de las guardias, y aun á los que inspirasen desa- 
liento, cualquiera que fuera su carácter ó condición . Todos 
sabian que el General sabia cumplir su palabra, y todos tem- 
blaron y obedecieron, comprendiendo que la cuestión era de 
vida ó muerte. En vano reclamaron el Cabildo y el Consulado. 
Al primero contestó : 

«No busco plata con mis providencias, sino el bien de la pa- 
tria; el de Vdes . mismos, el del pueblo que represento, su 
seguridad que me está confiada, y el decoro del Gobierno . 
Ayúdenme, tomen conmigo un empeño tan digno por la liber- 
tad de la causa sagrada de la patria, eleven los espíritus, que 
sin que sea una fanfarronada el tirano morderá el polvo con 
todos sus satélites. ^> Al Consulado le decia: « La providencia 
de que Vdes. reclaman se ha de llevar á ejecución venciendo 
los imposibles mismos . » La conmoción eléctrica que produjo 
en las poblaciones esta amenaza fulminante, las obligó á deci- 



— .110 — 

dirse por unos ó por otros, y á sacudir la apatía en que yacían 
Herida la imaginación de las masas, con aquella manifestación 
terrible de una voluntad enérgica, se hallaron síibitamente 
predispuestos, como lo observa un testigo presencial « á des- 
plegar esa fuerza gigantesca que ellos mismos ignoraban, y 
que después ha hecho de las provincias del Norte un baluarte 
inconmovible », y así fué como el entusiasmo se inoculó en 
ellas por el dolor. » Hasta aquí Mitre. 

La emigración en masa del pueblo Oriental por no someter- 
se á la dominación española, será siempre, y cuanto más se ale- 
jen los tiempos, un rasgo de incomparable heroísmo y abnega- 
ción. 

Sin someterse á aquel criterio razonador é imparcial, ajeno á 
las profundas emocionas del momento en que se daban tan 
grandes pruebas de abnegación, se comprende también como 
el feroz é implacable Azteca, el impertérrito Indio Juárez, hi- 
ciera en 1862 estremecer de horror á la Europa monárquica, 
arrojándole la cabeza de su ungido Maximiliano, y despeda- 
zando el corazón de los grandes traidores que se le habían ven- 
dido; encandeciendo en el rayo de Querétaro la sublime indig- 
nación del pueblo mejicano martirizado por la conquista fran- 
cesa. 

Y sin embargo, trascurridos veinte años, el mismo invenci- 
ble Juárez aparece hoy ante todos los pueblos libres de la tier- 
ra, como la grandiosa personificación de lá independencia ul- 
trajada, como el nobilísimo redentor de su pueblo ! 



— •«taSS'S»*^?»"'» — 



La verdad y la justicia nos fortalecen combatiendo 
la cruzada que se ha organizado contra el Ge- 
neral Artigas. 



No pocas veces desde hace años hemos sentido profunda zo- 
zobra al emprender este trabajo histórico, meditando que son 
los pensadores mas aventajados de nuestra patria, y aun de 
esta misma República, historiadores, literatos, políticos, y ju- 
risconsultos; los que se han coaligado al parecer, para fulminar 
un olímpico anatema sobre el indomable Capitán de la Inde- 
pendencia Oriental, que nosotros, pigmeos intrusos en el cam- 
po de las letras, tenemos la osodia de pretender vindicar y aiin 
enaltecer . 

Nos damos cuenta en realidad de lo arduo é ingrato de nues- 
tra tarea; porque sabemos que nada es mas difícil que desar- 
raigar del espíritu de los hombres, y sobre todo de hombres 
eminentes en las letras, las opiniones ó doctrinas con que se 
han imbuido desde la niñez, y que han venido afirmándose de 
largos años atrás en su ánimo, hasta constituir, quizá incons- 
cientemente en la mayor parte de los casos, una preocupación 
nacional . 

En los errores voluntarios hay siempre una invencible obs- 
tinación: es el capricho de no dejarse convencer, desde que no 
es la reflexión sino la pasión la que predomina . 

Infatigables y sistemáticos detractores han contribuido á 
hacer que el nombre del general Artigas simbolice y represente 
en la República Argentina la reacción generadora del desqui- 
cio nacional, el espíritu anárquico exaltado hasta el crimen de 
lesa patria , y el desconocimiento de toda forma y autoridad 



— 112 — 

de gobierno, de orden público y de organización política cons- 
titucional . 

Esa misma ciega preocupación se ha venido formando, no 
solo allí sino aún en la misma tierra natal del héroe, entregán- 
dolo desde los bancos de las escuelas , con la autoridad de im- 
portantes textos recomendados y aceptados por el preceptorado, 
al escarnio, al menosprecio, ó al odio de las generaciones que 
se han ido educando en ellos desde hace no pocos años, á pesar 
de los valiosos trabajos históricos, debidos á la laboriosidad ó 
inteligencia del infatigable De-María, el primero en revindicar 
las glorias de Artigas, y á la ilustrada meditación del doctor 
Ramírez, de Bauza, de Pereíra y de Díaz . 

Algunos de los modernos y mas eminentes historiadores de 
la República Argentina como los generales Mitre y Sarmien- 
to, los doctores López y Gutiérrez, los señores Domínguez y 
Estrada, y en especial y mas recientemente y con mas encono 
y pasión, el doctor Berra, escribiendo en esta misma Repúbli- 
ca, han coincidido en fulminar las mismas violentas censuras, 
y formular idénticas acusaciones contra el general Artigas . 

Casi estaría uno tentado, sino fuese porque habría irreveren- 
cia en ello, en aplicar á ese coro de acordes uniformes de la ca- 
lumnia en crescendo el concepto ingenioso de Voltaíre, tratando 
de explicar la forma como se inventaban libelos en su época. 

« Hay, decía entre nosotros un grande manantial de errores 
« públicos, y que es peculiar á nuestra nación. Tal es la pasión 
{.< -poT los vaucleviUes . Se les inventa y escribe todos los- días 
« sobre y contra las personas más respetables. Sobre tan boni- 
« to fundamento se oye á cada instante calumniar á los muer- 
« tos y á los vivos. Así es como puede decirse entre nosotros: 
« tal ó cual hecho es cierto; desde que está probado ó ratificado 
« por tal canción!» 

El ritmo anti-Artiguista preludiado por el poeta Mitre ha sido 
entonado en monótono diapasón por la mayor parte de los his- 



— 113 — 

toriadores argentinos hastar su nota mas aguda por el doctor 
López: uniformidad armónica que venimos nosotros á romper . 

Aún el mismo distinguido publicista don Mariano A. Pelli- 
za, tan imparcial y justiciero en sus fallos, el ilustrado, reflexi- 
TO y erudito biógrafo de Dorrego y Monteagudo, dej^rime á 
Artigas, al mismo tiempo que le hace recta justicia en algunos 
puntos, sobre los que ataca violentamente al señor Sarmiento 
por sus juicios absolutos y ebrios de odio contra el mismo gran 
caudillo oriental. 

No puede creerse que por desidia en la afanosa é improba 
labor intelectual, por docilidad imitativa de grey literaria, se 
hayan uniformado sucesivamente estos ilustrados historiado- 
res, en un mismo unisono criterio, para calumniar en fila el 
gran caudillo uruguaj'O, anatematizar sus hechos y tendencias, y 
amenguar la grandeza de su época en el vasto territorio de seis 
provincias en que aquel preponderaba en 1815, en donde li- 
diaba en leal combate en nombre y defensa del mismo gran 
principio politico que hoy sostienen como sagrado nuestros 
hijos argentinos. 

En nuestra opinión, y perdónesenos tan mal juicio ante las 
pruebas que aduciremos, es solamente la pasión estrecha del 
localismo inveterado, el /bí/c7//6^j«o idólatra de facción, enferme- 
dades crónicas en nuestras intratables oligarquías, las que sin 
duda han extraviado ii ofuzcado la clarísima inteligencia de 
aquellos ilustrados publicistas. 

Artigas en la Banda Oriental, Güemes al otro extremo del 
territorio argentino en Salta, López en Santa Fé, Ramírez en 
Entrerios, Bustos en Córdoba, en su nia3'or parte tan inferiores 
á Artigas, han caído bajo la misma sentencia de reprobación ó 
repulsión localista, que en la historia ha falseado la moral y 
la justicia; y en la política interna ha empapado eh sangre de 
hermanos los pueblos argeutiüos . 

9 



— 114 — 

Es ese fanatismo localista, esa hatiderita de pulpería, como lo 
calificó atinadamente el General Mitre al combatir á los sepa- 
ratistas de Buenos Aires en 1857: es ese localismo, engendro 
hibrido de la soberbia y de la violencia, el que sin duda ha 
predominado en los juicios de tan eminentes escritores, indu- 
ciéndolos á rechazar ó á desconocer sistemáticamente los he- 
chos honorables y dignos más notorios é intergiversables, he- 
chos que cuando menos, y en último caso, debian ante su con- 
ciencia de publicistas ilustrados, atenuar la violencia de sus 
cargos, y la injusticia inapelable de sus fallos. 

Es así como sin beneficio de inventario, se ha aceptado la 
herencia de odios tradicionales que como una implacable ven- 
detta corsa se ha venido legando de generación en generación, 
desde los políticos intrigantes, ambiciosos ó terroristas, muchos 
de los cuales tomaron parte en aquellos hechos de 1811 á 1819, 
y cuyos errores, cuyos delitos mismos, se atenúan 3'' aún jus- 
tifican hoy por aquellos escritores en aras de ese odio tradi- 
cional. 

Esa misma irrefrenada pasión localista, porque el espíritu de 
nacionalidad en su elevación y grandiosidad repudia tan ra- 
quítico esclusivismo, es la que no les ha permitido advertir á 
aquellos autores que al denigrar y amenguar sistemáticamente 
la figura histórica del eminente caudillo que Uena por sí solo 
algunas de las mas sobresalientes páginas de esa época, deni- 
graban y amenguaban también implícitamente los grandes 
alzamientos y explosiones populares de 1810 á 1816, la abne- 
gación cívica, el heroísmo, la infatigable enerjía, que caracte- 
rizaron los primeros años de la revolución americana . 

Como prueba de esto mismo, nada mas convincente y de 
mas feüz oportunidad que la opinión que al respecto emite el 
mismísimo doctor López tan acreedor á igual acerba censura, 
criticando á su turno á Sarmiento por su bello romance del 
Facundo, y justificando asi la afirmación que hemos hecho al 



— 116 — 

principio de que basta para impugnar al doctor liOpez en sus 
juicios sobre Artigas el ojear algunas páginas de su pinto- 
rezca historia . 

Sin advertirlo, el mismo doctor López se ha condenado á si 
propio como podríamos probarlo, citándole numerosos ejem- 
plos de esa aleccionadora contradicción . 

Dice (tomo 2 . ** pag . 142), hablando de un episodio de la 
guerra de la independencia : 

« Entre las personas que se distinguieron en este servicio, la 
Gaceta de Buenos Aires de aquella época nombra al lenemérito 
Capitán don Juan Facundo Quiroga : tétrica figura después, 
cuya posición social y circunstancias personales ha presentado 
de una manera equivocadísima el señor Sarmiento, en su pan- 
fleto de Civilización y Barbarie: verdad es que este trabajo fué 
concebido y publicado en la forma de foretin, antes de pasar 
á ser panfleto político y de convertirse, con grande descrédito 
nuestro, en texto de historia argentina á los ojos de los estrange- 
ros, que ignorando completamente la nuestra^ con el escritor donde 
la aprenden^ se hallan mas que inclinados á simplificarla en 
formas absolutas y absurdas, como aquella, para declararnos 
hárharos antes y ahora, «a la recherche d'une civilisation . » 

Volviendo ahora á nuestro tema, debemos afirmar que aque- 
llas grandes é innegables virtudes cívicas americanas se prac- 
ticaron y desarrollaron lo mismo en las ciudades como en el 
rancho solitario del gaucho, en los campos argentinos y orien- 
tales, al calor del ejemplo que daban principalmente los caudi- 
llos batalladores en medio de cruentísimos combates, afrontan- 
do toda clase de peligros y privaciones . 

Ellas son las que impulsaron á los ciudadanos armados de 
las provincias unidas del Rio de la Plata, una de las cuales 
era la Oriental, desde Cotagaita y Suipacha de Bolivia á las 
Piedras de Canelones, hasta alcanzar su anhelada emancipa- 
ción. 



— .116 — 

Solo así, á fuerza de acerbas y duras pruebas, fué que las 
embrionarias y turbulentas democracias Argentina y Oriental, 
se inclinaron solicitas y entusiastas ante intrépidos gefes po- 
pulares, y aceptaron su supremacía militar, decidiéndose sus 
masas indóciles é incultas, pero siempre patriotas, á seguir con 
fanático entusiasmo el ejemplo que aquellos les daban . 

La revolución argentina debia atesorar multitud de nom- 
bres de leales pero modestos patriotas que contribuyeron entu- 
siastamente con su persona y bienes al desarrollo y al triunfo 
de ella, muy lejos de las ciudades en donde esos sacrificios ó 
eran mal apreciados ó eran poco conocidos, á causa de no exis- 
tir ni periódicos ni prensa de ninguna clase en los pequeños 
centros de población que servían de cabeza de departamento ó 
distrito á los extensos territorios en donde aquellas hechos te- 
nían lugar. 

Debido á estas circunstancias especiales, !a revolución ha te- 
nido que ser frecuentemente ingrata con muchos de sus mejo- 
res y más firmes sostenedores, cuyos servicios y abnegación, 
por practicarse en los campos despoblados, pasaban frecuente- 
mente desapercibidos ó eran compensados con la más desalen- 
tadora ingratitud. 

Hay algunos historiadores como el doctor López que con su 
exclusivismo deprimente han calificado á esos modestos pa- 
triotas como democracia semi-hárhara . Para ellos y para sus 
proezas y dedicación á la causa de la patria, no hay en sus 
páginas sino ludibrio ó rencor . 

Queremos dar entre tantas otras una prueba de cómo se ha 
producido este desleal olvido, trascribiendo á continuación 
algunas indicaciones hechas por el general Belgrano, quien se 
subleva contra el en una sucinta reseña ó Memoria muy poco 
conocida que escribió sobre su campaña al Paraguay . En ella 
también dedica algunas recomendaciones especialísimas á su 
Ayudante el patriota Oriental don Manuel Artigas, hermano 



— 117 — 

del General, cuyos primeros servicios á la libertad son tan po- 
co conocidos, por cuya misma razón lo consignamos aquí con 
mayor complacencia. 

Dice asi el General Belgrano con su sencilla é irrecusable 
veracidad: 

« Debo hacer aquí el mayor elogio del pueblo del Paraná y 
toda su jurisdicción: á porfía se empeñaban en servir, y aque- 
llos buenos vecinos de la campaña, abandonaban todo con 
gusto para ser de la expedición y auxiliar al ejército de cuan- 
tos modos les era posible. No se me olvidarán jamas los ape- 
llidos Cayriefjo, Ferré, Vera y Ereñú: ningún obstáculo había 
que no venciesen por la patria. 

« Ya seriamos felices si tan hienas disposiciones no las hubiese 
trastornado ungobierno inerme, que no ha scdjido premiar la vir- 
tud y ha dejado impunes las delitos. Estoy escribiendo cnarido es- 
tos mismos Ereñú sé que han batido á Holmberg. » 

Y respecto de don Manuel Artigas dice lo siguiente: 
« Al salir el sol mandó al Mayor General en el bote y ñié 
con un ayudante y otros oficiales, á que reuniese la gente y 
presentase la acción; al mismo tiempo salió mi ayudante don 
Manuel Artigas, capitán del regimiento de América, con cinco 
soldados en el bote de cuero y el subteniente de patricios don 
Gerónimo Elguera, con dos soldados de su compañía, en una 
canoita paraguaya, por no haber cabido en las balsas . El bote 
de cuero emprendió la marcha y la corriente lo arrastró hasta 
el remanso de nuestro frente: insistió el bravo Artigas, y fué á 
desembarcar en el mismo lugar que Elguera, es decir como á 
la salida del bosque por el Campichuelo . 

«No estaba aun la gente reunida y solo habia unos pocos con 
el Mayor General y sus ayudantes; entonces el valiente Arti- 
gas 88 empeñaba en ir á atacar á los paraguayos; tuvo sus pa- 
labras con el Mayor General, y al fin llevado de su denuedo. 



— 118 — 

siguiéndole don Manuel Espinóla, el menor, de quien ha- 
blaré en su lugar, de Elguera y de los siete hombres que habian 
ido en bote de cuero y canoa paraguaya, avanzó hasta los ca- 
ñones de los paraguayos, que después de habernos hecho siete 
tiros , sin causarnos el más leve daño , corrieron vergonzosa- 
mente y abandonaron la artillería y una bandera, con algunas 
municiones . 

«La tropa salió, se apoderó del campo y sucesivamente mandé 
la artillería y cosas más precisas para perseguir al enemigo y 
afianzar el paso del resto del ejército y demás objetos y víve- 
res que era preciso llevar.» 

Hasta aquí el general Belgrano . 

Así como ese noble rasgo de arrojo del Capitán Artigas, y 
los servicios empeñosos de algunos patriotas entrerianos que 
cita el Greneral, ¿ cuántos no habrán pasado desapercibidos tan 
sólo por que los historiadores como el Dr. López han juzgado 
que la democracia semi-hárhara, como la llamaban , á que aque- 
llos pertenecían, era indigna de la atención y aplauso público 
de la metrópoli argentina ? 

Esas opiniones tan deprimentes y vejatorias no son hoy sino 
el trasunto escrito de la misma política gubernativa que 8© 
imponía con tan odiosos caracteres desde 1812. Responden al 
sistema de gobierno absoluto de las provincias que se implan- 
tó en Buenos Aires por el Triunvirato de que fué uno de los 
secretarios D. Bernardino Rivadavia, cuyas ideas políticas vol- 
vieron á ser tan fatales á la República en 1826. 

Aquella política exigía ciega y servil obediencia á todos sus 
mandatos, y cuando las autoridades de una provincia reclama- 
ban moderadamente, entonces sobrevenía sobre ellas la co- 
acción, la imposición en su más censurable despotismo. Produ- 
cíase así una resistencia pasiva que comprimida, se hacia de- 
generar en abierta rebelión, y entonces el pueblo oprimido 



— 119 — 

buscaba entre sus hijos predilectos el caudillo que debia diri- 
girlo en la lucha. 

La ceguedad y violencia de los poKticos de la Comuna Por- 
teña, como la llama el doctor López, se hacía entonces impla- 
cable en sus tendencias; y de ahí la lucha armada, y el castigo 
tremendo y ejemplar si predominaban aquellos. Además del 
castigo, y en seguida de él, venia la acusación al caudillaje, la 
justificación de cualquier atentado, y el oprobio para los venci- 
dos, como democracia semi-hdrhara, como montonera, como 
horda. 

El doctor don Vicente Quesada en una importante Memoria 
publicada en la entrega 94 de la Revista de Biienos Aires, ex- 
presa algunas observaciones que sin referirse á la época que 
nos ocupa, coinciden así mismo con nuestra opinión . Proce- 
diendo ellas de un publicista tan eminente, darán mayor auto- 
ridad á nuestros juicios, aunque éstos se refieran á una época 
distinta. Dice asi: 

« Insistimos sobre la importancia de los estudios históricos; 
porque ese estudio es la base de todo buen gobierno, que sa- 
biendo lo que es, debe conocer lo que debe ser, y la manera de 
hacerlo práctico, de convertirlo en hecho . Y no puede cono- 
cerse bien lo que es, es decir lo presente, si no se ha estudiado 
con criterio lo que fué, es decir el pasado . 

« Estudiando la historia colonial encontramos la filiación de 
un partido que es, quizá sin darse cuenta, el peor enetnigo de las 
instituciones libres ; hablamos de esos pretendidos tutores de la 
sociedad, que sostienen que el pueblo no está en condiciones 
de ejercer en toda plenitud el self government; que pretenden 
que debe darse paulatinamente ese ejercicio, reservándose 
ellos, en su insensata vanidad, el señalar cual es la capacidad 
de ese pueblo, para ejercer parte de la libertad . 

Ese partido conservador en el fondo, tiene su origen y su 
filiación en las tendencias del gobierno colonial y de la reli- 



— 120 - 

gion oficial . Asi como el monarca contralizó el gobierno en la 
metrópoli, creyendo que el Consejo de las Indias era bastante 
para atender los múltiples intereses y necesidades de sus es- 
tensísimos dominios americanos, sin contar para nada con los 
pueblos gobernados; de \^ misma manera los conservadores de 
hoy creen que el gaucho^ que el ciudadano, no es apto para el 
Gobierno libre, que pretenden que aireñas jpuede ejercerse en 
esta capital . Ignoran que las instituciones influyen en la suer- 
te de los pueblos, y que es de esencia del gobierno libre, fede- 
ral y autonómico, dar mas esperiencia, hacer mas reflexivo y 
por lo tanto mas culto, al pueblo que se gobierna á si mismo, 
que no aquel que es gobernado por las oligarquías de las ciu- 
dades ó de los partidos: que por consiguiente establecer sin 
ambajes las instituciones libres, es dar al pueblo los medios de 
propender á su adelanto . Si diésemos á la historia, como me- 
dio de experiencia para el gobierno libre, la importancia que 
en si tiene, encontraríamos dliora perfectamente caracterizado al 
partido retrór/rado 6 conservador, que no ha podido emanciparse 
todavia de las tradiciones de la colonia, que vive en la sociabilidad 
de entonces, modernizado apenas p)or algunas frases; pero temien- 
do entrar en las reformas radicales que el pueblo exije y debe 
obtener . » 

Hasta aquí el doctor Quesada. 

En la cruzada que se ha organizado hace años contra el ge- 
neral Artigas en las pajinas históricas de algunos escritores 
argentinos y orientales, hay la reproducción escrita de lo que 
fueron los hechos en los campos ensagrentados en que se die- 
ron más de veinte batallas desde el Guayabo hasta Cepeda, 
entre los dos elementos que luchaban por la supremacía polí- 
tica. 

La era de las persecuciones y agresiones contra Artigas y 
sus sostenedores no se ha cerrado con la desaparición de este 
de la escena política. 



— 121 — 

Se ha aumentado y recrudecido la hostilidad moral después 
de la hostilidad material, envolviendo rencorosamente al pue- 
blo Oriental en una común execración y vilipendio. 

Es contemplando tantas y tan odiosas injusticias, como se 
ha fortalecido en nuestro áuimo la convicción de que llevába- 
mos á cabo una obra digna y justa al emprender la misión re- 
vindicadora que nos hemos impuesto. 



«3í©*gS 



El pueblo Argentino no es responsable de la 
mala política de algunos de sus gobernan- 
tes. 



Muy lejos está de nosotros cortejar ni lisonjear preocupacio- 
nes vulgares ni rivalidades de mal carácter, sobreexcitando en 
lo más mínimo odios y antagonismos de raza ó de nacionalidad, 
que no tienen hoy ninguna razón de ser para ante los ciudada- 
nos ilustrados y rectos de las Repúblicas Oriental y Argen- 
tina. 

Ambas naciones, tienen sobradas glorias en eu historia res- 
pectiva, y superabundantes fuerzas vitales y recursos de exis- 
tencia propia en su vigoroso organismo para que pueda inten- 
tarse por nadie, procediendo con rectitud y justicia, el menos- 
cabar á una con agravio ó vejamen de la otr£u 

Hay entre uno y otro pueblo tan íntima comunidad de glo- 
riosos antecedentes, de grandes y nobles sacrificios en bien re- 
ciproco, de estrecha solidaridad de intereses políticos y econó- 
micos, presentes y futuros, que nunca habría un fin honesto ni 
laudable en el publicista que intentase apartarlos de esa nobi- 
lísima tradicion,[ó sembrar entre los hermanos de 1811, de 1813, 
de 1826, ó entre los compañeros de la grande Alianza de 1866 
el más pequeño germen de desinteligencia y repulsión . 

Algunos de los primeros gobiernos argentinos observando 
una política tan extraviada como culpable, intentaron desde 
1812, en 1814 y 15, desconocer el buen derecho del pueblo 
oriental á gobernarse por sí mismo, que ya esplícita y termi- 
nantemente habían reconocido al pueblo paraguayo en 1811. 

Empeñáronse en maltratarlo como á servil colono, ó como á 
humilde subordinado, en vez de considerarlo como á hermano 



— 124 — 

y aliado; ejerciendo en consecuencia sobre él una coacción 
opresora. 

Ante lejitimas y justificadas resistencias, otros gobernantes 
lo entregaron mas tarde como una inicua y bárbara expiación 
de su autonomía revindicada heroicamente en el Guayabo ; lo 
entregaron, decimos, aislado y abandonado á la conquista ex- 
trangera, debilitándolo con inicuas invasiones, enviadas contra 
sus aliados de Santa Fé y Entrerios. 

Pero si todo eso se puso en práctica en nombre de una polí- 
tica funesta, no es el pueblo Argentino responsable de tales 
errores y culpas capitales , ni de aquel sistema de odiosa opre- 
sión, ni de aquellos crímenes históricos . 

Siempre que pudo el pueblo Argentino se opuso á ellos, al 
mismo tiempo que pagaba más caro que nadie con su sangre y 
con sus tesoros, esas grandes faltas de aquellos gobernantes. 

El mismo pueblo argentino en distintas épocas ha repudia- 
do y condenado aquella política agresora y fratricida. Derrocó 
tres veces á los directores despóticos que sucesivamente la ini- 
ciaron y adoptaron. Anuló y desprestigió á los partidos que 
los sostuvieron, y condenó hasta la memoria de esos atentados 
nacionales. 

Por sino bastasen á corroborar nuestros asertos las trascrip- 
ciones que en otra sección haremos de algunos importantes 
diarios de aquella época, expresión leal del espíritu publico, 
queremos sobre abundar al respecto, buscando nuestro mejor 
testimonio en los mismos ilustrados escritores que tanto han 
enaltecido á Posadas, á Alvear, á Alvarez, y á Pueyrredon, y 
vilipendiado á Artigas; es decir, en las mismas afirmaciones 
del general Mitre y doctor López . 

Pero antes de apoyamos en las opiniones de estos últimos 
para refutarlos, debemos pedir á la historia patria un más va- 
lioso contingente, buscando en el mismo general Belgrano un 
leal interprete de las aspiraciones que ya entonces podían lia- 



— 125 — 

marse nacionales, j la pureza y rectitud de convicciones del 
cual nadie podría poner en duda como uno de los grandes y 
más honorables actores y directores de la revolución. 

Desde que el Triunvirato de Passo, Chiclana y Sarratea ini- 
ció su fatal política de desconocimiento de los derechos de los 
pueblos, reconocidos y sancionados por la Junta Gubernativa 
anterior, debieron muy pronto hacerse sentir las funestas conse- 
cuencias de aquella en la fraternidad y unión de las provincias. 

La democracia semi-hárbara que hoy todavía se empeñan en 
denigrar, calificándola así, los historiadores como Mitre, Sar- 
miento y López, la cual formaba mucho más de las nueve dé- 
cimas partes de la población de todo el vasto Yireinato de 
Buenos Aires, pero la misma que más debía contribuir con su 
sangre y sus tesoros á afianzar la independencia de las futuras 
Provincias Unidas del Rio de la Plata, (en la que no debemos 
incluir la de las cuatro Intendencias del Alto Perú, que tanto 
contribuyeron también con su contingente á esa tremenda lu- 
cha) esa democracia semi-hárhara, el pueblo Argentino, en una 
palabra, debía al fin reaccionar y sublevarse contra la política 
opresora de algunos gobiernos despóticos de Buenos Aires. 

Esa política liberticida que no sabia olvidar, pero que tam- 
poco sabia aprender ni correjirse, era odiada y combatida al 
frente mismo del común enemigo español; y lo que indigna 
tanto mas, se hacía responsable de ella al pueblo de Buenos 
Aires, que era al mismo tiempo su primer víctima; viniendo 
así á concentrar sobre su esclarecido prestijio el odio y la zana 
de los pueblos oprimidos en su nombre, como residencia de los 
gobiernos patrios . 

Contra aquellos historiadores vamos á hacer valer como 
hemos dicho antes, entre otras numerosas pruebas, las opinio- 
nes del mismo general Belgrano, que en distintas épocas al 
frente de gloriosos ejércitos, vencido ó vencedor, censuró tan- 
tas veces al Gobierno central la adopción de esa política ro- 



— 126 — 

pulsiva, y en términos impresionadores, le hizo frecuentemente 
palpar en medio de las mismas provincias ofendidas y vili- 
pendiadas en sus lejítimas aspiraciones, como lo estaba la 
Banda Oriental con Artigas á su frente, las terribles conse- 
cuencias de esa indignación . 

Cuando Belgrano aún no tenia el prestigio de sus inmorta- 
les victorias de Tucuman y Salta, después del contraste de Na- 
zareno y la retirada de Yatasto á 20 leguas de Tucuman, en 
donde acampó el ejército patriota para reorganizarse, aquel ge- 
neral que acababa de suceder en el mando á Pueyrredon, diri- 
gió al Gobierno un oficio en 2 de Mayo de 1812, en el que se 
expresaba en estos términos tan acerbos como fundados, dán- 
dole cuenta de los resultados de esa mala política . 

«Ni en mi camino del Rosario, ni en aquel triste pueblo, ni 
en la provincia de Córdoba y su capital, ni en las ciudades 
de Santiago, Tucuman y Jujuy, lie observado aquel entusias- 
mo que se manifestaba en los pueblos que recorrí cuando mi 
primer espedicion al Paraguay; por el contrario, quejas, lamen- 
tos, frialdad, total indiferencia, y diré más, odio mortal, que 
casi estoy por asegurar que preferirían á Groyenecbe, cuando 
no fuese más que por variar de situación y ver si mejoraban. 
Créame V. E.: el ejército no está en jyaís amigo, no hay una sola 
demostración que me lo indique', no se nota un solo hombre que 
se una á él, no digo para servirle, ni aun para ayudarle: todo se 
hace á costa de gastos y sacrificios . ... se nos trata como d ver^ 
daderos enemigos: pero qué mucho ¡si se ha dicho que ya se acabó 
la hospitalidad para los porteños y que los han de esprimir hasta 
chuparles la sangre!» 

Y en otra nota de fines del mismo mes repetíale lo siguiente 
sobre el mismo tema : 

«La opinión de los pueblos solo puede sostenerse por la jus- 
ticia. Ellos son ignorantes por lo común; pero saben muy bien 



— 127 — 

lo que se les debe, y acaso por su mayor ignorancia se conside- 
ran acreedores á mas de lo que les corresponde. » 

Casi simultáneamente, con motivo de haber recibido el ma- 
nifiesto que se dio en Buenos Aires, tratando de justificar la 
odiosa expulsión que se habia becbo de algunos diputados de 
las Provincias, expresábase así el mismo general : 

« Recibo el manifiesto de V . E . Ha sido para mi un golpe 
fatal, porque preveo que van á presentarse nuevos obstáculos, 
nuevas dificultades, y que la enemiga va á echar más profun- 
das raíces, destruyendo acaso lo que habia empezado á traba- 
jar, y de que me quería prometer sacar alguna utilidad á favor 
de la causa de la patria porque tanto he anhelado . 

Quisiera tener todos los conocimientos necesarios, y ser tan 
capaz de alcanzar con acierto el medio de conseguir que vol- 
vieran los pueblos á aquel primer entusiasmo , con otra reflec- 
xion que entonces; mas á mí no me ocurre otro que el de que 
V . E . arbitre el modo de hacerles conocer que Buenos Aires 
no quiere dominarlos, idea que vá cundiendo hasta los pueblos 
interiores, y de que ya se trata, aún en el mismo Cocha- 
bamba. » 

El pueblo argentino, y principalmente el pueblo de Buenos 
Aires, condenaron de la manera más franca é interjiversable 
los desaciertos y atentados de ciertos Gobiernos, cuando estos 
comprometían gravemente el crédito de la nación, degradán- 
dola ante el estranjero con humillantes condescendencias ó con 
inicuos pactos y alianzas, con tanta mayor razón cuanto más 
violentos eran los medios de que echaban mano para imponer- 
se á las Provincias. 

Si ante el terror que se hacía prevalecer por medio de la 
fuerza, y de actos atentatorios á la Libertad de los ciudadanos, 
el pueblo no reaccionaba en Buenos Aires con las armas en la 
liíano, como lo hizo con Alvear, hasta hundirlo en el polvo de 



— 128 - 

la derrota más oprobiosa, no por eso contemporizaba con esos 
malos Gobiernos. 

No pudiendo combatirlos ni vencerlos con la revolución ar- 
mada, porque ellos disponian de fuertes tropas y abundantes 
elementos de guerra, les echaba en cara su desprestijio y abor- 
recimiento por los mil medios que un pueblo audaz y expansi- 
vo sabe adoptar para evidenciar su reprobación, y castigar 
moralmente á los malos gobernantes que no puede derrocar . 

Véase cómo bosqueja el General Mitre algunos rasgos de la 
sublevación que dio en tierra con el odiado Alvear, el enemigo 
capital de Artigas. 

«El 15 estalló la revolución en la capital: los cuerpos cívicos 
se armaron, y el Cabildo se puso á su frente, proclamando el 
descenso del Director y la disolución de la Asamblea. El al- 
calde de primer voto, D. Francisco Escalada, en nombre de 
aquella corporación, mandó levantar una horca frente á las 
casas consistoriales; para Alvear, si era vencido; para el pue- 
blo, si la revolución no triunfaba. En vano pretendió Alvear 
resistir: rechazado por los pueblos, abandonado por su ejército, 
sin el apoyo de la opinión ni de la fuerza, tuvo que ceder el 
campo, y refugiarse á bordo de un buque estrangero. 

«Esta revolución, que fué verdaderamente popular y que pu- 
so en evidencia los medios artificiales por que se habia elevado 
el joven Director, así como la impopularidad de su política de- 
sacertada, manchó su triunfo con actos de insólita crueldad y 
cobardía, inmolando una víctima inocente, (el coronel Paillar- 
del) cajñtidando con el caudillo Artigas; mandando quemar con 
gran solemnidad los handos y proclamas espedidos contra él; de- 
clarándole ilustre y benemérito gefe de la libertad, y entregándole 
alierrojados^para que disjmsiese de ellos á su antojo, á aquellos de 
sus enemigos que más se hahian hecho notar por su adhesión al 
Gobierno nacional. Artigas túvola noblem de rechazar él hor- 



— 129 — 

rihle presente de carne humana que se Je hacía, diciendo que no 
era él verdugo de Buenos Aires. y> 

Como prueba del aborrecimiento inextinguible que el pueblo 
de Buenos Aires le demostraba á Alvear, el enemigo implacable 
de Artigas, véase como lo confiesa el Dr . López: 

« Abierto el Cabildo (T. 3^ páj. 724) y apenas comenzaba 
el Alcalde Ramos Mejía á dar cuenta de la situación para pro- 
poner qtie saliese una comisión á recibir al Gobernador Sarra- 
tea, entró precipitadamente Y) . Carlos M . de Alvear con una 
seguridad altiva; y tomando la voz, se puso á dar cuenta de lo 
que liabia pasado . Recordando lo ocurrido el día 5 y las acu- 
saciones de Soler contra Sarratea y contra los federales, insis- 
tió en que ese general era el que habia levantado la sedición 
peligrosa de Balcarce, para derrocar al gobernador; y qué por 
consecuencia era un traidor y un partidario encubierto de la 
ominosa tirania de Pueyrredon. 

«A la noticia de que Alvear se habia entrado al Cabildo, y que 
se ajmderaha del poder, se levantó en el concurso imaborrasca 
indecible. Por todas las calles adijacoites corrían hombres gritan- 
do que Alvear liabiahecho revolución. Algunos grupos de laplaza, 
indignados por esta sorpresa y osadía, se lanzaron con puñales á 
la sala Capitular, capitaneados por varios oficiales. Uno de estos, 
llamado don Vicente Susviela, se arrojó furioso sobre el general, y 
lo tomó del cuello en ademan de sacrificarlo, al mismo tiempo que 
los Cabildantes, previendo con espanto un alentado, se echaban al 
frente de los asaltantes 2>a) a contenerlos, mientras lograban encer- 
rar al perseguido en una pieza contigua . 

«El alboroto era extremo, y paso mucho tiempo antes do que 
los cabildantes pudieran hacerse oir. Agotado al fin el bullicio^ 
el Alcalde Mayor aseguró al pueblo que el ánimo de sus com- 
pañeros no era hacer escapar á Alvear — « para que, como otro 
Caiilina, fuese á prender fuego á la ciudad por sus cuatro costa- 
dos:» que al arrancarlo á los que querían hacer justicia en él, 

10 



— 130 — 

harto debida en ese perturbador y tirano, habian querido sólo 
que no se ensangrentaran las manos puras de los ciudadanos y 
las gradas del augusto templo donde la voz del pueblo esculpió 
sus leyes . El Cabildo le garantía al jnieblo, que si era autorizado 
al efecto^ él respondía de emharcar y alejar de Buenos Aires al 
hombre funesto de quien tanto tenia que temer la Patria. El Ca- 
bildo obtuvo esa confianza, y el Decano Don Pedro Capdevila 
se encargó de sacar al general por una puerta escusada , y de 
hacerlo embarcar, según la palabra de honor que le habia pe- 
dido y obtenido . » 

Hasta aquí el mismo Dr. López, que tanto ha denigrado á 
Artigas porque combatió á Alvear, á quien el pueblo porteño 
en masa perseguía con tan encarnizado rencor. 

Por otra parte, y respecto de la administración Pueyrredon^ 
las gloriosas campañas del patriota ejército argentino en Chi- 
le, bajo San Martin, sus grandes victorias, el irresistible em- 
puje con que iban sucesivamente despedazando todos los gran- 
des elementos y centros de poder del Gobierno español en esta 
parte de Sud América: todos esos esplendores militares, todos 
esos poderosos motivos de exaltación y júbilo público no eran 
bastantes á neutralizar ni mitigar el desprestigio con que el 
pueblo zahería y odiaba principalmente al gobierno de Pueyr- 
redon que tan hábilmente sabia explotar en su favor las her- 
mosas glorias del ejército libertador de Chile y el Perú . 

Como se habrá visto, hemos querido frecuentemente refutar 
las opiniones del doctor López con otras del mismo ilustrado 
escritor. Permítasenos observar el mismo método en este caso, 
autorizando ó justificando nuestras afirmaciones tendentes á 
demostrar que el pueblo argentino y aún el Congreso mismo 
que le habia elejido, reprobaban la política del director Pueyr- 
redon, y resistían como les era posible la coacción oficial. 

Lo particular del caso es que el doctor López bosquejando 
majistralmente aquella situación de desprestigio, se sirve de 



— 131 — 

ella para atenuar hasta cierto punto el nuevo crimen de pro- 
curar traer al príncipe de Luca disñ-azado de monarca ar- 
gentino bajo el protectorado de la Francia ó una princesa del 
Brasil casándola con un cholo rey Ync«, para imponer esa dis- 
nastia de carnaval al gran pueblo de Mayo . 

Véase pues, como el doctor López se espresa á este respecto, 
en dos distintos capitules de su obra: 

«Empujadas las pasiones en esta dirección fatal, era indis- 
pensable remontar el curso que habian traido los sucesos des- 
de 1810. No habia más remedio que aflojar todos los vinculos 
que habian unido á las provincias con la ciudad de Buenos 
Aires: que dejarlas libradas á su propia acción, entregándolas 
á la anarquía local que perturbaba la vida politica en cada 
una de ellas, y que armar á Artigas, para que de su propia 
cuenta, y en provecho propio, resistiese la invasión portugue- 
sa. Pero al mismo tiempo, era evidente que las fuerzas maríti- 
mas del Portugal vcndrian á pedirle razón á Buenos Aires de 
semejante alianza, tratándola naturalmente como á parte beli- 
gerante; y que si Artigas era vencido, todo el peso de las des 
guerras, la de la Independencia y la del Portugal, recaería so- 
bre la capital definitiva 1 ente extenuada por el bloqueo y por 
estos esfuerzos desesperados . Si por el contrario, se suponía 
que Artigas viniese á ser vencedor (lo que era improbable por 
otra parte) el resultado tenia que ser igualmente funesto para 
los intereses de la nacionalidad y de la civilización argentina. 

«Porque dueño, aquel bárbaro intransijen te, del inmenso po- 
der militarde que era preciso dotarlo,y de los prestigios de la vic- 
toria, no podía ocultársele á nadie que el pais entero tenia que 
caer bajo la férula de un tirano intratable y brutal, cuyos me- 
dios de gobierno y cuyos agentes eran bien conocidos. 

«Como remediarlo'^' El Congreso de Tucuman estaba inoeulado 
también del veneno artigiiista. Sus pretensiones eran crear un 
yoder personal y político no sólo ageno sino simpático y domina- 



— 132 - 

dor de Buenos Aires, para gobernar desde afuera, y con injlmn- 
cias imramenfe ¡rrovinciaJes, ¡os intereses comunes; y como el nú- 
cleo sensible de estos intereses, asi como el de los recursos y ele- 
mentos que podían darles solución, estaban concentrados en la 
capital, esta resistía la espropiacion y el despojo que preten- 
dían imponerle de aquello que consideraba exclusivamente 
suyo, es decir: del poder de gobernar }'• de dirigir el continjon- 
te de fuerzas vitales con que ella hacia la guerra y mantenía 
la personalidad del Estado . 

«Amenazada la Banda Oriental por el poder portugués, era 
imposible para Buenos Aires no sentirse atacada también co- 
mo metrópoli, y que sus instintos de madre ó hermana mayor, 
como decía el doctor Passo el 2o de Mayo de 1810, no la llama- 
sen á la defensa de aquella parte de si misma. Pero amenazada 
al mismo tiempo de ser destronada por el espíritu hostil que 
prevalecía en el Congreso de Tucuman: amenazada con la im- 
posición de un supremo Director que recibía al poder con el 
encargo de gobernarla desde afuera como á provincia vencida 
y humillada., Buenos Aires sentía sublevarse todo ^ orgullo; 
y no pudiendo reconquistar el poder concéntrico que hñhía perdi- 
do, ecilmha todas sus pasiones del lado de la abstención; y queria 
ser provincia independiente para sustraerse, por medio de un go- 
hierno propio, relativamente fuerte en sí mismo á la presión y 
á la supremacía del poder con que el Congreso de Tucuman 
pretendía dominarla centralizando en sus manos el gobierno 
general de la iNacion. 

« Así es que no bien se túvola certidumbre de que la mayo- 
ría del Congreso de Tucuman estaba decidida á nombrar al 
Coronel D. José Moldes, Director Supremo de las Provincias 
Unidas del Rio de la Plata, cuando estalló la alarma y el iuror 
en toda la provincia de Buenos Aires; y una fermentación pro- 
funda de los espíritus que de día en día se hacia más peligro- 



— 133 — 

sa y más terrible, mostró á todos que la capital no consentiría 
jamás en semejante solución, y que seria la primera en insur- 
reccionarse contra el Congreso y contra las autoridades que 
emanasen de semejante nombramiento. 

« Los Diputados de Buenos Aires que figuraban en ese Con- 
greso protestaban indignados contra la candidatura de Moldes; 
y juraban que la Capital apelaria á la revolución antes que con- 
sentir en obedecer á semejante enemigo. » 

Véase cómo se expresa el mismo don López en el tomo II, 
pág. 444, mostrando la situación producida por la política del 
Director Pueyrredon : 

« Era tan grande la descomposición moral , que todos veian 
acercarse el desorden sin que nadie tuviese criterio para hallar- 
le un remedio ; y la sociedad misma, que veia aterrada que ella 
iba á ser la víctima de la disolución completa de la vida política 
y de los resortes del gobierno, yermanecia helada y temblorosa^ 
sin que nadie hiciese ó pudiese hacer un esfuerzo de conjunto para 
hacer frente al mal; sin que nadie quisiese, en fin, comprome- 
terse por él ó defenderlo. La soledad y el abandono mantenian una 
atmósfera triste y lúgubre al rededor del Director y de sus Mints- 
í/*05, quienes no obstante permanecían resueltos á defender ho- 
norablemente , al lado del Congreso , la autoridad legítima y 
constitucional de que se hallaban investidos en aquel momento 
supremo . 

« En medio de tcdes angicstias, y amenazada la sociedad de un 
desmembramiento general délas provincias, y hasta de los distritos 
que las constituian, para caer bajo la férula de la barbarie local 
con las escasas ciudades que estaban entonces en medio de los 
clesiertos pastoriles y de masas incultas y nómadas, las miradas 
de todos los hombres políticos se volvieron otra vez, como cua- 
tro años antes, hacia la Monarquía constitucional, buscando en 
ella un refugio contra los peligros en que se veian envueltos, y 
con la esperanza de que lisonjeando así las ideas predominan- 



— 134 — 

tes de un monarca de casa antigua y poderosa, sin recursos mi- 
litares y 2)scimiarios para hacerlo respetar, y para formar con 
él un amparo para los intereses y para las clases distinguidas 
que liabian encabezado la E-evolucion Liberal , cuyos fines más 
legítimos y capitales ( decian ) era la monarquía constitucional, 
y nó el bárbaro y descabellado desorden de que estaban ahora 
amenazados por todas partes . » 

Terminaremos estas trascripciones de un grande ínteres his- 
tórico reproduciendo algunos j)árrafos del célebre Manifiesto 
de Baltimorff, distribuido por el mismo General Artigas á las 
autoridades orientales con nota que publicaremos, en el cual 
los distinguidos escritores públicos defensores de la causa del 
Estado Oriental en 1817, desterrados por Pueyrredon á Norte 
América, sobre lo que hablaremos en otro capítulo (1), revela- 
ban la verdadera excitación pública con que se reprobaba la 
siniestra política de éste, respecto de la Banda Oriental y de 
algunas provincias del Interior. Dice así : 



(1) De la importante Revista de Buenos Aires, entrega número 40, to- 
mamos los datos siguientes que describen cómo se llevó á cabo la per- 
petración de este atentado histórico. Es sabido qne los deportados pu- 
blicaron en Norte América el Manifiesto parte del cnal trascribimos en 
el texto: 

" A las dos de la tarde del dia 13 de Febrero de 1817, los ciudadanos 
Dr. D. Pedro J. Agrelo, D. Manuel Moreno, y el redactor de este perió- 
dico La Crónica D. Vicente Pasos, fueron presos por orden del Gobierno 
é inmediatamente conducidos juntamente con el coronel D. Manuel Pa- 
góla, preso á la una, con toda incomunicación y misterio, á bordo del 
bergantín de guerra „Belen", con mía escolta de 25 negros á cargo del 
capitán español D. Manuel Gregorio Mons. Fueron vanas todas sus di- 
ligencias para conseguir el ser juzgados; la contestación qne obtuvieron 
á sus representaciones fué el que les remachasen, el dia 27 por la ma- 
ñana, un par de grillos á cada uno, y á los oficiales Chiclana y Maxiño, 
dos pares cruzados. Todos estos señores juntamente con el coronel don 
Eusebio Valdenegro, que se hallaba en el bergantín „25 de Mayo" y á 
quien también se le puso una barra de grillos, el 9 de marzo por la no- 
che, hora en que zarpó de Martin Garcíp,, á donde hablan sido conduci- 



— 135 — 

« El sabe (el Director Pueyrredon) que su nombre ©6 detea- 
« tado en todo el país, y que jamás en ninguna otra época ha 
« habido tanto descontento: que los pueblos corren todos loa 
« días á las armas para derrumbar su poder, y que en esa misma 
« ciudad oprímida por los soldados venales qiie lia ganado, en 
« Buenos Aires, circula secretamente el justo desprecio y ábomina- 
« don que se merece sit persona . Era, pues, palpable, y debia ser- 
« lo, que se esperaba una revolución ó propiamente un cambiamiento 
« que trajese á ese déspota y traidor al condigno castigo de 
« sus delitos. » 

« ¿ Acaso somos criminales en conocer lo que él mismo cono- 
« ce, que se apetecía su caída ? ¿ Qué delito es el nuestro, si 
o: como uno de tantos y á vista de datos que no solo están al 
« alcance de todos, hemos creído como ellos, que el gobierno 
« estaba implicado en planes de perfidia y de traición, y que 
« había llamado á los portugueses que invadiesen el terríto- 
« rio, . . Se esperaba una revolución!. . . Es cierto; y acaso en 



dos en el ,,Belen" y permanecido embarcados, con destino á Savanah 
en los Estados Unidos, llegando k este punto el 7 da mayo. 

" Los periódicos de todos los Estadas publicaron un breve detalle del 
heclio, y el 18 de Junio, el doctor Agrelo publicó un impreso de seis pá- 
ginas in folio, fechado en Baltimore y titulado Exposición contra don 
Juan Martin Pueyrredon, titulado: Director Supremo de las provincias 
del Rio de la Plata, por el ciudadano don Peda-o José Agrelo, compren- 
dido, entre otros, en la segunda proscripción del 13 de Febrero de este 
año de 1817. — Contestando el manifiesto, que se dio sobre ella el 14 de 
dicho mes y año, publicado en la Gaceta de la ciudad de Buenos Aires, 
del 15 siguiente . „ 

En este impreso se justifica el señor Agrelo y hace muy fuertes car- 
gos al señor Pueyrredon, á quien trata de tirano. 

" El Coronel Pagóla publicó, con fecha Filadelfia Agosto 80 de 1817, 
un folleto de 18 páginas en 4. ", titulado " Manifiesto de la inocencia del 
coronel don Manuel Pagóla, en el violento procedimiento de su pros- 
cripción, 1817. " 



— 136 ~ 

« estos momentos Pueyrredon ha aparecido ya ante el Tribu- 
« nal incorrupto de la Nación: y satisfecho con su cabeza la 
« venganza de las leyes. Tal evento era anunciado por todos y 
« notorio á todos] . . . pero esta notoriedad no basta para casti- 
« gar á cualquiera si no ha sido probado que es este el autor y 
« sentenciado como tal . . . La conjuración existia, y nosotros 
« somos inocentes ante la ley, por no habérsenos vencido en 
« juicio . . . Desde el tiempo de Alvear se formó el infernal 
« proyecto de postrar la revolución á los pies del Rey del Bra- 
« sil; este plan ha seguido con más ó menos descaro por las 
« épocas sucesivas hasta el actual Pueyrredon; y ha habido 
« concordatos y mutuas premesas entre los Agentes de aquel 
« Principe y nuestros Ministros. » 

Hasta aqui el Manifiesto de los desterrados. 

Hemos ampliado nuestras comprobaciones en este parágrafo, 
por lo mismo que lo juzgamos muy importante . 

Es en sus páginas principalmente en donde debe hallarse 
atestiguada y corroborada con las afinnaciones de los mismos 
detractores de Artigas, una parte de la explicación y justifica- 
ción de la conducta de éste para con algunos gobiernos Argen- 
tinos, todos ellos hostilizados por una fuerte oposición argenti- 
na^ que venia así de hecho á ser artiguista, aliándose con él, 
dando mayor autoridad y prestigio á su anterior resistencia, y 
repudiando toda solidaridad ó responsabilidad en los actos d© 
aquellos malos gobernantes. 

Pero aunque ya hemos quizá abusado de la bondad de nues- 
tros lectores, queremos terminar esta sección trascribiendo del 
mismo Dr. López una última cita que atestiguará del modo 
más absoluto como trataba el pueblo de Buenos Aires al más 
implacable enemigo de Artigas, al que más directamente habia 
contribuido con sus actos de tolerancia y complicidad á conso- 
lidar la conquista portuguesa en la Provincia Oriental. 

Nada que pudiéramos decir nosotros podría suscitar menos 



— 137 — 

objeciones en este caso, ni ser más convincente y aun conmo- 
vedor que los renglones que traza el Dr. López, con su vivo 
colorido, revelando el odio popular en Buenos Aires á Pueyrre- 
don. (Tomo S.**, página 628.) 

Véase pues, como nos defiende aquel mismo en nuestro ale- 
gato, trascribiendo á la vez las opiniones que sostenia el diario 
oficial del Gobierno que reemplazó á Pueyrredon y á Rondeau, 
calificando á estos con implacable severidad, y defendiendo á 
Buenos Aires de ser ella partícipe de la mala política del pri- 
mero. 

El Dr. López en seguida (pág. 648, tomo 3.*^) presenta el 
cuadro final, el vergonzoso epílogo de la Administración Pueyr- 
redon recibiendo del pueblo la demostración de su aborreci- 
miento. Dice así: 

« En los cuatro primeros dias que se siguieron al contraste 
de Cepeda, no predominó otro propósito que el de resistir al 
enemigo, bajo la dirección de los hombres, que por su propio 
interés y por su posición tenían el mando y el compromiso de 
defenderlo. 

« Pero al cuarto día, es decir el día siete, ya se sintieron sín- 
tomas alarmantes en los cuarteles de los cívicos. — Las clases 
populares de la ciudad habían sido, sino visiblemente adversas, 
poco simpáticas al menos con la oligarquía constituida en po- 
der dentro del Congreso y que se formaba de un círculo estre- 
cho de ricos, de especuladores de capital, y de políticos hábiles 
dados á la intriga y al nepotismo! 

« Llamados á la acción turbulenta de la defensa popular, las 
ideas de los cívicos comenzaron á tomar un giro ardiente y tu- 
multuoso en el sentido de rechazar al enemigo foráneo que 
pretendía humillar á Buenos Aires. — Pei'O al entrar en este 
movimiento poderoso del patriotismo local también daban 
suelta al profundo odio que profesaban contra los políticos 
teóricos y filosóficos á quienes apellidaban arístócratas por la 



— 138 — 

soberbia ó por la habilidad con que habían manejado siempre 
el poder desde 1810. 

« Y como todas las faltas y acriminaciones de este género ha- 
hian venido á concretarse en él círado del Congreso^ que se halla- 
ha cd frente de la catástrofe final de este largo drama, suhia por 
momentos contra ellos la marea del enojo popidar y del descrédito, 
á términos que el Congreso, Pueyrredon y Tagle eran la pesadi- 
lla del enojo comun,la piedra de todos los escándalos y de todas 
las iniquidades que querian imaginar la calumnia y la procaci- 
dad de las facciones alborotadas.» 

Y más adelante agrega: 

« Buenos Aires queria la paz (decia el Dr . D. Bernardo 
Velez Gutiérrez en la Gaceta Oficial del 7 de Febrero) cuando 
derrocó el partido de la opresión : — « Esos hombres que hicie- 
« ron del Estado un patrimonio suyo, han desaparecido de 
« nuestra vista . Bajo su despótica administración era un deli- 
« to la palabra federación. Ella va en adelante á ser el objeto 
« de una pacifica y fraternal discusión entre las provincias del 
« Sud que el Estado debe gobernarse por este sistema, él pre- 
« sidirá á los pueblos, sin que á decisión tan augusta se oponga 
« jamás Buenos Aires, cuyos sentimientos no contrarían la vo- 
« luntad general, porque ellos tienden naturalmente á la unión 
« y á la libertad . 

« Después de esto, es evidente que los federales ó más bien di- 
cho los enemigos de Pueyrredon, apoderados de aquel nombre 
que les servia de medio, hablan asaltado ya las posiciones deci- 
sivas, é imponían su influjo. ¿Qué podía oponerles el Ca- 
bildo? tenia que dejarse arrastrar por la corriente. « Asi es que 
« en la noche anterior, Pueyrredon, Tagle y algunos de sus 
« amigos más comprometidos, se embarcaban fugitivos, y se 
« asilaban en la Colonia ó en Montevideo; ¡bajo el pabellón 
« portugués! Hay vergüenzas en la historia, que deben estar 
« siempre delante de los ojos de los pueblos para que apren- 



— 139 — 

« dan á ser justos y viriles, y para que sepan que los tumultos 
« y la anarquía revolucionaria, tan lejos de ser síntomas de 
« patriotismo ó de heroicidad, son solamente la fiebre de la 
« demencia y la postración de todo mérito moral. » 

Hé allí la triste moral que el DrT López deduce de ese alec- 
cionador escarmiento . 

Cualquier observador justiciero é imparcial habría inferido 
de esa situación y sus consecuencias y enseñanzas terribles, que 
el pueblo de Buenos Aires reaccionando contra sus opresores 
les imponía un tremendo pero merecido escanniento. La fie- 
bre de la demencia no estaba, no, en el pueblo; estaba en los 
déspotas que hablan ejercido sobre él una odiosa dictadura, y 
que recien entonces huian de la cólera popular . 

Llenaríamos un libro entero si fuésemos á acumular prue- 
bas irrefutables de nuestra afirmación, de que el pueblo Ar- 
gentino no es responsable de la mala y funesta política que 
siguieron algunos de sus extraviados gobernantes y que el 
combatió con los medios de que pudo disponer. 

Basta por otra parte con lo que dejamos relatado para evi- 
denciar que solo guía nuestra pluma un sentimiento de inflexi- 
ble justicia, con prescindencia de predilecciones nacionales . 



Enseñanzas de la Historia. Lo que cuesta al Rio 
de la Plata una gran traición. 



Nuestro libro no obedece, pues, como se habrá visto, á men- 
guados ni reprensibles móbiles. 

Inspirase en un levantado propósito, altamente moral y ])a- 
triótico, igualmente benéfico y fecundo para ambas Repúbli- 
cas, cual es el de descubrir y señalar, como un peligroso esco- 
llo en los mares ignotos del porvenir, el origen verdadero de 
las dolorosas divisiones que apartaron un dia á ambos pueblos 
hermanos de un mismo y grandioso destino, haciéndolos in- 
ferirse mutuos agravios, y labrando en el ánimo de sus hijos 
profundos rencores que apenas pudieron apagarse con la no- 
ble sangre de Ituzaingó, de los Pozos y del Juncal . 

La historia ofrece severísimas lecciones que los ciudadanos 
bien inspirados, y con ellos los pueblos cultos, nunca debieran 
desaprovechar ni olvidar. Los anrvles de esta región del Rio 
de la Plata contienen algunas de esas crueles enseñanzas que 
están grabadas en sus páginas con una indeleble marca de 
fuego . 

La injustificable ó inicua ocupación portuguesa del Estado 
Oriental en 1817 fué, sino producida, al méuos alentada y pro- 
vocada on 1816 por frecuentes seguridades de acomodaticia y 
oprobiosa tolerancia, ofrecidas al Portugal como lo hemos de 
comprobar por tres sucesivos Directores, Alvarez Thomas, Bal- 
carce, y Pueyrredon. 

Esa ocupación y conquista fué sancionada y aprobada calo- 
rosamente por la poli tica pérfida en unos, inepta en otros de 
eaoa gobernautos, representados eu Rio Janeiro por el Dr. 



— 142 — 

D. Manuel García, y dirigidos casi siempre por el Dr. Tagle, 
su astuto y pérfido Ministro y su más influyente consejero. 

Procuróse en aquella invasión, como lo probaremos más ade- 
lante, el medio más eficaz para anular («para exterminar,» dice 
el Dr. López) á Artigas, como el impertérrito defensor de la li- 
bertad de su patria. 

Es difícil creer lo mismo que se está viendo, cuando se en- 
cuentra, como en la obra del Dr. López, un alarde tal de cruel, 
y, aun no trepidamos en decirlo, de hárhara mistificación al 
tratar, no ya de atenuar, sino de justificar la resolución del Di- 
rectorio de procurar los medios necesarios para facilitar la 
conquista portuguesa en la Banda Oriental, so pretexto de que 
con ella podría defenderse mejor el territorio argentino^ para el 
caso remoto de que llegase á estas costas la expedición españo- 
la que se anunciaba próxima á partir desde Cádiz. 

Al leer esa página inmoral y cínica, no puede menos de su- 
frirse una penosa impresión, que de seguro compartirán con 
nosotros nuestros mismos lectores argentinos . Comprendemos 
la justa indignación de nuestros lectores orientales y nos aso- 
ciamos á'ella. 

Dice así el Dr. López, en la página 220 del tomo primero, 
de su « Revolución Argentina: ^> 

« Pero, como estos retardos no eran definitivos (los de la ex- 
pedición española) la amenaza era constante para nuestro go- 
bierno . Era preciso hacer frente al peligro y prevenirlo con 
medios más eficaces, más directos que las meras esperanzas . 
Lo que no admitia demora era el exterminio y la expulsión 
DE Artigas, j^ara neutraliziir 2>or lo menos las costas del Mió de 
la Plata y del Atlántico^ de tal manera que ninguna* expedición 
española pudiese revituallarse en ellas, ó reponerse de las 
malas condiciones en que la j)onia un viaje de seis meses para 
desembarcar y combatir á su llegada. Para conocer el estado 
en que se hallaba la Marina Española, debe leerse la sátira 



— 143 — 

Pan y Toros de Jovellanos; y se comprenderá los esfuerzos 
supremos que cada una de estas expediciones le costaba al go- 
bierno, y las miserias con que se llevaba á cabo , Desalojado 
Artigas, que no tenia como defender á Montevideo, ni como 
guarnecer las costas, la causa de la independencia podia reci- 
bir á sus enemigos de frente en las riveras de Buenos Aires 
con las bayonetas de sus Civicos por primera vitualla; y sofo- 
cado también el desorden que aquel facineroso fomentaba, 
nuestras tropas podian emprender, con ánimo y con ventajas, 
la difícil campaña de Chile, al mismo tiempo que el noble de- 
sempeño de Güemes levantaba, con los gauchos de Salta, una 
cortina de bronce contra el ejército invasor. 

aPero ¿cómo hacer para eliminar á Artigas? Buenos Aires 
no tenia medios ni recursos para dominar por las armas aquel 

MOVIMIENTO ESPONTÁNEO Y GENIAL DE LAS MASAS QUE LO SEGUÍAN; 

y el carácter intransigente, egoista, irracional que le impedia 
doblegar sus pasiones y sus enconos á la razón de estado ó al 
sentimiento de la Patria, era tal, que no liabia que contar ya 
con que quisiese contemporizar con la necesidad de salvar la 
causa, entrando á la obediencia de un orden regular, y adecua- 
do á la clase de los esfuerzos que era preciso hacer. 

« Esta dificultad era suprema, urgente: y no tenia sino una 
salida. Era preciso sacrificar el caudillo y salvar la nación. Era 

PRECISO ENTREGARLO AL PODER ESTRANGERO, CON LA PARTE DE 
TERRITORIO DONDE TENIA ASIENTO PROPIO, SU PODER PERSONAL. 

La derrota de Sipi-Sixyi ponia un fin necesario y urgente á los 
escrúpulos. » 

Hasta aquí el doctor López, que así confiesa la impo- 
tencia, no de Buenos Aires, sino de Pueyrredon, y la esponta- 
neidad genial del pueblo que secundaba á Artigas . 

Dios libro á los pueblos americanos de imitar tan nefastos 
ejemplos, y de autorizar y prestigiar tan inicuas defensas! 

Los misteriosos avenimientos y pactos celebrados bajo un 



— 144 — 

secreto absoluto impuesto á las partes contratantes para acep- 
tar y sancionar aquella inicua conquista portuguesa constitu- 
tuyen á nuestro juicio, y al de todo observador imparcial y 
justiciero sea cual fuese su nacionalidad, uno de esos odiosos 
crímenes que lian pagado muy caro con su más preciosa san- 
gre algunas generaciones argentinas y orientales. 

Las acciones humanas, especialmente en política, cuando en 
ellas liay consciente violación de la justicia y de la moral, en 
las relaciones internacionales sobre todo, enjendran inevitable- 
mente un fatal encadenamiento que las va ligando unas á 
otras en su desenvolvimiento, produciendo hechos inmorales ó 
atentatorios al derecho, que año más año menos, tenninan 
siempre en una catástrofe, ó en una expiación dolorosa. 

La historia en general está llena de esos terribles y aleccio- 
nadores escarmientos. 

Aquella conquista, tan cobardemente provocada, tan inno- 
blemente aceptada y prohijada entre las tenebrosas sombras 
de una diplomacia Veneciana del tiempo del Consejo de los 
Diez, por los tres Directorios sucesivos que hemos indicado, 
trajo consigo, como una imprescindible exigencia de vida y 
honra nacional para la República Argentina, la tremenda guer- 
ra de 1825 con el Brasil. 

La obra de sus malos gobiernos debía á los pocos años ser 
expiada con su noble sangre por la nación que no pudo derro- 
carlos en oportunidad. 

Las victimas de esa política, ante el sublime heroísmo de los 
Treinta y Tres libertadores, debían arrebatar como arrebata- 
ron con su varonil ejemplo, al pueblo hermano, cuyos gobier- 
nos habían traído de la mano al victimario Portugués, y com- 
batir juntos los resultados de esa implacable guerra en que 
unidos Argentinos y Orientales cosecharon tan inmarcesibles 
glorias y soportaron tan grandes sacrificios. 



— 146 - 

Inevitablemente debia producirse en seguida de esta guerra, 
como se produjo, una de sus fatales y suicidas consecuencias . 

Sobrevino el peligroso ensoberbecimiento de algunos de loa 
más intrépidos y ambiciosos vencedores. En medio de las glo- 
rias militares tan penosamente adquiridas, tan admirablemente 
conquistadas por los triunfadores de la campaña de Ituzaingó, 
fomentóse ciegamente la ambición de mando, la prepotencia 
irrefrenada de algunos jefes argentinos aspirantes y revolto- 
sos, que debían oscurecer así esas glorias obtenidas no solo en 
la campaña del Brasil sino en toda la guerra de la Indepen- 
dencia en la mitad del continente Americano hasta el remoto 
Ecuador. 

Surgió de esa infatuación el militarismo terrorífico que es- 
tremeció á Buenos Aires con el injustificable motin müitar del 
1° de Diciembre de 1828, derramando sangre argentina en 
abundancia, conculcando todas las leyes y todos los derecbos, 
y concluyendo por levantar en Navarro el siniestro cadalso 
del mártir Dorrego. 

Digno fruto de esa infanda obra, vinieron tras de ella las 
invasiones armadas á las provincias del Interior, las convul- 
siones de cinco años de guerra civil atroz, implacable, en que 
surgieron caudillos sanguinarios y en los que la sociedad ater- 
rada, epiléptica, echóse en brazos del primer gobierno fuerte 
que le asegurase la paz y el orden, abriéndose así los cimientos 
de la tiranía de Rosas; y ulteriormente veinte años de devas- 
tación y de exterminio fratricida en toda la Rei^ública. 

Encadenamiento fatal de grandes errores y de odiosos crí- 
menes! 

Sin la traición de 1816, el Portugal no se habría atrevido á 
invadir la Banda Oriental; ni el Rio de la Plata habría enroje- 
cido sus raudales diez años después con la sangre de tres gene- 
raciones. 

Una política conciliadora, ilustrada, fraternal, en 1813, en 

u 



__ -146 — 

1815, en 1817, política elevada y reorganizadora, habria con- 
solidado la paz entre los hermanos de todas las provincias: ha- 
bría restituido ó dejado á los Orientales la exclusiva dirección 
de su administración interior, á que tanto derecho tenían: ha- 
bria hecho de ellos la incontrastable vanguardia de la nación 
argentina, escudándose unos con otros; y en sus condiciones de 
fuerte estado federativo, conservando su autonomía, con sus 
sobresalientes condiciones geográficas, con su hermosa capital 
marítima, con la feracidad de su suelo, con la iniciativa viril 
de sus hijos, oonvertidola en el Estado federal más rico y prós- 
pero á la par del de Buenos Aires. 

Esa política conciKadora y sabia en los Gobiernos Argenti- 
nos habria ahorrado á ambos pueblos hermanos sus más cruen- 
tos sacrificios, y eliminado de sus anales las páginas de triste 
recordación que los mancillan, y las que recien pudo suprimir 
y rescatar la soberbia declaración de independencia en la Flo- 
rida el 25 de Agosto de 1825, y la de la guerra al Brasil en 
1826 por el honorable patriota General las Heras. 

Los pueblos nunca deben olvidar esas severas y cruentísimas 
lecciones de su historia. 



■ » j> 3^ ^jS^Q>€^^-«- 



Carencia de la prensa periódica en 1815. 



Hemos meditado muchas veces sobre las causas que pueden 
haber influido para que durante los años que dominó en Mon- 
tevideo y en el resto de la entonces provincia Oriental la admi- 
nistración artiguista, haya podido estraviarse y mistificarse 
tanto la opinión piiblica; no solo en Buenos Aires, sino en todo 
el Virreinato, y en el exterior, respecto de esa administración 
y sus verdaderos hechos. 

Del mismo modo han podido oscurecerse y confundirse por 
medio de una red de enmarañadas argucias las verdaderas exi- 
jencias que hacia el General Artigas á los Directorios de Bue- 
nos Aires en sosten de la autonomia de su provincia, y de la 
dirección proi)ia de los intereses públicos por las autoridades 
que aquella quisiese elejir en uso de su soberanía interna. 

Una de esas principales causas es á nuestro juicio la falta de 
prensa periódica en Montevideo, no solo por carecerse de re- 
dactores que pudieran dirijirla, sino hasta por falta material de 
una imjjrenta. 

No existiendo una prensa periódica en Montevideo, se com- 
prende como se ha conservado en un completo desconocimien- 
to el carácter y tendencias de la administración de Artigas, du- 
rante tres años en la capital y cinco en el interior de la Pro- 
vincia; la realidad de los hechos ocurridos en ese período, su 
importancia, sus verdaderas y mas conocidas causas, y sus con- 
secuencias : así como todos los más gloriosos y honorables an- 
tecedentes relativos á los esftierzos y sacrificios hechos por la 
Provincia Oriental en bien de la independencia combatiendo á 
los españoles. 

Desde que no existía, pues, en Montevideo prensa periódica 



— 148 - 

de ninguna clase, pero ni siquiera se publicaban impresas las 
resoluciones y documentos oficiales para su debida promulga- 
ción y circulación, bien fuesen del mismo General Artigas, ó 
de su Delegado Barreiro, ó bien del Cabildo de Montevideo, 
que revestía el carácter y las facultades de Gobernador Político 
y Militar, resultaba que todo el funcionamiento de esas distin- 
tas autoridades y sus subalternos, quedaba completamente ig- 
norado en el exterior de la provincia, y aun debía ser muy im- 
completamente conocido dentro de ella misma . 

Ante esa falta irreparable de la ventajosa notoriedad que dá 
la prensa á todos los actos oficiales, á su hábil y bien fundada 
defensa, ó á la exposición de sus causas, á los comentarios de 
Sus ventajas y benéfica influencia, así como á la recordación de 
liechos notables ó importantes; se comprende como ha podido 
formarse y acreditarse impunemente, diremos así, una tan com- 
pleta mistificación de la verdad en todo lo ocurrido en la pro- 
vincia durante aquel período, falseándose los hechos de una 
manera tan audaz, y oscureciéndose y tergiversándose á man- 
salva cuanto ocurría en ella. 

De este modo, los enemigos del General Artigas contando 
con esa seguridad de no ser contradichos ni refutados pública- 
mente en su plan de difamación, han abusado de la más am- 
plia é indisputada libertad de acción. 

Asi han acumulado sobre la cabeza de aquel cuantos críme- 
nes y horrores han podido inventar; horrores y caliunnias que 
•no siendo nunca refutadas ni contradichas por nadie, más que 
en comunicaciones y documentos oficiales de Artigas y sus su- 
bordinados ó protegidos, que sus enemigos tenían muy buen 
cuidado de no reproducir ó publicar y que solo circulaban ma- 
nuscritos en esta Provincia, en donde hasta hoy mismo no son 
ellas conocidos en su mayor parte: han quedado por el hecho 
convertidas aquellas calumnias en verdades inconcusas, y en 
hechos consumados y reconocidos. 



— 149 - 

Todo lo contrario acontecía en Buenos Aires. 

Allí la prensa era decididamente de combate, y aunque exis- 
tiese una JuJifa Protectora de la Libertad de Imjjrenia, cuyo 
nombre parecía implicar la defensa de esa bermosa conquista 
de la revolución; en realidad, la atribución casi esclusiva de 
aquella era la de declarar <; de hecho si había ó no rrimen en él 
papel que daba mérito á la reclamación; » después de cuya de- 
claración el castigo del delito correspondía á la justicia ordi- 
naria. 

No existía, pues, ninguna libertad de imprenta, ni aun podía 
existir, dadas las condiciones de la época y la necesidad pri- 
mordial de fundar y robustecer á todo trance una autoridad 
patria, un gobierno nacional, que respondiese á los fines de la 
revolución argentina. 

Nuestro más ilustrado constítucionalísta el doctor Alberdi 
define tan bien el carácter de la prensa de aquella época, que 
no podemos rehusamos á transcribir algunos párrafos que ex- 
plican perfectamente nuestro pensamiento. Dice asi el doctor 
Alberdi: 

'< Bien, pues, ¿cual fué la conducta de la revolución respecto 
de la prensa en los años que siguieron á 1810 y á 1820? Esclu- 
siva y celosa, ó mas bien, decididamente política. La consagró 
esclusivamente al servicio de su causa, al grande objeto de 
crear la autoridad nacional. La j)rensa de Moreno, de Passo, de 
Monteagudo, de Alvarez Jonte, fué la prensa del Gobierno de 
Mayo, y no hubo otra. Los españoles, únicos adversarios de la 
autoridad patria naciente, no tuvieron prensa ni por el pensa- 
miento. Una palabra de oposición al gobierno de la patria^ 
hubiera sido castigada por el atentado. Si el gobierno de Mayo 
hubiese sido combatido en cada uno de sus actos por periódi- 
cos españoles publicados en Buenos Aires ¿habrían podido for- 
mar ejércitos Belgrano y San Martin ? Una ley de 26 de Octu- 
bre de 1811 proclamó el principio de la libertad de la prensa; 



— 150 — 

pero fué entendido que ese principio no sería empleado contra 
la revolución de Mayo y en defensa de los opositores españoles 
á la nueva autoridad patria. El abuso de la libertad fué decla- 
rado crimen; y se declaró abusivo todo escrito que comprome- 
tiese la tranquilidad ó la Constitución del Estado >.. 

Así como era considerado entonces un crimen el defender á 
los Españoles, castigado con <A destierro y aun con la muerte, 
la misma pena debia aplicarse á toda defensa de Artigas y de 
la causa de independencia provincial que él sostenía. 

Tratado Artigas como un monstruo, su defensa y aun la más 
pequeña atenuación de los cargos calumniosos que se le hacían, 
habría sido castigada entonces como crimen de lesa patria. 

No era posible, pues, encontrar defensores de Artigas en la 
prensa de Buenos Aires, y no debe olvidarse que el Coronel 
Dorrego, redactor de la Crónica, que acababa de ser jefe del 
regimiento de línea núm. 8, fué deportado á las Antillas con 
doce horas de plazo, por haber escrito un artículo en que de- 
mostraba los peligros de la invasión portuguesa á la Banda 
Oriental; así como mu}' poco después fueron también deporta- 
dos á Norte-América todos los demás redactores del mismo 
diaño, junto con otros ciudadanos adictos á las mismas ideas, 
por haber continuado haciendo una propaganda nada más que 
indirecta en favor de la causa de la Banda Oriental, ocupado 
ya Montevideo por los portugueses. 

Mal podría ocurrírsele á nadie después de estos terribles 
ejemplos, dados por el despótico Directorio de PueyíTedon, sa- 
lir á la defensa de Artigas, para calumniar al cual de la mane- 
ra más absoluta é impune se comisionó al Oficial Mayor del 
Ministerio de Gobierno D. Pedro Feliciano Cavia para que con 
cínicas imposturas elaborase su conocido libelo contra Artigas, 
aprovechando al efecto algunos de los conocimientos locales 
que poseía de la provincia Oriental, en donde residió tantos 
años, funcionando como Escribano público, y aun como Actúa- 



— 151 — 

rio de Gobierno, hasta que fué expulsado de ella y del ejército 
patriota junto con el General Sarratea en 1812, por obra y es- 
fuerzos del General Artigas. Para refutar al Cavia de 1818 
basta-ba oponerle el Cavia do 1820 como miembro del Cabildo 
de Lujan, glorificando al General entreriano Ramírez, subor- 
dinado hasta entonces á Artigas, y al gran flibustero el chile- 
no Carrera, eligiendo como Gobernador de Buenos Aires al 
General Soler, que en nombre de su ejército imponia al Cabil- 
do de la capital la destitución y persecución de todas las auto- 
ridades adictas á Pueyrredon, así como del Congreso Naeional, 
acompañando á Soler hasta que fué derrotado en San Niooláe 
por DoiTego, y tomado prisionero el mismo Cavia. 

Bastaba oponerle al Cavia de ese folleto -pasquín al Cavia 
de 1826 enzalzando entonces al partido federal, y principal- 
mente en 1843, como colaborador de La Gaceta Mercantil, con 
la serie de sus famosos artículos sobre las Perfidias y Crímenes 
dd Partido Unitario, á que él pertenecía y servía con tanto fa- 
natismo en 1818 y 19. 

Había, pues, en Buenos Aires una absoluta libertad y aún 
protección para difamar y combatir á Artigas. Pero existía 
también de hecho la más absoluta prohibición bajo severo cas- 
tigo de intentar ninguna publicación que importase, no solo 
defenderlo, pero ni siquiera escusarlo. 

La acción de la prensa oficial calumniadora fué pues, impune 
é írrefrenada. Durante medio siglo el nombre de Artigas ha 
quedado bajo la presión de esa atroz muerte civil. 

Poseyendo asi los enemigos del General Artigas los amplios 
elementos á su favor de ima prensa periódica, siempre á su 
disposición, y con una circulación extensa en los territorios del 
antiguo Vireinato, y en el exterior, se comprende como han po- 
dido abusar do e.se poderoso agente de combate, cuya carencia 
reducía ú Artigas y sus partidarios á una triste oscuridad, y lo 
que es peor todavía, á una absoluta impotencia y nulidad mo- 



~ 152 - 

ral para defenderse de la sistemática calumnia de sus de- 
tractores. 

De ningún modo debe atribuirse á este la causa ú origen de 
qtie se produjese tan lamentable hecho, y si exclusivamente á 
gu Delegado Barreii'O y á los miembros del Cabildo de Monte- 
video, que no hicieron bastantes esfuerzos para conseguir todos 
los elementos necesarios á fin de establecer una buena impren- 
ta y fundar con ella algún periódico. 

Existía en Mont,evideo una imprenta regularmente dotada 
para aquella época, que pertenecía también al Cabildo, como 
valioso regalo que junto con más de 50,000 duros en réjias al- 
hajas, lo había hecho á este cuatro años antee la célebre prin- 
cesa Carlota, mujer de don Juan YI de Portugal, soberana de 
carácter ambicioso é intrigante, que tanto aspiraba al dominio 
de estos territorios, según se verá en el cuerpo de nuestra obra. 

Por esa imprenta se publicó La Gaceta de Montevideo en la 
que el famoso fraile Cirilo Alameda, confesor años después de 
la Reina Isabel II y Arzobispo de Toledo, hizo sus primeros 
ensayos como empecinado partidario de la resistencia á toda 
transacion con los victoriosos sitiadores de esta plaza. 

Esa misma imprenta fué llevada por el General Alvear á 
Buenos Aires formando parte del inmenso botín de guen'a que 
tan indebidamente sacó de la plaza de Montevideo. 

Bien conocía el sagaz y voluntarioso Alvear la importancia 
del despojo que hacia al arrebatar esa imprenta, que era un 
bien municipal, privando á sus enemigos de tan útil auxiliar: 
él^ que cuatro años mas tarde debía venir asilado doiorosamen- 
te en Montevideo, á imprimir y darles tinta por sus brazos á 
tanto folleto, hojas sueltas y diatribas contra sus enemigos y 
rivales de Buenos Aires, desde San Martin hasta Pueyrredon, 
escritos por él mismo, y por José Miguel Carrera. 

Ese despojo, por mas insignificante que pudiera parecer en 



— 163 — 

aquellos tiempos, dejó sin embargo el mas ingrato y lamenta- 
ble vacío eu Montevideo en cuanto á elementos de publicidad. 

El General Artigas lo reconoció muy bien, sabiendo apre- 
ciar debidamente la falta que le hacia una imprenta, pues es 
digno de recordarse que en las conferencias que tuvo en Pay- 
sandú con los comisionados del Director Alvarez, el Coronel 
Pico y el Sr. Rivarola, á fin de arreglar las bases definitivas 
de concordia, entre las varias exigencias que presentó, fué una 
de ellas la devolución de dicha imprenta, junto con una parte 
del armamento sacado de Montevideo por el General Alvear. 

No está de más recordar aquí también, la singular idea que 
entonces tuvo el General Artigas, tanto más singular en un 
hombro de guerra, tan vilipendiado por sus enemigos, y califi- 
cado como ignorante y retrógrado, de exigir que se le entre- 
gase por el gobierno de Buenos Aires, una cantidad de iitiles y 
herramientas de agricultura, asi como de simientes, destinadas 
á los labradores de la provincia, que hablan contribuido con el 
fruto de sus cosechas, al abastecimiento del ejército sitiador de 
Montevideo. 

De todos modos, el hecho digno de lamentarse como una 
gran deficiencia para la historia americana, y como una escue- 
la menos de progreso entonces, es que por una razón ó por otra, 
la administración del General Artigas en la provincia Oriental 
se vio privada siempre de la útilísima cooperación y auxilio que 
pudo proporcionarle la prensa periódica y con ella la imprenta, 
dejándolo asi sin defensa ni refutación ante las calumnias sis- 
temáticas de sus enemigos. 

Para demostrar que el General Artigas se apercibió perfec- 
tamente bien de la falta que le hacia la imprenta, queremos 
reproducir á continuación algunos párrafos do tres distintas 
notas dirigidas al Cabildo de Montevideo, en (jue lo urge á fin 
de que se preocupe «le la adquisición de imprenta, y fundación 
de un periódico. 



— 164 — 

Así se verá también cuanto se complace al recibir el pros- 
pecto de un periódico, que no hemos podido haber á las ma- 
nos, y que sin duda fué el único número que se imprimió 
entonces. 

Al formar un juicio sobre esta sensible deficiencia de aque- 
lla época, es necesario no olvidar en cuanto se relaciona con el 
General Artigas, que este se hallaba siempre preocupadísimo 
en su campo de Purificación^ con las exigencias apremiantes 
de la guerra que se le hacia, y á que tenia que atender tras- 
ladándose unas veces á las fronteras de Misiones, otras á las de 
Entre -E,ios y Corrientes, y otras principalmente á Santa-Fé, 
á mas de 200 leguas de la capital. 

Contestando á esas exigencias de Artigas respecto á un pe- 
riódico, trascribiremos después una respuesta del Cabildo, in- 
formándole que no se publicaba por falta de una persona que 
pudiese redactarlo, desde que el doctor don Mateo Vidal se 
hallaba muy enfermo, y el presbítero señor Larrañaga no tenia 
tiempo por las atenciones de su curato, para dedicarse á esa 
nueva tarea. 

Hé aquí los párrafos de las notas á que antes hemos hecho 
referencia : 

« Habida en Montevideo la imprenta con sus operarios, pón- 
gala V. S. en ejercicio, ya por un tanto al encargo de algún 
periodista, ya por cuenta de ese Cabildo. Delibere V. S. lo me- 
jor, tanto por lo relativo á la impresión, como por los fondos 
que pudiera aumentar á esa Municipalidad . » 

Dos meses después se preocupa del mismo asunto del modo 
siguiente : 

<-. He recibido con el honorable de V. S. de 14 del corriente 
el Prospedo Oriental^ primer fruto de la prensa del Estado, y 
conveniente para fomentar la ilustración de nuestros paisanos. 
Yo propenderé por mi parte á desempeñar la confianza que en 
mi se ha depositado, con los escritos que crea convenientes á 



— 155 — 

realizar tan noble como difícil empeño . Entre tanto V. S . de- 
be velar para que no se abuse de la imprenta . 

« La libertad de ella, al paso que proporciona á los buenos 
ciudadanos la utilidad de espresar sus ideas y ser benéficos á 
sus semejantes, imprime en los malvados el prurito de escribir 
con brillos aparentes y contradicciones perniciosas á la socie- 
dad. Por lo mismo, el periódico está juicioso, y merece mi 
aprobación. 

<' La solidez en nuestras empresas ha dado la consistencia 
precisa á nuestra situación política, y es difícil se desplome es- 
ta grande obra, si los escritos que deben perfeccionarla ayudan 
á fijar lo sólido de sus lundamentos. Por lo tanto, V. S. man- 
de invitar por el periodista á los paisanos^ que con sus luces quie- 
ran coadyuvar á nuestros esftierzos, excitando en ellos el amor á sii 
país, y el mayor deseo j^or ver realizado el triunfo d-e la libertad. 
V. S. es encargado de este deber, y de adoptar todas las me- 
didas conducentes á realizar como de evitar las que puedan 
contribuir á imposibilitarlo. » 

Tengo la honra, etc. 
Campamento, Octubre 23 de 1815. 

José Artigas. 

Y en su nota da fecha Noviembre 12 de 1816 decia el mismo 
lo siguiente: 

« Pocos y buenos somos bastantes para defender nuestro 
suelo del primero que intente invadimos. Para mi es muy do- 
loroso no haya en Montevideo iin solo paisano que encargado de 
la prensa, dé á luz sus ideas, ilustrando á los Orientales, y procu- 
rando instruÍ7'los en sus deberes . Todo me penetra de la poca de- 
cis^io7i, y la falta de espíritu público que observo en ese pueblo. » 

Y en otra nota de fecha 25 del mismo Noviembre decia lo 
siguiente: 



— 166 — 

« Al cabo la Prensa de Montevideo ha salido á luz con ob- 
jetos dignos de la pública estimación. Sobre ellos podrían for- 
marse las mejores reflexiones: con ellas se adeJaniaría el conven- 
cmientü, ¡a energía, y la ünstracion imra que los periódicos de la 
Imprenta coadyuvasen á cimentar lairáUica felicidad. :> 

Véase otra nota en que recomienda la publicidad por medio 
de la prensa, de uno de sus oficios en que excitaba el patrio- 
tismo oriental. 

<í Es preciso que V. S. me designe uno ó dos sugetos de los 
vecinos existentes entre Maldonado, S. Carlos, Rocba y Sta. 
Teresa para oficiarles, y que formen el arreglo conveniente de 
todo aquel vecindario en escuadrones de caballeria. 

« Igualmente se hace forzoso que V. S. dé á la prensa la car- 
ta que en copia remití á V. S. en el correo anterior, proclaman- 
do á los pueblos para sostener sus derechos, en virtud del nue- 
vo peligro que les amenaza. 

« Así e^ público estará penetrado de sus deberes, y del en- 
sanche que debe dar á la heroicidad de sus sentimientos. » 
Tengo la honra, etc. 

José Artigas. 
Cuartel General, Enero 27 de 1816. 

Al muy Ilustre Cabñdo de Montevideo. 

Casi á la conclusión de la gueiTa y días antes de iniciar su 
última invasión al territorio de Rio Grande, preocupándose de 
hacer conocer á los pueblos de la Provincia el entusiasmo y 
constancia que lo animaban, dirigía al Cabildo de Canelones 
su nota 7 de Noviembre de 1819, en la que se referia á la pren- 
sa en los términos siguientes : 

« Ya supongo en manos de V. S. los primeros frutos de la 
« prensa. Adjunto á V. S. esos otros ejemplares para que sean 



— 157 — 

« distiibuidos eutre los ¡iueblos de ese Departamento, y ellos 
r. sirvan de un nuevo comprobante al objeto de nuestros 
« afanes. » 

Con las pruebas que hemos aducido se reconocerá que Ar- 
tigas procuraba hacer luz sobre todos sus actos, buscando en 
la prensa ese fecundo auxiliar que tanta falta le hacia, j del 
cual á su tumo tanto abusaron sus enemigos para difamarlo 
y combatirlo. 

Ya que tratamos de este asunto, y como una prueba mas de 
las tendencias liberales y verdaderamente ilustradas de Arti- 
gas en el sentido de propender á la mayor instrucción de sus 
comprovincianos fsobre lo cual presentaremos muchos otros 
justificativos en el texto de la obra), permitasenos trascribir 
aqui algunos párrafos de la nota en que contestaba á otra del 
Cabildo comunicándole la inauguración de la Biblioteca Pú- 
blica, debido á los esfuerzos del ilustrado patricio presbítero 
Larrañaga. 

No se extrañe, ni se considere como una arbitrariedad el he- 
cho de disjyoner Artigas de la biblioteca particular del exce- 
lente cura Ortiz, recordándose que se hallaba entonces en ac- 
tiva guerra con el Gobierno de Buenos Aires. 

« Conozco las ventajas de una Biblioteca Pública, y espero 
que V. S. cooperará con su esfuerzo é influjo á perfeccionarla, 
coadyuvando á los heroicos esfuerzos de un tan virtuoso ciu- 
dadano. 

« Por mi parte dará Y. S. las gracias á dicho paisano; protes- 
tándole mi más íntima cordialidad ; y cuanto dependa de mi 
influjo por el adelantamiento de tan noble empeño. Al efecto, 
y teniendo noticia de una librería que el finado cura Ortiz dejó 
para la Biblioteca de Buenos Aires, V. S. hará las indagacio- 
nes competentes, y si aún se halla en esa ciudad, apliqúese de 
mi orden á la nueva de Monte^'^deo. Igualmente, toda la libre- 
ría que se halle entre las propiedades estraiias se dedicará á 



— 168 — 

tan importante objeto. Espero que V. E. contribuirá con sn 
eficacia á invitar los ánimos do los demás compatriotas á perfe- 
ccionarlo, y que no desmayen en la empresa hasta verla reali- 
zada. 

« Tengo la honra etc. Cuartel General, Agosto 12 de 1815. 
José Artigas. Al muy Ilustre Cabildo, etc. , etc. 



— *^^®i(^^ 



Artigas no fué caudillo en la acepción que se ha 
dado á esta palabra : fué un reformador polí- 
tico. Un discurso suyo. Origen de su separación 
de las líneas sitiadoras de Montevideo. 



En las luchas civiles argentinas siempre liemos considerado 
como verdaderos caudillos á aquellos jefes militares que por 
sus triunfos, ó por sus fuerzas en armas, ó por su misma supe- 
rioridad intelectual, llegaban á asegurarse en los territorios en 
donde preponderaban, cierto grado de prestigio, mal ó bien 
adquirido y empleado, según era más ó menos buena ó mala 
su Índole y educación personal, y las tendencias de la causa 
que sostenian. 

Pero ademas de estas cii'cunstancias capitales, el caudillo 
asumia, ó pugnaba siempre por asumir en su territorio un re- 
medo de omuinotencia autoritaria, no permitiendo jamás que 
ésta fuese ni compartida ni coartada por ninguna otra autori- 
dad, desde que todas debían ser sus humildes y dóciles instru- 
mentos. 

Así, pues, lejos de crear nuevas autoridades civiles, disiden- 
tes por lo general con ellos, tendían casi siempre á supiimir- 
las ó á anularlas si existían; y en lo que menos pensaban era 
en crearlas, ni organizar ninguna corporación que pudiera 
compartir con ellos su dominio ó mando, el cual debía ser siem- 
pre unipersonal y esencialmente militar. Por otra parte, en 
sus aspiraciones no se dejaba ver por lo general sino la satis- 
facción sensual de sus pasiones y sed de mando. 

Diseñadas estas cualidades elementales, como el perfil más 
característico de nuestros caudillos de segundo orden en todas 



— 160 — 

las guerras civiles que han asolado las provincias argentinas, 
se reconocerá quo. ellas eran diametrabnente distintas de las 
que presenta siempre Artigas como regla usual de su conducta'. 

El renombre del Q-eneral Artigas no es puramente militar 
como caudillo, y como intrépido defensor de su tierra natal. 

El vencedor de las Piedras no debe ser considerado tan solo 
como el gran soldado civico á quien los pueblos de la Provin- 
cia Orienta], del Éntrenos, Corrientes, Santa Fé y aim de Cór- 
doba la doctoral, confiaban el triunfo de fms aspiraciones, por 
que tenian ciega fé en la pujanza de su brazo, en la habilidad 
de su táctica, y en el heroísmo de sus tropas. 

Habia en ese eminente ciudadano excelentes aspiraciones 
políticas, y aún inclinaciones y aptitudes de reformador, de or- 
ganizador administrativo, de hombre metódico de progreso, 
como lo probaremos acabadamente, que buscaba con decisión 
y energía imponer ante todo en el gobierno patrio la igualdad 
y autonomía provincial que recien vino á hacer práctica en la 
Eepública Argentina la gran Constitución de 1853; así como 
establecer avanzadas condiciones de orden y libertad en la so- 
ciedad civil de su pueblo . 

Si no llegó á desarrollar y consolidar un orden representati- 
vo en la provincia como lo intentó tres veces, y á implantaren 
ella alguna de las instituciones más avanzadas de su época, no 
faé culpa de él sino de las guerras incesantes en que se vio en- 
vuelto, y en las que tuvo que concentrar toda su atención como 
cuestión de vida ó muerte para su pro^-incia y para él. 

El conocimiento y estudio imparcíal de los más culminantes 
hechos de Artigas acreditan y evidencian esta afirmación, que 
prevemos será recibida con necio escarnio por sus detractores. 
Es por esta misma causa que deseamos comprobarla de la 
manera más incuestionable, con tanta mayor razón, que ella no 
Be ha tenido en vista por sus más apasionados adictos, ni mu- 



— 161 — 

cho menos por sus ad\'Grsanos7 al apreciar el carácter de aquél, 
la índole de sus tendencias, y el uso que luzo de su autoridad. 

Apenas entrado á la vida pública, ya dio claras pruebas Ar- 
tigas do que, excepción licclia de los elementos y orgauizacion 
militar que eran la base de su fuerza y de sus medios de pre- 
dominio y resistencia, cortaba muy distante de procurar esa, 
absorción do mando y de facultades que casi siempre lian sido 
el rasgo distintivo de nuestros primitivos caudillos. 

Poseyendo en grad(> -eminente muclias de las condiciones 
que kacian sobresalir á éstos, como la intrepidez, la actividad, 
la sagacidad, además de nobles y atractivas cualidades persona- 
les, lo vemos ya. en medio de las atenciones de la guerra al 
frente de Montevideo, en el primer asedio, procurar entro sus 
comprovincianos la preparación de un manifiesto, como con^- 
guió presentarlo, suscrito por el mayor número de vecinos in- 
mediatos y más respetables, á fin de influir en el ánimo del 
Delegado do la Junta de Buenos Aires Dr. Julián Pérez , 

Trató así, rodeándose de la opinión y sufragio de sus com- 
provincianos, de combatir el abandono que se intentaba hacer 
2)or aquel Gobierno, y que al fin se hizo, de la Provincia Orien- 
tal, devolviéndola al poder do los españoles, cuyo despotismo 
tanto aborrecían esos mismos vecinos en armas para comba- 
tirlos. 

Este rasgo inicial en la carrera pública de Artigas que lo 
hace buscar en la mayor suma do opinión la fuerza propia, so 
acentúa y robustece en el segundo asedio de Montevideo del 
modo más característico y laudable. 

Al frente de las Divisiones Orientales, en continuos comba- 
tos con los sitiados, no siendo entonces la provincia en la par- 
te ocupada por los insurgentes sino un teiTÍtorio en armas sin 
más autoridad que la militar, propónese organizar por sí mis- 
mo una administración provincial sobre la base de los Cabildos 
y pedir á los ciudadanos su sufragio para la creación de un 

12 



— 162 — 

gobierno económico y municipal, y á la vez la formación de 
Juntan electorales para la designación de electores de dipu- 
tados. 

De esta tan laudable iniciativa de Artigas, surgieron los. 
Congresos de 5 y 21 de Abril de 1813, y con ellos la organiza- 
ción del primer verdadero gobierno popular de la provincia 
(sobre cuyo funcionamiento, doloroso es decirlo, no bay sino 
escasas apuntaciones) teniendo que lucliar para ello obstinada- 
mente contra la oposición recomendada imperativamente por el 
Directorio de Buenos Aires al General en jefe del ejército si- 
tiador, General Rondeau, quien sin duda debia escandalizarse 
del proceder de aquel extraño jefe militar, criollo de raza dis- 
tinguida, pero que ni siquiera habia tenido la ventaja como él de 
"viajar y servir en Europa, que pretendía contra todas las reglas 
disciplinarias, levantar en el mismo país militarizado, sin ningu- 
3aa organización política anterior en una época necesariamen- 
te desordenada y tumultuosa, aquella nueva entidad civil que 
no tenia precedente alguno en las demás provincias, y que tan- 
to debia y podia coartar la libre acción de las autoridades mi- 
litares en su absorción y desconocimiento de todos los derechos 
del vecindario oriental en los distritos rurales. 

Es muy conveniente oir á este respecto la opinión del Gene- 
ral Rondeau en su conocida Aufohioffrafía, pues ella ilustra 
Men este episodio, a?í como dá la medida de la superioridad 
de vist<.i.s y espíritu reorganizador de Artigas sobre las de su 
retrógrado jefe, destinado asi mismo por el acaso á ser el pri- 
mer gobernante del futuro Estado Oriental, de acuerdo con el 
voto de la Asamblea en Diciembre de 1829. 

« El General Artigas (dice Hondean) para quien algún tiem- 
po anterior no era dudosa la rendición de la plaza de Montevi- 
deo, concibió el proyecto de convocar un Congreso para que 
este representase á la provincia Oriental, después que la des- 
alojasen totalmente los Españoles, y me lo comunicó con el fin 



— 163 — 

de que yo no pusiese obstáculos á la convocatoria de diputados 
que se proponía hacer para que lo integrasen; por cierto que 
sjcjuel seffun el modo de expresarse, parece se creía con bastante 
autoridad para dictar aqiceUa medida, á que me opuse abierta- 
mente, haciéndole conocer que su proyecto era muy desacerta- 
do, por cuanto no estaba facultado para llevarlo á efecto, y que 
yo no podia consentirlo sin grande responsabilidad: mucho le 
desagradó la manera como yo veia este negocio, y entonces m© 
dijo que se dirigiría al gobierno supremo para obtener su ve- 
nia, aunque hasta ese momento era lo menos en que hahia 2?en- 
sado^ porque el á lo que aspiraba era d desconocer su ingerencia 
en la provincia Oriental^ desde que se comiluycse la rjuerra. 

« Al mismo tiempo que yo di cuenta al gobierno de la con- 
sulta que me habia hecho el general Arfigas y resultados, él 
también la elevó con el objeto de merecer la aprobación: el go- 
bierno estuvo tan franco que permitió Ja reunión del Congreso 
pretendido, pero no fué Artigas el comisionado para convocar 
los miembros ó diputados que habian de formarlo, sino yo, ba- 
jo de una instrucción que se me acompañaba, siendo también 
nombrado presidente para la elección preparatoria. » 

¡Qué bien se descubre en esas palabras é ideas tan absolutas 
y retrógradas de Rondeau la gradiial incubación de la inde- 
pendencia Oriental contra la reacción disciplinaria que quería 
ahogarla en su génnen ! 

A fin de justificar nuestro juicio sobre el carácter do las ten- 
dencias reformadoras de Artigas, entre tantas pruebas como 
aduciremos al efecto, llamamos la atención del lector al notable 
ciiscurso que reproducimos á continuación el cual no se ha pu- 
lqueado hasta ahora, pronunciado por Artigas en la apertura 
del Congreso de cinco de Abril de 1813, siendo investido por 
éste con el carácter y fiícultades de Gefo de los Orientales, co- 
mo Presidente del Cuerpo Municipal, y gobernador militar. 

Los conceptos de ese discurso ó alocución proyectaban y re- 



— 164 — 

clamaban 3''a de una manera termina.nte, la solución del proble- 
ma político cuyos misteriosos contornos apenas lioy mismo 
después d? tantos años lian podido descubrii-se entre las va- 
guedades históricas de aquella época. 

Artigas la presentaba á la consideración de aquella inexper- 
ta Asamblea como aiesiion iirhia para la vida futura de la 
Provincia Oriental, echando así las bases desde entonces de 

Tina indisputada autonomía, generadora fecunda de la indepen- 
dencia, que gradualmente debía ir ensanchándose hasta llegar 
á ser nacional. 

Hay realmente motivos de asombro cuando se vé que decla- 
raciones tan sorprendentes y radicales en su aspiración han pa- 
sado desconocidas ó desapercibidas para algunas generaciones 
durante setenta y un años, y que recien ahora vienen á presen- 
tarse á la admiración de una remota posteridad en su verdade-. 
ra y genuina faz. 

En esas declaraciones de Artigas, de si debía reconocerse á la 
Junta Guhernativa ds. Buenos Aires formada entonces por el 
Tjjunm'^o^de Rodríguez Peña, doctor Julián Pérez y Alvares 
Jontc; para someterse á ella, ó considerársele simplemente como 
auxiliadora, que era como únicamente la consideraba Artigas 
en 1812 y 1813, se esconde el secreto de la tremenda lucha que 
jurante tantos años ensangrentó las Provincias del antiguo 
Vireinato, y presentó á Artigas, el emancipador de su pueblo, 
<3onio el blanco de las enconadas calumnias de sus enemigas 
como un bárbaro caudillejo, muy lejos de reconocerse en el á 
un reformador político. 

He aquí dicha alocución que necesita para ser bien com- 
prendida conocer á fondo los incidentes históricos á que se re- 
fiere, y los que mas adelante apuntaremos sumariamente. 

« Ciudadanos. — Mi autoridad emanó de vosotros, y ell* 
vive por vuestra presencia soberana; vosotros estáis en el pl&- 
no goce de vuestros derechos; ved ahi el fruto de mis ansias y 

\ 



— 165 — 

desvelos, y ved alii también todo el premio de mi afán. Aho- 
ra en vosotros está el conservarla: yo tengo la satisfacción 
hermosa de presentaros de nuevo mis sacrificios si queréis ha- 
cerla estable. 

Nuestra historia es la de los héroes. El carácter constante y 
sostenido que habéis ostentado en los diferentes lances que 
ocurrieron, anunció al mundo la época de la grandeza. Sus mo- 
numentos majestuosos ge hacen conocer desde los muros de 
nuestra ciudad hasta las márgenes del Paraná: cenizas, rios do 
sangre, y desolación, ved ahí el cuadro de la Banda Oriental, 
y el precio costoso de su regeneración! Pero ella es Pueblo li- 
bre! El estado actual de sus negocios es demasiado critico para 
dejar de reclamar vuestra atención. 

« La Asamblea General tantas veces anunciada empezó ya 
sus sesiones en Buenos Aires: su reconocimiento nos lia sido or- 
denado. Resolver sobro este particular ha dado motivo á esta 
congregación; porque yo oíenderia altamente vuestro carácter 
y el mió; vulneraría enormemente vuestros sagrados derechos, 
si pasase á decidir por mí una materia reservada á vosotros. 
Bajo este principio yo tengo la honra de proponeros los tres 
X3untos que ahora deben ser el objeto de vuestra espresion so- 
berana: 

1.** Sí debemos proceder al reconocimierdo de ¡a A?amUea, vor 
obedecimiento ó jijor pacto. 

2.** Proveer de mayor número de diputados que sufraguen. 
por este territorio en dicha Asamblea. 

S.** Instalar aquí una autoridad que restablezca la ecoiiomía 
del país. 

« Para facilitar el acierto en la discusión sobre los puntos 
indicados, debo haceros presente, que el garantir las consecuen- 
cias del reco7iodmicnto, no es 7ic(/ar d reconocimiento; y bajo todo 
principio nunca será compatible un reproche á vuestra conduc- 
ta: en tal caso con las miras liberales y fundamentos que au- 



— 166 — 

torízan, hasta la misma instalación de la Asamblea, nuestro te- 
mor os ultrajaría altamente. Y si no hay motivo para creer 
que esta vtdnere micstros derecIwSj tampoco debemos tenerle pa- 
ra atrevernos á pensar que increpe nuestra precaución 

Todo estremo envuelve fatalidad: por ello, una desconfianza 
desmedida fracasaría los mejores planes, ¿pero es por eso me- 
nos temible un exceso de confianza ? 

« Paisanos, pensad, meditad, y no cubráis del oprobio las 
glorias, los trabajos de 529 días en que visteis restar solo es- 
combros y ruinas por vestigio de nuestra opulencia antigua. 
Traed á la memoña las irdrigas del Aytiy^ el compromiso del Yí, 
y las transgresiones dd Paso de la Arena . » 

« A cuál execración será comparable la que ofrecen esos 
cuadros terribles; corred los campos ensangrentados de Belén, 
Yapeyú, Santo Tomé, Ttapebí; visitad 1 as cenizas de vuestros 
conciudadanos, para que ellos, desde el hondo de sus sepulcros 
no nos amenacen con la venganza de una sangre que vertieron 
para hacerla servir á vuestra grandeza. Preguntaos á vosotros 
mismos si queréis volver á ver crecer las aguas del Uruguay 
con el llanto de vuestras esposas, y acallar en los bosques el 
gemido de vuestros tiernos hijos! ...» 

Se reconocerá que asi mismo, trunco como es ese discurso, 
hay en sus palabras la consagración de la independencia que 
se alzaba contra la opresión española, para protestar también 
contra cualquiera otra, viniese de donde viniese. Para su me- 
jor comprensión, debemos apartarnos de nuestro estudio, á fitn 
de dar algunas explicaciones sobre ciertas alusiones contenidas 
al final de esa alocución. 

El General Artigas se refiere en estos últimos conceptos á 
las distintas y odiosas causas de agravio que tanto lo habían 
ofendido de parte de algunos gobernantes y jefes de Buenos 
Aires, principahnente de Sarratea, como Greneral en Jefe del 



— 167 - 

ejército que de allí fué enviado por el Triunvirato de que él 
mismo formaba parte. 

« Las intrigas dd Ayuyy> se refieren á la irritante y hostil re- 
solución adoptada por Sarratea de arrancarle á Artigas, con el 
pretesto de hacerlas nacionales, va,rias de las principales divi- 
siones Orientales que él habia formado, adiestrado y organiza- 
do, y en las que cifraba con razón su legítimo orgullo desde la 
victoria de las Piedras, como fuerzas esclusivamente pertene- 
cientes á la Provincia Oriental . 

Esa usurpación odiosa y agresiva llevóse á cabo por Sa,rra- 
tea, tanto por intrigas y seducciones do grados y honores pro- 
digados por éste, cuanto por respeto á la disciplina de la auto- 
ridad superior, acatada por el mismo Artigas. Fué de este 
modo como se le hicieron sejíarar de su campamento, para po- 
nerlos directamente á las inmediatas órdenes de Sarratea, al 
Regimiento de linea de Blandengues, en que Artigas habiíu 
servido desde 1797, la división de milicianos de Baltasar Bar- 
gas, y la do Pedro Viera, llevándose con ellos algunos gefes 
distinguidos como Ventura Vázquez y Eusebio Balder.egro, 
que brillaron más tarde en la milicia por sur hechos distingui- 
dos, privando así á Artigas de tan excelente cooperación. 

Esa verdadera disolución del ejército oriental, producida por 
los que so consideraban como meramente aii-xili adores en su 
empresa de libertar la Banda Oriental, fué siempre para Arti- 
gas, con incuestionable justificación, una causa de profundo y 
provocado resentimiento; el que influj'ó tanto en sus actos ul- 
teriores, y muy poco después en la separación y expulsión do 
Sari'atea y varios otros jefes del ejército patriota acampado en 
el Corrito, incluyendo en esa expulsión á todos los principales 
oficiales que aquel le hizo defeccionar de su ejército. 

El cotnprotniso del Yi se refiere á la violación hecha por Sar- 
ratea de un pacto ó convenio arreglado en las inmediaciones 
'de aquel rio entro Artigas y los emisarios do Sarratea D. To- 



— 168 — 

anas García de Zúñiga, D. Juan Medina, D. Felipe Pérez, y 
otro ciudadano distinguido. 

• Artigas, ya revelado á consecuencia de las agresiones ante- 
riores contra la autoridad de Sarratea, liabia retenido la Comi- 
saria y algunos cuerpos que cruíjando por el interior venían de 
Buenos Aires á incorporarse al ejército frente á Montevideo; y 
exigía la separación de aquel gefe del mando de dicho ejército, 
como un elemento de discordia y funesta zizaña entre argenti- 
nos y orientales ; prometiendo con tal de realizarse esa separa- 
ción, no solo dejar libre paso á aquellos cuerpos, sino incorpo- 
rarse también á dicho ejército con todas sus divisiones . 

Artigas ante las seguridades y promesas que le dieron aque- 
llos comisionados orientales á quienes tanto distinguía como 
amigos y compañeros de causa, y efe la perfecta confianza que 
estos le infundieron de que Sarratea dejaría el mando del ejér- 
cito tan luego como llegasen al Cerrito aquellas fuerzas, per- 
mitió su paso, auxiliándolas con caballos y bueyes . 

Se comprende que en esta mañosa estratagema no había de 
parte de Sarratea la menor disposición á cumplir aquella pro- 
mesa, y quo deíando comprometidos malamente para con Arti- 
gas aquellos comisionados orientales que habían creído en su 
Imena fé, continuó en el mando del ejército hostilizando siem- 
pre á Artigas, sin pensar en abandonar aquel, hasta tanto que 
Artigas y E,ondeau convinieron en su deñnitiva espulsion como 
se realizó días después. 

• Las traViSgrcsiones del Paso de Ja Arena significan las nuevas 
intrigas que puso en juego Sarratea una vez que el General 
Artigas aproximándose al sitio de Montevideo, estableció su 
campamento sobre el Rio de Santa-Lucia, en el paso indicado. 

El comandan Otorgues recibió de Sarratea, por conducto de 
don Juan José Aguiar, toda clase de ofertas para que defeccio- 
nase de Artigas, prometiéndole que lo ascendería á coronel de 
linea, y lo reconocería en el mando del ejercito oriental, ade- 



— 1G9 — 

más de fuertes sumas de dinero que se le entregarían para él y 
sus oficiales . 

Asegurase, además, que Sarratea le envió un rico sable y un 
par de pistolas, para que con ellas se hiciese respetar de Arti- 
gas: y aún para asesinarlo^ aseguran otras crónicas de aquella, 
época, y las mismas añrmaciones de Otorgues . 

Este gcife con noble lealtad resistió esas atractivas tentacio- 
nes, y dio cuenta de ellas á Artigas, quien tuvo entonces más 
fundado motivo aún para redoblar sus exijencias sobre la ex- 
pulsión de Sanatca, sus adictos y parciales, entre les que in- 
cluia á su secretario don Pedro Feliciano Cavia, 

Lo que más agrió entonces á Artigas fué que todos los gefos 
expxdsados, entre los cuales se hallaban don Francisco Javier 
de Viana, don Ignacio Alvarez Thomas, don Ventura Vázquez» 
don Pedro Viera, don Ensebio Valdenogro y otros, recibieron 
un ascenso en su grado militar á su llegada á Buenos Aires 
como una reprobación implícita de aquel acto de severa pera 
salvadora justicia militar. 

Pero aún hay más á este respecto. En una publicación con- 
tra Sarratea que hizo en 1820 el enérjico Diputado al Congreso 
de Tuouman don Tomás Manuel de Anchorena, aseguraba que 
aquél pidió en notas de 2 y 3 de Diciembre de 1812 dirigidas 
al Gobierno de Buenos Aires, autoiizacion para batir á Arti- 
gas, la que le fué negada; pero que asi m.ismo publicó en el 
ejército una orden del día, por la cual declaraba traidor á Ar- 
tigas, y nombraba para sustituirlo en el mando de !as divisio- 
nes Orientales al Coronel don Femando Otorgues . ^Quoenton- 
« ees (agrega el doctor Anchorena 'i Artigas so acabó de irritar 
« más, y desplegando todo el furor de su ira comenzó á hostili- 
« zar nuestro ejército por cuantos medios le fué posible, y 
« mostraba á cada paso la cada privada que CatUina (asi 11a- 
« maba Anchorena á Sarratea) dirigió á dicho Otorgues para 
« que lo asetiinaso, á cuyo efecto, creyéndolo seducido, lo había 



— 170 — 

<( honrado con el expresado empleo y regaládole un par de pis- 
« tolas y un sable. » 

Incidontalmente debemos agregar que Sarratea trató de de- 
fenderse de esos cargos, asegurando que por el contrario, había 
propendido á la unión entre orientales y argentinos, rehusán- 
dose á cumplir la orden que se le dio por el Gobierno de 
aprehender á Artigas y pasarlo inmediatamente por las armas 
ó remitirlo á Buenos Aires bajo segura custodia, para ser juz- 
gado allí. 

Rstos distintos antecedentes, á cual más eficaces en su acción 
conjunta para ahondar la discordia que ya venia acentuándose 
con la conducta imprudente y agresiva del Geiieral en Oefe 
Sarratea, esplicarán al lector la mala impresión, cuando menoe, 
con que Artigas debia abrir ese Congreso, el cual por la reso- 
lución de la Asamblea Constituyente reunida en Buenos Aires, 
debia prestarle á esta homenaje, y jurar la obediencia de esta 
Provincia al Gobierno revolucionario de] Tiiunvirato que po- 
cos meses antes había violado los compromisos de la revolución, 
de Mayo para con esas mismas provincias, espulsando de Bue- 
nos Aires ¿ sus Diputados. 

Volviendo ahora á la alocución del General Artigas, y á fin 
de que se comprenda mejor el tino político y la previsión cívi- 
ca con que él establecía y definía hábilmente las condiciones 
y reservas con que debia prestarse el reconocimiento de obe- 
diencia exigido por la Asamblea Constituyente á las autorida- 
des de cada provincia, nos complacemos en reproducir á conti- 
nuación las opiniones análogas emitidas sobre el mismo acto 
por D. Nicolás Laguna, uno de los miembros de dicha Asam- 
blea, diputado á ella por el Tucuman en un Informe que él 
presentó al Cabildo de esta provincia. 

Laguna era un ciudadano ilustrado y circunspecto que evi- 
denciaba en su Informe una sorprendente identidad de opinio- 
nes políticas con las emitidas por Artigas en la alocución an- 



— 171 — 

torior, identidad que revelaba cual debia ser la opinión j)úbli- 
oa al respecto. 

El mismo General Mitre en su Historia de Bélgrano (tomo 2.® 
página 148) aunque refiriéndose al año 16, confiesa del modo 
que va á verse cuánto se venia generalizando en todas las pro- 
vincias ese sentimiento de independencia local sobreexcitado 
sin duda por la misma abusiva opresión que quería ejercerse 
sobre ellas. 

Esa independencia que tan acerbamente se ba reprobado en 
la Provincia Oriental, y que tanto se ha atenuado en las de- 
mas, era sin embargo la expresión genuina y legitima de las 
aspiraciones de la mayor parte de esas provincias desde Santa 
Fé hasta Salta. Dice así el General Mitre: 

« Do los pueblos que en 1816 formaban teóricamente parte 
de las Provincias Unidas cuya independencia se proclamó en 
Tucuman, casi una mitad no reconocía su le\'. El Paraguay se 
habia segregado de hecho de la comunidad, bajo la dictadura 
•de Francia. La Banda Oriental, bajo el caudillaje de Artigas? 
estaba en abierta insmTeccion contra el gobierno general, for- 
mando una especie de Confederación ó liga do caudillos con 
Entre-Bios, Corrientes y Santa Fe, que se negaron á enviar 
sus Diputados al Congreso Nacional, Córdoba trabajada por la 
influencia disolvente de Artigas, y por ideas truncas de fede- 
ración, obedecia eondicionalmente. Salta, sometida á un poder 
irresponsable y personal, formaba parte del sistema, á condi- 
ción de gobernarse á su antojo, bien que sin romper el vinculo 
nacional, y concurriendo eficazmente á la defensa del territo- 
rio en las fronteras del Norte. En el mismo Tucuman, asiento 
del Congreso, fermentaban ideas de disgregación, aun en las 
clases ilustradas, sugeridas por un estraviado patriotismo lo- 
cal, y mal comprendidos principios de federación . 

« En cuanto á los que se titulaban rejiresentantes del Alto 
Perú, ellos no eran en realidad sino los diputados vergonzan- 



— 172 — 

tes de loe emigrados de aquellas provincias, que habían segui- 
do la desgraciada suorta de los ejércitos argentinos derrotado»- 
en las anteriores campañas. » 

Este cuadro no puede sor más gráfico, y revela elocuente- 
mente el desprestigio do Gobernantes que eran tan uniforme- 
mente repudiados por el pueblo argentino. 

Véase ahora como se espresaba el diputado tucumano Lagu- 
na, y compárense los términos empleados por este á tantos cen- 
t-enares de leguas de donde Artigas se esplicaba en términos 
análogos: coincidencia que, como hemos dicho, revela las aspi- 
raciones de la mayoría de los ciudadanos de aquella época. 

Laguna esplicaba así la doctrina y la razón, de su juramenta- 
condicional : 

« Algunos querían demostrar la servidumbre de mi pueblo 
por el juramento de obediencia que exigió por medio de V. E. 
esta Asamblea. 

« Dije que siendo juramentos provisionales de CtO bienio, y 
disposiciones déla Asamblea Jtasia la sanción déla Constiütcion,. 
el juramento no tenia otra firmeza que la del acto á que se 
agregaba; que no inducía especial obligación distinta de la na- 
turaleza de la cosa que se había jurado, y que bajo este supues- 
to y ciertísima doctrina, no ^e podía decir que el Tacuman prestó- 
para siempre la cervis doJjJada á la Asamblea y Poder Ejecutivo] 
sino que avqiiel acto no tenia solamente la fuerza de una pro- 
mesa que hacia el pueblo, de estar quieto y tranquilo á las ór- 
denes provisoiias del Gobierno y Asamblea, hasta la saticio7i 
déla Constitución. Quien juró Provincias Unidas, no juró la 

unidad de las Provincias. » 

Volviendo ahora al General Artigas, y sus esfuerzos por ci- 
mentar sólidamento la autonomía de esta Provincia, ocurrien- 
do siempre al efecto al sufragio popular, como la expresión más 
caracterizada de la voluntad de sus comprovincianos; debe sa- 
berse que en va,rias noias qi^.e publicaremos dirigidas en No- 



— 173 — 

%-iembre de 1813 á los Cabildos, j-a liizo constar que ól no esta- 
ba confonTie con la Junta reunida por Hondean en la Capilla 
del Niño Jesús, chacra do Maciol, siete meses después de la 
convocada por ól en su alojamiento, rehusándose á reconocer 
la legalidad do aquella Junta, y apelando á los pueblos para 
quG también negasen la validez de procedimientos que estaban 
en desacuerdo con las instrucciones ó mandato imperativo que 
doblan haber recibido de sus electores. 

Fué en el histórico alojaraieuto del Ceneral Artigas en don- 
de siete meses antes, en 5 do Abril de 1813. se reunieron los 
primeros repi-esentantes de la independencia provincial, y en 
donde organizaron el primer gobierno económico - político 
oriental, con total independencia be la autoridad de Eondeau, 
y de la Junta Gubernativa de Buenos Aires: independencia 
•que no por ser provincial hasta entonces, dejaba de ser la base 
de una separación política, que la violencia y la opresión de 
Posadas, de Alvear y de Alvares Thomas, debían distanciar 
más y más cada día, hasta ensancharla produciendo una des- 
membración definitiva. 

Es en ese alojamiento ó cuartel general de Artigas sobre el 
cual en la ala izquierda de la línea del asedio de Montevideo 
la tradición no ha dejado sino confusos rastros, en donde nació 
viable y bien definida en sus razgos principales, por sus exi- 
gencias y sus propósitos, esta nacionalidad Oriental tan bolico- 
sa y tan combatida ya desdo su primera aparición. 

Indisputablemente su cuna fué el primer Congreso de B de 
Abril de 1853, en medio de los combates del segundo sitio. 

La convocatoria hecha meses después por el General E-on- 
deau con el propósito do anticiparse á Artigas, y dar cima al 
pensamiento do éste, pero arrebatándole la gloria de ser él el 
primer ciudadano que presidiera el segundo Congreso de la 
Provincia, y lo infiltrase sus ideas autonomistas ¡ produjo, en- 



— 174 — 

tonces, á pesar de todas las resistencias de Artigas, el aplaza- 
miento do esas aspiraciones de independencia. 

Asi fueron ellas por el momento sofocadas, casi en su cuna, 
por la acción enervante y coaccionadora del General Rondeau 
como Presidente de la Junta reunida en Diciembre de 1813 en 
la Capilla del Niño Jesús, bajo su prepotente jurisdicion mili- 
tar. 

Artigas reaccionó contra esa Junta demasiado moderada, 
que se habia resignado á la obediencia desde su instalación, en 
la cual basta su mismo hermano D. Manuel como diputado de 
los emigrados en armas, debía hacer más penosa su resolución 
de desconocerla perentoriamente. El partido exaltado, radical, 
diremos asi, con el General Artigas al frente, reaccionaba con- 
tra ella. 

La independencia provincial ambicionada y sostenida por 
este jefe, debia resurgir pocos dias después entre el estruendo 
de las armas j con la cabeza erguida, frente á frente á los an- 
tiguos compañeros de armas que no se decidian colectivamen- 
te á agredirla al separarse lamentablemente el General Artigas 
con sus divisiones orientales de esa misma línea del asedio, en 
que por repetidas ocasiones ha,bia recibido aviso de que se tra- 
'taba de prenderlo y enviarlo á Buenos Aires. 

Es así como vino á romperse por desgracia el último eslabón 
que ligaba á ambos pueblos hermanos, obligándolos de este 
modo á darse el funesto ejemplo de buscar, por las armas, la 
solución que hubiera debido sólo asegurarse mediante una po- 
lítica conciliatoria y liberal de parte del Triunvirato de Bue- 
nos Aires, compuesto entonces de Rodríguez Peña, Alvarez^ 
Jonte y Posadas, reemplazado pocos dias después por el Supre- 
mo Dii'ectorio del mismo D. Gervasio Antonio Posadas. 

En lugar de una política prudente y conciliadora, la única 
que de acuerdo con los primeros pasos de la revolución podía, 
haber fortalecido los vínculos de fraternidad entre los pueblos 



— 175 — 

liermanos, la misma que se les habia heclio esperar con la cir- 
cular do 2G de Mayo do 1810 ; on lugar do esa política salva- 
dora, preponderaba entonces por desgracia en los consejos del 
nuevo Gobierno de las Provincias Unidas la influencia avasa- 
llsuiora y coercitiva del superbo y ambicioso Coronel Alvear. 
Hombre de guerra ante todo, según él la patria debía conver- 
tirse en un cuartel, en doude solo debia iii-perar la voz del ge- 
fe. Cuanto más lejos se estaba de Buenos Aires, tanto, más ri- 
gorosa debía ser esa disciplina. 

Fué asi como impulsando á la Asamblea Constituyente, de la 
cual era Presidente y verdadero leader por sus eminentes cua- 
lidades, consiguió hacerla sustituir el Triunvirato existente 
con un Gobierno uni-pcrsonal, para encargarlo de él á su di- 
clio tio, el inteligente y emprendedor Notario Eclesiástico don 
Gervasio Antonio Posadas, absolutamente dominado por él, y 
elevado asi á fuerza do intrigas y de audacia, con postergación 
de patriotas mucLísimo más ilustrados y meritorios, á la en- 
cumbrada Magistratura de Director Supremo del Estado. 

Al mismo tiempo que ese elemento prepotente y absoluto 
en sus tendencias, formado por Alvear y sus adictos, bacia ma- 
terialmente lo que quería del Director Posadas, á quien al fin 
echó á un lado para ponerse él mismo; influían y cooperaban 
en el mismo sentido de coacción y despotismo militar respecto 
de las Provincias, la mayor parte de los aspirantes y ambicio- 
sos que entonces dominaban con su voto en la Asamblea, con 
su espada en los cuarteles, y en la prensa con sus escritos ar- 
dientes, como el temido Monteagudo; secundándolos con sus 
incitaciones y consejos acomodaticios algunos orientales nota- 
bles por sus talentos y 2)or su posición social como el doctor 
don Nicolás Herrera y el Coronel Viana, el bravo Coronel Ven- 
tura Vázquez, cuando no so hallaba en el asedio ó en campaña, 
y otros, que siempre hablan hostilizado al General Artigas, y 
quo se comprendo cuanto ambicionaban vouír á gobernar en 



— 17G — 

•esta provincia., que era su pais natal, aun á costa de indiscul- 
pables condescendencias y de vergonzosas humillaciones. Tan 
es asi que el Director Posadas no bien subió al poder llevó á su 
■Secretaria de Gobierno al Dr. Herrera y á la do la Guerra al 
•Coronel Viana. 

Can estamu!tj¡)licidad de voluntades, acordes todas en do- 
minar sin mesura ni contemplación de ningún genero la situa- 
•cion militar y política que se desarrollaba en la Banda Orien- 
tal, no so tenia por desgracia hacia ésta, ni Iracia los ciudada- 
nos que la dirigian, ni hacia los derechos legítimos que ella 
sostenía, el m.ís pequeño respeto, ni la más leve sombra de con- 
ciliación y acomodamiento. 

Toda pretensión justa se miraba como un indicio ó síntoma 
do anarquía, de indisciplina, qne reclamaba urgente y severa 
represión. Artigas no err, pues, para aquellos gobernantes y 
círculos intransigentes, sino un peligroso y díscolo anarquista. 

Todo cúauto él hiciera ó solicitase, debía ser reprobado y ne- 
gado perentoriamente ; y tratado él mismo como un rebelde 
■criminal, á quien era apremiante encarcelar, anular y escar- 
mentar hasta el último trance, á fin de cortar de raíz el mal, y 
acabar de una vez con aquel tenaz germen de escándalo y pre- 
matura libertad. Estas opiniones se traducían constantemente 
cu hechos injustificables. 

Tan innoble sentimiento de repulsión venia ya sobrehexci- 
tando desde m-U}^ atrás con grave pei'juicio para los intereses 
comunes de la patria ; pues desde la época del mando de Sarra- 
tea en esta Banda, ya la altiva personalidad de Artigas se mi- 
raba por la Junta Gubernativa de Buenos Aires con marcada 
aversión. 

De ello ofrece un irrecusable y leal testimonio el mismo Ge- 
neral Vedia, enemigo personal y declarado de Artigas, que asi 
mismo se espresa al respecto con lealtad singular en las obser- 
vaciones con que comentó su nota de 7 de Octubre de 1812, 



— 177 - 

dirigida a Sarratea, que se hallaba acampado en el arroyo de 
la China, hoy Concepción del Uruguay, al frente de algunas 
fuerzas, y en las que informa sobre la misión que se le confió 
cerca de Artigas, para sondearlo en cuanto á sus disposiciones 
sobre la nueva campaña que debía abrirse contra los españoles 
en Montevideo, desi)ues del cruel abandono que la Junta de 
Buenos Aires había hecho de los Orientales por el armisticio 
de Octubre do 1811, celebrado con el General Elio. 

Vedia confiesa de este modo terminante y explícito la aver- 
sión que no se disimulaba en aquel Gobierno para con el ven- 
cedor de las Piedras : 

« Diré por lo que pudiera valer al objeto que aquí me pro- 
« pongo, que luego que llegué del primer sitio á Buenos Aires, 
« me nombró el Gobierno para que fuese á esplorar las inten- 
« ciones de Artigas y á examinar la naturaleza de sus elemen- 
« tos de guerra. En cinco días anduve 185 leguas para llegar 
« al paraje en que Artigas estaba acampado sobre la costa del 
« Uruguay; dos me detuve con éste en largas conversaciones, 
« y en otros cinco dias estuve en Buenos Aires, é informé al 
« Gobierno que Artigas manifestaba los mejores sentimientos con 
« respecto á volver sobre Montevideo; que tenia poca geyíte armada^ 
« y que sus soldados maniobraban diariamente y hadan ejercicio 
« de fusil y carabina con unos palos á falta de estas armas; y por 
« último que cuantos le seguían daban muestra de un entu- 
« siasmo el más decidido contra los yodos. La viveza con que 
« pinté al gobierno las buenas disposiciones que yo liabia notado 
« en él, y en la multitud que le circundaba, fué oida con sombría 
« atención, y después supe que el gobierno no gustaba que se ha- 
« blase en favor del caudillo oriental; pero yo había desempeñado 
« vil comisión con franqueza y sin doblez alguna, y asi nada se 
« me dio déla errada política de la administración. » 

Reproducíase asi la misma situación, pero reagravada por 
nuevas y fatales discordias. 

13 



— 178 — 

El Gefe de los Orientales veía tramarse á su alrededor una 
conjuración oficial contra él, dirigida ó tolerada por el mismo 
General en Gefe del ejército de que él formaba parte, á pesar 
del carácter templado y conciliador de Rondeau que no podia, 
mal de su grado, substraerse al cumplimiento de repetidas ór- 
denes que recibía del Triunvirato influido por Posadas, que 
formaba parte de él, en el sentido de no hacer la menor conce- 
cion á las exij encías de Artigas. 

Por su parte éste, apercibido á los peligros de tan temible 
enemistad y agresión, recibía á cada momento las pruebas de 
la guerra sorda que se le bacía, y que debia hacer caer sobre 
su cabeza en el momento menos esperado, el escarmiento de un 
castigo ejemplar y bárbaro. 

Algunos jefes importantes del ejército sitiador, entre ellos el 
Coronel Soler, enemigo personal de Artigas, desde que éste le 
reprobó los vergonzosos excesos que dejó cometer á su batallón 
en la defensa de Soriano, dos años antes; tan prepotente é in- 
subordinado en sus actos en esa campaña, como lo demostrare- 
mos en lugTa" oportuno; habían ya anunciado públicamente que 
debia castigarse por la fuerza el crimen de las aspiraciones de 
Artigas. Mas aun, que estaban dispuestos á fusilarlo por su 
cuenta, en cuanto se propasase ó descuidase, amenazando pres- 
cindir para ello del tolerante General Rondeau, á quien el mis- 
mo Soler públicamente afectaba menospreciar; proponiéndose 
así restablecer de una vez, decían, la moral del ejército, mina- 
da no por Artigas, sino por las antipatías y ambiciones perso- 
nales que el mismo Soler y el Coronel French, también enemi- 
go de Artigas, reagravaban con su carácter petulante y des- 
pótico. 

Oportunamente probaremos todo cuanto afirmamos ahora. 

Fue esa conducta tan agresiva de parte del Triunvirato, 
del primer Directorio, y de sus gefes militares en la Provincia 
Oriental, la que lairiendo vivamente el sentimiento patrio de 



— 179 — 

los hijos del país, impulsó la separación de las líneas del sitio 
de Montevideo de las divisiones orientales á las órdenes del 
General Artigas, exceptuando la que mandaba su hermano don 
Manuel. 

Conviene en justicia no olvidar que esos agravios venían 
enconándose cada dia mas ante la resistencia opuesta por 
Rondeau á la reunión del primer Congreso Oriental del 5 de 
Abril ; ante el rechazo hecho por la Soberana Asamblea en 
Buenos Aires de los diputados orientales elejidos por aquel 
Congreso; ante el desconocimiento practicado por Rondeau de 
la administración eminentemente oriental, que funcionaba en 
la Provincia desdo el mismo 5 do Abril, elejida mediante los 
poderes de los pueblos presentados por sus electos en aquel 
Congreso ; y i)or las amenazas y avisos recibidos por Artigas 
de que cuando menos, se trataba de sorprenderlo y llevarlo 
preso á Buenos Aires ; como la había intentado hacer Sarratea 
el año anterior. 

A este respecto y por si se pusiere en duda esta aseveración 
para autorizar tal conjetura ; apelaremos al testimonio del mis- 
mo Coronel Vedia en la memoria citada, el cual revela como se 
intentó varias veces hacer capturar ó arrestar al General Ar- 
tigas para llevarlo preso á Buenos Aires en donde le esperaba 
quizá un implacable Consejo de guerra . 

Por otra parte el mismo San-atea confesó en 1820, en una 
publicación que hizo combatiendo los tremendos cargos que le 
enrostró el Dr. Anchorena, que efoetivamento había recibido 
tales órdenes; confesión que reproduciremos en el texto do la 
obra . 

Dice asi Vedia : 

« En esta época recibió el general en gefe, D . IManuel de 
« Sarratea, varias comunicaciones reservadas en que se L : - 
« taba t\ que so apoderase de la persona de Artigas ; pero est > 
« no lo verificó el dicho general, porqué temió que recayese so- 



— 180 - 

<c bre él la responsabilidad, atentando contra nn sujeto que ya 
« entonces gozaba de un renombre grande entre todos los pue- 
« blos de la Union : el suceso de las Piedras y la facilidid con 
<: que se habia hecho seguir de los habitantes de una inmensa 
« campaña, habian contribuido á vigorizar su fama». Hasta 
aqui el Coronel Tedia . 

Esa llamada deserción de las lineas del sitio, la misma que 
atrajo sobre Artigas el hárharo decreto de Posadas, redactado 
por el Dor. Don Nicolás Herrera, (1) sancionado también por 



(1) Es conveniente que se conozca ese documento, cuyas afírmaciones 
erróneas y calumniosas iremos destruyendo sucesivamente en el t€xto 
de la obra y en las observaciones que vamos haciendo. 

El importó una declaración de guerra, cuyas últimas y funestas con- 
secuencias produjeron una guerra fratricida hasta la derrota completa 
de las fuerzas del Dii-ector Alvear mandadas por Dorrego en el Guayabo. 

DECRETO DEL DIRECTOR POSADAS PONIENDO Á ARTIGAS 
Fl^ERA DE LA LEV. 

El Supremo Director de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. 

El rigor de la justicia que es el último de los recursos de un Gobier- 
no bien constituido, viene k hacerse necesario cuando apm-adas ya laa 
consideraciones de la moderación y la prudencia, lo reclaman imperio- 
samente, la conservación del orden, la seguridad pública y la existencia 
de la Patria. Una condescendencia débil envuelve en la tolerancia de 
los excesos la ruina inexcitable de las Estados. Es necesario ser justo 
cuando lo demanda la salud pública. 

La incorregibilidad del Coronel Artigas en su conducta hostil y es- 
candalosa me constituye por desgracia en la penosa situación de usar 
contra él del rigor y de la severidad. Acaso no hay un ciudadano ea 
cuvo favor se haya desplegado con más energía la generosidad y la cle- 
mencia del Gobierno pero tampoco ha habido otro más obstinado, ma- 
nos reconocido ni más delincuente. 

Prófugo de Montevideo se presentó en esta capital, implorando la 
protección del Gobierno y en el mismo instante se le condecoró con ei. 
^ado de Teniente Coronel, confiándole el mando de las tropas destína- 
•das á proteger la libertad de los pueblos Orientales que sumidos en la 
■opresión imploraban nuestros socorros. 

A la noticia de la victoria de las Piedras se le confió el empleo da 
Coronel del Regimiento de Caballería en qne habia servido sin poder 



— 181 - 

sn Ministro General Viana, poniendo á precio la cabeza de 
aquel, no ftié, pues, sino la reacción tan dolorosa y funesta co- 
mo se quiera, pero irresistible é inevitable en aquellos momen- 
tos de exaltación del sentimiento de independencia y de tonor 
patrio que se habia herido de muerte en los orientales con aque- 
llos repetidos é injustificables agravios. 

En cuanto á la Junta ó Congreso reunido en la Capilla de 
Maciel, á que nos bemos referido antes, es sabido que su des- 
conocimiento de la autoridad del General Artigas, asi como su 



salir de la clase de Teniente y con el mando en jefe de las 3klilicia3 
Orientales se destinó de segundo General del Ejéroito Sitiador, postei^ 
gando á otros Oficiales de mayor antigüeda^l. de muy diferente mérito, 
de otras luces y de otros principios. 

Apenan se vio elevado á un rango que no merecia, empezó á mani- 
íestas una insubordinación repreliensible cuyos funestos resultados pu- 
do contener la paciente moderación del General Rondeau. 

JLa combinación de las circunstacias hizo necesaria entonces la reti- 
rada de nuestras tropas. Las Milicias siguieron á don José Artigas al 
interior de la Campaña para ponerse en actitud de observar los movi- 
mientos del Ejército Portugués. 

Fingiendo una ciega subordinación y dependencia al Gobierno de esta 
Capital pidió toda especie de auxilios que se le remitieron sin tardanza: 
se aprobó el nombramiento de Oficiales que propuso para la organiza- 
cien de sus departamentos, y se le dispensaron sin reserva cuantas con- 
sideraciones estaban al alcance de la Autoridad. Imprudente en su* 
proyectos, precipitó sus operaciones y atacando un Destacamento Por- 
tugués en la Villa de Belén contra las terminantes órdenes que se le ha- 
bían comunicado, comprometió á la Patria á sostener una nueva guerra 
en la crisis más peligrosa. 

Abiertas las liostilidades fué necesario enviar tropas, armamentos y 
un General experto que dii-igiese la campaña. Desde entóneos empezó 
Artigas á manifestar en el disgusto con que recibió la noticia de la mar- 
cha de nuestras divisiones, la perversidad de sus designios. 

Toda medida que pudiera contener su procacidad y poner loí? Orien- 
tales h cuVñerto de sus violencias le era enteramente desagradable. Él 
escribió al Paraguay ofreciendo pasarse con su gente á la dependencia 
de aquel CJobitruo p^ra unirse contra esta Capital, exaltó la rivalidad 
y los celos de los Orientales, desobedeció las órdenes del Gobierno y de 
sn representante; y finalmente llegó su audacia al punto de hostilizar 



— 182 — 

complaciente subordinación á la influencia de Rondeau, resul- 
taron absolutamente estériles para ella misma y para sus obras, 
como lo habia previsto el mismo Artigas. Creyendo asegurarse 
sin duda la deferencia, el reconocimiento ó la sanción del Su- 
premo Director de Buenos Aires, y la de la exclusivista Asam- 
blea Constituyente, solo recibió el silencio y el desprecio. 

La resolución do 10 de Diciembre de 1813 adoptada por 
aquellos ilusos y candidos diputados, erigiendo la Provincia 
con sus límites, y creando el Gobierno que debia administrar 
eso territorio, fué desconocida en absoluto. 



nnestras tropas, paralizar sus luarciias, cortar los víveres, permitir su 
extracción á los Sitiados, admitir emisarios del General Vigodet; y dar á 
los enemigos un estado de prepotencia capaz de arrumar todos nuestros 
esfuerzos y poner en conflicto á la Patria. 

Mucho tiempo hace que los valientes Orientales estarían borrados de 
la lista de los hombres libres, si el General Sarratea haciendo un sacri- 
ñcio á las circunstancias, no hubiera pasado por la humillación de 
abandonar ei mando y el territorio. 

Felizmente y en la necesidad de suscribir á los caprichos de aquel 
bandido pudo persuadirse por los hombres buenos que el mando del ejér- 
cito y la dirección del sitio recayese en el Coronel Eondeau, digno por 
siis servicios y distinguido mérito de una Comisión tan importante. El 
eco déla Concordia resonó por todas partes en aquel dia venturoso. Los 
Orientales colocados en medio de los Regimientos de la Capital recono- 
cieron la Soberanía de los Pueblos en la Augusta Asamblea de sus Re- 
presentantes jurando fidelidad y obediencia al Gobierno de las Provin- 
cias Unidas ; los enemigos que libraban su salvación á las consecuencias 
de la guerra civil temblaron dentro de sus muros al ruido de las salvas 
y deniostraciones públicas del Ejército. 
- Todo en* fin anunciaba el triunfo de la libertad bajo los auspicios de 
la unión. Pero Artigas perjui'O, ingrato, insensible á las desgracias de 
sus hermanos y al interés sagrado de la Patria, abrigaba en su seno los 
más pérfidos designios. 

Como la presencia del General en Jefe era un estorbo á sus miras 
ambiciosas, combinó el modo de sustraerse á las leyes del orden y de 
la justa dependencia, cometiendo el más enorme de los delitos. 

Infiel á sus juramentos y después de varias ocultas entrevistas con. 
los emisarios de la plaza, abandona cobardemente las banderas y ha«» 



— 183 — 

El Triunvirato de Buenos Aires compuesto de Rodríguez Pe- 
ña, Pérez y Posadas ni acusó recibo siquiera de la nota en que 
se comunicaba el nombramiento ó elección de la Junta Guber- 
nativa, compuesta de tres ciudadanos que debian rejir la pro- 
vincia en el orden político, los Sres . Tomas Garcia de Zúñiga, 
Juan José Duran y Francisco Remijio Castellanos ; ratificando 
y manteniendo ese desconocimiento el nuevo Director Posa- 
das que se recibió del poder en 31 de Enero de 1814. 

Sin duda aquel Triunvirato y el Director Supremo, se escan- 
dalizaron ante aquella iniciativa de emancipación, que aun no 



cienflo la reseña d las Divisiones Oriéntalos que habia podido seducir 
se retira precipitadamente del Sitio introduciendo el desaliento y la 
consternación en las Tropas Veteranas aumentando la animosidad del 
«nemigo y exponiendo al Exercito á un riesgo inminente de perecer. 

Apenas so aleja de las murallas de Montevideo que empieza á desple- 
gar su carúctcr sanguinario y opresor. 

El saqueo de los pueblos del tránsito, el asesinato, la violencia, y toda 
clase de horrores anunciaban la presencia funesta del malvado enemigo 
de la humanidad y de su Patria. 

El intenta ahora hostilizar nuestros destacamentos, hacer la guerra & 
las Provincias Unidas, precipitar á los Orientales en todos los horrores 
de la Anarquia para entregar al Gobierno Español aquel precioso terri- 
torio espirante y asolado con sus depredaciones. 

Y no siendo justo considei-ar por más tiempo á un hombre para quien 
la moderación solo sirve de estímulo á sus crímenes y cuya conducta 
compromete la seguridad pública he venido con acuerdo del Consejo da 
Estado en decretar lo que sigue : 

Articulo 1.". Se declara á don José Artigas infame, privado de sus 
empleos, fuera de la Ley y enemigo de la Patria. 

Art. 2.** Como traidor 4 la Patria será perseguido y muei-to en caso 
de resistenciü. 

Art. 3." Es un deber de todos los Pueblos y las Justicias, de los Co- 
mandantes Militares y los Ciudadanos de las Provincias Unidas perse- 
guir al traidor por todos los medios posibles. Cualquier auxilio que se 
le dé voluntariamente será considerado como crimen de alta traición- 
Se recompensará con seis mil pesos al que entregue la persona de 
don José Artigas vivo ó muerto. 

Art. 4.° Los Comandantes, Oficiales, Sargentos y soldados que siguen 



— 184 — 

siendo tan radical como la que pretendia el General Artigas, 
se inspiraba asi mismo en una parte de sus tendencias, mos- 
trándose do esto modo el giro de las ideas que predominaban 
entre los ciudadanos de la Banda Oriental . 

Según el criterio autoerático que imperaba en los actos del 
Triunvirato y en su partido influido por Alvear, esa resolución 
de la Junta Oriental no importaba sino una usurpación de las 
atribuciones que aquel creia le correspondían á él exclusiva- 
mente, para nombrar la autoridad superior de cada provincia, 
y con muclia ma3'^or razón la de la Provincia Oriental, á la 
sazón, militarizada en absoluto y ulteriormente dominada por 
las armas hasta la definitiva evacuación de Montevideo por las 
fuerzas al mando del General Soler en Febrero de 1815, 

El Triunvirato muy lejos de tomar en consideración para na- 
da aquellas resoluciones de la Asamblea Oriental de Diciembre 
de 1813, ni acusó recibo como hemos dicho de las notas infor- 
mativas, y poco después cuando se instaló el Directorio de Po- 



al traidor Artigas conservarán sus empleos y optarán á los ascensos y 
sueldos vencidos toda vez que se presenten al General del Ejército Si- 
tiador ó á los Comandantes y Justicias de la dependencia de mi mando 
en el término de 10 dias contados desde la publicación del presente De- 
creto. 

Áxt. 5. ° Los que continúen en su obstinación y rebeldía, después del 
término prefijado son declarados traidores y enemigos de la Patria. De 
consiguiente los que sean aprehendidos con armas serán juzgados por 
tma Comisión Militar y fusilados dentro de 24 horas. 

Art. 6. ^ El presente Decreto se circulará á todas las Provincias, á los 
Generales y demás Autoridades á quienes corresponda; se publicará por 
Bando en todos los Pueblos de la Union, y se archivará en mi Secreta- 
ria de Estado y de Gobierno. 

Buenos Aires, Febrero 11 de 1814 

Gervasio Antonio de Popabas. 

Nicolás (le Herrera, 
Secretario. 



— 185 — 

sadas, éste expidió un decreto en 7 de Mayo de 1814, en que 
erijia en Provincia ó Intendencia el territorio de Ja Banda 
Oriental^ no reconociendo en lo mas miniíno los actos y resolu- 
ciones de aquella Asamblea, como si no hubiese existido, y 
disponiendo que fuese «reji7(?aj?or un Gobernador Intendente, 
con las fücidtades acordadas á los gcfes de esta clase» . Quedaron, 
pues, de lioclio y do dereclio anuladas totalmente las resolucio- 
nes de la Junta Oriental reunida por Rondeau en la capilla do 
la chacra de Maciel . 

Concluyamos. 

Se habrá reconocido ya que para poder juzgar imparcial- 
mente la separación del General Artigas de las líneas sitiado- 
ras, es absolutamente indispensable y justiciero tomar en 
cuenta el conjunto de lieclios y observaciones que hemos indi- 
cado sumariamente- Ellos la presentan asi en su verdadera y 
mal conocida luz, como un pronunciamiento de carácter políti- 
co y reformador de alta trascendencia . 

Demostraremos ampliamente en el texto de la obra esta 
nueva faz de la revolución oriental, bajo la cual únicamente 
deben considerarse aquellos gravísimos sucesos, presentándose 
les como los han encarado yo. con elevado criterio el doctor don 
Carlos M. Ramírez y el señor Bauza, como única y justa regla 
para apreciarlos y juzgarlos con acierto. 

Es así como puede evidenciarse que la anulación por Ron- 
deau de la obra de los Congresos de 5 y 21 de Abril, y el des- 
conocimiento de las autoridades que ellos establecieron, fueron 
agresiones injustificables y atentatorias, para realizar una usur- 
pación do las prerogativas provinciales, la que muy pronto pro- 
dujo, como debía producir, sus desastrosos efectos, dividiendo 
cada día más irreparablemente á los hijos de un mismo jmeblo. 

En otro parágrafo ó sección evidenciaremos más acabada- 
monte la tendencia reformadora de los trabajos y aspiraciones 
de Artigas . 



La nacionalidad Oriental. Su verdadero y mal 
conocido origen. 



Consideramos esta parte de nuestro estudio de una impor- 
tancia capital, requiriendo por lo mismo que nos detengamos 
aun á fin de presentar algunas nuevas consideraciones. 

El examen más superficial do los acontecimientos tan poco 
conocidos que se desarrollaron en las líneas sitiadoras de Mon- 
tevideo en el alojamiento ó Cuartel General de Attigas, paten- 
tiza á primera vista que dominaba sobre ellos una voluntad 
superior, que nunca podia ser la de un caudillo vulgar, la que 
forcejeaba por encaminar los destinos de la emancipada y be- 
licosa provincia hacia rumbos diametralmente opuestos á los 
que Kondeau en el asedio y algunos orientales ambiciosos ó 
intrigantes desde Buenos Aires, querían imponerle. 

Justamente con ese examen es como se evidencia la eleva- 
■cion y civismo de las aspiraciones de Artigas, las mismas que 
han dado pretesto al inmerecido vilipendio de alg-unos histo- 
riadores. 

Mediante ese examen y comprobación documentada es como 
se demuestra que no es Artigas el ambicioso y turbulento 
anarquista que se exhibe en primer término; sino que es real y 
positivamente el campeón de la autonomía provincial en sxis 
^condiciones más nobles y organizadoras . 

Así so comprueba también que muy lejos Artigas de ser ar- 
rastrado por los sucesos, de los cuales su proceder venia á ser 
la expresión lógica y autorizada, imprimíales una dirección 
suya propia, dominándolos decididamente en el sentido de 
asegurar la completa inde2)endencia interior de la provincia 
Oriental, venciendo todas las resistencias que so oponían y 



— 188 — 

hasta la misma pusilanimidad de algunos orientales que se 
asustaban de la gravedad de tal resolución. 

Luchando contra toda clase de obstáculos presentados en. 
parte por la misma ignorancia ó incompetencia en asuntos po- 
líticos de la gran mayoria de sus comprovincianos, como suce- 
día en todas las demás provincias argentinas, y en realidad, en 
todo el resto de la América, con excepción de algunas grandes- 
ciudades, y pugnando resueltamente contra las resistencias 
fundada.5 en la Ordenanza militar que le oponía Rondeáu como 
General en gofe ; Artigas se anticipó á toda solución que pu- 
diera sor extraña ó antagónica á la voluntad de la Provincia. 

Al efecto, y ya decidido á iniciar su obra emancipadora, en- 
careció la urjencia de la convocación del Congreso de 5 de 
Abril de 1813, en el cual consiguió cimentar las bases del go- 
bierno propio provincial. En ese Congreso se elijieron para 
desempeñar distintos cargos, los siguientes ciudadanos: 

Gobernador Militar, equivalente á Capitán General, y pre- 
sidente de la Corporación municipal, al General Artigas . 

Jueces Generales : don León Pérez y don Tomás García d© 
Zúñiga. Depositario Judicial : don Santiago Sierra. Juez Eco- 
nómico : don José Duran. Asesor y Juez de Vigilancia : doc- 
tor don José Revuelta. Defensores de Pobres : don Juan Mén- 
dez y don Francisco Plá. Asesor principal y Expositor general: 
doctor don Bruno Méndez. Actuario : don José Gallegos ; Se- 
cretario General de Gobierno : don Miguel Barreiro. 

Fué la misma Asamblea ó Congreso en la sesión del 21 del 
mismo mes, la que junto con los electores compromisarios que 
habían venido nombrados por los pueblos, elijió los cinco Di- 
putados que debían representar la provincia Oriental en la So- 
berana Asamblea Constituyente instalada en Buenos Aires á 
principios del mismo año. 

Ahora bien: la Junta Provincial convocada por Rondeau y 
reunida y presidida por él en la Capilla del Niño Jesús con 



— 189 — 

prescindencia ó desconocimiento de aquellas autoridades lega- 
les, puede decirse, fué realmente una Junta revolucionaria ó 
rebelde que vino por un golpe de Estado á desconocer do he- 
cho al Gobierno que se habia dado la provincia en los Con- 
gresos citados de 5 y 21 de Abril, y aechar por tierra la obra 
predilecta de Artigas, de dar á la provincia autoridades que 
fuesen esclusivamente de ella, y no impuestas por la dirección 
y voluntad del jefe del ejército do Buenos Aires . 

Se comprende ante esa nueva situación reaccionaria, la justa 
y legitima resistencia que Artigas debia oponer á tan funesto 
é irritante desconocimiento de las autoridades que se había 
dado la provincia como hemos dicho, por medio de sus diputa- 
dos en los dos primeros Congresos convocados exclusivamente 
por el mismo General Artigas. 

Esas resistencias no eran pues orijínadas por un deseo vid- 
gar de mando ó predominio . Eran la consagración y defensa 
de los derechos provinciales conculcados, de los cuales Artigas 
se erijia en firme defensor, de conformidad con la expresa y 
bien declarada delegación de sus comprovincianos . 

Como lo hemos dicho en la sección anterior, de esas resisten- 
cias surjieron las lamentables disidencias jentre aquel j la Junta 
reunida por el General Rondeau ; iniciándose asi la primera 
discordia civil entre los Orientales, sosteniendo Artigas que 
los pueblos de la Provincia al elejir esos dijiutados habianles 
impuesto la obligación como mandato imperativo^ de congregarse 
antes en el Cuartel general Oriental, ó alojamiento del General 
Artigas, quien como Gobernador de la provincia en ejercicio 
desde hacia nueve meses, junto con los demás miembros de la 
administración provincial, debia presentarles un mensaje ó 
exposición de sus actos durante el periodo trascurrido ; y sin 
duda establecer de una manera perentoria la marcha política 
que debían seguir esos diputados ; poniéndose de acuerdo, ante 
todo, sobre el sostenimiento de la independencia provincial y 



— 190 — 

de su administración exclusiva por si propia, con prescinden- 
cia absoluta de todo dominio civil, municipal y judicial que se 
intentase por el Triunvirato ó por su sucesor el Directorio de- 
Buenos Aires, ó por las autoridades militares de su ejército. 

Era, ni más ni menos, la cuestión de independencia y auto- 
nomia resuelta categóricamente por Artigas en términos Armes 
y perentorios. 

Fuera de ellos no liabia sino el sometimiento servil é incondi- 
cional, ó en caso de repulsa á toda transacion, la reacción ar- 
mada. Artigas debió reconocerlo asi : la esclavitud ó la rebelión. 

Pasar el Rubicon do la independencia, ó prosternarse sumisa 
ante la fuerza . 

El liecho histórico es que á pesar de la resistencia de Artigas 
y sus numerosos adictos, la administración anterior que el diri- 
gía, fué desconocida rotundamente por la Junta Provincial 
reunida y presidida por Rondeau, y que se procedió á elegir 
infructuosamente una nueva administración, quedando asi del 
todo anulada la acción legal de Artigas, y preponderante en 
absoluto el dominio y la influencia del General Eondeau, ele- 
vado ]ior las bayonetas desde el carácter de auxiliador al de 
arbitro y dueño del país. 

Debemos esclarecer en cuanto sea posible este episodio os- 
curo y confuso de la primitiva liistoria Oriental, que tan bri- 
llantemente lia delineado el señor Bauza en su importante 
obra citada, sin reconocerle sin embargo, todo su trascendental 
alcance. . 

De aquel desconocimiento debían surgir los extremos más 
dolorosos y fatales para la unión nacional, ensancbándose cada 
dia mas la discordia, hasta venir á envolver la República ente- 
ra en una fratricida guerra. En él se incubaron vigorosos los 
gérmenes de la futura independencia oriental hasta la tremen- 
da represalia del Guayabo y de Cepeda. 

Asi como de un imperceptible manantial despréndese un 



— 191 — 

pequeño raudal de agua que descendiendo de la encumbra- 
da sierra, viene engrosándose hasta formar un impetuoso 
torrente, que en ciertas épocas inunda los valles y lleva por 
todas partes la desolación y la ruina; así ese incidente, peque- 
ño al jDarecer, y que por lo mismo ha pasado hasta ahora casi 
desaj)ercibido, abrió entre la provincia Oriental y las provin- 
cias Unidas el abismo que se ahondó con la sangre de Marma- 
rajá y del Guayabo, y todas las sucesivas batallas en Entre- 
Hios, Santa Fé y Colorientes, hasta que la gloriosa victoria de 
Ituzaingó selló con sacrificios comunes de Argentinos y Orien- 
tales la leal reconciliación de los dos jjueblos hermanos. 

A fin de corroborar nuestras aseveraciones y de esclarecer 
aquellos hechos, como lo hemos dicho antes, trascribimos á 
continuación las dos notas inéditas dirigidas por Artigas, una 
á los electores de los pueblos de la provincia, y otra á los mis- 
mos electos, miembros de la Junta, reunidos en la capilla de la 
chacra de Maciel . 

En esas dos notas, aquel General con frases discretamente 
veladas, porque otra cosa habría sido sin duda la guerra decla- 
rada, increpaba á los unos por su resistencia á reconocer la au- 
toridad establecida por exclusiva injerencia de los Orientales, 
y afielaba á los pueblos do la conducta hostil á él, y sumisa al 
General Eondeau de los diputados elejidos. Se verá en ellas el 
prólogo de la inminente separación y contienda. 

A primera vista aparecerá para algunos como insignificante 
ó pueril la diferencia establecida entre instalar el nuevo Con- 
greso ó Junta en el Cuartel General de Rondeau, ó bien en el 
alojamiento del General Artigas. 

Pero, sin embargo, se reconocerá que la elección del local de 
convocatoria y sesiones era importantísimo, pues de ella depen- 
día la sumisión ó la independencia ulterior de las resoluciones 
de dicha Junta. 

Asi pudo evidenciarse pocos dias después, desde que esta 



— 192 — 

misma, en su primera sesión, acatando la orden que venía des- 
de Buenos Aires, nombró al General Rondeau como su presi- 
dentfi, anulando por el hecho la autoridad ó influencia de Arti- 
gas y sus partidarios y gobernados, y sometiéndose á la 
voluntad del general de Buenos Aires que habia convocado 
ese Congreso en cumplimiento de las órdenes dadas por el 
Triunvirato que gobernaba en aquella capital. 

Las exhortaciones y apercibimientos hechos por el General 
Artigas no dieron por desgracia ningún resultado conciliador, 
suficiente á evitar el conflicto que se percibía inmediato y de- 
cisivo en sus efectos. 

Sin duda ninguna el General Rondeau no conocía bien el 
acerado temple de alma de aquel ciudadano, tan nuevo en la 
vida pública que consagraba todos sus esfuerzos y sacrificios á 
la causa de la Libertad, tal como debían comprenderla los pa- 
triotas de aquellos días turbulentos. 

Se comprende que con otro carácter más flexible, más pusi- 
lánime ó más contemporizador, ante tantas diflcultadea y re- 
sistencias; otro jefe popular habría desistido de su empeño en 
reaccionar contra Rondeau y habría doblegado la cerviz al 
nuevo yugo que se le imponía. Pero Artigas con su soberbia 
índole personal, cualidad que en él como representante de su 
pueblo nunca debiera echársele en rostro como un vicio ó una 
culpa; y alentado por la justicia democrática de la causa que 
sostenía, no vaciló en adoptar el temperamento que mejor cua- 
draba á sus violentos impulsos, enconados durante tres años 
por tan repetidos actos de odiosa imposición. 

En consecuencia resolvió separarse de las líneas sitiadoras 
de que formaba parte, queriendo sin duda evitar asi también 
el sangriento conflicto que amenazaba estallar de un momento 
á otro entre las fuerzas de uno y otro país; dejando por desgra- 
cia al general sitiador en una posición asaz comprometida, y 



— 193 — 

exponiendo sin duda la causa de la patria á un mortal con- 
traste, reagravado por la tardanza del refuerzo. 

Nadie podrá negar que ese acto de represalia, de indigna- 
ción desesperada, pudo tener las más fatales consecuencias pa- 
ra la causa de la libertad. Pero colocándonos, como debe hacer- 
lo el juez imparcial, en todos los extremos, no habria justicia 
ni equidad en atribuir toda la culpabilidad de ese acto de exas- 
peración y aun de precaución para su seguridad propia, sola- 
mente al General Artigas. 

¿Porqué no hacer pesar también su tremenda responsabili- 
dad sobre los malos é incorregibles políticos que desde Bue- 
nos Aires ultrajaban y hostilizaban así al representante y de- 
fensor de los derechos de su pueblo, y que en su mismo campa- 
mento lo hacían rodear de asechanzas para anonadarlo ó des- 
pedazarlo por medio de sns enemigos personales como Soler ? 

Conviene oír á este respecto la misma opinión del hidalgo 
General Rondeau, dando cuenta en su Autobiografía de ese 
lamentable episodio, con conceptos que sí bien denuncian y 
reprueban con templanza el hecho, sujieren y dan así mismo 
imparcíalmente una idea de la verdadera situación turbulenta 
en que él se produjo. Dice así : 

«Desgraciadamente, Don José Artigas que estaba muy des- 
contento por no haber dirijido él la convocatoria de Diputados 
para el Congreso ; por no haber sido nombrado por los mismos 
su Presidente, y más porque la forma de gobierno tan libre y 
solemnemente sancionada, no estaba en conformidad con sus 
miras, pues él pretendía para su provincia la emancipación ab- 
soluta de todo otro poder que no fuese el suyo, porqué él solo se 
juzgaba el arbitro de sus destinos, ideas que hasta ese tiempo 
no había desplegado; se concentró enteramente desviándose 
también de la amistad y buena armonía que siempre habíamos 
conservado ; y su disgusto y mal humor, vino á parar en que 
desapareció una noche del sitio, aparentando desconfianzas 

14 



-- 194 — 

sobre su seguridad, pues liizo correr el rumor de que yo le ase- 
diaba para apoderarme de su persona : con su fuga arrastró en 
pos de si mas de mil hombres, dejándome casi descubierto todo 
el costado izquierdo de la línea que cubrían los orientales. 

« Tan inesperado desorden, me obligó á dejar inmediata- 
mente la posición que ocupaba el ejéicito antes que los enemi- 
gos lo advirtiesen, estableciendo la linea más á retaguardia, te- 
niendo por centro el Cerrito de la Victoria, sobre el que coloqué 
una fuerte batería de cañones de calibre de á 8, dispuesto siem- 
pre á sostener un ataque, si los enemigos lo intentaban. Fue- 
ron enterados de la desmembración del ejército, pero les domi- 
naba la prudencia y se desentendieron de la novedad ocurrida 
en el campo, aunque les era tan favorable, y se quedaron tan. 
quietos como lo estaban antes de ello. 

« Sin pérdida de tiempo di parte al Director Supremo de la 
evasión del General con parte de la fuerza que estaba á su in- 
mediato mando, y agregaba que si se me reforzaba con 500 
hombres quedaría cubierto el vacio que habia ocasionado 
aquel ; y aunque se me dijo en contestación que se mandaría 
sin demora la fuerza pedida, cori'ieron más de dos meses sin 
realizarse el embarco, pero tuvo efecto cuando el armamento 
naval que se alistaba dio la vela para la Colonia con mil qui- 
nientos hombres á las órdenes del General Alvear que vino á 
relevarme. » Hasta aquí E-ondeau. 

Los enemigos de Artigas han tratado de fundar en esa sepa- 
ración el tremendo cargo de ser traidor á la patria, por el hecho 
de haber abandonado á sus compañeros de armas en críticos 
momentos, afirmando que asi se hizo acreedor á la abominable 
resolución de Posadas que hemos trascrito, poniendo á vil pre- 
cio su cabeza, condenando al mismo tiempo á muerte á todos 
los ciudadanos y soldados que le siguiesen. 

La explicación y hasta la misma justtficacio?iáe la conducta d© 
Artigas mirada bajo el punto de vista de la libertad provincial 



— 195 — 

agraviada, está en los hechos ocurridos desde el Tratado de 
Octubre de 1811 con Elio por el cual los Orientales fueron en- 
tregados cobardemente á los Españoles. Está eu las fatales ó 
irritantes discordias é intrigas fraguadas contra Artigas en el 
campamento del Ayuí, cuando Sarratea lo despojó de sus me- 
jores rejimientos milicianos, haciéndole defeccionar sus más 
distinguidos oficiales seducidos por insidiosos alhagos. Está 
en la prepotencia excluyente do toda administración Oriental 
ejercida por Rondeau ; en el rechazo por la Asamblea Consti- 
tuyente de los Diputados de la Provincia ; en la incitación he- 
cha por Rondeau á los Diputados reunidos en la chacra de 
Maciel para desconocer las auotoridades creadas por los Con- 
gresos puramente Orientales do 5 y 21 de Abril de 181?, y 
en la absorción hecha por Rondeau de toda autoridad politica 
de la Provincia reconcentrada en sus manos como Presidente 
de la nueva Junta que se sometía servilmente á su predominio 
militar. 

Sin dud;i Artigas se encontró justificado en su violenta re- 
presalia, no haciendo distinción entre e] desi)Otismo español 
encerrado y casi vencido en los muros de Montevideo y la 
opresión que sobre los Orientales se imponia armada é intran- 
sijente por el General en Gofe del ejército de Buenos Aires. 

Este ejército no era para él sino auxiliador. Repentinamen- 
te, convertiase en ojjrosor y iirbitro del país, y durante tres 
años, bajo Belgrano. bajo Sarratea, bajo Rondcau, dominaba en 
la provincia como conquistador y duoño. 

Para Artigas y para las multitudes, las tiranías de Elio,y de 
Vigodet, ó las do Posadas y Alvoar, debían sor idénticas, vi- 
niesen do donde viniesen; y por más simpáticas que pudieran 
Hor las glorias con que estas últimas so revestían. Tanto mát; 
inaguantable si ella procedía de los hermanos ó compañeros 
del día antes. Toda tiranía debía ser para Artigas un crimen, 
una agresión. Resistirla era la ley del momento ; la gloría de 



— 196 — 

la-revolucion libertadora; la misma que combatía Güemes en la 
provincia de Salta, al otro extremo del Vireynato, y la cual ha- 
bía quebrado con su resistencia sometiendo á sus prepotentes 
exigencias al ejército de Buenos Aires y á su resignado gefe el 
General Rondeau. 

La historia consigna en sus pajinas actos de tremenda oxas- 
peracion : resoluciones supremas violentísimas en su estallido 
que los contemporáneos juzgaron con inflexible severidad ; 
execrándose algunas de ellas como crímenes de alta traición. 
¿Qué más hizo el glorioso vencedor de Chacabuco y Maypu al 
negarse á obedecer las órdenes reiteradas y perentorias del 
Directorio para que corriese con su ejército de los Andes á 
combatir contra las provincias que resistían la tiranía de éste, 
y que cada dia le hacían morder el polvo de una nueva der- 
rota? 

Pero la posteridad con un criterio más frío é imparcial, y 
sobre todo, oyendo á los acusados, pesando serenamente la 
gravedad de las condiciones de aquella época turbulenta, el 
carácter y aspiraciones de los partidos, la imprescindible repre- 
salia de los agravios inferidos, y aun los antecedentes persona- 
les de las entidades que los llevaron á. cabo, han revocado 
aquellos inplacables fallos, y reconocido la dolorosa explicación 
y atenuación de esos hechos, ó han aplaudido esas resistencias 
que importaban una verdadera defección, como una reacción 
salvadora para la misma República. 

La historia Americana nos ofrece algunos ejemplos análogos, 
pero preferimos recurrir á los mismos anales de la patria, y lo 
que es aun más coincidente con nuestros juicios, á la opinión 
del mismísimo Dr. López, el más implacable de los detracto- 
res del General Artigas. 

Narraremos en dos palabras el hecho á que aludimos. 

Después de la desastrosa jornada de Yiluma ó Sipi-Sipi en 
que nuestro ejército del Alto Perú á las órdenes del débil y 



— 197 — 

tolerante General Rondeau sufrió la más desastrosa derrota en 
la que fueron casi exterminados seiscientos orientales pertene- 
cientes á la división de D. Manuel Artigas, incorporados á 
aquel ejército al retirarse el general Alvear de la plaza de 
Montevideo); é inmediatamente después de esa derrota, el Co- 
ronel Güemes al frente de sus escuadrones Sáltenos, abandonó 
al ejército argentino en el momento de mayor conflicto, cuan- 
do venia retrocediendo despedazado y casi inerme ante el ven- 
cedor. 

En su retirada, el Coronel Güemes apoderóse del parque de 
reserva que estaba depositado en Jujui, arrebatándole seis- 
cientos fusiles y trescientas tercerolas que condujo á Salta, y 
con las que ]irincif)ió á armar sus milicias. 

E-ondeau indignado justamente contra esos atentados de 
Güemes, intentó someterlo marchando sobre él para batirlo, al 
mismo tiempo que los españoles vencedores avanzaban sobre 
las fronteras de Salta. 

Güemes resolvió defenderse contra estos por su sola cuenta, 
y al mismo tiempo que se preparaba á la lucha, principió á 
hostilizar abiertamente al ejército argentino, retirándole á 
Rondeau, no solo todos los recursos y provisiones, sino todos 
los elementos de movilidad, hasta que consiguió dejarlo á pié 
y encerrado y sitiado, según narra el Generel Paz en sus Me- 
morias, sin más alimento que las uvas de las viñas de una ha- 
cienda e]i el lugar de los Cerrillos. 

Al mismo tiempo, el regimiento de Dragones de la Pair'm 
que marchaba aceleradamei?te desde Buenos Aires para soco- 
rrer á Rondeau, ignorando aquella violenta discordia, fué sor- 
prendido de noche por Güemes, teniendo que rendirse el Coro- 
nel Ortiguera y sus dragones, después de alguna resistencia, 
quedando así obligado el General en Gefe á entregarse mate- 
rialmente al audaz caudillo, ó á pactar humildemente con el. 
Prefirió lo último, reconociendo y acatando á Güemes como 



— 198 — 

Q-obernador Intendente de Salta, y Comandante General de 
todas SU3 milicias, absolutamente independiente de él en todos 
sus actos y autoridad militar en la provincia . 

Después de estos liecbos, Guemes inició su resistencia con- 
tra los españoles. De ella hicimos una interesante narración en 
nuestras anotaciones á la obra de Sir "Woodbine Parish hace 
treinta aüos, mucho antes que Mitre y López hablasen de ella. 
Fué así, solo, y entregado á sí propio, puede decirse como Que- 
mes destrozó el más veterano y lucido de los ejércitos peninsu- 
lares, hecho pedazos, de derrota en derrota, hasta hacerle per- 
der sus mejores soldados y gefes en numerosos combates, en una 
desastrosa retirada, pequeño trasunto de la retirada francesa 
de Moscou, por los fríos y por el hambre, hasta que los fujitivos 
humillados pudieron internarse á las provincias del Alto Perú 
para reponerse allí recien entre sus cordilleras del más comple- 
to y vergonzoso descalabro. 

Ahora bien : aquella reacción de Guemes fué fulminada en- 
tonces como el más execrable atentado y traición, y denunciado 
éste á la América como un aborrecible tránsfuga. 

Si sus victorias ulteriores no lo hubiesen revindicadoy enal- 
tecido, Güemes habia quedado irremisiblemente condenado an- 
te la historia Argentina como un detestable felón, pues su 
agresión al ejército de la patria habia sido mucho más violenta 
y mortal que la de Artigas, que fué solo una separación. 

Véase ahora como s© espresa el general Paz condenando 
aquel hecho, y con cuan pasmosa sutileza no solo lo disculpa y 
atenúa, sino lo ' justifica, el doctor López : ( Tomo 2. ^ pag. 87 ) 
glorificando al audaz é insubordinado caudillo : 

« Formada, pues, como se vé, una opinión tan general y uni- 
forme respecto de la inej)titud del General (Rondeau) de 
la desorganización en que habían caído las tropas y todos los 
elementos administrativos del Ejército del Norte, es necesario 
que recordemos que el Coronel Güemes, arrastrado contra su 



— 199 — 

voluntad, y profundamente ofendido contra el General en 
Grefe y contra au círculo, iba también en aquel Ejército presen- 
ciando tan vergonzoso desorden, con tanta mayor aversión 
cuanto que siendo enemigo personal de los favoritos que lo ex- 
plotaban, estaba escluido de toda gracia . El además era pro- 
vinciano y caudillo de las masas de su provincia : antagonista 
natural de los influjos de la Comuna de la Capital, de cuyos 
movimientos y pasiones oligárquicas partian los gérmenes vi- 
sibles de todo este desorden, que, por otra parte, era hijo na- 
tural de la Revolución. Debemos creer que su comportacion 
fuera intachable en cuanto á los sucesos que acabamos de re- 
correr, puesto que no se levantó voz ni testimonio alguno que 
lo acusara de haber tomado parte en ellos directa ó indirecta- 
m 3nte. 

¿Comprendió él (Güemes) desde entonces que el Ejército 
estaba perdido: y trató de salvar de la ruina á sus bravos 
milicianos? ¿Se anticipó á proveer á la famosa defensa que 
poco después debia hacer de su provincia, aprontándose á le- 
vantarla en masa, bien armada y bajo sus órdenes esclusivas, 
para el dia no lejano en que derrotado el general Rondeau, 
fuera necesario detener al vencedor en los umbrales argenti- 
nos? ¿O convencido de que ya podia hacerse independiente 
con impunidad, puesto que el ejército nacional estaba interna- 
do y comprometido en el Alto Perú, aprovechó la ocasión de 
dar la espalda á sus compañeros de campaña, para volverse á 
usurpar el poder personal en su provincia? . . . Difícil, por no 
decir imposible, es aventurar hoy un juicio sobre lo que á este 
respecto pasó por au alma. Pero la justicia nos obliga á decir 
que su rebelión y el atentado que cometió de apoderarse de los 
sables y loa fusiles que habían quedi'do depositados en Potosí, 
para volverse á Salta y armar sus gauchos, fué indudablemen- 
te lo que salvó á la Revolución después del desastre de Sipi- 
Sipi (!!) 



— 200 — 

Oigamos ahora al general Paz. 

« El comandante don Martin M. Güemes, según indicamos en 
su lugar, habiéndose retirado con sus milicias después de la 
acción del Puesto del Marqués en el año anterior (estábamos 
ya en los primeros meses del año 1816) arrebató el armamento 
que había quedado en el parque del ejército en Jujuy y se di- 
rigió á Salta donde so hizo elegir Gobernador. 

« Si la captura del armamento contra la voluntad del General 
era una usurpación violenta, su elección popular para Gober- 
nador era una violación de las reglas establecidas, pues hasta 
entonces la nominación de los Gobernadores de provincias ha- 
bla emanado de la primera autoridad nacional residente en 
Buenos Aires. Mas ya entonces cundían con rapidez los celos 
contra la capital y la resistencia á lo que venia de aquel ori- 
gen. 

« Güemes se hizo el campeón de esa resistencia que se hizo 
popular en la Provincia. 

« Repentinamente movió el ejército dirigiéndolo á Jujuy y 
á Salta, sin que quedasen más fuerzas en la quebrada de Hua- 
naco que mi regimiento que no pasaba de cien hombres. En el 
primero de estos pueblos aun cuando el paisanaje ó mejor di- 
remos el gauchaje no fuese adicto al ejército, no se esperimentó 
resistencia, pero en proporción que se aproximó al segundo que 
dista diez y ocho leguas, la población de la campaña fué mos- 
trándose hostil. En la Caldera, posta que está á seis leguas de 
Salta (la ciudad) ya se puede decir que había principiado la 
guerra. 

« Sin embargo, el ejército entró en la ciudad, que manifestó la» 
más complata indiferencia. El ejército avanzó hasta los Cerri-, 
líos cuatro leguas adelante de Salta, donde se habia retirado. 
Güemes después de haber reunido á toda prisa su gauchaje: las 
hostilidades fueron entonces más vivas y se sostuvieron fuer- 



— 201 — 

les guerrillas: la mayor dificultad era la falta de víveres, pues 
los gauchos retiraban el ganado que el General Rondeau no 
podia disputarles con poquísima caballería, pues no tenia más 
que los Granaderos á caballo que apenas podrían formar un 
escuadrón. 

« En tres días que estuvo el ejército en los Cerrillos antes de 
terminarse esta ridicula comedia, casi no tuvo más alimento 
que las uvas que le suministró la gran viña de la hacienda de 
Tejadas sita en dicho lugar. 

« El comandante Güemes cuyo espíritu inquieto y cuyas as- 
piraciones empezaban á manifestarse, no podía estar con- 
tento en el ejército, y además sus gauchos no eran una tropa 
adecuada para la campaña del Perú. Regresó pues con su 
división desde el Puesto de Marqués; y apenas llegó á Jujui 
se quitó la máscara, y principió á manifestar su independen- 
cia. El primer acto ó esceso que cometió, fué echarse sobre 
el parque de reserva del ejército, y apoderarse de quinientos 
fusiles.» 

Asi atenúa el Dor. López con mistificaciones retóricas el inca- 
lificable atentado de Güemes. 

El general carlista Maroto al celebrar el noble Convenio de 
Vergara salvó á la España de la feroz guerra civil que la diez- 
maba hacia veinte años. 

Su partido maldijo al traidor. 

La posteridad lo bendice hoy como á uno de los salvadores 
de la patria. 

El General Artigas salvaba la libertad de su Provincia, y 
ante esa suprema exíjencia asumía resuelto la tremenda res- 
ponsabilidad, que hoy acaso constituye uno de sus méritos. 

Convengamos en que no hubiese abnegación personal en su 
proceder: que no hubiese acomodaticia ó resignada coatempori- 
zacion con las exijcncías do una lucha común á todos los ameri- 
canos; poro se convendrá también que la libertad, como condi- 



_ 202 — 

cion de existencia, es para los fuertes caracteres como el suyo, 
absoluta en sus imposiciones, y superior á toda otra considera- 
ción. 

Los mismos sucesos ulteriores lo justificaron á Artigas, 

El régimen tiranice disciplinario, de cuartel, implantado por 
Alv^ear en Montevideo, liizo ver á los Orientales que su gran cau- 
dillo liabia sacrificado hasta su reputación por ser fiel, aun en 
los más supremos trances, al primero, al más inalienable de 
sus deberes y derechos: el de defender la independencia Orien- 
tal y el honor de sus comprovincianos, tratados como serviles 
reclutas. 

Ya es tiempo de que volvamos al principal tópico de esta 
parte de nuestro estudio. Discúlpesenos la demasiada exten- 
sión que hemos acordado á este gran episodio histórico de la 
separación de las fuerzas orientales de las líneas del asedio que 
tanto so ha explotado por los enemigos de Artigas para calum- 
niarlo y hundirlo moralmente. 

Hemos creido que era de una importancia capital presentar- 
lo bajo su verdadero y más justificado aspecto. Es decir, no 
como uri motin de cuartel ó un rasgo de insubordinación, sino 
como el movimiento inicial de una verdadera emancipación 
política. 

Veamos a'iora las importantes notas del General Artigas 
que revelan una de las causas desconocidas de esa trasforma- 
cion, notas que como hemos dicho antes, no se han publicado 
hasta ahora, y que pertenecían al archivo del Cabildo de San- 
to Domingo Soriano; el único, puede decirse, desjDues del de 
Montevideo, que se ha salvado de una lamentable destrucción, 
ó de un criminal abandono y vandálico salteo: 

Dicen así : 

« Ciudadanos Electores: Puesto á la frente de la Provincia, 
por el voto de los Pueblos y su ejército, en cumplimiento de 
l»s obligaciones que contraje, no puedo dejar de tomar part» 



— 203 — 

cuando se trata de sus intereses. Yo estoy orientado de vuet- 
tras deliberaciones de ayer, y de los principios en que fueron 
montadas. Yo os he hecho indicar mi protesta de una nulidad 
aobre cuanto actuareis, y os la reitero ahora. La Provincia en 
sus actas de 5 y 21 de Abril había manifestado su volnntad sobr» 
los objetos de que tratáis ; mi condescendencia ha dado lugar 
á esta nueva invitación ; pero yo convoqué á los Pueblos para 
que primero concurrieseis á mi alojamiento, debiendo j'O dar- 
les la satisfacción competente que me justificase delante de 
ellos en esta determinación, no residiendo en mi las facultades 
bastantes para suspender lo dispuesto en las dichas Actas . 

« Ciudadanos Electores: los Pueblos han procedido de buena 
fé. EII0.S han creido llenar también mi invitación constituyén- 
doos en la forma que indican vuestros Poderes. 

« Los tratados de Octubre que dieron fin á la campaña pasa- 
da, determinaron al pueblo á la emigración admirable que fijó 
la seguridad del territorio. Yo entonces tuve la honra de ser 
colocado á la frente de todos los negocios de la Provincia. No 
obstante el choque de los lances do la guerra, con el giro de 
la revolución, tuvo la fortuna de poder conciliario todo, y los 
principales sucesos hicieron sus ventajas y me colmaron de la 
gloria á que respondió mi gratitud. 

« Las circunstancias desgraciadas que marcaron aquella ex- 
pedición, obligaron al pueblo armado á establecer unas garan- 
tías que sirviesen de apoyo á su seguridad ulterior . Incorpo- 
rados en este campo, y exigido el reconocimiento de la Asam- 
blea General Constituyente, reunido al efecto el Congreso, fijó 
los Pactos pars publicar el juramento. Yo entonces fui confir- 
mado en mi representación. Congregado el pueblo algunos 
dias después, fué instalado el Gobierno Económico, y yo hono- 
rado con la presidencia, á más del Gobierno do la Provincia. 
Publicóse el Bando en todo el territorio y mi autoridad fui 
reconocida por todos los pueblos. 



— 204 — 

« Ciudadanos electores: vosotros no lo ignoráis; sin embarga 
mi autoridad está desconocida, y atrojmUada la voluntad augiLsta 
de los Pueblos. Vosotros habéis abierto vuestras sesiones sin ha- 
beros reunido en mi alojamiento. Los sacrificios que han .dado 
motivo á vuestras alabanzas en obsequio mió, mi fidelidad, mi 
constancia, y mis trabajos, debian haberos convencido, de la 
utilidad general que hacia el objeto de mi invitación, sin os- 
tentar una resistencia que me ultraja, cuando estoy seguro de 
la confianza respetuosa conque me miran vaestros constituyen- 
tes. — No es bastante para vuestra negativa, la falta de expre- 
sión en vuestros Poderes sobro el particular, para que una vez 
hecho de tanta trascendencia el asunto, y convencidos de la^ 
complicación de las circunstancias que aparecen, y queréis res- 
ponder á la confianza que han depositado en vosotros vuestros 
Pueblos, debíais estar á su espiritu, ó al menos contener vues- 
tras deliberaciones sin exponeros á vulnerar el sagrado de su 
voluntad sobre asuntos que por el mismo hecho de haber ser- 
vido de objeto á sus fatigas, no pueden ser indiferentes á la^ 
necesidad de encaminarlos. 

« Ciudadanos electores, si deseáis llenar la confianza de 
vuestros comitentes, estad á su espíritu, ó á lo menos consul- 
tad la prudencia y haced más compatible vuestra representa- 
ción exigiendo autorizaciones precisas para adoptar los princi- 
pios que habéis adoptado. Estoy en que vuestras facultades 
sean extensivas á cuanto convenga al Pueblo entero; pero una 
.proposición tan general no podrá daros la autorización bastan- 
te para desbaratar ciegamente las garantías convencionales 
que el pueblo estableció para su segundad. Yo no quiero in- 
sinuaros en esto que precisamente debáis estar á las Actas; 
vosotros podéis romperlas; pero vosotros debéis tener la pru- 
dencia de examinarlas. Las circunstancias que las produjeron, 
y las que se siguieron en su efecto, reclaman el conocimiento 
del Pueblo que los selló. Nunca el Pueblo pudo tener inten- 



— 205 — 

cion de deciros que no hicieseis caso de sus obras, por más que 
os facultase para rendiros á cualquier circunstancia y en fuer- 
za de ellas, desaprobarlas. La elección de los Diputados ratifi- 
cada por dos veces, y dispuestos últimamente sus Poderes en 
la forma que se exigian, dejará de servir do objeto á la expec- 
tación de los Pueblos, para que ahora so desentendiese el por 
qué do esta nueva invitación. ¿Serian ellos indiferentes á la 
noticia á que les invitaba mi circular? Vosotros entonces deli- 
berariais sobre conocimientos adquiridos, y vuestras delibera- 
ciones no serían menos libres en sus resultados. Ciudadanos 
representantes, el amor á la concordia, la fraternidad y el can- 
dor deben presidiros; volved sobre vosotros; pesad las circuns- 
tancias; y conoced la extensión de las consecuencias que van á 
seguirse con no estar en vuestros Poderes á la intención de 
vuestros comitentes. Yo respeto muellísimo la alta autoridad 
del Congreso; pero fundada la negativa en desconocer en mi 
las facultades bastantes, vosotros sabréis responder cual de los 
Pueblos que os han dado representación, no reconoce mi auto- 
ridad, cual Pueblo no la conserva, y qué Pueblo con el voto 
más sincero no me aclama. 

No es este ciudadanos electores el lenguaje del engreimiento 
y la vanidad; tampoco es el del orgullo ni el de la ambición. 
El amor á ¡a gloria y á los intereses de la Provincia es lo que me 
conduce. Yo imedo lisongearme con franqueza de que ella me 
mira como su primer apoyo; mi desinterés, w/s fatigas, y mi hie- 
na fé me lian labrado esa ventura, y las invectivas de alguna fac- 
ción escandalosa no me presentarán como ingrato á ini pueblo, á 
un pueblo cuyos esfuerzos he conducido en los dias gloriosos que 
abrieron la época de su regeneración, y que aunque acosado por 
la intriga y la perfidia me mira como á su libertador. 

« Vosotros lo sabéis, ciudadanos electores; en medio de todos 
los convencimientos para fijar vuestro juicio en orden á sus 
intenciones ¿ halláis una dificultad insuperable, y no la halláis 



— 206 - 

para abandonaros á una determinación que desmienten vvies- 
tros mismos conocimientos? Sobre todos los datos en contra- 
rio, una mera expresión (que por lo mismo debéis confesar na- 
cida do la mala inteligencia y exceso de candor) ha de ser bas- 
tante á contenor el grito de vuestro propio corazón y sofocar 
el voto general y sostenido de 23 pueblos que os han dado su 
representación ? 

« Suspended vuestras sesiones, ciudadanos electores. Yo voy 
á escribir á los Pueblos, y entonces veré si su voluntad es la. 
misma que so ostenta en el Congreso do su representación. Do 
lo contrario, yo os hago responsables delante de los mismos 
Pueblos de la continuación del abuso que hacéis de su confian- 
za. Yo os reitero la más formal protesta de nulidad sobre 
cuanto actuéis. — Esperad las esplicacionas de vuestros cons- 
tituyentes ; yo no puedo ni debo prescindir de ellos ; y mien- 
tras, sabedlo, ciudadanos electores, yo estaró únicamente á lo 
deliberado en las Actas de 5 y 21 de Abril ; cualquiera deter- 
minación que adelantéis en contrario, la desconoceré abierta- 
mente, 3'' vosotros responderéis á los Pueblos del escándalo. 

Linea, frente á Montevideo, Diciembre 10 de 1813. 

José Artigas. (1) 

Al dia siguiente, el General Artigas dirigía á los Cabildos de 
la Provincia la circular siguiente sobre el mismo gravísimo 
conflicto, sin conocer sin duda todavía la repulsa que habían 
resuelto hacer de su pretensión los miembros del Congreso. 



(1) A esta uota, fué que el Congreso Oriental, presidido siempre por 
el General Rondeau resolvió contestar negativamente, según se verá 
por el Acta del 10 dol mismo mes de Diciembre que transcribimos L 
continuación : 

^' En la Capilla del finado Maciel á, 10 dias del mes de Diciembre de 
1813, reunido el pueblo Oriental, por medio de sus respectivos electores, 
depositarios de su plena confianza y poderes para continuar en sus se- 
siones abiertas desde el dia 8 de dicho mes y año, se presentó un ayu- 



— 207 - 

Circular : « Ya tuve la honra de dirijir á V. S. mi circular con 
data 15 del p. p. para que reuniendo á ese benemérito vecinda- 
rio procodieoe al nombramiento de un Elector, quien concurri- 
ría por ese pueblo al Congreso que se habia de celebrar el 8 
del corriente en mi alojamiento, y al que se seguiria él del Cuar- 
tel General^ según las deliberaciones que aiiiccediesen en el mió; 
con la intención por mi parte de que examinasen los resultados 
de las Actas do 5 y 21 de Abril para que no procediesen á 
ciegas ; siendo muy ridiculo y degradante que los Pueblos sin 
saber para que, volviesen á hacer elección de diputados, ha- 



dante de campo del soñor don José Artigíis, con \u\ oficio de éste diri- 
gido en la misma fecha á diclio Congreso y que original se acompaüa. 
Leido en alta é inteligible voz por el Sccretíirio Elector de dicha vene- 
rable corporación, enterada esta de su contenido, y examinados sus 
puntos con toda la meditación y circunspecion que requería tan impor- 
tante materia y discutida por todos la plenitud de las bases, se acordó 
en resolución contestarle, que no se hacía innovación alguna eu el Acta 
celebrada en el dia !J del corriente por dicho Congreso respecto á ha- 
llarse ya funcionando entei-amente ; y respecto á, que el ciudadano 
don José Artigas pudo haber exijido oportunamente k esta Corporación 
de Electores las actas á que se hace referencia en su oficio de la fecha 
arriba mencionado, habiéndose negado expresamente para ello á la Co- 
misión del Congreso, diputada á efecto de citarlo, añadiendo el citado 
Elector Juan Francisco Nuüez, por Soriano, que no reconoce eu la Pro- 
vincia Oriental autoridad alguna sobre este Congi-eso, siéndole constante 
que el señor don José Ai-tigas dio facultad para concurrir á él & algu- 
nos diputados que se le presentaron en su alí^jamiento, sin haber pre- 
cedido dicho beneplácito, ni esplicacion alguna de otras deliberaciones; y 
siendo única entre todas las votaciones la del Elector ciudadano Ma- 
nuel Muñiz de Haedo, la de que en contestación A dicho sefior don José 
Artigas so le expusiese que las sesiones quedaban suspendidas hasta la 
nueva convocatoria de los pueblos. En este acto se cerró la presento 
acta rubricándola los señores Electores Artigas, Várela, Paredes, Lcon F. 
Ramirez, Caliitayud, irartiucz, Nuñez. Pere:;, Dun'm, Porez, Britos, CA- 
ceres, Muñoz, Ministro Silva, llacdo, Ortiz. José Hondean, Presidenta ; 
Tornas García Zúñiga, Secretario. — Concuerda con la acta original A, 
que en caso necesario ino refiero — José Ilondtau. Presidente— Tomás 
García Zúñiga, Secretario. " 



— 208 — 

bieudo ya ratificado la que habían heclio. El elector de ese 
pueblo vino ; pero como en sus poderes no se le hablaba de mi 
circular, ni menos so le decia que pasase al Congreso que se 
habia de celebrar en mi alojamiento, pasó al del Cuartel Gene- 
ral. 

A la mayor parte de los Electores les pasó lo mismo, por que 
todos traian el mismo defecto en sus Poderes, 7iacido precisamen- 
te, del horrador que para qiie los Paehlos extendiesen las actas, se 
les paso del Cuartel General con las circidares anteriores. — Reu- 
nido, pues, el Concjreso ante el General en Gefe D. José Rondcau 
por la complicación de circunstancias, resultaba necesariamen- 
te, ó que los Electores debian desconocer mi autoridad en la Pro- 
vincia, ó que debian suspender él Congreso. 

Ellos se limitaron á llamarme por medio de una Diputación: 
yo me negué abiertamente, porque una cosa era el Congreso 
formal, á que yo habia invitado; y otra cosa era ir á hacerles 
saber allí, lo que habia en el particular, estando ya presidido 
aquel acto por el General en Jefe. 

« Yo que sierapre he ejercido la autoridad que tengo déla Pro- 
vincia por el voto unánime de todos los ¡mellos y del Ejército, no 
puedo creer que aunque los Electores viniesen autorizados pa- 
ra cuanto conviniese al Pueblo Oriental, hubiesen incluido sus 
constituyentes en una cláusula tan general las facultades bas- 
tantes para destruir á ciegas las garantías convencionales que 
establecieron los pueblos, para su seguridad, sin examinar prime- 
ro todas las circunstancias que hubiese en el particular para 
deliberar bajo conocimientos fií'os; ni tampoco pudo creer que 
se les hubiese facultado para desconocer mi autoridad, porque 
aunque los Electores reunidos no debian reconocer autoridad 
superior á ellos; pero esto esto es con respscto al fin á que son. 
convocados; no pudiendo extender sus facultades sobre asuntos 
que choquen inmediatamente con la voluntad de sus Pueblos. 
—Bajo este concepto, yo representó oficialmente al Congreso, 



— 209 — 

qne en sus Poderes debían estar al espíritu de sus comitentes 
y por consecuencia no debían continuar allí sus deliberaciones, 
sino venir primero á mi alojamiento; que ellos sabían bien que 
ninguno de sus Pueblos desconocía mi autoridad, y que por lo 
mismo, 3'0 estaba seguro de que no habrían desjireciado la cir- 
cular en que los invitaba. Que en todo caso mirasen lo que 
hacían, que no partiesen de golpe; y que pidiesen explicacio- 
nes á sus Pueblos. Que yo los hacía responsables delante de 
ellos, del abuso que hacían de su representación, y que desde 
luego, yo daba por nulo y do ningún valor cuanto actuasen 
allí. Que escribiría á los Pueblos, y que mientras venían sus 
contestaciones, estaría únicamente á lo determinado en las di- 
chas actas do 5 y 21 de Abril, desconociendo abiertamente 
cuanto resultase del Congreso. 

« En esta virtud, yo espero que Y. S.,á la maj'Or brevedad, me 
declare en términos claros y positivos^ si ese Pueblo reconoce 
nil autoridad, y sí fué su mente que su elector no concurriese 
al Congreso á que yo invité. Sea V. S. seguro de que para mí, 
nada hay más sayrado que la voluntad de los Pueblos, y que me 
separare al momento si es verdaderamentesu voluntad el no reco- 
nocerme . 

« Dios guardo á V. S, muchos años. 

« Delante de Montevideo 11 de Dbre. 1813. 

« Los electores en este ejército, el de Mercedes, el de San Sal- 
vador, el de Paysandú, el do Canelones, el de San Carlos, el de 
Porongos, y el de Santa Lucía 3^ la Florida, hicieron también 
sus protestas delante del Congreso, exi)resando claramente, que 
los unos on fuerza de los poderes con que habían concurrido, 
y los otros asegurándose de las intenciones sanas en sus mia- 
mos pueblos, anulaban también por su ¡Darte lo actuado en el 
Congreso de Maciel, por no haber precedido el mío, para de 
este modo corresponder á la confianza con que los habían hon- 

15 



— 210 - 

rado sus constituyentes. Mientras llegue la contestación de 
V. S., y hasta nueva orden mia, no publicará V. S. en ese pue- 
blo Bando alguno que no le sea remitido por conducto mió. 

Fecha ut aupra. 

José Artigas. 

. Al Muy Ilustre Cabildo de Soriano. » 



Se reconocerá anto el examen sereno é imparcial de esos 
notables documentos^ cuanto contribuyen ellos á explicar y jus- 
tificar algunos actos del General Artigas tan mal apreciados 
hasta ahora, los que han sido juzgados con tan injusta y odiosa 
parcialidad, al dar él los primeros pasos en la escabrosa senda 
que conduela á la organización autónoma de los Orientales. 

Se reconocerá también que en tal situación, encontrábase el 
General Artigas frente á frente de dos problemas á cual más 
arduos, y que reclamaban ambos urjentísima solución. 

Era uno el del dominio absoluto que se intentaba imponer 
por el Supremo Directorio del ex-Notario Eclesiástico Posadas 
y los gefes de sus fuerzas en esta Provincia . 

Y era el otro, el no menos grave y doloroso problema de la 
discordia cívica, que estallaba promovida por aquella reunión 
de Orientales distinguidos, de vecinos inteligentes y acauda- 
lados, pero pusilánimes ante los peligros que encarnaba aque- 
lla audaz reacción artiguista, formando ellos el remedo de un 
circulo conservador ó pélucon opuesto á todo pronunciamiento 
enérjico en defensa de sus derechos; círculo que incitado y 
alentado por el insinuante Rondeau, elegido como su Presi- 
dente, según dice el Acta del 8 de Diciembre « por ser modera- 
do y prudente]» principiaba por asociarse dócilmente á la fuerza 
opresora de la Provincia, por identificarse con sus aspiraciones, 
y arrebatarle á Artigas su investidura popular, para conseguir 



— 211 — 

así echar por tierra su predilecta obra de la independencia 
provincial . 

Debido á la lamentable y criminal pérdida de docu-uentos 
históricos que se ha producido en los Archivos de los Cabildos 
Departamentales, no hemos hallado aun las respuestas que pu- 
do recibir el General Artigas á su circular trascrita ; pero es 
indudable por ciertos hechos concordantes, que ellas debieron 
ser afirmativas y aprobatorias de su conducta ; y que con vista 
de ellas, y considerando las demás gravísimas causales que he- 
mos expuesto extensamente en esta y en la anterior sección, 
resolvió sin más demora separarse de las line.is sitiadoras, en 
donde solo hallaba como premio á sus servicios la ingratitud, 
la hostilidad, y la rebelión contra su legitima autoridad. 

En los dos extremos del territorio argentino las mismas ten- 
dencias y los mismos derechos trataban do sobreponerse y re- 
vindicarse durante la guerra con los españoles. 

Salta al Norte y la Banda Oriental al Sucl, ambas patriotas, 
ambas abnegadas y belicosas, batallaron por la independencia, 
por una misma y noble bandera, con ma3'or crudeza aquella en 
su lucha con E-ondea,u, con más templanza ésta en su lucha 
con el mismo general. 

Güemes hizo fuego sobre la bandera de la patria al trente del 
enemigo invasor, y «omotió por las armas á los mejores solda- 
dos de aquélla y de éfcto. 

Artigas se separó des])ues do haber dado á la Patria su es- 
pléndida victoria do las Piedras, retirándose de un puesto don- 
de su permanencia habría reproducido el tremendo y triste 
ejemplo que poco después dio Güemes. 

¿Por qué se ha lanzado el oprobio y el anatema sobre aquél, 
y una gloriosa revindicacion sobro éste? 

Atroces injusticias de la historia adulterada por los partidos! 

Güemes no fué hasta la independencia definitiva, absoluta, 
porque se transó con él, porque Rondeau abatió ante él la so- 



— 212 — 

berbia bandera de Mayo, enarbolada por Buenos Aires, y mer- 
ced á la influencia de su hermana, hermosísima mediadora que 
embelesó á algunos gefes de Rondeau, según lo asegura el Ge- 
neral Paz en sus Memorias citadas, se pactó la concordia 
qué dejaba á Güemes como dueño exclusivo de su provincia, y 
á Rondeau como un huésped intruso á quien so trataba con 
misericordia. ¿ Para qué había Güemes de independizarse en 
las palabras si lo estaba en los hechos del modo más absoluto ? 

Pero con Artigas aconteció todo lo contrario. Se le vejó, so 
le negó su autoridad ; se le hostilizó de todos modos ; y se ató 
su Provincia y sus Orientales ni potro de una guerra sin cuar- 
tel. 

« Doscientas cincuenta leguas de persecución incesante », dice 
con cruel jactancia el General Alvear en uno de sus oficios, 
hecha á la división de Orientales que acaudillaba Otorgues has- 
ta despedazarla por sorpresa en Marmarajá, dieron la medida 
de lo que era esa guerra. 

La revancha no se hizo esperar, y la victoria del Guayabo 
rompió el último eslabón de la cadena. De ahí á la independen- 
cia absoluta no había sino un paso. 

Volriendo á nuestro tema y resumiendo nuestras apreciacio- 
nes, creemos que el verdadero y mal conocido oríjen de la na- 
cionalidad Oriental, incubada al calor vivificante de la batalla 
de las Piedras, y de varios hechos de armas contra los españo- 
les, aunque de menor importancia, haciéndola surjir de una 
vez robusta y voluntariosa, se halla en esa separación histórica 
del General Artigas de las Kneas sitiadoras de Montevideo. 

Eso no era la traición, ni era la deserción. Era la indepen- 
dencia con sus dolorosos sacrificios, con su amarga expiación, 
con su tremenda y próxima Yia Crucis. 



Artigas como reformador político y como admi- 
nistrador progresista y liberal. 



Hemos de detenernos deliberadamente ampliando el tema 
que liemos elegido para esta sección, por lo mismo que antici- 
pamos que él lia de suscitar mayor censura y animadversión 
en los detractores del General Artigas . 

Así mismo debemos limitarnos á lo más esencial, no debien- 
do ser este estudio sino un compendio ó resumen razonado del 
texto do nuestra obra. 

Las Instrucciones dadas por Artigas en 1813 á los Diputa- 
dos Orientales, las que trascribiremos más adelante, bastarían 
por si solas para hacerle . merecer el renombre de reformador 
que le hemos reconocido. 

Pero antes de entrar á estas demostraciones, conviene recor- 
dar y esclarecer ligeramente algunos precedentes históricos de 
grande interés que so relacionan con el origen de esas Instnic- 
ciones, y les dan mayor autoridad y valimiento en la historia 
Oriental. 

El Cabildo de Buenos Aires en su memorable circular de 29 
de Mayo de 1810 á las Provincias había asentado con admira- 
ble lucidez y precisión, así como con grande }' sano patriotis- 
mo, por más que el Dr. López lo haya censurado en su obra, 
una profesión de fé de los principios políticos que debían regir 
la revolución; en cuanto á la parte de soberanía qun sus direc- 
tores reconocían en cada una de aquellas provincias, así como 
el imprescindible derecho de éstas á tomar parte directa en el 
gobierno general de aquella futura nación; derivándose de ahí 
con mayor fundamento, su derecho implícito á gobernarse y 
administrar cada una sus intereses públicos por sí mismas. 



— 214 — 

El Cabildo expresábase en los siguientes términos, que de- 
ben ser recordados con gratitud hacia aquellos nobles patri- 
cios, tan bien inspirados en la fraternidad é igualdad demo- 
cráticas, por más que á la vez apareciesen fieles al Rey á fin de 
ganar tiempo y prepararse para la guerra inmediata. 

<c Este es el gobierno (decía al Cabildo) que se ha erigido pro- 
visionalmente hasta la reunión de los Diputados de todas las 
Provincias. El pueblo de Buenos Aire^, no pretende usurpar loa 
derechos de los demás del Vireinato : pretende si, sostenerlos 
contra los usurpadores. Conoce que la unión reciproca de todas 
las provincias, es ol único medio de su conservación ; conoce 
que para cimentar la confianza, deben oirse los votos de todos; 
y establecer un gobierno, que se derive de la voluntad general 
de los que han de obedecer. La remoción del Excmo. señor 
Virey, no admitía esjiera, y se consideró necesaria en obsequio 
de la salud pública. Era indisjDensable nombrar un depositario 
de la autoridad superior que obtuviese la confianza del pueblo 
para contener los males que nos amenazaban: y por que esta 
debe ser á satisfacción da todos los qu3 la han de reconocer ; el 
mismo pueblo ha pedido que sea provisional^ y que se convo- 
quen todos sus hermanos para el nombramiento de diputados 
de las ciudades y villas, á fin de que reunidos en esta capital, 
establezcan el gobierno que haya de merecer toda su confian- 
za y respeto, y que sea la base de su prosperidad. 

« V. S. nó podrá monos de conocer la suma necesidad de esta 
reunión, y que la exijo imperiosamente el derecho de nuestra 
propia conservación, y los de nuestro augusto monarca, el Se- 
ñor don Femando i° como iinico medio de sostener la inte- 
gridad de estos dominios. Asi, pues, espera éste Cabildo, que 
poseído V. S. de estos notables sentimientos, y del gran in- 
terés de guardar el orden y la tranquilidad pública, consultan- 
do la felicidad de los pueblos, propenderá de su parte á que 
tenga el mejor y mas pronto efecto el nombramiento d© dípu- 



— 215 — 

tados en la fonna que ha ordenado la exma. Jnnta provisional 
del gobierno, espresando en los poderes las circunstancias que 
previene el articulo 11 del adjunto hando publicado en esta 
ciudad el 25 del corriente. 

« Dios guarde á V. S. muchos años. Saja Capitular de Bue- 
nos Aires, 29 de Mayo de 1810 ». 

De acuerdo con los mismos principios consagrados en esta 
circular, los representantes convocados por ella y por la prime- 
ra Junta Gubernativa de Buenos Aires, llevaban á la capital 
tendencias y aspiraciones opuestas á toda centralización auto- 
ritaria que intentase ejercerse alli en reemplazo del suprimido 
réjimen español . 

Esa centralización absorbente y despótica principiaba, sin 
embargo, á hacerse joráctica en los hechos, aunque no desem- 
bozadamente en las teorías, por algunos fogosos patriotas co- 
mo el ilustre Dr. Mariano Moreno, federalista entusiasta en las 
doctrinas de su razonada propaganda, pero unitario en los he- 
chos; Monteagudo, el liberal terrorista y archi-unitario; Caste- 
lli que así mismo habia redactado esa circular, el hombre de 
hierro como Convencional de nuestras primeras expediciones; 
Rodríguez Peña, Vieytes, Passo y otros eminentes ciudadanos 
cuya fuerza de voluntad y sui^erioridad de inteligencia pre- 
ponderPvban en los consejos de la naciente autoridad nacionaL 

Entre la organización de la segunda Junta Gubernativa en 
Diciembre de 1810, compuesta de Delegados de las Provincias 
ejerciendo legítimas atribuciones nacionales y su disolución ó 
destitución revolucionaria del 23 de Setiembre de 1811, redu- 
ciendo sus funciones tan sólo á las de Junta Conservadora, 
vino á iniciarse y ahondarse la división que debía venir rea- 
gravándose desde entonces entre las Provincias y el Poder 
Central, de cuya contienda debía surgir el sangriento espectro 
do la guerra civil desde 1813. 

Ulteríormente convocados en 1812 los Diputados de las Pro- 



— 216 — 

vincias para ingresar á la Asamblea General Constituyente de 
1813, entre los que fueron llegando á Buenos Aires, y tomaron 
asiento en aquel ilustrado Cuerpo Legislativo, ningunos pre- 
sentaron como los Diputados Orientales pudieron hacerlo en 
virtud del avanzado mandato imperativo que recibieron en ©1 
sitio de Montevideo, tan perfecto cuadro de reformas calcadas 
sobre el sistema de gobierno federativo, como el que Artigas en 
nombre do su pueblo en armas, entregó á esos diputados de la 
Provincia Oriental. 

Podria seguramente afirmarse que en la leal observancia 
práctica de esas reformas liabi'ia podido fundarse el gradual y 
feliz ensayo de un régimen de gobierno que, si bien requería 
en los 2"Hieblos muclia experiencia política, y mayor suma do 
ilustración lo mismo en ellos como en sus prohombres, habría 
ahorrado asi mismo con su adopción á las Provincias Unidas 
muchos do los días nefastos por los cuales atravesaron muy po- 
co después. 

Ulteriormente, en 1815, el General Artigas en el apojeo do 
su poder, delega todas sus facultades en el Cabildo de Monte- 
video, y 'lo leviste con el alto carácter do Gobernador Político 
y Militar de la Provincia, haciendo someter á su autoridad su- 
perior los Comandantes Militares que funcionaban en la Capi- 
tal y en otros puntos de aquella, asi como todas sus autorida- 
des civiles y judiciales. Las notas que publicaremos al efecto 
demostrarán la amplitud y firmeza de esa delegación . 

Baste á nuestro objeto por ahora evidenciar aquella tenden- 
cia democrática, que fué un razgo característico en Artigas, 
procurando siempre la reunión de distintosX'ongresos y cuer- 
pos deliberantes, á cuya resolución tenía que someterse él mis- 
mo cimentando así las bases del primer gobierno representati- 
vo de su Provincia. Al efecto reproduciremos aquí algunas de 
sus notas, entre otras muchas análogas que publicaremos, re- 
comendando la convocatoria de diputados y de electores, ante- 



— 217 - 

riores en sus fechas á las que hemes publicado antes, relativas 
al desconocimiento de la Asamblea reunida en la Capilla de la 
chacra de Maciel . 

Conviene observar que en la primera do. las notas que tras- 
cribimos ahora, el General Artigas anuncia proceder (\e acuer- 
do con el Ganeral en Jefe, pero es bien sabido que el General 
Rondeau, á pesar de su carácter templado y conciliador, y de 
lo mucho que distinguía á Artigas, como lo hemos dicho untes, 
trató de cruzar en sus circulares, cumpliendo órdenes recibidas 
del Triunvirato, los trabajos de aquel, como en mucha parte lo 
consiguió, produciéndose asi tan peligrosa discordia entre los 
mismos Orientales, después de la reunión del Conjreso en la 
Capilla del Niño Jesús, que hemos indicado antes. 

Esa oposición faó como lo hemos dicho, la que engendró las 
primeras é irremediables disensiones entre Artigas, como jefe 
de su Provincia investido con tal carácter, y Rondeau como 
General del ejército de Buenos Aires, que no quería consentir 
en la superioridad cívica de aquel al aspirar á fundar un go- 
bierno administrativo y municipal en la Provincia, con esclu- 
siva superintendencia local. 

He aquí las notas á que hemos hecho referencia: 

« Hemos convenido con el Sr. General ©n gofe Don José 
Rondeau en convocar á los pueblos de esta Provincia para que 
por medio de sus respectivos electores concurran, dentro de 
veinte días contados desde la fecha, á este mi alojamiento, y 
seguidamente al Cuartel General, según las deliberaciones quo 
anteceden. 

« A este efecto para fijar los poderes conqua deben venir los 
dichos electores, circulo por mi parte las adjuntas instrucciones. 
Según ellas, en el primer dia efectivo que siga al recibo de este 
olicio, V. S. so servirá convocar y reunir ante si á los vecinos 
americanos de ese pueblo, y ademas, notoriamente adictos al 
sistema patrio, y procederán al nombramiento do un elector, el 



— 218 — 

cual será el que concurrirá por ese pueblo al Congreso que se 
ha de celebrar en este campo, y al que se seguirá en el Cuartel 
General, según las deliberaciones que anteceden ; y para lo cual, 
con esta propia fecha, el mismo Sr. General en gefe expide las 
circulares competentes. 

« Yo espero que V. S. penetrado de la dignidad del objeto 
y tan particularmente interesado en el explendor de la provin- 
cia, hará mantener la mejor exactitud, tanto en el modo de la 
ejecución, como •n las demás circunstancias, procurando que la 
buena fé brille en todo el acto, y que el electo merezca la con- 
fianza de su pueblo, por suíí sentimientos y probidad ; para de 
este modo a.segurar la dignidad y ventajas de los resultados, 
como corresponde al interés y decoro del grande pueblo Orien- 
tal. 

« Tengo el honor de ser de V . S . muy atento venerador. 

José Artigas. 
Delante de Montevideo, 15 de Noviembre de 1813. 
Al Muy Ilustre Cabildo de Soriano. » 



Hé aquí la nota dirigida al Cabildo de Montevideo á que he- 
mos hecho referencia al principio de este capítulo como de- 
mostrativa de la tendencia de Artigas de acudir al pueblo co- 
me base de sus resoluciones. 

« Presento á la superior penetración de V. S. esos documen- 
tos relativos á la revolución de Santa Fé y sus resultados . 
Igualmente esos partes, que últimamente he recibido de la 
frontera. 

« Las complicaciones se aumentan, j no quisiera por más 
tiempo tener incierto el objeto de la revolución. Pueden adop- 
tarse medidas muy eficaces para no inutüizar nuestros sacrifi- 



— 219 — 

cios y aventurar nuestra suerte- El negocio es importanto, y 
no quisiera fiar á mi resolución lo que á todos interesa. Por lo 
mismo creo oportuno la reunión de un Congreso general. De- 
seo llenar la confianza do mis conciudadanos, y que ellos me 
inspiren sus recíprocos sentimientos. Así podrán adoptarse 
medidas saludables, y nuestra seguridad interior so afianzará 
sobre los polos do la opinión y del poder. Resuelto estoy á lle- 
var adelante esta idea, y el correo venidero tendrá V. S. el por- 
menor de los de<"alles relativos á este fin. Por ahora solo tengo 
que insinuar á Y. S. la devolución de la adjunta comunicación. 

« Tengo la honra, etc. 

« Cuartel General, Marzo 17 de 1816. 

José Artigas. » 
« Al muy ilustre Cabildo de Montevideo. » 



No se extrañe que ampliemos nuestras pruebas, anticipán- 
donos al texto de nuestra obra; porque tratándose de materia 
tan interesante como la que tratamos en este capítulo, creemos 
que conviene superabundar en comprobaciones con documen- 
tos que no son aun conocidos, y que han de hacer coincidir al 
lector en nuestra convicción respecto de las tendencias refor- 
madoras de Artigas. 

Apenas derrocado el tiránico Director Su])remo General Al- 
voar por la revolución de Fontezuelas, el General Artigas so 
preocupó ya de la reunión de un Congreso Oriental, demos- 
trando asi en medio de una situación belicosa, aquellas ten- 
dencias organizadoras, así como el espíritu que le animaba de 
buicar en el sufragio de sus conciudadanos el prestigio que ya 
tenia asegurado por medio de sus armas. 



— 220 — 

Es necesario darse cuenta de la tremenda situación que el 
General Artigas habia afrontado resueltamente un mes antes 
llevando su ejército hasta Santa Fé, para de allí invadir la 
provincia do Buenos Aires, contestando con una guerra franca 
y decisiva al Director Alvear, quien á su turno enviaba otro 
ejército á su encuentro. 

Solo meditando sobre esa situación tan turbulenta podrá re- 
conocerse cuan firme y decidida debia ser la resolución de Ar- 
tigas de entrar en el terreno de las reformas y de la reorgani- 
zación del Estado Oriental, bajo la base del sistema represen- 
tativo, inmediatamente después de aquellos grandes sucesos, y 
apenas emprendia su regreso á su pais, como un vencedor sa- 
tisfecho de sus triunfos. 

Es de este modo como puede apreciarse la sinceridad de los 
projjósitos reformistas del General Artigas dedicándose inme- 
diatamente á procurar la reunión del Congreso Oriental de que 
dan cuenta la Nota y Reglamento siguientes: 

Esa reglamentación electoral prescrita por Artigas, cuyas 
bases ó condiciones serian hoy mismo dignas de aprobación, 
por las garantias que aseguraban al voto cívico, revelan en 
Artigas como se verá, las cualidades del reformador político 
que le hemos atribuido con vista de tan satisfactorias pruebas. 

Hó aquí dicha nota : 

<£ Conducidos los negocios públicos al alto punto en que se 
ven es peculiar al pueblo sellar el primer paso que debe se- 
guirse á la conclusión de las transaciones que espero fonnali- 
zar. 

« En esta virtud, creo ya oportuno reunir en Mercedes un 
Congreso compuesto de diputados de los pueblos. Y para fa- 
cilitar el modo de su elección, tengo el honor de acompañar á> 
V. S. el adjunto Reglamento, confiando en el esmero de esa 
Ilustre Corporación, qu© eludiendo hasta el menor motivo de 
demora, al momento de recibir ésta, dé las disposiciones com- 



y 



221 

])etentes para que con igual actividad se proceda en toda la ju- 
risdicción de esa plaza, capital de Provincia, á la reunión de 
Asambleas electorales, encargando muy particularmente que 
los ciudadanos en quienes la mayoridad de sufragios haga re- 
caer la elección para diputados, sean inmediatamente provis- 
tos do sus credenciales y poderes, y se pongan con toda pron- 
titud en camino al indicado pueblo de Mercedes. 

El orden, la sencillez y la voluntad general deben caracteri- 
zar el todo que recomiendo al celo de V. S . 

Tengo el honor, etc. 

Cuartel General, Abril 29 de 1815. 

José Artigas. 
Al Muy Ilustre Cabildo . 



« Bcr/hune)itú de que se servirá el Muy Ilustre Cahüdo de la 
ciudad de Montevideo para la reunión de las Asamhlcas electora- 
les, ij nombramiento de diputados que deben emanar de ellas, para 
el Congreso convocado en esta data. 



1." La ciudad se dividirá en cuatro cuarteles, ó departamen- 
tos; la comprensión de cada uno de ellos será fijada por el 

Muy Ilustre Cabildo. 

2.*^ Los ciudadanos Antolin Reina, Ramón de la Piedra, Pa- 
blo Pérez y Santiago Cardoso, miembros del M. I. C. presidirán 
^eparddamente en cada uno. La suerte decidirá el que priva- 
tivamente les corresponda. 

3.° Los ciudadanos de cada departamento concurrirán desde 
las nueve de la mañana hasta las cinco y media do la tarde del 
(lia subsiguiente á la recepción de la orden de esta data, á las 
cusas quo indi(pion los respectivos presidentes, á nombrar tres 
electores correspondientes á su distrito. 



\ 



— 222 — 

4° El voto irá bajo una cubierta cerrada y sellada: y ol so- 
bre en blanco. En la mesa del presidente firmará todo sufra- 
gante su nombre en el sobrescrito, que también se rubricará 
por aquél, y un Escribano que debo serle asociado. El Escri- 
bano numerará y anotará los papeles entregados por los votan- 
tes, echándolos en una caja, que concluida la hora se conducirá 
cerrada al Muy Ilustre Cabildo, el cual abrirá las cuatro suce- 
sivamente, y cotejando en cada uno los votos con la numera- 
ción y anotación, procederá al escrutinio. 

5.** Los tres ciudadanos que en cada dapartamento saquen la 
pluralidad, se tendrán por electores para el nombramiento de 
diputados, al que procederán, siendo citados acto continuo. 

Q° Reunidos en la Sala Capitular se separará de ella el M. I. 
Cabildo, y nombrarán ellos un presidente entre si, y harán la 
elección de tres diputados, que serán los que concurrirán por 
esa ciudad capital de provincia al Congreso indicado . 

7J^ Electos los tres diputades se les comunicará inmediata- 
mente las credenciales y poderes competentes en la forma 
que corresponde. " 

8.° El M. I. Cabildo trascribirá respectivamente á todos los 
pueblos de la Provincia hasta las márgenes del Rio Negro, el 
reglamento preciso para la reunión de sus Asambleas electora- 
les, debiendo nombrarse en cada una un diputado por cada 
pueblo para concurrir al predicho Congreso. 

d° Se pondrá muy particular esmero en que todo se verifi- 
que con la mayor sencillez posible, cuidando que el resultado 
sea simplemente la voluntad general . 

Dado en este Cuartel general á 29 de Abril de 1815. 

José Artigas». 



y i 



223 — 



He aqui otras dos notas de no menor importancia, en una de 
las cuales se hace resaltar el espíritu de autonomía en que de- 
bían inspirarse los nuevos funcionarios que se eligiesen: 



« Ya supongo en manos de V. S. la resolución sobre la cau- 
sa de los ciudadanos Tomás García Zúniga y Felipe Santiago 
Cardoso . 

« Concluido este acto por el Pueblo, es preciso pencar en la 
elección de nuevo Cabildo Gobernador, y deseando que todo 
se haga con el mejor orden, y que de un modo solemne se es- 
prese la voluntad de los pueblos en sus gobernantes, he resuel- 
to indicar á V, S. lo siguiente: 

« Que inmediatamente pida V. S . á cada Cabildo de los 
pueblos que lo tengan, un elector, ([ue será un miembro por 
cada una de las respectivas Manicipalídados . Al efecto oficia- 
rá V . S . inmediatamente á todos los Cabildos para que man- 
den su elector, que deberá hallarse en esta ciudad para el últi- 
mo dia del año, en que deberán verificarse dichas elecciones . 

« En ellas, á más de los electores indicados, concurrirán con 
V . S . á su Casa capitular cuatro electores nombrados por los 
cuatro cuarteles correspondientes á esa ciudad y dos más por 
sus extramuros. 

«. En este número concurrirán los sufragantes el dia último 
del aíio, á votar por aquellos sujetos que deban servir los em- 
pleos consegiles el año entrante. 

« La pluralidad en los sufragios será el principio de su apro- 
bación. V, S . me dará parte inmodiatamonte de los que resul- 
taren electos, para su aprobación y dia de recibimiento. 

Después de nombrado ese Muy Ilustre Cabildo Gobernador, 
se le pasarán al mismo las Instrucciones necesarias para el 
nombramiento de los otros Cabiklos en sus respectivas juris- 
dicciones, que se verificarán en todo Enero del año entrante. 



— 224 - 

« Es cuanto tengo que comunicar á V. S. saludándole con 
toda mi afección. 

« Cuartel General 10 de Diciembre do 1815. 

José Artigas. » 
« Al Muy Ilustre Cabildo Gobernador de Montevideo. » 



Hé aqui otra nota no menos interesante sobre el mismo tó- 
pico: 

« Presento á V. S. el orden electoral quo cada Cabildo reS- 
jDectivamente debe guardar para el nombramiento de los nuer 
vos magistrados que deben regir el año presente. Cada Ca- 
bildo convocará á todo.s los ¡necea pedáneos, y á los jueces 
de los pueblos menores, y un elector por cada uno de estos, que 
será el juez electo para el año presente. 

Todos concurrirán el dia prefijado por el Cabildo para la 
elección . 

« En ella se nombrarán los miembros que deben componer 
y regir el Cabildo el presente año. Se nombrarán igualmente 
todos los jueces pedáneos para sus respectivos partidos. Sola- 
mente los nuevos jueces de ios pueblos serán electos por el 
mismo pueblo, debiendo serlo el mismo elector, según arriba 
se previno, y lo liará presente cada Cabildo á los jueces respec- 
tivos, á quienes oficie para que con este conocimiento elija el 
pueblo á un sujeto capaz j digno de su confianza. Por los pue- 
blos donde hay Cabildo, se nombrarán dos electores, que con- 
curran con los demás al nombramiento, según el orden que han 
visto observar por los representantes en el Congreso electoral 
celebrado en Montevideo . Todo el que haya de tener voz y 
voto deberá ser americano, do lo contrario queda excluido . 

« Después de concluidas las elecciones, cada Cabildo respec- 



— 225 — 

tivamente pasará sus elecciones al Gobierno de Montevideo 
para su confirmación; de lo que se me dará parte para mi de- 
bido conocimiento. Habida la predicha confirmación, se pon- 
drá en posesión de sus nuevos empleos á los electos, quienes, 
ante el Cabildo y Congreso electoral, prestarán su juramento 
por lo sagrado de la patria, de desempeñar fiel y legalmente 
los empleos que se les han confiado, y en adelante se les con- 
fiaren, conservando ilesos los derechos de la Banda Oriental que 
dif)nam,ente sostiene el jefe de los Orientales^ ciudadano D. José 
Artigas. En seguida pasarán los nuevamente electos á la Igle- 
sia, como es costumbre, á ofrecer al Todo -Poderoso sus deseos 
por el bien público en la misa solemne que al efecto dirá el 
Cura de cada pueblo donde se halle reunido el Congreso elec- 
toral. Todo lo que hará V. S. presente a los demás Cabildos, 
pasándoles copia certificada de mi resolución para el más exac- 
to cumplimiento. 

« Tengo la honra, etc. 

« Cuartel General, etc., Enero O do 1816. 

« José Artigas. 

« Al Muy Ilustre Cabildo de Montevideo. » 

Terminaremos aqui nuestras lijeras apreciaciones sobre los 
ensayos y trabajos de organización jjolítica á que el General 
Artigas queria dar justa preferencia. Por mas imperfectos que 
olios fuesen, ensayados desde los campamentos durante un es- 
tado de guerra, ó de activa preparación para resistirla, son así 
mismo demostrativos de un laudable espíritu de reforma, espe- 
cialmente si se los juzga desde el punto de vista de esa época 
en que todo se hallaba en embrión, y en que intereses tan en- 
contrados y reaccionarios, y aptitudes tan incompetentes en 
los hombres públicos que recien surjian, estorbaban toda refor- 
ma, toda reorganización política. le 



— 226 — 

Vamos ahora á comprobar de un modo satisfactorio cuanto 
se preocupaba Artigas del progreso material de la Provincia, 
del fomento de sus intereses rurales, base principal, ó más bien 
única entonces, de su riqueza, y con que espíritu metódico y 
liberal se esforzaba por dar arraigo y medios de trabajo y sub- 
sistencia á todos sus habitantes, y en especial á los mas desva- 
lidos . 

Queremos referirnos á un Reglamento formulado por el Ge- 
neral Artigas en 1815, que sin duda se publica ahora por pri- 
mera vez en la República, siéndonos muy grato hacerlo conocer 
de nuestros lectores. 

Escusamos estensos comentarios á que se presta el examen 
de ese documento . Nos limitamos á su inserción, crej'^endo que 
asi podrá adquirirse una idea aproximada del estado anor- 
mal y armiñadísimo en que habia quedado la provincia en 
aquella época remota, y las benéficas reformas que en ella se en- 
sayaban bajo el importante punto de vista del desarrollo de los 
intereses rurales, de su policía de campaña, y del proyectado 
mejoramiento de condición de su escasa población laboriosa. 

Para ser apreciado con justicia este valioso documento, debe 
recordarse que él se expedía bajo un estado de guerra activa 
con la España, en que los españoles ó europeos^ pues no habia 
otros en la Provincia, eran considerados como enemigos irre- 
conciliables, y maltratados como tales; estando confiscados sus 
bienes en toda la América insurjente , 

De tales prácticas y vejámenes habían dado un odioso ejem- 
plo los españoles, persiguiendo á los criollos^ tratándoles con 
torpe crueldad, y educándolos así en esa escuela de duras re- 
presalias, que por fortuna para esta sección de la América in- 
dependiente, no fué nunca tan horrenda y execrable como lo 
fué la conducta de los españoles en el Sud de Chile, en el Alto 
Perú, en Venezuela y en Méjico . 



— 227 — 

Así también, en materia de confiscación y enormes coutribu- 
ciones de guerra, habian iniciado iguales prácticas los gober- 
nadores militares que dominaron en Montevideo después de la 
entrada de las tropas patriotas á las órdenes de Alvear, cuando 
se embargaron y vendieron la mayor parte de los bienes rai- 
ces y aún muebles, bajo la calificación de iiropiedades extrañas^ 
existentes en esta Provincia, de pertenencia de los españoles 
presentes ó de los emigrados. 

Con estas salvedades indispensables, so reconocerá también 
cuan calumnioso ha sido el cargo que se ha hecho al General 
Artigas por sus enemigos de ser un caudillo vulgar é indolen- 
te, sin aspiraciones de progreso ni de orden en favor de su 
Provincia, y de no haberse preocupado jamás de la organiza- 
ción de su campaña. 



Reglamento provisorio da la Provincia Oriental para el fomento 
de su campaüa y seguridad de sus hacendados. 

« 1." El Sr. Alcalde Provincial además de sus facultades or- 
dinarias, queda autorizado para distribuir terrenos j velar so- 
bre la tranquilidad del vecindario, siendo el Juez inmediato en 
todo el orden de la presente Instrucción. 

2." En atención á la vasta extensión de la campaña podrá 
instituir tres sub-Tenientes de provincia, señalándolos su juris- 
dicción respectiva, y facultándolos según este Reglamento. 

3." Uno deberá instituirse entre Uruguay y Rio Negro, otro 
entre Rio Negro y Yi; otro desdo Santa Lucía, hasta la costa 
de la mar, quedando el Sr. Alcalde Provincial con la jurisdic- 
ción inmediata desde el Yi hasta Santa Lucia. 

4." Si para el desempeño de tan importante comisión halla- 
re el Sr. Alcalde Provincial, y Subtenientes de Provincia ne- 
cesitarse de más sujetos, jiodrá cada cual instituir en sus res- 



— 328 — 

psctivcis jurisdicciones Jueces Pedáneos, que ayuden á ejecu- 
tar las medidas adoptadas para el entable del mejor orden. 

5 ° Estos comisionados darán cuenta á sus respectivos sub- 
Tenientes de Provincia; estos al Sr. Alcalde Provincial, de 
quien recibirán las órdenes precisas; éste las recibirá del Go- 
bierno de Montevideo, y por éste conducto serán trasraisibles 
otras cualesquiera que además de las indicadas en ésta Instruc- 
cion, se crean adaptables á las circunstancias. 

6.'^ Por alxora el Sr. Alcalde Provincial y demás subalter- 
nos se dedicarán á fomentar con brazos útiles la población de 
la campaña. Para ello revisará cada uno, en sus respectivas 
jurisdicciones, ios terrenos disponibles; y los sujetos dignos 
de ésta gracia, con prevención, que los más infelices serán los 
más privilegiados. En consecuencia los negros libres, los zam- 
bos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán 
ser agraciados con suerte do estancia, si con su trabajo y hom- 
tiria de bien propenden á su felicidad, y á la de la Provincia. 

7. ° Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvie- 
ren liijos. Serán igualmente preferidos los casados á los ame- 
ricanos solteros, y estos á cualquier estranjero. 

8. ° Los solicitantes se apersonarán ante el señor Alcalde 
Provincial; ó los subalternos dé los partidos, donde eligie- 
ren el terreno para su población. Estos darán su informe al 
señor Alcalde Provincial y éste al Gobierno de Montevideo de 
quien obtendrán la legitimación de la donación, y la marca que 
deba' distinguir las haciendas del interesado en lo sucesivo. 
Para ello al tiempo de pedir la gracia se informará si el solici- 
tante tiene ó no marca: si la tiene será archivada en el libro de 
marcas, y de no, se le dará en la forma acostumbrada. 

9.° El M. I. Cabildo Gobernador de Montevideo despachará 
estos rescriptos en la forma que estime más conveniente. Ellos 
y las marcas serán dados graciosamente, y se obligará al Re- 



— 229 — 

gidor encargado de Propios do ciudad, lleve una razón exacta 
de estas donaciones de la Provincia. 

10. Los agraciados serán puestos en posesión desda el mo- 
mento que se haga la denuncia por el Sr. Alcalde Provincial, 
ó por cualquiera de los subalternos de este. 

11. Después de la posesión serán obligados los agraciados 
por el Sr. Alcalde Provincial, ó demás subalternos á formar 
un Rancho y dos corrales en el término preciso de dgs meses, 
los que cumplidos, si so advierte la misma negligencia, será 
aquel terreno donado á otro vecino más laborioso y benéfico á 
la Provincia. 

12. Los terrenos repartibles, son todos aquellos de emigra- 
dos, m.aíos europeos y peores americanos que hasta la fecha no 
se hallan indultados por el gefc de la Provincia para poseer 
sus antiguas propiedades. 

13. Serán igualmente repartibles todos aquellos terrenos 
que desde el año de 1810, hasta el de 1815, en que entraron 
los orientales á la plaza de Montevideo, hayan sido vendidos, 
ó donados por el Gobierno de ¿Ha. 

14. En esta clase de terrenos hí\brá la excepción siguiente; 
Si'fucran donados ó vendidos á orientales ó á extraños ; — Si á 
los primeros, so les donará una suerte do estancia conforme al 
presento reglamento: — Si á los segundos, todo es disponible en 
la forma dicha. 

ID."' Para repartir los terrenos de Europeos y malos ameri- 
canos se tendrá presento si éstos son casados, ó .solteros. De 
éstos todo es disponible. De aquellos se atenderá al número do 
sus hijos, y con concepto á que éstos no sean perjudicados, so 
les dará lo bastante para que puedan mantenerse en lo sucesi- 
vo, siendo el resto disponible, si tuvieren demasiado terreno. 

IG.*^ La demarcación de los torrónos agraciablcs, será legua y 
media de frente, y dos de fondo, eu la inteligencia que puede 
hacorso más ó menos extensiva la demarcación, según la loca- 



230 — 



lidad del terreiio, en el cual siempre se proporcionarán agua- 
das, y si lo permite el lugar, linderos fijos ; quedando al celo de 
los comisionados, economizar el terreno en lo posible, y evitar 
en lo sucesivo desavenencias entre vecinos. 

17. Se velará por el Gobierno, el señor Alcalde Provincial, 
y demás subalternos para que los agraciados no posean más 
que una suerte de estancia. Podrán ser privilegiados sin em- 
bargo, los que no tengan más que una suerte de chacra: podrán 
también ser agraciados los americanos que quisiesen mudar de 
posición, dejando la que tienen á beneficio de la Provincia. 

18. Podrán reservarse únicamente para beneficio de la 
Provincia el Rincón de Pan de Azúcar y el del Cerro para 
mantener las reyunadas de su servicio. El Rincón del Rosario 
por su es,tension puede repartirse hacia el lado de afuera, en- 
tre algunos agraciados, reservando en los fondos una extensión 
bastante á mantener cinco ó seis mil reyunos de los dichos. 

19. Los agraciados, ni podrán enagenar, ni vender estas 
suertes do estancia, ni contraer sobre ellos débito alguno, bajo 
la pena de nulidad, hasta el arreglo formal de la Provincia, en 
que ella deliberará lo conveniente. 

20. El M . I . Cabildo Gobernador, ó quien él comisione, me 
pasará un estado del número de agraciados y sus posiciones 
para mi conocimiento . 

21. Cualquier terreno anteriormente agraciado, entrará en 
el orden del presente Reglamento, debiendo los interesados 
recabar por medio del Sor. Alcalde Provincial su legitimación 
en la manera arriba erspuesta, del M . I . Cabildo de Montevi- 
deo. 

22. Para facilitar el adelantamiento de estos agraciados, que- 
dan facultados el Sor. Alcalde Provincial y los tres Subtenien- 
tes de Provincia, quienes únicamente podrán dar licencia para 
que dichos agraciados se reúnan y saquen animales asi vacu- 
nos, como cabalgares de las mismas estancias de los europeos 



— 231 — 

y malos americanos que se hallen en sus respectivas jurisdic- 
ciones , En manera alguna se permitirá que ellos por si solos 
lo hagan : siempre se les señalará un Juez Pedáneo, ú otro co- 
misionado para que no se destrozen las haciendas en las corre- 
rías, y las que se tomen se distribuyan con igualdad entre los 
concurrentes, debiendo igualmente celar asi el Alcalde Provin- 
cial, como los demás subalternos, que dichos ganados agracia- 
dos no sean aplicados á otro uso que al de amansarlo, caparlo 
y sujetarlo á rodeo . 

23. También prohibirán todas las matanzas á los hacenda- 
dos, si no acreditan ser ganados de su marca: de lo contrarío 
aerin decomisados todos los productos, y mandados á disposi- 
ción del Gobierno. 

24. En atención á la escasez de ganados que experimenta 
la Provincia, se prohibirá toda tropa de ganado para Portugal. 
Al mismo tiemjjo que se prohibirá á los miamos hacendados la 
matanza del hembraje, hasta el restablecimiento de la cam- 
paña. 

25. Para estos fines, como para desterrar los vagabundos, 
aprehender malhechores y desortores, se le dará al señor Al- 
calde Provincial, ocho hombres y un sargento, y á cada tenen- 
cia de Provincia, cuatro soldados y un cabo. El Cabildo deli- 
berará si estos deberán ser de los vecinos, que deberán mudarse 
mensualmente, ó de soldados pagos que hagan de esta suerte 
su fatiga. 

26. Los tenientes de Provincia no entenderán en demandas. 
Esto es privativo del señor Alcalde Provincial, y de los jueces 
de los Pueblos y Partidos. 

27. Los destinados á esta Comisión, no tendrán otro ejercicio 
que distribuir terrenos y propender á su fomento, velar sobro 
la aprehensión de los vagos, remitiéndolos ó á este Cuartel Gre- 
neral, ó al Gobierno de Montevideo, para el servicio de las ar- 
mas. En consecuencia, los hacendados darán papeletas á sus 



— 232 — 

peones, y los que so hallaren sin este requisito, y sin otro 
ejercicio que vagar, serán remitidos en la forma dicha. 

28. Serán igualmente remitidos á este cuartel general los 
desertores con armas ó sin ellas que sin licencia de sus jefes se 
encuentren en alguna de estas jurisdicciones. 

29. Serán igualmente remitidos por el subalterno al Al- 
calde Provincial cualquiera que cometiere algún homicidio 
hurto ó violencia con cualquier vecino de su jurisdicción. Al 
efecto lo remitirá asegurado ante el Sr. Alcalde Provincial y 

fUn oficio insinuándole del hecho. Con este oficio, que servirá 
de cabeza de proceso á la causa del delincuente, lo remitirá oí 
Sr. Alcalde Provincial al Gobierno de Montevideo, para que 
éste tomo los informes convenientes, y proceda al castigo se- 
gún el delito. 

Todo lo cual se resolvió de común acuerdo con el señor Al- 
calde Provincial D. Juan León y D. León Pérez, delegados con 
este fin; y para su cumplimiento lo firmé en este Cuartel ge- 
neral á 10 de Setiembre de 1815. 

José Artigas. 

Nota. — En el artículo 13, se le agrega esta cláusula: « no 
comprendiéndose en este artículo los patriotas acreedores á es- 
ta gracia. » 

Está conforme con su original y por orden del Exmo. Ca- 
bildo Gobernador expido el presente que certifico y firmo en 
Montevideo, á 30 de Setiembre de 1815. 

(Firmado) Pedro M. de Taveyrc, 
Secretario. » 



— 233 - 

Perdónesenos que hayamos sido tan extensos en esta trans- 
cripción de documentos. Nos hemos decidido á ello no solo por 
el mismo mérito relevante do estos, y por no haberse publica- 
do aun, sino también como una demostración del espiritu re- 
formador que guiaba al ciudadano Artigas al procurar implan- 
tar en la Pro^'iucia un Yerd;idoro sistema representativo, aun 
en medio de apremiantos exigencias de una constante gueiTa 
civil y extranjera. Tenía á ese respecto ideas fijas, cuya espre-^ 
sion práctica la hallamos en feu nota á don L. Brito, de Soria- 
no, de fecha 13 de Abril de 1813, aún inédita: « Yo felicito á to- 
dos viéndolos ya representados. Es el honor uiás gráfido de mi 
pueblo libre.» 

Del mismo modo acredita el último de los documentos que 
pernos publicado las tendencias progresistas y protectoras de 
los grandes intereses rurales do la Provincia. 

Si el General Artigas no se hubiera visto obligado á vivir 
en una constante batalla con enemigos implacables que desde- 
Buenos Aires y el Brasil lo acosaban por todas partes, sin tre- 
gua ni descanso, y que conspiraban constantemente contra él 
en Montevideo, en Entre-Rios y en Santa-Fé, puede asegurar- 
se ante tales pruebas, que una administración presidida por él 
en época de completa tranquilidad, habria sido eminentemente 
reformadora, laboriosa y progresista, porque tales eran las as- 
piraciones que dominaban en su carácter y en sus hechos aL 
írente mismo de sus valientes milicias en campaña, y entra la 
febril agitación de su azarosa existencia. 



-— *4?®;^r— 



El sentimiento popular en la provincia Oriental. 



§e lia pretendido por algunos historiadores que imponiendo 
el General Artigas un régimen despótico en su administración, 
tenia que sobreponerse tiránicamente al sentimiento popular 
do la provincia. Que es de este modo como dominaba á su ca- 
pricho la voluntad general, valiéndose de los medios coerciti- 
vos de que disponía, imprimiendo en todos lo* actos públicos 
su férrea voluntad. 

Todo esto es absolutamente erróneo y exajerado. 

El General Artigas no pesaba sobre la voluntad de sus com- 
patriotas sino indirectamente, en cuanto se relacionaba con la 
regularizacion de la administración confiada á los Cabildos y 
Jueces Pedáneos, y directamente en cuanto se referia á los 
asuntos de guerra, que eran de su exclusivo y absoluto resprte . 

Aun así mismo, no debe encontrarse nada objecionable ni 
reprensible en que así fuese, dada la situación de guerra en- 
carnizada -é incesante que atravesaba el país, desde que aquel 
gran caudillo con tan legítimos títulos adquiridos en el servi- 
cio de su provincia, era, puede decirse, el depositario ó repre- 
sentante de la voluntad general, ó al menos de la mayoría de 
su« comi)rovincianos, expresamente formulada en Congresos 
Orientales. 

Uniformada así esa opinión, el General Artigas tenia por 
lo mismo mas derecho quo ningún otro á hacer preponderar 
en situaciones extremas, lo quo él juzgaba mas diguo y mas 
honorable para su país; dirigido al efecto, no solo por su pro- 
pio criterio, sino también por el de otros eminentes ciudada- 
nos que lo acompañaban ó cooperaban patrióticamente en su 
obra de ir reorganizando la provincia. 



— 236 - 

Este razonamiento aplicado á situaciones politicaa normales 
en nuestros tiempos, podria reprobarse muy justamente como 
una blasfemia, tratándose de democracias regularmente cons- 
tituidas en ¿poca de paz, que tuviesen que soportar una^tira- 
nia en ]3ermanencia. 

Pero es iiedesario recordar que en 1814 y ISlo, en cuya épo- 
ca las leyes or^'ánicas y constitucionales estaban recien estu- 
diándose y ensayándose elemental mente como en Buenos Ai- 
res con el Estatuto Provisorio, y con mucho mayor atraso en el 
resto de todo Sud América, aquel razonamiento no era sino 
uíia verdad práctica. 

Igual razonamiento podria aplicarse en la misma época á 
casi toda Europa, en donde poco antes, aun la misma libérrima 
y avanzada Inglaterra se liabia subordinado dócil y sumisa al 
Ministerio de su inflexible Pitt, bajo el cual, todo. Estatutos, 
Actas, Parlamentos, y Aristocracia, tuvieron que someterse á 
la primordial necesidad de defender la patria contra el enemi- 
go conquistador, el Gran Corso. 

Pero independiente de aquella supremacía personal de Ar- 
tigas, la provincia Oriental se excitaba á si propia por un sen- 
tiíhiento tradicional desde que Montevideo dejó de ser man- 
dado por Comandantes Militares que venian de Buenos Aires: 
sentimiento que no precisaba del estimulo de Artigas para 
palpitar en uniforme armonía con la misma causa sostenida 
por él. 

Ese sentimiento venía exaltándose desde mucho antes de la 
revolución de Mayo, produciendo en Montevideo una ardiente 
aspiración de independencia, que cada día iba fortaleciéndose 
más y más, creando serios antagonismos y resistencias contra 
Buenos Aires y aus autoridades en general, en el orden político 
y administrativo ante los Vireyes, en el orden judicial ante la 
Audiencia y el Consulado de Comercio, y en el eclesiástico an- 
te el Obispado, resistiendo imposición do diezmos y gabelas; 



— 237 — 

íormánclose asi en distintas épocas manifestaciones públicas en 
favor y sosten de la emancipación, cuyas pi*uebas presentare- 
mos en el texto do la obra . 

Esas manifestaciones se acentuaron en la rebelión del Gober- 
nador í^lio contra el Virey Liriiors, con la misión en 1806 del 
Dr. Du. Nicolás Herrera en solicitud de que se crijieson en 
Montevideo una Intendencia y Tribunales de jurisdicción y 
otras prerogativas propias, y por último en los grandes méritos 
y glorias adquiíidas por el vecindario de esta cividad en la re- 
coaquista de Buenos Aires contra los Ingleses. 

Existían, pues, numerosos 3' serios fundamentos p^ra que 
esa aspiración de libertail so convirtiese en una verdadera pa- 
sión para la entusiasta multitud, que veia en Artigas el infle- 
xible representante y campeón de esa libertad. 

La opinión pública en el elemento criollo respondia, como se 
've, á uno de los más nobles y puros afectos y aspiraciones po- 
pulares: el de la indejjendencia. 

Es indudable que con ellas se robustecía en el pueblo Orien- 
tal la convicción de su propio valor, la cual lo preparaba piara 
afrontar grandes empresas, considerándose á si mismo muy 
digno de ellas, y muy capaz por esta razón do gobernarse á sí 
propio. 

Un pueblo que 'labia peleado en campo abierto y pocho á 
poclio con la Inglaterra, mereciendo su capital el timbre de 
Muy Leal y Reconquistadora; que liabia ¡peleado con la Espa- 
ña, con las Provincias Unidas, y con el Portugal en 1812, tenia 
derecho do juzgarse así mismo á la altura de cualquier grande 
acontecimiento, de cualquier peligro, de cualquier sacrificio. 

Tenia sobro todo el derecho de darse sus instituciones polí- 
tii.'as, de gobernarse con autoridades nombradas por sí mismo. 

Poro fuera de los agtos populares que respondían á la acciou 
■de la fuerza, el pueblo que individualmente se sentía domina- 
do por la superioridad moral do Artigas, le guardaba no sólo 



-7 238 — 

un profundo respeto, sino una calorosa y decidida adhesión. 
La población criolla sentía hacia él un filial afecto sobre todo 
la de sus villas y pueblos del interior, considerándolo no ya 
como el jefe temido y respetado, sino como al patriarca vene- 
rable que uos describen las leyendas bíblicas, amparando á su 
pueblo, patrocinándolo, defendiéndolo, haciendo justicia á to- 
dos, protegiendo al débil contra el poderoso, haciendo respetar 
en todos los hogares desde el más encumbrado al más humilde, 
el nombre del defensor de la patria contra el extrangero, fuese 
este quien fuese; y el del protector de la justicia. 

Si Artigas hubiera podido alguna vez resignarse á vivir 
dentro de su pais estando sometido éste á una dominación ex- 
tranjera, hipótesis del todo inaceptable, siendo tan conocida 
su inflexibilidad de carácter; así mismo, el pueblo habría ocu- 
rrido constantemente á él en su desvalimiento; venerándolo, y 
contando siempre con él como el futuro Guillermo Tell de su 
sangrienta redención . 

No podemos darnos cuenta si será acaso porque nos apasio- 
namos demasiado por los grandes y fuertes caracteres que re- 
concentran en su pederosa voluntad el dominio sobre las ge- 
neraciones que les son contemporáneas; pero así como miramos 
en menos algunas grandes entidades que el vulgo endiosa tan 
solo por que han sabido hacer triunfar la fuerza ó la inteligen- 
cia al servicio de la conquista, de la usurpación, ó de la tiranía; 
asi también nos inclinamos respetuosos y entusiastas ante los 
.grandes hombres que como Artigas solo dedican la fuerza de 
su brazo, el poder de su inteligencia, ó la elevación de su ca- 
rácter, á sostener las libertades de su pueblo, ó la defensa de 
su sagrado territorio . 

Con tal criterio, el primer Napoleón como Emperador, es pa- 
ra nosotros un pigmeo ante nuestros Americanos Bolívar ó 
San Martin . El abnegado Belgrano ganando sus gloriosas vic- 
torias de Salta y Tucuman para emancipar las provincias ar- 



— 239 — 

gentinas del Norte y las del Alto Perú, nos parece mucho más 
noble y respetable que el ambicioso vencedor de Austerlitz ó 
de Jena . 

La grandeza moral de los hombres no está, pues á nuestro jui- 
cio, en su propio valer y en sus eminentes cualidades, sino en la 
nobleza do la causa á que lo dedican. 

Perdonándosenos éste paréntesis, que podríamos ampliar con 
tantos argumentos, y volviendo á Artigas y su pueblo idólatra 
de su causa, por que era la suya propia, creemos conveniente 
reproducir aquí algunos documentos que acreditan el espontá- 
neo afecto que tenia éste á aquel, y la impetuosa decisión con- 
que lo segundaba . El Cabildo do Montevideo no era asi en sus 
manifestaciones sino el eco fiel de la opinión de los ciudada- 
nos. 

El General Artigas decidido á invadir la provincia de Bue- 
nos Aires, para combatir al Director Alvear que enviaba con- 
tra él una fuerte expedición á órdenes del General Viana, di- 
riírió desde el Paraná dos notas al Cabildo de Montevideo con 
feclia 3 y 13 de Abril de 1815, las que nunca se han publicado, 
y que además de su tenor tan interesante para la historia de 
aquella época, servirán á explicar la respuesta dada á ellas por 
el mismo Cabildo do Montevideo, como expresión del senti- 
miento popular que dominaba entonces en esta provincia en 
favor de Artigas y de la causa que el defendía. 

Como debe comprenderse, esas notas están inspiradas en un 
espíritu guerrero, desde que emanan del General en Jefe do 
un ejército que al pasar al Paraná p;ira invadir la provincia de 
Buenos Aires, iba á combatí i- al temible poder Directorial de 
Alvear apoyado en un ejército numeroso y aguerrido, sostenido 
también por la fuerte provincia de Buenos Aires, dominada 
por el terrov de su tiránico gobierno, 
lié aquí dichas dos notas: 
« Incluyo á V. S. copia de los últimos resultados do Córdoba, 



— 240 - 

y demás adjí^acentes. Por ellos calculará el esftado de nuestras 
negociaciones y las grandes ventajas qtie hoy reporta en to- 
dos los pueblos el triunfo de la libertad. Teijga V. S. Ja dig- 
nación de tenerlos muy presentes para fijar el orden dé las 
providencias 'con tino y circunspección. Luego que nuestra 
unión sea fijada con Buenos Aires y demás pueblos, regresaré 
prontamente á mi pais, y entonce» conocerán mis conciudada- 
nos las ventajas de haber prodigado en su obsequio mis afanes, 
i Tengo la honra de saludaj-le y ofertarle mis afectuosas y 
sinceros respetos. — Cuartel en el Paraná ^ de Abril de 1815. 

Jcsé Ariigas. 

Al Muy Ilustre Cabildo dp Montevideo. ■- 



« Acompaño á V. S. esas Gazetas, que.,manifiestíin aun Iqs 
sentimientos de aquel Gobierno y su decisión para perpetuar 
la guerra civil al mismo tiempo que su destrucción es inevita- 
ble. .Idj.unto á V. S. las últimas comunicaciones relativas á 
los suctsos de la combinación. Sin embargo mis tropas siguen* 
sus marchas, ostentando la grandeza de sus virtudes. Yo paso 
mañana á Santa Fé para dar el último impulso á los negocios 
y activar las providencias convenientes. 

« Entre tanto V. S. con el G obernador de esa Plaza concuer- 
den las mejores providencias para felicidad de la Provincia. 

« Ya lo he hecho presente á V. S. en mis anteriores comuni- 
caciones, y no sé por que jjrincipio se han retardado tanto que 
me tiene cuidadoso su demora. Yo regresaré al momento de 
haber allanado los pasos que obstruyen nuestro soriego . En- 
tonces espero hallar unidos los más rigorosos esfuerzos para la 
salud pública . Es un deber de su representación trabajar in- 
cesantemente por tan importante objeto ; yo no haré más que 
llenar lo vehemente de sus votos, y concurrir como un buen 



— 241 — 

ciudadano á recoger el frato de nuestros sacrificios y sellar la 
grande obra de nuestra libertad . 

Tengo la honra de saludar á, Y. S. etc. 

Paraná. 25 de Marzo de 1815, 

- >' 

José Artigas. 
Al Muy Ilustre Cabildo de Montevideo. 

Véase ahora la vehemencia 3'- entusiasmo con .que el Cabildo 
de Montevideo contestabí^ á es:w niotns dispuesto á sostener la 
causa de Artigas en aqiXtl su¡ , 1 anee. El lenguaje Inco- 

rrectn y ampulos© de esapot» fiOydebe teifersíi en cu'^nta sino 
como una consecuencia de incompctefici^ dfe'Secretífrta. aunque 
por lo general e|a£raSeolojia ei'amuy usaía en los documentos 
no solo municipales, sino hasfa guüernalÍTOs do.aquclla época, 
como podríamos demostrant) citajido algunos documentos del 
misí«0' ilustrado Jíivadavia. ^ 

Hé aquí diclia contestación dpi Cabildo: 

« Dia grande, dia memorable, día que oompletárá la,satisfac- 
ciCn del Pueblo de Montevideo ^quel en que el héroe do nues- 
tros dias^*despues de haber arredrado ^lps' trabajos y miserias 
y sus mismos en(?inigos, con splo'su^constaíicia, sé presente en- 
tre nosotros, y tengamos la gran cdTi[)lac'onciá do abrazarle «n 
nuestro seno . Solo una ignorancia pi^j^lo precipitar y torcer las 
ideas de algunos Orientales cojitra el sistema de la justicia y 
de la razón . ¿ Quien, pues, que estuviase penetrado de las ideas 
liberales do V. S. y clél desinterés qné dirige sus 2")asos en fa- 
yor de loa pueblos, podría dejai' de ser su secuaz eterno, ó ad- 
mirarse do tan sabias disposiciones ? ¿ Quién uo hubiese tenido 
una satisfstoion en militar bajo do sus Handeras, y concurrir á 
costa de su misma sangre á sostener la sagrada óausa y los de- 
rechos de los Pueblo»^? — Cada dia recibe el do Montevideo 

17 



— 242 — 

pruebas inequívocas de la beneficencia de V . E . pero el oficio 
que con fecliá 25 de Marzo se lia dignado dirigir desde el Paraná 
en contestación á esta Municipalidad, es la más irrefragable : su 
contesto el cuadro más fiel y expresivo de sus liberales senti- 
mientos. El Ayuntamiento de esta Plaza se cree con fuerzas 
insuficientes para retribuir bastantemente las generosas ofer- 
tas de V. S., entre tanto que él mismo puede asegurar que las 
esperanzas de V. S. no quedarán burladas. 

« Excederíamos sin disputa nuestra jurisdicción, y abusaría- 
mos de la prudencia de V. S. si nos atreviésemos á sugetar á 
censura unos hechos, que ya en los resultados patentizan la 
justicia de su empresa. Las provincias todas han probado ^'■a 
hace tiempo espresamente este sistema. 

Ellas han depositado toda su confianza, la salvación de si 
mismas, y la recuperación de sus hollados derechos, en las belí- 
geras armas de V. E., y sus incesantes fatigas y constancia ga- 
rantizarán sin duda su esperanza. El Pueblo mismo de Buenos 
Aires, ese orgulloso Pueblo que ahora se presenta como un ene- 
migo de los demás, conocerá antes de muchos días el poderío 
de los Orientales. Entonces libres ya del tirano que con más- 
cara hipócrita oprime verdaderamente al Pueblo, huella sus de- 
rechos y su misma libertad complaciéndose en la matanza de 
sus conciudadanos : entrando en el verdadero conocimieüto 3^ 
goce de sus intereses, advertirá la grandeza de alma de aquel 
genio que guiando sus huestes á la victoria, nos ha libertado á 
todos de.uii yugo á que cautelosamente se pretendía uncirnos. 

« Los triunfos gloriosos y repetidos de Y. S . forman una no 
despreciable parte del goce en que reposa ésta corporación : 
ellos aseguran los mejores resultados, al mismo tiempo que ele- 
van el concepto de los gefes que han llevado sus armas á las 
victorias . Agradecimiento eterno á tan dignos héroes! 

« V. S. puede, sin creer se agrave la atención de este Ayunta- 
miento, aumentar sus tareas en todo cuanto sea conveniente al 



— 243 — 

bien de la Provincia, seguro de que su exacto cumplimiento y 
mejor desempeño, liará nuestra maj'or satisfacción, pues con 
este encargo particular, no puede el Ayuntamiento obrar en 
todo conforme á sus grandes deseos sin exceder su jurisdicción. 
— Esta Municipalidad admire y agradece sus generosas ofer- 
tas, y su sinceridad; al mismo tiempo (como ya se ha dicho) 
que se cree incapaz de retribuirla bastantemente. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Montevideo, Abril 14 de 1815. 

Felipe Santiago Cardoso — Pallo Pérez — Liiig 
de la Rosa Brito — Pos'?uil Blanco — Antólin 
Reina — Ramón de la Piedra — Juati María 
Pérez — Francisco Faviin Piá — Eusebia 
Terrada^ Secretario. 



« Al Sr. General D. Josa Artigas, > 



Con motivo de la estrepitosa caida del Director Alvear ante 
la execración del pueblo de Buenos Aires, robustecida por la 
revolución de Fontezuelas, iniciada por el General Alvarez 
Thomas y el Coronel Oriental Ensebio Valdenegro, y su susti- 
tución interina por el primero de estos en tanto llegaba el Ge- 
neral Hondean, elegido en propiedad; el Cabildo de B-aenos 
Aires ofició al de Montevideo comunicándole tan importante 
noticia, y adjuntándole los decretos poniendo á Alvarez Tho- 
mas en el ejercicio de sus funciones como Director Supremo 
del Estado, y como tal con derecho á gobernar la Px-ovincia 
Oriental. 

So comprende que un sucedo tan trascendental debeiia ha- 
ber producido algún cambio ó reforma en li amplitud de fa- 
cultades de que aquel Gobierno, sucesor del de Alvear, so con- 
sideraba investido, como sustituto ó reemplazante de un go- 
bernante que tanto habia abusado de esas mismas facultades, 



— 244 — 

y que tan odioso se liabia liecho á las provincias por su des- 
potismo, y desconocimiento de sus derechos . 

Asi, pues, la revolución, para prestigiarse, habria debido 
principiar por reconocer algunos de esos derechos, y tratar de 
exhibirse más liberal y conciliadora con las misn.as provincias 
algunas de las cuales estaban en armas para defenderse de las 
agresiones de Alvear. 

AlffO de esto mismo se ofrecía espontáneamente en la nota 
del Cabildo de Buenos Aires ; pero en el hecho, y sin más con- 
sulta ni deferencia, se exijia desde luego á la Provincia Oriental, 
pleito homenage al afortunado motin oro surgido inopinadamen- 
te al poder de en medio de una sublevación militar. 

Yéase como el Cabildo de Montevideo presentaba al Gene- 
ral Artigas su opinión al comunicarle el recibo de dicha nota, 
demostrando asi cual era el sentimiento popular de que el Ca- 
bildo se hacia un eco autorizado : 

« Por las últimas noticias, decia el Cabildo, que Y . S. ha te- 
nido á bien dirigir á este Ayuntamiento, se advierten fácil- 
mente los delirios en que se habia precipitado ese hombre mal- 
vado en sus agonías. Esta Corporación admiraba toda la mal- 
dad de que era suceptible ese monstruo, cuando llegó la no- 
ticia de su colosal caida ; ella ciertamente hubiese encontrado 
toda la satisfacción de que debia en este Pueblo, sino se advir- 
tiera que el de Buenos Aires, siempre en su infru'ctuoso empe- 
ño, espiritu de orgullo, y dominación, desentendiéndose del 
sistema que proclaman las Provincias, solo atiende y reduce su 
encono á las personas. 

« Con fecha 21 del corriente invita el Cabildo Gobernador 
de la Provincia de Buenos Aires á ésta Municipalidad al reco- 
nocimiento del nuevo Gobierno: nuestra contestación es la que 
aparece á continuación de la insultante circular. 

« En las manos virtuosas de V . E. depositamos , Señor, esta 
cuestión, seguros de que habiendo libertado otras veces nuestra 



— 945 — 

Patria de mayores peMgros, allanará con honor y dignidad 
esos tropiezos que se presentan en la asecucion de nuestra Li- 
bertad. 

« Un solo momento no perdemos de vista los otros encargos 
que V . E . nos recomienda, y si en algo no hemos satisfecho sus 
esperanzas, ha sido por falta de jurisdicción, ó por nuestros pe- 
queños conocimientos ; poro éstos son equilibrados con los bue- 
nos y honrados deseos. 

« Sensible es sobre manera la demora de nuestros oficios y 
comunicaciones, causada indudablemente por los conductores. 
Sin embargo, este cuerpo no ha dejado una sola vez de contes- 
tar á V. E. participándole cuanto se ha creido conveniente (lo 
que ahora se hace por duplicado) pues á este efecto no ha per- 
dido un instante en suplicar al Gobernador de esta Plaza, áfin 
de que se entablase un correo semanal para el breve giro de 
nuestras comunicaciones. 

« Lo que se pon© en noticia de V. E. para que tenga los efec- 
tos que son consiguientes. 

Montevideo, Dios guarde, etc. 

Abril 25 de 1815. 

Felipe Santiago Cardoso — Pablo Pérez — An- 
tolin Reyna — Pascual Blanco — Francisco 
Fermín Plá — Luis de la Rosa Brito—Juan 
María Pérez . 

Exmo. Sr. Capitán General D. José Artigas. » (1) 



(1) En esa misma fecha fué cuando el Cabildo de Montevideo i-esol- 
vió expresar al General Artigas los sentimientos que lo animaban á su 
respecto, procurando hacerse intérprete de la adhesión y simpatía que 
el pueblo Oriental profesaba á, su gran ciudadano, y caracterizar á la 
vez en un título expresivo la posición política que éste habia asumido 
defendiendo á las provincias del litoral contra el Directorio, y aún á al- 
gunas del Interior, como Córdoba principalmente. 

No debe olvidarse ¡lara juzgar bien ese documento la tremenda guer- 



— 246 — 

lié arjuí otro documento que también coincide con la expre- 
aion del sentimiento popular en la Provincia Oriental, de 
acuerdo téñ' la Instrucción que hemos reproducido en otra 
secci O!-. 

« 'S^ti ia ciudad ca-oit»! de- Montevideo á veintiún dias del 
mos de ÍJnero de mil ociiocientos diez y seis: reunido el Con- 
greso electoral en esta Sala capitular y el Excelentísimo Cabil- 
do Gobernador, en consecuencia del oficio del Excelentísimo 
Señor Capitán General, datado á nueve del que corre, por el 
que aprueba la elección de los ciudadanos que desde hoy de- 
ben comprender el aj'untamionto. Personados estos é instrui- 
dos del empleo niTinicipal que cá cada uno corresponde, pasó el 
señor Presidente del Congreso á exigirles individualmente el 



I-a que .S3 iniciaba contra el fuerte poder de Alvear ; y quo merced á la 
caida estrepitosa de éste, la Provincia Oriental se habia librado de un 
gran peligro, así como las demás defendidas por Artigas, que se hídlaba 
en esos momentos al frente de vai poderoso ejército pronto á invadir la 
provincia de Buenos Aires. 

Esa manifestación y distinción del Cabildo simbolizaban, pues, la as- 
piración y la gratitud del pueblo liácia su defensor: 

Dice así el Acta : 

" En la l&nj riel, Reconquistadora y Benemérita de la Patria, Ciudad 
de San Felipe y Santiago de Montevideo, á veinte y cinco dias del mea 
de Abril de mil ochocientos quince aiios, el Excmo. Cabildo Justicia y 
Regimiento de ella, cuyos .señores de que se .compone ai final íirman, se 
juntó y congregó en sii Sala Capitular como lo tiene de uso y costum- 
bre cuando se dirige á tratar cosas tocantes al mayor servicio de Dios 
Nuestro Señor, bien general de la Provincia y partic]ü|^r de este pueblo, 
l^residiendo este acto el Señor Regidor Decano don Felipe Santiago 
Gardoso y actualmente Alcalde de primero Voto por indisposición del 
]iropietario don Tomás García de Zúñiga, con asistencia del Caballero 
Síndico Procurador general de la Ciudad y presente el infrascrito Se- 
cretario;' en este estado ¡penetrado el Ayuntamiento de los remarcables 
servicios del General don José Artigas, teniendo muy presente la con- 
ducta pública y privada de este benemérito Ciudadano, su celo por la 
Libertad de la Provincia, sus eficaces desvelos en su ejocucion, y últi- 
mamente la liberalidad de sentimientos y agradecimiento eterno á que 
le es deudor la Provincia, deseando retribuir en lo posiblo sus tareas, 



— 247 — 

juramento cívico en esta forma. « ¿Juráis por el nombre sa- 
« grado (le la Patria cumplir y desempeñar fiel y legalriiente 
« el empleo que el pueblo os ha confiado, y en adelante os 
« confiare, conservando ilesos los derechos de la Banda Orien- 
« tal que tan di gn amante representa el jefe de los Orientales 
« Don José Artigas?» 

« A lo que cada uno contestó: « gí, juro » ó inmediatamente 
tomó cada uno posesión de su vara y asiento. 

« Recibidos asi de sus empleos los electos, el Soberano Con- 
greso se declaró por disuelto, mediante á haber llenado pun- 
tualmente los altos é imjjortantes deberes de su misión, y se 
cerró esta acta, que firmaron tanto los ciudadanos entrantes 
como los salientes, conmigo el secretario de que certifico. Si- 
guen las firmas. » 

Terminaremos este capítulo transcribiendo otros documen- 



presontar un fiel retrato de los soiiti¡nifcntG.s de c.^ta Corpnra.non, y un 
estímulo vigoroso á los demis Pueblos que componen la Provincia 
Oriental : teniendo presente todas estas consideraciones, discutida la 
materia con toda delicadeza y csci-ui)ulo5Ídad debida, expusieron los se- 
ñores Capitulares libremente y sin coacción alguna sus opiniones, cada 
uno amplificó las razones que le constituían en la laudable obligación 
de usurpar por esta vez la voz de los Pueblos, y teniendo la gran satis- 
facción esto Cueii:)0 de no haber tenido un solo miembro qu^; opusiese 
el menor reparo, si antes, co.nocieseu la cortedad d» la exjjresion. Inme- 
diatamente se hizo moción sobre el título, grado ó tratamiento bajo el 
cual se le debia reconocer, y después do una escrupulosa votación con- 
vinieron los Señores en darle y reconocerle con la misma representación 
y jiu'isdicion y tratamiento que un Capitán Genei-al de la Provincia, 
bajo el título de Proledor y Patrono de la Libcrtai de los Pueblos: en acto 
continuo se dispuso oficiar al señor General, insertándole copia certifi- 
cada del acta librada, que tuviese, en el Ínterin la Provincia no se con- 
gregase en Asamblea, el mismo valor que un Despacho, dándole este 
Ayuntamiento en cuanto puede el suficiífntu crédito. Con lo cual y. no 
siendo para m/is esta Acta, se cerró, concluyó y firm<') por S. E. , conmi- 
go el Seci-etario de que certifico. — Pablo Pérez — Felipe Santiago Cnim 
doso — Luw de la liosa Briío — Pascual Blanco — Antol'ni Reina ■ — Ftxt.i- 
cisco Fermín Plá — Juan Maria Pérez — Euftbio Terrado, Secretano. 



_ 248 - 

tos de grande interés, algunos de los cuales no se han publica- 
do hasta ahora, y á cuyo espíritu y tendencias respondieron 
sin duda iguales manifestaciones en otras villas y distritos. 

El General Artigas habíase apercibido del descontento ma- 
nifestado por algunos ciudadanos que censuraban su resisten- 
cia á aceptar transaciones, que con mucha razón juzgaba des- 
honrosas para la dignidad de la Provincia Oriental, desapro- 
bando el convenio pactado con los señores D. Juan José Duran 
y D. Juan Francisco Giró, de que nos ocuparemos más adelan- 
te, cuya desaprobación consta de la célebre nota de 26 de Di- 
ciembre de 1816, en la que con soberbia altivez consignaba 
este expresivo concepto que bosqueja tan perfectamente su 
carácter: 

« El Jefe de Jos Orientales ha manifestado en todos tiempos que 
« ama demasiado su imtria^ para sacrificar este rico patrimonio 
« de los Orientales al bajo precio de la necesidad. » 

Ante aquellos rumores de descontento ó de desaprobación 
de su conducta, el General Artigas dirigió á los Cabildos de la 
Provincia y á otras autoridades, la circular siguiente en que 
expresaba su disposición á aca+^.ar la voluntad de los ciudada- 
nos, si ésta le era adversa, abandonando la dirección de los 
negocios públicos: 



« Por una vulgaridad inesperada, he trascendido se denigra 
mi conducta por la desunión con Buenos Aires. Los pueblos 
han sancionado justos los motivos que motivaron esta lid em- 
peñosa, y que ahora mejor que nunca subsisten, según el mani- 
fiesto impreso en jSTorte-América por los Sres. Agrelo, Moreno 
y Pasos, que he mandado circular á los pueblos para su debi- 
do conocimiento. Recordad la historia de vuestras desgracias, 
la sangre derramada, los sacrificios de siete años de penalidades y 



— 249 - 

miseria, y todo convencerá mi empeño por no violar lo sagrado 
de aquella voluntad, ni someterla á la menor degradación que 
mancillase por siempre la gloria del ])ueblo Oriental, y sus más 
sagrados derechos. He adelantado mis pasos con aquel gobierno 
ansioso de sellarla sin estrépito, y en cada uno he hallado un 
nuevo impedimento á realizarla. 

« Si esta idea no está grabada en el corazón de los pueblos, 
ruégoles quieran aceptar estos mis votos: Los pnclños son libres 
á decidir da su suerte : y mi deseo todo decidido á respetar su su- 
prema resolución. 

« Si la autoridad con que me habéis condecorado es un obs- 
táculo á éste remedio, está en vuestras manos depositar en otro 
lo sagrado de la pública confianza, que aju5to vuestras ideas á 
los deberes que impone la Patria, y el voto de vuestros conciu- 
dadanos. Yo me doy por satisfecho con haberlos llenado hasta 
el presente con honor y contribuir v>or mi parte con el mismo 
á sellar la felicidad del pais. » 

«Espero haráV.S. inteligible esía mi decisión á todo su 
pueblo, y me responda abiertamente do su resultado, para adop- 
tar las medidas convenientes. 

« Tengo ol honor de saludar á V. S. con todo mi afecto. 



« Purificación, 11 de Octubre de 1817. 



« José Artir/as. » 



La respuesta no se hizo esperar, y en casi su totalidad los 
Cabildos confirmaron su resolución de sostenerlo en su defen- 
sa de los derechos de la provincia. 

Publicamos en seguida la manifestación del vecindario de la 
Colonia, que revela más esplicitamento ol espíritu público que 
dominaba entre los Orientales de aquella época. 



— 250 - 

Dice así: 

« En la ciudad de la Colonia del Sacramento, á veinte y dos 
dias del mes de Octubre de mil ochocientos diez y siete, Yo el 
primer Comandante de ella convoqué al pueblo y su jurisdic- 
ción en la casa de la Comandancia y después de leido el oficio 
de S. E. el Jefe de esta Provincia Oriental, fecha once del cor- 
riente, hice entender expresivamente su contenido, reducido á 
que el Jefe ha llegado á comprender que por vulgaridad se 
denigra su conducta sobre la que observa con la ciudad de 
Buenos Aires, y que los pueblos son libres á deliberar su suer- 
te, y su deseo todo á respetar lo que los mismos pueblos re- 
suelvan; así rnismo cada ciudadano puede manifestar su sentir 
libremente, y nombrar nuevo Jefe, si considera no estar bien 
depositada la confianza que con tanto júbilo se habia hecho en 
la persona del referido ciudadano José Artigas. 

« Una voz general sonó en el concurso: — « ¡Viva Artigas! — 
« ¡Yiva nuestro jefe Artigas!— á él nombramos al principio, él ha 
^; de ser nuestro jefe mientras le dure la vida, y muy contentos 
« con cuanto ha hecho estamos, y con cuanto en lo sucesivo ha- 
ga. » — Con lo que se concluyó el acta; la que firmamos, el 
Sr. Comandante por lo Militar, el Sr. Comandante de Cívicos» 
por su Milicia, los Jueces Pedáneos por sus vecindarios, de 
que certifico. ■ — José León Guerrero, Comandante de la Colo- 
nia — Tomás Torres, Comandante de dicha plaza — Ángel Cor- 
dero, Ayudante del escuadrón de esta plaza --Como Juez Pe- 
dáneo, José Francisco Escobar — Como Juez Pedáneo, Manuel 
Guerrero -Como Juez Pedáneo, Felipe Arroi — Bernardo de 
Castro Callorda — Muy Ilustre Ctibildo— Candelario Musey — 
— Santiago Torres, Ayudante Mayor — Manuel José Ro- 
dríguez. » 

En consecuencia de esas manifestaciones de un mismo espí- 
ritu y tendencia, el General Artigas alentado ya por ellas, dirijió 
á los Cabildos esta nueva Circular ; acompañando la célebre nota 



— 251 — 

conminatoria al Director Pueyrredon, desde Paysandú, feclia 
7 do Noviembre de 1817, á que haremos referencia especial eu 
otra sección. 

Hé aqiii dicha circular : 

« He recibido el contesto de los pueblos á mi propuesta. La 
mayoridad ha librado su suerte <á mi decisión. Yo, sin abusar 
do ésta honrosa confianza con que los pueblos de nuevo me ca- 
racterizan, he creido oportuno dirigir al Gobierno de Buenos 
Aires el oficio que á V . S . acompaño en copia . Esa es mi reso- 
lución : con ella creo haber llenado mi deber . Espero que V. S. 
la hará publicar en su pueblo para su más exacto conocimiento. 

« Tengo el honor de reiterar á V. S. mis más cordiales 
afectos. 

« Purificación. IG de Noviembre de 1817. 

José Artigas. » 

Con lo que dejamos enunciado creemos que el lector com- 
prenderá cuan uiiifomiemente respondía el sentimiento popu- 
lar en aquella época á la política adoptada por Artigas, y cuan- 
to habia conseguido ésto identificar las aspiraciones de los ciu- 
dadanos con las suyas propias, levantando el espíritu público 
ú un nivel elevado v arrocrante. 



— w.ujf-.^í-iDi»:' 



La historia de la emancipación oriental narrada 

por Artigas. 



Hemos tenido ocasión de referirnos on una de las secciones 
antorioreb á la importantísima nota de 7 de Diciembre de 1812, 
dirigida jjor el General Artigas desde su campamento del Dai- 
man á la Junta Gubernativa del Paraguay. 

Como ose documento no es conocido hasta el dia, pues recien 
liace muy poco tiempo fué descubierto en el Arcliivo de la 
Asancion, estamos convencidos de quo nuestros lectores apro- 
barán que nos anticipemos aquí al texto de la obra; reprodu- 
ciéndolo á fin de que sea mas pronto conocido y apreciado en 
su importancia trascendental. 

Ha}'' en ese notable documento, que es sin duda uno de los 
mas interesantes que dirigió Artigas, sorpreiidentes revelacio- 
nes é informes sobre la primera época de la emancipación 
Oriental, presentándole á aquel desdo entonces dominado por 
una idea fija, y perfectamente bien caracterizada respecto de 
la posición política que debía asumir la provincia Oriental á 
consecuencia del indisculpable abandono que de ella había he- 
cho la Junta Gubernativa de Buenos Aires, mediante el Con- 
venio de Octubre de 1811 con Elio, devolviéndola inicuamen- 
te al poder Español, retirando al efecto sus fuerzas, y obligando 
por ese hecho á los Orientales á retornar á su antigua esclavi- 
tud . 

Los incidentes relativos á ese deplorable hecho histórico, 
narrados por el mismo general Artigas han sido desconocidos 
hasta ahora, jjues no son mencionados por ningnn historiador, 
y revelan la forma y manera como Artigas recibió del vecin- 
dario presento á las conferencias con el Delegado de la Junta 



— 254 — 

de Buenos Aires; facultadas para resolver tan doloroso conflic- 
to del modo que le pareciese más conveniente y honorable, 
hasta adoptar, como adoptó con la sanción popular, el heroico 
extremo de que se trasladase el vecindario de la Provincia 
fuera do su territorio. 

Son bellísimas y atractivas en su varonil sencillez esas pá- 
ginas en que Artigas describe el entusiasmo y expontaneidad 
con que el pueblo oriental abrazó la causa de la libertad, asi 
como su suprema decisión de emigrar en masa del suelo natal, 
ya que no era posible gozar en él de la anhelada independen- 
cia. 

Predomina en las idoas de esa nota un sentimiento de mal 
refrenada indignación por el cobarde Convenio pactado por la 
Junta Gubernativa de Buenos Aires con el General Elio, sen- 
timiento comprimido con habilidad, poro que no por eso deja 
de traslucirse en su vehemencia, ccino un fundamento muy jus- 
tificado para cimentar ulteriormente Artigas las bases de la 
independencia provincial como las habia ya asegurado el Pa- 
raguay ; independencia cuya bandera debia enarbolar deñniti- 
vamente al separarse de las Kneas del asedio de iíontevideo en 
Enero de 1814 

Al leer esas páginas tan nutridas, tan expresivas en sus 
conceptos y afirmaciones, considerando lo remoto de aquella 
época, no puede menos do mirarse con admiración y respeto al 
gran cavidillo que encaraba con tanta bizarría y con tan enér- 
gica decisión la cuestión vital de emancipar á su provincia 
natal de la cpresiori extranjera, y buscar anheloso por todas 
partes nuevos auxilios y alianzas á fin de alcanzar la deseada 
libertad de su país, procurándolos acertadamente en el Para- 
guay, cuya independencia interior habia tan decididamente 
sostenido su Junta Gubernativa; reconocida tan esplicitamon- 
te por el pacto celebrado con ella por el General BelgTano y el 



— 255 — 

Dr. EcliGvarria á nombre y con aprobación del Gobierno de 
Buenos Aires. 

La lectura de esa nota demostrará también hasta qué punto 
era falso y calumnioso el cargo que se hacia en el Decreto de 
Posadas poniendo fuera de ley á Artigas, que hemos trascrito 
en la página 180, de haber éste escrito al Paraguay « ofrecicn- 
« de pasarse con su rj ente á la dependencüi de aquel Gobierno va- 
« va unirse contra esta Cajyifal. » 

VA Dr. López, dominado por su inveterado odio al artiguis- 
mo, j ansioso por acumular culpa* y crímenes sobre Artigas, 
no ha tenido escrúpulo en dejar arrastrar su bello talento por 
las sujestiones inventivas de su acerbo despecho . Vamos á 
asombrar á nuestros lectores con la enunciación de iino de 
sus más odiosos, pero no por eso menos absurdos cargos . 

Colorista y pictórico á todo trance, y sobre cualquier tema 
real ó ficticio, más que austero peuí^ador, ha necesitado nuevos 
matices para su radiante paleta, y ha ido á buscarlos por des- 
gracia para el hasta en el barro do la calumnia . 

Hay mucha de esa oscura tierra do Siena en sus claros-oscu- 
ros tan magistralmente sombreados, efímeros y deleznables 
ante el contacto de la verdad inquisitiva. Faltábanle cargos 
que hacer á Artigas, y los ha inventado con fenomenal sereni- 
dad y facundia . 

Asi se vé en la página 17 del tomo 1. ° de su citada obra da 
la Eerolucioii Arr/euiina, <piG Avú^oís jyf'eparaua aUanzas nada 
monos que con los ahorrccidos porütr/'tsses, é incidentalmente con 
la célebre Carlota, cuyas ambiciosas miras sobre éste Vireinato 
daban tanto que hacor á los políticos intrigantes y floxiblcs 
do aquella época, y habían hallado en ISiDO en el mismo 
ilustro Dr. Moreno, en el Dr. Rodríguez Peña, en el General 
Bélgrano y en otros eminentes patriotas tan solícita acojida. 

Véase como so expresa al respecto el Dr. López al lanzar esa 



— 256 — 

piramidal }'■ calumniosa afirmación sobre Artigas, el eterno 
enemigo de los Portugueses. 

« Para sosteneros entre los realistas y los porteños, Artigas 
« tenia que iniciar la ruinosa política de las alianzas portugue- 
« sas que tienen la gloria de liaber nacido de tan noble origen ; 
« tenia que alhagar con una política falaz las pretensiones am- 
« biciosas de la reina de Portugal, y del partido militar que 
« ella tenia en el ejército portugués, sumamente inclinado, co- 
« mo siempre, á tomar papel, como tercera entidad, en este 
« combate de los elementos revolucionarios y reaccionarios de 
« la colonia liisDano-americana. » (!!) 

Las páginas de la célebre nota de Artigas que van á leerse, 
revelai-án hasta qué punto es absurda é incalificable esa ca- 
lumnia lanzada con tan indiscreta liviandad justamente sobre 
el carácter más altivo é indomable entre los hombres públicos 
y caudillos populares de aquella época. 

Para los que conocen algo de la historia Oriental basta con 
enunciar esa calumnia, para que quede destruida por sí mis- 
ma. No vale la pena de refutarla, tan insensata y hasta invero- 
símil es ella. 

Véase ahora el tenor de la importantísima nota de 7 de Di- 
ciembre á que nos hemos referido al principio de esta sección. 

Oficio del General D. José Artigas á la Junta Gubernativa 
del Paraguay, fechado el 7 de Diciembre de 1812. 

« Cuando las revoluciones políticas han reanimado una vez 
los espíritus abatidos por el poder arbitrario; corrido ya el ve- 
lo del error, se ha mirado con tanto horror y odio el esclavaje 
y humillación que antes les oprimía, que nada parece demasia- 
do para evitar una retrogradacion de la hermosa senda de la 
libertad. Como temerosos los ciudadanos de que la maligna 
intriga les suma de nuevo bajo la tiranía, aspiran generalmen- 



— 257 — 

te á concentrar la fuerza y la razón, en un gobierno inmediato, 
que pueda con menos dificultades conservar sus derechos ile- 
sos, y conciliar su seguridad con sus progresos, 

« Asi comunmente se ha visto dividirse en menores Estados 
un cuerpo disforme, á quien un cetro do hierro ha tiranizado. 
Pero la ^bia naturaleza parece qne ha señalado para entonces 
los límites de las sociedades, y de sus relaciones: y siendo tan 
declarados las que en todos respectos ligan á la Banda Oriental 
del Rio de laPlata con esa Provincia, creo que por una con- 
secuencia del pulso y madurez con que lia sabido declarar su 
libertad, y admirar á todos los amadores de ella con su sabio 
sistema, habrá de reconocer la recíproca conA^enicncia é inte- 
rés de estrechar nuestra comunicación y relaciones del modo 
que exijen las relaciones de Estado . 

« Por este principio he resuelto dar á V. S. una idea de los 
principales acontecimientos en esta Banda, y de su situación 
actual, como que debe tener no pequeño influjo en la suerte de 
ambas Provincias. 

« Cuando los Americanos de Buenos Aires proclamaron sus 
derechos, los de la Banda Oriental, animados de iguales senti- 
mientos, por un encadenamiento do circunstancias desgracia- 
das, no solo no j)udieron reclamarlos, pero hubieron de sufrir 
un yugo más pesado que jamás. La mano que los oprimía, á 
proporción do la resistencia que debia hallar si una vez se de- 
bilitaban sus resortes, oponía mayores esfuerzos, y cerraba to- 
dos los pasos. Parecía que un genio maligno presidiendo nues- 
tra suerte, presentaba á cada momento dificultades inespera- 
das que pudieran arredrar á los ánimos más empeñados. 

« Sin embargo, el fuego patriótico electrizaba los corazones 
que nada era bastante á detener su rápido curso : los elementos 
que debían cimentar nuestra existencia política se hallaban es- 
parcidos entre las mismas cadenas, y solo faltaba ordenarlos 
para que operasen. Yo fui testigo asi de la bárbara opresioa 

18 



— 258 — 

bajo que gemia toda la Banda Oriental, como de la consisten- 
cia y virtudes de sus hijos ; conocí los efectos que podia produ- 
cir, y tuve la satisfacción de ofrecer al gobierno de Buenos Ai- 
res que llevarla el estandarte de la libertad hasta los muros 
de Montevido, siempre que se concediese á estos ciudadanos 
auxilio de municiones y dinero. Cuando el tamaño dfe mi pro- 
posición podria acaso calificarla de gigantesca para aquellos 
que solo la conocían bajo mi palabra, y esperaba todo de un 
gobierno popular, que haria su mayor gloria en contribuir á 
la felicidad de sus hermanos, si la justicia, conveniencia é im- 
portancia del asunto pedia de otra parte el riesgo de un peque- 
ño sacrificio que podria ser compensado con exceso ; no me en- 
gañaron mis esperanzas, y el suceso fué prevenido por uno de 
aquellos acontecimientos extraordinarios que rara vez favore- 
cen los cálculos ajustados . 

« Un puñado de patriotas orientales, cansado de humillacio- 
nes habia decretado ya su libertad en la villa de Mercedes: 
llena la medida del sufrimiento por unos procedimientos los 
más escandalosos del déspota que les oprimia, hablan librado 
sólo á sus brazos el triunfo de la justicia; y tal vez hasta en- 
tonces no era ofrecido al templo del patriotismo un voto ni 
más puro ni más glorioso, ni más arriesgado; en él se tocaba 
sin remedio aquella terrible alternativa de vencer ó morir libres, 
y para huir este extremo era preciso que los puñales de los 
paisanos pasasen por encima de las bayonetas veteranas. Así 
se verificó prodigiosamente, y la primera voz de los vecinos 
Orientales que llegó á Buenos Aires fué acompañada de la vic- 
toria del veinte y ocho de Febrero de mil ochocientos once, 
día memorable que habia señalado la Providencia para sellar 
los primeros pasos de la libertad en este territorio, y dia que 
no podrá recordarse sin emoción cualquiera que sea nuestra 
suerte. 

« Los ciudadanos de la villa de Mercedes, como parte de 



— 259 — 

estas Provincias, se declararon libres bajo los auspicios de la 
Junta de Buenos Aires á quien pidieron los mismos auxilios 
que yo habia solicitado. Aquel Gobierno recibió con el interés 
que jiodia esperarse, la noticia de ese acontecimiento : él dijo á 
los Orientales : « Oñciales esforzados, soldados aguerridos, ar- 
mas, municiones, dinero, todo vuela en vuestro socorro. » 

« Se me mandó inmediatamente á esta Banda con algunos 
soldados, debiendo remitirse después basta el niiniero de tres 
mil con lo demás necesarios para un ejército de esta clase, en 
cuya inteligencia proclamó á mis pa,isanos convidándoles á las 
armas ; ellos prevenian mis deseos, y corrian de todas partes á 
honrarse con el bello titulo de soldados de la Patria, organi- 
zándose militarmente en los mismos puntos en que so hallaban 
cercados do enemigos, en términos que en mu}'' poco tiempo 
se vio un ejército nuevo, cu3-a sola divisa ora la libertad. 

« Permitame V. S. que llame un momento su consideración 
sobro esta admirable alarma con que simpatizó la campaña 
toda, y que hará su mayor y eterna gloria. No eran los Paisa- 
nos sueltos, ni aquellos que debian su existencia á su jornal, ó 
sueldo ; los (lue so movían eran vecinos establecidos, poseedo- 
res de buena suerte, y de todas las comodidades que ofrece este 
suelo : eran los que se convertían repentinamente en soldados ; 
los que abandonaban sus intereses, sus casas, sus familias ; los 
que iban acaso por primera vez, á presentar su vida á los ries- 
gos de una guerra ; que dejaban acompañadas de un triste 
llanto á sus mujeres, é hijos ; en fin, los que sordos á la voz do 
la naturaleza, oian solo la de la patria. Esto era el primer paso 
para su libertad; y cualesquiera que sean los sacrificios que ella 
exije, Y . S . conocerá bien el desprendimiento universal, y la 
elevación do sentimientos poco común que se necesita para 
tamañas empresas, y que merece sin duda ocupar un lugar 
distinguido en la historia de nuestra revolución. Los restos 
del ejército de Buenos Aires que retornaban de esa provincia 



— 260 — 

feliz, fueron destinados á esta Banda, 3'' llegaban á ella cuando 
los Paisanos liabian libertado ya su mayor parte haciendo 
teatro de sus triunfos al Colla, Maldonado, Santa Teresa, San 
José y otros puntos. 

« Yo tuve entonces el honor de dirigir una división de ellos 
con solo doscientos cincuenta soldados veteranos, y llevando 
con ella el terror y espanto de los Ministros de la tiranía basta 
las inmediaciones de Montevideo so pudo lograr la memorable 
victoria del 18 de Maj^o en los campos de las Piedras, donde 
mil patriotas, armados por la mayor parte de cuchillos enhas- 
tados vieron á sus pies nueve cientos sesenta soldados de las 
mejores tropas de Montevideo, perfectamente bien armados ; 
y acaso hubieran dichosamente penetrado dentro de sus sober- 
bios muros, si 3^0 no me viese en la necesidad de detener sus 
marchas al llegar á ellas, con arreglo á las órdenes del Gefe del 
ejército. 

« U. S. estará instruido de esta acción en detalle por el parte 
inserto en los papeles públicos. 

« Entonces dije al Grobierno que la Patria podia contar con 
tantos soldados cuantos eran los Americanos que habitaban la 
campaña, y la experiencia ha demostrado sobrado bien que no 
me engañaba. 

« La Junta de Buenos Aires reforzó el ejército en que fui 
nombrado 2 . ° G efe, y que constaba en el todo de mil quinien- 
tos veteranos , y más de cinco mil vecinos Orientales ; y no 
habiéndose aprovechado los primeros momentos después de la 
acción del 18, en que el terror habia sobrecogido los ánimos 
de nuestros enemigos, era preciso pensar en un sitio formal, á 
que el gobierno se determinaba, tanto más cuanto estaba per- 
suadido que el enemigo limítrofe no entorj)eceria nuestras 
operaciones, como me lo habia asegurado, y que el ardor de 
nuestras trocías dispuestas á cualquier empresa, y que hasta 



— 261 — 

entonces parece habían encadenado la victoria, nos prometía 
todo en cualquier caso. 

« Nos viraos empeñados en un sitio de cerca de cinco meses 
en que mil y mil accidentes privaron que se coronasen nues- 
tros triunfos, á que las tropas estaban siempre preparadas . 

« Los enemigos fueron batidos en todos los puntos, y en sus 
repetidas salidas no recogieron otro fruto que una retirada 
vergonzosa dentro de los muros que defendía su cobardía; na- 
da so tentó que no se consiguiese: multiplicadas operaciones 
militares fueron iniciadas para ocupar la plaza, pero sin lle- 
varlas á su término, ya porque el General en Jefe creía que se 
presentaban dificultades invencibles, ó que debía esperar ór- 
denes señaladas para tentativas de esta clase, ya por falta de 
municiones, ya finalmente porque llegó una fuerza extrangera 
á llamar nuestra atención. 

« Yo no sé si cnatro mil iiorturjuescs podrían prometerse alrju- 
na ventaja sobre nuestro ejército^ cuando los ciudadanos que lo 
componían liabian redoblado su entusiasmo, y el patriotismo 
elevado los ánimos basta un grado incalculable. Pero no ha- 
biéndoles opuesto en tiempo una resistencia, esperándose siem- 
pre por momentos un refuerzo de mil cuatrocientos hombres y 
municiones que había ofrecido la Junta de Buenos Aires des- 
de las primeras noticias de la irrupción de los limítrofes, y va- 
rias negociaciones emprendiéndose últimamente con los jefes 
de Montevideo, nueütras operaciones se vieron como paraliza- 
das á despecho de nuestras tropas, y los portugueses casi sin 
oposición 2)isaron con pié sacrilego nuestro territorio hasta 
Maldonado. 

« Eft esta época desgraciada, el sabio Gobierno Ejecutivo de 
Buenos Aires creyendo de necesidad retirar su ejército con el 
doble objeto de salvarle de los peligros que ofrecía nuestra si- 
tuación, y de atender á las necesidades de las otras Provincias ; 
y persuadiéndose que una negociación con el Sr. Elio sería el 



— 262 — 

mejor modío de conciiiarse la prontitwj y seguridad de la reti- 
rada con los menores perjuicios posibles á este vecindario he- 
roico, entabló el negocio, que empezó al momento á girarse por 
medio del Señor Don José Julián Pérez venido de aquella su- 
perioridad con la bastante autorización para el efecto. 

« Estos beneméritos ciudadanos tuvieron la fortuna de tras- 
cender la substancia del tcuo, y una representación absoluta- 
mente 2)recisa en nuestro sistema, dirigida al Señor General en 
Gefe auxiliador manifeátó en términos legales y justos ser la 
voluntad general que no se procediese á la conclusión de los 
tratados sin anuencia de los Orientales, cuya suerte era la que 
se iba á decidir: á coii:íecaancia de esto fué congregada la 
Asamblea d^e los ciudadanos por el mismo Gefe auxiliador, y 
sostenido por ellos mismos y el Excelentísimo Señor E,ej)resen- 
tante, siendo el resultado de ella asegurar estos dignos hijos 
de la libertad que sus puñales eran la única alternativa que 
ofrecían al no vencer : que se levantase el sitio de Montevideo 
solo con el objeto de tomar una posición militar ventajosa para 
poder esperar á los Portugueses, y que en cuanto alo demás 
respondiese yo del feliz resaltado de sus afanes : siendo evi- 
dente haber quedado garantido en mi, desde el gran momento 
que fijó su compromiso. 

«Yo entonces reconociendo la fuerza de su expresión, y con- 
cillando mi opinión política sobre el particular con mis debe- 
res, respeté las decisiones de la Superioridad sin olvidar el ca- 
, rácter de- ciudadano ; y sin desconocer el imperio de la subor- 
dinación, recordé cnanto debía á mis compaisanos : testigo do 
sus sacrificios, me era imposible mirar su suerte con indiferen- 
cia, y no me detuve en asegurar del modo más positivo cuanto 
repugnaba se les abandonase en un todo, — esto mismo había 
hecho 3'a reconocer al Señor Representante, y me negué abso- 
lutamente desde el principio á entender en unos Tratados que 
consideraré siempre inconciliables con nuestras fatigas, muy 



—263 — 

bastantes á conservar el germen de las continuas discusiones 
entre nosotros y la corte del Brasil, y muy capaces por ti soloa 
de causar la dificultad en el arreglo de nuestro sistema conti- 
nental. Seguidamente representaron los ciudadanos que de 
ninguna manera podian serles admisibles los artículos de la 
negociación : que el ejército auxiliador retomase á la Capital, 
si así se lo ordenaba aquella superioridad ; y declarándome su 
General en Gefe, protestaron no dejar la guerra en esta Banda 
basta extinguir de ella á sus opresores, ó moiir dando con su 
sangre el mayor triunfo á la libertad . 

« En vista de esto, el Excelentísimo Sr. Representante de- 
terminó una sesión que debia sostenerse entro dicho señor, un. 
ciudadano particular y 3'0. En ella se nos aseguró haberse da- 
do ya cuenta de todo á Buenos Aires, y esperásemos la resolu- 
ción; pero que entre tanto, estuviésemos convencidos de la en- 
tera adhesión de aauol Gobierno á sostener con sus auxilios 
nuestros deseos, y ofreciéndosenos á su nombre toda clase de 
socorros, cesó por aquel instante toda solicitud. 

« Marchamos los sitiadores en retirada hasta San José, y allí 
se vieron precisados los bravos Orientales á recibir el gran 
golpe que hizo la prueba de su constancia: el Gobierno de 
Buenos Aires ratificó los tratados en todas sus partes; yo ten- 
go el honor de incluir á V. S. un ejemplar de ellos; por él se 
privó de un asilo á las almas libres en toda la Banda Oriental, 
y por él so entregan pueblos enteros á la dominación de aquel 
mismo Sr. Elio, bajo cuj'O J'ugo gimieron. ¡Dura necesidad! 
En consecuencia del contrato, todo fué preparado, y comenza- 
ron las operaciones relativas á él. 

« Permítame V, S. otra vez que recuerde y compare el glo- 
rioso 2S de Febrero con el 23 de Octubre, día en que se tuvo 
noticia do la ratificación. ¡Qué contraste singular presenta el 
pros])ecto de uno y otro! El 28, ciudadanos heroicos haciendo 
l)edazos las cadenas y revistiéndose del carácter que les con- 



— 264 — 

cedió naturaleza, y que nadie estuvo autorizado para arrancar- 
les: — el 23 estos mismos ciudadanos condenados á aquellas ca- 
denas por un Gobierno popular! . . . 

« Pero V. S. no está aún instruido de las circunstancias que 
liacen acaso más admirable el dia que debiera ser más aciago y 
eterno, que en alguna manera me será imposible dar una idea 
exacta de los accidentes que le prepararon. Puedo sólo ofrecer 
en esta relación que usando de la sinceridad que me caracteri- 
za la verdad será mi objeto: hablaré con la diíjnidad de ciuda- 
dano, sin desentenderme del carácter y obligaciones de coronel 
de los ejércitos de la Patria con que el Gobierno de Buenos 
Aires se lia dignado honrarme. 

« Aunque los sentimientos sublimes de los ciudadanos Orien- 
tales en la presente época, son bastante lieróicos para darse á co- 
nocer por si mismos, no so les podrá hallar todo el valor, entre 
tanto aqui no se comprenda el estado de estos patriotas en el 
momento en que demostrándolo, daban la mejor prueba do 
serlo . 

« Habiendo dicho que el primer paso para su libertad era el 
abandono de sus familias, casas y haciendas, parecerá que en. 
el habiau apurado sus trabajos; pero esto no era mas que el pri- 
mer eslabón de la cadena de desgracias que debia pesar sobre 
ellos durante la estancia dal ejército aüxiliad.or; no era bastan- 
te el abandono y detrimento consiguiente : estos mismos inte- 
reses debian ser sacrificados también ! Desde su llegada el ejér- 
cito recibió multiplicados donativos de caballos, ganados y di- 
nero, pero sobre esto era preciso tomar indistintamente de los 
hacendados inmenso niimero de las dos primeras especies, y sí 
algo habia de pagarse, la escases de caudales del Estado impe- 
dia verificarlo : pueblos enteros debian de ser entregados al 
saqueo horrorosamente ; pero sobretodo la numerosa y beUar 
población de Maldonado s« vio completamente saqueada y des- 
truida ; las puertas mismas y ventanas, las rejas todas fueron. 



— 265 - 

arrancadas : los techos eran desechos por el soldado que quería 
quemar las vigas que las sostenían : muchos plantíos acabados ; 
los Portugueses convertían en páramos los abundantes campos 
por donde pasaban, y por todas partes se veían tristes señales 
de desolación. Los propietarios habían de mirar el exterminio 
infructuoso de sus caros bienes cuando servían á la Patria de 
soldados, y el General en Gefe en la necesidad de tolerar éstos 
desórdenes por la falta do dinero para pagar las tropas ; falta 
que ocasionó que desde nuestra revolución, y durante el sitio 
no recibiesen los voluntarios otro sueldo, otro emolumento que 
cinco pesos, y que muchos de los hacendados gastasen de sus 
caudales para remediar la más miserable desnudez á que una 
campañi penosísima hab.'.i reducido al soldado; nó quedó en 
fin alguna . clase do sacrificios quo no se esperimontase, y lo 
más singular do ello era la desinteresada voluntariedad con que 
cada uno los tributaba, exigiendo solo por premio el goce de su 
ansiada libertad ; pero cuando creían asegurarla, entonces ora 
cuando debían apurar las heces del cáliz amargo : un Gobierno 
sabio y libre, una mano protectora á quien so entregaban con- 
fiados, había de ser la que les condujese de nuevo á doblegar 
la cerviz bajo el cetro de la tiranía. 

« Esa corporación respetable, en la necesidad do privarnos 
del auxilio de sus bayonetas, creía que era preciso que nuestro 
territorio fuese ocupado por un extranjero abominable, ó por 
su antiguo tirano, y pensaba quo asegurándose la retirada de 
aquel, si negociaba con éste, y protegiendo en los tratados á 
los vecinos, aliviaba su suerte sino podía evitar ya sus males 
pasados . 

«¿Peroacasa ignoraba que ¡o.t Orienlales hablan jurado en 
lo mas hondo de sus corazones un odio irreconciliahle, un odio 
eterno, á toda clase de tiranía: que nada era peor para ellos que 
haJicr de humillarse de nuevo, y que afrontarían la wuerte misma 
antes que degradarse del titulo de ciudadanos que habían sellado 



— 266 — 

con su sangre ? Ignoraba sin duda el Gobierno basta donde 
se elevaban estos sentimientos, y. por desgracia fatal los Orion- 
tales no tonian en él un ^-epresentante de sus derechos im- 
prescriptibles; sus votos no liabian podido llegar puros basta 
allí, ni era calculable una resolución que casi podria llamarse 
desesperada: entóncps el Tratado se ratificó, y el dia 23 vino. 

« En esta crisis terrible y violenta, abandonadas las fami- 
lias, perdidos los intereses, acabado todo auxilio, sin recursos, 
entregados solo á sí mismos, ¿qué podia esperarse de los 
Orientales, sino que luchando con sus infortunios cediesen al 
fin al peso de ellos, y víctimas do sus mismos sentimientos, 
mordiesen otra vez el duro freno que con un impulso glorioso 
habían arrojado lejos d© sí? 

« Pero estaba reservado á ellos demostrar el genio america- 
no, renovando el suceso que se refiere de nuestros paisanos de 
la Paz; y elevarse gloriosamente sobre todas las desgracias; 
ellos se resuelven á dejar sus preciosas vidas antes que sobre- 
vivir al oprobio ó 'ignominia á que se les destinaba, y llenos 
do tan recomendable idea, finncs siempre en la grandeza que 
los impulsó' cuando protestaron que jamás prestarían la nece- 
saria expresión de su voluntad para sancionar lo que el Go- 
bierno auxiliador habia ratificado, determinan gustosos dejar 
los pocos intereses que les restan, y su país, y trasladarse con 
sus familias á cualquier jDunto donde puedan ser libres, á pesar 
de trabajos,' miserias y toda clase de males. 

« Tal era su situación cuando el Exmo. Poder Ejecutivo rae 
anunció una comisión que pocos días después me fué manifes- 
tada, y consistió en constituirme Jefe princi^íal de estos héroes 
fijando mi residencia en el pueblo de Yapeyri: y en consecuencia 
se me ha dejado el cuerpo veterano de Blandengues de mi man- 
do, ocho piezas de artillería con tres oficíales escogidos, y un 
repuesto de municiones. 

« Verificado esto, emprendieron su marcha los auxiliadores 



— 267 — 

desde el Arroyo Grande para embarcarse en el Sauce ; con di- 
rección á Buenos Aires, y poco después emprendí yo la mia 
hacia el punto que se me habia destinado. 

« Yo no seré capaz de dar á V. S . una idea del cuadro que 
presenta al mundo la Banda Oriental desde este momento ; la 
sangre que cubría las armas de sus bravos liijos, recordó las 
grandes proezas que continuadas por muy poco más habrían 
puesto el fin á sus trabajos y sellado el principio de la felicidad 
más pui'a : liónos todos do esta memoria, 03'en solo la voz de su 
libertad, y unidos en masa marchan cargados de sus tiernas 
familias á esperar mejor jíroporcion para volver á sus antiguas 
operaciones. Yo no he perdonado medio alguno do contener el 
digno trasporte de un entusiasmo tal. Pero la inmediación de 
las tro ^is Portuguasas diseminadas en toda la campaña, 
que lejos de retirarse con arreglo al Tratado ; se acercan y 
mortifican más y más ; y la poca seguridad que fian sobre la 
palabra del señor Elio, á este respecto, les anima de nuevo, y 
detenninados á no permitir jamás que su pueblo sea entrega- 
do impunemente á un estrangero, destinan todos los instantes 
á reitertir la protesta de no dejar las armas de la mano hasta 
que g1 liaya evacuado el País, y puedan ellos gozar una liber- 
tad por la que vieron derramar la sangre de sus hijos, reci- 
biendo con valor su postrer aliento . 

« Ellos lo han resuelto, y yo veo que van á veríficarlo. 

« Cada dia veo con admiración sus rasgos singulares de he- 
roicidad y constancia: unos quemando sus casas y los muebles 
que no podían conducir, otros caminando leguas y leguas á pié 
por falta de auxilios, ó por haber consumido sus cabalgaduras 
en el servicio: mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos 
inocentes, acompañan esta marcha, manifestando todos la ma- 
yor energía y resignación en medio de todas las privaciones. 

« Yo llegaré muy en breve á mi destino con este pueblo de 
héroes y al frente de seis mil de ellos que obrando como sóida- 



— 268 — 

dos de la Patria, sabrán conservar sus glorias en cualquier 
2:)arte, dando continuos triunfos á su libertad: AUi esperaré 
nuevas órdenes y auxilios de vestuarios y dinero, y trabajara 
gustoso en propender á la realización de sus grandes voto?. 

« Entre tanto, V. S. justo apreciador del verdadero mérito, 
estará ya en estado de conocer cuánto es idéntica á la de nues- 
tros hermanos de esa Provincia, la revolución de estos Orienta- 
les. Yo ya lie i)atentizado á V. S. la liistoria memorable de su 
revolución^ por sus incidentes, creo muy fácil conocer cuáles 
puedan sor los resultados: y calculando aliora bastante funda- 
mento la reciprocidad de nuestros intereses, no dudo so hallará 
V . S. muy convencido de que sea cual fuere la suerte de la 
Banda Oriental, deberá trasmitirse hasta esa parte del norte 
de nuestra América; y observando la incertidumbre del mejor 
destino do aquella, se convencerá igualmente de ser estos los 
momentos precisos de consolidar la mejor precaución. 

« La tenacidad de los Portugueses, sus miras antiguas sobre 
el Pais, los costos enormes de la expedición que Montevideo no 
puede compensar, la artillería gruesa y morteros que conducen, 
sus movimientos después de nuestra retirada, la dificultad de 
defenderse por si misma la Plaza de Montevideo en su presen- 
te estado, todo anuncia qiie estos extrangeros.tan miseraUes co- 
mo ambiciosos, no perderán esta ocasión de ocupar nuestro Fais : 
ambos Gobiernos han llegado á temerlo asi, j una vez verifica- 
do nuestro paso más allá del Uruguay, adonde me dirijo con 
celeridad, sin que el ejército Portugués haga un movimiento 
rotrogado, será una alarma general que determinará pronto 
mis operaciones ; ellas espero nos proporcionarán nuevos dias 
de gloria, y acaso cimentarán la felicidad futura de esto Terri- 
torio . Yo no me detendré sobre las ventajas que adquirirían 
si una vez ocupasen la Plaza y Puerto de Montevideo y la cam- 
paña Oriental : U. S. conocerá con evidencia que sus miras en- 
tonces serian extensivas á mayores empresas, y que no habría 



— 209 — 

sido en vano el particular deseo que hi lemostralo la Corte 
del Brasil de introducir sa inñuencia en esta interesante Pro- 
vincia : dueños de sus limites r"- *■ — "*. seguro- ' ' ' ' — iel 
Eio de la Plata. Uruguay, y •l^ - ^ mar. y <u 

fuerza con exceso, no solo debian prometerse ua suceso tan tris- 
te para nosotros, como alhagüeño para ellos sobre ese punto. 
sino 'jue cortaii'Lj ' ' .mente ' ' ' 'de 

todas las demás Pi ¿. y apo«I . . „ :s- 

tilizarlos, todas ellas entrarían en loss cílculos de su ambición, 
y todas ellas estarían demasiado espuestas á sucumbir al yugo 
más terrible. 

■ Después de ia cU. :is 

reflexiones que sobre .... ... ....... .. . ..... ... ...reo 

Brasilensej >* entiendo que nada resta que decir cuando de otra 
parte la conocida penetración: de Y. S. lleTará al cabo estos 
apuntamientos, teniendo también presente que las ■ :->?s 

politico-Ei"''-'" ■ '■" ■-■•'•'';- f ;" - — - -. -^.,T ■ - ü. pe- 
licanos, d _ - ^ .".es por 
las violentas y continuas alteraciones del diferente modo da 
opinar, etc. inñoyen lo bastante para conocer la intención de 
n;-. -' • T-. - - T T ... 7,^ aues- 

tr.. ... . ^ .:i^:i 

mayor actividad . 

« De todos modos V. S. puede contar en cuaKiuier determi- 
nación con este gran resto de hombres libres, muy seguro de 
qi; ' ' ' .-parte donde se eoarbole 
el . . .- ¿Ttad, y que en la idea ter- 
rible, siempre encantadora para ellos, de verter toda su sangre 
antes que volver á gemir bajo el yugo, sólo sentirían exbalar 
sus almas, con el único objeto de romper sus grillos; ellos de- 
sean no sólo hacer con -- - '' ^ ^^ el obsequio á sus sentimientos, 
sino también á la con.^ :i de la obra que mueve los pa- 
sos de los seres que habitan el mundo nueva 



— 270 — 

« Yo me lisonjeo, los tendrá V . S . presente para todo y ha- 
rá cuanto sea de su parte por que se recoja el fruto de una re- 
volución que sin disputa, hace la época de la heroicidad. 

« Dios guarde á V. S. muchos años . 

« Cuartel general en el Daiman, y siete de Diciembre de mil 
ochocientos once. 

José Artigas. 

« Señores Presidente y Vocales de la Junta Gubernativa de 
la Provincia del Paraguay. » 



— ►♦^'i©j€^» 



Los iniciadores del sistema federativo en el Rio de 
la Plata — La Independencia Oriental. 



Son tan modestos como poco conocidos y mal apreciados los 
verdaderos inciadores del sistema de gobierno representativo 
federal, cuya ¡adopción y perfeccionamiento en la República 
Argentina constituyen hoy nuestro legítimo orgullo republi- 
cano. 

La complicada filiación histórica de ese sistema de gobierno 
nos revela desde su remoto origen la inteligencia, el brazo y la 
espada quo primero pugnaron por sostenerlo y generalizarlo 
en nuestra naciente democracia. 

Reconociendo esa procedencia, y á pesar de ser aquellos ini- 
ciadores repudiados y aun execrados por muchos de nuestros 
más distinguidos publicistas, es como se evidencia por el ob- 
servador imparcial ante la serena filosofía de nuestra confusa 
liistoria, quienes fueron los legítimos generadores de la admi- 
rable actualidad ijolítica argentina, que solo tiene su igual en 
la avanzada organización federativa do los Estados Unidos de 
Colombia y de Méjico, y su ideal sublime en la magna obra de 
los eminentes y nobles fundadores do la Union Norti Ameri- 
cana. 

El General Artigas ocupa entre aquellos iniciadores el pues- 
to más prominente, profesando y haciendo preponderar ese 
sistema en su provincia, y batallando con las armas en la mano 
por implantarlo y hacerlo triunfar en su pafria, como al fin lo 
consiguió, en Entrerios, en Santa Fe, en Corrientes, en Córdo- 
ba, y sucesivamente en otras provincias argentinas más remo- 
tas. Tal es el verdadero y grandioso rol de Artigas en la or- 



— 272 — 

ganízacion política argentina. Es á esto á lo que el Dr. López 
llama en su obra el veneno artifjuista . 

Esa y no otra es en resumen la historia de los primeros pa- 
sos y esfuerzos do su iniciativa x^olítica en estos pueblos de la 
región del Plata. 

Ella demuestra también, en cuanto á la Banda Oriental, fue- 
ra de toda cuestión, que el pensamiento íntimo quo siempre 
inspiraba á Artigas en la dirección política do su pueblo, era 
establecer y asegurar para el una verdadera y amplísima in- 
dependencia provincial, que lo asegurase la exclusiva adminis- 
tración de todos sus intereses, formando asi un verdadero Es- 
tado autónomo, que no debía delegar en el poder central sino 
muy limitadas facultades, sin duda las más esenciales á su 
mantenimiento, y ú su representación exterior. 

Juzgados asi los propósitos de aquel ante la evidencia de 
beclios prácticos tan interjiversables, se comprende con cuanta 
justicia lia sido considerado siempre el General Artigas como 
el fundador de la independencia oriental, no solo por la acción 
de la ley, sino por el mismo entusiasmo de la opinión piiblica. 

En esa opinión lian estado conformes, en distintas épocas, 
todos los partidos políticos que lian ido sucesivamente gober- 
nando la República Oriental, escepto una parte del llamado 
conservador, cuyos directores más ilustrados como el Dr. D. 
Juan Carlos Gómez, Dr. D. Pedro Bustaii.ante, y otros, comba- 
tieron los lieclios de aquél, censurándolos con •calumniosa in- 
justicia, obedeciendo ciegamente á censur¿\bles condescenden- 
cias en que iba envuelta una visionaria idea anexionista. 

A este respecto lia sido tan uniforme en el Estado Oriental 
la justa y fundada opinión pública, que hace 23 años durante 
la administración Berro, con motivo de una solicitud de la an- 
ciana viuda del patriota General D. Andrés Latorre, se expidió 
el decreto respectivo en los términos siguientes que justifican 
plenamente nuestra afirmación: 



— 273 — 

< Ministerio de Guerra y Marina. 

Montevideo, Marzo 20 de ISGl. 

« Como un acto de merecida justicia, en consideración á los 
eminentes servicios prestados á la causa de la libertad é inde- 
pendencia de la República, asi como á sus instituciones por el 
finado coronel D. Andrés Latorre, Mayor General del Ejército 
Libertador al mando del General D. José Artigas, fundador de 
la Nacionalidad Oriental, pidase á la H. Cámara de Represen- 
tantes autorización para asignar á la viuda de tan distinguido 
ciudadano el sueldo íntegro de su clase, acomi)añándose el es- 
i:)ediente promovido por la expresada viuda. 

« Rúbrica de S. E. 

'< Lamas. » 

Como so ve, hay á este respecto en la posteridad que juzga 
á Artigas, la presentación espontánea de un sincero homenaje 
al patriotismo de sus aspiraciones, á la energía y lealtad de 
sus actos, y á la misma grandeza d© sus servicios á la causa de 
su patria. 

Las democracias no siempre son ingratas como se ha preten- 
dido : y si hay circunstancias que retardan ese justo homenaje 
á sus eminentes servidores, no por eso deja do presentarse ol 
día histórico de la reparación como una evidencia de la grati- 
tud nacional. 

Ya en 1841 el General Rivera envió en comisión cerca del 
Presidente del Paraguay'' Doctor Carlos Antonio López al en- 
tonces Sarjento Mayor Don Federico Albín á fin de inducir v 
rogar encarecidamente á Artigas que volviese á su patria. En 
otro lugar publicaremos los documentos relativos, según la 
respuesta dada por el Comandante Paraguayo de la villa de 

19 



— 374 — 

San Isidro Don Juan Manuel Ganto, en cuya jurisdicción te- 
nia Artigas su quinta. 

Desde 1852, al dia siguiente de terminada la guerra grande 
ese dia de reparación principió á lucir para Artigas. Posterior- 
mente la traslación de sus cenizas desde el Paraguay al Pan- 
teón Nacional ordenada por el Gobierno de la Hepública ; los 
discursos pronunciados por algunos eminentes ciudadanos y 
miembros de aquel, principalmente por el Doctor Requena, 
Ministro de Gobierno, al inhumar sus cenizas; las concesiones 
y gracias acordadas por ambas Cámaras á sus deudos, asi lo 
atestiguan del modo más evidente y satisfactorio. 

Volviendo ahora al hecho indubitable de deberse considerar 
á Artigas como defensor constante é infatigable del sistema 
federativo, sus calumniadores han pretendido borrar el rele- 
vante título de aquel á la gratitud de los pueblos Argentinos 
bajo este punto de vista, intentando desautorizarlo irónica- 
mente como una absurda fábula . 

Ya hemos demostrado cuan injusto y parcial es este desco- 
nocimiento. Pero así mismo, queremos agregar algunas consi- 
deraciones que juzgamos oportunas, tratándose de tan intere- 
sante tópico. 

Véase hasta que punto enceguece la pasión del odio, y aton- 
ta, tal es la palabra merecida, las inteligencias superiores. 

El Sr. Don Luis Domínguez, publicista y diplómata de tan 
distinguida ilustración, el poeta lírico de brillante imaginación 
■ que evocó tantas visiones á lo Edgard Poé en sus estrofas á la 
Mesa de Artigas en el Hervidero, tan pindáricamente contesta- 
das por el fogoso Fajardo en su magnífica composición ; el Sr. 
Domínguez, decimos, ocupándose de vituperar á Artigas en su 
laborioso y comprensivo Compendio de Historia Argentina 
(página 416) exibe como un desmérito y como un cargo á Ar- 
tigas, el hecho siguiente, que para cualquier observador ilus- 
trado y sobre todo imparcial debería ser un grande elojio en 



— 275 - 

favor de aquel patriota, enalteciéndolo sobremanera á él y á su 
cooperador Barreiro . 

« La República del Norte ( dice Domínguez ) era el bello 
« ideal de su política y la Constitución de Masíachussetts, la 
« más digna do imitarse como la más democrática de la Con- 
« federación Americana . » 

Parece increíble que al disfrazar la historia sud-americana 
amoldándola á antipatías tradicionales, llegue á caerse por es- 
critores ilustrados en el ridículo extremo de censurar y burlar 
aquello mismo que es tan digno de imitación y de encomio! 

Ese cargo tan neciamente formulado, nos recuerda una nota 
del General Artigas al Cabildo de Montevideo, la que publica- 
remos, en la que agradece vivamente el envió (^ue t-e le liabia 
hecho de la Historia de los Estados Unidos, de los que efectiva- 
mente debía mostrarse tan adicto ó apasionado cuando se le 
enviaba esa obra como un valioso obsequio, en cuya nota dice, 
que « anhela porque ese libro pueda hallarse en manos de to- 
dos los Orientales' para su estudio. » 

El ilustre Madison con otros constituyentes al discutirse la 
primera Constitución de los Estados Unidos;, observaba con 
gran sentido práctico que mal podía iaipoaerse ó autorizarse 
el uso de la fuerza pública á fin de conservar la Union, y fa- 
cultarse al Ejecutivo central para ello « desdo que ¡a hase de esa 
Union era Ja Ubre voluntad de los pueblos para constituirla. » 

Es por esta misma razón que la Declaración de la Indepen- 
dencia Americana consagra el axioma político de que los go- 
hiernos republicanos, derivan sus justos poderes del consentimien- 
to de los gobernados; así como su primera Constitución declara- 
ba que « cada Estado retenia su soberanía, su libertad y su inde- 
pendencia. » 

Haciendo valer tan irrecusables autoridades, asi como las 
opiniones de Hamilton, Jefferson, Franklin y otros grandes 
estadistas y constituyentes norte-americanos, y aun las Cons- 



— 276 — 

titucioncs de algunos de aquellos Estados, se esplica también 
el liecho de como Artigas y sus partidarios encontraban, por 
más que de ello se burle Domínguez, la guía, el modelo y la 
sanción de su resistencia contra el poder despótico de los Di- 
rectorios. 

Artigas debia ver en esa organización modelo, que cada uno 
de los Estados norte americanos constituía en su origen un 
poder libre, soberano é independiente. 

Veia en aquella declaración de Independencia consignado 
el gran principio do « que siempre que cualquier forma de go- 
« bienio llegue á destruir ciertas aspiraciones, (una de las cua- 
<c les es la de procurar su. bien estar) el pueblo tiene el derecho 
« de alterarla ó aboliría, instituyendo un nuevo gobierno, ci- 
« mentando su base sobre los principios, y organizando su po- 
« der en la forma, que lo parezcan mas conducentes á asegu- 
« rar su propia seguridad y felicidad.» 

La revolución de Mayo incorporaba esos ¡principios en su 
grandioso programa. Los patriotas de voluntad superior como 
Artigas, trataban de adoptarlos leal y enérgicamente en sus- 
titución del orden de cosas que acababan de destrozar inde- 
pendizándose de la España, Creían con mucha razón que si se 
equivocaban en sus aspiraciones, hacíanlo en compañía de los 
patriotas mas eminentes que dieron á la revolución norte ame- 
i-icana el prestigio y el esplendor de la causa mas noble que se 
babia sostenido por la humanidad entera en las postrimerías 
dt'l siglo XVIII, sin ninguna de las manchas de la gran revo- 
lución francesa. 

Es de este modo como los artiguistas convertían en cuestión 
de derecho constitucional el conflicto que gobernantes absolu- 
tistas como Alvear j Puayrrredon imponían como capitulo de 
Ordenanza militar, única y suprema ley para los ciudadanos 
de entonces perseguidos como anarquistas. 

Es ante esas pruebas, y ante las pretensiones y bien expK- 



— 277 — 

citas declaraciones do Artigas, como hemos formado la opi- 
nión de que sus propósitos no eran aceptar en absoluto para la 
Banda Oriental el régimen federal mixto, tal como por ejemplo 
lo ha preconizado el doctor Albordi en nuestros dias, conside- 
rándola como una provincia sujeta al poder central de Buenos 
Aires, sino más bien como un estado independiente federativo, 
que por medio de pactos provinciales debia confederarse á los 
demás que se formasen en el antiguo Vireinato de Buenos Ai- 
res ; pero conservando al mismo tiempo el uso indisputado de 
su soberanía interna en su más amplia latitud, que nunca debia 
delegarse. 

El ilustrado Batiñe en su Tratado de Dercclio Constitucional 
Comparado, dcíiiie tan perfectamente la diferencia entre uno y 
otro sistema, que creemos oportuno reproducir su juicio por 
más elemental que él ])arezca. 

« Entre los Estados federativos, dice, y la Federación de Es- 
tados, hay una diíerencia notable. En los primeros, las atribu- 
ciones del Poder Central son importantes, mientras en las fe- 
deraciones, cada uno de los Federados conserva su independen- 
cia y soberanía ; el vínculo que liga las partes de la federación 
es generalmente débil, 3' podría definirse esta situación: un 
Tratado permanente de alianza ofensiva y defensiva. » 

Tomando Artigas como modelo á los Estados primitivos de 
la Union Americana, debía ver que todos ellos se habían dado 
sus instituciones propias, con sus asambleíis deliberantes, re- 
conocidas ó toleradas por la misma Corona de Inglaterra que 
encontrando sus Cartas fundamentales muy objecíonables, co- 
mo la de la Nueva Inglaterra sobro todo, so resignaba á ellas, 
así mismo, en tanto ellas no coartasen las leyes de la madre 
patria, y en especial lo que ella creía su secular derecho de im- 
ponerles taxat/on, ó contribuciones}' gabelas, que tanto repug- 
naban las Colonias, desdo que ellas no tomaban parte en su 
votación y sanción. 



— 278 — 

El carácter compendioso de este Estudio no nos permite en- 
trar en exteViSa", consideraciones sobre tan interesante tópico; 
pero basta á i-íiestro propó^jito resumir nuestros juicios en las 
afirmacior;es ariteviores, exponiendo la verdadera Índole de la 
organización i)o]ítica oiio Artigas intentaba dar á su país, y la 
que habría ido gradualmente consolidando y desarrollando, si 
las exigencias do li mortal contienda en que tenia que agitar- 
se, no lo liu-^:o.<en absorbido todo su tiempo y sus esfuerzos, 
dedicándolos primordialmente á la defensa del territorio pa- 
trio. 

En cnanto á la Tlepública Argentina, es innegable que Arti- 
gas fué el incQíisabie ])ropagandista y promotor del sistema 
federativo, contra el cual so estrellaron todos los esfuerzos de 
los centralistas de Buenos Aires. 

Deficientes y embrionarias como debían ser esas tentativas 
de una organización política, para la cual estaban tan mal pre- 
paradas las colonias españolas, sobre todo ante la implacable 
liostilidad de los adversarios más poderosos de Artigas como 
lo eran constantemente los Directorios, dueños de grandes re- 
cursos y de formidables fuerzas, asi mismo los ensayos sucesi- 
vos que surjian de los campos de batalla, iban cada día ganan- 
do más prosélitos para la causa federativa y acentuándose en 
la simpatía popular. 

Ante el majestuoso edificio de nuestras instituciones políti- 
cas, después de tantos ensayos y tentativas abortadas muchas 
veces en medio de un mar de sangre y de un angustioso adiós 
á la integridad de la patria, despedazada por implacables fac- 
ciones dede 1811 hasta 1820, j últimamente en 1853, 74 y 81, 
habría una negra ingratitud en olvidar quienes fueron los pri- 
meros obreros de ese gran monumento, quienes pusieron la 
primera piedra, y quienes abrieron sus anchos y profundos ci- 
mientos. 

Para establecer al fin sólidamente ese régimen federativo 



— 279 — 

que hoy impera en la República Argentina, que es su más no- 
ble y característico rasgo de avanzado progreso moral en sus 
libérrimas instituciones, lian sido necesarios largos años de 
tremenda luclia, décadas de bárbaro y luctuoso desenfreno, tre- 
mendas tiranías, oligarquías disolventes é incendiarias; mu- 
cbos escalones descendidos en el abismo del oprobio, del fra- 
tricidio, del suicidio nacional. 

En la lontananza de ese pavoroso cuadro, entre las últimas 
perspectivas de su vagos horizontes, resplandece la poderosa y 
viril silueta del batallador Artigas, como el primer caudillo 
del Rio de la Plata que hacia de las instituciones federativas, 
de la soberanía provincial, dentro de la soberanía de la Union, 
su divisa de guerra; y que convocaba al rededor de ella todos 
los oprimidos, todos los descontentos, todos los que en el ren- 
coroso lenguaje de 1814 eran montoneros, artiguistas ó anar- 
quistas, porque aspiraban á la igualdad de derechos, de repre- 
sentación y de soberanía, que era el sublime verbo de Mayo. 



■ » J3 ^^^4^'<^<-*- 



Artigas y su pueblo. 



Las instracciones dadas por el General Artigas á los repre- 
sentantes de la Provincia Oriental en 1813 son una prueba 
irrefragable de arguella afirmación, que tiene sus fundamentos, 
su exposición, y su solemne prefacio en el notabilísimo oficio 
de 7 de Diciembre de 1811 al Gobierno del Paraguay, que 
hemos publicado antes, tratando de emanciparse ya Artigas á 
los seis meses de la batalla de las Piedras, do la supremacía ó 
del predominio autoritario y absoluto que intentaba ejercer el 
Gobierno de Buenos Aires en esta Banda. 

Es evidente que Artigas no consideraba desde entonces á 
este sino como un mero auxiliador^ insinuando ya ideas que 
podían reputarse anárquicas sobre la división de los Estados, 
buscando en el Paraguay, teatro de las gloriosas, pero al fin 
funestas, derrotas de Tacuarí y Paraguarí, de las fuerzas del 
ilustre Belgrano, un contrapeso para equilibrar y neutralizar 
las odiadas tendencias del réjimen unitario que tan violenta- 
mente se quería imponer ; y hablando á los pueblos de esta 
Provincia Oriental, y á los territorios de Entre-Ríos y Santa 
Fé do icprcsentaci0n, de Cour/resos, de sistema electoral, deignaU 
dad de derechos, de soberanía popular ; en todas esas nobles fra- 
ses que no eran palabras huecas, sino la expresión de grandes 
y levantadas aspiraciones, cuya realización exaltaba á los pue- 
blos, preparándolos para el triunfo ó el sacrificio. 

La pintura resaltante que hace el General Artigas en su nota 
trascrita do 7 de Diciembre de 1812, demuestra do una manera 
auténtica y fidedigna cual debía ser la exaltación de aquel pue- 
blo contra la Junta revolucionaria de Buenos Aires que de este 
modo vergonzoso lo entregaba maniatado ú sus enemigos es- 



— 282 — 

pañoles y portu;;ueses, y que asi lo sacrificaba en aquella triste 
y dolorosa peregrinación, alojándose de sus hogares para ir á 
establecerse en medio de toda clase de privaciones y penurias 
en las márgenes del Ayui. 

En ese gran drama de civismo que espera todavia la pluma 
descriptiva y galana de algún Walter Scott ó de algún Cooper 
Oriental, para bosquejarnos sus acerbas penalidades, sus igno- 
rados heroismos, sus episodios de sublimo abnegación, es donde 
se vén identificarse al pueblo y al caudillo en una común aspi- 
ración, en una misma incontrastable voluntad. 

En esos dias de sublime prueba es cuando los pueblos levan- 
tan al ara de su idolatria sus grandes ciudadanos y sus leales 
servidores. 

Fué justamente entonces, en esa peregrinación al Ayui, 
cuando Artigas fué aclamado por sus compatriotas como su 
digno y supremo gefe, identificándose con su pueblo en sus 
más nobles y virtuosas aspiraciones y sacrificios. Es por demás 
agregar que cuanto mayor era el entusiasmo del pueblo por 
Artigas, tanto mayor era su execración al cobarde gobierno 
que los liabia abandonado, y resultaba ser de este modo direc- 
ta ó indirectamente, el autor de tan mortales padecimientos 
para el j)ueblo de esta Provincia. 

Algunos años después, triufante la tenaz resistencia opuesta 
por Artigas á los Directorios de Posadas y Alvear, sellada con 
la sangre del Guaj'abo, el pueblo oriental tuvo frecuentes oca- 
siones de aumentar aquel respeto y cariño hacia su gefe que 
asi lo elevaba en su propio valer con los atrayentes prestigios 
de la gloria de sus triunfos, y enorgullecia su arrogancia con la 
satisfacción de sus aspiraciones reformadoras. 

Mas tarde, iniciada y provocada por Alvear una nueva gue- 
rra que debia terminar tan desastrosamente para él, el general 
Artigas encontró en su pueblo el mismo entusiasmo y dedica- 
ción para sostenerlo y alentarlo en tan supremo trance. 



— 283 — 

Cayó al suolo hecha pedazos aquella oprobiosa dictadura de 
Alvear; y el pueblo Oriental tuvo plena razón para sentirse 
fanatizado en su agradecimiento al gran caudillo que así ponia 
sobre su frente la corona de una noble y cívica victoria, ele- 
vándolo sobre los demás pueblos del antiguo Virreinato. 

Como trasunto fiel del sentimiento popular ante los estruen- 
dosos acontecimientos de aquella época, que tanto dignifican y 
enaltecen á Artigas y á su pueblo, y justifican su mutua ad- 
hesión y simpatía, queremos transcribir á continuación las 
siguientes importantes notas de aquel relativas al derroca- 
miento de Alvear, 



« Me felicito á mi mismo cuando ese ilustre Ayuntamiento ha 
empeñado su paternal celo por conservar los derechos de esa 
benemérita provincia y todos sus intereses. Hasta el presente 
yo no he hecho más que cumplir con los deberes de un buen 
ciudadano empeñando los esfuerzos que han estado á mis al- 
cances para verla libre de tiranos. Allanado gloriosamente este 
paso era de indispensable necesidad tocar todos los resortes 
que afianzasen en lo sucesivo el triunfo de la libertad. Por lo 
mismo he continuado mis afanes en pos de las domas provin- 
cias vecinas creyendo adelantar con este sucet^'» la inviolabili- 
dad ulterior de nuestros derechos, y eludir las ideas inozfjiúnas 
con que el gobierno de Buenos Aires pensó mulripüiar los sa- 
crificios do estos pueblos, mirando con una fi ia imliferoncia 
sus desvelos. Nuestra dignidad reclama circuns¡)cccion, y las 
circunstancias exigen mayor seguridad. 

« Calcúlelo V. S. una y otra vez y advertirá que mi marcha 
hacia estos destinos no es obra del capricho sino de la delica- 
deza con que he mirado en todos tiempos nuestra amable liber- 
tad. Ella por sí sola se hace respetable, y me acompaña la sa- 



— 284 — 

tisfaccion de asegurar á V. S. que nuestras armas hicieron el 
dia de ayer respetable su pabellón en Santa Fé, rindiéndose á 
discreción su jefe y ti-opa que la guarnecia. Este suceso do la 
guerra, y las insinuaciones con que el supremo Director de 
Buenos Aires D. Carlos Alvear mo promete con fecha 17 del 
corriente remitir cerca de mi persona al coronel D. Elias Gal- 
van y al comandante de la escuadra coronel Brown para tran- 
sar nuestras diferencias politicas, no dudo que harán aparecer 
el dia grande de nuestra seguridad y felicidad. Entre tanto 
continuarán mis esfuerzos liasta ver garantida por los hechos 
la pública confianza. Yo espero que V. S. tenga la dignación 
de aprobar estas medidas seguro que de ellas resultarán los 
bienes por que ansia la América del Sud. Entre tanto está en 
manos de V. S. conservar los intereses de esa provincia yá, li- 
bre. Para ello he dejado las fuerzas bastantes para guarnecer 
por ahora esa plaza, sus costas y sus fronteras. 

« Alli tiene V. S. una parte del regimiento de blandengues 
guardando la campaña de las correrías de los portugueses. 
Todo lo pongo en su conocimiento para que, medidas todas las 
circuns-tancias, resuelva siempre con acierto. Mi Cuartel Ge- 
neral aun se mantiene en los Corrales al mando de don Ramón 
Fernandez con algunas compañías de blandengues para ocur- 
rir á donde aparezca más inmediato el peb'gro. Disponga V. 
S. de ellos, como igualmente de todo su parque y útiles de gue- 
rra, en .cualquier caso, que ellos respetarán sus órdenes. Yo 
ofresco á V. S. mis votos por la salud pública. Si la sinceridad 
de esta protesta es apreciada en su concepto, no dudo sea más 
agradable mi apersonamiento en ese pueblo con la satisfacción 
de saludar á mis conciudadanos ya, 'libres. Tengo la honra de 
saludar á V . S . y ofertarle mis más afectuosas consideraciones. 

Cuartel en el Paraná Marzo 25 de 1815. 

José Aitigas. 

« Al Muy Ilustre Cabildo de Montevideo. » 



— 285 — 

'< Me es mu}' satisfactorio comunicar ii V. S. que los oü reso- 
res (le Buenos Aires Ban sido derribados. El Excelentísimo Ca- 
bildo de aquella ciudad en carta 18 del corriente me trasmite 
tan plausible noticia. La pretendida Soberana Asamblea Ge- 
neral Constitu3'ente fué por sí misma disuelta, y el General 
Alvear destinado abordo de una fragata de S. M. B. heridos 
todos de la indignación del pueblo. En la Municipalidad es 
en quien so halla refundido el Gobierno de aquella Provincia. 
V. S. hallará en tan afortunado suceso el triunfo do la justicia 
pública, y el resultado de nuestros constantes esfuerzos por 
conservarla inovidable. Mis combinaciones han tenido una 
ejecución acertadísima, y esjjero que el restablecimiento de la 
tranquilidad general aparecerá muy pronto. 

« Yo ya, he repasado el Paraná y circulado las órdenes preci- 
sas i^ara, lo mismo á las fuerzas que había hecho avanzar desde 
la rivera occidental. Sin embargo por ahor.i es menester limi- 
tarnos á eso solo, por cuanto aun no se ha formalizado particu- 
larmente tratado alguno que fije la paz. Yo no perderé instan- 
te en comunicar á V. S. cuando llegue el momento de sellarla ; 
y mientras tenga V. S. la dignación de acompañar mis votos 
reuniendo á los dignos ciudadanos en torno del santuario á 
consagrar el presente suceso, que une un laurel más á la bri- 
llante corona de nuestros afanes y desvelos, pasando las circu- 
lares competentes para el mismo fin á los Cabildos de esa ju- 
risdicción . 

« Que la alegría sea general, y sus efusiones solemnes y pu- 
ras; y que todos miren en el cuadro magnífico que se presenta, 
la historia de su grandeza, y la aurora de la vida y prosperi- 
dad. Tengo el honor de reiterar á V. S. mis más íntimos res- 
petos. 

« Cuartel General 25 de Abril de 1816. 

Josc Avtiíjas.-* 
« Al Muy Ilustre Cabildo de Montevideo. » 



,-- 28G — 

Se comprenderá ante estas patrióticas manifestaciones de 
Artigas cuan sincero y ardiente debia ser el fanatismo que 
sentia el pueblo oriental hacia el soberbio caudillo que hacia 
repercutir en la capital do la Nación la influencia do sus vic- 
torias, y el respeto de su noble causa en todos los pueblos del 
antiguo Virreinato. 

Es ese espontáneo sentimiento popular el que constituia la 
gran fuerza de Aitigas, dando á sus resoluciones la pujanza 
irresistible del formidable protector de los pueblos libres de 
aquella época. 

Sus enemigos lian tratado de vengarse de ese prestigio arro- 
jando sobre el pueblo que le seguia el estigma del salvajismo y 
de la barbarie. 

Pero ningún observador imparcial puede desconocer que las 
masas populares en aquella época remota adolescian del mismo 
carácter de atraso 3' de ignorancia en todo el continente Sud 
y Norte Americano ; sin que esa deficiencia relativa pudiese 
amenguar el m.érito de sus virtudes, la pureza de sus móviles, 
ni el esplendor de sus triunfos. 

Esas muchedumbres armadas asi como sus caudillos, no eran 
respoirsableS; lo mismo en Tucuma,n y Salta, como en Buenos 
Aires, en Córdoba, Entre-Rios, Santa Fé y Provincia Oriental, 
de esa ignorancia general que se les ha echado en rostro tan 
insensatamente; ignorancia que el gobierno de la recelosa ma- 
dre patria pugnaba jíor conservar á todo trance en las colo- 
nias, no sólo en sus campos, sino en las mismas ciudades capi- 
tales, como el elemento principal de su permanente quietismo 
y sometimiento al poder español. 

Por lo mismo, el historiador recto é imparcial no debería 
hacer pesar sobre esas muchedumbres ineducadas y sobre sus 
caudillos naturales, la implacable censura y vilipendio de que 
han hecho lujo algunos escritores, como los Dres. López y 
Berra, como los Generales Mitre y Sarmiento, y en especial el 



— 287 — 

primero y el último, aquél en su Revolución Argentina y éste 
en su Conflictos y Armonías, calificándolas á cada paso como 
hordas ó bandas, y á sus jefes como grandes facinerosos, desen- 
tendiéndose malevolentemente de todas aquellas circunstan- 
cias tan atenuantes, y de aquellas pruebas tan concluyentes y 
atractivas en honor de la independencia ameiicana. 



Por calumniar á Artigas hasta se han atenuada 
los atentados de sus enemigos — Pajinas som- 
brías de nuestra historia. 



Para aquellos escritores, Artigas no lia sido sino « el gau- 
« clio audaz ó ignorante, centauro nómade del «<??<«;• uruguayo; 
« reñido con la civilización y la ley; caudillejo sin mas bande- 
« ra ni mas principios que liacer triunfar sus caprichos perso- 
« nales al frente de un tropel de otros gauchos, llevando adon- 
« de pisaba su caballo de guerra la desolación y el desorden. » 

Pero para las autoridades esj^añolas que en este territorio 
sembraban el terror, colgando por la acción aterrante de su» 
Prebostes y de sus Partidas Tranquil ¡^adoras en los árboles da 
los caminos reales á los mal aventurados criollos que uno á 
uno osaban dar la menor prueba de insubordinación, ni para 
los feroces jefes españoles que en las provincias del Alto Peni 
y en el Sud de Chile fusilaban y ahorcaban implacablemente 
á los patriotas é incendiaban pueblos enteros; para Yigodet 
que amenazaba con pena do muerte toda relación con los lla- 
mados insurjentes; para esas autoridades y sus ajentes no ha 
habido una palabra de censura de parte de aquellos escritores 
nacionales. Sin duda, para ellos las cenizas del pueblo de 
Cangallo no eran sino un accidento de la guerra, y las matan- 
zas de la Paz y Cochabamba una represión justificable. 

No lo ha habido tampoco para las tropas portuguesas que 
asolaban é incendiaban las poblaciones Orientales en las dos 
distintas invasiones do 1811 y 16, que arrasaban los pueblos 
de Misiones hasta no dejar piedra sobre piedra de aquellas pa- 
cificas aldeas ; que, en docenas de carretas arrebataban los va- 
so 



— 290 — 

sos sagrados y ornamentos de sus iglesias incendiadas; que pa- 
saban á degüello no solo todos los prisioneros, sino liasta los 
mismos ancianos, las mujeres y lo.s niños ; que horrorizaban 
con sus lieclios de inaudita ferocidad á sus mismos amigos y 
compatricios, como lo conflesan los historiadores portugueses 
al narrar y reprobar los horrores cometidos por el Brigadier 
das Chagas y otros gofes Hio Grandenses en su excecrabie 
consigna de despoblar las Misiones Orientales y Argentinas. 

En uno y otro caso, no ha habido censura ni acritud, ni in- 
dignación, pero ni siquiera se lia extrañado tan abominable 
ferocidad. 

Alo-unos historiadores como el doctor Berra, hasta han lio- 
gado con frases mal veladas y plañideras, á explicar tales hor- 
rores, vale decir, á justificarlos, como una consecuencia natural 
de las injustas agresiones de Artigas contra los portugueses ; 
reproduciendo asi con sorprendente seriedad la fábula del cor- 
dero que entiirbiaba aguas arriba al agraviado lobo la corrien- 
te del arroyuelo . 

Otros historiadores como el Dr . López, no han tenido una 
palabra de viril indignación contra esos atroces crímenes, y 
han enaltecido y aplaudido como obra de laudable hahüidad 
la nefanda traición diplomática que desde Buenos Aires y Rio 
Janeiro facilitaba en 1816 y 17 al Portugal la invasión y la 
conquista del territorio Oriental, á fin de exterminar de una 
vez á Artigas y sus intrépidos milicianos!! 

No se iia reprobado tampoco con la indignación de la justi- 
cia ofendida los excesos á que se entregaban las troj)as que 
sallan de Buenos Aires para sojuzgar á hierro y fuego las pro- 
vincias, excesos que el recto General Belgrano calificaba con 
la vehemencia de una bien sentida execración en una nota al 
Directorio del modo siguiente: 

« Demasiado convencido estoy, como lo he estado desde el 
principio de nuestr'B gloriosa revolución, que es preciso vencer 



— 291 — 

ó morir para afianzar nuestra iudepenilencia ; -pero también 
lo estoy de que no es el terrorismo lo que puedo cimentar el 
gobierno que se desea y en que nos hallamos constituidos. — 
Tampoco deben los Orientales al terrorismo la gente que se 
les une, ni á las victorias que lian conseguido sobre las annas 
del orden. Aquellas se les ha aumentado y les ¡rigus, por la in- 
disciplina de nuestras trepas y los excesos horrorosos que han 
cometido, haciendo odioso hasta el nombre do patria.— La me- 
nor parte ha tenido el terror en la agrupación da hombres y 
famiUas.— Las victorias menos. » 

Algunos publicistas inteligentes y estudiosos, cuyas laborio- 
sas investigaciones inspiradas en el cvdto de la verdad, han 
venido á arrojar una viva luz sobre los hechos mus confusos 
de nuestra historia intima provincial, como el Sr. Benigno T. 
Martínez en su Historia de Éntrenos^ y el Sr. Lassaga en sa 
Historia del General D. Estanislao López, nos presentan pági- 
nas como la sigiiionte, que si bien mortifican nuestro orgullo 
de argentinos, explican el origen oculto de muchos de nues- 
tros irreparables desastres y desaciertos desde 1815, y enalte- 
cen á los que oponían á ellos una justa resistencia. 

Véase cómo se expresa Lassaga: 

« La conducta del general Diaz Velez en Santa Fé es indig- 
na de uno de los héros de Ma^'O. A un pueblo salvaje no ^e le 
trata como se trató á esta desgraciada provincia, que parece 
destinada á sufrir desde entonces hasta esta época todos los 
horrores del martirio . 

« Un testigo ocular digno de fé por su veracidad y honradez, 
nos dice lo siguiente : « 28 dias se mantuvieron continuando el 
saqueo, y cuanto dinero, plata labrada, pulperías, muebles, etc., 
etc. encontraban, todo lo robaban, quebrando lo que no podían 
llevar á sus cuarteles. Todas las aves fueron muertas. Xo es 
para creerse cuanto robaron y destrozaron. Cavaron patios, 



— 292 — 

casas y huertas, para descubrir entierros y tapado», embarcan- 
do i)or la nocbe lo que robaban de dia. 

« No hay duda que saquearon á su satisfacción « Y otro de los 
hombres más ilustres de esta provincia, don Domingo Crespo, 
dice refiriéndose al mismo suceso. » Desde el 4 de Agosto hasta 
el 31 en que tuvieron que retirarse, no pudiendo someterse por 
el riguroso sitio que se les habia puesto, cometieron cuantos 
exesos puede cometer una tropa desenfrenada, facultada por 
su general para hacer cuanto quisiesen » !! 

El destello de las inteligencias más luminosas tiene sus 
eclipses parciales, que entristecen aún al observador indiferen- 
te . Hay negaciones de sensibilidad, frialdades del corazón 
ante abominables y salvajes ferocidades, atrofias morbosas del 
espíritu encallecido, que hacen desesperar de la moral y de la 
justicia, cuando estas se reniegan tan en absoluto con el beso 
del Iscariote, por hombres ilustrados y eminentes como algu- 
nos de los historiadores que venimos combatiendo. 

Sometidos á una verdadera idolatría política, han elevado 
estos por ciego espíritu de parcialidad un altar á ciertos feti- 
ches políticos de quienes jamás podrán hacer semi-dioses . 

Al efecto han sacrificado en ese altar las víctimas inocentes 
de su odio, y han vilipendiado sin escrúpulo á todo aquel qu9 
no aceptó ni se humilló ante su feroz culto. 

Así en el delirium tremens del odio más enceguecedor han 
hecho caer su calumnia y sn vituperio sobre Artigas, porque 
no se doblegó servilmente ante las mediocridades que explo- 
tando la gran causa de la patria subieron al poder, y se locn- 
pletaron en él por la intriga, por el cohecho, ó por la violencia 
exijiendo de los pueblos la más abyecta humillación. 

Y sin embargo, puede asegurarse que en cada página de esas 
mismas obras, y en especial de las del doctor López, y del Ge- 
neral Sarmiento, le es fácil al observador imparcial é inquisi- 
tivo discernir singulares y censurables contradiciones, de cada 



— 293 — 

una de las cuales emana la condenación implícita de lo mismo 
que el autor encomia y enaltece . 

Se explica esa deleznable inconsistencia en obras bien ela- 
boradas y fruto do largas meditaciones de talentos tan supe- 
riores, ante el heclio demostrado de que los inmutables princi- 
pios de moral y de justicia quedan en ellas subordinados á 
pasiones y preocupaciones personales que lian debido cegar la 
clara inteligencia de sus autores. 

Bien sabido es que no hay talento ni ingenio que baste á 
poder pervertir el sentido moral de un pueblo presentando co- 
mo dignos y laudables aquellos mismos becbos que la concien- 
cia pública denuncia severamente como indisculpables ex- 
travíos. Todo el brillo do una su])ercliería cliicanera, toda la 
erudición del doctrinarismo retórico, no podrán 'jamas exornar 
como virtuosa y moral la obra de las pasiones vengativas, de 
las insaciables ambiciones de mando; ni como patriótica y re- 
paradora la acción de los desi^otismos tiránicos erigidos en 
gobierno de inietlos libres. 



— "►SÉí.'í®*?^- 



Las instrucciones de Artigas á los Diputados 
Orientales ante sus contemporáneos. 



Muchísimos documentos publicaremos en esta obra que pre- 
sentarán á Artigas, no sólo como un gran caudillo militar, sino 
bajo nueva y no menos atractiva faz: como la del reformador 
político, tal como lo indicamos en un capítulo anterior. 

Pero entre esos documentos ninguno tiene para nosotros la 
inestimable importancia de las Instrucciones que desde su 
cam^jamento frente á Montevideo, dio aquél en 13 de Abril de 
1813 á los dijiutados de la Provincia Oriental, enviados á la 
Asamblea General Constituyente, instalada á principios de 
ese año en Buenos Aires: diputados que, como es sabido, fue- 
ron recjliazados en la sesión de 11 de Junio del mismo año, á 
instigación de Monteagudo, Dr . D . Valentín Gómez y Dr. 
Yidal, con el pretesto de no hallarse en regla los diplomas que 
los acreditaban en tal carácter, ó por un pretendido vicio en la 
elección: deficiencia que existía en los Diputados de Salta ele- 
gidos ])or los emigrados residentes en Tucuraan, que fueron 
aceptados. 

El examen do aquel documento do inestimable importancia 
histórica, atestigua que lejos de ser Artigas el caudillo feroz 
ó ignorante que surjia á la vida pública sin. más títulos que su 
lanza y su corage, como lo han pretendido sus adversarios, fué 
el primer mandatario no solo del líío do la Plata, sino de toda 
la América Española, que proclamó on esas Instniccionos des- 
do su campamento militar, el gran decálogo de la organización 
política de las futuras repúblicas, y la baso de los derechos del 
ciudadano sud-amoricano. 

En osas Instrucciünes están revelándose el ardor del patrio- 



— 29.6 — 

-fcÍ6mo de Artigas, la elevación de sus ideas, y la firmeza de sus 
convicciones, que lo impulsaban á exigir como base previa de 
la unión, la perentoria declaración de una absoluta indepen- 
dencia, fuesen cuales fuesen las consecuencias de esa prematu- 
ra ó imprudente proclamación, en la que él se adelantaba tres 
años á la solemne declaración del 9 do Julio de 1816 lieclia por 
nuestro Congreso de Tucuman. 

Es bien notorio que algunos do los directores de la Eevolu- 
■cion se sentían frecuentemente acobardados en Buenos Aires 
ante la magnitud de su empresa. 

Grandes caracteres, enérjicos demócratas, no podian menos 
de tener asi mismo algún recelo ante las nuevas expediciones 
españolas que sucesivamente se anunciaban desde la Península 
como las de los Generales Murillo y más tarde la del Marques 
de Abisbal, infundiendo en los débiles el temor de inmediatas 
y probables derrotas ; y no menos antes la dificultad de sujetar 
las provincias á un yugo aborrecido, como dice el venerable Fu- 
nes, después de desastres militares que producían la aproxima- 
ción é internación de fuertes ejércitos españoles por las fronte- 
ras de Salta. 

Dominados por esa desalentadora indecisión aplazaban de 
un dia para otro la tremenda é irrevocable proclamación ofi- 
cial de independencia, que tanto reclamaban como un remedio 
heroico para romper radicalmente con la España algunos de 
los más fogosos patriotas argentinos como Belgrano, que en ar- 
bolaba por su cuenta el pabellón de la patria en Febrero de 
1812 en la batería la Libertad del Rosario, para tener que 
arriarlo pocos días después por orden del primer Triunvirato : 
como el vehemente Monteagudo en su entusiasta Grito cid 
¿lud, Peña, Dr. Agrelo, como miembro y Presidente de la 
Asamblea del año 13, F. Planes, presidente de la Sociedad Pa- 
triótica, y algunos otros ciudadanos de reconocida enerjía. 



Artigas, precursor de la declaración de la Inde- 
pencierxcla Argentina. 



En el año 12 los patriotas hacían la guerra á las tro^^as y 
autoridades españolas existentes en el Vireinato del Rio do la 
Plata, las que reconocían á la Junta Central y las Cortes, reem- 
plazantes en España del abyecto Femando VII, pero las mismas 
autoridades revolucionarias daban aun seguridades de fiel Ta- 
eallaje al monarca cautivo. 

La aspiración á la independencia fermentaba con violencia 
en todos los corazones americanos ; pero la acción gubernativa 
se envolvía aún hipócritamente en morosas contemporizaciones 
tratando de ganar tiempo, y j)rei)ararse para aprovechar una 
ocasión más propicia, la que se demoraba indefinidamente. 

La patriótica é ilustrada Asamblea General Constituyente 
instalada el 31 de Enero de 1813, si bien habia adoptado algu- 
nas resoluciones que preparaban y consagraban virtualmente 
la independencia, como por ejemplo, la designación de la ban- 
dera y escudo nacional, y aún la misma fórmula categórica 
del juramento, respondiendo asi á la enérgica convocatoria que 
la congregó; deteníase indecisa ante la magnitud de aquella su- 
prema resolución ; y esto á pesar de tomar parte en sus deli- 
beraciones algunos de los más impetuosos é ilustrados revolu- 
cionarios. 

Esa situación de espectativa, de pusilánime espectativa, no 
cuadraba con el carácter intrépido y resuelto del vencedor de 
las Piedras, que sólo por muy pocos días después de esta bata- 
lla, pudo doblegarse á esa exigencia oficial de los directores de 
la revolución, en cumijlimieuto del encargo es])ecial que al 



— 298 - 

efecto se le habia hecho por la Junta Guberaativa de Buenos 
Aires. 

Artigas no sólo por si, sino hasta como medida de precaución 
para con todo gobierno indeciso é irresoluto en esa vital cues- 
tión, como los que entonces imperaban, repugnaba compai'tir 
esa mañosa duplicidad. 

Preveia muy acertadamente que los mismos que la habian 
impuesto, podrían hacerla valer á su turno como una atenua- 
ción de su rebelión, en caso de contrastes posibles ó bien pre- 
parándose para dejar otra vez abandonados é inermes á sus 
comprovincianos Orientales, como en 1811, á la zana de los es- 
pañoles. 

Artigas, entrando resueltamente en el nuevo orden de ideas 
revolucionarias, sin contemporizaciones ni vacilación, imponía 
como base primordial para que ésta Provincia ingresase asi á la 
confederación, la siguiente exij encía que á tan grande altura 
lo eleva entre sus contemporáneos : 

« Primeramente pedirán ¡os Diputados Orientales la declara' 
«don deja independencia ahsohita de estas colonias: que ellas 
« están ahsneltas de toda ohligacion de fidelidad á la Corona de 
« España^ y familia de Borhones , y que toda conexión política 
« entre ellas y el Estado de España, es y debe ser totalmente di' 
« suelta. » 

Ningún documento público de aquella época exponía más 
decisivamente y con más neto americanismo la profesión de fe 
del dogma revolucionario, del cual como hemos dicho al prin- 
cipio de este parágrafo venía á ser así Artigas el verdadero y 
consciente precursor. 



La organización federativa de Artigas — Su ini- 
ciativa respecto de grandes principios políticos 
y económicos. 



Los siguientes conceptos y clausulas de aquella Instrucción 
tan poco conocida y apreciada liabrian podido ser suscritos por 
Madison, Jefíerson, líamilfcon ó Franldin, é indudablemente 
ellas se inspiraron en la obra de los constituyentes de la Union 
Americana. 

«Art 2.° Ko admitirán otro .s/sfona quo, el de confederación 
imra d iiado recíproco con las lirovincias qiie forman miestro Es- 
tado. 

Art. 3 .° Promoverán lalihertad civil y religiosa en toda suex- 
tenslon i)nar/inalJe . 

Art. 4.^ Como el ohjeto y fin del gohierno debe ser conservar 
la ir/rialdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y los imcblos, 
cada irrovincia formará sii gohierno bajo esas bases, á más del 
gobierno supremo de la Nación. 

Art. />.** Así este como aquel se dividirán en Poder Legislativo^ 
Ejecutivo y Jtidirial. 

Art.G.^ Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre 
sí, y serán independientes en sus facultades. 

Art. 7.° El gohierno supremo entenderá solamente en los ne- 
gocios generales del Estado. El resto es peculiar al gohierno de 
cada provincia . » 

Muchos do los principios políticos, económicos, y sociales 
profesados en esas In?!trucciones vinieron recien á incorporar- 
so cuarenta años más tarde en la Constitución Argentina en 
Mflj'O de 1854 por los constitu3'entes reunidos en el Paraná, 



— 300 — 

entre los cuales descollaban los estadistas y jurisconsultos más 
ilustrados de la Confederación Argentina, como los Dros. del 
Carril, Gutiérrez, Pico, Gorostiaga, Zuviria y Fragueiro; Cons- 
titución cuyos futuros fundamentos y principios expuso tan 
luminosamente y profesó el ilustre Dr. Alberdi en sus célebres 
JBases, y lian venido á formar parte de la actual Constitución 
Argentina reformada. 

Debe afirmarse, pues, sin exageración ni parcialidad que 
aquellas Instrucciones han podido servir como prólogo á la 
obra inicial del derecho constitucional Argentino; y reconocer 
su prematura exposición y advocación en el mismo jefe de los 
Orientales, el calumrjiado Artigas; presentado por sus rivales y 
adversarios durante medio siglo como el más oscuro de los cau- 
dillejos semi-bárbaros que abortó la lucha contra la España. 

Fílense nuestros lectores en la importancia trascendental de 
los siguientes artículos: 

« Art. S .° El territorio que ocupan estos imehlos desuela costa 
oriental del TJruguay hasta la fortaleza de Santa Teresa, forma 
nna sola provincia, denominándose : la Provincia Oriental. 

« Art . .9 . ° Que los siete pueljlos de Misiones, los de Batoviy 
Santa Tecla, San Rafael y Tacuarembó que lioy oaipan injusta^ 
mente los portugueses, y á su tiempo dehen reclamarse, serán en 
todo tiempo territorio de esta provincia . 

«Art. 10. Que esta provincia por la presente entra separa- 
damente en una firme liga de amistad con cada una de las otras 
ptara su defensa común, seguridad de su libertad, y imra su mutua 
y general felicidad, ohligándose á asistir á cada una de las otras 
contra toda violencia ó ataques hechos sohre ellas, ó sobre alguna 
de ellas por motivo de religión, soberanía, tráfico ó algún otro pre- 
testo que sea . 

Art. 11. Que esta provincia retiene su soberanía, libertad é 
independencia, y todo poder, jurisdicción y derecJio que no es dele- 



— 301 — 

gado cspresamente por la confederación de las Provincias Unida» 
juntas en Congreso. 

Art . 12. Que él puerto de Maldonado sea libre para todos los 
buques que concurran á la introducción de efectos, y exportación 
de frutos poniéndose la correspondiente aduana en aquél pueblo^ 
pidiendo al efecto se oficie al comandante de las fuerzas de 8. M. 
B. sobre la apertura de aquél puerto para que proteja la navega- 
ción ó comercio de su Nación. 

<v Art. 13. Que el puerto de la Colonia sea igualmente habili- 
tado en los términos prescriptos en el artículo anterior. » 

En algunas de las exijencias ó pretensiones que anteceden 
está explicado el odio irreconciliable jurado á Artigas por el 
Gobierno Portugués de aquella época, que veia en la audaz de- 
claración de los artos. 8 y 9 un anuncio y una amenaza peren- 
toria y enérjica de que imperando aquel en la Provincia Oriental, 
habia de ver siempre amenazada su tranquila usurpación de los 
siete pueblos de Misiones, de que liabia despojado á aquella 
durante la tolerante dominación española. 

En esos dos articulos en cuyas demarcaciones quería Artigas 
encuadrar firmemente el territorio de esta futura nación, se ha- 
lla la clave de la guerra de 1816 y de todas las agresiones y 
lluvia de calumnias de que aquel fué víctima, presentándose 
su dominación en la Provincia como inconciliable con la paz y 
el orden en las fronteras portuguesas. 

Ese solo rasgo tan acentuado de la vida pública de Artigas 
lo caracteriza bastante para merecerle el enaltecimiento y gra- 
titud de sus compatriotas, dada la época y las condiciones en. 
que él se proyectaba. 

Del mismo modo so evidencia en los artos. 10 y 11, y en el 
relativo á la separación del Gobierno central de la ciudad de 
Buenos Aires, la vergonzosa razón que indujo á los políticos 
del Directorio de Posadas, de Alvear, y subsiguientes, á hosti- 
lizar por todos los medios lícitos ó ilícitos, en una guerra im- 



— 302 — 

placable o incesante, al caudillo soberbio que el primero de to- 
dos los independientes, se atl-evia en Sud América á demarcar 
en términos tan categóricos y precisos, d límite ante el cual 
dfibian detenerse las atribuciones del poder arclii-unitario quo 
se levantaba en Buenos Aires con facultades omnímodas. Ilabia 
decididamente en esos artículos asi como en los subsiguientes^ 
una lección quizá prematura, pero muy previsora y reformista 
dada enerj'icamentc por aquel iniciador del sistema federativo 
á los pueblos hermanos, y como un apercibimiento para los 
abusos de la fuerza. 

El patriota que en términos ta.n inauditos y sorprendentes, 
en la infancia de su pueblo y de su poder, hablaba así á por- 
tugueses y triunviro^ argentinos, necesariamente debia atraer- 
se sobre su cabeza los rayos de una verdadera excomunión 
política. 

Era indispensable y urgente anularlo, anonadarlo, matarlo, 
ofreciendo seis mil pesos por su cabeza, como lo hizo el Direc- 
tor Posadas, ó matarlo moralmeníe como á un monstruo sin 
igual, como se le hizo hacer á Cavia por Pueyrredon. 

En el articulo 15, Artigas se anticipaba á una de las graves 
cuestiones cu3^a solución ha requerido en las Repúblicas Ame- 
ricanas, más arduos y penosos debates, combatiendo la inge- 
rencia de los Cónsules extranjeros, usurpadora de la legítima 
jurisdicción de los tribunales del país, respecto do sucesiones 
de intestados, estableciendo desde entonces una jurisprudencia 
que habría evitado muy graves conflictos ó imposiciones si se 
hubiese adoptado con tiempo. 

« Art. Id. No permitan se haga ley para esta inovincia^ so- 
hre bienes de estranjeros qac mueren intestados, sohre imdtas y 
confiscaciones, que se apUcalan antes al rey, y sobre territorios de. 
esta, mientras ella no forme su reglamento y determine á qué 
fondos deben aplicarse, como única al derecho de hacerlo en la 
economía de su jurisdicción. » 



— 303 — 

En los artículos 16 y 17, el General Artigas establecía de la 
manera más perentoria y tennínante la obligación y el derecho 
de cada provincia ó Estado á darse por si mismo su constitu- 
ción y á reservarse el detalle de examinar, discutir y apro- 
bar la constitución que debiera regir el poder nacional á fin do 
que éste no invadiese las prerogativas y derechos de los Esta- 
dos federales, limitando su acción y funcionamiento á las fa- 
cultades y atribuciones que aquellos renunciasen expresamen- 
te en su favor. 

En el mismo artículo, y sin duda como la garantía m¿s efi- 
caz do la defensa y sosten de la soberanía provincial, debía re- 
conocerse la facultad de cada provincia de conservar cierto ar- 
mamento y una fuerza do guardia nacional que respondiese á 
la defensa eficaz de su territorio y á la conservación del urden 
público ¡ siendo evidente que esa misma fuerza provincial po- 
dría Fcrvir á la defensa nacional cuando las circunstancias asi 
lo requiriesen, y de acuerdo con los pactos que al efecto se ce- 
lebrarían entre los estados federales que formasen la Nación. 

Hé aquí dichos dos artículos á cuaimas trascendental en sus 
fines y propósitos: 

« Alt. 10. Que esta provincia tendrá su constitución territo- 
rial: y que ella tiene el derecho á sancionar la genercd de las Pro- 
vincias Unidas que forme la Asamllea Constituyente. 

Art.17. Que esta procinc-ia tiene derecho para levantar los re- 
gimientos que necesite, noníhrar los oficiales de compañía, reglar 
la milicia de ella para la seguridad de su libertad, por lo que no 
podrá violarse el dereclio de. los pueblos para guardar y tener ar- 
mas. » 

Ese caudillo que se ha vilipendiado también comoja odiosa 
encarnación del militarismo opresor é irresponsable, m el mis- 
mo que en esas Instrucciones, incluía la siguiente condición 
para hacer posible ó aceptable la unión con las demás provin- 
cias argentinas. 



— 304 — 

« Art. 18. El. despotismo militar, aera 'precisamente aniquilado 
« eon trabas constitucionales, que aseguren inviolables la sobera- 
« 7iía de los pueblos. 

Y por iiltimo, el bárbaro Artigas, como se le lia llamado por 
sus calumniadores, es el que en el art. 20 exponía así los más 
grandes y salvadores principios de toda democracia bien regi- 
da, como condición y base de la incorporación de su Provincia 
á la Nación argentina de 1813: 

« Art. 20. La constitución garantirá á las Provincias Unidas^ 
una forma de gobierno repiújlicana, y que asegure á cada tina de 
ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus derechos, li- 
bertad y seguridad de su soberanía, que con la fuerza armada in- 
tente alguna de ellas sofocar los p)rincipios ¡proclamados. Y asi 
mismo prestará toda su atención, Jionor, fidelidad y religiosidad, 
á todo manto crea ó juzgue necesario para preservar á esta pro- 
vincia las ventajas de la libertad y mantener un gobierno librCy 
de piedad, justicia, moderación é industria. » 

¡Maravillosas evoluciones de los pueblos en su penoso ascen- 
so por el -ás^jero camino de la libertad! 

Cuarenta años después de la fecha de esas Instrucciones, 
el pueblo de Buenos Aires en su revolución de 1 1 de Setiem- 
bre de 1853 contra el G-eneral Urquiza, Director de la Confe- 
deración Argentina, enarbolaba y sostenía como la bandera de 
su alzamiento, varios de los mismísimos principios que Artigas 
proclamó, como la única condición posible para aceptar la 
unión federativa de su provincia con las demás del Rio de la 
Plata! 

Durante diez años de fratricida é implacable guerra civil, 
Buenos Aires sostuvo basta la batalla de Pavón los mismos 
principios que Artigas en nombre de los Orientales invocaba 
en los artículos 16 y 17 de sus Instrucciones. 

« El de tener su Constitución territorial ó provincial » el de 
« tener derecho de sancionar la Constitución General que forma- 



— 305 — 

« se ¡a Asamblea constituyente, » el de « levantar los regimientos 
« que necesite ; y reglar su milicia para la seguridad de su líber- 
« tad por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para 
« guardar y tener armas. » 

Hasta los mismos derecJws diferenciales que durante algunos 
años fueron una fatal manzana do discordia entre los argenti- 
nos de la donfederacion y los porteños de Buenos Aires, (clasi- 
íicacion impuesta como un apercibimiento por nosotros mismos 
en 1856, al practicar el 2)rimer Censo de aquella Provincia for- 
mado por nosotros, que tanto sublevó las iras del eminente 
Sarmiento ) dereclios que se establecieron por el Gobierno del 
Paraná para gravar el comercio de Buenos Aires separatista, 
3'' favorecer el del puerto del Rosario, esos derechos diferencia- 
les fueron jírevistos y declarados inaceptables por Artigas en 
los términos perentorios siguientes : 

« A¡t.. 14. Que ninguna tasa ó derecho se imponga sobre artí- 
culos exportados de una provincia á otra, ni rpie ninguna prefe- 
renda se dé por cualquiera regulación de comercio ó renta á los 
jmerios de una provincia sobre los de otra: ni los barcos destina- 
dos de esta provincia á otra serán obligados á entrar, anclar, ni 
pagar derechos en otra. ;v 

La misma suj^resion impuesta ¡lor el art. 14 solo pudo reali- 
zarse después do Caseros en todas las Provincias confederadas, 
y ella es uno de los timbres del Gobierno del Presidente Urqui- 
za en 1853, porque el mismo Rosas la respetó como un odioso 
derecho ó regalía de las provincias de la Confederación, que asi 
se dañaban y hostilizaban mutuamente con sus fuertes, dere- 
chos de tránsito : imponiéndose por ejemplo, Tucuman á San- 
tiago, gobernada por el bárbaro Ibarra, catorce pesos jjor cada 
carreta que pasase por su temtorio. 

Se verá pues, cuanto se anticipaban Artigas y sus colabora- 
dores en 1813 á las convulsiones politicas que cuarenta aííos 

21 



— 306 — 

después liabian de estallar sobro esta rejion como una tromba 
devastadora, couvirtiendo toda la República Argentina en un 
vasto campamento que principiaba manando sangre desde la 
Concepción del Uruguay, asaltada de sorpresa por la expedi- 
ción del General Hornos, y terminaba en la solitaria Olta, en- 
tre el cliarco de sangre de la cabeza del General Peñaloza. 

Buenos Aires en 1853, se asemejaba á Montevideo en 1815, 
ante la prepotencia militar que intentaba imprevisoramente 
comprimirla, y amenazaba imponerlo las condiciones de una 
conquista simulada, aunque en justicia sea diclio, á fin de reor- 
ganizar la República bajo bases constitucionales como después 
se evidenció. 

Es de este modo como Buenos Aires, el gran centro inicia- 
dor de la emancipación colonial de estas regiones, algunos de 
cu^'os gobernantes arbitrarios liabian combatido á Artigas á 
todo trance por sostener esos mismísimos principios tan esen- 
ciales á la soberanía de los Estados íederale's, venía cuarenta 
años más tarde á proliijarlos en bien de si misma, á adoptarlos 
como su pondon do guerra, á excitar su más florida .juventud 
para que mariese por ellos en el sitio impuesto por el Coronel 
Lagos á Buenos Aires, asi como en Cepeda, y en Pavón, á 
mancliarse con la sangre do las numerosas víctimas del Tala, 
do Viilama3'0r y Laguna de Cardoso, que trataban do impo- 
nerle la unión, y á regenerarse políticamente, al fin, bajo la 
misma organización nacional que rechazó cuarenta años antes. 

No faltará quien nos llame llasf eraos por estas opiniones y 
P* doctrinas cuya inspiración ha sido nuestro credo político du- 
rante treinta años ; pero soa como fuese, no podemos menos do 
inclinarnos reverentes auto la sombra del gran patricia Orien- 
tal que en los primeros pasos de su carrera ayudó asi á sombrar 
el primer germen de donde ha surj ido tan benéfica y enorgulle- 
cedora organización política para la E-cpúblioa Argentina. 



— 307 — 

Permítasenos aliora un breve pero oportuno parént?í>is. 

Después do estas demostraciones tan elocuentes y fidedignas 
del espíritu liberal y reformador que dominaba en las tenden- 
cias políticas de Artigas en aquel jíeríodo tan primitivo y 
embrionario de la revolución argentina, se reconocerá cuan 
injustificable y parcial es el rencoroso odio que inspira á los 
liistoriadores que han denunciado siempre á Artigas corno el 
representante genuino de la harhario oriental. 

Como selección típica de opiniones tan exaltadas é injustas 
véase aliora como juzga el doctor Berro, ('que lia concentrado en 
su Bosquejo toda la animosidad ostentada contra Artigas por 
Mitre, López y Sarmiento) al gran caudillo popular que sor- 
prendía á la Asamblea Argentina do 1813 por el órgano de los 
Diputados Orientales con aquellas memorables Instrucciones : 

« Asi es que (Artigas) alejado desde los primeros años de los 
centros civilizados, perdió sin darso cuenta de ello la escasa 
instrucción y las buenas direcciones que hubiera recibido en] a 
infancia, y adquirió en cambio las cualidades características 
del indio nómade, del gauclio primitivo, en grado más ó menos 
pronunciado ; es decir, so formó ignorante, sin los gustos, los 
sentimientos, los hábitos, ni las formas do la vida civil ; apasio- 
nado por eso modo de ser do la vida agreste, voluntarioso, 
desordenado, sin ley ni regla, sin derecho y sin moral, que 
inspira el menosprecio do la propiedad, del honor, de la exis- 
tencia, y que engendra todo ese conjunto de vicios y deíectos 
que coir-tituia la barbarie rural de aquellos tiem]ios. 'ü'i 

<; ¿Fué Artigas un factor do eso producto? Importa esto 
preguntar si estuvo divorciado del elemento popular en qno 
formó su personalidad y en que halló la fuerza con que trató 
de realizar sus aspiraciones. Artigas, aunque so elevara soin'O 
el nivel general do sus secuaces, era una producción de ellos; 
porque le animaban los mismos sentimientos, las mismas ten- 



— 808 -^ 

delicias, los mismos liábitos, el alma misma que animaba á las 
mucliedumbres agrestes de ambos lados del Uruguay, 

« No podia pues serle antipática la obra de sus indios, de sks 
caciques y de sus rjaudios, ni podia condenarla en nombre de la 
civilización sin renegar de todos sus antecedentes, y sin romper 
de pronto los vínculos que le ligaban al medio y al momento 
histórico eu nuo figuró. 

<: Habia, pues, dos civilizaciones en el Rio do la Plata : una 
avanzada, con la que nos aproximábamos á la europea ; otra, 
hurlara y salvaje, csdusivamentr, americana (!!) El puchlo y el 
ejército de Artifjas no correspondian á la primera : pertenecían 
á la segunda ; eran el pueblo 3' el ejército del campo, do raza 
ind'ijena inira, que ni amaban ni conocían la civilización impor- 
tada del extrangero. Montevideo 3' la Colonia, y en grado infe- 
rior los pueblos menores, fueron, al contrario europeos y mes- 
tizos, que conocían y estimábanlos progresos y las costumbres 
importadas, cpio veían en el elemento artiguista un enemigo 
natural, y que fueron por intereses y por sentimiento imehlo 
es'paTiol, ó portufjués, ó avorfcñado, antes que pueblo de Artigas, 
mientras este representó un papel importante en la historia 
Uruguaj^a. Por eso no puede decirse que Artigas fué el proto- 
tipo de su época ó la encarnación dol estado social del Río de 
la Plata. Fué el representante de la harharie indiyena, el catt- 
dillo de la clase inculta de los campos, »! 

Hasta aquí el Dr. Berra en su Bosquejo, en cujeas insinuan- 
tes páginas se han educado en la República, en cuanto á su 
Histoiía Nacional, los jóvenes orientales durante muchos 
años. 

¡Cuan penoso contraste forman esas erróneas y absurdas 
mistificaciones históricas, esas apreciaciones malevolentes, que 
son así mismo las menos parciales de su ilustrado autor, con 



- - 309 — 

los liechos y pruebas fidedignas y concluyontcs q^Wfc abamos 
de presentar, y f^ue tanto lionran y enaltecen al iniciador 
práctico del sistema federativo en Sud-América, al fundador de 
la nacionalidad Oriental. ! 



-»-a *3-i:í?i'Cí í^-C C- e-»- 



"^8 



Artigas no odiaba á los Porteños. Los partidos 
porteños, opositores á los Gobiernos de Buenos 
Aires, fueron casi todos Artiguistas. 



Se Im acusado á Artigas ele un odio irreconciliable á los 
Porteños, como colectividad provincial , por el lieclio de que 
esta pugnaba siempre por monopolizarla suprcraacia nacional. 
Esa calumnia no tiene fundamento alguno histórico ni feha- 
ciente. 

Por más que le presten plausible autoridad la antigua em.u- 
lacion entre ambas ciudades, la misma que existió siempre entre 
porterios y provincicnws^ y las interpretaciones malevolentes de 
los detractores do Artigas ; ese odio no ha existido en él de una 
manera perceptible, ni como pasión ni como antipatía per- 
sonal . 

El Gefe do los Ojíentales nunca dio una .sola prueba de esa 
menguada aver.sion, por más que ella hubiera podido por des- 
gracia explicarse y cohonestarse con sobrada razón. 

Todos sus actos, todas sus resistencias tendian á combatir 
sólamenic los círculos ó los gobernantes que en Buenos Aires 
U hacían una guerra incesante y feroz personificando y con- 
centrando en él la agresión á su provincia ; pero nunca confun- 
dió al espansivo y varonil pueblo de IMa^'o en la justificada 
antipatía y resistencia á algunos de sus mandatarios más tirá- 
nicos ; ó á sus oligarquías opresoras y soberbias que aspiraban 
tenazmente al sometimiento servil del pueblo oriental. 

Por otra parte ¿cómo podía extender ese odio á toda una 
capital y su provincia, cuándo en ambas encontraba casi siem- 
pre algún círculo ó partido porteño que cuándo llegaba á su- 
bir al poder, en Buenos Aires, proclamaba cómo su programa 



— 31'2 — 

I)olítico las mismas aspiraciones de Artigas, se aunaba á él 
en cooperación de sus esfuerzos, lojcoliaaba de honores, le pro- 
veia de armas y elementos de guerra, y enaltecia su conducta 
en los términos más lisonjeros ? 

Si bien hubo algunos gobernantes como Sarratea, como Po- 
sadas, A.lvear, Alvarez Thomas, Balcarce y Pueyrredon, quo lo 
combatieron sin tregua ni descauso, tuvo, también, por amigos 
y aliados á los partidos y círculos que en el mismo Buenos 
Aires formaban contra aquellos una fuerte y tenaz oposición; 
y algunos do cuj^os prohombres expiaron, en 1817, con el des- 
tierro y con todo género de persecuciones, su siu-patía á la 
causa de Artigas, que era la causa Oriental. 

Esos partidos opositores formados por porteños ilustrados 
como Dorrego y Ma,nuel Moreno, y dirigidos por porteños, eran 
sus aliados naturales, sus decididos amigos, los que lo alenta- 
ban en sus resistencias, los que lo ponían al corriente de los 
sucesos, los que defendían enérgicamente su causa, y los que 
al subir al poder en aquella oscilación contiima de intereses de 
facción y. de aspiraciones antagónicas que hacían de Buenos 
Aires, entonces, un constante campo de Agramante, le prodi- 
gaban las mayores manifestaciones de f-impatía y adhesión. 

Debemos ratificar estas afirmaciones con el mismo juicio 
emitido al respecto por el doctor López en su Revohicion Ar- 
gentina refiriéndose á la caida del Director Alvear, demostran- 
do, mal de su grado, la simpatía espontánea y entiisiasta que 
la causa artiguista so había conquistado en aquella capital, 
identificándose con ella, enalteciéndola, ó combatiendo por ella. 
Dice asi el doctor López en la pág. 24 tratando de hacer con 
frases mal veladas y absurdas la imposiblo apología del terro- 
rismo Alvearista que no fué sino el verdadero precursor y mo- 
delo de las tiranías subsiguientes ; terrorismo iniciado por Al- 
vear, pero sostenido y alentado por un círculo de hombres 
eminentes en las letras en el foro, en las armas, arrastrados 



— 313 - 

tocios por la pa.sion frenética del mando y todos sus detestables 
sensualismos. 

« Pero la fuerza moral y la uuiou de la Comuna, dice López, 
« se liabian anarquizado por la ambición impetuosa y juvenil 
« del vencedor . La Lof/ia se liabia deslieclao, y el país se liabia 
« agotado con ese esfuerzo coiivalslvo y nervioso do su poder. 
« Sus asientos vacilaban minados por el cansancio y la opre- 
« sion. 

« El general vencedor se liabia tenido que liacer, por la pro- 
« pia segundad do su partido, Director Supremo del Estado . 
« La arrogancia militar y los hechos del joven Director hacian 
« insoportable su persona á las clases bajas de la campaña y 
« do la ciudad. La suma tensión del poder quo habia creado 
« para triunfar, le suscitaba enemigos en derredor y por dó 
« quiera. Los cívicos trabajados por sus émulos, le odiaban . Los 
« ancianos do antigua alcurnia, los pelucones de la revolución, 
« cuya, influencia era grande en la Comuna, no podian soportar 
« el predojninio de aquel joven glorioso y de una ambición tan 
« franca . Xú es que sin que sea posible decir cómo, Artigas no 
« solo era dueño de Corrientes y Entre Bios, y tenia ganado á 
« Santa Fé, sino que Italia encontrado cómplices y coadyutores 
« en Buenos Aires mismo, cuando el motin 3"^ las defecciones del 
« año X Y arrebataron de la escena pública al joven Director, 
« llevando de nuevo al pais á estrellarse contra todos los pro- 
« blemaiá de los años anteriores. 

« El partido de Los Políticos caia por primera vez con su 
« gefo . Sus corifeos eran llevados á las cárceles, ó salían prófu- 
« gos á soportar en el destierro y en una cruel miseria las mo- 
« fas do los monarcpiistas del Brasil. Asilo habían querido las 
« fatalidades incontrastables del destino combinadas con los 
« intereses ocultos del porvenir. Los actores do ese drama se 
« consolaron ropiticudo : 

« Diis placuit lictrix causa, sed victa Catoni. 



— 314 — 

« La caída de Alvear no tomó ni 2)odia tomar al instante las 
« formas do un triunfo federal. La Comuna porteña continuó 
« organizada, aunque vacilante, como poder director. Dos 
« gobiernos débiles y sin carácter le sucedieron á Alvear, 
« dejando ambos el poder al peso de dificultados que eran 
'< superiores á sus medios en aquellas circunstancias . » 

Estas declaraciones en boca del implacable enemigo de Arti- 
gas no dejan la menor duda sobre la identificación que hacia 
Buenos Aires con la causa de este gefo en una común resisten- 
cia contra Alvear. El doctor López no puede ahogar ni misti- 
ficar esa, para él, tremenda verdad. 

Cuando algún imparcial }'• austero historiador argentino, 
inspirado solo por la verdad y la justicia, escriba en Buenos 
Aires haciendo valer las innumerables comprobaciones que 
allí sobreabundan en sus arcliivos y biblioteca,s, y que de.-sde 
aquí nos os tan difícil ó más bien imposible, poder obtener ; 
cuando algún historiador, decimos, en esas condiciones, escriba 
detalladamente la historia de ese volcánico año de 1815, y 
principalmente la de sus primeros meses hasta la estruendosa 
caída de Alvear. resucitando asi con vivaz colorido la acción 
impetuosa, ardiente, implacable, de los gobernantes y políticos 
de aquellos días, la lucha á muerte de sus círculos, feroces 
Guelfos y Gibelinos, y la resistencia tenaz y embravecida del 
pueblo bajo una desenfrenada tiranía pretoriana, hasta caer el 
mismo pueb.lo ebrio de rencor, enseguida de su triunfo, en el 
delirio de las venganzas; describiéndose con la pluma colo- 
rista de algún Lamartine argentino aquella sociedad refinada y 
culta, acostumbrada á la molicie, enardeciéndose enfurecida 
ante la brutal opresipn de sus infatuados mandones, viviendo 
armada, y siempre pronta al combate ; entonces, y solo enton- 
ces, podrá hacerse piona justicia á las cívicas resistencias 'de 
Artigas, que prepararon y robustecieron á los ciudadanos de 
Buenos Aires para esa lucha; comprobándose al fin de un modo 



— 315 — 

tan irrecusable hasta qué punto simpatizó con él el verdadero 
pueblo de aquella capital, y él con Artiga?. 

Véase como describe Mitre las persecuciones que se iniciaron 
contra los alvearistas, sus destierros y confiscación de bienes. 

« El Asesor, que lo era don Juan José Passo, puso el sello á 
esta, iniquidad, canonizando la injusta persecución de sus anti- 
guos compañeros de causa en la revolución del 25 de Mayo, 
y no tuvo embarazo de dictaminar asi : 

«. Si en algo pudiera trepidarse seria iinicameuto en la justeza 
« del criterio para el disccrnimieiito y clasificación do los cri- 
« menos y graduación de sus penas ; más si á la presencia* 
« de las que el Derecho impone á la calidad execrable do estos 
« crímenes, se obsei'N'a el dulce temperamento con que la Co- 
« misión ha mitigado aquel rigor, so habrá do convenir que 
« por la imparcialidad con que ha obrado la pesquiza, y la equi- 
« dad y consideraciones benignas que respira el pronuncia- 
« miento, nada 2)odrian prometerse los culpables que fuese más 
« indulgente. » 

« En cuanto á la Comisión Militar (1) se manchó con la san- 
gre del desgraciado Paillardel; condenó á destierro perpetuo á 
los mismos individuos que poco antes se habian mandado á 
disposición de Artigas, como un horrible presente, que Artigas 
tuvo la nobleza de rechazar con dignidad: procediendo respec- 
to de otros militares con una severidad más ó menos justifica- 
da. Estos actos de venganza, que en su tiempo se consideraron 
por algunos como actos de moralidad y de justicia, y que fue- 
ron el resultado do las exigencias de la mayoría de la opinión 
pública, enseñaron hasta que punto pueden l;is malas pasiones 
enceguecer á los pueblos, viciando su juicio y falseando su sen- 
tido moral. » 



(1) E^tíl Comisión Ift componiau: D.Miguel Estanislao Soler, Presi- 
dente; los Coroneles I). José Viamont y D. Juan Bautista Bustos, Voca- 
les, y como Fiscal, el Coronel D. Nicolás de Yedia. 



._ 316 — 

Permítasenos transcribir á continuación los notables docu- 
mentos siguientes, que no son muy conocidos, y que atestiguan 
hasta que punto son exactas las anteriores afirmaciones en 
cuanto á la solidaridad de las resistencias del pueblo de Buenos 
Aires con las que había opuesto antes Aitigas al Dictador Al- 
vear. 

Esos documentos expedidos por el mismo Cabildo de Buenos 
Aires están suscritos por los vecinos mas respetables 6 influ- 
yentes de aquella capital, cuj'^as opiniones revelan cual debía 
ser y era el juicio de la mayoría porteña respecto á Artigas, no 
solo entro las clases rurales, esclusivamente, como lo pretende 
el doctor López, sino entre lo más distinguido y culto de aque- 
lla sociedad. 

Esas opiniones do los miembros del Cabildo fueron omitidas 
con motivo de repudiar ellos públicamente una inicua procla- 
ma contra Artigas, que les presentaba Alvear escrita por su 
Ministro, el doctor don Nicolás Herrera, la que ellos se nega- 
ron á suscribir ; acarreándoles esa resistencia, las más odiosas 
amenazas y agravios de parte del gJorioso joven Diredor (como 
le llama el doctor López) que llego en su exaltación á intimar 
en su campamento de loS Olivos, á cinco leguas de la Capital^ 
á todo el Cabildo de Buenos Aires, que había hecho ir allí al 
efecto, « qiie Jos ijcisaria á todos ellos por Jas armas, junio con 
trescientos ciudadanos más, » de lo más distinguido de aquel 
pueblo, los que en su ira aseguraba Alvear le eran, también^ 
desafectos y hostiles . 

Léanse con detención estos notables documentos, que marcan 
con un sello de indeleble reprobación los hechos de ese irrefre- 
nado mandón como los de un gobernante terrorista, y enaltecen 
simultáneamente la viril resistencia de Artigas contra él. 



317 



" Proclama del Cabildo de Buenos Aires. 

A El Exrao. Ayuntamiento du la ciudad de Buenos Aires á su3 

« habitantes : 

« Ciudadanos! Libte.s wie-tios lepreseutantes del duro des- 
potismo que tan glorio .-lamjL' (e acabáis de destronar, contem- 
plan un deber suyo, rep irar los cscesos á que le arrastró su 
escandalosa oj)re;;ion. 

« Empeñado ^el tirano en alarmar al pueblo contra el que 
únicamente suponia inviisor injusto de nuestra provincia, pre- 
cisó con amenazas á esta coriioracion á autorizar con su firma 
la infame proclama d(-íl 5 dfl cOiTÍoiite. 

« Ella no es más que un ipjldo de ¡inpufcccic^ies las más execra- 
Ules contra el ilustre y hoi emérito jefe de los orientales don José 
Artigas. 

« El acuerdo secreto que celebró el Ayuntamiento es un mo- 
numento qué hará la apología de su conducta: y aunque la con- 
fianza con que empezó y continuó sus relaciones con aquel jefe 
lo sinceran suficientemente para con vosotros, no obstante cree 
de veras protestar ln violencia con que le arrancó la tiranía 
aquella atroz dedar ación. 

« El Cabildo espera de la confianza que os merece que esta 
solemne declaratoria desvanecerá las funestas impresiones que 
pudo ocasionar en vosotros un procedimiento forzado. 

Ciudadanos : deponed vuestros recelos ; vuestros verdaderos 
intereses son el objeto de los desvelos de vuestro Ayuntamieüto 
y para afianzarlos i)rocede de acuerdo con el gefe oriental; la 
rectitud de intenciones de este im-icto general es tan notoria y la 
ha acreditado de un modo tan plausible, que no podéis dudar 
do ella sin agraviar su decoro. Olvidad las atroces imposturas con 
que hasta aquí os lo ha presentado odioso la tirania : destruid 
eso fermento de rivalidad que diestramente mantenía el des- 
potismo á costa de calumnias que dilaceraban la conducta de 



-- 318 — 

aquel jefe para haceros gemir bajo §,us cadenas y alarmaros 
contra el hienJtecJior generoso que se apresuraba á quebrantarlas 
en nuestro favor.! 

« Sea uno el interés, uno el principio que anime vuestros 
procedimientos ; las comunes ventajas afianzadas sobre la base 
incontrastable de la equidad. 

« Esta confianza recíproca, esta uniformidad de sentimientos 
proporcionará á vuestros representantes la ma3'or recompensa 
á que aspiran sus desvelos ; esto es iiaceros disfrutar los bellos 
dias de la abundancia j de la tranquilidad. » , 

Buenos Aires, Abril 30 de 1815. 

Escalada —- BeJrjranG — Oliden — Correa — Cueto — 
Vidal — Rufino — Barros — ligarte — Ahina — 
Segundo — Zamudlo — Bustamante. — Por man- 
dato del Exmo. Cabildo, Jos'é Ilanuel Godog, 
Escribano interino del Cabildo. 

Pocos días después de e.-ta notable proclama, suscrita por 
ciudadanos distinguidos, en la que tanta justicia se liacía á Ar- 
tigas, que á la sazón liabia retrocedido, retirándose ^de Santa 
Fé, y desarmado parte de las fuerzas con que se proponía re- 
sistir á Alvear, ó invadir la Provincia de Buenos Aires; el mis- 
mo Cabildo expidió el siguiente notable 

Auto. 

« El Cabildo de esta Capifc.il deseando dar á los Pueblos un 
testimonio irrefragable del aprecio que lo ha m.erecido la con- 
ducta del General de los Orientales D. José G. Artigas como 
también la más pública y solemne satisfacción de la violencia 
con que fue estrechado ]jor la fuerza y amenazas del tirano á 
suscribir la inicua proclama del 5 del próximo pasado, ultra- 
jante del d'stinguido mérito de aquel jefe, y de la fuerza y sa- 



— 319 — 

y 

nidad de sus intenciones; no satisfeclio con la solemne protesta 
que contra tan atroz declaración hizo en el Manifiesto de trein- 
ta del mismo; ha acordado que los ejemiüares que existen y con- 
seriaha en su archivo sin distrihuirse^ sean quemados púLUcamen' 
te por manos del verdurjo, en medio de la plaza de la Victoria, en 
testimo)iio de la repugnancia que mostró ,jl un paso tan injusto y 
degradante^ y ejecutado contra la rectitud y nohleza de sus senti- 
mientos: que este acto que jjresenciará en la galena de Cabiklo 
el Exmo. Sr. Director reur^ido con esta Corporación, so ejecute 
con auxilio do^trapa, asistencia del Alguacil Ma3'or, 3^ Escriba- 
no de este Ayuntamiento, publicándose previamente este auto, 
á toque de caja, y que puesta la diligencia, que acredito su 
cumplimiento á continuación de este auto, so imprima en la 
Gaceta jDara que llegue á noticia del público. » 

Dado en Buenos Aires á diez do Ma^'O. de mil ocliocientos 
quince. » 

Sír.nien las misniíis firmas del anterior documento. 



Ese era el ^verdadero pueblo de Buenos Aires, sus vecinos 
más distinguidos y respetables, sus autoridades municipales, 
las que asi se asociaban públicamente á Artigas, y enaltecían 
sus lieclios y su causa con espontánea y entusiasta adhesión. 

¿Cóiño podía Artigas ante tales hechos -abrigar odios á los 
porteños en general, ni considerarlos como á enemigos? 

No terminaremos esta sección sin presentar un nuevo com- 
probante de nuestra^afirmacion, j'endo á buscarlo, como resulta 
más fehaciente, eu las mismas filas do los enemigos 3' encarni- 
z.idü.s detractores del General Artigas. 

Qucremo? rcíerir.-.cs á la verdadera confesión hecha por el 
General Mitre 0:1 ai obra sobro Belgrano, (Tomo 2.° página 
l'IO) demostrando la existencia eu Buenos Aires de un fuerte y 
respetable partido que luchaba por eximir y librar al fin á esa 



— «20 — 

provincia del odioso rol que Je había inípnesto el partido uni- 
tario del Director Alvear, y restituirla á su caráof^r ti»? provin- 
cia federal, haciéndola renunciar sinc(;ra f definitiv:'"'" '<• -^ 
las jjretensiones de arbitra y dominadora de Tas dom - 

cias. 

Por más que el General Mitre parezca e.sforzaj- -¡¿u í-tr.ierior 
ingenio tratando de disfrazar la verdad, resulta m'f qu^ pro- 
bado' con sus mismas parcialisimas añrmacionos, d liCi-ho ^Pt«- 
rio de que ese partido federativo, que hallaba -en oTVijJfcpio 
Directoi^Balcarce un oculto pero decidido apov •, U'Vísifnrícl.iBL 
unísono á las mismas aspiraciones de#Artigas, y rf¡;j-c-^eiitaba 
alli en Buenos Aires, en el dentro del unitarismo absoluto f1o 
Alvear, el grande elamentov bandera de fraternidad.,deií4-iial- 
dad é independencia^ provincial, que Artigas Jiabia PiiarWolado 
desde 1813 y que 'debía venir á eucontr^ir ««^reproducción en 
el célebre- partido autonomista porteño* del doctor Alsina, en 
nuestros dias, sucesor á su turno del dirigido por Donego en 
1825 y ^6. « 

Si Balcarco con otra talla do político y de caudillo ])opular 
no hubiese vacilado, el movimiento ifíiciadó en B"Pienos Aires 
por un fueíte partido cooperador, a,rtigui?ta en sus bir-n defini- 
dos propósitos, l^abria triunfado; Púeyrredon el resucitador y 
campeón del unitarismo en 1'817 no liabria subido ^ poder, y 
la aborrecida conquista Portuguesa de la Banda Ortentel no se • 
habría realizado. ' , V 

Hé aqui cojno confiesa y prueba Mitre la exi.stencia y esfuer- 
zos de ese partido porteño, artiguista por sus ideas y principios, 
que se exibia poderoso en Buenos Aires en. 1816 : 

« En corroboración de las opíniondfi sostenidas por Belgra- 
no, respecto al orden de ideas de la anarquía que reinaba en el 
país, el Congreso reoibió en el mismo día (6 de Julio) algunas 
comunicaciones de la capital, « Q,\\.yo contenido (según sus pro- 
pias palabras) lo llenó de amargura. » La ciudad de Buenos 



— 321* — 

Aires, presa de las facciones, y agitada por el reciente nombra- 
miento do Director Supremo recaído en Pueyrredqn vio surgir 
repentinamente de su seno un partido fuerte, encabezado por 
hombres audaces, y apoyado' indirectamente por el Director 
interino, que levantó decididamente ki bandeí& do la federa^ 
cion proclamando -ía independencia provincial. El partido 
federal que habia tenido su origen en el odio á la capital, repre- 
sentaba más bien qu(? un orden de ideas, un sistema de bostili- 
dad contra Buenos Aires, A pesar de esto, nunca dejó, de con- 
tar con prosélitos en la capital,* j«íí'5 liasta el mismo Artigas 
los tenia, como se lia visto en el curso de esta historia. 4i(estos 
partidarios, desprovistos de moral política y de buen sentido 
práctico, se unian entonces: por ufía parte, los hombres de bue- 
na fü, aunque de cortos alcances, que creiaA podéV conjurar los 
peligros de la situacioi¿ reduciendo á la capital á las condicio- 
- nes de una simple provincia, removiendo -asi las causas de 
rivalidad entre ella y los demás pueblos; y por otra parte los 
descontentos con el nombramiento del nueyo Director, entre 
ios cuales se encontraban Agrelo, Soler y Dorrego. Siendo 
Buenos Aires la única base posible de un gobierno general, fel 
único centro de donde podia partir un impulso vigorosjo y una 
inmensa masa de recursos puestos al servicio cfb 'la comunidad, 
su aislamiento, una vez constituido en provincíff federal, im- 
portaba una verdadera disolución ^lacional, una ventaja más 
para el enemigo, y un peligro más para la revolución. Pero en 
el seno de la capital existia otro partido más poderoso, aún, y 
fpie con Tilas claras vistas sobre la situación y las necesidades 
de la época, sostenia valientemente la supremacía del Congre- 
so, y con olla los principios conservadores de la unidad nacio- 
nal, el cual comprendia que faltando Buenos Aires como cabeza 
6 como centro, la nacionalidad argentina naufragaba y la ca- 
pital se convertia en un nuevo foco de anarquía. 

22 



— 322 — 

« Una reseña de los sucesos ocurridos en la Capital liará 
comprender mejor el estado violento en que ella se encontraba, 

« El 14 de Julio se elevaron al gobernador intendente de la * 
provincia, dos peticiones suscriptas por doscientos oiice ciuda- 
danos. En ellas se decia: « Desde el 25 de Mayo de 1810 hasta 
« el presente, nadie podría dudar que la fatal desunión y con- 
« tinuas querellas de los pueblos contra esta capital, que han 
« caucado tan graves males y tan irreparable atraso á la causa 
« general del pais, han tenido por único motivo el haber sido la 
« silla del Gobierno supremo de las provincias, acusándola de 
« despotismo, que con la reunión de todas las autoridades su- 
« periores, ha pretendido ejercer en los pueblos. El ano pasado 
« se separó Santa Fe de toda dependencia del gobierno supe- 
« rior de Buenos Aires : también se separó entera la provincia 
« de Córdoba : la de Salta quedó en Darte dependiente, en par- 
« te separada ; resultando de esta especie de disolución hocial 
« ""a impotencia en que se hallaba el gobierno de Buenos Aires 
« para regir todo el estado con uniformidad y sistema. — Se 
« esperaba que la reunión del Congreso general fuese bastante 
« para restituirnos á la dependencia de un solo gobierno su- 
« perior ; pero después de establecido, hemos visto que subsis- 
« ten las querellas ; que sigue Córdoba en su independencia, y 
« Santa Fe ha ratificado la suya, autorizándola un diputado 
« de aquella augusta representación etc. — Todos los pueblos 
« se han esplicado en favor del gobierno provincial ó federal:"' 
" « esta es la pretensión de la Banda Oriental, con la cual justi- 
« fica su separación: esta es la de la provincia del Paraguay, la 
« de Córdoba, Salta y demás pueblos de la Union. Buenos 
« Aires manifestó también este mismo deseo en el movimiento 
« del 15 de Abril de 1815. » 

« Partiendo de estos antecedentes históricos, los peticionarios 
concluían, que era necesario uniformar el sistema, arreglándolo 
á la voluntad general claramente manifestada, y que por con- 



— 323 — 

secuencia, protestando do su obediencia al Congreso, era su 
voluntad decidida mientras no se constituyera el poder, redu- 
cirse AL RANGO DE PROVINCIA FEDERAL, RENUNCIANDO DESDE LUE- 
GO Á LAS PREROGATÍVAS DE laCapital DEL EsTADO, gobemándoso 
por lo tanto por sus leyes interiores, sin perjuicio de reconocer 
y obedecer al Director nombrado por el Congreso, en el jDunto 
en que fijara su residencia, toda vez que aquel reconociese Ya. 
nueva personalidad política que asumia. Los pueblos de la Villa 
de Lujan, de Areco y de la Guardia de Lujan, adliiiieron á esta 
manifestación, elevando otras de igual tenor ; y el Gobernador 
Litendente, con el objeto de esplorar la voluntad general, con- 
gregó S, los alcaldes de barrio de la ciudad que declararon uná- 
nimemente en número de treinta y tre?, ser esa Ja voluntad del 
puehJo. Esa actitud amenazadora de los peticionarios, se robus- 
teció mas con algunas reuniones en la campaña, y con el pro- 
nunciamiento de una parte de los batallones cívicos qufi sim- 
patizaron con sus ideas y propósitos. 

« Sorprendida la Junta de observación por este estallido de 
la opinión activamente esplotada, y viendo que no era posible 
contener el torrente de las nuevas ideas, procuró hacerlo va- 
riar do curso, con el objeto de producir una reacción, ó por lo 
menos ganar tiempo mientras llegaba á la capital el Director 
nombrado. Al efecto, poni'^ndose de acuerdo con el Cabildo y 
con el concurso del Director interino, acordó el 18 que debía 
oirse á todos los habitantes do la campaña, al mismo tiempo 
que á los do la ciudad, no en Cabildo abierto como se preten- 
día, sino por medio do representantes nombrados del mismo 
modo que los electores de diputados, sin separarse mientras 
tanto do la obediencia debida al Congreso general » 

Hasta aquí el General Mitre. 

Creemos que basta y sobra con las comprobaciones que he- 
mos presentado para ratificar nuestra afirmación de que en 
Buenos Aires hallaba Artigas partidos que apoyaban sus ideas 



324 — 



y que buscaban en él fuerza y apoyo para combatir á algunos 
malos gobiernos, 3^, como lo decia el Cabildo de esa ciudad en 
su proclama del 30 de Abril de 1815, el «hienheclwr generoso que 
se apvesnmha á quebrantar las cadenas en que gemia Buenos 
Aires.» 



Artigas no hizo sino resistir á los malos gobiernos 
que el mismo pueblo de Buenos Aires concluyó 
por derrocar. 



I¿a victoriosa terminación de la luclia con los españoles fué 
el principio de una guerra fratricida iniciada por el Directorio 
de Posadas contra los Orientales mandados por Ai'tigas . — Se 
resolvió inmediatamente atacarlos, someterlos y acabar de una 
vez con toda resistencia ó transacion . 

No hubo alternativa para estos. — O rendirse á discreción 
ó combatir. Artigas no podía vacilar en la elección; y contestó 
á la guerra con la guerra . 

El Decreto feroz do Posadas, quo hemos transcrito antes, fué 
la declaración de esta guerra sanguinaria. 

Algunos calumniadores sistemáticos de Artigas no lian que- 
rido reconocer la plena justicia con que éste resistió la guerra 
que se le hizo constantemente por el General Alvear, inmedia- 
tamente después de ocupada la plaza de Montevideo ; princi- 
jíiando por perseguir incesante y ferozmente á los Orientales 
artiguistas desde las Piedras hasta la Colonia, de la Colonia 
hasta el Durazno, do los Tres Arboles hasta Arerunguá y des- 
do Mannarajá hasta Santa Teresa . 

Es de ese modo odioso y culpable como se hizo práctica la 
política rencorosa y agresiva que desde un año antes se había 
adoptado por el Directorio do Posadas poniendo á talla la cabeza 
de Artigas, y condonando á muerte á todos los orientales que 
siguiesen á éste, es decir, — á toda la provincia. 

Esa política hostil fué reproducida ó imitada después con 
cortas intermitencias porAlvarez Thomas, expulsado en 1812 
del sitio :. j MvP.tevideo junto con el General Sarratea vov 



— 326 — 

Artigas y Rondeau. Adoptáronla el Director Balcarce, y en 
mayor escala en seguida el Director Pueyrredon. 

Esa trizte faz en la discordia entre Orientales y Argentinos 
es la que más anclio mái-gen lia dado á la calumnia y á la 
impostura. 

Hay en la invariable parcialidad y hostilidad de los detrac- 
tores de Artigas, en la que descuellan los doctores López y 
Berra, una monstruosidad irritante, como lo hay en toda odiosa 

y consciente injusticia. 

No puede comprenderse, y mucho menos se justificará nunca, 
por cual razón ha podido reprobarse como anti-patriótica y 
criminal la resistencia opuesta por Artigas á esa política agre- 
siva y tiránica, desde que ella era idéntica á la que poco después 
adoptaba en Buenos Aires un gran partido eminentemente 
porteño contra el mismo Alvear, partido cuyo proceder, es 
necesario no olvidarlo, ha sido encomiado por los mismos his- 
toriadores. 

Todo demuestra acabadamente que esa resistencia de Arti- 
gas, por lo mismo que fué tan justa y salvadora, fué imitada y 
prohijada muy poco desj)ues como un digno modelo por el 
mismo pueblo de Buenos Aires, cuyos ciudadanos en masa 
reaccionaron también contra los actos tiránicos de Alvear» 
hasta conseguir derrocarlo y expulsarlo del suelo de la patria, 
gracias á no ha.berlo podido haber á las manos ; por que enton- 
ces lo habrian arrastrado por las calles ó suspendidolo de la 
tremenda horca levantada por el implacable Escalada en la 
Plaza de la Yictoria, frente al Cabildo ; tal era en aquellos dias 
turbulentos la airada indignación del pueblo porteño persi- 
guiendo á Alvear y sus adictos con la misma zafia con que se 
podia tratar á abominables monstnios. 

No somos nosotros los que á placer lo calificamos asi. — 
Véase como rje expresaba á ese respecto el formidable Cabildo 



— 327 — 

de Buenos Aires en su nota al de Montevideo de fecha 17 de 
Mayo de 1815. 

« Los dos adjuntos ejemplares del Manifiesto que ha tenido 
á bien formar este Cabildo sobre los fundados motivos y ante- 
cedentes que ocasionaron el enérgico sacudimiento del 15 y 16 
de Abril acompañado de otro del Geío de los Orientales el co- 
ronel don .Toso Artigas, impondrán á V. E. y á esa benemérita 
Provincia en punto ma^'^or ( por ser casi imposible entrar en el 
verdadero detalle de otras gravísimas individualidades ) de la 
inevitable necesidad de aquel movimiento para libertar á asta 
y drnnás desgradadas provincias Unidas de la horrorosa esdavi- 
tnd^ desolado)!, desconcierto, injusticias y otras mil amarrjas ca- 
lantidadcs á que se veían reducidas ¡Jor ¡a prepotencia, ahsohdis- 
mo, y arhitrariedad de un conjunto de hombres que complotados 
por sistema y pactos expresos, habian tomado mano en todos los 
cargos y ramos de la Administración pública estableciendo sus 
fortunas y bienes sobre las ruinas de los inocentes habitantes que 
forman este tan recomendable Estado, sin que les sirviesen de 
barrera en su criminal propósito los más triviales preceptos de 
la Religión Santa de nuestros mayores, de la moral, de la hu- 
manidad, ni la sana política, por que todo debía ceder y aiín la 
misma salud pública era de grado inferior, á las desmesuradas 
aspiraciones de su ambicioso y corrompido corazón . 

« El mal parecía casi irremediable por profundas raices que 
había extendido ; los pueblos y todas las clases gemían en 
silencio, esperando el remedio de la Divina Providencia que 
vela sobre la suerte de los hombres ; y cuando parecía que to- 
cábamos ya en la hora de la disolución social que promovía á 
gran prisa el conocimiento de aquellos crímenes, quedaron de 
improviso salvas las Provincias de la esclavitud en que insen- 
siblemente habian caído ! » 

Hasta aquí diolia nota. 

El General Alvear ha adquirido después en nuestra historia 



— 328 — 

militar inmejorables títulos al cariño y respeto del pueblo 
Argentino y Oriental. Su gloriosa campaña de Ituzaingó es un 
laurel inmarcesible, y el pueblo Argentino con legitimo orgullo 
ante sus proezas, lo honrará siempre como á uno de sus gran- 
des capitanes. 

Pero como político j como gobernante, sus beclios son ines- 
cusables y basta criminales. Su detestable carácter por demás 
violento é iireñexivo en su juventud, su irrefrenable arrogancia 
y vanidad, su demedida ambición y el torpe }'■ fatal servilismo 
de sus partidarios, que no sabían ó no querían moderarlo, 
neutralizaron deplorablemente las eminentes cualidiides y do- 
tes intelectuales que poseía, y merced á las cuales pudo á pesar 
de aquellos grandes defectos, desempeñar así mismo un rol tan 
elevado y glorioso en nuestra liistoria ulterior. 

Solo el doctor López con su brillante dialéctica, disfrazando- 
las con sutiles é inmorales chicanas, lia podido atenuar tales 
culpas, paliándolas como excusables deslices de una turbulenta 
juventud., 

Artigas y con él el pueblo y el ejército de Buenos Aires al 
reaccionar contra Alvear como un tirano incorrejíble y desa- 
tentado, que conculcaba todas las leyes con el sistema do go- 
bierno más despótico y vejatorio que basta entonces se hubiera 
conocido en el Río de la Plata ; procedían con conciencia de sus 
derechos, y en nombre de la más justa de las causas. 

Tres ó cuatro días antes de la caída de Alvear, cuando algu- 
nos pontones frente á Buenos Aires estaban recibiendo presos 
políticos, y se había ahorcado en la Semana Santa en la plaza 
de la Victoria al oficial Ubeda por haber la noche antes habla- 
do mal del Gobierno en un café, Alvear intimó al Cabildo de 
Buenos Aires se presentase en su campamento de los Olivos; y 
alli, en los términos más violentos, amenazó á sus miembros 
que los haría fusilar, y con ellos á trescientos de los ciudadanos 
más distinguidos, como lo hemos dicho en la «¡eccion anteñor; 



— 329 — 

pues eran sus opositores; por haberse negado el Cabildo á sus- 
cribir la violentísima proclama contra Artigas en que se ca- 
lumniaba atrozmente á éste, y de que ya hablamos. 

Ahora bien: siendo uno mismo el enemigo común, ¿no es el 
colmo de la injusticia y de la inmoralidad política acusar á 
Artigas y á sus adictos como díscolos y anarquistas, por solo 
anticiparse á hacer, respecto del mismo gobernante, lo que 
pocos dias después hacia el pueblo de Buenos Aires, en un 
momento de irresistible explosión, á fin de reconquistar sus 
libertades? 

El CTcneral San Martin desde su Intendencia de Mendoza se 
había negado á obedecer las órdenes de Alvear que le mandaba 
trasladarse á la capital. En realidad, conservábase aquel en 
una sublevación pasiva contra el Director Alvear, considerado 
como su imjjetuoso y muy inferior rival. 

Es sabido que el pronunciamiento de Foutezuelas tuvo lu- 
gar anticipándose su conocimiento á San Martin que instigaba 
activamente para que se le produjese cuanto antes por el mis- 
mo pueblo de Buenos Aires en cuyo Cabildo tenía aquel ilustre 
jefe algunos parientes y adictos influyentísimos. 

Si San Martin fomentó esa rebelión, si la aplaudió y envió 
sumas de dinero para sostenerla, y reconoció y alentó al nuevo 
gobierno que ella creaba, aceptando con entusiasmo, él, siem- 
pre tan circunspecto y prudente en todas sus manifestaciones 
públicas, todas las responsabilidades de un motín en que el 
ejército menoscababa su disciplina, y el pueblo consiigraba el 
triunfo de las turbulentas multitudes ; si todo eso hacía San 
Martin : ¿ de qué culpa, de qué delito podía acusárselo á Arti- 
gas al contribuir también tan activamente á los mismísimos 
fines de esa revolución, á su completo triunfo y á la destruc- 
ción de la tiranía Alvearista y su facción tan aborrecida por el 
pueblo de Buenos Aires, como lo era por sus antiguas víctimas 
los Orientales ? 



— 330 — 

Artigas injuriado como un perverso enemigo por rebelarse 
á la distancia contra el mismo mal gobernante contra quien se 
rebelaba Buenos Aires, qué lo tenia á su lado, ¿no tiene el más 
perfecto derecho á ser enaltecido como-el defensor de las liber- 
tades comunales de su pueblo, en nombre de las cuales se 
levantó también el mismo pueblo porten?? 

¿Por cuál inicua razón los mismos hechos que en el pueblo 
de Buenos Aires debiar, considerarse como actos viriles y laiula- 
hhs, podian censurarse en Artigas como un atentado ó como un 
crimen atroz? 

Subleva el espíritu más moderado que tan menguada parcia- 
lidad haya dominado 4 algunos escritores ilustrados como el 
General Mitre y los doctores López y Berra, mistificando asila 
opinión piiblica, cometiendo tan indisculpable injusticia res- 
pecto del caudillo que de tal modo se identificaba con los mis- 
mos nobles propósitos y aspiraciones del pueblo porteño y con 
su ejército; y así facilitaba á uno y otro con su anticipada re- 
sistencia la peligrosa labor de librarse del aborrecido y temible 
desj)otismb de Alvear, 

Ahora, en cuanto al rechazo d.e los Diputados Artiguistas en 
1813 ; ¿cómo extrañar por otra parte que lo fuesen perentoria- 
mente por dos veces de esa Asamblea Constituyente, á la que 
aquellos llegaban sor2:)rendióndola como los heraldos de una 
nueva p)olítica, eminentemente republicana y federativa, escan- 
dalizándola con sus exijencias de igualdad y de derechos pro- 
vinciales, de independencia americana, alli, en aquel nido de 
monarquista.s incipientes, de terioristas autocráticos, de repu- 
blicanos arrepentidos ? 

¿ Como podian ser bien recibidos aquellos dijDutados que 
llegaban proclamando audazmente los grandes dogmas del 
republicanismo norte-americano, asi como la necesidad de 
revindicar el territorio usurpado per el Portugal, en aquella 
.Asamblea en la que prodominaban en absoluto el mismo Direc- 



— 331 — 

tor Posadas, el doctor don Nicolás Herrera, y don Francisco 
Viana, implacables enemigos de Artigas, los mismos que ya 
habían querido pactar con Vigodet un armisticio, prometiendo 
ayudarle á someter á aquel patriota indomable ; y los qiie muy 
pronto habian de abrir de i)ar en par las puertas del país á la 
conquista portuguesa ? 

¿ Qué confianza por otra parte podían inspirar en los pue- 
blos sedientos de libertad, fanatizados por el republicanismo 
de su nueva vida, los gobiernos versátiles y tránsfugas que 
como el del Director Posadas, con autorización y bien expreso 
beneplácito de esa misma Asamblea, en Ley de 29 de Agosto 
de 1814, enviaba muy poco después á Europa las humillantes 
y an ti- Americanas mibiones de Sarratea, de liivadavia, y do 
Belgrano, qae tan estrepitoso fracaso tuvieron en sus duplici- 
dades con el célebre intrigante Conde de Cabarrus, para solici- 
tar ante los reales pies de S . M . Carlos IV que envíase á su 
hijo el Infante don Francisco de Paula como Hey de los Ar- 
gentinos, desesperados, decia en una de sus notas Rivadavia, 
« 2>or qué se les creyese fieles vasallos de Su Majestad : » y si no 
encontraban un rey allí, buscarlo y mendigarlo á todo trance 
en Francia, en Inglaterra, en Luca, en Portugal, «en cualquier 
parte ? 

Lo repetimos : los partidos oposicionistas porteños buscaron 
siempre en Artigas su mejor y más fuerte aliado, y él les pres- 
tó el inestimable contingente de su prestigio y de su fuerza 
para derrocar sus malos gobiernos. 

Terminaremos estas consideraciones trascribiendo la impor- 
tantísima nota dirigida por el General Artigas al Cabildo do 
Buenos Aires, con motivo de la caída do Alvear, demostrando 
las disposiciones amistosas que lo animaban para con aquel 
pueblo, anunciando su resolución de suspender toda hostilidad, 
desde que la guerra era solo contestando á hx ipio lo hacia el 



— 332 — 

Director Alvear, y haciendo constar las agresiones y males con 
qne éste Labia tratado de arruinar al pueblo OrientaL 

Esa preciosa nota que os muy poco conocida (habiéndose 
publicado por primera vez por D. Antonio N. Pereyra en su 
valioso folleto el «General Artigas ante la historia») merece toda 
notoriedad por la elevación y nobleza de ideas que en ella pre- 
dominan, y que están perfectamente de acuerdo con los rasgos 
personales del gran caudillo oriental, así como por la luz que 
arrojan sobre los principales incidentes de aquella época do 
suprema prueba para la Provincia OrientaL 

« Oficio del Gefe de los Orientales, al Exmo. Cabildo Groberna- 
dor de Buenos Aires y su Provincia : 

Exmo. Señor: 

Transportado de alegria he leido la muj'- honorable comuni- 
cación de V. E. data del 21 del corriente, viendo por ía primera 
ves un pa,so, que era la esperanza general desde el principio de. 
nuestra revolución. Yo al tener la honra de felicitar de nuevo 
á V. E. por la gloria inmortal de que se está tan dignamente 
cubriendo, apresuro cuanto es de mi parte para llenar con toda 
prontitud nuestros comunes votos, no dudando ya que V. E. 
aprovechará conmigo los instantes para proveer al restableci- 
miento más íntimo de la fé pública. Hoy mismo van á salir mis 
circulares convocando á los pueblos que se hallan bajo mi 
mando y ^jroteccion para que por medio de su^s respectivos 
diputados entiendan en la ratificación espontánea de la elección 
que para ejercer la Suprema Magistratura recayó en el muy 
benemérito brigadier general don José E-ondeau, y en calidad 
de suplente en el general del ejército auxiliar don Ignacio Alva- 
rez.segun V. E. se ha servido instruirme. V. E, conoce como yo 
la urgencia de las circunstancias y la necesidad que hay de 
evitar cuanto pueda retardar la resolución del Congreso sobre 
tan importante materia, y por lo mismo no puedo "orescindir 



— 333 — 

de representar á V. E. que, mientras so verifica su reunión, nos 
ocupemos en sellar las transacciones competentes á fin de que 
llegado el momento no liaj-a ya que pensar en reclamaciones 
particulares y se fije el juicio de todos de una manera bastante 
á producir una confianza tal cual se requiere para dar al gobier- 
no instalado todo el nervio conveniente al ejercicio de sus altas 
funciones. 

Prostituido desgraciadamente el dogma de la revolución 
desde que se levantó el cerco do Montevideo, la conducta con 
quo los anteriores primeros majistrados respondieron á las re- 
clamaciones del Pueblo Oriental, aumenta gradualmente los 
motivos do queja ; motivos que aunque en el fondo })artian del 
vicio esencial quo se hallaba siempre en aquellos gobiernos, 
envolvian la multiplicación subsiguiente en sus resultados, do 
suerte que aniquilando ahora el germen y provevcndo exacta 
mente contra la fatalidad que los produjo, solo podemos lison- 
iearnos de que vá a impedirse su reproducción ; no siendo eso 
lo bastante á separar de nosotros el aniquilamiento á quo nos 
redujo el sistema de conquista que se sif/uió en mi pais con toda 
Ja harharic déla animosidad más furiosa. V. E. tiene todos los 
datos para penetrarse del escándalo de esta historia y conoce 
líiwy bien cuan poco digno seria que el Congreso que va ó reu- 
nirse procediese á la significación que se le pido antes de sa- 
ber los resultados de unas particularidades que uniéndose á la 
primera causa sirvieron á ponerlos en la cruel situación quo los 
hizo pasar por todas las amarguras, viviendo eu Ins h'igrimas 
aún en medio de los triunfos que siempre fueron saludados con 
la exi)resion del dolor antes quo arrancar el grito de la satis- 
fiíccion por la desventaja de nuestros indignos opresores. 

Feliz mil veces V. E. investido con el carácter benéfico de 
conciliador! 

« Dejo á los preciosos deseos de V. E. la elección del modo 
como hemos de establecer esta negociación salvadora, y cele- 



— 334 -^ 

brar de una vez para siempre la restauración de la concordia, 
dándole una estabilidad iufaltable hasta hacernos recíproca- 
mente dignos de las bendiciones de la patria como creadores 
de la paz y restauradores de la confianza pública. 

La conducta con que se manejaron siempre los perversos 
que han caido, con respecto á mi persona, me parece bastante 
á justificar la mia ante el mundo. 

Denigrada injustamente, pero siempre jjatriota, el objeto 
primordial de la revolución fué siempre mi norte. 

V. E. sabe bien que siempre desde el carro de la victoria he 
presentado la oliva de la paz aun á los pérfidos, sólo celosos de 
perseguir nuestras virtudes. 

Jamás he dejado de ver cuanto nos es ella necesaria á nues- 
tra regeneración y por lo mismo V. E. debe convencerse que 
jamás he intentado poner trabas á su restablecimiento. 

La justicia de mi indicación me hace elevarla á V. E. y esa 
misTna justicia me hace esperar que no habrá el menor incon- 
veniente en felicitarnos desde ^-a con toda pureza y garantirla 
salud universal de estos pueblos. 

Con cuyos votos tengo el honor de repetir á V. E. mi más 
respetuosa consideración. 

Cuartel General, 29 de Abril de 1815. 

Joíc Artigas. »- 



*-o ?5'^-!veo3o— 



La conquista de Montevideo por el General Alvear. 
La guerra á muerte. 



Al principiar este estenso parágrafo, debemos recordar el 
pensamiento de Prevost-Paradol en el prefacio de su Historia 
Univei*sal: ; La historia se relaciona con la filosofía de la hís- 
<c tona, pero ella no debe perderse en ella: no debe olvidar 
« sobre todo la inmutable distinción del bien y del mal. ni 
« hacerse inmoral por parecer profunda ó elevada. 

« La liistoría no tiene razón de ser si ella no enseña I.i j.^- 
« ticia. » 

Tenemos la firme y leal convicción de que estas pajinas pre- 
sentan esa enseñanza en su más austera e imparcial severi- 
dad. 

""Es indudable que una de las más gloriosas pajinas de la 
guerra de la independen- ii <- 'i rendición de la fuerte plaza 
de Montevideo. 

Después de heroicos combates diarios desde la gloriosa vic- 
toria del Cerrito, complementados por las proezas de la marina 
argentina mandada por el inmortal Brown, cayó el gran ba- 
luarte del poder español en estas regiones, para cu^-a posesión 
fué indispensable agotar casi los recursos de las provincias de 
Buenos Aires, Banda Oriental y Éntrenos, atestiguando al 
mundo con repetidos y constantes hechos de heroicidad y 
constancia, la incontrastable decisión de estos pueblos por es- 
pulsar del suelo de América á sus opresores. 

Pero también es un hecho perfectamente comprobado que 
aquel gran tiiunfo de las armas de la patria, empañado ines- 
cusablemente por un acto de perfidia del general sitiador sor- 



— 336 — - 

prendiendo dolosamente la loa! credulidad de Vigodot, no 
significó para los orientales sino un motivo más de descontento, 
perfectamente justificado anto los hechos, por la conducta 
observada para con ellos, lo mismo por el Directorio de Posadas, 
en cuj'^a época se verificó la rendición de la Plaza, como bajo 
el directorio subsiguiente de Alvear. 

Ningún hecho, ni la más pequeña concesión, demostraron que 
hubiese de parte del Gobierno de Posadas la menor disposición 
á reconocer que los hijos de esta Provincia, tan patriotas y 
decididos contra la opresión española, tenian indisputable de- 
recho á administrar por si mismos sus intereses públicos, juz- 
gándoseles al fin aptos para una misión que esclusivamente les 
correspondia y para un derecho que era imprescindiblemente 
suyo. 

La historia demuestra que, en cuanto á los orientales en ar- 
mas á las órdenes del General Artigas, en vez de procurarse 
con éste una solución i:)acífica y conciliatoria Alvear no vaciló 
en hostilizarlo por todos los medios á su alcance, por las armas- 
y aún por la perfidia. ' 

Fué asi como el '24 de Junio, al dia siguiente de su entrada 
á la plaza de Montevideo, consiguió Alvear sorprender, batir y 
perseguir la división del Coronel Otorgues, fuerte de 1,300 
hombres, que se habia acercado á las Piedras como vanguar- 
dia del ejército del General Artigas, y el cual venia á nombre 
de éste gestionando la entrega de la capital de su Provincia, 
para lo cual comisionó á los señores doctor Revuelta y Capi- 
tán don Antonio Saenz, 

Alvear trató entonces desde las inmediaciones de las Piedras 
de engañar á Otorgues con mañosas seguridades de concilia- 
ción, hasta recibir esa noche un considerable refuerzo de los 
dos regimientos de Dragones de la Patria y Granaderos á ca- 
ballo, y 400 infantes del 2 y 6 á órdenes de Valdenegro, Hor- 
tiguera y Fernandez. En tanto Otorgues esperaba el regi*eso 



— 337 — 

de sns dos parlamentarios Saenz j Dr. Revuelta (Á qoienes 
Alvear retnvo en su campo y amenazó fusilar), y una vez refor- 
zado, cayó este por sorpresa á las 8 de la noche, sobre las 
avanzadas de Otorgues, persiguiéndolo hasta el Santa Lucía, 
habiéndoso salvado de una completa destrucción, merced á la 
oportuna interposición del General Rivera, no sin haber per- 
dido entre heridos y muertos mas de 200 hombres en la perse- 
cución, todo su bagaje, dos banderas y más de 1500 caballos y 
2,000 cabezas de ganado, según el parte de Alvear. 

El Doctor Berra con una admirable y candorosa ingenuidad 
al dar cuenta en su Bosqitejo de este proceder, dice que en tan- 
to Alvear esperaba los refuerzos que habia pedido, e entretavo 
al caudillo contrario con ¡parlamentos/ » 

Poco despuas do estos sucesos, Alvear, infatigable en sus 
propósitos agresivos, puso en juego el mismo plan de engaño- 
sas estratujema?, que no eran en realidad sino insidiosas perfi- 
dias, aniinciando con inteacionada publicidad el retiro de sus 
fuerzas á Buenos Aires, haciendo creer al General Artigas que 
nnería entrar por un amistoso avenimiento, y que esperaba á 
sus comisionados ; para cuyo cargo fueron nombrados los res- 
petables patriotas, señores Barreiro. García Zúñiga y Calleros 
á fin de formular las bases de una reconciliación definitiva. 

Adormecidas de este modo las fundadas desconfianzas de 
Artigas, este envió efectivamente sus comisionados, al mismo 
tiempo que sus jefes principales. Basualdo en Entrerios, Rivera 
y Otorgues situados en puntos distantes de su campamento, 
que se hallaba entonces en las inmediaciones del Rio Negro, 
recibían la noticia de aquellas negociaciones y relajaban el ri- 
gor de sus precauciones militares, confiados en un arreglo 
amistoso ó inmediato . 

Siguiendo ese plan verdaderamente púnico, se dieron pro- 
clamas en Canelones y Montevideo por el entonces Gobema- 

33 



— 338 — , 

dor Rodríguez Peña, anunciando las disposiciones pacíficas del 
Director y los arreglos que se estaban celebrando, al mismo 
tiempo que el Director Posadas revocaba el feroz decreto que 
ponía fuera de la ley á Artigas, declarándosele en 17 de Agos- 
to de 1814 buen servidor de la patria, devolviéndosele su gra- 
do de coronel de Blandengues, y nombrándosele Comandante 
General de Campaña. 

Con tales antecedentes liabia razones plausibles para confiar 
en la transacion definitiva de la contienda anterior. Sin embar- 
go, se persistía sigilosamente en el plan de guerra, como pudo 
advertirse por el nombramiento del Coronel Soler como Grober- 
nac-or de Montevideo, haciendo retirar á Rodrigues Peña, y 
adoptándose así una dirección decididamente militar en loa 
asuntos orientales, preparatoria de la campaña que se proyecta- 
ba abrir en la ocasión proj^icia. 

Llegada esta, y cuando se creía que las fuerzas artiguistas 
se hallaban diseminadas unas de otras á grandes distancias, 
del todo descuidadas, y aun algunas licenciadas para retirarse 
á sus casas y entregarse á sus faenas rurales, es decir al mes ó 
poco más de aquellas demostraciones pacificas, inicióse de nuevo • 
la guerra fratricida. 

Las fuerzas espedicionarias que se aseguraba ostensiblemente 
por Alvear que regresaban á Buenos Aires, muy lejos de esto, 
fueron desembarcadas inopinadamente en la Colonia, desde 
donde abrieron nuevas operaciones sóbrelas fuerzas artiguistas 
.dirigidas por ei mismo Alvear, al mismo tiempo que el Coronel 
Valdenegro atacaba á Basualdo en Entrerios, y fuertes colum- 
nas á las órdenes de los Coroneles Soler y Borrego salían de 
Montevideo en distintas direcciones, internándose esta última 
al Este, tratando de sorprender la división de Otorgues, como 
lo consiguió, después de varías alternativas cerca del Cerro de 
Marmarajá, en el actual Departamento de Minas, apoderándose 
de todo el bagaje y armamento de aquella fuerza, y hasta de la 



— 339 — 

familia de Otorgues, con la cual se cometieron execrables aten- 
tados, como se verá más adelante, persiguiendo los restos de 
esa división hasta la frontera de Santa-Teresa. 

Prosiguióse entonces una campaña implacable contra los 
Orientales, principalmente sobre Rivera que acampaba en los 
Tres Árboles y sobre Artigas al Norte del Rio Negro ; tan 
asoladora y cruel en sus propósitos y medios de acción como 
eran injustificables y criminales las aspiraciones de opresión y 
conquista que la enardecían. 

Sin duda se creyó que esta última cam2)aña seria decisiva. 

Efectivamente, lo fué, pero en sentido contrario al que se 
esperaba. Decretósele por el Director Posadas y sus conseieros 
entre los que se distinguían algunos orientales como el doctor 
Hen*era y el General Yiaua. y fué cumplida en demasía por 
Alvear ; terminando después de varias jDcripecias y combates 
aislados, en la batalla del Giiayaho, ganada del modo más com- 
pleto y decisivo por el General Rivera el 10 de Enero de 1815 
sobre el ejército, superior en número y disciplina, del Coronel 
Dorrego. 

Creemos dar mayor exactitud y autenticidad á estas suscin- 
tas apuntaciones, transcribiendo en seguida algunos párrafos 
de la Memoria escrita por el mismo General Rivera relatando 
concisamente los primeros sucesos de üducis cu la giierra (Jp la 
independencia de los Orientales, cuyo precioso original autógra- 
fo tenemos á la vista, y del cual tomamos nuestra trascripción, 
por diferir en algo de la quo se halla en la Colección Lamas. 

Véase como refiere el General Rivera, tan eminente actor 
en esos sucesos, los episodios do esa campaña, en que al fin le 
tocó una parte tan gloriosa en varios encuentros y retiradas, 
y especialmente en la batalla del Guayabo, de la cual habla 
con incomparable y nobilísima modestia; 

« La ocupación do la plaza de Montevideo, por el ejército do 
los patriotas, hizo concluir en todo el territorio de la provincia 



— 340 - 

la guerra contra los españoles; pero Alvear, se propuso hacer 
servir todo su ejército en una guen-a fratricida, y un mes des- 
pués de liaber ocupado la plaza de Montevideo, salió con una 
división de 2,000 hombres y campó en el pueblo de las Pie- 
dras, donde se hallaba el coronel D. Fernando Otorgues, con 
una división de mil y tantos orientales, con quien entró Alvear 
en relaciones, recibiendo en su campo dos parlamentarios que 
lo eran un Dr. Eevuolta (D. José) que sabia muy poco, y que 
servia como Capitán con Otorgues, y á un D . Antonio Saenz, 
capitán ó maj'or ( 1 ). Alvear recibió agriamente á los parla- 
mentarios: los amenazó con que los habia de fusilar; mandó al 
capitán Dr. Revuelta, que se fuese á su casa, lo que aceptó y se 
metió en Montevideo; Saenz se reunió á Otorgues en esa no- 
che por haber logrado escaparse en el momento en que Alvear 
cargaba á los orientales, á quienes tomó en descuido, puesto 
que esperaban el regreso de sus parlamentarios y mientras tan- 
to las hostilidades estaban suspensas por un acuerdo que se 
habia hecho en la mism.a mañana, y bajo el cual el mismo Al- 
vear habia pedido á Otorgues e:iT:.\3e dos personas caracteri-ü, 
zadas y bastantemente facultadas para tratar de un aveni- 
miento que él propondria, ventajoso para los orientales; mas 
Alvear hizo lo mismo que acababa de hacer con el gobernador 
español Vigodet. y como se ha dicho cargó á los orientales, 
quienes se. pusieron en retirada sin hacer ninguna defensa, 
hasta las inmediaciones del pueblo de Canelón, donde apareció 
€<1 comandante *D. Fructuoso E-ivera con una división de 400 
hombres, é interponiéndose entre la retaguardia de la división 
Otorgues y la vanguardia de Alvear, pudo librar á la primera 
de ser desbaratada por la segunda, porque sostuvo sus guerri- 
llas hasta el amanecer á los occidentales que amanecieron sobre 



(1) Saenz era casado con una hija de Otorgues, y según s© dijo lo hizo 

este asesinar. 



— 341 — 

Canelones, y Otorgues sobre el Santa Lucía, que repasó al si- 
guiente dia, sin haber sufrido sino una muy pequeña pér- 
dida. 

« Alvear se situó en Canelones y desde allí propuso á Arti- 
gas una transacion, y que para ella esperaba le mandase una 
comisión con quien pudiera entenderse, j^ues estaba plenamen- 
te facultado por el gobierno para ello: todo esto sucedió en Ju- 
lio de 1814. Artigas convino en lo propuesto por Alvear y 
mandó de sus comisionados á don Tomás Garcia do Zúñiga, á 
don Miguel Barreiro y á don Manuel Calleros, los cuales se 
presentaron á Alvear on Caneloneí?, y les ofreci<j acordarlo todo 
pero para olio era preciso pasar hasta Montevideo : de facto 
Alvear se prestó á cuantas proposiciones hacíanlos comisiona- 
dos de Artigas, á quien mandó dinero para socorrer sus tropas 
haciéndole entender que para todo estaba facultado, y muy 
dispuesto á hacer una convención amigable : que propusiesen 
los dichos comisionados las bases, que el aprobaría y ratifica- 
ría con Artigas ; entre tanto Alvear empezó á hacer embarcar 
sus tropas en Montevideo, habiendo hecho entender á los 
orientales que las mandaba á Buenos Aires, pero no fué así, 
porque después de dejar las que precisaba en Montevideo para 
la realización de su plan, desembarcó él mismo en la Colonia 
del Sacramento con tres mil hombres, y mandó salir de Mon- 
tevideo al coronel don Manuel Borrego, con mil y tantos hom- 
bres, para que rápidamente cargase sobre la división de Otor- 
gues, que se hallaba en el pueblo de Minas en las puntas del 
Rio Saata Lucía. Borrego consiguió perseguir á Otorgues, y 
arrojarlo al otro lado del Chuy por el istmo do Santa Teresa 
sin mayor oposición ; sin embargo que hubieron algunas gue- 
rrillas en esta jornada. Borrego hizo prisionera á la esposa y 
familia de Otorgues, á quien trató malísimamente, y observó 
una conducta cruel con todos los inermes moradores del país, 
por donde pasaron sus tropas . 



— 342 - 

« Alvear luego de efectuado su desembarco en la Colonia, 
dirigió sus marchas sobre el rio Yi, pero hizo alto en un pequeño 
pueblo situado en el arroyo de los Porongos, habiendo hecho 
avanzar gruesas partidas de caballería hasta el Paso de los 
Toros en el Rio Negro, punto donde se hallaba Don José Artigas 
con una fuerza de ochocientos á mil hombres sin disciplina, 
mal armados y desprovistos de toda clase de recursos ; lo que 
le obligó á retirarse con tiempo al centro de la campaña, y fué 
á campar en los potreros de Arerunguá, donde empezó á hacer 
reunir todas las fuerzas que pudo de los Orientales : mientras 
tanto había destinado al comandante Rivera, para que obser- 
vas e á las divisiones de Alvear que obraban por distintas di- 
recciones. En Setiembre de 1814 el Comandante Rivera logró 
destrozar una división de caballería de Alvear en la azotea de 
Don Diego González, entre los rios Yi y Negro, que la mandaba 
nn capitán Don José del Pilar Martínez, quien fué prisionero 
con 5 oficiales y 260 soldados, habiendo quedado muertos más 
de 60, entre estos seis oficiales. Este suceso reanimó mucho á 
los orientales.; pues hasta entonces todo habían sido contrastes, 
pues una división que obraba en la provincia de Entre-Rios á 
las órdenes del Comandante Don Blas Basualdo, para contener 
á la división del Coronel Valdenegro, quien había desembarcado 
en el Arroyo de la China, para llamar la atención de los orien- 
tales sobre su retaguardia, logró desbaiatar á la división de 
orientales en la capilla del Palmar, y la persiguieron hasta el 
Yema, en la margen occidental del Rio Uruguaj^ ; le tomaron 
nna pieza de artillería, y pocos prisioneros. 

« En este mismo tiempo Alvear desde Minas, resolvió reti- 
rarse á Buenos Aires, dejando el mando del ejército al general 
don Miguel E. Soler ordenando al tiempo de su marcha al 
coronel Borrego, que con parte de su división marchase á in- 
corporarse á la división del comandante Ortíguera, que se ha- 
llaba en el paso del Durazno en el Yi, ( hoy día hay un pueblo 



~ 343 — 

en dicho lugar), para que poniéndose á la cabeza de aquellas 
fuerzas, se internase sobre la otra parte del Rio Negro, donde 
ee hallaban las fuerzas del comandante Rivera. En efecto, Do- 
rrego pasó el Rio Negro por el Paso de Quinteros, y logró 
cargar á la división de Rivera que se hallaba en la barra de 
los Tres Arboles, y que apenas tuvo tiempo para reunir sus 
avanzadas y ponerse en retirada, sin haber podido mudar sus 
caballos da reserva. Sin embargo, se retiró bizarramente desde 
el aclarar el dia hasta las cinco de la tarde, maniobrando más 
de doce leguas, defendiéndose, á vivo fuego, de más de 1,200 
caballos bien regularizados, y que obraban con bravura. Sin 
embargo. Rivera logró hacer una fuerte carga sobre los escua- 
drones de Dorrego, que hacian la retaguardia de la división, 
en la cual logró matarle mas de 40 hombros, y hacerle algunos 
prisioneros que llovó consigo. 

« Este, pequeño contraste hizo que Dorrego hiciera alto por 
aquella noche, lo que dio lugar para que Rivera fuera á ama- 
necer sobro el Rio Quegua3^ Dorrego se apareció á los dos dias ; 
pero Rivera recibió un refuerzo de 800 blandengues que desde 
el Cuartel General de Artigas habian venido en su auxilio, y 
con el cual quedó superior en número á la división que lo jDer- 
soguia, á la que cargó con empeño ; pero instruida esta del 
auxilio que habia recibido por haber interceptado un correo 
que venia á Rivera, se puso en retirada con dirección á Mer- 
cedes, y fué perseguida por espacio de cinco dias consecutivos, 
hasta hacerla refujiarse en la plaza de la Colonia. En esta vez 
perdió Dorrego mas de 400 hombres, sus caballadas y él esiuvo 
espuestisimo. El general Rivera suspendió sus marchas, desde 
las Vacas, vÍ7:o á Mercedes, y allí sufrió un contraste terrible, 
se le sublevaron los 800 blandengues, inducidos por sus oficia- 
les ; particularmente un Lorenzo Vázquez, Don Rufino Bauza, 
un Juan Ángel Navarrete y otros; saquearon las familias del 
pueblo, y cometieron toda clase de crímenes, dispersándose los 



— 344 — 

más de ellos. (1) Rivera escapó milagrosamente; pues habiendo 
querido evitar tales desórdenes, los sublerados intentaron con- 
tra su persona ; lo habían desnudado de sus vestidos para 
asesinarlo, y logró escaparse sin camisa : sin embargo, él logró 
reunir alguna gente de su división ó regimiento, y le llegó su 
capitán Don Juan Antonio Lavalleja con 200 hombres que 
habia dejado en observación de Dorrego, y logró con esto 
restablecer el orden en parte ; pero ^ e hablan ido con Bauza y 
los demás oficiales más de 400 hombres con dirección al cuartel 
general de Artigas, que se hallaba en los potreros de Arerun- 
guá : el resto se habia esparcido en distintas direcciones. 

« Dorrego se reunió al general Soler en San José, y noticia- 
do del suceso de Mercedes, salió sin demora á la cabeza de 
1,700 hombres, y llegó á la Calera de Peralta, en el Perdido : 
alli se encontró ya con las avanzadas del comandante Rivera, 
que las mandaba el capitán Lavalleja, quien euipezó á incomo- 
dar con guerrülas dia y noche á la división Dorrego, la cual 
llegó al Rio Negro, lo pasó en el Paso de Vera, y siguió su 
marcha hasta la barra de los Corrales en la margen derecha del 



(1) Al trascribir esta afirmación del General Rivera, debemos por un 
sentimiento de estricta justicia reproducir la protesta y rotunda dene- 
gación que contra ese cargo formulado también por Pascual en sus 
Apuntes, ha liecbo el señor D. Francisco Bauza en su^Hisioria de ¡a Do- 
minación Española, en la que dice así: 

„ El escritor que se esconde bajo el seudónimo de Adadus Calpe y 
A. D. de P. y que no es otro que A. D. de Pascual, dice en el tomo I 
cap. I, pfirgf. VI da sus „Apuntcs para la Historia de la República 
Oriental del Uruguay": ,,La columna de SOO hombres, mandada en su 
refuerzo por Artigas, rebelóse contra el joven Eivera, capitaneando el 
Baotin los cabecillas Lorenzo Vázquez, Rufino Bauza., Ángel Navarrete 
y otros subalternos, los cuales saquearon la ciudad de Mercedes y come- 
tieron toda clase ds demasías y crímenes vergonzosos." No se puede 
fulminar más netamente acusación tan calumniosa y destituida de prue- 
bas. Ni Bauza ge señaló jamás en ninguna de sus campañas por haber 
saqueado pueblos, ni en esta ocasión podia ser ese su papel con respec- 
to al de Mercedes." 



— 345 — 

rio Queguay Grande. — Allí se le incorporó el Coronel Pedro 
Viera con 400 hombres y muchas caballadas quo venían de la 
división de Valdenegro que se hallaba en la provincia de En- 
tre-Rios. 

« El Comandante Rivera habíaso esforzado para reconcen- 
trar cuantas fuerzas pudo reunir sobre Arerunguá, donde ya 
no estaba el cuartel general que se habia retirado al Corral de 
Piedra, en el Arroyo de Sopas, que está á la entrada de la sie- 
rra del Infiernillo . 

<c Dorrego siguió sus marchas, y llegó d un arroyo conocido 
por el Giiayaho, que tiene su confluencia en el rio Arerunguá. 
« Los orientales se resolvieron á presentarle un campo de 
batalla á pesar do la inferioridad del número de las fuer.^as, 
pues los enemigos les llevaban más de 500 hombres de venta- 
ja; se dio la batalla y se ganó completamente . — Dorrego man- 
daba el ejército de Buenos Aires y el general Rivera mandaba 
el ejército de los orientales ; la batalla empezó á las doce del 
dia, el 10 de Enero de 1815, y se concluyó á las cuatro y mo- 
ilia de la tarde. 

« Dorrego no pudo salvar arriba do 20 hombres; todo, todo 
o perdió. 

« La hatalla no se puede detallar, porque no fué ella de tal ta- 
maño que merezca la pena, y en jín ella por desgracia de la pa- 
tria, fué de hermanos contra hermanos. (¡Qué fatalidad la de la 
América!) 

«■ Esta jornada dio lugar para quo el Gobierno de Buenos 
Aires, desistiese por sus circunstancias do la manía de man- 
darlo todo y dejó á los orientales en posesión de todo el país; 
sin embargo que la guerra continuaba por el Entre-Rios y 
Santa- Fé. >^ 

Hasta aquí la Memoña del General Rivera. 
Debemos agregar para completar ese cuadro de fatales con- 
trastes para lag fuerzas de Alvear, que éste envió de Buenos 



— 346 — 

Airea 600 infantes bajo las órdenes del coronel Holemberg. El 
Gobernador de Montevideo, coronel Soler, dejando en su lugar 
al coronel Frencb. salió á campaña con una división á fin de 
reforzar á Dorrego, pero en su marcha le llegó la noticia del 
Guayabo^ retrocediendo entonces á toda prisa perseguido por 
fuerzas orientales, no sin haber sido derrotada su vanguardia 
en el Espinillo por el comandante Llupes, salvándose apenas 
su jefe Orona y algunos soldados. 

Refiriéndonos á operaciones militares dirigidas por el Gene- 
ral Alvear contra los gefes orientales, parécenos conveniente 
aun á riesgo de dar demasiada extensión á esta sección, tras- 
cribir en seguida un oficio muy curioso y por demás expresivo, 
como lo era siempre el lenguaje apasionado de Alvear, en que 
este comunica al CohildiO aiiorteñado de Montevideo los hechos 
más importantes de su campaña contra los Artiguistas. 

Como documento histórico es de mucho interés aunque tan 
censurable por la violencia de sus apreciaciones, dirijido como 
era á Orientales. No lo hemos visto publicado nunca, habiéndolo 
copiado nosotros del Archivo del Cabildo en la Junta Econó- 
mica, lamentando no haber hallado la respuesta á él. Dice así: 

« Después que diferentes cuerpos del ejército de mi mando 
hablan corrido ya 250 leguas en la repetida variedad de mar- 
chas que requerían los movimientos del enemigo y cuando al 
caudillo Fernando Otorgues, satisfecho en su ponderada movi- 
lidad y en el considerable número de caballos que poseía para 
"beligerar en esta dilatada campaña, presumió poder eludir todo 
proyecto que yo formase de atacarlo: los sucesos de los dias 4, 
5 y 6 del corriente desmintieron aquella decaiitada táctica de 
velocidad y al paso que añadieron nuevos laureles á las armas 
de la patria, libraron del furor del rebelde al afligido vecinda- 
rio de esta desolada campada. Una combinación de movimien- 
tos tan inopinada del enemigo como bien llevada á efecto por 
las divisiones encargadas de la ejecución, arrojaron de la Ban- 



- 347 — 

da Oriental en un momento esa gavilla de atrevidos facinero- 
S09 que en su ferocidad fundaban el respeto y en su cobardía 
hacían consistir su pericia militar. Un cuerpo de tropas de 600 
hombres, dirigido por el coronel Dorrego con escelentes oficia- 
les, marchando con toda la rapidez y sigilo que exigían sus 
deseos, logró bajar on breves dias sin ser sentido de los enemi- 
gos que ocupaban un sitio fuerte del valle de Malmarajá por 
las cuchillas que dividen las nacientes de los rios Yi y CeboUa- 
ti, dirigiéndose al efecto desde el pa^o de Villasboas por la se- 
rranía que cftrre entre el referido Yi y Rio Negro; al mismo 
tiempo que saliendo yo del Paso do los Toros con tanta velo- 
cidad como fué posible, vine por el centro de la campaña á si- 
tuarme en la calera de García con otra fuerza de igual número 
bajo mi inmediata dirección. 

El 3 del corriente salí de dicha calera hacia el enemigo y 
conseguí que las tropas anocheciesen con 14 leguas de camino 
cruzado por tres ríos. La fatiga de los soldados consiguiente- 
mente era exesiva, pero su constancia y el admirable sufi'imien- 
to con que soportaban la escasez y la intemperie dieron suficien- 
te ánimo pare emprender una nueva y dilatada marcha hasta 
acampar pocas leguas distantes del enemigo. 

Este día el capiían del Regimiento núm. 2 don Manuel 
Mármol con 100 hombres montados de la división de vanguar- 
dia apresó á los capitanes enemigos Gadea y Rodríguez con 85 
hombres bien armados y GOO caballos. 

Dado este golpe pasó inmediatamente á batir una compañía 
de morenos de la División de Otorgues y habiéndolo verificado 
con toda la actividad é intrepidez que podía desearse hizo 
prisioneros dos oficiales y cincuenta soldados armados de fusil 
y bayoneta apoderándose juntamente del armamento del 
Ejército enemigo. 

Otra partida de la vanguardia al cargo del Teniente de 



-- 348 — 

granaderos á caballo don Manuel Suarez atacó y apresó al ca- 
pitán Mieres con 2G soldados igualmente bien armados. 

Al amanecer del dia siguiente el coronel Dorrego con las 
fuerzas de su cargo, avanzó al campamento de Marmarajá y el 
enemigo que á favor de su favorable posición ostentaba una 
vigorosa resistencia, fué arrojado precipitadamente de ella, di- 
sueltas sus divisiones y batida una de ellas con pérdida de 28 
muertos y 43 prisioneros. Durante aquel dia fué perseguido 
por diferentes cuerpos, según requería la dispersión que babia 
sufrido, y antes de la noche liabia caido ya en poder del coro- 
nel Dürrego la artillería y municiones, todo el equipaje do 
Otorgues, su mujer, su bija y multitud de familias que seguían 
el grupo de su mando junco con un trozo de caballos escogi- 
dos. Todos los carruajes del ejército entre ellos uno cargado 
de paños y algún dinero que inmediatamente se repartió á la 
tropa . El uniforme del caudillo, el sombrero y espada que este 
abandonó en su fuga y existen en mi poder. 

La pérdida por nuestra parte solo consiste en 13 muertos y 
algunos iieridos, entre aquellos es lamentable y digno del re- 
cuerdo do la Patria el activo é intrépido militar Teniente del 
E-egimiento núm. 8 don Nicasio Carreto quien en puntual 
cumplimiento de su deber dio la vida batiéndose basta el últi- 
mo momento donde se le había ordenado . 

Por los partes que sucesivamente me comunican los Geíes de 
los cuerpos destinados en seguimiento del enemigo aparece 
que el caudillo Otorgues con un corto número de soldados va 
con dirección á entrar en el territorio Portugués. Por momen- 
tos se toman prisioneros de los dispersos en el Valle y la divi- 
sión del Coronel Dorrego persigue al caudillo con actividad y 
sobrante de cabalgaduras. Todo lo cual tengo el honor de po- 
ner en noticia de ese Ilustre y Hespetable Cuerpo para su 



— 349 - - 

satisfacción, y la de ese benemérito vecindario. Dios guarde 
etc . , etc . 

Camxmmonto, Octubre 7 de 181 G. 

Carlos de Alicar. >^ 

Con la lectura de ese parte oficial^se comprsnderá cuan pro- 
fundos debian ser los odios que exacerbaban entre los Orién- 
talos independientes tales agresiones y hoátilidades, tan im- 
placable y jactanciosamente llevadas á cabo por el General 
Alvoar en nombre de una autoridad nacional opresora y feíoz 
en sus venganzas. 

No puede pretenderse racionalmente que hubiese algún 
plan político en esa guerra de exterminio decretada bárbara- 
mente contra todo un pueblo en cuyos campo.'* no se hacia 
sentir sino una voz unitbrme de execración y resistencia justi- 
ficadísima. Los orientales no eran rebeldes, y solo pugnaban 
pordofonder su autonomía en la administración interior de su 
provincia. 

A pesar de los desastres subsiguientes á aquel parte oficial, 
sufridos por el denodado General Rivera en la heroica retirada 
de los Tres-Árboles y de la sublevación del Regimiento de 
Blandengues en Mercedes, narrados por c4 antes, en la tras- 
cripción que hemos hecho, la victoria del Guayabo vino á con- 
densar en un uniforme y entusiasta esfuerzo la indignación de 
loa Artiguistas, que eran casi el pueblo en masa; y los que con 
exepcion de la capital de Montevideo, guarnecida todavía por 
las tropas de Alvear, se vieron al fin vencedores y dueños ab- 
solutos de su país natal. 

Era aquella una severa pero merecidísima lección para los go- 
bernantes infatuados, y para sus inicuos partidarios y conseje- 
ros que así habían onrojeaido la bandera de Ma3-o en el fratri- 



— 350 — 

cidio de los Oríentales, y comprometido y rebajado al pueblo 
argentino, imponiéndole la odiosa iiJsion de ser ejecutor de 
sus venganzas personales, de sns odios de facción, y escalón de 
sus criminales ambiciones. 

El Guayabo fué como lo dice con tan admirable nobleza de 
sentimientos el vencedor General Rivera ■■- por desgracia de la 
« patria una hatalla de hermanos contra hermanos (¡qué fatali- 
« dad Ja de la América y>!) pero ademas de un castigo ejemplar, 
sirvió á enaltecer el nivel moral de los ven' edores á la altura 
de un pueblo varonil que se emancipa al íilo de su espada, co- 
mo ya lo estaba por su heroit^mo y por sus virtudes. 

Pocos dias después de e.^a batalla subía al poder supremo el 
Brigadier General Al vear, haciendo renunciar al efecto á suya^ 
desprestigiado y aun odiado tic el Director Posadas, y trataba 
á todo trance de concluir en la Banda Oriental una situación 
de guerra intestina que no podia darlt; ya «iiio sangre, nuevas 
derrotas, y deshonor. 

En su volcánica cabeza bullía también el audaz pensamien- 
to de conc'entrar todos los elementos y recursos de las Provin- 
cias-Unidas en un supremo esfuerzo, llevando con un ejército 
de diez mil veteranos, la libei lad hasta Lima, a.-rollando todas 
las fuerzas españolas del Alto Peiú. I^a empresa era digna de 
un grande hombre como él, porque Alvp.ar lo era cuando sólo 
lo guiaba la inspiración dtil patriotismo argentino y el amor á 
la libertad del continente; pero los defectos incorregibles de su 
carácter, tan inferior á su eminente rival el libertador del 
Perú, nuestro glorioso San Maitín, 1h llenan ui de estorbos su 
camino; reaccionó como \\r\ atolondrado, a,tr;iyéndose odios im- 
placables, y rodó por el suelo despeñado por el huracán de las 
iras orientales y argentinas. 

El ejército del Norte mandado por Rondeau se había insu- 
bordinado contra él, y á cada momento veía desmoronarse 
los elementos con que contaba 'para su grande empresa. En 



— 351 — 

una Refutación á unas calumnias que le dirigió el doctor don 
Julián Alvarez en la Gaceta Esiraor diñaría Ministerial de 28 
de Diciembre do 1818, que tenemos á la vista, dice Alvear á 
aquel respecto lo siguiente : 

« Allá la posteridad siempre justa é imparcial decidirá si 
mis desvelos en la organización, disciplina, instrucción, au- 
mento de las tropas, é introducción de la nueva táctica, mere- 
cen la gratitud nacional : á ella toca también pronunciar si mis 
empre-^as en la Banda Oriental, y el éxito de mis rápidas com- 
binaciones sol)re aquel territorio, y si la formccion de una es- 
cuadra en medio de tristes recursos ; y la destrucción de las 
faerzcis navales del enemigo; si la dirección de los negocios 
políticos y la rendición de la Plaza de Montevideo no fueron 
empresas que honrarán siempre la historia de la Revolución de 
mi Patria. - También dejo al cálculo de los hombies, que 
respetan la justicia y la razón, todo lo que debía esperarse de 
mi campaña al Perú, si circunstancias desgraciadas, que no 
pueden recordarse sin dolor, no me hubieran privado tomar 
el mando, y dirigir un ejército numeroso, que dio tantas glo- 
rias á la Nación en los Campos Orientales, para desaparecer 
como el humo en los valles de Sipe-Sipe. » 

Ahora bien, sea por el descalabro radical del Guayaho que 
alejaba toda esperanza de recupei'ar lo perdido, sea por dedi- 
carse exclusivamente á la formación del grande ejército liber- 
tadoi- del Perú, y anonadar la rebelión del eiército del Norte 
al mando do Rondeati, (pie se h.abia sublevado contra él, el 
hecho es (]ue p1 Director Alvear resolvió inme lialamente enviar 
uua misión do j)az al Geneial Artigas, confiándola á las emi- 
nentes aptitudes é ilustración del Oriental Doctor Don Nicolás 
Herrera, que habia desempeñado la Secretaría ó Ministerio de 
G ibiorno do su tio el Director Posadas durante el año que esta 
duró, y que en aquellos momentos desempeñaba en el gobierno 



— 3B2 — 

de Alvear eae mismo Ministerio junto con el de Relaciones 
Exteriores. 

Es necesario también no olvidar que la situación militar era 
por más tiempo insostenible en Montevideo. La lesercion dis- 
minuia cada vez más su fuerza, y las escaseces que sufria por 
falta de víveres, pues las avanzadas de Otorgues cerraban el 
paso á toda comunicación con la ciudad, producían un estado 
de creciente alarma y malestar, que reagravaba en el pueblo 
el encono contra aquella indefinida y odiosa ocupación militar. 

En cuanto á la misión del doctor Herrrera, nada dará una 
idea más acabada de su importancia y fines que la transcrip- 
ción del interesante documento siguiente, inédito aun, en que 
el doctor Herrera con su eximia habilidad, especifica el carác- 
ter aparente de su encargo, y confia su prosecución cerca del 
General Artigas á los patriotas Coronel don Felipe Pérez, y 
don Tomás García de Zúñiga. Dice así: 

« Dn. Nicolás Herrera, Secretario de Estado y Relaciones 
Exteriores, Delegado Extraordinario del Gobierno Supremo de 
la& Provincias Unidas del Rio déla Plata, etc., eti. 

« Por cuanto: entre los importantes objetos que han movido 
la consideración del Gobierno Supremo de las provincias Uni- 
das del Rio de la Plata, á tomar un exacto conocimiento del 
estado de los negocios políticos de esta Provincia Oriental, el 
primero y más urgente ha sido el terminar con el decoro con- 
veniente á su dignidad la guerra interna que desgraciadamen- 
te ha suscitado entre nosotros una extraordinaria combinación 
de sucesos. Por tanto, y en uso de las altas é ilimitadas facul- 
tades que el Supremo Gobierno se ha dignado confiarme, he 
venido en autorizar á los S. S. D. Felipe Pérez, Teniente Co- 
ronel de Caballería de Milicias y á D. Tomás García de Zúñi- 
ga, para que saliendo de esta Plaza en clase de Parlamentan- 
tes á la brevedad posible, pasen al Cuartel Jen eral de las tro- 
pas Orientales, y avistándose con su Jefe el Coronel Dn. José 



— 353 — 

Artigas le comuniquen los objetos de mi misión, y el eficaz de- 
seo que me anima de promover en cuanto mis facultades lo 
permiten, la paz interior, el sosiego de los pueblos y el resta- 
blecimiento de la fraternal concordia, que, sofocada por un 
tiemjDO, ha sido el órgano de las fatalidades y desastres, que en 
parte deplora, y en parte mira como inevitables la justa pre- 
visión del Gobierno Supremo . 

« Por manera quo siendo estos mismos sus designios y el 
medio más sencillo de conciliarios establecer un tratado firme 
é indestructible que remueva hasta la posibilidad de nuevos 
escándalos, los dichos S. S. podrán empeñar todo el valor de la 
más sagrada promesa á nombre del Gobierno Supremo y mió 
sobre el efectivo cumplimiento de cuanto acordaren y dispon- 
gan con el enunciado General don José Artigas, para la aper- 
tura de una negociación intervenida por ellos mismos, si asi 
fuere preciso y garantido en el modo que su importancia exije. 
Y para que esta mi determinación tenga el mejor y más cum- 
plido efecto he tenido por bien espedirles el presente Despacho 
y credencial suficiente de Comisión, con particular encargo á 
las Autoridades y Jefes subalternos de la Provincia, de coojje- 
rar á su cumplimiento en la forma que de su tenor resulta, 

« Dado en Montevideo á los 8 dias de Febrero de 1815. 

« Nicolás Herrera . 
« Lucas José Oles, Secretario de la Comisión. 

Esta credencial iba acompañada de la siguiente Instrucción: 
« El Gobierno Supremo de las Provincias Unidas que en las 
vicisitudes de la revolución acaba de sufrir una pequeña pero 
importante alteración, ha querido señalar la época de este 
suceso con un triunfo más glorioso que el de los campos de 
batalla por ser él de tales pasiones que regularmente conducen 

34 



— 354 - 

los imperios más robustos á la disolución y á la ruina. Desea 
restablecer la paz y cortar las divisiones que ajitan, oprimen y 
destrozan el seno de la azorada Patria en la época de su mayor 
peligro. No hay sacrificio á que el Gobierno Supremo no se 
preste gustoso para conseguirlo siendo un deber de sus hijos 
el concurrir á esta clase de designios que reúnen lo importante 
á lo plausible, particularmente cuando sus ojos se fijan de un 
modo honroso en las cualidades personales de ellos mismos, he 
creido que V. V. aceptarán con gusto la importante Comisión 
á que son destinados por el Despacho adjunto. *" 

Su tenor es la mejor espresion de los sentimientos que me 
animan y es como inútil agregar instrucciones para facilitar el 
acierto de un paso cuyos fines no son complicados ni difíciles. 

« Sin embargo, no puedo excusarme de recomendar á V. V. 
el punto de la cesación de hostilidades que debe preceder á 
toda convención pacífica, tanto para el libre curso de las co- 
municaciones como para el pronto alivio y consuelo que lo de- 
mandan con un interés correspondiente al estado de sus con- 
flictos . 

« Creo haber revestido á V . V. de la autoridad necesaria 
para remover obstáculos é inspirar la confianza necesaria en 
las promesas de un gobierno que como he dicho aceptaría fá- 
cilmente toda condición ó partido, en tanto que no ultraje su 
decoro ó comprometa la existencia política de las Provincias 
Unidas. — El sabrá premiar con mano generosa el servicio que 
V . V . le tributan haciéndose el órgano de sus benéficas miras 
y la Patria no olvidará jamás el importante influjo que deben 
tener sus trabajos en la obra más grande de nuestra revolución 
y el término de una guerra que no pueden decidir las armas sin 
conducir el Estado al último precipicio. » 

« Dios guarde á V. V . etc , 

« Montevideo, 8 de Febrero de 1815 . 

(Firmado) — Nicolás Herrera. 



— 365 — 

El Cabildo de Montevideo, compuesto siempre de los mis- 
mos vecinos que sin elección popular, hablan sido nombra- 
dos al efecto desde Buenos Aires por el Directorio, y que eran 
p jr lo mismo decididamente adictos al Gobierno de Alvear, 
quiso también tomar alguna participación en los arreglos de 
paz, creyendo auxiliar de algún modo al Dr. Herrera, y bacer 
valer alguna influencia en la negociación . 

A.1 efecto dirigió á éste la siguiente nota: 

« Sr . Delegado del Supremo Gobierno. 

« El Ilustre Ayuntamiento de esta Ciudad con noticia oficial 
que ha tenido del importante objeto de la Comisión á que V. S. 
ha venido, pide muy enérgicamente se sirva darle alguna in- 
tervención en ella, porque considera que puede servir á ade- 
lantar el importante fin de la pacificación do este territorio á 
que aspira el Supremo Gobierno. Sus individuos son todos 
conocidos del Jefe de las armas Orientales con quien han de 
entablarse estas negociaciones: tienen un interés en ellas como 
habitantes de un mismo suelo; y esta circunstancia debe hacer- 
le grata á D . José Artigas, cualquiera parte que se les quiera 
dar en esta importante Comisión con que V. S. se presenta hoy 
en este territorio: por momentos urge la necesidad de este paso; 
en su consecuencia solicita do V. S.que teniendo en conside- 
ración la desolación universal en que han envuelto al pais las 
guerras intestinas se sirva concederle á la Corporación que re- 
presenta, la necesaria intervención que necesita para que 
uniendo sus esfuerzos á los de V. S . , toque todo el pueblo 
Americano el buen resultado que debemos prometernos de tan 
ventajosa medida . — Montevideo, Febrero 7 do 1815. 

(Firmados) — Pedro G. Perex — Juan M. Cáldeyra 

— Luis de ¡a liosa Bríto — Pedro CasahaUc — 
TJiorihio López de Ubilhis — Juan Bto. Blanco 

— Pallo Pérez — Bruno Méndez. 
Al Sor. Delegado del Supremo Director. 



— 356 — 

En consecuencia de esta nota, y aceptada por el doctor 
Herrera la cooperación del Cabildo, se asociaron á los delegados 
de aquél los cabildantes don Pablo Pérez y doM Luis de la 
Rosa Brito, marchando juntos al Arroyo de Castro para de alli 
dirijirse al campamento del General Artigas. 

En tanto que con la mejor buena fé adelantaba en sus tra- 
bajos esta Comisión, veamos cuales eran las sinceras intencio- 
nes que hablan presidido en el envió de la misión de Herrera 
por parte de Alvear, y las verdaderas disposiciones conciliado- 
ras que lo animaban á este . 

Casi al dia siguiente de la llegada del doctor Herrera á 
Montevideo. 3'a recibía la carta siguiente del Director Alvear, 
la que sin duda debía ser una reiteración de las espresas reco- 
mendaciones que babia recibido al salir de Buenos Aires, y 
que formaban en realidad la parte más esencial de su encargo. 

Al mismo tiempo que so intentaba arrasar la fortaleza del 
Cerro con el pretexto de que se aproximaba una espedicion 
española, tratábase para resistirla de dejar á Montevideo ab- 
solutamente desmantelado y desarmado á fin de redu irlo á la 
más completa impotencia : aún dá,ndose cuenta Alvear y sus 
partidarios de que el despojo completo que se proyectaba de su 
abundantísimo armamento y parque exponía á esta plaza fuer- 
te á caer sin defensa como una segura é inerme presa ante 
cualquier invasor que intentase conquistarla, como aconteció 
dos años después con la invasión portuguesa, y como pudo ha- 
ber sucedido ese mismo año de 1815 con la expedición españo- 
la del General Morillo si en lugar de dirigirse 73or ese tiempo 
á las costas de Venezuela ó Tierra Firme, hace rumbo á las del 
E,io de la Plata, como se temió con tan fundada razón por los 
patriotas de esta región . 

Es de este modo como la proyectada pacificación y reconci- 
liación principiaba dolosamente por asumir de hecho y á todo 
trance un carácter de culpable despojo, de injustificable y de- 



— 357 — 

liberada usurpación de la propiedad mas sagrada é indispensa- 
ble del mismo amigo y hermano á quien con desleal hipocresía 
ofrecíase una cordial reconciliación: teniendo unos y otros 
iguales y formidables enemigos al frente, é identidad de peli- 
gros en la común defensa. 

Duélenos presentar esta faz odiosa en esa transacción diriji- 
da con insigne mala fé por el doctor Herrera, aunque en cum- 
plimiento sin duda de sus estrictas instrucciones, transacción 
cuyo éxito final lejos de contribuir á aplacar los rencores azu- 
zados entre Argentinos y Orientales por la conducta de Alvear, 
debía ahondarlos cada vez más, y hacer de aquella efímera y 
piniica paz una imperdurable y justificada causa de aborreci- 
miento. 

Hé aquí la carta indicada: 

« Sr. D. Nicolás Herrera. 

Buenos Aires, Febrero 10 de 1815. 

« Amigo mío : Es imposible que podamos mandar víveres 
por lo que cuestan, y no haber plata para ello; ahí van todos 
los buques para que vengan todos los pertrechos de guerra y 
efectos pertenecientes al Estado; es preciso que se sostenga el 
sitio hasta la última hora, y que embarque todo sin que quede 
un grano de pólvora, ni un fusil, pues estas especies se las po- 
demos dar después á Artigas, y nos las agradecerá más . 

« No hay que dar licencia á ningún Español para que se va- 
ya al Janeiro, que se amuelen aquí. 

« Me parece seria oportuno insinuarse con aquellas famiUas 
más comprometidas con Artigas, para que se vengan con tiem- 
po; do todos modos nos acomoda que se vengan los más que 
sean posibles, aunque sean Godo?^ y más de aquellos más pu- 
dientes que siempre gastarán algo, y les queda eso más que dar 
á Artigas, repartiendo sus casas á los paieanos, y de este modo 



— 858 — 

peleará más por la causa; en fin, es preciso ecliarlo todo á ba- 
rato, y salga el sol por Anteqiiera. 

« Recomiendo á Vd. la casa de las Maturanas, por si quisie- 
ran venir y que les avise Vd. con anticipación de la evacua- 
ción de la Plaza. 

« Por acá no liay novedad, todo sigue en orden y no hay 
cuidado por nada. 

«. Ahí se pueden hacer algunas salidas para hacerse de trigo 
y otros víveres para subsisdr hasta saber el resultado de las 
negociaciones. 

« Cuidado que vengan todos los efectos del Estado y pertre- 
chos de guerra : en fin que venga todo cuanto pueda. Vá apro- 
bado el nombramiento de Obes. 

Salud y pasarlo bien: de Vd. etc. 

Carlos Alvear. » 

Casi en el mismo dia, el Comisionado doctor Herrera recibió 
la siguiente nota res©r\^ada del Ministro de la Guerra, Greneral 
Viana, que daba ya un carácter apremiante y absoluto á la 
evacuación de Montevideo, reclamada por el Gobernador 
Soler: 

Reservado 

« El Director Supremo en consideración á las críticas cir- 
cunstancias en que se halla la Plaza de Montevideo de que 
instruj^e su gobernador en oficio de 7 del corriente, y consul- 
tando los intereses del Estado, ha tenido á bien resolver pasen 
á ese puerto todos los buques de guerra y mercantes que ha 
considerado suficientes para que según el estado que presente 
la negociación entablada por V. S. con el Gefe de los Orien- 
tales, se embarque dicho Gobernador con la tropa de la Guar- 
nición^ artillería^ fusiles, municiones, archivos y manto corres- 
ponda al Estado, ya sea propiedades extrañas ü otros enseres de 
la Nación, pro tejiendo á los individuos que quieran emigrar. 



— 359 — 

« S. E. me ordena lo comunique á V. S. seguro de que las 
circunstancias que sobrevengan arreglarán sus operaciones en 
el particular, con advertencia que para que sostenida la Plaza 
hasta el último trance, pueda conseguirse alguna transacion 
ventajosa, se ha dispuesto conduzca el comercio provisiones 
de todas clases para su socorro . 

« Dios guarde á V. S. muchos años. 

« Buenos Aires, Febrero 11 de 1815. 

( Firmado ) — Javier de Viana. 

S. Secretario de Estado, Diputado en Comisión don Nicolás 
Herrera. » 

A fin de comj^lementar estas medidas, era necesario tener un 
gran niimero de embarcaciones. 

La siguiente nota del Secretario del Director Alvear explica 
como salia este de esa dificultad con su habitual violencia : 

« El Supremo Director impuesto por el oficio de V. S. de 8 
del corriente en que le instniye de las medidas que ha puesto 
en planta desde su llegada á e?a Plaza para el desempeño de 
su comisión las ha encontrado dignas de su aprobación Supre- 
ma ; 3'- consultando su buen suceso, y en vista -de las nuevas 
escaseces que empieza á sentir ese Pueblo, ha ordenado un 
embargo general de los buques en este puerto para que con- 
duzcan todos los víveres que sean necesarios ; pero como de 
todos modos el éxito es dudoso, y no debe omitirse ningún 
género de precaución para hacer menores las desgracias, pone 
á S. E. al cargo de V. S. el hacer transportar á esta Capital 
todos los efectos del Estado, cañones y artículos do guerra que 
no sean absolutamente indispensables para sostener el honor 
de las armas y consultar la seguridad del pueblo hasta la ter- 
minación de las presentes diferencias. 



— 360 — 

« Lo que me ha encargado S. E. comunique á V. S. para su 
inteligencia y efectos consiguientes. 

Dios guarde áV. S. muchos años . 

Buenos A-ires, Febrero 11 de 1815. 

( Firmado ) —Manuel Moreno. » 

Señor doctor don Kicolás Herrera. » 



Volvamos ahora á las tentativas de avenimiento iniciadas 
por el Delegado y sus comisionados cerca de los jefes arti- 
guistas. 

El Coronel Otorgues se negó á recibir la Comisión, sogun 
resulta del siguiente oficio en que se dá cuenta del éxito del 
viaje : 

« Habiendo llegado la diputación, asociados con los del Dele- 
gado fie S. E. al Arroj'O de Castro donde se halla el Gefe de 
la Vanguardia don Fernando Otorgues, le pasamos el oficio 
que sigue : « Prevenidos en esta Vanguardia los Diputados del 
« Ilustre Cabildo y del señor Delegado Extraordinario con el 
« interesante objeto de marchar á la presencia del señor Ge- 
« neral don- José Artigas á abrir la negociación que insinua- 
« mos á V. S . por oficio de 8 y carta de 9 del que gira, supli- 
« camos á V. S . se digne franquearnos el correspondiente pa- 
« se á fin de que no padezca un momento el más leve intervalo 
« nuestra misión. — Dios guarde á V. S, muchos años . — 
« Arroyo de Castro, Febrero 17 de 1815. — Pablo Pérez, — 
« Luis de la Rosa Brito, — Felipe Pérez, — Tomás García de 
« Zúñiga. » 

En contestación á él nos comunica el del tenor siguiente : 

« En contestación del oficio que con fecha 17 del presente 
« mes me han dirigido, informo á V . S. que me hallo con ór- 



— 361 — 

« denes terminantes para impedir el curso d© esta comisión, y 
« no admitir otra negociación f[Ud no sea en la que personal - 
« mente convengamos con el Sr. Delegado Extraordinario don 
« Nicolás Herrera . — Dios guarde á V. S. muchos años. — 
«Vanguardia en Castro, Febrero 17 de 18ib.— Femando 
« Otorgues. — S. S. de la Comisión. » 

« En vista de la negativa de diclio jefe, acordamos dejar en 
sns manos los oficios que conducíamos para entregar al Sr. Ge- 
neral D. José Artigas para que por su mano sean remitidos á la 
brevedad posible, como a>-í mismo comunicamos á V. S. regre- 
samos á nuestro destino. 

« Lo que avisa esta Diputación para que delibere V. S. lo que 
halle por conveniente. — Dios guarde á V. S. muchos años. — 
Arroyo de Castro, 18 de Febrero de 1810.— Pallo Pérez . — 
Luis de la Posa Brito. — Al Ilustre C. y Eegimiento de la 
Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo. » 

Dias antes de esta misión el Coronel Hortiguera, antiguo 
compañero de armas del General Artigas en el Regimiento de 
Blandengues junto con el cual habia pasado á Buenos Aires 
en 1811 para tomar servicio en favor de la Patria; y el cual 
en esta campaña mandaba las fuerzas avanzadas de la plaza, 
estrechada yá en un verdadero cerco, 1© habia escrito al Gene- 
ral comunicándole la venida de un comisionado para tratar de 
arreglos de paz, por lo cual convendría se suspendiesen las 
hostilidades. 

A esta comunicación, Artigas contestó del modo siguiente, 
que demuestra cuan enconado debia estar su espíritu, después 
de las anteriores tentativas de reconciliación análogas á la que 
se iniciaba en esos dias, y las que solo habían servido para 
adormecerlo, y hacerle pagar cara su credulidad en insidiosas 
proposiciones de arreglo . 

Dice asi su carta : 

« Si la esperiencia do lo pasado debe servir de lecciones á lo 



— 362 — ' 

futuro, yo no puedo suspender las hostilidades sin que ellas 
queden garantidas de un modo que inspire la pública confian-, 
za de los pueblos Orientales y demás que les siguen. 

« Para formalizar la Diputación que Vd. anuncia en su 
apreciable de 7 de Febrero, bastará que el Plenipotenciario 
esponga sus proposiciones del modo que guste. Yo siempre 
me glorío de ser justo, y que en medio de las grandes convul- 
siones, el amor de la pública felicidad es el distintivo de mi 
grandeza. Entretanto, callar y obrar es nuestro deber. 

« Tengo el honor d© saludar á Vd. con lo muy particular de 
mi afecto. 

Cuartel general en marcha, 12 d© Febrero de 1815. 

José Artigas. 

Al señor don Rafael Ortiguera Comandante de la "Vanguardia 
de Buenos Aires. » 



En estas circunstancias ocurrió un incidente que demuestra 
hasta que punto podian en la exaltación de aquellos momentos 
pervertirse las ideas, y en nombre de exijencias y precauciones 
militares de muy dudosa justificación, producirse hechos que 
habrian enconado aún más los odios existentes, y arrojado 
sobre el nombre del General Alvear directamente, y sobre el 
del General Soler indirectamente, como su ejecutor, un vergon- 
zoso estigm'a. 

Por fortuna, ese detestable hecho quedó en pro3''ecto, merced 
á la oportuna resistencia del Cabildo de Montevideo, y á la 
decidida oposición que le hizo, haciendo valer su superior au- 
toridad, el Delegado doctor Herrera. 

Hé aquí la nota del Coronel Soler, gobernador entonces de 
Montevideo, para la destrucción de la fortaleza del Cerro, y la 
resolución que en ella recayó : 



— 363 — 

« Con fecha 9 del corriente me ordena S. E. el Supremo 
Director por su Ministro de Guerra lo siguiente : 

« La expedición de la Península es indudable, y es por lo 
mismo llegado el caso de Tencer con la fatiga y la constancia 
cuantos obstáculos embaracen nuestra común seguridad : sobre 
este principio me ordena S. E. prevenga á V . S . que sin per- 
der un momento iwoceda á denihar la fortificación del Cerro 
por los arbitrios que le sujiera su celo, aunque sea empleando 
la guarnición con azadas y picos en esta obra, en el concepto 
que en la brevedad de la ejecución tributa V. S un servicio 
importante, y en el menor retardo queda responsable á su Pa- 
tria por las resultas : la casa del vijia es el único edificio que 
debe quedar en pié en el Cerro, y todo debe empeñarse para el 
cumplimiento de esta orden. » 

« Lo que transcribo á V. S. por 1") que pueda importar á la 
Comisión de que está encargado, y para que liecbo cargo del 
espíritu del Gobierno, se sirva disponer lo que convenga. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 

Montevideo, Febrero 17 de 1815. 

(Firmado) — Miguel Soler. » 
Sr. Delegado Extraordinario de S. E. el Director Supremo. 

En este oficio recayó el siguiente despacho en el que predo- 
minaba la sensatez y patriotismo del Delegado : 

« Contéstesele que para evitar la mala impresión que cau- 
saría este paso con perjuicio de la transacion, se suspenda has- 
ta tanto se obtenga la resoluí-ion de S. E. á quien consulto en 
esta fecha. 

Montevideo, Febrero 17 de 1815. 

(Rúbrica del Sr. Delegado.) 



— 364 — 

Es indudable que pin esta digna resistencia del Dr. IIei:Te'''a, 
©1 Cerro de Montevideo habria perdido en pocos días esa !ier- 
mosa fortaleza que por tan justas razones de patriótica gra- 
titud rememora hoy el nombre del General Artigas. 

Entretanto la situación se hacia, con actos de tal malevolen- 
cia, cada vez más penosa é insostenible para el Delegado del 
Gobierno Argentino que veía establecerse un sitio formal so- 
bre esta ciudad ¡íor las tropas del General Artigas que la cer- 
caban ya, teniendo sus avanzadas el comandante Llupez en las 
inmediaciones, no permitiendo la entrada de ninguna clase de 
víveres. 

Por otra parte ante ese conjunto de circunstancias adversas 
y ante los trabajos de los artiguistas en la ciudad, la guarni- 
ción de Montevideo amenazaba disolverse por las numerosas 
deserciones que se producían cada día, como puedo verse por 
los oficios dirigidos por el Gobernador Soler al Delegado, los 
que revelaban en uno de los jefes más intrépidos y serenos del 
ejército argentino de aquella época como lo era el Coronel 
Soler, una situación de indominable pánico . Los documentos 
siguientes demuestran lo peligroso de la situación de las tro- 
pas de Alvear en los días que precedieron á la retirada de estas: 

« Ha llegado extraiudicialmente á mi noticia que el Capitán 
graduado de Sargento Mayor del Batallón núm. 10, don Boni- 
facio Vidal, ha desertado de esta Plaza ; y que se hallaba el dia 
15, antes de ayer, en la Villa de Canelones. 

« Dios guarde á V . S. muchos años . 

« (Firmado) — Miguel Soler. 

« Montevideo, Febrero 17 de 1815. 
Sr. Delegado Extraordinario de S. E. el Supremo Director, 



— 366 — 

« Anoclie han desertado siete Granaderos do Infantería, to- 
dos Europeos ; así me lo avisa el Comandante interino del Re- 
gimiento; y lo comunico á V . S. para su inteligencia . 

Dios guarde á V. S . muchos años. 

Montevideo, Febrero 19 de 1815. 

(Firmado)— Mü/ucl Soler. 
Sr. Delegado Extraordinario del Supremo Gobierno. 



« El Sr. Coronel del batallón núm. 6 me dá parte con fecha 
de hoy haber desertado de su cuerpo el Teniente D. Manuel 
Ayala; y con fecha de lio}'' me avisa el Coronel Ortiguera ha- 
haber desertado dos dragones armados de los que se hallan 
destacados en ol Cerro; j'O tengo por necesario avisar á V. S. 
por lo que pueda convenir. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 

Montevideo, Febrero 19 de 1815. 

(Firmado) — Miguel Soler. 
Sr. Delegado Extraordinario del S. E. el Supremo Director. 



« Anoche desertaron dos granaderos do infantería godos, 
y hoy se han puesto incomunicados cuatro sarjantes y un ca- 
bo; cuando esté mejor instruido del caso, haré presente de 
cuanto deba al respecto. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 

Montevideo, Febrero 21 do 1815. 

( Firmado ) —Miguel Soler. 
Señor Delegado Extraordinario del Supremo Gobierno. 



— 366 - ' 

« He mandado poner presos á bordo de los Bergantines del 
Estado siete Sarjentos y cinco C.ibos Granaderos de Infantería 
que, según informes del Coma idante Balbastro, hay funda- 
mento para persuadirse han contribuido á la deserción del 
Cuerpo ; yo he tenido por conveniente ne .-e tome información 
alguna, porque son demasiadas ya las pruebas que tengo de la 
ninguna adhesión de los Europeos que tiene el Ejército, y sus 
graves crímenes me precisaron á tomar las providencias que 
tengo el honor de comunicarle. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 

Montevideo Febrero 22 de 1815. 

( Firmado ) — Miguel Soler. 
Señor Delegado Extraordinario del Supremo Gobierno. 



« Responsable yo á la seguridad del Ejército y al decoro de 
las armas de la Patria, protesto á V. S de los riesgos en que 
estas se hallan por haber salido de esta Plaza el Secretario de 
Cabildo Aguiar, de quien V. S. y yo tenemo*: fundadas sospe- 
chas de estar confabulado con los enemigos, pues V. S. mismo 
me dio orden para embarcarlo la noche de antiyer, y posterior- 
mente la revocó, supongo que con fundado motivo. 

« Hago presente á V . S . esto, no animado de un espíritu de 
contravención respecto á las Superi :res órdenes y carácter que 
reviste, pero si del que siempre me ha distinguido en el amor 
á mi Patria y delicadeza con que me he manejado en la revo- 
lución, así es que nada me resta quf) hacer para sincerar la 



— 3G7 — 

conducta de un oficial de mi alto carácter, y los que me han de 
juzgar y V . S . tienen documentos de esto mismo . 

« Dios guarde á V . S . muchos años . 

( Firmado ) — Miguel Soler. 
Montevideo, Febrero 23 de 1815. 
Señor Delegado Extraordinario de S. E . el Director Supremo. 



Señor Delegado Extraordinario del Sujjerior Gobierno . 
Estimado araiffo : 

O 

« El ejército corre á su disolución ; ayer se fué un Dragón, 
cinco Sargentos del núm. 10; uno del núm. 3 y un Sargento 
de Granaderos también huia del Cuerpo ; es necesario tomar 
una resolución que tal vez no será posible cuando estén los e)ie)ui- 
gos encima, porque entonces el mismo ¡juello abrirá sus yuertas 
y serán sacrificados los que queden para la última operación . 

Vale mucho más dejarles alguna cosa, que arriesgar todo por 
una negociación que ya no debe esperarse ventajosa; sí Vd. 
gusta le diré eato mismo de oficio, coa las protestas nece- 
sarias. 

De Vd . afmo . 

(Firmado i — Mianel Soler.» 

Montevideo, Febrero 20 d. 

« Tengo fundados motivos pai a solicitar como lo hago, el 
que V. S. me releve del cargo do Geiieral y Gobierno Interino 
do esta provincia, sirvi.'ndoso conferir el mando de ella al ofi- 



— 368 — 

cial que V. S. estime á propósito, y franqueándome el buque 
necesario para restituirme á la Capital. 

( Firmado ) — Miguel Soler. 

' Montevideo Febrero 23 de 1815. 

« Señor Delegado Ex<-.raordinarío del Supremo Gobierno. 

Hemos trascrito por extenso estos documentos á fin de dejar 
bien constatadas las verdaderas causas que inspiraron la misión 
del doctor Herrera, y la irresistible violencia de los aconteci- 
mientos que lo obligaron á liacer evacuar á Montevideo, no 
como medida de fraternal reconciliación, sino como el imico 
medio asequible para evitar la catástrofe final . 

Volviendo ahora á la misión del Dr. Herrera, y ante el re- 
chazo sufrido por sus comisionados, resolvió aquel ponerse di- 
rectamente al habla con el Coronel Otorgues, dirigiéndole una 
nota muy persuasiva; j)ero éste exigió que aquél se trasladase 
á Canelones para tratar allí ^personalmente y arreglar las ba- 
ses del convenio de paz. 

Es muy digna de ser conocida una de las notas que dirigió 
el Coronel Otorgues al Dr. Herrera, en la que expone con len- 
guaje enérgico los agravios sufridos por los Orientales, y par- 
ticularmehte por el mismo Otorgues. Hela aquí: 

« En el siglo de los sucesos grandes de la América, son de 
suma necesidad las incesantes vigilias de sus dignos hijos. La 
Banda Onental alimenta ciudadanos idólatras de su madre 
patria; en obse ¡nio de ella nos hallamos resueltos á sacrificar 
nuestra existencia misma. Este es el principio que debe re- 
glar la conducta del Superior Gobierno de quien es V. S. un 
representante; este es un hecho que debe tenerse presente en 
todo ulterior procedimiento; y este finalmente es el principio 
fundamental de nuestras acciones. Asentado este axioma, va- 
mos al caso. Una guerra desoladora ha afligido nuestro país 



— 369 — 

por espacio de dos años, sin otro objeto que subyugar la Pro- 
vincia, arruinar al ciudadano, y sofocar la voluntad general de 
los pueblos, para entronizarse un monstruo que derora á los 
mismos que parece alimentar. El grito general de los Orien- 
tales ha sido sofocado por las bayonetas: guerra, y guerra de 
sangro se fulminaba contra nosotros; y sólo nuestra constan- 
cia pudo oponerse é igualar al fren fj tico furor de los enemigos: 
la desnudez, la miseria y el sacrificio personal de mis paisanos, 
era contrarestado por el lujo y la opulencia de nuestros her- 
manos enemigos. 

« Estos sacrificios eran costeados por la Provincia, y las re- 
muneraciones por desgracia que hemos reportado han sido de- 
solaciones, muertes y violencias. 

« Mi hija, digno objeto de mis delicias, ha sido víctima de 
la lascivia de un hombre desmoralizado: y la violencia se opu- 
so á su iuocencia. 

« ¿ Qué cuadro tan lisonjero para un padre honrado y aman- 
te de su familia ? ¿ Y que bases para fundamentar un Gobier- 
no liberal y virtuoso ? Un hombre tan criminal en todo siste- 
ma, no solamente vive, sino que vive entre los brazos de una 
inocente violentada ! Permítame V. S. que me haya separado 
algún tanto del objeto general pues el amor paternal ha tras- 
tornado mi razón ; y dando un corte violento á los intermedios 
pasemos al raso presente . ( 1 ) 

« Nuestro común suelo fatigado ya por una guerra civil que 
roe sus entrañas deseaba con ansias terminar una cuestión tan 
odiosa en el momento mismo en que pis^a nuestro territcrio un 
paisano autorizado con ideas de pacificación . Esta perspectiva 



( 1) Ahule á, la captura de .su esposa ¿ liija por las fuerzas del Coro- 
nel Dorrcgo en la sorpresa que éste le hizo en su campo en Marmarajá* 
las que fueron conducidas prisioneras á Montevideo, siendo víctimaa 
de esos atentados. 



25 



— 370 — 

alegre trastorna nuestros sentimientos ; y mi campo que ante- 
riormente respiraba venganza, es ya el seno del descanso, y la 
prematura esj)eranza del reposo y tranquilidad general nos 
obligaba á olvidar nuestras pasadas y penosas fatigas. Espe- 
rábamos con ansia el resultado de una jornada que seria tan 
resultativa de bienes á la Provincia, como al sistema de la 
América, cuando advertimos con escándalo que á la buena íé 
supuesta suceda la intriga, y que basta el último caso se inten- 
taba burlar nuestra ignorancia é inocencia. Se aflige nueva- 
mente al pueblo con excesivas contribuciones, se ejecuta por 
anteriores; infinidad de buques surcan el Rio de la Plata con el 
objeto de arrastrar todo útil de guerra, y poner con esto el se- 
llo de la iniquidad — ¿Estas son, señor Delegado, las medidas 
que se toman para fundamentar una paz duradera ? ¿ Estos los 
principios bajo los que debe jira,r la fraternal unión iniciada ? 
¿ Ebtos, últimamente, son los rasgos de un GrSliierno sabio, 

fiotfesi'ai y amante á sus Pueblos ? Muy lejos, señor, de los hom- 

■K ¿"^eíl-© buena fe, tan execrables insidias. 

TiOé^' deseos incesantes que tengo de terminar la guerra se 

viertaií^'^^^cn rayos de furor que abrasen á nuestros pretendi- 

A conq^i-S^^^^^^'®^' si en el momento mismo no determina 

■\r S cortar de i^aiz los males que van á resultar de medidas 

Qgpecb.osas. ^*-> liago responsable á V. S. ante el tribunal 

A la íí ación de estos --^les que predigo, si la buena fe no fun- 

, -nenta nuestra í>.®&°^* ación. Yo el primero que he sabido 

rificar mi existencia en v^g^^^^JQ ^^ jg^ libertad, no seria el 

.^i.•w^r^ nwe emp'»!^^^* ^^ la á favor de un gobierno más 

ultimo quci I . „^ este c^ , , 

, ^éfico y libei^^^i y ^ „ las victimas inmoladas ino- 

4-c.Yr>p-nte. clamarían ^encia, venganza, venganza 

centementc^ ^^^^^^^^^^ , s , s 

T 1 Piolo contra iosiuv^"^ _ usaron nuestra desgracia, 

del Ueio i.^ opom-oañaria e ^ ' 

desde la tumba acumf ^^ sentimientos á los de 

estos infelices. .^^oyoes, 

« finalmente, Sr. De eg- i - ^ ^ deseo, en esta negó- 



— 371 — 

ciacion, tenga V. S. presentes los bienes que resultan, si ella es 
fundada en la buena fé, y los males gi'aves que amenazan, si 
de ella se aparta; esto únicamente encargo por el bien de la 
Provincia; á él le convido y por él le saludo. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 
Vanguardia en Castro, Febrero 20 de 1815. 

(Firmado) — Fernando Otorgues. 
Al Sr, Delegado Extraordinario, etc., etc. 

Por diversas razones el doctor Herrera se negó á salir de 
Montevideo para tener con Otorgues la entrevista á qué éste lo 
invitaba en Canelones. 

Habiendo escrito en consecuencia al General Artigas relati- 
vamente á su misión, creyendo encontrar directamente en él 
algún avenimiento en los términos honorables de una transa- 
cion,e&te le contestó declarando terminantemente que no entra- 
ña en ninguna clase de convenio ni arreglo, mientras previa- 
mente no se evacuase la ciudad de Montevideo por las tropas 
argentinas á las órdenes del Coronel Soler. 

Esa carta merece ser conocida porque ella reflejaba bien la 
disposición de ánimo de aquel: y su inquebrantable resolución 
de recuperar la capital de su provincia : 

« Cuartel General 

Señor don Nicolás Herrera. 

« Mi apreciable paisano y Señor : si sus votos son igualmente 
eficaces que los mios en obsequio de la pacificación del país; 
que se retiren las tropas de esa guarnición y las delEntre-Rios 
á Buenos Aires. Entonces podrá Vd. entablar sus negociacio- 
nes del modo que guste, si hemos de convenir en la unión 
general de todos los pueblos, á cuyo efecto adjunto á V. copia 



— 372 — 

de ese original que servirá de norma en todas sus operacio- 
nes. 

< Saluda á Vd. con todo mi afecto, deseándole la mayor 
felicidad, este su paisano y servidor. 

( Firmado ) — José Artigas . 
« Somos 20 de Febrero 1815. » 

Al mismo tiempo dirigía el General la siguiente nota al Ca- 
bildo de Montevideo: 

« Nadie más interesado que yo en el restablecimiento de la 
paz y la unión, y cuando esa Ilustre Corporación me invita 
para realizar tan noble empeño no ha beclio más que llenar el 
blanco de mis deseos en obsequio de la felicidad del país. Por 
ella encarezca V. S. sus votos ante el Sr. Representa.nte de 
Buenos Aires para que retire todas las fuerzas de esa plaza y 
del Entre-Rios; sin este requisito ni cesarán las hostilidades, 
ni podremos ajustar el convenio por que Vds. tanto se inte- 
resan. 

« Tengo la honra de saludar á V. S. con todo respeto y de- 
dicarle mis más afectuosas consideraciones. 

Cuartel General, 20 de Febrero de 1815. 

José Artigas. 
«c Al Muy Ilustre Cabildo de la Ciudad de Montevideo. » 

El Cabildo por su parte, á pesar de su posición subalterna 
ante la autoridad militar, á la cual se habia humillado muchas 
reces de un modo indecoroso, y de la cual era bastardo hijo y 
agente, debia indignarse asi mismo ante el cuadro odioso del 
despojo inicuo que se estaba cometiendo en el embarque de 
todo cuanto pudiera arrebatarse de Montevideo, y dirigió al 
doctor Herrera la sumisa y deprecatoria nota siguiente : 



— 373 — 

« Teniendo en consideración este Ayuntamiento que acaso 
las negociaciones entabladas con don José Artigas, pudieran 
entorpecerse por noticias abultadas que diariamente tiene de las 
operaciones que aqui se jiran, y siendo requerida por don Fer- 
nando Otorgues la buena fé de su mediación, sensible como es 
justo á los principios que la caracterizan, y constante en ellas 
bajo la garantía que le prometen la delicadeza y sanas miras 
del Superior Gobierno, su^^lica á V. S. so sirva suspender por 
ahora la conducción á Buenos Aires de los pertrechos de gue- 
rra existentes de esta Plaza, hasta tanto que el resultado de 
aquellas disuada sus desconfianzas, y asegure las medidas que 
V. S. tenga á bien expedir en el particular. 

Dios guarde á V. S. muchos años . 

« Sala Capitular de Montevideo, Febrero 22 de 1815. 

( Firmados ) Tuan 3/. Caldeyra — Pedro 

G. Pérez — Luis de la Rosa Brito — 
Pedro CasalaUe — Bruno Méndez. 

« Sr. Delegado Extraordinario D. Nicolás Herrera. 

Es por demás asegurar que esta humilde exhortación no fué 
considerada en lo más mínimo, y que el embarque continuó de 
dia y de noche á toda prisa, produciéndose en esos momentos la 
tremenda explosión del polvorin de las Bóvedas en que pere- 
cieron 120 personas, aterrando á la población. 

El Coronel Otorgues por su j)arte expresaba al Dr. Herrera 
en los siguientes términos perentorios, las únicas condiciones 
en que podría producirse el avenimiento propuesto: 

« Perdemos el tiempo en contestaciones que parece no tu- 
viesen otro objeto que retardar jornada tan interesante: pene- 
trado de su importancia y hallándome suficientemente autori- 
zado por mi General, he determinado hacer á V. S. presente 



— 374 — 

valias proposiciones, á las cuales está precisamente conexa la 
salud pública y el bien del sistema. 

« Yo creo que este es el mejor medio de evitar pasos que en- 
torpezcan unión tan interesante, y que V. S. no se desdeñará 
de acceder á tan justificadas proposiciones; debiendo tener 
entendido que sin estas condiciones ni puedo ni debo entrar 
en convenio alguno: puesto que en caso contrario quedará la 
Provincia desarmada y espuesta al yugo del primer invasor, y 
aunque no necesitamos cañones de á veinticuatro para defen- 
der la Provincia, si necesitamos fusiles, municiones y hombres 
de que queda exhausta. Interésese V. S. por el bien de su 
patria creyendo que estas medidas son tan necesarias como 
indispensables. 

« Si V. S. accede á esta mi justa solicitud, yo protesto á 
nombre de mi G-eneral propender á la unión sólida que tanto 
necesitamos, y suspender al momento las hostilidades ; presen- 
tándome V. S. los correspondientes rehenes que aseguren la 
ejecución del Convenio. 

« Dios guarde á V. S. muchos años. 
Febrero 24 de 1816. 

( Firmado ) — Fernando Otorgues. 
« Señor Delegado Extraordinario don Nicolás Herrera . 



« Don Fernando Otorgues Coronel de Dragones de la Li- 
bertad, Gefe de la Vanguardia del Ejército Oriental, acampado 
á las márgenes de Santa Lucia, autorizado suficientemente por 
el G-eneral don José Artigas, Grefe de los Orientales, para enta- 
blar y concluir una negociación con el Delegado Extraordina- 
rio del Director Supremo don Nicolás Herrera : he venido en 
hacer presente á dicho señor Delegado las siguientes propo- 



— 376 — 

siciones, á que está sujeta precisamente la salud pública, y el 
bien general del sistema. 

« 1 . * Desde el momento en que sea recibida esta mi comu- 
nicación, se suspenderá el embarque de pertrechos, municiones, 
bienes secuestrados, esclavatura, tropas y últimamente toda 
existencia perteneciente al Estado ó á la Provincia. 

« 2 . ** Quedarán en esa plaza dichas existencias y toda clase 
de armas que existan en guarnición ó parques, y todo lo que 
en mi primera proposición queda en suspensión de embarque. 

3 . * Se retirarán las tropas de Buenos Aires sin armas de la 
plaza de Montevideo, permitiéndose sin distinción de persona 
quedarse en el territorio, todo individuo que así lo quisiese. 

« 4 . ** Se retirarán las tropas de Entre-Rios sin armas, ó en 
la misma forma que los de la plaza, dejando igualmente en su 
libertad á todos los individuos que quisiesen quedarse. 

« 5 . "• Concedidas estas cuatro proposiciones: se entablarán 
las relaciones de la Provincia Oriental al Gobierno de Buenos 
Aires, y se entablará una unión firme y duradera que nos pon- 
ga á cubierto de las agresiones ultramarinas. 

« Campo volante. Febrero 24 de 1815. 

Fernando Otorgités.» 

Estas comunicaciones no tuvieron respuesta conocida. 

Los sucesos se hablan precipitado; el embarque de todo lo 
que podia arrebatarse de Montevideo, á titulo de propiedad 
del Estado y de propiedades extrañas confiscadas á los espa- 
ñoles, se habia realizado sin pérdida de minutos ; las fuerzas 
avanzadas de Otorgues á las órdenes del comandante Llupes, 
ocupaban y cerraban ya todos los caminos, estableciendo sobro 
la plaza un rigoroso sitio ; mucha parte del pueblo de Monte- 
video daba muestras evidente de una peligrosa exaltación ; y 
todo indicaba que el desalojo debia hacerse inmediatamente, ó 
sobrevenir alguna catástrofe. 



— 376 — 

En esos momentos el doctor Herrera dirigió al comandanta 
Llupes y al Cabildo las últimas comunicaciones siguientes : 

« Con feclia 20 del corriente me informa el Jefe de los Orien- 
tales don José Artigas desde su Cuartel General que para en- 
trar en negociaciones á efecto de concluir una paz sólida, 
exije como base preliminar la evacuación de la Plaza por las 
fuerzas del Ejército de Buenos Aires. Tengo la satisfacción 
de haber prevenido los deseos de aquel jefe. Yo conocia que 
la evacuación de la Plaza seria el mejor testimonio de la sin- 
ceridad con que el Gobierno Supremo deseaba concluir una 
transacción con la Provincia Oriental. En este concepto me 
estaba disponiendo para retirarme y al efecto tenia ya embar- 
cadas algunas tropas, cuando he recibido la citada comuni- 
cación del Coronel Artigas. Mi cálculo ha sido exacto, y esto 
aumenta la satisfacción con que me retiro. 

« En esta propia fecha, oficio al Gefe de esa Vanguardia don. 
Fernando Otorgues, y el Ilustre Cabildo le hace una Diputación 
para que se acuerde el modo en que ha de entregarse la Plaza. 
En tal situación de cosas ya no tiene objeto la proximidad de 
las tropas Orientales y muc -lO menos el que se aflija iaíitilmente 
á este vecindario privándole de viveras. Por ello suplico á Vd. 
se sirva mandar retirar las partidas que están á la inmediación 
de nuestros fuegos y permitir entren en la Plaza toda clase de 
comestibles. 

« Esta conducta, sobre que debe ser grata al Gefe de la 
Vanguardia, 'está reclamada por la humanidad, y es un obse- 
quio debido á este benemérito pueblo, que dentro de uno ó dos 
dias debe ser ocupado por las armas de los Orientales. 

« Dios guarde á Vd. muchos años . 

Montevideo, Febrero 24 de 1815 . 

Nicolás Herrera. 
Al señor Comandante don José Llupes. 



— 377 - «• 

« Después de haber firmado el adjunto oficio, he recibido 
una comunicación de don José Artigas como Gefe de los 
Orientales en que exije pieliminarmente la evacuación de esta 
Plaza para entrar en las transaciones propuestas por el Gobierno 
Supremo de las Provincias Unidas. Yo celebro haber preve- 
nido los deseos de aquel Gefe . En este concepto se verificará 
la retirada de las tropas al primer viento ; y V. S. con el man- 
do de la Plaza adoptará las medidas que crea conveniente para 
la seguridad interior y orden de la entrega que se haga de la 
Plaza. 

« Montevideo. Febrero 25 de 1815 . 

« Nicolás Herrera. 

« Al Cabildo de Montevideo. » 

Simultáneamente el doctor Herrera dirijia al Cabildo la si- 
guiente importantísima nota entregándole la ciudad, y publi- 
caba el siguiente Manifiesto al pueblo de Montevideo, el cual 
circulaba en las calles el mismo dia en que los últimos buques 
cargados con los despojos de la capital Oriental, tratada tan 
cruelmente como pais conquistado, zarpaban llevando la 
execración de un pueblo justamente indignado contra proce- 
deres tan atentatorios e incalificables. Hé aquí dicha nota: 

« Diez y nueve dias de tareas en que el buen deseo, el candor 
y el interés particular que como hijo de Montevideo debia to- 
mar en su prosperidad, nada han producido sino desaires, fati- 
ga inútil y últimamente el desengaño de que los jefes orienta- 
les, resueltos á descargar un golpe mortal sobre las tropas del 
primer pueblo que anunció á la América el momento de su 
libertad, sólo hablan de tratados para adormecer y de paz pa- 
ra hostilizarnos. Tales eran sus designios, mientras yo, cons- 
tante en los mios, sacrificaba hasta el decoro de la autoridad y 
el honor de las armas, replegando nuestras tropas sin hacer 



— 378 - 

oposición á los insultos de sus débiles avanzadas. Así prepa- 
rada la negociación de que vine encargado, no trepidé en ha- 
cer una cesión absoluta de mis facultades, para que asegurado 
con este desprendimiento el crédito de mi sinceridad y remo- 
vidas las sospechas, fuese más fácil el avenimiento á unos par- 
tidos que hasta en el modo de proponerse anunciaban su libe- 
ralidad. 

Partieron de aqui mis diputados : V. S. me hizo el honor de 
asociarles los suyos : unos y otros se avistaron con el gefe de 
la vanguardia enemiga ; imploraron la paz ; pidieron que se 
me oyese, y don Fernando Otorgues, inexorable en sus decretos, 
continuó las hostilidades, me negó una contestación directa, 
y solo cuando vio convenir á sus miras me propuso una entre- 
vista dentro de su campo distante unas veinticinco leguas. Lo 
raro de tal propuesta era un signo de sospecha, y la mejor 
prueba de que no se deseaba sino ganar tiempo para llenar 
otros proyectos. A la verdad yo no hubiera jamás atinado con 
ellos, si la falta de reserva ó el indirecto manejo de sus agentes 
no los hubiesen delatado al gobierno : cartas, proclamas, exortos 
seductores, espias y cuanto puede emplearse para introducir 
el descontento y la sedición en los ejércitos, otro tanto se em- 
pleaba contra nosotros, mientras que con pálidas promesas se 
queria persuadir que obraba un deseo de terminar la guerra. 
V. S. ha visto los hechos y por ellos puede juzgar de la justicia 
de mi queja. Oficiales y soldados desertaban en medio del dia. 
El pueblo, cuyo tratamiento no estuvo en mi hacer mas dulce 
por falta de tiempo, protejia estos escándalos, y para decirlo 
todo el enemigo mostró cuanto le dominaba su interés parti- 
cular con hacer emigrar los vecinos sin motivo, con interpretar 
las operaciones del gobierno de un modo maligno, con des )le- 
gar una sed furiosa de sangre y venganza. Olvidando que las 
trepas de Buenos Aires rompieron el yugo, que en mantenerlas 
dentro de los muros no tenia otro objeto que afianzar una ca- 



— 379 — 

pitiilacion honorable después de restablecida la concordia, me 
veo al fin en la dolorosa necesidad de abandonarlos, pero lo 
bago con la mira de que, removido el pretesto, pueda el enemigo 
gozar de la plenitud de sus deseos, y afianzada la confianza en 
la seguridad pueda meditar con reposo las ventajas de la tran- 
sacion propuesta. No tiene otra mira el movimiento que U S . 
presencia : el saqueo, el pillaje, las levas, las estorsiones que se 
suponian meditadas quedan desmentidas. El ejército se retira 
con el mismo orden que otra vez entró triunfante de los ene- 
migos que tanto trabajan para dividirnos. 

Ni el dereclio indisputable de recaudar el contingente y 
otros impuestos he permitido que sirviese de pretesto para 
violar la propiedad é interrumpir el sosiego del vecin- 
dario . 

El gobierno y las troDas, al partir de Montevideo, marcan 
en su comportacion los sentimientos de la autoridad suprema 
á quien yo represento . Mi dolor es no haber podido manifes- 
tarlos en toda su extensión, restituyendo la paz y el sosiego 
al suelo que me vio nacer. Acaso un tiempo vendrá en que mis 
votos se cumplan . 

Entro tanto usando de mis facultades lie tenido por conve- 
niente encargar á Y, S . el mando político y militar del pueblo 
para que asegurando el orden interior disponga su entrega á 
un ejército de compatriotas que sabrá prestarle la considera- 
ción debida . Sin embargo de todo, las negociaciones quedan 
pendientes . 

« Dejar libre la provincia es facilitar su conclusión, y yo pro- 
testo á V . S . que obrando una voluntad sincera de concluirlas 
hallará en mi el ilustro Ayuntamiento la mejor disposición á 
promover la felicidad de mis comi)atriotas, y en el gefe del 
Estado toda la docilidad que pueden apetecer los orien- 



— 380 — ' 

tales para ajustar los partidos más conformes con sus 
deseos. 

Dios guarde á V . S. muchos años. 

Montevideo, 24 de Febrero de 1815. 

Nicolás Herrera. » 
Al Muy Ilustre Cabildo etc. 

Hé aquí ahora el Manifiesto indicado antes: 

Don Nicolás Herrera, primer Ministro Secretario de Estado 
en el Departamento de Relaciones Exteriores y Delegado 
del Exmo. señor Director Supremo délas Provincias Unidas 
del Rio de la Plata. 

« La Suprema Autoridad de estas provincias me hizo el órga- 
no do sus benéficos sentimientos al enviarme á negociar la paz 
dolorosamente interrumpida en este territorio. Pesaban de- 
masiado sobre el sensible corazón de S. E. los males de la 
guerra civil y para terminar sus horrores delegó en raí sus al- 
tas facultades. 

« Desde mi arribo á esta plaza me he consagrado todo á ha- 
cer fructuosa mi misión de paz. 

« Mis comunicaciones, dirigidas oficial y privadamente á los 
jefes de los Orientales nada dejaban que desear en esta parte. 
Sin embargo, .una vez llegué á creer que serian eludidas las 
intenciones liberales del Gobierno Supremo. — Abierta ya la 
negociación se introdujeron en la plaza proclamas seductivas 
que tenían por objeto minar la opinión de las tropas de la 
guarnición. Una conducta semejante, la continuación de lai 
hostilidades cuya suspensión había yo solicitado en vano, y lo 
que es más que todo un eficaz deseo de hacer notoria la since- 
ridad con que el Gobierno anhelaba esta transacion, me deter- 
minó á evacuar la plaza. 



— 381 — 

« Todo estaba dispuesto para esta operación, cuando esta 
mañana he recibido comunicaciones del jefe de los Orientales, 
ciudadano José Artigas en que eiige cabalmente lo mismo 
que yo habia resuelto practicar. (!) 

Mi satisfacción ba sido grande, considerando el tino y pre- 
visión, con que yo me anticipé á prevenir sus deseos; de consi- 
guiente un doble motivo se presenta ahora para evacuar este 
territorio. Después de haberlo verificado se continuará la ne- 
gociación y no se omitirá medio alguno para conducir el 
asunto á eu deseado fin. 

El Gobierno Supremo no desmentirá jamas sus principios 
justos y liberales. Desde mi arribo á esta plaza se minoraron 
las contribuciones, y un sistema de moderación distinguió en 
general todas mis providencias. Habitantes de Montevideo: 
vosotros sois testigos de esta verdad y de la admirable disci- 
plina que han guardado las tropas en su reembarco. — Ella ha 
sido una continuación exacta de la que conservaron en su en- 
trada y en todo el periodo de su campaña y guarnición. Se- 
mejante conducta, manda la idea más positiva de los sentimien- 
tos del Gobierno respecto de esta Provincia. 

A su vista deben confundirse los implacables enemigos de 
la felicidad de la América. Ellos han propalado estos dias pró- 
ximos que la evacuación de la plaza seria marcada por el des- 
orden, el saqueo y la violencia; pero el suceso ha hecho visible 
la calumnia de estos famosos impostores. 

« Ciudadanos : el que quiera trasladarse á la Capital puede 
hacerlo sin obtáculo. Los que prefieran quedarse en esta Plaza 
no de})en intimidarse por la entrada de las Divisiones Orien- 
tales. Ellas se componen de amigos y deudos vuestros con 
quienes estáis unidos por los más estrechos rinculos. A ellos 
toca más de cerca que á nadie la prosperidad de este suelo ; y 
■i conociendo sus verdaderos intereses aprovechan como es de 
esperar la disposición que hallarán siempre en el Gobierno Su- 



— 382 — 

premo para concluir una trausaciun fundada sobre principios 
de justicia, renacerán entonces entre nosotros dias de abundan- 
cia, alegría y tranquilidad, que nos indemnicen de los disgus- 
tos que hemos sufrido en las pasadas diferencias. Yo espero 
que ellas terminarán á satisfacción de todos. Esta idéame 
consuela al separarme de vosotros, y me dispone á saludaros 
con júbilo á mi propartida . 

Montevideo, Febrero 2-4 de 1815 . 

Nicolás Herrera. » 

Esta extensa reseña, en la cual por lo mismo de ser tan poco 
conocidos, y no haberse publicado nunca los documento? que 
contiene, hemos excedido los límites usuales, quedaría así mis- 
mo incompleta sin el siguiente interesante documento históri- 
co en que el Dr. Herrera revela francamente hasta qué punto 
era insostenible y odiada la ocupación de Montevideo por las 
tropas de Alvear. Ahí está escrita en alto relieve la triste his- 
toria do aquellos dias: 

« Exmo. Señor : 

« T^ngo el honor de presentar á V. E. el negociado de mi 
Comitr^ion á la Banda Oriental dirigida á restablecer la concor- 
dia y alianza con los jefes que sostienen la guerra en aquella 
Provincia. Poj' ella verá V. E. que nuestros procedimientos, 
han sido conformes á las instrucciones Supremas que debían 
reglar mi conducta en el desempeño de mis encargos. A mi 
arribo á Montevideo se había 3a re2)legado á la plaza el ejér- 
cito de operaciones. 

^< El General D. Miguel Estanislao Soler me hizo presente á 
los pocos dias de mi llegada, que era necesario embarcar las 
tro,>a.s, y retirarse á la Capital sin pérdida de instantes, porque 
la seducción de los enemigos, el odio del pueblo y la escanda- 



— 383 — 

losa deserción que se esperimentaba en las tropas, le hacían 
temer con fundamento una sedición militar ó una disolución 
del ejército, cuyos resultados serian los más funestos para la 
patria. 

« Yo no pude ser indiferente á una insinuación de esa espe- 
cie hecha por un Jefe esperimentado y de valor. Pero á fin 
de no precipitar una medida que dejaria sin efecto las nego- 
ciaciones pendientes y el embarco de la artillería y municiones 
determiné que en la misma noche se hiciese una Junta de 
Guerra, compuesta délos Jefes de todos los Cuei'pos de la Guar- 
nición, á la que asistí con mi Secretario el doctor Obes, á quien 
nombró de tal con precedente acuerdo y disposición de V. E. 

« Hizo presente el General Soler los fundamentos urjentes de 
su solicitud, y después de haberse reflexionado sobre la materia, 
fui de dictamen con la ma^'^or parto de los Jefes, que se espe- 
rase tres ó cuatro dias, que era lo que podía tardar la contesta- 
ción á mis comunicaciones para el restablecimiento de la Paz . 
La deserción aumentaba, algunos oficiales empezaban á seguir 
á los soldados ; y las circunstancias apuraron en térmimos que 
el General Soler llegó á ratificarme las protestas de responsa- 
bilidad que había hecho en la Junta de Jefes por la demora 
de la retirada, y á pedirme le relevase en un mando que lo 
compi'ometia por momentos. En este estado de cosas creí ne- 
cesario el embarco del Ejército, se dieron las providencias, y 
en la víspera de la salida recibí la comunicación de don José 
Artigas de 19 de Febrero en que ofrecía la cesación de hosti- 
lidades y el restablecimiento de una armonía fraternal, luego 
que nuestras tropah evacuasen el territorio de las Provincias 
Oriental y de Entre-Ríos. 

« Yo hice ú V. E . en el momento de mí arrivo á esta Capi- 
tal una maiiLfestaciou de lo ocurrido: mis procedimientos fue- 
ron aprobados por V. E. ; esto basta para mi satisfacción: pero 
en un tiempo en que las pasiones más bajas han desplegado 



— 384 ~ 

toda su energía, tal vez no será suficiente para conservar la 
opinión de mis conciudadanos, que es el bien que más aprecio 
sobre la tierra. 

♦: Por lo demás V. E. sabe que jamás he solicitado los em- 
pleos, ni los he conservado con interés. En este concepto qui- 
siera tener en mi poder un testimonio de la Suprema aprobación 
de V. E. sobre mi conducta en la última Comisión para publi- 
carlo si algún dia lo exije mi honor, y V. E. se digna prestarme 
su consentimiento, 

« Yo espero recibir esta gracia de las consideraciones conque 
V. E. me distingue. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Buenos Aires, Marzo 29 de 1815, 

« Exmo. Señor: 

« Nicolás Herrera. 

« Exmo. Supremo Director de las Provincias Unidas del Rio 
de la Plata G-eneral don Carlos Alvear. » 

Réstanos, para concluir esta extensísima reseña, presentar 
las dolorosas pero justificadísimas consecuencias de su dramá- 
tico epílogo. 

El pueblo de Buenos Aires se alzaba poco después indignado 
contra la tirania del mandón que entre los orientales hacia tan 
odioso el nombre Argentino, y que lo mismo en la capital como 
en Montevideo, imponía su desatentada dictadura y sus actos 
reprobados por medio de la violencia más odiosa. 

Las preocupaciones populares podrían confundir entonces 
y han confundido después al pueblo Argentino con los exclusi- 
vos autores de los desmanes y agravios inferidos solo por ese 
gobernante y su círculo ; pero la historia imparcial atestigua 
qu© la responsabilidad de tales atentados no fué del pueblo 



— 385 — 

que los execró y repudió, y qu.^ en su indignación dio en tierra 
con ese partido Alvearísta. 

Cincuenta dias después de la partida del doctor Herrera y 
del gran convoy de diez y ocho grandes buques salidos del 
puerto de Montevideo, llevando los despojos de esta gran pla- 
25a de aimas, rodaba por el suelo en Buenos Aires, en medio de 
un popular cataclismo, el poder directorial de Alvear, y en- 
vueltos en él todos sus amigos y adictos que liabian practi- 
cado tan odiosos hechos. 

Pocos dias después de ese período, el General Alvear, el doc- 
tor Herrera, el General Viana y el doctor don Santiago Váz- 
quez, junto con algunos otros personajes, asilados en una fra- 
gata inglesa en el puerto de Buenos Aires, le escribieron al 
señor don Juan José Aguiar, Secretario entonces del Coronel 
Otorgues, Gobernador de esta plaza, pidiéndole les obtuviese 
permiso para desembarcar, informándoles si podrían hacerlo 
con seguridad. 

Por orden de Otorgues, el Secretario Aguiar les contestó 
que en cuanto á la autoridad ' nada tendrían que temer, pero 
que no podia garantirles que el pueblo indignado pudiera 
atentar á sus personas. 

Con esta amenazante y previsora declaración la malaventu- 
rada comitiva siguió su viaje, asilándose definitivamente en el 
Janeiro, para sufrir alli entre las burlas de los monarquistas, 
como lo dice el doctor López, el triste y amargo Vía-Crucis de 
un destierro inexorable ; para volver dos años después, el doctor 
Herrera de Secretario y Asesor del invasor portugués General 
Lecor, y el General Alvear para iniciar su desesperada campaña 
como federal convencido ya, con el mando de un escuadroncito de 
gefes y oficiales amigos su^^os, junto con los caudillos federales 
Ramírez, López, y el flibustero Carrera, á quienes dos años 

26 



— ase- 



antes habría mandado colgar irremisiblemente de la horca de 
donde suspendió al infortunado Ubeda. 

La perfidia y la injusticia hablan expiado su nefanda obra, 
Merced á Artigas el pueblo Argentino y el Oriental se libraban 
simultáneamente de su tirano y su perseguidor! 



— oeo<@<lK>©«««^ 



Administración política y económica de los Di- 
rectores Posadas y Alvear en Montevideo. 



Como lo hemos dicho antes, no nos proponemos en este Es- 
tudio sino presentar algunas breves é iraparciales refutaciones 
de las calumnias de que han sido víctimas el General Artigas y 
sus partidarios, asi como algunas consideraciones sobre los su- 
cesos principales desde 1811 hasta 1820, comprobándolas con- 
cisamente con documentos de positivo interés, que en su ma- 
yor parte no se han publicado aún. 

Dejamos pues, la historia detallada de los sucesos para el 
cuerpo de nuestra obra, limitándonos por lo mismo en esta sec- 
ción á apuntar lijeramente algunos de los rasgos mas notables 
de la dominación Alvearista en Montevideo durante el perio- 
do de ocupación de sus tropas, comprobándolos con algunos 
documentos inéditos aún, los cuales, mejor quo nuestras obser- 
vaciones darán idea aproximada ó imparcial de los principales 
acontecimientos do aquella época tempestuosa }• confusa en 
que la nacionalidad oriental surgia, reaccionaba y se robuste- 
cía resistiendo al espíritu de odioso y cruel predominio que 
quería ejercerse sobre sus hijos por algunos gobernantes ar- 
gentinos . 

Aunque la sección precedente nos ha absorvido una exten- 
sión demasiado amplia dado el carácter compendioso de este 
Estudio, así mismo creemos conveniente presentar en esta 
nueva sección otros detalles no menos interesantes sobre los 
procedimientos políticos y económicos de la administración de 
los Directores Posadas y Alvear en Montevideo, los que no 
pueden omitirse en justicia si se ha de formar una idea impar- 
cial y exacta de los enconados agravios que ellos produjeron, 



— 388 — 

exacerbando entre Argentinos y Orientales como dos pueblos 
en violento antagonismo, los rencores y venganzas que solo 
debían abrigarse contra los gobernantes y el partido que do- 
minaba entonces accidentalmente en Buenos Aires, partido 
que ese mismo pueblo porteño debia muy pronto como se ha 
visto, hundir y expulsar de su seno como á un enemigo aborre- 
cido. 

Inmediatamente después de la entrada á Montevideo del 
ejército sitiador el 23 de Junio de 1814, principió don Juan 
José Duran, miembro influyente del Cabildo, á ejercer las fun- 
ciones de Gobernador Intendente, no desempeñando ese cargo, 
sino por poco más de una semana, pues sin causa ni motivo 
legal se le destituyó, subrogándosele con el Coronel argentino 
don Nicolás E-odriguez Peña, Presidente á la sazón del Conse- 
jo de Estado del Director. 

Asi entró desde luego el Directorio de Posadas á poner en 
práctica su sistema d» desconocimiento completo de toda di- 
rección Orit^ntal ó participación de ella en los asuntos públicos 
de la Provincia. 

El mismo sistema se adoptó respecto del Cabildo. — Es indu- 
dable que era necesario subrogarlo con patriotas, pues aquel se 
compouia hasta entonces de acérrimos defensores del dominio 
español . . 

Pero no se consultó para nada la voluntad del pueblo, y el 
.nuevo Cabildo se formó de vecinos nombrados al efecto desde 
Buenos Aires por el Director Supremo en una nómina en que 
hasta el Teniente de Alguacil y el portero venian incluidos, 
despojando asi al vecindario patriota de la Capital del derecho 
que exclusivamente le correspondía, y que siempre había ejer- 
cido desde la época del fundador de Montevideo don Bruno de 
Zavala, de elejir por si mismo sus Cabildantes. 

Con el mismo absolutismo conque se habia impuesto á estos 
para la Capital, se nombró al Gobernador Intendente de la Pro- 



— 389 — 

vincia, demostrándose asi la resolución de ejercer sin límite ni 
moderación un dominio que inevitablemente debia hacer cada 
dia mas odioso para los orientales el nombre de sus hermanos 
argentinos. 

No se ha publicado hasta ahora el documento que transcri- 
bimos á continuación, y que evidencia como se practicó ese 
primer acto de usurpación municipal que venia á marcar con 
un sello odioso la prepotencia del vencedor, erijido por si mis- 
mo en conquistador y amo. 

Indudablemente los nombrados en la lista siguiente eran 
vecinos muy patriotas, pero esta circunstancia de ninguna 
manera atenuaba la violación de un derecho quo siempre ha- 
bla correspondido exclusivamente al pueblo de Montevideo . 
El siguiente documento y acta del Cabildo cesante asi lo com- 
prueban: 

« En la muy fiel, reconquistadora y benemérita de la Patria 
ciudad de Montevideo, á 20 de Julio de 1814, el Excmo. Cabildo, 
Justicia y Regimiento de ella, los señores de que actualmente 
se compone y firman á la conclusión, se juntó y congregó en 
la sala capitiüar, como lo tiene de uso y costumbre cuando 
trata y confiere cosas tocantes al servicio de Dios y bien co- 
mún de este inieblo, presidiendo el acto el señor don Miguel 
Antonio Vilardebó con asistencia del caballero Sindico Procu- 
rador General, don Nicolás Fernandez Miranda, y presente el 
Secretario. 

« En este estado se procedió á la apertura de un oficio que 
hoy se ha servido dirigir el señor don Nicolás Rodríguez Pe- 
ña, delegado estraordiuario del señor Director Supremo de las 
Provincias Unidas del Rio de la Plata con el mando político 
y militar de la Provincia Oriental del Uruguay cuyo tenor es 
el siguiente : 

« Habiendo dispuesto S. E. el Director Supremo que los 
«c capitulares qu© actualmente componen la municipalidad de 



— 390 — 

€ este pueblo cesen en sus oficios y sean elegidos en su lugar loa 
« individuos comprendidos en la nota adjunta, dispondrá V. S . 
« que reunido e«;e cuerpo, precisamente el dia de mañana y 
« convocados á la sala capitular los que deben entrar al desem- 
« peño de los cargos, se les dé inmediatamente posesión, prério 
« el juramento de estilo y el reconocimiento del Gobierno Su- 
« premo que rigo las Provincias Unidas del Rio de la Plata, de 
« cuya ejecución me dará V. S. cuenta. 
« Dios guarde á Y. S. muchos años. 

« Montevideo 19 de Junio de 1814. 

« Nicolás Rodríguez Peña. 

« Ilustre Cabildo de Justicia y Regimiento de la ciudad de 
Montevideo . » 

« Nota de los individuos que deben entrar á ejercer los em- 
pleos municipales de la ciudad de Montevideo en lugar de los 
removidos. . 

Alcalde de l^r voto — Don Manuel Pérez, Teniente Coronel 
de milicias de ca.ballería. 

Alcalde de 2.*' voto — Don Pedro Gervasio Pérez. 

Regidor Decano — Don José Agustin Sierra. 

Alguacil Mayor — Don Salvador García. 

Alcalde Provincial — Don Juan Medina. 
. Fiel Ejecutor — Don Pablo Vázquez. 

Defensor de Pobres — Don Juan Méndez Caldeira. 

ídem de Menores — Don Carlos Vidal. 

Juez de Policía — Don Juan Correa. 

ídem de Fiestas — Don Juan Blanco. 

Sindico Procurador — Don Bruno Evaristo Méndez. 

Presidente del Tribunal de Concordia — El Síndico Procu- 
rador. 

Secretario interino del Cabildo —Don Bartolomé Hidalgo. 



— 391 — 

< El mismo intei^vendrá en las actas del Cuerpo Municipal 
del mismo modo que se hacia antes de la revolución, en cuyo 
tiempo no se habia criado la escribanía de Cabildo Ínterin 
no se resuelva otra cosa. — Teniente de Alguacil Mayor : don 
José Zenon Díaz; — Portero : don Alejo Martínez. — Monte- 
video, Julio 19 de 1814.— Peña. » 

« En virtud de lo cual y cumpliendo S. E. con el superior 
mandato que queda inserto acordó que en los momentos se 
pasen las esquelas correspondientes á los S. S. nombrados para 
capitulares, citándolos para las doce de este día á que se reciban 
de sus respectivos empleos y presten el juramento de estilo 
reconociendo la suprema autoridad del Estado y habiéndolo 
verificado por medio del portero don Alejo Maria Martínez es- 
poniendo este que el señor don Manuel Pérez se halla en su 
casa de campo, y que los S. S. don José Agustín Sierra, D. Juan 
Medina, don Juan Méndez Caldeyra, don Carlos Vidal y don 
Bruno Evaristo Méndez están ausentes de esta plaza, dispuso 
S. E. que se diese en el instante cuenta al señor don Nicolás 
Rodríguez Peña de lo ocurrido, y se le consultase en compe- 
tente oficio si mientras no comparecían los insinuados señores 
han de estar vacantes sus empleos ó si han de seguir en ellos 
los que actualmente los ocupan. 

« Y como á consecuencia de la invitación que quedó relacio- 
nada, siendo las dos de la tarde, se han presentado en esta sala 
capitular los S. S. don Salvador García, D. Juan Correa y don 
Juan Blanco, el señor don Miguel Antonio Vilardebó alcalde 
de 1er. voto saliente, por ante mi el infrascripto Secretario les 
recibibió juramento, que hicieron por Dios nuestr j Señor de 
cumplir bien y fielmente con la-; obligaciones de los empleos 
á que han sido nómbralos, de reconocer como reconocen el 
Gobiorn>.> Supremo de las Provincias Unidas del Río de la 
Plata, obedecen sus leyes, constitución, superiores determina- 
ciones, en virtud de lo cual y de la aceptación que hicieron se 



— 392 — 

les dio posesión de sus oficios consegiles ; y lo firmaron con 
S. E. y conmigo el Secretario de que certifico . 

« Miguel Antonio Vilardehó — Juan Vidal y 
Batllc — Manuel Masculino — Antonio Gdbito 

— Bernabé Alcorta — Ramón Dóhal — Féliqi^ 
Saez, Licenciado — Pascual de Arauclw — 
Antonio Agéll — Manuel de Santelices — Sal- 
vador Oarda — Nicolás Fernandez Miranda 

— Juan Correa — Juan Benito Blanco — 
Juan de Dios Do-so. » 

Se comprenderá por la lectura de este documento por cual 
razón ese nuevo Cabildo que no era realmente sino una Comi- 
sión Municipal nombrada por el General vencedor, recomen- 
dada por él á Buenos Aires para que fuese autorizado ó acep- 
tado allí su nombramiento, correspondia agradecido á esa 
distinción, nombrando á su turno al mismo General Alvear 
Regidor Perpetuo del Cabildo impuesto por él. 

Es así como se esplica también porque durante todo el tiem- 
po de la ocupación de Montevideo se procedió por ese Cabildo 
cor- la más absoluta sumisión liacia los gobernadores militares 
que se sucedieron en la ciudad, nombrados desde Buenos Ai- 
res, como los coroneles Rodríguez Peña, Soler, Prendí y Ál- 
Tarez Thonias . Hemos recorrido la correspondencia de et e 
•Cabildo con estos, y en toda ella no hemos encontrado sino la 
más absoluta obediencia á los mandatos recibidos, no proce- 
diendo el Cabildo dentro de la órbita de su jurisdicción usual, 
sino con permiso y aprobación dd señor Gobernador; merecién- 
dole esta docilidad el honor de que este último le pidiese se 
prorogase un año más sin necesidad de nueva elección. 

Aun las elecciones de Tenientes Alcaldes no eran conside- 
radas válidas si no recibían la espresa aprobación del Gober- 



— 393 — 

nador cou-o lo vemos en una nota que publicaremos oportu- 
namente. 

Debía ser tan marcado el sentimiento de repulsión popular 
hacia ese Cabildo, que no bien hubieron entrado las fuerzas 
orientales á Montevideo, ya el 2(3 de Febrero el pueblo reaccionó 
contra ¿1 reuniéndose y acordando en una esi^ecie de cabildo 
abierto la destitución del anterior, procediéndose á la elección 
popular de un nuevo cabildo. Creemos que será leido con ver- 
dadero interés el acta ó acuerdo siguiente en que se especifican 
discretamente las causas que produjeron esa reacción, la cual 
no so llevaba á cabo por medio de un sin::ple decreto de la 
autoridad militar, como i-:o habia hecho con el anterior por AI- 
vear, sino echando mano del sufragio popular, y buscando en 
el voto de los ciudadanos la sanción y legitimación de aquel 
cambio. 

« Acuerdo del Cabildo ordenando un nombramiento de elec- 
tores por el pueblo para que estos eligiesen nueva municipali- 
dad á virtud de haberlo así exigido una reunión popular, apo- 
yada en la fuerza armada, cuj'O orador don J. M. Pérez, 
esponiendo los motivos de esta exigencia del pueblo, dijo que 
debía cesar el cabildo existente no obstante haberse sus indi- 
viduos conducido con el maj'or honor por ser hechura del 
gobierno de Buenos Aires. 

'■' En la ciudad de Montevideo á 26 de Febrero de 1815 el 
muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento de ella, cuyos 
señores de que se compone al final firman, se junto y congregó 
en su sala capitular como lo tiene de uso y costumbre, cuando 
so dirigía á tratar asuntos concernientes al mejor servicio de 
la patria y particular de este pueblo, presidiendo este acto el 
señor Coronel don Fernando Otorgues, presente el infrascrito 
Secretario y Síndico Procurador general. 

« En este estado se anunció por su portero don Alejo M. 
Martínez, que una parte numerosa del pueblo americano, pedia 



— S94 — 

la venia correspondiente para exponer á su Sria. asuntos de 
gran importancia á la Provincia. Oida esta exposición, acor- 
daron todos se permitiese franca entrada á los individuos que 
movian esta solicitud, é inmediatamente compareció, seguido 
de un crecido concurso, el ciudadano Juan María Pérez, quien, 
después de haber tomado el asiento con que le ofertó su 
Sria., expuso: que el objeto de su presencia alli, era animado 
de la libertad que acababan de recobrar los pueblos del conti- 
nente oriental, por el esfuerzo de sus dignos defensores, y que 
por este principio descansaban bajo la garantía de la fuerza 
armada de esta Provincia, suplicar á nombre del pueblo que, 
siendo incompatible con sus reclamaciones e ilegítima la exis- 
tencia del actual Cabildo de la ciudad de Montevideo, se le 
permitiese á ella elegirlo nuevamente á su libertad, porque 
siendo hechura del Gobierno de Buenos Aires, era escandaloso 
subsistiera en el régimen político de sus negocios, no obstante 
que los señores que le componían se habían conducido con el 
mayor honor. 

« Atendida esta exposición por su señoría tomó la palabra 
el caballero Síndico procurador de la Ciudad y dijo : que en 
uso de sus deberes creía justísima y digna de un pueblo ver- 
daderamente libre la solicitud que el de Montevideo hacía pre- 
sente por aquel conducto, y á continuación contestaron todos 
aprobándola, j habiendo satisfecho de este modo á los recla- 
mantes que al .momento se retiraron, acordó su señoría que in- 
mediatamente se circulasen las órdenes respectivas á los al- 
caldes principales de esta Ciudad y sus estramuros á fin de que 
reuniendo cada uno á los ciudadanos habitantes de sus respec- 
tivos cuarteles procediesen á elegir con las formalidades de 
estilo dos sujetos de su confianza que en clase de electores con- 
curriesen, á las cuatro de la tarie del día de mañana, á las ca- 
sas consistoriales donde reunidos todos habían de nombrar el 
nuevo Cabildo que reclama el pueblo. Así mismo dispusieron 



— 395 — 

se formase un formal espediente de la materia y acreditativo 
de las causales que daban mérito á esta medida. Con lo cual, 
y no habiendo sido para más este acuerdo, se cerró y firmó por 
su señoria con migo el Secretario de que certifico. 

Juan M. Caldeira — Pablo Pt^rez — Luis de 
la Rosa Brito — José Tidal — Torihio 
López de Ohillez. 

El anterior Cabildo después de pedir infructuosamente 
al Gobernador Soler que se le devolviese la imprenta que 
habia sido regalada al Cabildo de Montevideo por la prin- 
cesa, Carlota y llevada á Buenos Aires por Alvear, se diri- 
jió al mismo General en Buenos Aires, solicitando inter- 
2)usiese su influencia con su tio ; á fin de que se le devolviese 
dicha imprenta, se le reconociese al Cabildo el tratamiento de 
Excelencia de que gozaba bajo el dominio español, y se le per- 
mitiese el establecimiento de una loteria. 

Hé aquí las contestaciones dadas por el Gobernador Soler, 
y por el General Alvear, demostrativas en cuanto al primer 
punto del empeño de retirar de Montevideo todo elemento de 
publicidad que pudiera con el tiempo venir á utilizarse en 
provecho de cualquier reforma ó progreso que se intentase 
llevar á cabo en esta ciudad . 

« El Secretario de Estado en su comunicación de? 3 del cor- 
riente me dice lo siguiente: Hice presente al Director Supre- 
mo la solicitud de ese I. Cabildo que V. S. me recomienda en su 
oficio del 24 del próximo pasado, y en su vista rae ha ordenado 
contestar á V. S. como lo verifico, que S. E. no puede permi- 
tir la desmembración de la imprenta sin desatender los fines 
que se ha propuesto en su conducción á esta Capital; pero que 
hagaV. S. entender á ese Cabildo que luego que llegúela 
imprenta que el Gobierno espera, será complacido remitiendo 
á esa plaza la letra que sea suficiente j)ara los objetos que ha 



— 396 — 

expresado. — Lo comunico á V. S. para su inteligencia. — 
Dios guarde á V. S. muchos años. — Montevideo, Octubre 2 de 
1814. — Miguel Estanislao Soler. » 

« Deseoso de dar e] más breve despacho á las pretencioues 
que ese Cuerpo me hizo el honor de encomendarme á mi sepa-* 
ración de esa ciudad para exponerlas al Supremo Director del 
Estado pasé inmediatamente ¿verificarlo después de mi arribo 
á esta Capital ; y habiéndome impuesto S. E. del objeto de ellas 
resolvió que el producto del ramo de la Lotería de conformidad 
con la solicitud relativa á este punto se dedicase á los fondos 
de la policía. Y que respecto á la del tratamiento no consideran- 
do S. E. ser facultad el deliberarlo, decidió por que U. S. dirija 
por su conducto una representación á ese fin á la S. A. G. C . 
persuadiéndose U. S. firmemente que será elevada con toda la 
recomendación y apoyo correspondiente á la buena voluntad 
que anima á S. E. hacia esa respetable corporación. 

« En cuanto á la imprenta ha considerado el Supremo Di- 
rector que el uso de ella debe ceñirse á un solo punto del 
Estado pai-a conciliar la mayor abundancia de letras en la 
Edición Ministerial con aquella unidad íntima, que do lo con- 
trario es difícil conseguirse, por mayor que sea la dignidad y 
el acierto de prensas diferentes en igual ejercicio. 

« Este es el resultado de los negocios que V. S. se ha digna- 
do encargarme y el cual tengo el honor de poner en conoci- 
miento de V. S. ansioso de nueva ocasión de ocuparme en otro 
igual honroso cargo . — Dios guarde á V. S. muchos años. — 
Buenos Aires, Noviembre 2 de 1814. 

Carlos de Alvear. » 

De todo cuanto antecede, se deducirá que la situación no 
podia ser más anormal. Para regularizar y consolidar en par- 
te, en la ciudad siquiera, este orden de cosas tan informal y 
violento, hacíase urjente obtener alguna lejitimacion cualquie- 



_ 397 — 

ra, más o menos ficticia ó aparente, que equivaliese siquiera 
ostensiblemen el beneplácito ó aceptación de los hijos de la 
Banda Oriental, y representase en la Asam,blea General Cons- 
tituyente que funcionaba en Buenos Aires, la sumisa volun- 
'tad y el voto aprobatorio de esta Provincia. 

A fin de asegurar este resultado so dirijió por el Goberna- 
dor Soler tan voluntarioso y disciplinario en sus procederes la 
nota siguiente por la que se formará una idea dtíl espíritu de 
despotismo y coacción electoral que predominaba en asunto de 
tal trascendencia. Hé aquí dicha nota tan característica de 
la dominación Alvearista : 

« Desde el instante que est.i ciudad fué arrancada del poder 
de los tiranos ha sido de la atención de nuestro Superior Go- 
bierno la unión de sus diputados á la Soberana Asamblea 
conforme á los decretos de 8 y 24 de Octubre de 1812. 

« El 18 de Agosto acordó S. E. el Supremo Director el nom- 
bramiento de dos por esta ciudad y sus dependencias, con los 
cuatro que por la Provincia, deben incorporarse en la Soberana 
Asamblea General Constituyente á mis de los qua por la ciu- 
dad de Maldonado y su jurisdicción le están unidos. — Y. S. 
se halla cerciorado bastante de las gravísimas causas que han 
impedido hasta hoy el poderse verificar las elecciones. 

'< Ahora que la justicia por ante las armas de la Patria ha 
aniquilado los grupos de bandidos quo alteraban la tranquilidad 
de la Provincia, es llegado el caso de que se hagan requeribh'S 
las supremas intenciones, y para ello he dispu'^sto que el día 
de mañana so proceda á la elección de los dos Diputados por 
parte de esta Ciudad y sus dependencias, lo que aviso á Vd. 
para lo que crea conveniente. 

Al efecto he circulado las correspondientes órdenes á los 
Jueces de la campaña, y lo hago hoy á los alcaldes de esta 
ciudad y sus extramuros, insertándoles las instrucciones que he 
creído necesarias al mejor orden y tranquilidad de las reunió- 



— 398 — 

nes, y al acierto y libertad, con que debo procederse en un acto 
tan sagrado . Por la copia de mi circular pasada á éstos se 
impondrá V. S. de diclias instrucciones la que acompaño para 
su inteligencia, seguro de que ella servirá para el acuerdo con 
que debemos proceder en la materia, en conformidad de lo que 
previenen los citados decretos que remito á V. S., impresos. 

« En consecuencia de las primeras, verá V. S. que deben los 
electores incorporarse en el dia de mañana en ese Ayunta- 
miento para enseguida proceder á la elección de los dos Dipu- 
tados. 

« Yo quedo satisfeclio de que nada tengo que prevenir á 
V. S. sobre este particular. Sé el gran interés con que mira 
V. S. el engrandecimiento del Estado y la parte que toma 
conmigo en el realce de esta capital y su provincia. 

Miguel Estanislao Soler. 

Hé aquí las singulares Instrucciones á que se referia el Go- 
bernador Intendente en la nota que antecede, y que concuer- 
dan con el carácter de la nota, haciéndose la elección requeri- 
da poco monos que á tambor batiente: 

v< Luego que reciba Vd. este procederá á citar á los vecinos 
de ese cuartel para que ó bien en su casa ú otro lugar propor- 
cionado que Vd. designe, se reúnan á las nueve de la mañana 
del siguiente, y procedan á nombrar un elector á "oluralidad 
de votos, qu§ en seguida baya de congregarse en la sala ayun- 
tamiento de esta Capital para en consorcio de este mió, elegir 
ios dos diputados que por parte de esta ciudad y sus depen- 
dencias deben pasar á incorporarse á la Asamblea Constitu- 
yente de estas Provincias. 

« Tengo á bien hacer á Vd. las siguientes prevenciones para 
el mejor acierto de la operación: — primera, que los individuos 
que hayan de concurrir á votar para el nombramiento de 
Elector, como también éste, han de ser precisamente ciudada- 



— 399 — 

danos délas Provi-^cias Unidas, quedando por lo tanto exclui- 
dos los Españoles que no tengan carta de ciudadanos- Segun- 
da. Que la reunión ha de ser para el solo indicado objeto que 
Vd. lia de presidir, y que los concurrentes han de dar sus votos 
públicamente y por el orden en que estén colocados. Tercera. 
Que estos votos han de escribirse por un individuo de la mis- 
ma junta que elegirá Vd. Cuarta. Que concluido este acto se 
hará un recuento de los sufragios, y aquel en que haya recaído 
el mayor número, será el Elector; y para el caso que dos ó más 
individuos salgan con igualdad de votos, el^^girá Vi entre 
ellos uno á pluralidad. Quinto. La reunión ha de ser una sola, 
de modo que no ha de disolverse sin haber desempeñado su 
objeto. Sexto. Que nombrado el Elector ha de presentarse 
inmediatamente en la sala capitular. 

« Yo espero de la acreditada prudencia y celo de Vd. no 
solo la observación de evitar prevenciones, sino también el que 
se guarde el mejor orden y tranquilidad en un acto tan sagra- 
do como el que va á practicarse. — Dios guarde etc. — Mon- 
tevideo, Octubre 18 de 1814. — Es copia : — Somellera. » 

Es casi superfluo agregar que con tales inspiraciones los 
electos debian responder fielmente á la voluntad del Goberna- 
dor ó á las recomendaciones que vinieran de Buenos Aires al 
efecto. — Coadyuvaba á este mismo resultado el hecho de que 
solo tomaban parte en esa elección los electores de la ciudad 
de Montevideo y los del Peñarol, Piedras y Miguelete, por no 
habe:^ querido concurrir los demás á ese simulacro electoral y 
ebtar el resto de la campaña bajo la acción de los facinerosos á 
que aludia Soler. 

Resultaron electos en consecuencia don Pedro Gabino Pérez 
y don Pedro Feliciano Cavia, cuyas afinidades y simpatías á 
favor de Alvear y su partido eran notorias. Especialmente los 
antecedentes políticos del último, como expulsado el c<ñ) 13 dtl 
ejército sitiador de Montevideo y de la Banda Oriental, por 



. — 400 - 

exijencias del General Artigas, eran un» garantía smpcrabun- 
dante dei^u sumisión y obediencia alas exijencias de lapolitica 
Alvearista y á su guerra implacable contra Artigas. 

El Cabildo dio á éstos diputados instrucciones generales y 
vulgares que publicaremos en oportunidad, en las que no se 
liacia la más leve mención, pero ni aun la más humilde súplica, 
en cuanto á la representación, política del país y su propia 
administración, contrastando asi del modo más vergonzoso con 
la altivez y extensas vistas y aspiraciones reorganizadoras de 
las TiistruccMnes expedidas por Artigas á los diputados electos 
por el Congreso Oriental del 21 de Abril de 1813. 

Todo esto tenia lugar al mismo tiempo que las fuerzas de 
x^lvear expedicionaban sobre distintas fuerzas de Artigas, 
hostilizándolas como á enemigos mortales sin que una sola vez 
el Cabildo de Montevideo hubiese tratado de interponer una 
palabra de conpiliacion ó de clemencia. 

Pero aún asi mismo, estas odiosas imposiciones sobra la ad- 
ministración política, municipal y judicial habrían podido to- 
lerarse y aceptarse con resignada complacencia si se les hubie- 
ra hecho valer para el bien procomunal y en servicio y mejora 
de un municipio ó ciudad que acababa d© pasar por las más 
tremendas y aflictivas torturas de un largo sitio de cerca de 
dos años, cuya población se había diezmado por el escorbuto, 
por el hambre y por toda clase de privaciones y miserias, y 
que caía en manos del vencedor como una víctima casi cada- 
vérica, la que en muchos años no podría recobrarse de la si- 
tuación desesperante en que las armas de la patria la recibían 
bajo sus gloriosas banderas. 

Pero aun asi mismo existían en Montevideo fuertes capitales 
pertenecientes á españoles pudientes que representaban las 
primeras fortunas del país. 

Ellas habían contribuido sin restricción á sostener la lucha, 



— 401 — 

agotándose en atender á los gastos de la defensa de la plaza, 
pero asi mismo ofrecian un abundante botin al vencedor . 

Dados estos antecedentes de pobreza, casi de mendicidad 
se reconocerá cuan profunda y dolorosa impresión dbbia produ- 
cir en el vecindario el siguiente Bando expedido por el General 
Alvear á los pocos días de su entrada á Montevideo. 



« Don Carlos de Alvear, Brigadier de los ejércitds de las Pro- 
vincias Unidlas del Rio de la Plata, Coronel del regimiento de 
infantería núm. 2, Inspector y General en Jefe del ejército del 
Este. 

« A consecuencia de las disposiciones del Exmo. señor Su- 
premo Director del Estado don Gervasio Antonio Posadas, y 
en conformidad del bando publicado en Buenos Aires en 13 de 
Enero de 1812, ordeno y mando, que todos los negociantes, 
almaceneros, tenderos, pulperos y demás habitantes de esta 
ciudad y su jurisdicción, que tengan en su poder cantidades 
de dinero, efectos ó deudas activas resultantes de testamenta- 
rias, consignatarios, habilitaciones, legados, mandas, y cuales- 
quiera otro género de contratos así públicos como confiden- 
ciales que iiertenozcan á sujetos residentes en hs* territorios de la 
Penínsida, Vireinato de Lima, y demás ■¡tneltos de la América 
suhyufjados á las armas de aquella, hagan una manifestación 
exacta de todas ellas en el término perentorio do cuarenta y 
ocho horas, al señor doctor don Pedro Pablo Vidal, Diputado 
do la Soberana Asamblea, Canónigo magistral de la santa 
Iglesia catedral de Buenos Aires, y encargado por el mismo 
Supremo Director, de este particular; y si no lo verificífsen y 
so descubriese alguna pertenencia no manifestada, se les con- 
fiscará irremisiblemente la mitad do todos sus bienes, é incu- 
rrirán en 'las penas de expatriación y privación de patria 

27 



— 402 — 

potestad, y demás dereclios de protección que dispensa el suelo 
y el Gobierno . 

« Todos los que por cualquier causa debiesen á sujetos de 
España, Vireinato de Lima, y cualquier otro pueblo de la Amé- 
rica subyugado á aquella, lo manifestarán en los mismos tér- 
minos y bajo las mismas penas al dicbo señor Diputado encar- 
gado, sin proceder á hacer pago alguno ulterior, en el concepto 
de que con los que verifiquen la manifestación ordenada, se 
tendrá consideraciones proporcionadas, para que en los ente- 
ros no sufran extorsiones sus fortunas propias. 

« Todos los Escribanos darán dentro de ocho dias al mismo 
señor Diputado una relación exacta de todas las escrituras y 
documentos de obligaciones, contratos, y deudas relativas á 
las procedencias espresadas, pena de privación de oficio ; y 
todo sugeto ó persona privada que sabiéndolo no lo denuncia- 
re sufrirá una multa considerable y pena aflictiva Todo el que 
transcursado el término mencionado, denunciare caudal, ac- 
ción, ó deuda de las antedichas pertenencias no manifestadas 
por los interesados obligados, accionistas, ó deudores, percibirá 
la tercera parte de lo que descubriere : y para que llegue á no- 
ticia de todos, y no pueda alegarse ignorancia, se publicará 
por bando en la forma acostumbrada, fijándose este en los pa- 
rajes públicos y da estilo. — Dado en el Fuerte de Montevideo 
á 4 de Julio de 1814. 

Airear. » 

Es indudable que la guerra que se hacia á los españoles era 
implacable y mortal, lo mismo á sus personas como á sus bienes, 
habiendo demostrado muy poco antes la tremenda conjuración 
de Alzaga en Buenos Aires abortada un dia antes de su explo- 
sión, para sofocar la cual se ajusticiaron treinta y ocho víctimas 
en pocos dias, algo como un cadalso en permanencia, que en 
esa guerra no se pedia ni se daba cuartel ni conmiseración, 
por que el dinero dejado en manos de los españoles empecina- 



_ 403 — 

dos de aquella época era un elemento peligroso para ocultas y 
constantes conspiraciones. 

La patria en aquellos tormentosos dias carecía de todo, tenia 
que sostener ejércitos en su interior y en sus fronteras y escua- 
dras en sus rios y puertos. Era necesario luchar por todas partes, 
y para la lucha el dinero era la base principal. 

Los recursos propios no bastaban. Era indispensable, pues, 
buscarlos como el elemento de guerra en la bolsa de los ene- 
migos. 

Pero el espectáculo que presentó Montevideo en esos dias no 
tenia relación ninguna con las verdaderas y apremiantísimas 
necesidades de la patria; y solo servia para fomentar la más 
inicua de las espoliaciones, en provecho particular, labrándose 
merced á ellas, escandalosas fortunas á la sombra de aquel 
saqueo sistemáticamente organizado. 

Nuestras p--ilabras podrían parecer parciales ó por demás 
apasionadas, aunque ellas sólo se inspiran en utia severa recti- 
tud, flajelando los atentados y los crímenes allí donde los en- 
contramos; y sobre todo esa vergonzosa esplotacion hecha por 
malos patriotas y traficante3 políticos de la más noble y sagra- 
da de las causas. 

Los documentos que en seguida publicamos, y quo han per- 
manecido inéditos hasta ahora, siendo asi mismo espedidos por 
los que estaban interesados en ocultar ó disfrazar la mons- 
truosidad do tales procedimientos, darán una idea más com- 
pleta de. lo que podríamos hacerlo nosotros mismos, sobre una 
administración quo hacia pesar sobre el rombre argentino y 
sobro las más gloriosas tradiciones de la «atria una bochornosa 
responsabilidad, 

Hú aquí dichos documentos unyn lectura recomendamos es- 
pecialmente, y los quo arrojan una clara luz sobro los tristes 
sucesos de aquel año, sobre el mal ejemplo quo ellos dieron á 
los orientales en la inmediata administración do Artigas, que 



— 404 — 

la sucedió, y sobre el desprestigio que arrojaron sobre el parti- 
do Alvearista al que tanto combatió Artigas. 

Principiaremos por la primera y suplicante solicitud presen- 
tada al doctor Heriora, llegado dos dias antes de Buenos Aires 
en representación del Director Suj^remo General Alvear para 
transar con Artigas. Dice a.si : 

« Si el objeto primordial de los Tribunales de Comercio es 
protejer en todos sentidos al negociante, y prepararse caminos 
para ensancliar su fortuna, con aprovecbamiento del Erario 
público, V. E. comprenderá toda la justicia con que la Dipu- 
tación Consular se apresura á interesar la consideración de V, 
S . en la consternación, padecimiento y atrasos del Comercio 
de esta plaza. 

«. Ocioso seria recordar á Y. S. la época anterior á nuestro 
tiempo, si no fuera preciso partir de este principio para venir 
en conocimiento de la suerte de los vecinos de este pueblo, y 
estado de sus fortunas después que la energía de nuestras ar- 
mas logró Eubj'ugarlo. Tres años de guerra la más obstinada 
y desoladora lo habían reducido á un estado de nulidad casi 
incajDaz de sufrir nuevas erogaciones; sin embargo, en el orden 
estaba, y muj justo era, que á la par de los demás pueblos, 
Montevideo con más razón que otro alguno ayudase á sostener 
los crecidos gastos del Gobierno, y con este objeto el Supremo 
Director del Estado tuvo por conveniente comisionar al señor 
Canónigo Magistral doctor don Pedro Pablo Vidal para que 
derramase una contribución extraordinaria sobre todo su ve- 
cindario y comercio, que sin perjuicio de la ordinaria y men- 
sual de que era encargado por el mismo Gobierno D. Antonio 
Islas, contribuyese al fin indicado. 

« La premura del tiempo unida á la multitud de ocupaciones 
que entonces rodeaban á dicbos S. S. Comisionados, burlando 
su actividad, capacidad y celo, no les dieron lugar á formar un 
verdadero cálculo sobre el principal de cada contribuyente; 



-- 405 — 

obra no menos difícil qne expuesta á los mayores yerros ; y en 
que para acertar es preciso combinación y tiempo ; y de aqui 
ban nacido los obstáculos que se han presentado en la ejecu" 
cion de una y otra; y los clamores y lágrimas en que se vé en- 
vuelto este Pueblo. 

« Hombres hay ( por ejemplo ) que debiendo pagar mil, solo 
se les exije ciento, en circunstancias que se miran otros que no 
pudiendo pagar ciento, se les demanda mil. Este contraste 
opuesto á toda ley de justicia, al paso que demanda una inme- 
diata reforma, tampoco produce ventajas al Estado, pues no 
hace más que obtruir aquellos mismos conductos que maneja- 
dos con igualdad y pulso no solo contribuirían con lo propor- 
cionado y lo justo, sino quo se pondrían después en estado de 
aumentarlo. 

« La suerte del objeto principal tampoco variaría de un modo 
notable y perjudicial al Estado, pues aunque fuese preciso 
descargar á los pobres, redimir á los insolventes, sería tam- 
bién necesario aumentar á los pudientes, comprender á los ex- 
cluidos, el resultado sobre poco más ó menos siempre sería el 
mismo con la gran diferencia ele haber desterrado las trabas y 
facilitado el camino del pago sin la ruina del contríbuyeute. 

« V. S. debe considerar que los comisionados de una y otra 
contribución, al tiempo de imponerla tuvieron muy presente y 
no perdieron de vista la nueva vida que debia tomar este pue- 
blo con la circulación y libre comercio con su campaña y que 
habiendo sido dolorosamente interrumpido hasta estos mismos 
instantes, los contribuyentes lejos de adelantar han apresurado 
su ruina, y aumentado sus desgracias, viéndose muchos de 
ellos obligados á ser arrestados ó secuestrados por no tener 
absolutamente como cubrir lo que les habia cabido; por provi- 
dencias tanto más gravosas cuanto que no iban de acuerdo 
con las generosas miras de nuestro Supremo Gobierno. Se 
agrega á esto que fuera de la indicada contribución fxtraordi- 



— 406 " 

nana, se acaba de derramar otra por el Administrador de esta 
Aduana comprendiendo á varios, que por su insolvencia ha- 
bian sido excluidos de la primera, aunque sujetos al pago de 
la ordinaria; de modo que convencido de la sinrazón y ningu- 
na proporción que ?e le ha guardado en dichas imposiciones, y 
no pudiondo escucliar sin dolor los clamores de tantos infelices 
que de continuo ocurren á mí á enjugar sus lágrimas, supli- 
cándome, que, como Juez y Padre del Comercio, haga presente 
al Supremo Gobierno su deplorable situación é incapacidad de 
j)odcr llenar y dar cumplimiento con el todo del gravamen 
impuesto, he creido de mi deber dirigirme á V. S. para que 
como representante del Exmo. Supremo Director, y en virtud 
de las altas fiicultades con q .le se halla autorizado, hecho cargo 
de cuanto llevo expuesto, se sirva mandar suspender todas las 
contribuciones, entre tanto se nombra una Comisión de aque- 
llos sujetos quG crea V. S. más al propósito, y de conocimientos 
para que arreglen la que á cada cual le corresponde según su 
capital y giro, ordenando al mismo tiempo la escarcelacion de 
los que por este, motivo se hallen presos por el Juez encargado 
de su exacción. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 

Diputación de Comercio de Montevideo, 9 de Febrero de 

1815. 

Firmado — Gerónimo Pió Bianqui. » 

Ante tan buen ejemplo dado por la Diputación Consular el 
Cabildo hizo valer también su influencia, suplicando al doctor 
Herrera en el mismo sentido en la siguiente nota: 

« Cuando las calamidades de la gue"^ra han agotado todos 
loa recursos de esto» habitantes, y gimen con el peso de la 
miseria á que se hallan reducidos, nuevos males aumentan 
sus angustias y talvez sin poderse proporcionar el sustento 
necesario, no puede ser indiferente el ayuntamiento á los im- 
pulsos de la piedad que le carecteriza, y aunque más de una 



— 407 — 

vez ha querido interponer sus respetos, á fin de que desapa- 
rezcan enteramente de su vista tan lamentables cuadros, ha 
tenido en consideración las necesidades de la guerra . 

« Hoy felizmente parece declinan estas con el buen resulta- 
do que prometen nuestros negocios políticos, si es que se trata 
de adquirir la paz fundada en los principios de la beneficencia 
y justicia, y así es que no puede menos que representar á V. E. 
el pesado gravamen con que se ven afligidos la mayor parte 
de estos vecinos . No ha sido suficiente hasta ahora el secues- 
tro, la prisión y todas las medidas que se han girado para es- 
traer de ellos la contribución impuesta; de modo que muchas 
familias se han visto en la necesidad de cerrar los ojos, y sepa- 
rar el oído del triste llanto de miserables víctimas arrastradas 
á esta cárcel jniblica donde estaba engrillado su único sosten 
por no tener como cubrir una asignación desmedida. 

« No es su ánimo denigrar en modo alguno la coraportacion 
de los encargados en la materia, porque los apuros pasados, 
acaso les obligarían á providencias tan eficaces; pero pues van 
á cesar estos, está visto que no es fá il atraer más que clamo- 
res y desdichas, suplica á V. S. encarecidamente, que intere- 
sándose por un pueblo tan desgraciado, haga si lo tiene á bien 
uso de sus altas facultades para aliviarlo de este pesado im- 
puesto, disponiendo cese desde hoy, si es posible, á cuyo bene- 
ficio retribuirán incesantemente eternas adoraciones, los que 
tengan la honra de disfrutarlo, y perpetuo agradecimiento esta 
Corporación, por haber sido el conducto para reclamarlo de su 
paternal beneficencia. — Dios guarde á V. S. muchos años. 

Sala Capitular de Montevideo, Febrero 10 de 1815. 

(Firmados)— Pedro G. Pérez — Juan M. Cal' 
dcyra — Tlwríhio López de Ubílhis — Juan 
B. Blanco — José Vidal — Bruno Méndez. 

Señor Delegado del Superior Gobierno D. Nicolás Herrera. 



— 408 — 

Terminaremos esta serie de documentos con ol más explícito 
y elocuente de todos, porque explica mejor que ninguno la 
tristísima situación de Montevideo en aquella época. 

Diez días después de esa comunicación la administración 
alvearista desaparecía de Montevideo, como lo hemos diclio 
antes, sin haber podido llevar á cabo los propósitos del doctor 
Herrera, no obstante que este había logrado ya cobrar del 
comercio 22,000 ^ por cuenta de su misión á España en 1806. 

« La idea, decia el doctor Herrera, que es tan fácil formarse 
del estado ]3olítico y mercantil de esta plaza después de sus 
largos padecimientos, era por sí may suficiente, aun cuando me 
fueran desconocidos los benéficos deseos de V. E. para em- 
prender la reforma de contribuciones de que instruye con los 
documentos 1 á 3, y somete á la aprobación Suprema la Comi- 
sión honrosa de mi cargo. En efecto, sofocada la industria, 
paralizado el comercio y exhausto el negociante por las repeti- 
das erogaciones á que fué obligado por el Gobierno del enemi- 
go, no puede darse una noticia adecuada de su enervación y 
consiguiente atraso, sí no es por las mismas dificultades que 
se han tocado en el cobro de la contribución que con el nom- 
bre de Contingente Extraordinario le impuso el Canónigo Ma- 
gistral doctor don Pedro Pablo Vidal, y cobra actualmente la 
Administración en esta Aduana. Yo estoy muy distante de 
pretender que la resistencia del negociante sea un buen baró- 
metro para graduar el estado de su fortuna; pero la clase de 
padecimientos á* que él suscribiere cuando le es dado evitarlos 
á costa de sacrificios pecuniarios, será siempre un poderoso 
indicante de la imposibilidad en que se halle para efectuarlos. 
El sosiego, las comodidades y los placeres de la vida familiar 
no se postergan fácilmente jDor los que están habituados á 
gozarlas, y en llegando el caso de hacerlo es preciso inferir ó 
que no hay medios para evitar el contraste ó que su oposición 
ha tocado el punto de insuperable. — Asi se ha visto en Mon- 



— 409 — 

tevideo que todas las medidas dictadas por el celo más acen- 
drado no han sido poderosas para hacer efectivo el cobro del 
Contingente Extraordinario sino en una parte, y esta misma 
no en numerario, sino en muebles y efectos que se malbaratan 
en las subastas que padecen, mientras se conservan según su 
clase más ó menos corruptible y producen un nuevo daño para 
el comercio, alterando con un barataje los precios naturales 
del mercado. 

« Pero en Montevideo se han reunido á esos males, otros 
abultados, al paso que inevitables ; porque preparada la ocul- 
tación ó concluidos los caudales mientras que el embargo de 
fincas y otros bienes raices era un arbitrio precario é inútil, se 
han visto los ejecutores de la Contribución en el lance forzoso 
de desamueblar las casas y estender los embargos á los útiles 
del negociante que exasperado con lo violento del recurso, y 
presentando su despojo al vecindario con los clamores que su- 
giere el dolor ó la venganza, ha conseguido hacerse de parti- 
darios en su desgracia, y detractores que hieren, empañan y 
comprometen con sus relaciones el decoro del Gobierno y la 
generosidad de sus planes. 

« El enemigo ha tenido destreza para sacar ventajas tam- 
bién de esta circunstancia, y con sus glosas acaba de arruinar 
la opinión que tanto importa al mejor suceso de la negociación 
entablada por orden de S. E. Sn cuto discernimiento compren- 
derá que empeñarse en terminar la guerra de Ja Banda Oriental 
y al mismo tiempo fomentar una de sus causas, como don José 
Artigas supone serlo el tratamiento de esto vecindario, era es- 
poner indiscretamente mi Comisión y los respectos de V. E. 
á un desairo ; mientras por otra parto la osperiencia de lo pa- 
sado nos hace ver cual seria el resultado de una nueva tasa 
para cuyo pago no existen ya ni los medios ni el tiempo que 
aprovechamos antes con tan deslucido fruto como dejo anun- 
ciado. 



— 410 — 

« Este todo do consideraciones es el mismo que representa- 
do por el Ilustre Ayuntamiento y Diputación Consular «levo 
al examen de V. E . para que arbitre definitivamente lo que 
fuero de su mejor agrado, llamando antes la atención Suprema 
hada el clamor general del vecindario, hacia el Uayito de las fami- 
lias, hacia él desierto que se ha formado en el seno de la mejor 
jJohlacion, y sohre todo, hacia las consecuencias que debemos espe- 
rar si empeñados en sostener providencias inverificahles nada hi- 
ciéramos por suavizar este cáncer que vá devorando la influencia 
del Gobierno Supremo, y estcdAeciendo sobre su propia debilidad 
los triunfos de un soldado á quien no pueden opoyierse las armas 
2)or causas de que supongo á V. E. informado, ni él concepto ni 
él clamor delpueblo porque no trabajamos para ganarlo. 

« Dios g;uarde á Y. E. muclios años. 

« Nicolás Herrera. 
« Montevideo, 14 de Febrero de 1815. 

« Excmo señor Director de las Provincias Unidas del Rio de 
la Plata. » 



» 3 3 ° P6 Sf S^-eg-t— 



Cómo se traicionó la causa Americana 
por los enemigos de Artigas. 



Meditando sobre tan grave atentado reproducido varias 
veces por facciones unitarias desde 1814 á 1819, reconocemos 
que se han de considerar como inverosímiles nuestras leales 
afirmaciones, acaso por su misma frauca y justiciera velie- 
mencia. 

Permítasenos, por lo mismo, acudir á pruebas irrefragables 
transcribiendo en seguida una nota que publica el doctor don 
Manuel R. García, actual Ministro Argentino en Londres, en 
el panfleto en que lia tratado de defender los procederes de su 
señor padre el doctor don Manuel J. García, como partícipe 
en la misión á Europa para poner de nuevo las Provincias Ar- 
gentinas bajo la dependencia del Rey de España, y en otras 
comisiones igualmente indignas de que más adelante habla- 
remos . 

El origen de esa aseveración no puede ser, pues, ni más 
auténtico ni más irrefutable. — La hace un eminente coadjutor 
y cómplice. 

Dice asi el Dr. García en la página 26 de su folleto, impreso 
en Buenos Aires el año pasado, combatiendo afirmaciones en 
contrario del doctor Rivadavia: 

« Entre tanto, lo que consta del archivo de la Secretaría de 
« Estado de Madrid es lo siguiente : 

« Primera comunicación. — De Rivadavia á Cevallos (el 
« Ministro del Reino). 

« Exmo. Señor: • 

« El 27 del corriente tuve la satisfacción do presentarme á 
« V. E. en cumplimiento de la Real Orden de 21 de Diciembre 



— 412 — 

« de 1815, de poner en sus manos la Credencial de mi Comi- 
« sion, y de explicarle el objeto de ella, así como los incidentes 
« que pueden influir más sustancialmente en el asunto. 

« Como la Misión de los Pueblos que me han diputado, se 
reduce á cumplir con la sagrada obligación de presentar á los 
pies de S. M. las más sinceras protestas de reconocimiento de su 
vasallage; felicitándolo por su venturosa y deseada restitución 
al Trono; y suplicarle humildemente el que se digne, como 
Padre de sus pueblos, darles á entender los términos que han 
de reglar su Grobierno y administración; V. E. me permitirá 
el que sobre tan interesantes particulares le pida una contes- 
tación, cual la desean los indicados pueblos, y demande la si- 
tuación de aquella parte de la Monarquía. 

« Dios guarde á V. E . muchos años. 

« Madrid á 28 de Mayo de 1816. 

« Exnio . Señor: 

« Bernardino Rivadavia.» 

No concluiremos esta trascripción sin indicar de paso, y por 
ser de verdadero interés histórico, que á pesar de esa nota tan 
vergonzosa é incalificable por la inicua traición que la inspira- 
ba, arrastrando por el barro las glorias y sacrificios de la pa- 
tria, el negociador recibió á los pocos días un oficio del Minis- 
tro Ceballos, en que después de graves inculpaciones por 
hechos que « aumentan las sospechas contra la liiena fé de que 
debía estar animada la conducta de unos sujetos que arrepentidos 
de la tenida hasta^, aquí acuden á la clemencia del mejor de los So' 
heranos, » le enviaba sus pasaportes mandándole salir de Es- 
paña! 

La traición recibía asi su condigno escarmiento . 



— 413 — 

Y esto acontecía en el mismo año y casi en el mismo mes 
en que el Congreso de Tucuman impulsado decididamente por 
el entusiasmo popular, proclamaba al fin la independencia de 
las Provincias Unidas! 

Volviendo ahora al General Artigas y sus perseguidores ó 
enemigos, ¿ qué respeto ni obediencia podia exijirse á ciuda- 
danos enérgicos qué como él liabian entrado en la revolución 
con toda la fogosidad y firmeza de su carácter, con la candida 
lealtad de su buena fé, y á los cuales venia á imponerse en se- 
guida una servil sumisión á un Notario de la Curia Eclesiástica 
elevado en Buenos Aires por las intrigas políticas, por la es- 
pada de su sobrino Airear, y por las sutiles cbicanas de su 
misma profesión á la primera gerarquia nacional como Direc- 
tor Supremo del Estado ? 

¿Cómo poder prestigiar ante aquellos ciudadanos rectos al 
mismo mandatario despótico que para mostrar su energía tizo 
expulsar de la Asamblea por denunciar en ella sus abusos y 
desmanes y los de sus partidarios en el ejército de la Banda 
Oriental al indomable Coronel Moldes, diputado por Salta, 
confinándolo desterrado á Patagones, urdiendo antes una ini- 
cua trama para invalidar su diputación? 

¿Cómo podia extrañarse ni censurarse que aquellos revolu- 
cionarios y patriotas de buena fé, combatiesen ardientemente 
á ese advenedizo Director Posadas que no llevaba á la causa 
de la patria ningún contingente de prestigio ni patriotismo en 
sus antecedentes políticos, comparado con tantos eminentes 
ciudadanos que así quedaban postergados, tan solo porque 
había sabido poner en hábil juego las influencias militares de 
su sobrino el general Alvear; Posadas que enviaba á buscar 
Royes en Europa para gobernar á los Argentinos; el mismo 
Posadas que debía dar el primero en América el horrendo 
ejemplo de poner á precio la cabeza de un gran patriota que 



— 414 — 

dos años antes había afirmado la libertad do estas provincias 
con la espléndida victoria de las Piedras? 

¿ Porqué no habia de pensar y opinar el General Artigas y 
sus partidarios como pensaba y opinaba el eminente Dean 
Funes, que tomó una parte tan activa é importante en toda la 
revolución americana, el leal historiador que hizo justicia * al 
libertador oriental, y el cual hablando de Posadas en la publi- 
cación que hizo en Buenos Aires el 2 de Obtubre de 1815, (se- 
gún el señor Zinny en su Bibliografía Histórica, pag. 150) ase- 
gura que « Posadas, el mal arbitro, el ilustre dispensador de 
« los empleos, ( refiriéndos?, entre otros, al grado de Brigadier 
« espedido á favor de Alvear) la sombra de los delincuentes 
« facciosos, el disipador de propiedades en depósito y públicas, 
« que desde la chacra, donde se hallaba, de Santa Coloma, so 
« burlaba de los hombres de bien, y hacía mérito de que era 

« inocente . » Que « Vieites, cuya vida se dilataba y que 

« constantemente había trabajado por sostener la facción aba- 
« tida, que era uno de los ejes principales de esa autoridad le- 
« gislatriz, de ese monstruo político que vimos levantarse.para 
« sellar los proyectos de degradación y abatimiento delospue- 
«blos; cuyos poderes se usurparon con desvergüenza, para 
« distribuirse los empleos, sostener al Ejecutivo y para ser los 
« más fieros asesinos del honor y derechos de las Provincias 
« Unidas, que fué obra de los venerallcs capaces do todo lo 
« malo, » etc. , etc. 

Aquellas traiciones á la causa americana que tanto se repro- 
dujeron después en otras sucesivas administraciones como 
aconteció en la inmediata del Director Alvear, brindando á la 
Inglaterra el dominio de estas provincias; en el Congreso de 
Tucuman y por Belgrano trabajando por levantar en la re- 
publicana Buenos Aires el trono de un monarca Inca sacado 
de entre los Cuícos del Alto Perú, « reí/ de ojotas y 2)citas puer- 
cas,-» como decía el cáustico Borrego combatiendo esa seria 



— 415 — 
t 

farsa do un Carnaval político, de Balcarce, Pueyrredon y del 
mismo Congreso pactando alianzas para traer un príncipe del 
Brasil, de Luca, de donde se pudiera, para gobernar Argenti- 
nos y Orientales; aquellas traiciones, decíamos, ¿ cómo podia 
esperarse que siendo conocidas como lo eran, á pesar de las 
espesas tinieblas en que so fraguaban, pudiesen inspirar la 
menor confianza á ciudadanos altivos y recelosos, que execra- 
ban con lealtad de convicciones toda dominación extrangcra, 
y enaltecían la igualdad cívica como la primera virtud del pa- 
triota ? 

En esas resistencias á los pérfidos planes que algunos círcu- 
los imperantes en Buenos Aires trataban de llevar á cabo, es 
en donde se 'lallaba el nervio y la vitalidad de lo que so llama- 
ba entonces rdonioneras. Esas muchedumbres hallaban su más 
noble bandera en la guerra á todo círculo, fuese gobierno ó 
facción, que intentase entregar el país á cualquier monarca 
extranjero. 

Aberración vergonzosa! Eso sentimiento de repulsión á las 
monarquías europeas en las masas que se llamaban háiharaSj 
era el que hacia congregar en un uniforme conjunto il los más 
enérgicos habitantes de los campos, alzándose contra algunas 
délas entidades políticas quo prodomiaaban en las ciudades, y 
que en medio do su refinada educación, de su distinguida posi- 
ción social, de su ilustrada inteligencia, estaban siempre pron- 
tas á exhibirse camo partidarios y humildes vasallos del pri- 
mer rej'ezuolo quo se importase al E,io de la Plata como el 
grande específico de tales Diücamaras para curar el invetera- 
do desorden amoncano, el virus ropublieano, el veneno dd Ar- 
iifjiiísmo, como dice el doctor López. 

Ante esa formidable corriente do opinión popular (jue vigo- 
rizaba la democracia de los campos dirigida por grandes cau- 
dillos, os como únicamente puedo explicarse la maravillosa 
pujauza do su fuerza, quo hace decir asombrado al General 



— 416 — 

Mitre lo siguiente, aunque sin querer reconocer la justicia que 
la fortalecía en su temible avance: 

« Sin el concurso (Nuevas Comprobaciones^ página 415) del 
contingente argentino, y sobre todo de su general, la espedi- 
cion á Lima era irrealizable. Sin necesidad de él podia el go- 
bierno salvarse, si es que no estaba irremisiblemente perdido, 
desde que contaba con diez mil cívicos en la capital de Buenos 
Aires y más de cinco mil hombres de las tres armas en campa- 
ña, contra 1,500 montoneros escasos y mal armados que lo ata- 
caban. Con el duplo y triple de esta fuerza, el gobierno no 
habia podido ejecutar una sola campaña feliz contra las pro- 
vincias disidentes, que proclamaban la federación de bocho, ó 
sea la independencia de su autoridad. 

«Derrotado en el empeño de avasallarlas, una vez en el Para- 
guay, otra en la Banda Oriental, tres en Entre -Eios y cuatro 
consecutivas en Santa Fé, no habia podido ni dominar siquie- 
ra militarmente á la última, aun contando con el concurso de 
3,000 veteranos del ejército del Norte que dirigió sobre ella. 

«El ejército del Norte, al mando del Greneral Belgrano, obe- 
deció á la primera orden del gobierno de marchar á combatir 
la guerra Civil. El resultado fué que se. perdió miserablemente 
sin combatir, haciendo más desastrosa la derrota y proporcio- 
nando á la anarquía fuerzas militares organizadas con que an- 
tes no contaba. Lo mismo se habría perdido el ejército de los 
Andes, como se 'perdió muy luego la parte de él que repasó la 
cordillera á territorio argentino, salvándose y utilizándose el 
resto por la desobediencia del General San Martin. 

«Estos dos ejemplos son dignos de la admiración de la poste- 
ridad, no obstante sus opuestos resultados, pero no pueden me 
dirse por el cartabón ordinario. » Hasta aquí Mitre. 

Debemos recordar ahora las palabras del General Paz para 
justificar los móviles que lo impulsaron á él y al General Bus- 
tos, á sublevarse cuatro años más tarde contra el General Cruz 



— 417 — 

en el tremendo pronunciamiento de Arequito para extirpar de 
raíz los propósitos monarquizadores de Paeyrredon, tratando 
al fin de adoptar el ejemplo que les venia dando Artigas desde 
1814, de defender la independencia provincial, y amenazar 
con una invencible resistencia todo proyecto de imponer un 
rey á los pueblos del Plata . 

« ¿Qué se proponia el Gobierno de Buenos Aires (dice en 
« sus Memorias el General Paz, el eminente disciplinario, el 
« correcto militar de escuela, de la Tablada, de Montevideo, de 
« Caaguazú) abandonando las fronteras del Perú, y renuncian- 
« do á las operaciones militares tanto allí como sobre los puer- 
« tos del Pacifico? 

« ¿Qué se pretendía en esa concentración de fuerzas de línea 
« en Buenos Aires? ¿Era para oponerlas a algunos cientos de 
<< montoneíos, o para apoyar la coronación del Príncipe de Lu- 
« ca"^ — Cada uno resolverá esto según sus convicciones ? 

« Preservado Buenos Aires del incendio y rohiisteddo el po- 
«. der del Gobierno con un ejército numeroso y con algún otro 
« q?ie podria traer el presente Monarca^ hubiera recobrado su 
« influencia cuando no se hubiera emprendido una nueva con- 
« quista, sin adyertir que esos pueblos abandonados serian 
« una presa fácil de los ejércitos españoles que nos observa- 
« ban, y que no combatían sino por la sujeción completa á la 
« metrópoli. 

Despechado contra esas declaraciones del gran capitán Cor- 
dobés, trátalo duramente en su despecho el doctor López en 
su Revolución Argeyítina (pajina 1,068, tomo 4.°) y hace in- 
discretamente esta revelación que os la mejor defensa de 
Artigas : 

« ¿ Quién las propagaba ( las ideas rev(^ucíonarias ) ? es cla- 
« ro: los que encabezaron el motín de Arequito; es decir el par- 
« tido comunal de Córdoba, que el señor Paz llama la gente 

28 



— 418 - 

« decente, y que nosotros llamaremos la burguesía anarquista 6 
« montonera que tendía abiertamente á la disolución del Or- 
« ganismo Nacional. Esto es muy importante para que poda- 
« mos juzgar del carácter de los sucesos y de la conducta de 
« los hombres que figuraban en ellos. El Coronel Paz era, como 
« lo vamos á ver, el jefe de este partido anárquico y disolvente 
« que era en Córdoba lo que el partido de Artigas en la Banda 
« Oriental, lo que el partido de Ramírez en Entre-Ríos, lo que 
« el de López en Santa Fé, lo que el de Araoz en Tucuman, lo 
« que el de Güemes en Salta, lo que el de Ibarra en Santiago, 
« y por fin, lo que era en cada provincia el partido del caudillo 
« que la había segregado para poseerla y dominarla. Por mala 
« que sea la compañía, vamos á ver dolorosamente al Coronel 
« Paz en juego y en acción con esos fines después del escánda- 
« lo de Arequíto. Comprendiendo las tintas sombrías que 
« aquella época de su vida arrojaba sobre su nombre, se ha 
« hecho en sus Memorias, para iustificarse, el eco excesivamen- 
« te injusto .de todas las calumnias y de todos los absurdos que 
« las facciones turbulentas levantaron entonces contra el Di- 
« rectorio de Pueyrredon y contra los beneméritos hombres ie 
« la primera década . 

« Para justificar la revolución inicua de Arequíto necesita 

« echar mano como Sarratea y Ramírez de la alta traición de 

« los Congresales que obrahan tenebrosamente^ según él, para 

'« sojuzgar el país aun príncipe extranjero y á los ejércitos que 

« este principe debía traer. » 

Hasta aquí el Dr. López. 

Por más que éste sofisme, como se ve, queda marcado en alto 
relieve en la historia^rgentína que la mayoría de los pueblos 
execraban la política funesta y tenebrosa que se intentaba ha- 
cer preponderar por el partido Unitario, fuese él dirigido por 
Posadas, por Alvear, por Álvarez Thomas ó por Pueyrredon, y 



— 419 - 

que éste á pesar de tales resistencias, reincidía incorregible en 
sus planes de defección de la causa republicana. 

Es asi como se explica palmariamente como tales procedi- 
mientos, tales dujílicidades y traiciones no podian menos de 
minar por su base todo edificio politico que se intentase levan- 
tar sobre ellas en Buenos Aires. 

Sublevando justísimas resistencias y desconfianzas, ellas 
debian venir irresistiblemente á proyectar y agigantar sobre 
el escenario politico al gran caudillo director de esas resisten- 
cias, á la inflexible personalidad de Artigas, que se ponia al 
frente de estas, que las robustecía con su tenaz firmeza, con la 
vehemente sinceridad de sus convicciones republicanas. 

Es asi como Artigas, á pesar de esas resistencias y de esas 
persistentes duplicidades, salvaba la democracia del Rio de la 
Plata de un premeditado sacrificio ofrecido en aras de una mo- 
narquía extranjera. Sin ¿1, seríamos siibditos de algún re3'e- 
zuelo, en vez de ciudadanos de libres democracias. 

Aun considerando en conjunto todas las calamidades que 
han afligido estas repúblicas en sus atroces guerras civiles, y 
meditando sobre sus funestas consecuencias, aun así mismo, 
ante la alternativa del oprobio do una monarquía borbónica 
como la quo intentaron implantar entro nosotros los enemigos 
do Artigas, profesamos y sostenemos la opinión del historia- 
dor IMotley en su Introducción á su «Historia de la República 
Holandesa» : 

« Indudablemente (dice ésto) la historia do la libertad hu- 
« mana en Holanda y Flandes, como en cualquiera otra parto 
« donde existe semejante historia, envuelve muchas escenas de 
« turbulencias y do sangre, si bien estos cuadros pictóricos han 
« sido exagerados por los historiadores. Con todo esto, esa 
« misma mensualidad, esa soberbia, esas sediciones y levanta- 
« mientes, son síntomas do vida. — Aquellas peciueñas patrias 
« ó comunidades tenían sangro en las venas. — Rebosaban do 



— 420 — 

« altanería, de la conciencia de su propio valer, y tenían vigo- 
« rosos músculos. Los tumultos niiís sangrientos que hayan 
« existido á la luz del sol, eran preferibles al orden y al silen- 
« cío que reinan en las oscuras Catacumbas del despotismo. » 



— «>««OíK>®«*"»— 



Entre transar con Artigas ó traicionar la causa 
Americana, se prefirió lo último. 



No es de este lugar acumular los imiDortantes y numerosos 
documentos que hemos coleccionado á aquel respecto, ni dedu- 
cir todas las consecuencias que fluj'en de su examen y estudio. 

Ellos entrarán extensamente en el cuerpo de esta obra, de- 
biendo limitarnos aquí á meras indicaciones de un carácter 
general, aunque no por eso menos interesantes, ni menos bien 
fundadas y exactas. 

El gran cargo que liacian á Artigas los círculos gubemistas 
imperantes en Buenos Aires desde 1814 basta 1820, era prin- 
cipalmente el de encabezar y fomentar en las Provincias una 
anarquía disolvente, inconciliable con toda organización polí- 
tica más ó menos ordenada y dócil á los desatentados ensayos 
de organización nacional que se iban iniciando día á día en la 
capital, y que se sucedían unos á otros en el vértigo revolucio- 
nario de las oligarquías porteñas. 

A sw turno. Artigas luchando obstinadamente por la auto- 
nomía política y administrativa de la Provincia Oriental, y 
por la de las demás que él acaudillaba 3^ protegía, ganaba cada 
día más terreno y más prosélitos, y cimentaba su poder anu- 
lando y derrotando por do quiera á sus adversarios. 

Así como sus armas avanzaban victoriosas, las ideas iguali- 
tarias y federativas que simbolizaba su bandera, prepondera- 
ban cada día más en el ánimo de los pueblos del Interior, como 
el dogma de una causa común; y aseguraban rápidamente su 
definitivo triunfo. 

Al llegar aquí, creemos conveniente comprobar esta afirma- 



— 422 — 

oion reproduciendo en seguida los dos oficios siguientes que 
liasfca ahora no se han publicado, dirigidos al General Artigas, 
uno por el Cabildo de Córdoba, y otro por el Jefe de la Guar- 
nición de la misma ciudad, General don Francisco Antonio de 
Ocampo, el mismo que mandaba en jefe la primera expedición 
salida de Buenos Aires en 1810 á fin de sostener la revolución 
de Mayo en las provincias del interior. 

Cual sería entonces la temible influencia del General Arti- 
gas en la mayor parte de las provincias como su director y 
defensor, puede deducirse del tenor de esas comunicaciones, de 
una de las cuales resulta que á una intimación de aquel dirigi- 
da desde Entre-E-ios, renunciaba su mando el jefe de las fuer- 
zas nacionales en Córdoba, y dejaba a] pueblo cordobés en li- 
bertad de elejir su nuevo gobernador decididamente artiguista! 

Poco después de ese singular cambio de autoridad producido 
á 200 leguas de distancia por un solo oficio del Jefe de los 
Orientales, fué cuando las autoridades de Córdoba le enviaron 
el presente de una magnifica espada con vaina de oro, que se 
guarda como una preciosa reliquia en el Museo de Montevideo 
y en la cual se lee la siguiente inscripción. 

«La espada del General Artigas » 

« Córdoba en sus primeros ensayos a su protector 

el inmortal General don José Artígas » 

■ En la hoja : 

« Córdoba independiente á su protector 
General don José Artigas : año de mil ochocientos quince.» 

He aquí las notas á que hemos hecho referencia: 
« Si la Libertad, ese ídolo de todos los pueblos americanos, á 
quien han sacrificado sus fortunas, y consagrado sus vidas, en 
la tranquilidad y seguridad pública, la moderación particular 



— 423 — 

y el imperio de las leyes; si V. S. es el protector de esta Liber- 
tad ; cuan dulce y consoladora debe ser esta idea al virtuoso y 
patriota pueblo de Córdoba que representamos ! Invocando, 
pues, la patria, los derechos del hombre, la filantropía, y los 
nombres más sagrados, este Pueblo dá á V. S. las gracias por 
su protección, y en vista de ella ha procedido á la elección del 
nuevo Jefe que ha recaído en el Coronel don José Navarro Diaz. 

« El pueblo de Córdoba después de repetir á V. E. su más 
vivo reconocimiento, cree que sin herir la magnanimidad de 
V. S. debe añadir que en el caso inesperado de padecer ofensas 
sus derechos, protesta con esa misma libertad que V . S. ha 
garantido, que aunque sufriese las condiciones de su indefen- 
sión obedeciendo al imperio de las circunstancias, siempre vo- 
larán sus deseos hacia la encantadora y amada imagen de la 
Libertad. Así contesta á V. S. el pueblo agradecido de Córdo- 
va, suplicando so sirva dispensar la tardanza de la respuesta 
que no ha estado á su arbitrio el evitar. Dios guarde á V. S. etc. 

« Sala Capitular y Pueblo unido de Córdoba — 29 de Marzo 
de 1815. 

José Norherto Allende — José Manuel Solares 
— José Luis Escolar — José Felipa Marín — T7e- 
tono Freites — Vicente Corvalan — Pedro Antonio 
Lar id — Félix Dcdmacio Pinero — Felipe Arias 
— Mariano Lozano — Por Comisión del Pueblo , 
■ — José Antonio Cabrera — José Roque Lavid. 

« Señor General en Jefe de las fuerzas Orientales, don José 
Artigas, » 



El mismo día en que el Cabildo de Córdoba aceptaba tan 
entusiastamente la protección de Artigas; el General Ocampo 
le dirigía esta otra nota resignando de mal talante, pero resig- 



— 424 - 

nando el mando ante la orden del prestigioso caudillo que en 
esos momentos preparaba en la Bajada del Paraná su ejército 
para invadir la provincia de Buenos Aires y combatir á Alvear. 

« Ni yo, ni la Guarnición de esta plaza, aunque reconocemos 
á la suprema autoridad constituida por los pueblos libres, ja- 
más hemos oprimido á estos ciudadanos. Es una fuerza dotada 
por el mismo pueblo para mantener el orden y tranquilidad 
pública, pues jamás ha necesitado de otra. 

« Así que recibí la comunicación de V. S. del 24, y mo impu- 
se de la que dirigió á este Ilustre Ayuntamiento, en que le ma- 
nifiesta el pleno goce de sus dereclios, y que había sido llama- 
do y convocado por ese pueblo, cité por Bando á todos los ciu- 
dadanos al Cabildo abierto: allí hecha demisión de mi empleo 
me retiré para que con entera y absoluta libertad, deliberasen 
sin mi asistencia sobre la intimación de V. S. El cuerpo capi- 
tular le dirá mi comportacion franca y generosa en esta parte 
y que aunque como hijo de la Provincia tenia un relevante de- 
recho como primer ciudadano, mi principal objeto se contrajo 
á que el pueblo goce de quietud y sosiego. 

« Queda pues el mando, y la tropa de esta dotación á dispo- 
sición del mismo pueblo, y de la autoridad que ha constituido, 
y por consecuencia exonerado yo del mando que me confirió 
el Supremo Gobierno. Me retiraré adonde me acomode, pues 
soy persona libre para elegir el domicilio que más me adapte. 
Devuelvo á V. S. las mismas espresiones con que me honró. 

.Dios guarde á "V. S. 
Córdoba, Marzo 29 de 1815. 

Francisco Antonio de Ocampo. 

Al Señor General en Jefe don José Artigas. » 



— 425 — 

Hechos de esta clase tan admirables y convincentes sobre 
el prestigio del Protector de los Pueblos Libres debian haber 
persuadido á los círculos y gobiernos unitarios dominantes en 
Buenos Aires, que la causa sostenida por aquel morecia y re- 
clamaba ser acatada y aceptada conciliatoriamente como una 
inevitable trasformacion política sostenida por la mayoría de 
la nación, que debía operarse por la razón ó la fuerza. 

Pero en lugar do pactar con aquel movimiento político na- 
cional que se imponía á las camarillas gubernativas, prefirióse 
defeccionar de la causa americana, trayendo un rey extran- 
jero. 

Necesitamos sobreabundar en pruebas á este respecto á fin 
de llevar al ánimo del lector iraparcial el convencimiento sobre 
quienes fueron los verdaderos autores de esos atentados . 

Nada puede presentarse más fehaciente y verídico á este res- 
pecto que los detalles que presenta y los califioativos que em- 
plea el mismo Greneral Mitre en su Historia de Bélgrano al na- 
rrar los principales incidentes que prepararon y coadyuvaron 
á la invasión portuguesa contra la Banda Oriental. 

Vamos á transcribir una de esas pajinas escritas con sútü 
habilidad y con elevada serenidad de espíritu al juzgar esos 
hechos, pero en la que se conoce cuan violento esfuerzo cuesta 
al historiador argentino el no dajar correr la pluma lacerante 
do Juvenal, flagelando sin compasión las traiciones, las dupli- 
cidades, y las insidias de los políticos y diplomáticos de los tres 
Directorios que proponían la venta de la patria por treinta di- 
neros en las antesalas de los Ministros de Negocios Extrange- 
ros de algunos monarcas Europeos, y especialmente en el Ja- 
neiro ante el Rey de Portugal . 

Podríamos nosotros trascribir algunos de los principales do- 
cumentos que so encuentran consignados en el memorable 
Proceso original de alta traición formado en Buenos Aires por 
orden del Gobernador Sarratea contra el gobierno del Director 



— 426 — 

Pueyrredon y contra los principales miembros del Congreso de 
Tucuman ; pero preferimos por aliora autorizar nuestras afir- 
maciones con las del mismo General Mitre, por mas que este 
en su sistemática é injusta malevolencia contra el General Ar- 
tigas haga uso de frases injuriantes, al mismo tiempo que» 
arrebatado por sus sentimientos de lealtad, reconoce y enaltece 
la firmeza de convicciones del gran caudillo Oriental y la in- 
fluencia qu© estas tuvieron en la salvación del sistema repu- 
blicano entre nosotros, combatiendo las tenebrosas intrigas de 
algunos monarquistas argentinos y orientales. 

Dice así el General Mitre, (Tomo segundo pajina 409 y 410) 
aunque velando con cordial templanza y con atenuaciones so- 
físticas la gravedad de los atentados que como historiador jus- 
ticiero y republicano debiera estigmatizar sin reticencias . 

« Los jDueblos anarquizados y los caudillos anárquicos, de- 
senvolvían fuerzas, que de otro modo habrían permanecido la- 
tentes destruyendo con ellas el instrumento viejo, obstando con 
su resistencia inconciente á que triunfasen irroyectos bastardos 
como los dé Sarratea, Bélgrano y Rivadavia en Londres, y los 
de García en E,io Janeiro. El mismo Artigas, con su brutali- 
dad y sus instintos disolventes, representciba ante Ja sociabilidad 
argentina un principio de vida mas trascendental que el que 
sostenia el diplomático argentino en la Corte del Brasil, empu- 
jando ó creyendo empujar á las tropas portuguesas para elimi- 
nar una fuerza que, aimque bárbara, era una fuerza vital cuya 
pérdida debia debUitm^ él organismo argentino. 

« Por eso, ante la opinión ardiente de los contemporáneos, 
lo mismo que ante el juicio sereno de la posteridad, la política 

TENEBROSA QUE VENIMOS HISTORIANDO, HA SIDO IGUALMENTE CON- 
DENADA, porque ella sin resolver ninguno de los problemas de la 
revolución, los compilicaba; sacrificaba él porvenir de la república 
á los miedos del momento, y dado que sus designios se realizasen, 
■enervaba por una serie de geyíeracioyies las fuerzas de un pueblo 



— 427 — 

indejjendiente y libre, degradando él carácter nacional, y hasta 
renegaba de la propia rasa. » ! ! 

Hasta aquí el General Mitre. 

Bastaría á nuestro propósito la trascripción anterior, pero 
-ella queda incompleta sino robustecemos sus consecuencias 
con la reproducción de varios documentos análogos al que pu- 
blicamos antes, de don Bernardino Rivadavia, y que comple- 
mentan el triste cuadro de esas traiciones á la causa america- 
na, per^jetradas por los mismos que más combatieron y calum- 
niaron á Artigas y que asi justificaron sus fundadas resisten- 
cias. 

Hé aquí la Instrucción dada por el Director Posadas, el mis- 
mo que puso á aquel fuera de la ley, dirigida al General Bel- 
grano en la misión que envió á Europa en 1814 para traer un 
principe español con conocimiento y aprobación de algunos 
do los principales miembros do la Asamblea General Constitu- 
yente: 

Instrucciones dadas por el Director Supremo Posadas al Gene- 
ral Belgrano en su misión á Europa. 

« Como el exacto desempeño y éxito feliz de la Comisión 
encargada á V. S. y á don Bernardino Rivadavia exije que di- 
vidan su atención para gestionar con igual destreza en las 
coi tes do Madrid y Londres, según el semblante que presenten 
los tratados en la primera, se hace preciso que dirigiéndose á 
ella solo su socio, fije V. S. en esa su residencia para aprove- 
char las circunstancias, y sacar todo el ¡partido posible de las 
noticias y comunicaciones que deberá hacer aquel á V. S. des- 
de Madrid; quedando siempre expedito en un caso imprevisto 
y desgraciado que haga desaparecer toda esperanza de conci- 
liación por parte del Monarca, para adoptar medidas y enta- 
"blar pretensiones de acuerdo en todo con don Manuel Sarratea 



^ 428 — 

á efecto de proporcionar las mejores ventajas y la pacificación 
de estas provincias, sobre bases sólidas y pennanentes. En su 
consecuencias y considerando que el viaje y permanencia en 
España de don Bernardino Rivadavia debe ponerlo en la ne- 
cesidad de causar mayores gastos, he determinado que lleve 
consigo las dos terceras partes de los fondos destinados á la 
comisión quedando V. S. con lo restante para su subsistencia, 
mientras que le lleguen los socorros pecuniarios que trataré 
de hacer poner en manos de V. S. con la calidad de remitir las 
dos terceras partes al expresado don Bernardino E-ivadavia 
durante su existencia en España — Dios guarde á V. S' mu- 
chos años. Buenos Aires, Diciembre 10 de 1814. 

Gervacio Antonio de Posadas. 

Al Brigadier don Manuel Belgrano. 

La siguiente comunicación revelará también la lealtad de 
convicciones del mismo Gobierno de Posadas, dirijida por su 
Ministro el doctor Herrera al doctor Passo, Enviado en Chile : 

« Reservado — El supremo Director despacha al general Pe- 
zuela un Diputado, espresándole haber cesado los motivos de 
continuar la guerra entre el gobierno de Lima y el de estas 
provincias, después de ocupado el trono por el señor don Fer- 
nando VII ; q^ie nosotros nos entenderemos con S. M. á quien 
dirijiremos oportunamente nuestros diputados, para conciliar 
nuestros derechos con los que él tiene al reconocimiento de 
sus vasallos ; que anuladas las cortes por su magostad ( á cuyo 
fin se le remite copia del decreto de la materia ) no existen los 
principios en que podia fundar la agresión á nuestro territorio, 
y se le hacen sobre tales bases las más serias protestas, 
reencargando la responsabilidad ante el trono hasta de la 
sangre que se derramase por su oposición al retirarse hasta el 



— 429 — 

Desaguadero, dejando libres los pueblos que correspondían 
á este vireinato; y que en caso de no hallarse facultado para 
este procedimiento, lo consulte al virey de Lima, haciendo ce- 
sar hasta su respuesta las hostilidades. Todo esto es con el ob- 
jeto de retardar sus operaciones, paralizar sus movimientos y 
adelantar nosotros las medidas que tomamos para despedirlo 
con la fuerza de nuestro territorio, y en todo caso i)ara justifi- 
car con un reconocimiento indirecto los derechos del señor don 
Fernando. S. E. me ha ordenado se lo comunique á usted, como 
lo verifico para que se insiniie con ese gobierno á efecto de que 
dé el mismo paso con el General Gainza y logre por este me- 
dio los mismos fines que nosotros nos hemos propuesto. — 
Buenos AireSj Agosto 24 de 1814. — Dios guarde á usted etc. 

« Nicolás de Herrera. 
« Señor don Juan José Passo, » 

Los documentos que anteceden revelan la intima y decisiva 
dirección do Posadas en esos inicuos planes para traicionar á 
los patriotas, y monarquizar la América. ¿ Qué extraño es qué 
así procediese el desleal mandatario que quería gobernar estos 
pueblos aunque fuera poniendo un « banco ó un taburete cómo 
Rey de los argentinos » según le escribía cínicamente á Ron- 
deau, en la carta que éste publicó en su Auto-biografía ? 

Veamos ahora caer y envilecerse en las mismas defecciones 
vergonzosas al sobrino y sucesor del Director Posadas. El be- 
nemérito y arrogante General Alvear, á los pocos días de ha- 
berlo reemplazado á aquel en el mando supremo, pero siempre 
conservando como su Ministro de Relaciones Exteriores al 
doctor don Nicolás Herrera, proponíase entregar las Provin- 
cias Unidas al Roy do Inglaterra, cuyas banderas se ostenta- 
ban en los templos argentinos como nobles trofeos de guerra 



— 430 — 

antes que transar con los patriotas que dirigidos por Artigas^ 
imperaban en las provincias que se llamaban anarquizadasr 
porque no querían someterse al férreo yugo del mismo Alvear.. 

Hé aquí ujia de las notas dirijidas por Alvear, de que fue 
portador á E-io Janeiro el mismo doctor don Manuel Garcia. 
que inició con ella su triste carrera diplomática, comisionado 
al efecto para apresurar y realizar esa colosal traición ; la cual 
á no haber sido por los sucesos que se desenvolvían en Europa 
después de la vuelta de Napoleón de la isla de Elba en los 
Cien días, y por las resistencias cada vez más victoriosas de 
Artigas, habría presentado el odioso fenómeno de un gobierno 
nacional, entregando su nación á un odiado poder extrangero! 
Y j monstruosidad pasmosa ! elejiase para esa entrega al másma 
poder que siete años antes había rendido en un sangriento 
asalto á la E-econquistadora Montevideo, dejando atroces re- 
cuerdos, y más tarde en justiciera retaliación rendido sus po- 
derosas armas en tremendos combates en Buenos Aires ! ! ! 

! Qué horribles degradaciones oculta nuestra triste y des- 
consoladora historia ! ■. 

Hé aquí la nota dirigida al efecto por el Director Alvear á. 
Lord Strangford, Ministro Británico en Eio Janeiro en esa 
época. 

« Muyseñor mió : don Manuel Garcia, mi Consejero de Estado 
instruirá á V. E. de mis últimos designios con respecto á la 
pacificación y futura suerte de estas Provincias. — Cinco años 
de repetidas esperiencias, han hecho ver de un modo indudable 
á todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está 
en edad ni en estado de gobernarse por si mismo, y que nece- 
sita una mano esterior que lo dirija y contenga en la esfera del 
orden, antes que se precipite en los horrores de la anarquía, 
Pero también ha hecho conocer el tiempo la imposibilidad de 
que vuelvan á la antigua dominación, por que el odio á los 
Españoles, que ha excitado su orgullo y opresión desde el 



— 431 — 

tiempo de la conquista, ha subido de punto con los sucesos j 
desengaños de su fiereza durante la revolución. Ha sido nece- 
sario toda prudencia política y ascendiente del Gobierno ac- 
tual para apagar la irritación que ha causado en la masa de 
estos habitantes, el envío de Diputados al Rey. La sola idea de 
composición con los españoles, los exalta hasta el fanatismo, y 
todos juran en público y en secreto morir antes que sujetarse 
á la metrópoli. En estas circunstancias solamente la generosa 
nación Británica puede poner un remedio eficaz á tantos males, 
acojiendo en sus brazos á estas Provincias que obedecerán su 
Gobierno, y recibirán sus leyes con el mayor placer ; por que 
conocen que es el único media de evitar la destrucción del 
país, á que están dispuestos antes que volver á la antigua ser- 
vidumbre, y esperar de la sabiduría de esa nación, una existen- 
cia pacífica y dichosa. 

« Yo no dudo asegurar á V. E. sobre mi palabra de honor, que 
este es el voto y el objeto de las esperanzas de todos los hombres 
sensatos, que son los que forman la opinión real de los pueblos^ 
y si alguna idea puede lisonjearme en el mando que obtengo^ 
no es otra que la de poder concurrir con la autoridad y el po- 
der á la realización de esta medida toda vez que se acepte por 
la Gran Bretaña. 

«Sin entrar en los arcanos de la política del Gabinete Inglés^ 
yo he llegado á persuadirme que el proyecto no ofrece grandes 
embarazos en su ejecución. La disposición de estas provincias 
es la mas favorable, y su opinión está apoyada en la necesidad 
y en la conveniencia, que son los estímulos más fuertes del 
corazón humano. 

« Por lo tocante á la Nación Inglesa no creo que puedo pre- 
sentarse otro inconveniente, que aquel que ofrece la delicadeza 
del decoro nacional por las consideraciones de todos á la alianza 
y relaciones con el Rey de España. Pero yo no veo que esto 
sentimiento de pundonor haya de preferirse al grande interés 



— 432 — 

que puede prometerse la Inglaterra, de la posesión esclusiva 
de este continente, y la gloria de evitar la destrucción de una 
parte considerable del nuevo mundo, especialmente si so refle- 
xiona que la resistencia á nuestras solicitudes, tan lejos de 
asegurar á los Españoles la reconquista de estos países, no ha- 
ria más que autorizar una guerra civil interminable, que lo 
haria inútil para la metrópoli en perjuicio de todas las naciones 
Europeas. La Inglaterra que ba protegido la libertad de los 
negros en la costa de África, impidiendo con la fuerza el co- 
mercio de esclavatura á sus más íntimos aliados, no puede 
abandonar á su suerte á los habitantes del Rio de la Plata, en 
el acto mismo en que se arrojan á sus brazos generosos. (!) Crea 
V. E. que yo tendría el mayor sentimiento, si una repulsa pusiese 
á estos pueblos en los bordes de la desesperación; por que veo 
basta que punto llegarían sus desgracias, y la dificultad de 
contenerlas, cuando el desorden haya hecho ineficaz todo re- 
medio. Pero yo estoy muy distante de imaginarlo, por que 
conozco que la posesión de estos países, no es estorbo á la In- 
glaterra para espresar sus sentimientos de adhesión á la España, 
en mejor oportunidad, y cuando el estado de los negocios, no 
presente los resultados funestos que tratan de evitarse. 

Yo deseo que V. E. se digne escuchar á mi enviado, acordar 
con él lo que V. E. juzgue conducente, y manifestarme sus 
sentimientos, en la intelijencia que estoy dispuesto á dar todas 
las pruebas de la sinceridad de esta comunicación, y tomar de 
consuno las medidas que sean necesarias, para realizar el pro- 
yecto, si en el ooncepto de V. E. puede encontrar una acojida 
feliz en el ánimo del Rey y la Nación. — Dios guarde etc., — 
Buenos x'^ires. Enero 23 de 1815. 

Carlos de Álvear. 

Exorno, señor Visconde Strangford, Embajador de S. M. B. en 
la Corte del Brasil.» 



— 433 — 

Veamos ahora como se expedían en Europa y Brasil los 
comisionados de Posadas, señores Sarratea, el mismo que tanto 
liostilizó á Artigas, el doctor E-ivadavia, el General Belgrano, 
y el doctor García, á fin de traer como en andas un Rey Ar- 
gentino y Oriental. 

Como en inculpaciones tan graves como las que hacemos á 
los mas encarnizados enemigos de Artigas, es necesario ser ante 
todo rigorosamente justicieros, dando á cada uno la parte que 
le liaya tocado en aquellos siniestros planes, creemos indispen- 
sable hacer constar la siguiente declaración del General Bel- 
grano, que es sin duda una salvedad, tratando de demostrar 
su rol secundario 3'' pasivo en esa odiosa negociación, en que 
sin duda era seducida su candidez por la sutil astucia y dupli- 
cidad de sus colegas. 

En un Informe presentado al Director Supremo interino en 
Buenos Aires, el tres de Febrero de mil ochocientos diez y 
seis, dando cuenta de su misión á Europa, se expresa en estos 
términos, que merecen tenerse en cuenta com .^ una atenuación 
siquiera de la mal meditada participación en esas odiosas de- 
fecciones del leal y caballerezco vencedor de Salta y Tucuman. 

Dice así el General Belgrano : 

« Fué consiguiente á esto que don Bernardino Rivadavia 
« tratase de metodizar el plan y darlo existencia de un modo 
« sólido, y ponerse todo tan en orden que á haber querido el 
« Rey, nada tenia que hacer sino firmar : enseñó a Sarratea 
« como había de extender las Instrucciones que todos tres fir- 
« mamos, y como se había de dirijir en su presentación al Rey: 
« en una palabra, Rivadavia fué el director del asunto, como 
« perfectamente instruido en nuestros sucesos, y con atención 
« á todos los conocimientos que posee, y el pulso y tino que le 
« acompaña; quedándome á mi solo el ser escribiente del todo.» 

Las o])iniones indindnálcs de Belgrano, sin hallarse bajo la 
presión de engañosos sofismas, pueden conocerse mejor conje- 

a9 



— 434 — 

tarándolas por el siguiente párrafo de una carta que dirijía al 
mismo doctor Rivadavia desde Jujuy en 19 de Agosto de 
1812, la que se encuentra en el Apéndice de la obra del General 
Mitre. 

« Crea Yd. que ningún cuidado tengo por las cosas de Eu- 
« ropa: sé que la España no lia de ser sino lo que quiera Napo- 
« león, y que en nada nos puede perjudicar : nosotros jamás 
« debemos aspirar á tener relaciones con ninguna de las naciones 
« que la habitan : ellas tendrán cuidado de traernos lo que necesi" 
« temos, y de buscar nuestra amistad por su propio interés ». 

Permítasenos al llegar aqui un recuerdo de nuestra primera 
juventud, relativo á estas mismas tristes revelaciones de la his- 
toria patria. 

En la obra en Inglés de Sir "Woodbine Parisli «Buenos Ai- 
res y las Provincias del Rio de la Plata » que tradujimos y 
anotamos extensamente hace treinta y un años, de que hablá- 
bamos antes, se contenian en el Apéndice algunos de los docu- 
mentos que evidenciaban esas vergonzosas defecciones. Entre 
ellos se incluía la reverente petición y súplica dirijída á Carlos 
IV por Belgrano y Rivadavia, y otros documentos relativos 
á negociaciones análogas. Por un sentimiento de dignidad y 
aun de candor juvenil, como Argentinos, y aun como una 
amarga decepción á que no queríamos resignarnos, ni en la 
que podíamos creec, esperando á mejores pruebas, nos decidi- 
mos á suprimir algunos de esos documentos, de cuya irrecusable 
autenticidad ninj pronto después nos cercioramos y ratifica- 
mos. 

Con esto motivo decíamos entonces lo siguiente al anunciar 
esa supresión (T. 2, p. 394) 

« En el original inglés hay uh documento firmado por el 
« General Belgrano y el doctor Bivadavia, datado en Londres 
« el 16 de Mayo de 1815, y que precede á los anteriores por 
« su fecha; pero su contenido es de tal carácter, que me he per- 



— 435 -- 

« mitido omitirlo en este apéndice. Esta omisión despoja á 
« esta traducción española de un valioso agregado ; pero on 
« cambio, ella será bien acojida por los corazones generosos, 
« que preferirán la privación de una estéril curiosidad, al opro- 
« bio que pueda recaer sobre nombres y reputaciones que como 
« el del primero, son el mas glorioso timbre de la hidalguia 
« Argentina. Sírvame esto de escusa, como también los esfuer- 
« zos (aunque inútiles) que lie heclio por encontrar eu la Bi- 
« blioteca de Buenos Aires, y en algunas particulares, algunos 
« documentos correlativos que esplicasen el que he omitido ». 

Hé aqui ahora los dos documentos que liemos elejido entre 
tantos otros igualmente demostrativos do la pasmosa perver- 
sión de ideas, de la incalificable traición que se prospectaba á 
fin de extirpar del suelo argentino y oriental las gloriosas tra- 
diciones de Mas^o, al triunfo de las cuales se liabian consagra- 
do en alma y vida los ciudadanos de estas provincias, entre los 
cuales le liabia tocado á Artigas y á los Orientales una tan 
noble iniciativa. 

Hé aqui dichos dos documentos : 

Proyecto de convenio con Carlos IV. 

« Don Manuel Sarratea, don Bernardino Rivadavia y don 
Manuel Bel gra 10, plenamente facultados por el gobierno de 
las Provincias del Rio do la Plata, para tratar con el Re}" 
Nuestro Señor, el señor don Carlos IV (que Dios guarde) á 
fin de conseguir del justo y piadoso ánimo de S. M. la institu- 
ción de un Reino en aquellas provincias y cesión de él al Se- 
renísimo Señor Infante don Francisco de Paula, en toda y la 
más necesaria forma: 

Prometemos y juramos, á nombre do nuestros comitentes 
que en el caso que la Corte do Madrid resentida por tan justa 
medida, retire ó suspenda, en parte, ó en todo, las asignaciones 



— 436 — 

que están acordadas al Rey Nuestro Señor Don Carlos IV, se- 
rá inmediatamente asistido con la suma igual que se le hubie- 
re negado, ó suspendido, en dinero efectivo, por el tiempo que 
durase la suspensión ó resistencia de la mencionada Corte á 
cumplir en estas partes sus obligaciones. 

En igual forma nos obligamos á que en caso de fallecimien- 
to del E,ey Nuestro Señor D. Carlos IV ( Que Dios no permita) 
se sufragarán á la Rp-ina Nuestra Señora, Doña María Luisa 
de Borbon, las mismas asignaciones por via de viudedad, du- 
rante toda su vida ( ! ! ) 

Y á fin de que la prefijada obligación sea reconocida por el 
Gobierno y la Representación de las Provincias del Rio de la 
Plata, y el Príncipe qiie en ellas sea constituido, estendemos 
cuatro ejemplares del mismo tenor, tres de los cuales se remi- 
tirán á Nuestro Rey y Señor; para que dignándose admitir 
este testimonio de nuestro reconocimiento, quiera devolvernos 
dos de ellos con su Real aceptación para los fines indicados, 
quedando el cuarto en nuestro archivo, firmados y sellados 
con el sello de las Provincias del Rio de la Plata en Londres á 
diez y seis de Mayo de mil ochocientos quince. 

Manuel de Sarratea — Bérnardino Rivadavia — 
Manuel Belyrano. 



Proyecto de convenio con Godoy el Principe de la Paz 

Don Manuel Sarratea, don Bérnardino Rivadavia y don 
Manuel Belgrano, plenamente facultados por el Supremo Go- 
bierno de las Provincias del Rio de la Plata, para tratar con el 
Rey Nuestro Señor, el señor don Carlos IV (Que Dios Guarde) 
y todos los de su real familia á fin de conseguir del justo y 
poderoso ánimo de S. M. la institución de un Rejmo en aque- 



— 437 — 

lias Provincias y cesión de él al Serenísimo Infante don Fran- 
cisco de Paula etc. 

Por el presente declaramos en toda y en la mas bastante 
forma: qué en justo reconocimiento de los buenos servicios 
para con las mencionadas Provincias del Serenísimo Señor 
Príncipe de la Paz, hemos acordado á S. A. S. la pensión anual 
de un Infante de Castilla, ó lo quo os lo mismo la cantidad de 
cien mil daros al año, durante toda su vida y con el juro de 
lieredad para él y sus sucesores habidos y por haber (!!) 

En consecuencia, nos obligamos en igual forma; á que luego 
que los DijDutados don Manuel Belgrano y don Bornardino 
Rivadavia, lleguemos al Rio do la Plata con el Serenísimo 
señor Infante don Francisco de Paula, se librarán todas las 
disposiciones necesarias para que se abra" un crédito, donde y 
á satisfacción de S. A. S. el señor Príncipe de la Paz; á fin de 
que pueda percibir con oportunidad y sin perjuicio la pensión 
acordada, por tercios, según la costumbre de las tesorerías de 
América. 

« Y á fin do que la citada pensión, sea reconocida y ratifica- 
da por el Grobiorno y Representación de las Provincias del Rio 
do la Plata, y necesariamente por el Príncipe de la Paz, para 
que puesta su aceptación en dos de ellos nos los devuelva á los 
fines indicados, quedándose con el tercero para su resgua^'do 
y el cuarto qu« deberá registrarse en nuestro archivo, firmados 
y sellados con el sello de las Provincias del Rio de la Plata, en 
Londres á diez y seis de Maj'O de mil ochocientos quince. 

«Manuel (lo Sarrafca — Bi'rnunVnto Jília- 
(lavia. — Maniif'l Belf/rniio.» 

Tres años después de estas tentativas bastardas, cuando es- 
taba ya casi consumada la conquista de la Banda Oriental, y 
cuando más airado se demostraba el sentimiento de las pro- 
vincias argentinas contra la dominación odiada de Puej'rre- 



— 438 — 

don ( ante su despotismo y crueldad, fusilando á tantos de sus 
defensores ) por sus pactos inicuos con el Portugal, y por las 
invasiones que había decretado contra el Entre-E-ios y Santa 
Fe; en esos momentos supremos en que negros nubarrones en 
el horizonte político anunciaban la inminencia de la catás- 
trofe final; Pueyrredon con su Ministro Tagle, y el Congreso 
funcionando por entonces en Buenos Aires, adonde se había 
trasladado desde Tucuman, daban la última mano á la gran 
trama de traer á las provincias argentinas por medio de don 
Bernardíno Rivadavía, el ilustre político, pero el indisculpable 
diplomático de las traiciones nacionales, y el canónigo don Va- 
lentín Gómez, enviado expresamente para ayudarle en su ar- 
dua empresa; de traer, decimos, para las provincias argentinas 
al Príncipe de Luca, bajo el protectorado de la Francia, como 
E/ey de las Provincias argentinas inclusa la Banda Oriental y 
el Paraguay, debiendo extrañarse que no se hubiese incluido 

el Alto Perú. 

f 

Concluiremos esta serie muy compendiada, trascribiendo un 

párrafo de una extensa nota del Ministro doctor Tagle de 3 de 

Setiembre de 1819, dirijida al doctor don Valentín Gronzalez, 

que es mas jjertinente al caso en cuestión : 

« Si hay entre los grandes poderes combinación anticipada 
« para el reconocimiento en su caso de nuestra«índependericia 
•« bajo formas 'monárquicas, es también anticipada sobre esto 
« la resolución del Soberano Congreso. En las Instrucciones da- 
« das á los Diputados García y E-ivadavia, y en las que se dieron 
« á V. S.. está marcada la conformidad de ideas en esta parte, 
« con el aditamento, solo de que no se admita Príncipe alguno 
« de la dinastía reinante en España, ú otra de inferior orden. 
« No por eso deb© V. S. tomar la iniciativa sobre el reconoci- 
« miento de la independencia en los térmiaos indicados. ( ! ) 

« Todo lo contrarío, y es de esperar que V. S. no se separe 



— 439 — 

« un punto de la conducta que se ha propuesto seguir en otra 
« parte, y comunica en su nota oficial de 20 de Abril. ■!> 

Completarán estas vergonzosas comprobaciones la nota del 
Ministro doctor Tagle remitiendo al Enviado Extraordinario 
del Gobierno do las Provincias Unidas del Rio de la Plata las 
Instrucciones expedidas por el Congreso á efecto de monarqui- 
zarlas y firmadas j^or el Presidente del mismo doctor Severo 
Malavia en Buenos Aires á 13 de Noviembre de 1819; casi en 
el mismo mes en que los caudillos del litoral en alianza con el 
General Artigas, enarbolaban la bandera que en la batalla de 
Cepeda, junto con la sublevación de Arequito, dirijida por los 
coroneles José M. Paz y Bustos, debia extirpar esa nefanda 
prostitución de la soberania y de las glorias de las Provincias 
Argentinas. 

Hé aquí dichos documentos: 

« En la adjunta copia tiene V. S. la resolución del Sobera- 
no Congreso, y las Instrucciones á que debe arreglarse sobre 
el grande proyecto indicado por el Ministro francés y comuni- 
cado por V. E. en nota oficial de 18 de Junio. 

« Una detenida meditación sobre las ventajas y desventaja! 
del proyecto sobre las observaciones de V. E. y sus fundadas 
sospechas, ha fijado la resolución. Por ella resulta escepcio- 
nado el articulo 7 de las Instrucciones generales, se ocurre á 
cualquiera asechanza que pueda envolver la propuesta, y se 
pone en manos de V. S. el que proporcione á su país los dias 
de felicidad á que aspira. Si el Ministro no ha variado de 
ideas, si la frialdad y especie de indiferencia de que informa 
y. S. en nota 12 de Agosto no tiene por objeto desistir ó se- 
pararse de la propuesta, espera el Gobierno que sabrá V. S. 
manejar el negocio con el pulso y madurez que demanda su 
alta importancia, y que ciñéndoee á las Intrucciones del Sobe- 
rano Congreso procederá en todo conforme á su tenor y al 



— 440 — 

espíritu que arrojan. — Dios guarde á V. S. muchos años. — 
Buenos Aires, Noviembre 19 de 1819- Gregorio TagU. — Se- 
ñor Enviado Extraordinario D. Valentin José Gómez.» 

Instnicciones enexas á que se refiere el anterior. 

« Reservadísimo— Exmo. Señor. El Soberano Congreso, ha- 
biendo examinado en las sesiones del 27 y 30 del mes anterior 
y 3 y 12 del presente, el contenido de la comunicación dirigi- 
da con fecha 18 de Junio último por el Enviado extraordina- 
rio cerca de los poderes Europeos D. José Valentin Gómez, 
que V. S. acompañó á su nota reservadísima del 2G del mes 
próximo pasado, ha acordado lo siguiente: 

« Que nuestro Enviado en París conteste al IMinistro de Re- 
laciones Exteriores de S. M. Cristianísima, que el Congreso 
Nacional de las provincias Unidas en Sud América ha consi- 
derado con la mas seria y detenida meditación la propuesta 
que hace del establecimiento de una monarquía constitucional 
en estas Provincias, con el fin de que, bajo los auspicios d© 
Prancia, se coloque en ella el Duque de Luca, enlazado con 
una princesa del Brasil, y no la encuentra inconciliable ni con 
los principPoles objetos de la revolución, la Libertad, é Inde- 
pendencia política — ni con los grandes intereses de las mis- 
mas provincias. Pero sin embargo, siendo el primero j mas 
sigrado de sus deberes promover eficazmente su sólida felici- 
dad, poniendo término á la efusión de saagre, y á las demás 
calamidades de la guerra interior, y exterior, por medio de 
una paz honrosa y duradera con la España y con los grandes 
poderes de la Europa, bajo la base de su Independencia abso- 
luta 3' de las relaciones comerciales de recíproca utilidad, para 
decidirse por ellas, necesitaría que se le hiciesen efectivas las 
ventajas que envuelve el proyecto, y por lo mismo preferiría 
para Gefe del Gobierno al principe que se hallara en mejor 
-aptitud y con mayores recursos para realizarlas, y allanar los 



— 441 — 

obstáculos que pueden presentarse. Que bajo de estos princi- 
pios la autoridad representativa de la Soberanía de estas Pro- 
vincias podrá conformarse con la propuesta , bajo el tenor de 
las siguientes condiciones: Primera — Que S. M. Cristianisima 
tome á su cargo allanar el consentimiento d© las cinco altas 
Potencias de la Europa, especialmente el de la Inglaterra y 
aun el de la misma España. Segunda — Que conseguido este 
allanamiento, sea también del cargo del mismo rey Cristianí- 
simo facilitar el enlace matrimonial del Duque de Luca, con 
una princesa del Brasil, debiendo esto enlace tener por resul- 
tado la renuncia por parto de S. M. F. de todas sus pretensio- 
nes á los territorios que poseía la España, conforme á la última 
demarcación, y á las indemnizaciones que pudiera tal vez soli- 
citar en razón de los gastos invertidos en la actual empresa 
contra los habitantes de la Banda Oriental. Tercera — Que la 
Francia se obligue á prestar al Duque de Luca una asistencia 
entera do cuanto necesite para afianzar la monarquía en estas 
Provincias y hacerla respetable: debiendo comprenderse en 
ella, todo el territorio, y la antigua demarcación del Vireina- 
to del Río de la Plata, y quedar por lo mismo dentro de sus 
límites las Provincias de Montevideo con toda la Banda 
Oriental, Entre-Ríos, Corrientes, y el Paraguay. C//«/-fíí— Que 
estas Provincias reconocerán por su monarca al Duque de 
Lu-^a, bajo la Constitución política que tienen jurada, á es- 
cepcion de aquellos artículos que sean adaptables, á una for- 
ma de Gobierno Monárquico-hereditario; los cuales se refor- 
marán del modo constitucional que ella proviene. — Quinta — 
Que estando convenidas las principales potencias do la 
Europa en la coronación del Duque de Luca, deberá rea- 
lizarse el proyecto, aun cuando la España insista en su empe- 
ño de reconquistar estas provincias. — Sejrta —Que on ese caso 
ó hará la Francia que so anticipe la venida del Duque de Luca ^ 
con todas las fuerzas que demanda la empresa, ó pondrán á 



— 442 — 

este Gobierno en estado de hacer frente á los esfuerzos de la 
España, auxiliando con tropas, armas, buques de guerra, y un 
préstamo de tres ó mas millones de pesos , pagadaros luego 
que se haya concluido la guerra y tranquilizado el pais. — Sep' 
tima — Que de ningún modo tendrá efecto este proyecto, siem- 
pre que se tema con fundamento que mirando la Inglaterra 
con inquietud la elevación del Duque de Luoa, puede empe- 
ñarse en resistirlo y frustrarlo por la fuerza. — Octava — Que el 
tratado que se celebre entre el Ministro de Relaciones Exterio- 
res de la Francia y nuestro Enviado, deberá ser ratificado den- 
tro del término que para ello se señale, por S. M. Cristianisima 
y por el Supremo director de este Estado, con previo consen- 
timiento del Senado, según las formulas constitucionales. — 
Novena — Que á este fin se procurará nuestro Enviado el tiem- 
po que se considere necesario para que pueda volver de aqui 
despachado este asunto de tan alta importancia, conduciéndolo 
con toda la circunspección, reserva y precaución que impone 
su naturaleza delicada, asi para que no aborte el proyecto, 
como para impedir las consecuencias funestas que ocasionarán 
(si llega á traspirar prematuramente) las glosas malignas que 
sabrán dar los enemigos de la felicidad de nuestra Patria. (!!) 

Lo comunico á V. S. de orden soberana para sus efectos 
consiguientes, con inclusión de la nota original de nuestro en- 
viado, y Memoria del Barón de Reynebal. — Sala de sesiones 
en Buenos Aires á 13 de Noviembre de 1819. — José Sevebo 
Malavia, Presidente — Ignacio Nuñez, Pro-Secretario. — Al 
Exmo. Supremo Director del Estado. — Es copia — Tar/le.» 

Los documentos que anteceden bastan por si solos á justifi- 
car nuestras afirmaciones. Habia en los pueblos un inquebran- 
table propósito de adquirir á todo trance la libertad que tan 
entusiastamente habia prometido la revolución de Mayo. 

Ante ese acendrado y uniforme patriotismo los directores de 
la politica habrían debido reconocer desde Buenos Aires que 



^ 443 -^ 

«n medio de las turbulencias tan inherentes á tan radical tras- 
formacion política y social como la que se operaba entonces; las 
muchedumbres urbanas y rurales entrañaban un amor ardiente 
á la patria, que nada podia amortiguar, ni mucho menos extirpar. 

Con esa base inconmovible los hombres de acción como Ar- 
tigas habian asegurado su prestigio y ofrecian ante overturas 
conciliatorias una ancha puerta para organizar federativa- 
mente aquellas provincias dispuestas á la conciliación. 

Dia más, dia menos, veiase cercano el momento histórico en 
que hubiera podido surjir una tentativa ó un ensayo si- 
quiera de Confederación Argentina, anticipándose cuarenta 
años á su definitiva organización actual. 

Con menos infatuación y soberbia, y con mas ilustración y 
patriotismo, ante aquel cuadro aleccionador de imponentes ó 
insuperables resistencias provinciales dirijidas por Artigas, 
legitimadas cada dia mas por el buen éxito de sus armas, los 
obcecados directores de la política gubernativa en Buenos Ai- 
res, tanto la tenebrosa y absorvente Logia Lautaro, el boa 
constrictor de todas las ambiciones, de todas las intrigas anti- 
populares; asi como los Directores Supremos que allí goberna- 
ban en virtud de motines militares, sin mas prestijio que la 
voluble voluntad de sus pretorianos ; habrían debido compren- 
der, sino por virtud i^or dura necesidad, qué liabia llegado la 
hora suprema de los avenimientos y de la transacion con los 
hermanos en armas. 

Ante las conveniencias vitales del país, los políticos mas 
obtusos y recalcitrantes habrían reconocido su error, condoli- 
dóse de los pueblos quo condenaban á una guerra permanente, 
y transigido al menos ante la fuerza invencible de los hechos, 
oon los caudillos provinciales, encabezados por el formidable 
Artigas, asi como se transó en el Pacto de Santo Tomé reco- 
nociendo la autonomía do Santa Fé, y mas tardo en los Trata- 
dos del Pilar, después de la oprobiosa derrota de Cepeda. 



.- 444 — 

Mediante mutuas concesiones, habríase llegado asi á combi- 
nar una Convención federativa provisoria, la cual, aunque no 
hubiese creado una Confederación perfectamente organizada, 
verdadera utopia que era de todo punto prematura entonces 
dada la incompetencia de aquellos políticos y estadistas, ha- 
bría restituido al menos la perdida cohesión á aquellas pro- 
vincias que se desmenbraban y agredían mutuamente; ha- 
bría doctrinado á sus hombres de acción, habría cegado el abis- 
mo de sus recíprocos odios, y reconocido en principio lo que 
ya se imponía por la violenta preponderancia y coacción de 
los hechos. 

Pero en vez de aceptar este salvador temperamento, el úni- 
co patriótico, el imico honorable y fecundo para todos, cre3''ose 
que él importaría una vergonzosa abdicación de las preemi- 
nencias de la capital del Yireínato, que se creían más inviola- 
bles y sagradas por los Directores Supremos y sus círculos que 
las del fuero divino en las monarquías. Prefirióse, entonces, 
mellada y. rota la espada de las invasiones sangrientas é in- 
cendiarias, excavar sigilosa y torvamente una solución en los 
medios más reprobados y execrables: en la traición á la ¡íatria. 

JDurante algunos años ese fué el carácter distintivo y sinies- 
tro de la alta política Directorial. Por no pactar conciliatoria- 
mente con Artigas y sus numerosos adictos en las Provincias, 
salvando la República en su cohesión nacional, devolviéndole 
su fuerza 3' sli integridad, no hubo escrúpulo en pactar con la 
traición, y perpetrar por cuatro veces distintas el crimen de 
lesa patria. 

Últimamente y como coronación de tan nefanda obra, prefi- 
rióse ayudar á erijir el trono de un monarca extrangero y su 
aborrecida dominación sobre las cenizas de la Banda Oriental,, 
labrando con mano de Caín la indefinida é irredimible escla- 
vitud de sus leales hijos. 



Las pruebas de la traición — Complicidad con la 
invasión portuguesa. 



Mandóse en consecuencia á solicitar por medio del flexible 
y habilisimo doctor don Manuel J. García, al Eio Janeiro, á 
los reales pies de Su Majestad Don Juan YI de Braganza, que 
tenia alli su Corte y gobierno, la mano extranjera que debia 
venir á dar la más inicua de las soluciones á esa lucha emi- 
nentemente fratricida: coincidiendo en esos mismos trabajos y 
reservada complicidad los dos sucesivos Directores, el arequi- 
peño General Alvarez — Thomas y el General An*^onio Gonza- 
los Balcarce, dirijidos siempre por el depravado Ministro doc- 
tor Tagle, completando mas tarde su pérfida obra el Director 
Pueyrredon con el mismísimo Ministro. 

Pero antes de entrar á presentar algunas pruebas irrecusa- 
bles de esa inicua complicidad, parécenos oportuno transcri- 
bir á continuación algunos párrafos de la obra tantas veces 
citada del doctor López, que ratifican la misma afirmación, y 
dan á la vez una idea de cómo el pueblo de Buenos Aires 
reprobaba tan culpable política, y como ese historiador descri- 
be los preliminares de la traición, presentándola plácidamente 
y hasta con fniicion, como una labor de hábil y honorable 
sagacidad. 

Dice asi el doctor López en la página 255 del Tomo 1.'': 

« El coronel Dorrego, don Manuel Moreno, el doctor don 
Pedro Agrelo, malisimamente predispuestos, aunque por diver- 
sos motivos cada uno para con el Coronel Moldes, para con el 
Congreso, y para con San Martin, habían comenzado á agitar 
el espíritu local porteño, poniéndolo en alarmas contra los 



— 446 — 

vejámenes y los peligros que le vendrían de Tncuman; y uno 
de los grandes cargos que comenzaban á propalarse, era : que 
se habia resuelto sacrificar á la Banda Oriental y á Buenos 
Aires, al favor de una infame intriga para entregarlos al yugo 
Portugués. Nadie designaba al autor, ni los detalles, pero todos 
estahan profundamente convencidos de la existencia del complot. 

Era este uno de esos rumores anónimos, singularmente im- 
pregnados de verdad que vagan y vagan impalpables, á la vez 
que son notorios para todos. « No se ocultó nunca á los jefes 
« de los pueblos de la liga federal (decia don Estanislao López 
« en un Manifiesto) que el Ex-Director Alvarez liabia entregado 
« al Bey de Portugal la Provincia Oriental, y que este plan 
« fué segundado por sus sucesores. No era pequeño el conflicto 
« en que nos ponia una intriga de esta naturaleza; y penetra- 
« dos de la impotencia á que nos reduela la falta de armas, 
« para empeñar, con tan corto número de tropas, una guerra 
« ofensiva contra el ejército Portugués 3'- el de Buenos Aires, 
«c auxiliados por los generales Belgrano y San Martin, apela- 
« mos al arbitrio de ilustrar á nuestros conciudadanos, del modo 
«. vil con que se nos ohligaha á besar la mano de un Monarcw 
« Déspota etc ». 

« Alvarez - Tilomas liabia caido bajo esta tormenta de ele- 
mentos encontrados 3^^ tumultuarios que haciaii de toda la 
E-epúblicá (incluso el Congreso d© Tucuman ) un caos de ideas, 
de calumnias, de ambiciones microscópicas, y de propósitos en que 
nadie se enfendia, para saber bien lo que era preciso temer, y lo 
que era preciso liacer. Derrumbada la base de sus miras, bien 
se comprende la responsabilidad del doctor Tagle, y el peligro 
que corría, si se Imbiera descuhierto la solución con que él liabia 
querido cortar aquel nudo de desatitios y de miserias. No babía 
hombre alguno entonces que liubiera podido tener tranquili- 
dad, ó juicio para comprender sus fines, y para cooperar á ellos 
sino uno solo ; pero San Martin estaba lejos ; y esa distancia lo 



— 447 — 

ponía perplejo en medio de los conflictos del momento. La si- 
tuación era, pues, enteramente nueva. Alvarez-Thomas liabia 
sido sostituido por el General don Antonio González Balcarce, 
que le era tan inferior en talentos y en habilidad, como supe- 
rior en glorias militares y en inocencia angelical ( ¡ ! ) Hombre 
de cortos alcances, y subido al poder bajo el influjo de una si- 
tuación tumultuaria y exitaciones populares, el General Bal- 
carce se encontró tironeado de mil lados, sin que le fuera dado 
atinar con lo que debia hacer, ni con el rumbo preciso que de- 
bía dar á los sucesos. El doctor Tagle, que, como todo hombre 
TRAVIESO ERA DOBLE ( ¡ ! ) procuraudo maniobrar siempre con 
aquel egoísmo flexible de los políticos más consistentes, para 
no perderse, imitó á las orugas : se volvió concreto, inocentón, 
impasible, decidido á esperar, para ver de que lado se pronun- 
ciaba el influjo verdadero que debía dar solución á las dificul- 
tades del día. Puso un grandísimo cuidado en no descubrirse, 
Xior que los intereses orientales comenzaban á sonar alto en las 
pasiones dominantes ; y se dejó andar al favor de todas las cor- 
rientes encontradas que se estaban disputando el poder de 
echar al país en alguno de los mil sentidos que cada promotor 
de ideas prefería. Cuando sintió que era irremediable la caída, 
desastrosa de Alvarez-Thomas. el doctor Tagle supo bordejear 
diestramente entre los escollos, y logró conservarse de Minis- 
tro con el doctor Obligado, al lado [del nuevo Director, el ge- 
neral Balcarce. Pero, por mucho cuidado que pusiera para 
ocultar en el silencio su af retida iniciativa de complicidad con el 
trono portugués un rumor sordo y lleno de irritaciones la seña- 
laba, como se ha visto. » 

Hasta aquí el doctor López. Se reconocerá que no puede 
presentarse ni recordarse de un modo mas acomodaticio y con- 
ciliador la iniquidad do semejante política y la astucia maquia- 
vélica del doctor Tagle, del iniciador j fautor de ese diabólico 
plan. 



— 448 — 

Ya veremos en otra parte como trata el mismo doctor Ló- 
pez no de atenuar siguiera, sino de justificar un procedimiento 
tan anti-americano y suicida para las mismrs Provincias del 
Rio de la Plata, en las que el sentimiento popular, según él 
mismo tiene que confesarlo, reaccionaba indignado contra la 
sola sospecha de que tal crimen pudiera prepetrarse, como se 
perpetró, en las tinieblas de ocultos conciliábulos. 

Fuera de muchos documentos que prueban la traición de los 
tres Directorios sucesivos, movidos todos por el insidioso Dr. 
Tagle, y los cuales se hallan consignados en el escandaloso 
Proceso de Alta Traición mandado formar al Congreso de Tu- 
cuman y al Directorio por el G-obierno de Sarratea en 1820, 
como s© verá en el cuerpo de esta obra; y de los no menos im- 
portantes que ha publicado el general Mitre en su interesan- 
tisima Vida de Belgrano, en el Apéndice del Tomo 3.*', bastará 
á nuestro objeto por ahora trascribir una nota dirijida por el 
Director Supremo de Buenos Aires al Diputado de las Provin- 
cias Unidas, residente en Rio de Janeiro, Dr, don Manuel J. 
Grarcía, y las contestaciones de este, informando á su Gobierno 
de la feliz terminación dada á esas siniestras negociaciones. 

La autenticidad de esos tristes documentos es incuestiona- 
ble, desde que ellos han sido publicados recien el año pasado 
por el mismo hijo de aquel Agente Diplomático, el Dr. don. 
Manuel E,. García , como una vindicación de las deprimentes 
pero justifica-das inculpaciones que se han hecho á aquel. Por 
desgracia para este, ellas lejos de paliarse ó atenuarse siquie- 
ra, se ratifican ampliamente j)or esos mismos documentos. 

Hé aquí dichas notas : 

« El Gobierno ha dado parte al Congreso Nacional del esta- 
do que toman nuestras relaciones exteriores , y de anuncios 
hechos por Vd. sobre las que podian establecerse con esa Corte. 

« El Congreso ha mostrado las disposiciones más favorables á 
este respecto, j cree que los vínculos que lleguen á estrechar 



— 440 — 

estas Provincias ron esa Nación, sean él mejor asilo que nos reste 
en nuestros con/fictos 

« El negocio se trata con un interés y nna reserva que casi 
parecen increibles en el crítico estado de nuestras cosas. V. S. 
pues, en el desempeño de su comisión, dele aprovechar los ins- 
iantes para tratar con ahsoluta preferencia de este particular, re- 
mitiendo un detalle de cuanto se solicitare, y de las ventajas 
que se ofrezcan á estos paises. 

« Al mismo tiempo, debe Vd. indicar todos los medios quo 
hayan de adoptarse por parte de este Gobierno, en coii-bina- 
cion con ese Ministerio, para allanar los obstilculos que pue- 
dan oponerse á miras y pretensiones razonables, 

« Pudiera suceder que se creyese necesario destinar un nuevo 
Diputado secreto á Santa Catalina, ó Eio Grande, y para tal 
caso, debercá Vd. conseguir una orden para los Gobernadores 
de dichas plazas, á efecto de que sea recibido sin embarazos el 
que se presente con despachos de este Gobierno. 

« Averigüe si Artigas tiene algunas relaciones con esa Corte 
y de qué género, pues su conducta lo hace sospechoso. (!!). 

No se detenga Yd. en gastos, si es preciso hacer alguna co- 
municación importante, y do todos modos, repita Vd., en cuan- 
tas ocasiones se proporcione, la relación de todos los adelanta- 
mientos que se hicieren en un negocio de tanto interés. 

El Gobierno descansa todo en el celo y patriotismo de Vd. 
y cree firmemente que le continúo las pruebas de estos senti- 
mientos. 

Buenos Aires, Marzo 4 de 1816. 

Antonio González Balcarce. 

Gregorio Tagle. 

so 



— 450 — 

Y como si no fueran suficientes los empeños que se hacian 
en esa nota, en que hasta la lealtad de Artigas se ponía en 
duda, agregábase lo siguiente en otra de la mismísima fecha, 
acentuando mas vehementemente el pensamiento que se vela- 
ba á medias en la primera. 

« Todas las gentes de juicio cuentan además de los esfuer- 
zos que nos restan que hacer en la lucha, con los principios 
liberales que ha manifestado S. M. Fidelisima el señor don 
Juan VI. y fundan sus esperanzas en los proyectos magnáni- 
mos que debe inspirar á S. M. la aproximación á nuestras Pro- 
vincias . 

« Bajo tales datos, no omita V. S. medio alguno capaz de 
inspirar la mayor confianza á ese Ministerio sobre nuestras 
intenciones pacificas y el deseo de ver terminada la guerra 

CIVIL CON EL AUXILIO DE UN PODER RESPETABLE QUE NO OBRARÍA 
CONTRA SUS PROPIOS INTERESES CAUTIVANDO NUESTRA GRATITUD . 

« Procure Vd. para su patria dias tranquilos y felices, y 
despliegue toda la eficacia de su celo para hacerlo recomenda- 
ble por el más importante de iodos los servicios. Tales son los 
sentimientos que me ha inspirado la situación elevada á que 
me ha conducido la confianza pública, nombrándome interina- 
mente para ocupar el lugar que dejaba mí inmediato antecesor 
-el señor don Ignacio Alvarez, por cuya correspondencia quedo 
impuesto de lo obrado hasta aquí en la materia. 

Buenos Aires, Mayo 4 de 1816. 

Antonio González Balcabce. 
Gregorio Tagle.y> 

El Ministro Tagle, el activísimo y sutil Mefístófeles de estas 
tramas diabólicas en que caía atontado el Directos Balcarce, no 



— 451 - 

contentándose con las notas antecedentes que el había inspi- 
rado y suscrito junto con el Director, agregaba por su propia 
cuenta en carta particular do la misma fecha de 4 de Mayo los 
siguientes encarecimientos ¿ instancias : 

« Convengamos, pues, en la necesidad de tomar medidas 
«. prontas, para fijar con fruto nuestra suerte, y así no pierda 
« Vd. ocasión para alcanzarlo . Toro amenaza una disoluciox 

« GENERAL, Y LO MÁS SENSIBLE ES QL'E LOS PUEBLOS QUE YA NOS 
« MIRAN Y TRATAN Á ESTA CaPITAL COMO Á SU MAYOR ENEMIGO, 
« P JEDEN, SI NOS DESCUIDAMOS, REDUCIRNOS A LA IMPOTENCIA DE 
« AJUSTAR Y CONCLUIR TRATADOS. SálvenOS, pUGS, llUCStra dili- 

<í jencia, y la seguridad de los medios que adoptemos. El Con- 
« (/reso está conforme con cuanto asegure la independencia y se- 
« (jHiidad del 2)ais. y iweiiene d Vd. obre bajo fal yaranf/a con 
« toda franqueza y empeño »/ 

Como respuesta y satisfacción á tan sospechosas insinuacio- 
nes é instancias, véase como se adelantaba esta insidiosa cor- 
respondencia, en el sentido solamente de favorecer los intereses 
y aspiraciones portuguesas. 

Se reconocerá sin esfaerzo que el gobernante en Buenos Ai- 
res, y su representante en Rio Janeiro se estimulaban con 
ardorosa emulación en su funesta obra. En nota de 9 de Junio 
de 181G el Diputado García hacia al Director Balcarce las 
reflexiones siguientes, preparando el terreno para la invasión, 
como podría hacerlo un leal agente Portugués, ó el mismo 
BezeiTa, Ministro de Negocios Extrangeros en esa época del 
buen Rey don Juan Y I. 

Refiriéndose á Artigas decía : 

« El poder que se ha levantado en la Banda Oriental del 
Paraná fué mirado desde los primeros momentos de su apari- 
ción , como un tremendo contagio que introduciéndose en el 
corazón do todos los pueblos acabaría con su libertad y sus 
riquezas . 



— 452 — 

« Muclios se lian engañado , ó porque contaban solamente 
con sus buenos deseos , ó porque solo se curaban de escapar 
de aquellos males que en el momento los apremiaban mas , ó 
porque no querían oir otra voz que la de sus pasiones . 

« Empero ya ha puesto la experiencia su fallo , y la opinión 
de los hombres sensatos no puede estar dividida sobre- este 
punto . Asi no reaJo ya en asegurar que la extinción de este 
PODEK OMINOSO es íl toüas luces no solo iirovechosa, sino necesaria 
á la salvación del 2)ais . 

« La desmoralización de nuestro ejército lia privado al Gro- 
bierno de la fuerza necesaria para sofocar aquel poder, y la 
pasmosa variedad- de opiniones, de pasiones y de intereses, 
privará también al Soberano Congreso, de la gran fuerza mo- 
ral que necesita para sojuzgar á su autoridad liomhres feroces y 
salvajes, y lo que aun es mas, acostumhraclos cí manda)- como 
désijotas y á ser acatados de los primeros magistrados de los pue- 
hlos. 

« En tcd situación, es forzoso renunciar ala esperanza de cegar 
por nosotros mismos esta fuente primera de la disolución genercd 
que nos amenaza. 

« Pero como sus efectos son igualmente terribles á todos los 
Gobiernos que están á su contacto, de aqui proviene que, alar- 
mado el Ministerio del Brasil de los progresos que sohre el Go- 
bierno de las Provincias Unidas vá haciendo el caudillo de los 
anarquistas^ no Ka podido menos que representarlo á S. M. F. 
para que sin demora pusiese pronto remedio á un mal, que cre- 
ciendo con tanta fuerza podria en poco tiempo, cundir por estos 
sus dominios, haciendo mayores estragos. 

« En consecuencia , ha resuelto S. M. F. empeñar todo su 

PODER PARA EXTINGUIR PARA SIEMPRE , HASTA LA MEMORIA DE 
TAN FUNESTA CALAMIDAD , HACIENDO EN ELLO UN BIEN QUE DEBE 
Á SUS VASALLOS Y UN BENEFICIO QUE CREE HA DE SER AGRADECI- 
DO POR SUS VECINOS. 



— 453 — 

« Es verdad que en todos tiempos se ha temido la ingeren- 
cia de una potencia extranjera en disturbios domésticos. Pero 
esta regla, demasiado cierta generalmante me parece que tie- 
ne una escepcion en nuestro caso y esto , por dos razones; la 
primera , es que liemos llegado á tal extremidad , que es pre- 
ciso optar entre la anarquía y la subyugación militar por los 
Españoles , ó el interés de un extranjero que puede aprovecliar 
de nuestra debilidad para engrandecer su poder. 

« La segunda razón , es: que por una combinación de cir- 
cunstancies harto feliz para ¡os americanos del Suil (!!) los inte- 
reses de la casa de Brafjanza lian venido á ser homofjéneoS'Con los 
del Continetite ^ de la misma manera que los de los Estados 
Unidos y los de cualquiera otro Poder Soberano, que se esta- 
bleciese de esta parte del Atlántico 

« Y. E. observará que al mismo tiempo que S. M. F. se pre- 
para á PACIFICAR la Banda Oriental, redobla sus cuidados por 
conservar el comercio, y las relaciones amistosas con el Go- 
bierno do las Provincias Unidas. Que los buques cargados con 
las propiedades de sus vasallos, salen para esos puertos por 
entre la escuadra destinada á las costas de Maldonado, y que 
sus tribunales están ahora mismo protejiendo la propiedad de 
los subditos de V. E. » 

Creemos que no puede constatarse de un modo más irrecu- 
sable y elocuente la inicua confabulación cuj'^os siniestros fru- 
tos debia muy pronto sentir la Provincia Oriental en su 
cruento martirio. 



-•**o<3f:>c^ 



Pretestos de los Portugueses para pacificar la 
Banda Oriental. 



Se ha pretendido por los adversarios de Artigas, y lo repiten 
á cada paso los doctores López y Ben-a, que fueron los desór- 
denes de su administración, los atentados do sus inferiores, las 
ofensas hechas por sus subalternos á los habitantes de la cam- 
paña, entre ellos á algunos portugueses, los que autorizaron y 
provocaron la invasión realizada ; como si se hubiese tratado 
simplemente de una medida de policía rura^ para pacificar la 
provincia que se decia anarquizada. 

No puede alegarse nada más absurdo, ni más irritante, 
como colmo de cinismo y de iniquidad, que aquella causa osten- 
sible intentándose con ella dar algún colorido ó pretexto á tan 
odioso crimen. 

Lo hemos dicho, y lo jorobaremos ampliamente. 

Ese crimen no fué consumado por el Portugal tan solo como 
una consecuencia de la política usurpadora que sus ambiciosos 
Monarcas y Vireyes del Brasil, venían haciendo prevalecer 
desde doscientos años atrás, aprovechándose de la tolerancia 
ó de la pusilanimidad de algunos reyes de España ; avanzando 
año por año en sus poblaciones, y ocupando por todas partes, 
por Mattogroso, por San Pablo y por Rio Grande, los territo- 
rios que los Vireyes Españoles les iban dejando tomar. 

Ese crimen fue debido especialmente, como creemos haber- 
lo demostrado en las páginas precedentes, á las incitaciones y 
facilidades que los Directorios de las Provincias Unidas, por 
medio de su Diputado ó Agente Confidencial el Dr. D. Manuel 
José García presentaron á la Corte Portuguesa, residente en- 
tonces en Kio Janeiro, rei^reseutada por Don Juan VI de 



— 456 - 

Braganza. En las páginas de esta obra, demostraremos más 
ampliamente aun con otros documentos irrecusables, la exac- 
titud de nuestras afirmaciones al respecto; así como el perfecto 
orden que reinaba en la Provincia Oriental, acatándose con 
respetuosa solicitud todas las órdenes de Artigas como Jefe 
de los Orientales, sin el menor indicio de anarquía interior, 
garantiéndose eficazmente la vida y propiedad de sus habitan- 
tes, castigándose ejemplarmente, sobre todo en la campaña, 
todo delito, y tratándose de regularizar la marcba administra- 
tiva del país, imperfectamente si se quiere, pero lo mejor que 
en aquella época remota podía practicarse en las condiciones 
irregulares de todas las poblaciones hispano-americanas. 

Pero prescindiendo abora de estos hechos bien notorios, 
baste á nuestro propósito sorprender á nuestros lectores con 
la transcripción di una nota del General Artigas al Cabildo 
de Montevideo, acompañando la respuesta qu.^ acababa de dar 
á un oficio en que el Capitán General del Río Grande, Mar- 
qués de Alégrete, le presentaba una reclamación sobre un su- 
puesto agravio o' despojo hecho un año antes á un subdito 
portugués por la suma de seis pesos. 

Estamos seguros que nadie leerá esa nota sin sentirse indig- 
nado al conocer el absurdo protesto que se daba para presen- 
tar un reclamo con carácter tan formal. 

En toda la correspondencia recibida por el Cabildo de Mon- 
tevideo, y por el mismo General Artigas, qué hemos investi- 
gado, es ese el único reclamo que hemos descubierto, sin más 
alusión á hechos de las autoridades orientales que pudieran 
dar lugar á alguna queja ú ofensa de parte de los portugueses, 
por más que supongan todo lo contrario los Dres. López y 
Berra. 

Sin detenernos en una prolija argumentación, puede asegu- 
rarse en consecuencia, que muy escasos, o de muy insignifi- 
cante importancia debían ser los motivos reales y positivos de 



— 457 — 

agravio que podia tener el gobierno Portugués contra la ad- 
ministración de Artigas, cuando en dicha única nota se hacia 
valer con carácter do solemne' reclamación una multa cíe seis 
2)esos impuesta dos años áiitcs á un súhdito iwrhigms^ por él Go- 
hernador de Montevideo^ colocado aqui por las tropas de Bue- 
nos Aires, las que entonces estaban en guerra con el mismo 
Artigas como lo hemos indicado en una do las secciones ante- 
riores. 

No puede darse nada más farsaico, pero á la vez más irri- 
tante, que ese excepcional reclamo, sobro todo si se le conside- 
ra ante las fatales consecuencias del gran crimen que debia 
consumarse poco después al venir á conquistar á sangre y fue- 
go el territorio Oriental, para suprimir un gobierno prestigio- 
so y querido del pueblo, que se creia liabia cometido ese aten- 
tado del despojo de seis pesos. 

Hé aquí las notas inéditas aun tan características do Arti- 
gas, á las que llamamos la atención del lector, pues en ellas se 
vizlumbra ya el comienzo de la lucha y la lieroicidad de la re- 
sistencia: 



« Por la multiplicidad misma do emisarios á un mismo 
asunto «(y los que sin duda Artigas presumiría con razón eran 
enviados como espías por el Marqués)» por la insubsistencia de 
los principios reclamatorios, por la informalidad do no remi- 
tirlos ante quien pudiera y debiera remediarlos; se convence 
evidentemente que os mnij otro el objeto que so ha propuesto 
(el Marqués) en sus delegaciones con dirección á ese punto. 
Por lo mismo, ordené á V. S. esperasen el contesto en la fron- 
tera, y he repetido la orden al Comandante do Vanguardia 
para que no me deje ¡jasar emisario, pero ni á ningún parti- 
cular. 



— 458 — 

« Incluyo á V. S. en copia, la contestación dol oficio dirigido 
á mi por el Comandante de Vanguardia, conducido por el al- 
férez Piris de la E-osa, que llegó á esta el 4 del corriente, y fué 
mandado regresar prontamente. Mi oficio viene concebido en 
los términos mismos quo el quo V. S. me incluye en su hono- 
rable del 6 del corriente. V. S. se penetrará de mi contesto 
para la uniformidad del suyo. 

« Después de oso, deje V. S. qua reclamen daños y perjui- 
cios, y quo invoquen en su auxilio el derecho de gentes. Ese 
mismo es ©1 que nos favorece cuando ellos han quebrantado 
sobre nosotros todo derecho. A mayor abundamiento incluyo á 
V. S. esa carta reciente datada en 22 de Diciembre, y escrita 
desde Rio Janeiro. V. S. advertirá en ella las varias compli- 
caciones de aquella corte , y sus miras decididas por la Banda 
Oñental. Mis medidas están ya tomadas, y él Oriente liará res- 
petar S2i libertad con pesar de sus enemigos. Lo que interesa es Ja 
cnerjía de los magistrados por un fin tan digno , y que V. S. pe- 
netrado de la fatalidad que nos amenazaría en cualquier mo- 
mento degíaciado, dirija sus esfuerzos á ayudarme, para que 
todos sean gloriosos . 

« La decisión es unánime y firme en todqs los orientales. Su 
genio magnánimo y guerrero solo necesita de dirección y confian- 
za. Yo por mi parte la lie jurado ante las aras de la patria y es- 
pero que V. S. marque el año 16 con un nuevo triunfo , debido 
todo á su celo. Es conveniente reserve V. S. la carta , y sirva 
solo para su gobierno entre tanto que los momentos no son 
apurados. Yo iré dictando mis providencias de i^recaucion y 
todo cuanto pueda contribuir á fijar una época gloriosa.» 

« Tengo la honra etc. 

Cuartel General, Enero 12 de 1816. 

José Artigan. » 
« Copia. 



— 459 — 

« Illmo j Excino Señor : Acabo de recibir la honorable co- 
municación de V. E. reclamativa de seis pesos, pertenecientes á 
propiedad del Presbitero José Gómez Riveiro, individuo de 
nación portuguesa, y que S. A. el Príncipe Rejente ha puesto 
bajo su protección. Yo prescindo de la gravo dificultad de si 
el derecho de gentes puede favorecer á un individuo, que ni 
supo guardarlo, ni respetarlo : V. E. sabrá decidirlo. 

« Sé tan solamiente que la exihibicion de dicha cantidad fué 
hecha en un tiempo en que las armas de Buenos Aires ocupa- 
ban aquella plaza; por consecuencia, V. E., debe repetir su ins- 
tancia ante aquel Gobierno, quien deberá responder á ese car- 
go satisfactoriamente. 

Tengo la honrosa satisfacción de saludar á Y. E. con mis 
más afectuosos respetos, j dejar contestado su honorable de 16 
de Diciembre de 1815. 

Cuartel General, 12 de Enero de 1816. 

« José Artigas. 

Al Illmo. y Exelentisimo Señor Capitán General Marques de 

Alégrete. 

Es copia. 

Artigas.-» 



Tres meses antes de esta nota, el mismo Marques de Alégrete 
liabia reclamado amistosamente de Artigas por una pretenclida 
aglomeración de sus fuerzas en ciertos puntos de la frontera, 
cambiándosa la correspondencia siguiente, que nada tiene de 
alarmante ni de ofensiva, y que solo revela hxs medidas adop- 
tadas por el General Artigas para garantir el orden en la 
campaña: 

«Adjunto á V. S. en copia la comunicación oficial que condujo 
á este Cuartel general el Sargento Mayor de Dragones de las 



— 460 — 

tropas Portuguesas don Sebastian Barreto. Por ellas se infor- 
mará V. S. que nada tenemos que temer de aquellos limitrofes. 
Yo, en contestación á la misma, no lio hecho mas que exponer 
la necesidad de cubrir nuestras fronteras para garantir de 
ese modo la seguridad de nuestra campaña, y asi espero que 
por ambas partes se observará la mas escrupulosa armonia ; 
lo que trascribo á V. S. para su debido conocimiento. 
Tengo la honra etc. 

« Cuartel General, Setiembre 25 de 1815. 

José Artigas.» 
« Al Muy Ilustre Cabildo etc. 



« Ilustrísimo Señor : 

« Constándome habar recibido un considerable refuerzo' las 
guardias del comando de V. S. y dirigiéndose á las fronteras 
de esta Capitania General cuerpos considerables, me vi en la 
precisión de hacer algunos movimientos, únicamente por cau- 
tela; y para que V. S. no los considere con diferente objeto, 
juzgué necesario en obedecimiento á las órdenes de mi Sobe- 
rano, comunicar esto mismo á V. S., de quien espero respuesta 
para poner en salvo mi responsabilidad. 

« No debo perder esta ocasión de protestarme de V. S. muy 
atento venerador y obligado. 

« Puerto Alegre, 3 de Agosto de 1815. 

« (Firmado) — Marqués de Alégrete, 

« Al Ilustrisimo Sr. D. José Artigas. 
« Está conforme. 

Artigas. » 



— 461 — 

No terminaremos esta sección sin transcribir en seguida las 
opiniones del mismo General Mitre en su Historia de BeJgrano^ 
reconociendo quizá sin darse cuenta del alcance de tal afirma- 
ción, en cuanto á las relaciones de Artigas con las autoridades 
Portuguesas del Brasil, que estas se hallaban á principios del 
año 181 G, aunque en entredicho con aquel, realmente sin pre- 
textos ni motivos que pudiesen explicar ni autorizar ninguna 
hostilidad, y mucho menos la vandálica invasión subsiguiente. 

Es asi como nos ratificamos en nuestro juicio do que fueron 
principalmente las incitaciones de los Directorios Supremos 
de Alvarez-Tliomas y Balcarce, dirigidos por el doctor Tagle, 
los que sobroexitaron la codicia lusitana, y los que aproxima- 
ron y produjeron la catástrofe. La nota de Artigas que ante- 
cedo demuestra que no existían los pretendidos conflictos á 
que hace referencia el General Mitre ; por más que este á ren- 
glón seguido se contradiga, ratificando también nuestro aserto 
de que no existia ninguna razón, plausible para la invasión 
portuguesa. 

« La sublevación de Artigas (dice Mitre, t. 2, p. 388) duran- 
te el segundo sitio de Montevideo, la guerra civil que sobrevi- 
no, la anurquia que se hizo crónica en la Banda Oriental, co- 
locaron á esta Provincia en una condición escopcional. Parte 
integrante de las Provincias Unidas de derecho, no lo era do 
hecho; y se mantenía en rebelión contra su gobierno general, 
presidiendo la resistencia de Corrientes, Entre -Rios y Santa 
Fé, y estendiendo sus trabajos anárquicos hasta el interior de 
la República. Limítrofe del Brasil, no se hallaba en condicio- 
nes de cultivar relaciones regulares con su gobierno; y por el 
contrario era un perjuicio para la Provincia brasilera del Rio 
Grande, produciéndose en la frontera continuos conflictos, que 
obligaban á unos y otros á mantenerse en armas. Complicá- 
base esta situación anómala por el carácter brutal de Artigas. 
Enemigo igualmente do Buenos Aires y de la unidad nació- 



— 462 — 

nal, y de toda dominación estraugera, (!) dividían el imperio 
de su alma indómita, el odio á los porteños, á los portugueses 
y á los españoles, el cual s'iiLordinaba únicamente á su pasión 
por el mando absoluto y personal de su bárbaro caudillaje. 

« A pesar de esto la Banda Oriental gozaba de una quietud 
relativa en la época que hemos llegado en nuestra narración 
( 181 G ). En rebelión contra el gobierno general de las Provin- 
cias Unidas, las hostilidades estaban pR,ralizadas. En entredicho 
con él Brasil j no se Jtabia producido niagnn JierJto que autorizase 
la intervención de una nación extrangcra. Siendo un peligro 
jíara smbos vecinos la actitud de Artigas, lo era más aun 
para la Repiiblica Argentina, pues mientras existiese este foco 
disolvente de anarquía crónica era imposible toda organización 
nacional y efímera toda combinación política militar.» 

Dob palabras más al terminar esta sección. 

Si el General Mitre reconoce que ningiin lieclio se halia pro- 
ducido á principios del año 16 en la Banda Oriental, qne anfo- 
rizxise la intervención de una nación extranjera., ¿ cómo no ha 
hecho sentir en términos bien caracterizados su enérgica repro- 
bación contra los promotores y autores del inicuo atentado ? 



-*»-a->-ís*ríí'-Ster < « *-^ 



El General Artigas ante los Portugueses y Es- 
pañoles en 1812. 



Es indispeusable para api-eciar bien el desaiTollo do los 
grandes sucesos de 1817, conocer aunque superficialmente 
la conducta observada por Artigas en 1811 y 1812 después de 
su retirada al Entrerios con las poblaciones orientales. Nada 
más explicativo y satisfactorio al efecto que algunos de los 
valiosos y desconocidos documentos que vamos á publicar, y 
que hemos copiado en la Biblioteca de Buenos Aires. 

Es sabido que el General Souza á la cabeza del ejército por- 
tugués vino enviado por su gobierno (y en especial debido á 
las incitaciones de la Carlota, de la cual aquel era un entusias- 
ta partidario ) á fin de auxiliar y defender á los Españoles. 

También es notorio que una vez establecido en la Banda 
Oriental, en lo que menos pensó fué en cumplir lo pactado por 
Elio con los patriotas en el Tratado de Octubre de 1811, ni en 
retirarse de esta provincia. 

Por el contrario, y bajo diversos pretestos mas ó menos es- 
peciosos, continuó en sus operacionss agresivas avanzando 
desde Maldonado hasta la Calera de García, en lo que es hoy 
Departamento de la Florida, y destacando desde alli fuertes 
divisiones que fueron ocupando j devastando sucesivamente 
el territorio oriental hasta el otro lado del Rio Negro , reu- 
niéndose con otras fuerzas que estaban por aquella frontera al 
norte. 

Se comprenderá ante esta situación marcial en 1812, y ante 
los ataques y asaltos en grande escala praticados por las tro- 
pas portugesas en sus correrias , que el General Artigas de- 
bía soportar con muy mal reprimida indignación tales ofensas 



— 464 — 

y hostilidades hasta no poder contiuuar»por mas tiempo ]en el 
rol pasivo y resignado que lo imponian las ordenes de la Jun- 
ta Gubernativa en Buenos Aires , después de la retirada de las 
tropas de esta del primer sitio de Montevideo. 

Con su carácter resuelto y con su ardiente patriotismo, de- 
cidióse por su cuenta á hostilizar activamente las fuerzas por- 
tuguesas, iniciando de una vez con los cortos ^ementos de que 
podía disponer una guerra decidida y activa, cuyas primeras 
operaciones debían obligar á los gobernantes de Buenos Aires 
á salir de su imprevisora y peligrosa inacción, lanzándolos 
contra su misma voluntad en una nueva lucha con los Espa- 
ñoles fortificados en Montevideo y contra los Portugueses que 
asolaban la campaña oriental. 

Se recordará que el Director Posadas dos años más tarde 
acusaba á Artigas, en el decreto en que ofrecía 6,000 pesos 
por su cabeza, ( el cual hemos reproducido antes ) de que él 
exclusivamente había sido el causante de esa nueva guerra, 
cuya valiente iniciativa será siempre un timbre de gloria para 
Artigas. 

Efectivamente, sin las resistencias y audaces provocaciones 
de este en aquel año, los Portugueses habrían concluido por 
quedarse con la mitad de la Banda Oriental, ea la que ya do- 
minaban como amos por el terror de sus armas, y los Españo- 
les á su turno, con el auxilio de estos, á trueque de cederles 
una parte, se habrían robustecido en«su posesión de Montevi- 
deo y sus cercanías contentándose cada uno con la parte que le 
tocase en la mutilación de esta pequeña Polonia. 

El sentimiento popular era, pues, de encarnizado odio con- 
tra los Portugueses que habían venido así á hacer más dolo- 
rosa y humillante la situación de los Orientales. 
• La inveterada y profunda antipatía de estos á los Portugue- 
ses tenia por otra parte justificadísimas razones de muy reciente 
orijen. Esa invasión portuguesa de 1812 dirijida por el Gene- 



— 4G5 — 

ral Souza liaoia arri/uafeado ú la Proviuciii más do un millón 
do cabezas do ganado vacuno y caballar, de propiedad particu- 
lar, talando y destrozando vandálicamente todo cuanto no 
habia podido llevarse on su colosal razzia ó maJon pampa,- des- 
de el Chuy liasta el Cuareim. aprovechando más tarde al efecto 
la emigración cu masa do los Orientales dirijidos por Artigas, 
que dejaban asi despoblados y abandonados sus establecimien- 
tos jí- campos; sin que los españoles asilados en Montevideo 
hubiesen querido ni podido impedir ese despojo practicado por 
sus peligrosos aliados y auxiliadores portugueses. 

Bajo esta impresión de i'econcentrado odio, y habiendo 
acumulado algunas fuerzas más ó menos colecticias, pero deci- 
didas y entusiastas, resolvióse Artigas á tomar una actitud 
ofensiva produciendo asi el rompimiento definitivo y radical 
entre Españoles y Por (Tugueses contra los patriotas. 

Es á Artigas á quien se debe como hemos dicho, esa salva- 
dora iniciativa, que debia traer por resultado la destrucción 
del poder español en esta rejion, y la remirada de su aliado por- 
tugués. 

Queremos reproducir á continuación, á fin de atestiguar 
nuestras aürmacionas, algunas notas del General Artigas que 
no se han publicado hasta ahora en esta República, y que pa- 
tentizan la indoniable-energía con que éste entraba resuelta- 
mente en esa lucha, aun á riesgo de ser otra vez abandonáRo 
por las fuerzas de Buenos Aires, y encontrarse solo frente á 
frente con el ejército portugués y con las fuerzas españolas, 
que dueñas do Montevideo desprendían fuertes jiaftidas, que 
poco después infestaban las costas del Paraná, y llevaban el 
terror de sus agresiones á los pueblos indefensos. 

El espíritu con que entraba Artigas en esa nueva lucha 
puede verse en la siguiente proclama espedida á principios del 
mismo año 12, ofreciendo un generoso indulto á los que ha- 
bían abandonado su campamento: 

31 



* 



— 466 — 

« Don José Artigas, Coronel de Blandengues Orientales,. 
Teniente Gobernador del Departamento do Yapoyú y General 
en Jefe del Ejército Patriótico, destinado á la Banda Oriental,, 
etc. — A los desertores de él. 

« El dia de la gloria so acerca: venid á formar en las líneas 
que habéis abandonado. — Si un discurso imprudente os deci- 
dió á un heclio indigno, yo sé que él ofende vuestro carácter, 
y llenos ya del arrepentimiento desarmáis la justicia, y veis 
boy firmado un indulto general á favor vuestro. Yo os llamo 
á nombre de la sociedad que ultrajasteis con vuestra deser- 
ción y os juro sobre su honor que ella solo os recordará para 
manifestaros este decreto de clemencia. Presentaos otra vez 
ante vuestros conciudadanos, recordad las fatigas que sufris- 
teis unidos en el honroso abandono do vuestras comodidades 
en cu3'0 acto apareció la aurora del año de vuestra libertad 
naciente. Acordaos de aquella sangre digna que vertieron 
otros á vuestro lado para asegurar el laurel que ciñe vuestras 
cabezas. Venid pues: ahora más que nunca necesita la patria 
de vosotros; ahora que su clamor es más penetrante, y ahora 
que vuestros compañeros de armas van á emprender la gran 
marcha que ponga el fin á sus trabajos. Reunios con ellos y 
juntos conducid el trono santo al suelo que os vio nacer y ya 
le decorasteis con los triunfos. Vamos, pues, paisanos: si un 
esfuerzo generoso y las pruebas más brillantes de energía fue- 
ron el anuncio de vuestros primeros pasos — ahora que vais á 
recoger el fruto, ahora que al lado de vuestros amigos vais á 
cantar los himnos da vuestra grandeza consolidada, y ahora, 
en fin que en el seno de vuestras familias, otra vez vais á ocu- 
par los mismos hogares que abandonasteis, cuando hicisteis la 
ostentación de vuestra dignidad— ahora por lo mismo es el 
tiempo en que la voz de vuestra razón debe gritaros que vol- 
váis al lado de vuestros hermanos. Reconoced aquí la voz de 
vuestra utilidad propia. Yo me olvido de todo y os convido á 



— 467 " 

ser libres. Corred á saludar esta ¿poca suspirada con vuestros 
paisanos. » 

JüsO- Aitiyas. 

Conviene antes de pasar adelante, hacer constar oficialmen- 
te cuales eran las razones aducidas por los portugueses para 
su indefinida ocupación del territorio oriental, y cuales sus 
pretensiones en el mismo sentido. 

La nota siguiente del General Souza también inédita , lo 
demuestra estensamente : 



Eimo. Sr Presidente y demás señores Vocales del Gobierno 
superior provisional de las Provincias Uunidas del Rio de 
la Plata á nombre del señor don Fernando 1° 

« La demora y conducta de don Josú Artigas en los territo- 
rios de esta campaña qno por el convenio do p.acificacion ce- 
lebrado entre Y. S. y t\ Exmo. don Francisco Javier Elio de- 
bía mucho tiempo ha haber evacuado con las tropas de su 
mando ; y no menos los choques que dichas tropas usando de 
mala fé han trabado con algunos des'tacamentos portugueses , 
desprevenidos á consecuencia do mis ordenes . para observar 
en la parte respectiva lo estii)uIado por el mismo convenio: á 
más de las direcciones de sus marclias á diversas inmediacio- 
nes de mi gobierno, son objetos muy poderosos que en calidad 
de general en gefe del ejército pacificador de la campaña de 
Montevideo y de capitán general de la Capitanía de San Pe- 
dro me obligan á rogar á V. E. que si dicho Artigas obra á 
virtud do ordenes de eso superior Gobierno provincial quiera 
expedirle iumediasamsnto otras por mi conducto, ó del Exmo. 
Capitán General don Gaspar Vigodet para que dentro do un 
brevísimo termino pase al interior do los territorios do la 
jurisdicion do V. E.; y si procede do propio arbitrio contra las 



— 4G8 .- 

determinaciones do V. E. tenga á bien declararlo rebelde c im- 
fractor del convenio arriba mencionado. Estimaré que V. S. 
adhiriendo á mi proposición sin demora, restricción ó equivo- 
co, ratifique el concepto que formo de su integridad; y sentiré 
la ocurrencia de alguno de estos motivos, sin poder dejar de 
convencerme que V. E. al menos tolera con desaire de su su- 
perioridad tales procedimiento?, á que deberé obstar hasta por 
m<='dio do la fuerza, cuando sea ineficaz el recurso moderado 
que al presente solicito. 

La celeridad con que el Exmo, Señor Virrey don Francisco 
Xavier Elio con ^luyó el convenio con V. E. sin examinarse en 
él las instas razones que el Príncipe Rcjente mi soberano tuvo 
para mandar sus tropas á este territorio y cá cuya presencia se 
debió la i:iacificacion que acaba de pactarse sin hacer mención 
de algunos asuntos interesantes á las Coronas de Portugal y de 
España en esta parte de América, no me permitió producir en- 
tonces diversas requisiciones que franca y lealmente elevo 
ahora á la conspicua circunspección do V. E. en los artículos 
siguientes, que 'también trasmito al Exmo Capitán General 
don Gaspar Yigodet : 

1.*^ Que los Gobiernos de Buenos Airc-s y Montevideo reco- 
nozcan el desinterés, dignidad y justicia con que S. A. R. el 
Princioe Rejente de Portugal mandó entrar sus tropas en esta 
camoaña á efecto de conseguir una pacificación consolidada. 

2.'' Que los mismos Gobiernos de Montevideo y Buenos 
Aires se obliguen á no intentar de facto agresión alguna con- 
tra los dominios de Su A. R. el Príncipe Rejente de Portugal, 
salvo por orden expresa de la Regencia de España. 

o." Que respectivamente los territorios neutrales del Este 
do la laguna Merin 3^ que se dice haber los portugueses esta- 
blecido algunas estancias en ellos, así como al Oeste, donde los 
españoles han poblado muchas, no se moverá duda alguna por 
parte délos Gobiernos confinantes, y se dejarán esas cuestiones 



- 4(J0 — 

y las demás que pueden suscitai-se sobre límite do f'-ontcras 
desdo la guerra de 1801 á la decisión do lo^ gabinetes de S. 
A. R. el príncipe regente de Portugal y de S. ^L C, cuando 
después de la paz general de Europa, ó antes puedan entrar 
pacífica y tranquilamente en semejantes exámenes debiendo 
entretanto conservarse en el estado actual. 

4° Que las concordatas existentes entre las dos coronas pa- 
ra la entrega do desertores y tránsfugas sean do ambas partes 
exactamente observadas; que recíprocamente so pongan en 
libertad los portugueses y españoles presos en el territorio 
español; y que so dé dimisión á todos los portugueses que con 
plaza voluntaria ó forzada sirven en los ejércitos de Buenos 
Aires y Montevideo y también á cualquier español quo exista 
en las tropas do la capitanía de San Pedro. 

5." Quo en el caso de haberse preso ó confinado algunos 
portugueses en los distritos do los Gobiernos do Montevide • y 
Buenos Aires por causa de opiniones política.9 durante las dis- 
cusiones movidas entro los mismos Gobiernos, sean luego suel- 
tos y reintegrados en sus bienes. 

í\° QuQ so entreguen luego los esclavos buidos de los por- 
tugueses que se acogieron al ejército de Buenos Aires y cons- 
ta obtuvieron del General Ilondcau carta do libertad, como 
también los quo so hallasen en cualquier territorio do una na- 
ción y perteneciesen á los vasallos de la otra. 

Luego que V. E. acuerde cerca de mi pi'inuna prupüi-iL-iun y 
faeren sólidamente pactados estos puntos con ajuste soberano 
sellado j)or mi, en virtud do los poderes que el Príncipe Rejen- 
te mi soberano me tiene dados ; y también por ese gobierno 
Superior provisional y por el Exmo Capitán General don Gas- 
par Yigodot, yo rao retirare inmediatamente á los dominios 
del mismo augusto y leal señor como se estipula en el § 13 del 
tratado ratificado en 24 do Octubre del año pasado; pero si 
las resistencias á estos objetos aumentan mis fundadas deseen- 



— 470 — 

fianzas á más de las qno ya causaron los movimientos de Arti- 
gas y la afección del anterior gobierno de esa capital en no 
dar respuesta alguna directa á las propuestas y ofertas amiga- 
bles del Prí)icipe Rejento mi soberano, hechas de tan buena fé 
que despreciando lay infames proclamas publicadas contra su 
administración quiero se consolido la futura tranquilidad de 
los estados confinantes y se restablezca la perfecta arraonia 
que debe existir entre los vasallos de dos potencias íntima- 
mente aliadas ; yo tomaré las medidas que permite el derecho 
de las naciones ¡Dará mantener en seguridad los dominios de 
Su A. R. en los términos que el mismo augusto señor me tiene 
ordenado y de que no puedo prescindir. 

« El Capitán do caballeria ligera del Rio Grande Manuel 
Márquez de Souza portador de este oficio lleva orden de no 
demorarse más que tres dias en esa ciudad dentro de los cuales 
espero que V. E. se dignará contestarme y proporcionarle su 
regreso con los dos soldados que le acompañan. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Cuartel General en Maldonado. 
Enero 2 de 1812.» 

D. Diego de Souza. 



En esta importantísima serie debe tener un lugar preferente 
lá, comunicación inédita también dirijida por el General Artigas 
al mismo Gobierno de Buenos Aires, dándole cuenta del primer 
encuentro formal que sus tropas habían tenido con los portu- 
gueses, y la indeclinable resolución en que se encontraban sus 
comprovincianos de continuar esa guerra librando á su país 
de la dominación extranjera. Es en consecuencia de esas hosti- 
lidades y resistencias que sobrevino el rompimiento definitivo 
con Yígodet, las piraterías do los buques de éste en las costas 
del Paraná, y el sitio y rendición de Montevideo : 



- 471 — 

^< Oficio al Superior Gobierno del señor General del Ejército de 
la Banda Oriental don José Aitigas. 

« Al fin presento á V. E. los acontecimientos que hasta aliora 
Labia 3-0 esperado. Ellos son llegados y mis sospechas pasaron 
á realidades. Empeñado ya el uso de nuestras armas contra los 
Portugueses, no podemos aguardar una declaración formal de 
^guerra, cuando sus hechos han dado la señal; y en este momen- 
to el ejército de mi mando se mira comprometido á continuar 
unas operaciones que se vio obligado á empezar. Respetando 
siempre las superiores determinaciones de V. E., veíamos venir 
los sucesos ; y manteniéndonos á la defensiva, los anunciaba á 
V. E, solicitando los medios do inutilizar cualquier intento de 
nuestros enemigos. 

« Yo no empleaba otros modos quo los do la precaución, y 
esperando las órdenes de V. E. he continuado por más de 
quince dias pasando á esta Banda las familias sin hacer la me- 
nor manifestación de provocar en manera alguna á las armas 
portuguesas;; sin embargo, todo ha sido iniítil; ellos han diri- 
gido sus marchas, y fijando sus cuarteles en los puntos que han 
querido; el Gualeguay, Arro3-o do la China y Villa de Belén, 
han sido el teatro de sus iniquidades, los robos se cometian á 
millones, y sus crueldades llegaron al estremo de dar tormento 
á algunos americanos que cayeron en sus manos, asesinando 
también á otros. 

« Yo fui siempre un espectador indiferente de estos insultos, 
y muy lojos de reclamar con las bayonetas la observancia de 
los tratados que nos obligaban mutuamente, me estremaba en 
ostentar mi sufrimiento haciéndome sordo al grito do la justi- 
cia (pío en obseíiuio do la humanidad resonaba en mis oidos. 
^liraba coniplotados á los españoles en todas las atrocidades 
do los portugueses ; yo no varié mi conducta y el Gobernador 
quo las Cortes de aquel reino destinaban á Mojos solicitando 
desdo mi estancia en el Quebracho auxilios de ésto ejército fué 



— 472 — 

aun en estos iiltinios dias el objeto de nuestra generosidad, 
franqueándole cuanto propuso para verificar su viage al Arro- 
yo de la China desdo el Salto Chico donde se hallaba enfermo. 

« Tal era el contraste que presentaban mis procedimientos 
con los de los Portugueses : yo habia creido esperarlo todo en 
mi prudencia, pero parece que esta solo servía de autorizar sus 
crímenes y ellos solo cuidaron de fomentarlos, tocando hasta 
el estremo de no respetar las inmediaciones de mi cuartel ge- 
neral, para repetir en ellas sus provocantes escándalos, 
como lo hicieron incendiando estos campos 3'' quitando la vida 
á los que salían á carnear las reses precisas al consumo de este 
ejército: yo entonces vi comprometida la seguridad de todos 
y sancionado cualquier procedimiento mió por la defensa na- 
tural. 

Sin pasto para las cabalgaduras, imposibilitado el alimento 
para los soldados y las familias, y precisado á permanecer en 
este punto para concluir el pasage de estas, yo no sé si pude 
esperar mas, y si habia otro grado de sufrimiento, aun para 
aquellos que no hallasen en las ventajas de sus fuerzas el 
gran recurso para un tal extremo de necesidad. Yo me decidí, 
y el 18 del corriente hice marchar una división compuesta de 
500 hombres á la que uní 452 indios al mando todo del capi- 
tán de Blandengues don Manuel Pinto Carneiro con la direc- 
ción á Belén en cuyas cercanías se hallaba la columna portu- 
guesa de trescientos hombres á las ordenes del Sargento Ma- 
yor don Manuel de los Santos Pedroso. V. E. conocerá muy 
bien la superioridad de mis fuerzas en tal expedición; sin em- 
bargo no quise aprovecharme do las ventajas; y en las instruc- 
ciones que debían dirigir al citado capitán comandante de ella 
puse todavía la cláusula de parlamentar, exigiendo la retirada de 
las tropas portuguesas; yo no sé si debo acucarme ante el Tri- 
bunal de la patria de este eseso de moderación, cuando solo 
necesitaban mis tropas presentarse para vencer y aniquilar á 



— 473 — 

aquel puñado do hombres que nos habían insulta<lo do todas 
las maneras mortificando nuestro org^uUo nacional, reclamando 
nuestra razón, llamando nuestros sentimientos, y animando el 
ar.lor de nuestros deseos con la perspectiva del interés propio 
en el presentimiento del triunfo. Yo me acordé solo entonces 
de conciliar mi situación con las resoluciones que esperaba de 
V, E. y bajo estos conocimientos marchó la división. Al dia 
siguiente recibi del Comandante político y militar de Mandi- 
soví el Sr. don José de Silva un oficio del citado sargento 
mayor portugués, no menos provocante que sus hechos; en el 
acusaba á mis partidas de miles desordenes que jamás habian 
coraetido ni tampoco se atrevía á designar, y recordándome 
varios artículos de los tratados, me protestaba que si yo con la 
retirada de mi ejército no contribuía á Lx paz y tranquilidad 
que el corazón piadoso del virey ofrecía á los pueblos, el se 
vería en la precisión de tomar ese negocio á su cuidado; que 
si 3'0 faltaba á aquella convención nacional no debía estrañar 
que el no repugnase el convite que yo en ello le citaba, y final- 
mente, que no creyese fuese capaz el numero de decidir la 
suerte. Yo miré estas proposiciones con el d?sprecio, y reser- 
vé la contestación al resultado délo que había emprendido. 

« Lo más singular de todo en este nuevo incidente fué, que 
en el oficio del mayor portugués venia incluso otro del espre- 
sado comandante de Mandisoví, en que me avisaba haber el 
mismo d:a una ]>artida portuguesa herido á uno de siete hom- 
bies nuestros que an-laban en simple observación, corriendo 
la costa en aquella parte: tal vez todo esto debería influir en 
variar yo mi proj'ecto y decidirme á atacar considerando inú- 
tiles las formalidades de reconvención; todo lo contrario; nada 
inaovó y bajo el primer pensamiento continuó su marcha la 
división de cuyas operaciones se orientará Y. E. por la adjunta 
copia del parte oficial que me dirijió desdo la villa de Belén 
el capitán comandante de ella. En el verá Y. E. que la acción 



— 474 — 

no filé tan completa como debió serlo por que la posición del 
enemigo unida á la falta de caballos por parte nuestra facilitó 
la fuga al enemigo y nuestras tropas so vieron precisadas á 
contener su ardor, firmando al mismo tiempo en esta victoria 
el gran compromiso de esperar todos los instantes á los portu- 
gueses. 

« Señor Exmo. esto lia sido inevitable, el exceso de nuestro 
sufrimiento prueba haberse linido el lance lo bastante; la copia 
de la capitulación que tengo el lionor de incluir á V. E. lo con- 
firma de un modo indudable, conociéndose en la instancia de 
los puntos que abraza cuanto estábamos distantes de compro- 
meter al enemigo, y cuanto nos concertábamos con asegurar 
solo una compostura en la ocasión misma de poder imponer 
lo que gustásemos. Con todo, causas imprevistas mudaron las 
circunstancias, las armas de la j^átria se vieron precisadas á 
atacarlos; ellas van á ser reforzados y la campaña del año en- 
trante va á abrirse. 

« Los orientales tienen fijos los ojos en la protección de V. 
E.; no son ya unos hombres entusiasmados los que la imploran: 
yo presento ahora unos hombres comprometidos por la nece- 
sidad ; ellos son los hijos de la victoria; pero se han visto pre- 
cisados á tomar sus laureles antes de recibir de V. E. la in- 
fluencia que debe hacerlos inmarcesibles ; la actividad Señor 
Exmo es la iinica que puedo conservar su existencia de una 
.manera útil al'gran sistema de los americanos; yo á nombre 
de ellos apelo á la razón y á la justicia de Y. E. 

« Vengan, Señor Exmo, esos socorros, ábrase con ellos el 
camino de los triunfos, y la diestra protectora de V. E. sea el 
germen de la felicidad de uno.s héroes que se dedicarán solo á 
colmar de bendiciones su memoria . Llegó el momento Señor 
Exmo y j^'O me veo precisado á poner el juicio de V. E. en la 
invariable alternativa de ve" á la Banda Oriental cubierta 
con los cadáveres de sus dignos hijos, arruinado el trono au- 



— 475 — 

gusto de su libertad y cubierto de una sangre quo se rertió 
sin el menor fruto, ó de ver en los nuevos triunfos de ellos 
unas glorias que debidas al auxilio de V. E. liarán su más dig- 
no elogio y marcarán una época talvez la más sublime, la más 
brillante y la más propia de caracterizar los héroes america- 
nos. ¡ Cuánto es más digno de V. E. este último cuadro y 
cuánto más propio de la generosidad quo lo distingue y del 
interés nacional que im])ulsa sus resoluciones! I ! 
Dios guarde á V. E. muchos años. 

Cuartel General en el Salto 24 de Diciembre de 1811. 

Exmo Señor : 

José Artigas. 

«. Exmo Gobierno Superior Provincial de las Provincias Uni- 
das del Rio de la Plata á nombro del Sr. D. Femando VIL 

La siguiente transcripción quo hacemos de La Gaceta clr 
Buenos Aires de 24 de Abril de 1812, ofrece interesantes deta- 
lles sobre el principio de aquella lucha iniciada por Artigas 
y descubre bien claramente con la proclama del Coronel por- 
tuguez que se reproduce en ella, la entension del plan do con- 
quista que quería llevarse á cabo á todo trance, y que Artigas 
hizo fracasar tan á tiempo con su intrépida resistencia. 

lié aqui dicha transcricipcion. 

Noticias de la Banda Oriental. 

« El General don José Artigas en oficio de 31 de Marzo co- 
munica á esto Gobierno que el dia 20 del mismo apareció en 
las inmediaciones del pueblo Yapeyu una canoa con once hom- 
bres, un capitán y un teniente coronel. Preguntado el objeto 
de su venida dijeron que era el do parlamentar y que pertene- 



— 47G — 

dan á la división portuguesa quo sg hallaba en la ribera ó puer- 
ta del Uruguaj^ Se les previno que evacuasen su comisión desde 
la canoa pero el teniente coronel mandó atracar á la costa di- 
ciendo quo tenia que hablar con el Ciibildo y Comandante. 
Luego quo saltó «á tierra y entró en el pueblo exijió se le im- 
pusiese del número de tropas, artillería y municiones que tenian 
aquellos habitantes para defenderse. 

Uno de los alcaldes le reconvino que aquel no era modo do 
parlamentar y que se retirase al instante. El portugués creyen- 
do insultada la dignidad de su persona tiró del sable para ven- 
garse, pero el pueblo irritado le hizo pedaz05j j á algunos de 
sus compañeros tomando prisionera la canoa. El oficial con el 
pretexto de parlamentario habia ido á reducir á los fieles j-a- 
jjej'-uanos como se ve de la proclama siguiente que se le halló 
entre los papeles de su cartera. 

« As tramas é enganhos do insurgente Artigas tem aluciua- 
« dos estes disgrazados povos que váo á ser victimas das suas 
'< atrocidad-es como tem sido todos os mais que iludidos -das 
« mas aleivosas palabras tem seguido o son partido. Os procla- 
« mas mal concebidos quo por diferentes vias se tem espalha- 
« do pelos vasalhos de S. A. R. em lugar de produsirem o pes- 
« simo efeito á que elhes se encaminháo augmentou cada vez 
« mais á fidelidade, é entusiasmo dos bons portuguezes. As 
« forzas d'esse chefe revolucionario nao podem librarvos dos 
« males que vos prepara o vosso sistema de adoptar o sen par- 
« tido. Urna columma de exército portuguez se alha no vosso 
« frente é pelos demais passos do Uruguay há forzas conside- 
« raveis á que nao podéis oporvos ; por tanto eu me delibero 
« ou á protegervos librando esses povos dos males qiie vos 
« amenacáo, ou empregar as minhas forzas con ha vos repu- 
« tando vos verdadeiros enemigos da causa do Señor Fernando 
« YII é de Portugal ; ó entáo ficareis despojados dos vossos 
« bens é as vossas vidas seráo victimas do valor das minhas 



— 477 — 

« tropas quaudo pelo contrario hq seguirJes o justo partido 
« do íidelidade ao vosso amado rey deixando é abandonando 
« o systema d'aquello chefe de malfeitores seieis tratados co- 
« mo amigos ó irmáos. líesolveiá é para isto vos concedo meia 
« hora de tempo. 

« Margen oriental do Uruguay em frente do Yapeyú 26 de 
Marzo de 181 '2. 

« TJioiiKis da Costa Correa Échelo é Silva. 
Coronel Comandante. » 

Eiiuu:i. n<>ti.i -pao el General Artigas dirijia al Gobierno de 
Buenos Aires dando cueaita de sus primeros movimientos, en- 
tre otros detalles se expresa en los términos siguientes justifi- 
cando las medidas que liabia tomado para aumentar sus fuer- 
zas, y prepararse á abrirla campaña sobre el Estado Oriental. 

« Yo croi haber hecho un obsequio á la justicia adoptando 
nna medida do precaución do todos modos conciliable con ella. 
Si en la iii.stalacion do nuestro sistema pudo hallar disculpa 
la diversa oi)inion de los europeos, ahora que un enemigo ex- 
tranjero profánalos hogares de todos yo no veo algo capaz de 
sustraer á nadie de la obligación de concurrir á arrojarlos. 

« Bajo esto princi^)io he hecho presente á todo europeo ave- 
cindado en la costa del Uruguay y sus inmadiaciones, que de 
ninguna manera puedo permitir la continuación en su neutra- 
lidad, que unidos con nosotros defiendan sus intereses, ó ves- 
tidos del carácter de enemigos se apersonen á este cuartel ge- 
nera], en donde con la debida seguridad les impediré aumen- 
ten el numero de aípiellos. El corto vecindario que habia que- 
dado en el Arroyo do la China mo hizo presente su adhesión 
á nús ídoas, poro quu les permitiese reservar su manifestación 
hasta un caso preciso. Y^o no pude asentir á ello, y le propuse 
de nuevo la espresada alternativa. V. S. conoce muy bien la 
necesidad de esta conducta, muy acostumbrado á ver á dichos 



— 478 •- 

señores no decidirse jamás, pero manifestando bastanlemente 
ser solo el resultado de su im])ortancia, ó del interés personal 
que los domina. Nosotros defendemos la causa de los hombres, 
todo van á participar del fruto de nuestros afanes, yo me li- 
songeo de haber dado lo bastante á la politica llamándolos á 
formar nuestras legiones, al menos con la idea de atacar al in- 
vasor extranjero, cuya presencia aun bajo el sistema antiguo 
debió serles odiosa. Con algunos portugueses he hecho lo mis- 
mo; unos y otros aumentan nuestro número, y he tomado mis 
medidas para cpie no puedan monos que obrar según nuestros 
deseos. 

Los del Arro^'o de la China aun no se han resuelto, pero juzgo 
36 decidirán por lo mejor. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Cuartel general en el Arroj'-o de la China, costa Occidental 
del Uruguay 9 de Febrero de 1812. 

José Artigas. 

Hé aqui la nota en que Artigas comunica al Gobierno de 
Buenos Aires su pasada á la Provincia Oriental, amenazando 
ya á las fuerzas portuguesas : 

« Exmo. Señor: 

« Me hallo 3'a con toda la fuerza do mi mando en la costa 
oriental del Uruguay ocupando ella la misma posición que an- 
tes de pasar á ía costa occidental, en laque aun he dejado dos- 
cientos hombres j)ara proveer al auxilio de las carretas, bo- 
yadas y caballadas que no se han podido pasar todavía. 

Dios guaide á V. E. muchos años. 

Cuartel General en el Salto chico, costa oriental del Uru- 
guay, Abril 7 de 1812. 

Exmo. Señor 

José Artigas.» 



— 479 — 

Muy pocos días después ya la misma Gaceta de Buenos Ai- 
res anunciaba liaber tenido un encuentro las avanzadas de 
una y otra parte, refiriéndose á una nota del General Artigas 
en que se dan los siguientes detalles: 

« Con fecha 14 de Abril próximo pasado avisa á este supe- 
rior Gobierno el general del ejército do la Banda Oriental don 
José de Artigas que en 13 del mismo al amanecer 1^ dieron 
parte sus avanzadas de haber llegado al arroyo Tapebí una 
columna de 200 portugueses; que al momento hmr marchar 
-ana partida de 500 hombres de infantería al mando del capi- 
tán de dragones D. Francisco Uriondo quien á la hora de su 
salida avisó se hallaba batiendo con los portugueses reforza- 
dos ya con 400 hombres más que hacían el número de GOO en- 
tro dragones é infantería; que incontinenti dispuso el dicho 
general saliese otra columna de 400 de infantería para auxi- 
liar nuestras tropas, pero luego que divisaron los enemigos el 
refuerzo que se acercaba, se retiraron precipitadamente y fue- 
ron perseguidos hasta entrada de la noche; que al amanecer 
del día siguiente los portugueses se habían retirado sobre el 
Arapey y nuestras tropas en número de 200 hombres de caba- 
llería permanecieron guardando el paso del Tapebí y el resto 
se replegó al cuartel general. 

« La pérdida del enem/go ha consistido en cinco muertos y 
entro ellos un capitán de dragones ignorándose el número dd 
sus heridos. Por nuestra parte no ha habido desgracia alguna 
y los enemigos han dejado en el campamento 4 carabinas, un 
sable y varias mochilas. » 

Entro tanto el Gobierno de Buenos Aires reclamaba del 
Capitán General, don Gaspar Vigodet, que había reemplazado 
al General Elio en el mando de las fuerzas españolas en Mon- 
tevideo, hiciese retirar do la Banda Oriental á los Portugueses 
de conformidad con el Convenio celebrado con Elio el 20 de 
Octubre del año an!.erior do 1811. 



— 480 — 

A esas infriictuosas reclamacioines contestaba enérgicamente 
Yigodet haciendo responsable á aquel gobiei'no de las resis- 
tencias de Artigas á someterse á su autoridad, presentándole 
siempre como el indomable caudillo de la rebelión de los pa- 
triotas. 

Nada podrá llevar al espíritu de nuestros lectores una con- 
viccion^nás profunda sobro la importancia trascendental de 
los actos del General Artigas en la lucha de la primera inde- 
pendencia, como las dos notas del General» Vigodet que vamos 
á transcribir en seguida, y las que vilipendiando tanto á Ar- 
tigas bajo el punto de vista del odio español, lo enaltecen por 
lo mismo como uno de los más grandes y tenaces patriotas de 
la época de la emancipación americana. 

Hé aquí dichas notas inéditas hasta ahora en Montevideo, 
con las contestaciones del Gobierno de Buenos Aires, defen- 
diendo 3" honrando á Artigas : 

Oficio del Gobierno al Capitán General do Montevideo. 

Gaceta 22, Enero 31 de 1812. 

« Sa han realizado al fin los fundados temores de las miras 
hostiles de los portugueses que ha manifestado á V. S. este 
Gobierno en su correspondencia anterior. Por el oficio y par- 
tes que ha dirigido el General Artigas con fecha de 24 de Di- 
ciembre y que en copia se acompañan, se instruirá V. S. do la 
conducta escandalosa de las divisiones portuguesas que con 
sus agresiones han precipitado ya á nuestras armas á todas las 
consecuencias de un rompimiento. El General Artigas ha ba- 
tido uno de sus destacamentos que tuvo la osadía de insultar á 
nuestras tropas; y encendido el fuego de la guerra contra las 
intenciones pacíficas de Y. S. y de este Gobierno, sabe Dios 
cuáles serán sus resultas. 

Este inesperado suceso, ha paralizado las disposiciones que 



— 481 — 

se tomaban para enviar nuestro ejército á las provincias inte- 
riores en la buena fé do que los portugueses se retirarían á sus 
fronteras con arreglo al tratado de pacificación y que seria 
permanente la alianza y concordia de Montevideo y Buenos 
Aires. Pide el General Artigas todos los auxilios de este Go- 
bierno ]Dara resistir los ataques de una división, de que era 
parte el destacamento denotado y que aceleraba ya sus marchas 
sobre el campamento de aquel General. El Gobierno convencido 
de la necesidad de socorrerlo sin demora, ha dictado las provi- 
dencias correspondientes; porque no seria justo abandonar 
aquellas familias qtue le siguen, á los furores de un extranjero 
empeñado en realizar sus conquistas sobre el territorio español 
contra todos los principios del derecho de gentes. Para conte- 
ner su orgullo solo resta que Y. S. con arreglo al artículo 17 
del tratado de Octubre último nos franquee los auxilios nece- 
sarios, á no ser que el poder de su influjo pueda conseguir del 
general portugués que suspendiendo toda hostilidad, y retiran- 
do sus tropas de aquellos puntos deje á Artigas en libertad 
para pasar el Uruguay y situarse en el territorio de esta juris- 
dicción, como se halla estipulado. No duda el Gobierno que 
V. S. se prestará á una solicitud en que está solemnemente 
empeñado su honor, la dignidad de ambos pueblos, los intere- 
ses de la nación española, y los derechos del rey á quien hemos 
jurado obedecer. 

La agresión estrangera es tan notoria como la obligación 
de V. S. de concurrir á rechazarla con todos los esfuerzos de 
su poder poniendo á disposición de este Gobierno las fuerzas 
navales y cuanto necesite para la conducción de su ejército, en 
el caso que el General portugués insista en ocupar nuestros 
campos, atacar nuestras divisiones y llevar adelante la hostili- 
dad y la conquista ; de otro modo le quedará siempre al Go- 
bierno la satisfacción de haber hecho cuanto estuvo de au par- 
te para evitar los desastres de una guerra desoladora y nunca 

32 



— 482 — 

tendrá que responder de sus resultados ante el Tribunal do la 
Nación. 

Dios guarde á V. S. muclios años. 

Buenos Aires 1° de Enero de 1812. 

Feliciano Antonio Cliidana — Manuel de 
Sarratea — Juan José Paso — BernaV' 
diño Rivadavia, (Secretario.) 

Al Capitán General don José Vigodet. 



Dejariamos incompleta esta sección si no trascribiésemos 
aquí, aún fuera de su lugar, el importante detalle que tomamos 
de La Gaceta de Buenos Aires, del combate entre las fuerzas 
orientales y portuguesas á que alude Artigas en su nota desde 
el Salto de 24 de Diciembre de 1811 (pajina 475) y que por 
una omisión involuntaria no se insertó en su orden. 

" Extracto del parte que el capitán de Blandengues don Manuel 
Finto Carneiro dio al señor General don José Artigas. 

« Sin embargo de todas las precauciones y medidas pacífi- 
cas que anuncia el oficio anterior y que puso en práctica pru- 
dentemente el capitán Pinto ; se vio en la precisión de batirse 
con las partidas enemigas el 22 del pasado, pues no obstante 
baberse retirado estas á virtud de sus insinuaciones, entendió 
por un prisionero que lucieron sus avanzadas, que aquella re- 
tirada era aparente y que en la realidad aguardaban en la 
misma noche un refuerzo de 400 Hombres con 3 cañones con 
cuyo auxilio meditaban atacar la división de su mando. Esta 
noticia exalf-^ i^uestras tropas, se rompió el fuego de ambas 
partes y se vio precisado el comandante de las nuestras á acu- 
dir con el resto de la división y sostener el empeño en que se 



— 483 — 

hallaban las armas de la patria. La columna enemiga abando- 
nó el campo dejando 50 muertos entre ellos dos oficiales y 
mayor número de heridos que llevaron consigo según noticia 
que comunicó un indio venido de su campamento. Nuestra 
pérdida ha sido de cinco soldados muertos y seis heridos.» 



El siguiente documento es como se verá, el más glorioso ti- 
tulo de Artigas: 



•t>' 



« Oficio del General do Montevideo á este Superior Gobierno. 

« Estoy muy distanto do dar como V. S. ascenso á las relacio- 
nes de don José Artigas contenidas en los oficios de V. E. de 
28 de Diciembre del año ppdo. y I.*' del que empieza. Sus que- 
jas son exageradas, y parto propio de su orgullo y mala íé que 
le caracteriza y tiene demasiado acreditada en todos sus pasos, 
particularmente desde la suspensión del sitio á quo hizo la 
mayor resistencia y oposición con sus parciales quo suscribie- 
ron los diferentes recursos de quo dio cuenta á V. E. su dipu- 
tado don José Julián Pérez. (!í) Cada dia vivo mas convencido 
de las intenciones de este enemigo de la común tranquilidad, 
así como de la certeza do las atrocidades que cometo frecuente- 
mente contra los hombres de honor y probidad que residen en 
la comprensión de mi mando. Sus armas principales son el 
terror y la seducción co)i que ha logrado usurpar y arrebatar 
todo genero de propiedades y revolucionar con varias publi- 
caciones sediciosas los pueblos do esta Banda (!) á cuyos habi- 
tantes persigue con mas empeño y vigor que antes para que so 
lo reúnan y contribuyan á sus infames proyectos con toda cla- 
se de auxilios que ofreoe recompensar bajo la garantía y de- 
cidida protección con que cuenta de V. S. y en prueba de ello 
y do la satisfacción quo asegura disfrutar ha hecho manifiesto 



— 484 — 

el titulo con que V. S. le lia distinguido de teniente goberna- 
dor de Misiones que se hallaba también resuelto á ocupar. Con 
estos y otros datos que no me dejan que dudar de la criminal 
conducta del referido Artigas^ ni de sus firmes ideas en 
sostenerse y conservarse en esta Banda con sus tropas 
contra lo estipulado en el artículo 20; en nada menos 
debo pensar que en procurar la ejecución del articulo 11 basta 
tanto que V. S. no me acredite baber cumplido por su parte 
religiosamente los pactos con que se halla todavía ligado. Por 
el contrario estoy determinado no solo á dejar obrar al ejérci- 
to portugués contra el rebelde Artigas y sus secuaces para 
cortar el progreso de los enoimes perjuicios que ha ocasiona- 
do, sino también á impedir con todos mis arbitrios el paso á 
esta banda de los auxilios que V. S. ha acordado remitir con 
manifiesta transgresión del articulo séptimo. 

Aun cuando no fueran fantásticas sino efectivas las quejas 
de Artigas contra los portugueses debería imputarse á si mis- 
mo la culpa pomo origen y verdadero causante de ellas y no á 
estos aliados que no hacen otra cosa que defenderse de sus in- 
sultos y atropellamientos contra los derechos de su Gobierno 
V el mió. Ambos estamos conformes en la desconfianza y justos 
recelos de los movimientos de este insurgente, y de acuerdo 
caminaremos en rechazarle ofensivamente sus primeras tenta- 
tivas hostiles si V. E. no pone los medios oportunos y eficaces 
para que se contenga y escrupulosamente guarde el tratado de 
pacificación como se ha hecho por parte de este Gobierno, 

Sin hacer un agravio manifiesto á la amistad y alianza que 
reyna felizmente entre nuestra nación y la portuguesa, no seré 
yo capaz de dudar como V. E. de la buena fé con que han ve- 
nido las tropas de esta á auxiliar á la fiel Montevideo y en 
cují^o justo concepto me afianza entre otras pruebas positivas 
la pronta disposición en que me ha protestado hallarse el Ge- 
neral don Diego de Souza para dejar enteramente libre el ter- 



— 485 — 

ritorio español al momento que yo le avise estar allanados los 
tropiezos y dificultades que le han obligado á permanecer de 
mi consentimiento en esta jurisdicción. 

De lo expuesto conocerá V. S. que en sus manos está que 
se realice la retirada del ejército j)ortugués á sus territorios y 
la feliz conclusión de la obra comenzada. Para ello no son 
necesarias otras providencias que las que reclamé con justicia 
de V. E. por mis oficios de 28 de Noviembre y 14 de Diciem- 
bre últimos. Si V. E. no encuentra como espero dificultades en 
esto, menos las tengo yo para dar al instante las disposiciones 
que me corresponden y desea Y. E. con el grande objeto de 
reconcentrar nuestra unión y concordia á que aspiro y por quo 
tanto me be desvelado. 

« Dios guarde á V. E. mucbos años. 

« Montevideo, Enero G de 1812. 

« Exmo Señor. 

« Gaspar Vif/odef. 

Exma Junta Gubernativa de Buenos Aires. 



Persistiendo la Junta en sostener al General Artigas, tratando 
do demostrar la justa razón con que éste reclamaba contra la 
ocupación j)Ortuguesa, como se ha visto antes, Vigodet dirijió 
ésta última comunicación que precedió al rompimiento de hos- 
tilidades. 

« Exmo. Señor: 

Mientras yo no sepa de una manera inequivocable que se 
han puesto en ejecución las justas providencias que exiji de 
V. E. por mis oficios de 28 de Noviembre y 14 de Diciembre 
del año próximo pasado y 6 del mes presente ; inútilmente se 



— 486 — 

fatiga V. E. en solicitar que 3''0 disponga la pronta retirada de 
las tropas portuguesas á sus fronteras. 

Son demasiadas las pruebas y documentos quo tengo de la 
ninguna .sinceridad, firmeza y buena fe con que se ha conducido 
ese Grobierno aun desde los primeros pasos del convenio, para 
que yo pudiese descansar seguro en sus seductoras propuestas 
y ofrecimientos. Tocan ya la raya de escandalosos el desprecio 
con que Y. E. lia mirado mis prudentes y arregladas proposi- 
ciones y su decidido empeño en sostener al caudillo Artigas, 
cuyos débiles proyectos de hacer interminable la guerra de la 
devastación de estos desgraciados países, de acuerdo y con 
anuencia de V. E. tiene manifestado por varias cartas suyas 
originales, todas do fecha de Noviembre que conservo en mi 
poder, y no remito á V. E. porque sabe mejor que yo los senti- 
mientos de aquel rebelde y sus facciosos. (!!) 

Aun cuando quisiera desentenderme de la firme creencia á 
que obligan estos datos yo no necesito más para acabarme de 
convencer de las intenciones de V, E. que ocurrir á la práctica 
y funestos efectos que ha ocasionado la falta de energía y rec- 
titud con que se ha conducido en todas sus disposiciones rela- 
tivas al tratado de pacificación que ha quebrantado V. E. con 
descaro; al paso que yo no he dispensado medio, ni considera- 
ción alguna por sostener la observancia de los puntos que 
abraza aquel solemne pacto. 

No se debió á la fuerza de este como quiere hacer creer V. 
E., que el ejército denominado de la Patria levantase el sitio 
puesto á esta plaza, sino al influjo irresistible de las fuerzas 
portuguesas. Sé como V. E. la orden que dio á don José Ron- 
deau para que se retirase con toda su gente de esta Banda al 
momento que supiese que nuestros amigos los portugueses se 
acercasen á Maldonado, receloso con fundamento de un desca- 
labro, cuya providencia la tomó V. E, sino antes, al mismo 
tiempo que nombró al diputado don José Julián Pérez para 



— 487 — 

que viniese á tratar los medios de conciliación con este go- 
bierno. De consiguiente no queda sincerado V. E. ni aún en el » 
punto de la evacuación de sus tropas á que son referentes los 
artículos 6.'' y 20.°, respecto de no deberse considerar aquella 
como efecto necesario del convenio, sino del temor que infun- 
dieron en Y. E. nuestros auxiliares. 

Muclio menos puede justificarse V. E. en orden á los demás 
artículos. 

En 90 días que van vencidos desde el de su ratificación, le- 
jos do haber dado V. E. un solo paso favorable en obsequio 
de los artículos 2, 3, 4 y 5, se halla cada vez más empeñado en 
desacreditar la Nación española, atropellar sus lejítimos dere- 
chos, y burlarse de sus sabias leyes, tratando de abolirías al pre- 
texto infame de haber mudado de condición los pueblos ameri- 
canos. La pronta remesa de auxilios pecuniarios que V. E. pac- 
tó solemnemente para que la madre patria se sostuviese en la 
guerra que hace al usurpador de la Europa, quedó frus- 
trada por los débiles efugios que manifestó V. E. en 
carta de 23 de Noviembre. Con la misma debilidad y 
falta de formalidad arrostro V. E. por los artículos 7, 15 y IG 
do que son comprobantes irrefragables los oficios de 28 y 31 
do Diciembre del año iiltimo y I.** del corriente. Del artículo 
22 responderá el resultado que tuvo la comisión conferida al 
teniente de navio don Jwan Latro en virtud de lo acordado en 
el 20, sobre cuj^a inobservancia y la de los demás artículos ten- 
go hechas á V. E. las más eficaces y justas reclamaciones quo 
ha desatendido igualmente V. E. 

Por lo mismo no alcanzo como á vista do estos incontesta- 
bles hechos ó por mejor decir procedimientos hostiles haya te- 
nido arrogancia V. E. asi para representarme consideraciones 
y deseos ( que jamás ha puesto on planta ) de conservar con 
esto Gobierno la buena armonía y correspondencia sanciona- 
da ; como para sentar que 3*0 he declarado la guerra á V. E. y 



— 488 — 

á las provincias sujetas á su jurisdicción. Estos si son insultos 
verdaderos y no las moderadas y conformes reconvenciones 
que comprende mi oficio del 6, y mucho menos la prudente, 
oportuna y precatoria providencia que di para impedir con 
mis fuerzas navales el paso de las tropas que dispuso V. E. 
remitir al indicado Artigas siempre que no variase de determi- 
nación para que se hallaba V. E. por si solo desautorizado por 
virtud de lo estipulado en el predicho articulo 1.° á menos que 
quisiese V. E. ó que yo fuera un frió espectador de este nuevo 
atropellamiento á mi autoridad ó que el envió de los buques 
se verificase después que ya se supiese que el insurgente Arti- 
gas habia recibido los refuerzos y auxilios de V. E. 

« Las quejas de aquel cabecilla contra los portugueses no 
dejan á salvo la conducta de V. E. en aquel caso inmaturo 
puesto que en sus manos estaba evitar con facilidad los cho- 
ques de unos con otros haciendo que Artigas y su gente deja- 
ran libre el territorio de esta Banda con arreglo á la transa- 
cion, sin dudar de que por mi garantía repetidamente ofrecida 
á "V. E. tendría en seguida efecto la retirada del ejército por- 
tugués ; en cuya buena fé me ratifico constantemente á pesar 
de las razones de desconfianza que me manifiesta V. E. y que 
me sería fácil desvanecer con documentos á la vista y otras 
pruebas si no considerase á V. E. tenazmente empeñado con- 
tra estos aliados. La justicia, los amigos del Estado y míos 
son los que inclinan la balanza en favor de ellos y de su na- 
ción entera. 

Bajo de este concepto y de lo que tengo espresado á V. E. 
en mis antecedentes, lleno de sinceridad y deseos de que reine 
entre nosotros la paz y tranquilidad debo ratificar á V. E. por 
conclusión mi conformidad y buena disposición para allanar 
sin tropiezos la evacuación de las tropas portuguesas del terri- 
torio español, luego que por parte de V. E. se cumpla religio- 
samente el referido tratado. Este partido es el mismo que he 



— 489 — 

propuesto repetidas veces á V. E. consiguiente con mis prime- 
ras sanas ideas y con lo convencionado por ambas partes con- 
tratantes. Si aun se resiste V. E. á abrazarlo tendrá que respon- 
der de los enormes males y perjuicios que ocasione la ejecución 
de los desesperados, violentos ó injustos medios de que V. E. 
va á valerse para renovar y sostener la guerra contra este. 
Gobierno y el Supremo de la Nación ; y si los remordimientos 
de la conciencia no contienen y confunden á V. E. temblará al 
fin do la justa indignación de los pueblos fieles por haber usado 
con ellos de una conducta tan monstruosa. Los amagos presun- 
tuosos con que últimamente me insulta V. E. los miro en igual 
grado de desprecio que los que hizo á mi diputado el capitán 
de fragata don José Primo de Rivera. Sé las fuerzas de V. E. 
y el número de armas con que puede contar para distribuir á 
esos famosos patriotas militares que me indica V. E. haberse 
precipitado á pedirlas con el objeto de sostener los proyectos 
de V. E. pero sé también que tengo bajo de mis órdenes valien- 
tes y esforzados soldadosque inalterables en los justos principios 
que han fijado en su corazón se preparan de nuevo con envi- 
diable serenidad, no solo á resistir con firmeza dicho proyecto 
sino á destruirlos en unión de nuestros fieles y generosos 
amigos los portugueses, (!) en cuya empresa tendrá asi mismo 
gran parto el respetable ejército del Vireynato de Lima, que 
con tanta gloria y acierto dirige y manda el benemérito y re- 
comendable general don José Manuel de Goyeneche, como 
animado de unos propios sentimientos y resuelto á escarmentar 
debidamente á nuestros enemigos. Nada finalmente quedará 
por hacer en honor y defensa de la sagrada causa que hemos 
jurado sostener á costa de cualquier sacrificio; y no dudo que 
el resultado corresponda á este grande y digno objeto en que 



— 490 — 

nos vemos gustosamente empeñados los verdaderos espa- 
ñoles. 

« Dios guarde á V. E. muclios años. 
« Montevideo y Enero '20 de 1812. 
Exmo. Señor: 

« Gaspar Vigodet 

« Exma. Junta Gubernativa de Buenos Aires.» 



Lo" repetimos. Con los justificativos y pruebas que liemos 
presentado, anticipándonos con ellos al texto de la obra, cre- 
emo«! haber patentizado superabundantemente el grandioso rol 
de Artigas en los sucesos del año 1812, preparatorios del sitio 
y rendición de Montevideo; y demostrativos además del odio 
implacable y fundado que le conservaban los portugueses, á 
quiénes reoX y positivamente liabia expulsado él de la Banda 
Oriental en ese año; salvando asila independencia de estas 
provincias de esos gravísimos riezgos. 

Es asi como se explican perfectamente las causas por las 
cuales la invasión del año 16 debia venir, como vino, bien pre- 
co\\CQxÍQ.dia.-^Q,ra. extirpar ó exterminar, covao dice el doctor Lo- 
j)ez, al más incontrastable é intrépido defensor de la Pro- 
vincia Oriental, 



-»-*^»-^g^S^^ ce C t 



índice 

DEL 

T o IVI o F* F5. IIV^ E Fi o . 



Pajina 



El General Artigas ante la Historia Oriental 3 

Las ti-es éijocas de Artigas ' 

Deficiencias de la Historia Oriental ^ 

Documentación de la Historia Oriental 13 

Heclios notables ignorados 15 

Documentos importantes desconocidos 19 

Como se ha ignorado hasta ahora donde nació Artig?.s .... 21 

Composición y carácter de este libro 28 

Pruebas de que opinamos y sentimos en 1833 como en 1853 ... 27 

La inflexible ley moral que domina en nuestro libro 30 

íntimos vínculos entre la historia Oriental y la Ai'gentina ... 43 
Artigas ha sido más calumniado que ningún otro procer Ameri- 
cano 51 

El historiador debe afirmar con pruebas. Nuestra complacencia 

al contribuir á una gi-ande obra de justicia ". 55 

El general Mitre y nosotros contra el Doctor López 59 

Filiación genealógica de la obra del Doctor López 65 

EiTor capital de los juicios históricos délos generales Mitre y 

Sarmiento, y doctores López y Berra "!» 

Las fantasias de la novela no cuadran con la austeridad de la 

historia 81 

Nuestras afirmaciones tendrán su comprobación documentada. 

Como debe escribirse la Historia y como se ha escrito este libro 85 
Como pronuncia su fallo la Historia imparcial. — Dos grandes he- 
chos históricos 103 

La verdad y la justicia nos fortalecen combatiendo la cruzada que 

se ha organizado conti'a el General Ai-tigas 111 

El pueblo Argentino no es responsable de la mala política de al- 
gunos de sus gobernantes 123 

Enseñanzas de la Historia. Lo que cuesta al Rio de la Plata una 

gran traición 1 1^1 

Carencia de la prensa periódica eu 1815 147 



— 492 — 

PA,jina. 

Artigas no fué caudillo en la acepción que se ha daclo á esta 
palabra: fué un reformador político. Un discurso suyo. Origen 
de su separación de las líneas sitiadoras de Montevideo . . . 159 
La nacionalidad Oriental. Su vei-dadero y mal conocido origen . 187 
Artigas como reformador político y como administrador progre- 
sista y liberal 213 

El sentimiento popular en la Provincia Oriental 2-33 

La historia de la emancipación oriental narrada por Artigas . . 255 
Los iniciadores del sistema federativo en el Rio de la Plata — 

La Independencia Oriental 271 

Artigas y su pueblo . 281 

Por calumniar á Artigas hasta se han atenuado los atentados de 

sus enemigos — Pajinas sombrías de nuestra historia .... 289 
Las instrucciones de Artigas a los Diputados Orientales ante sus 

contemporáneos 295 

Artigas, precursor de la declaración de la Independencia Ai-gen- 

tina 276 

La organización federativa de Artigas — Su iniciativa respecto 

de grandes i^rincipios políticos y económicos 299 

Artigas no odiaba á los Porteiíos. Los partidos porteños, oposito- 
res álos Gobiernos de Buenos Aires, fueron casi todos arti- 

guistas . 311 

Artigas no hizo sino resistir á los malos gobiernos que él mis- 
mo pueblo de Buenos Aires concluyó por derrocar 325 

La conquista de Montevideo por el General Alvear. La gueri-a á 

. muerte • 335 

Administración política y económica de los Directores Posadas y 

Alvear en Montevideo 387 

Como se traicionó la causa Americana por los enemigos de Arti- 
gas 411 

Entre transar con Artigas ó traicionar la causa Americana se 

prefirió lo último 421 

Las pruebas de la traición. Comj)licidad con la invasión portu- 
guesa 445 

Pretestos de los Portugueses para pacificar la Banda Oriental . . 465 
El General Artigas ante los Portugueses y Españoles en 1812. . 463 



-•«oO<30^" 



DE LAS 

SECCIONES QUE CONTENDRÁ EL TOMO 11. 



Españoles, orientales y portugueses. 

El pueblo de Buenos Aires estuvo por Artigas. 

El proceso del Directorio, de su Ministerio, y del Congreso, labrado por 
ellos mismos. 

El gran crimen. 

Como se preparaba Artigas á. la lucha. 

Artigas y sus orientales ante la invasión portuguesa. 

El plan de defensa de Artigas. 

La primera contra-invasiou. 

Una nueva guerra. Invasión á. Entre-Rios. 

Otra nueva guerra. Invasión á Santa Fé. 

Como terminó la guerra declarada á Artigas por el Directorio. 

Las glorias del pueblo Oriental. Degradación de la conquista por- 
tuguesa. 

La segunda contra-invasión. 

Como contribuyó Artigas á la defensa da Buenos Aires. » 

La gloria de Artigas derrotado. Gloria victis. 

Artigas como defensor de su patria. 

La poesía Helénica y la Uruguaya. El himno de Artigas. 

Antecedentes personales del general Artigas. 

Artigas acusado como díscolo é insuboi'dinado. 

Como se demuestra que Artigas fué siempre agredido y nunca agre 
sor. 

Artigas calumniado como hombre sanguinario. 

Cómo se prueba que Artigas fué elemento y magnánimo. 

Nuevas pruebas do la clemencia y magnanimidad de Artigas. 

El castigo de un traidor y el asesinato de un gran patriot». 

El pueblo nuevo do Purificación. 

Los pretendidos enchalecamieutos. 

El general Artigas v su disciplina. Indios y cristianos de 1815, de 
1853 y 1874. 

El general Artigas como Administrador de l©s dineros pv'iblicos. 



— 494 — 

La Cancillería del general Artigas. Sus comunicaciones. 

El carácter de Artigas ante las amenazas y los peligros. 

Las libertades comunales de las provincias contra su subyugación por 
la capital. 

El caudillaje provincial engendrado por el depotismo de los gober- 
nantes de Buenos Aires. Causas y efectos. 

La magua éi^oca de la guerra de la Independencia. Sus grandezas y 
errores. 

Litransigencias del oi'gullo de las facciones imperantes en la caijital. 

Artigas y su pueblo ante la traición. 

Como se operaba y justificaba la reacción que se llamó anarquía y 
radutonera. 

Desorganización motinera de los gobiernos patrios. 

Justificación de las resistencias de Artigas á someterse á, ciertos go- 
bernantes de Buenos Aires. Artigas sabía que reaccionaba contra la 
traición. 

Ai-tigas, hombre de acción contra los intrigantes. 

En la revolución contra el réjimen espaüol las masas populares en- 
carnaban el patriotismo más sincero. 

En las masas populares nunca se extinguió el sentimiento fogoso de 
la patria. 

El libelo de Cavia. Algunos liistoriadores argentinos y orientales se 
han inspirado en él, y falsificado la verdad histórica. 

El patriotismo se subordina ante la austeridad de la verdad histórica. 

La historia como enseñanza moral nunca debe claudicar. El Consulado 
y el Imperio por Thiers. 

La historia ha degenerado en libelo, amenguando la grandeza de la 
revolución americana. 

En cual escuela de hombres públicos se incubó la traición al repu- 
blicanismo americano. 

En donde se hallaban los verdaderos patriotas. 

En donde deben buscar los pueblos sus grandes hombres como Ar- 
tigas. 



-tí?áJ3EIS«4— 



m. 



TOMO II 



lillilEái 




Y SU ÉPOCA. 



ArtTsrTES f>ocu]nK:xTAa>os 



PARA LA 



SISTOEIA OEIEHTAL 



POR 

•JUSTO ]m:.a.ieso, 

EX-DIKECTOU DE LA OFICINA DE ESTADÍSTICA DE BUENOS AIRES; 
MIEMBRO DEL INSTITUTO HISTÓRICO GEOGRÁIICO DEL RIO DE LA PLATA- 
DE LA ASOCIACIÓN AUXILIADORA DE LA INDUSTRIA N.VCloNAL 
DE RIO JANEIRO: 
DE LA SOCIEDAD DE AMIGOS DE l..\ ILUSTnAPloX, 
DE VALPARAÍSO; ETC., V/lr. 






MONTEVIDEO 



JMP. pRIENTAL Á pAS Dt: J'eÑA Y floUSTAN, JreINTA Y TrES N^O lia 

18 8 5 



1 



Españoles, Orientales y Portugueses. 



Los hombres observadores más versados con el estudio de la 
historia, y de la multiplicidad de acontecimientos y hechos sor- 
prendentes que en ella se narran y comentan, no pueden menos 
de asombrarse al recorrer los anales de Portugal en sus relacio- 
nes con la España, ante la enorme suma de labor, de actividad, 
de inteligencia, de astucia, y hasta de perfidia y duplicidad, 
que en ellos se revelan, empleados unas veces en el descubri- 
mient >, conquista y usurpación de territorios; otras en la con- 
troversia y ardides de una astuta diplomacia, tanto más infati- 
gable y perseverante cuanto mayor y más colosal era su tarea ; 
siempre pronta al servicio de un insaciable anhelo de conquis- 
tas, convertido no pocas ocasiones en ávida y sigilosa rapacidad ; 
otras veces audaz y enérgico hasta el extremo de amenazar al 
poderoso rival; casi siempre soportándose todo de parte de 
éste, por cobardes atenuaciones, ó por más acomodaticias y 
bochornosas condescendencias. Podría llenarse una vastísima 
Biblioteca Pública con solo los escritos y Hbros, que los histo- 
riadores, geógrafos, cronistas, diplomáticos y gobernantas han 
escrito y hecho escribir en los últimos cuatrocientos años 
transcurridos, con relación á las conquistas territoriales que 
hicieron, á las usurpaciones que en ellos se efectuaron; y á las 
contiendas y controversias á que dieron lugar esas conquis- 
tas. 

Ante tal verídica afirmación podrá comprenderse cuan colosal 
debería ser el trabajo practicado concienzudamente, que inten- 
tase compendiar no mas, la dilatada y contradictoria historia 
de aquellos dos países con relación principalmente á sus pose- 
siones americanas. 



— 6 — 

No debe estrañarse que la opulenta y batalladora España de 
Carlos Y. se enseñorease merced á su poderlo y á sus riquezas, 
de tan vastos dominios en todos los continentes de la tierra. 

Lo que si asombra es ver á ese pequeño reino de Portugal, 
fracción minima d(; la soberbia Iberia, utilizar el talento de sus 
sabios, la ciencia y la audacia de sus navegantes, y el ardor y 
denuedo de sus guerreros, para lanzarse á toda clase de em- 
presas arriesgadas, en países remotísimos unos, inespugnable- 
mente defendidos otro.s, hasta enterrar alguna vez sus mejores 
hijos y sus grandes recursos en los desiertos del A.frica, como 
en las temerarias aventuras del desgraciado Rey don Sebas- 
tian, ó llevando su bandera mas allá de donde la enarbolaban 
en los mares y en las costas los Españoles, Franceses y Holan- 
deses: aventajándolos á unos y otros en arrojo, en poder y en 
decisión para asegurarse en las tierras conquistadas. 

Así solo se esplica, que pudiera llevar sus intrépidos mari- 
nos, sus descubridores nautas, y sus conquistadores como 
Vasco de Gama, Cabral, Alfonso, Jaques, Alburquerque, Maga- 
llanes, y tantos otros d:) un extremo á otro de los mares, en 
África, en el Japón, en Asia, en América, haciendo conquistas, 
levantando fortalezas, y como lo dice aunque con ampulosa hi- 
pérbole el entusiasta traductor portugués de una geografía 
de 1,736 de J. Valleman, que tenemos á la vista: 
• « Esta conquista, (la de las Indias), hizo á los reyes portu- 
gueses tan poderosos en el Asia, que bien parece era llegado 
el tiempo en que Dios desempeñase su divina j)alabra y cum- 
pliese la promesa hecha al primer Alfonso en el campo de Ou- 
rique, cuyos sucesores escogía para llevar su n . mbre á los gen- 
tiles entre trabajos y peligros por el espacio de cuatro mil le- 
guas, que se cuentar. desde el Cabo de Buena Esperanza, el 
mas austral del África hasta el de LíamjJÓ en la ^hina, con- 
quistando tierras, levantando fortalezas, y sujetando principes 
rebeldes al nombre de Dios, con proezas de valor tan espan- 



_ 7 ■- 

tosas, que exceden la fé humana si no estuviesen tan ant«nti- 
cadas en la historia!» 

Ante hechos de tal magnitud, no se extrañará pues, que el 
Portugal, llegase muchas veces á ponerse frente á frente á la 
que era entonces la primera potencfa de la cristiandad, avan- 
zando siempre paso á paso con imperturbable energía, opo- 
niéndole barreras, apoderándose de sus conquistas, hasta lle- 
gar á valerse de las mismas armas españolas ^para arreglar y 
consolidar sus usurpaciones con el beneplácito y sanción del 
usurpado, como aconteció en la Colonia del Sacramento, y con 
los mal aventurados siete pueblos de las Misiones TJru- 

Volvamos a'iora á 1812 en la Provincia Oriental. 

Vamos á ver ahora como el General Artigas, sin alianzas 
sin recursos, ni elementos de guerra, rodeado su pais de ene- 
migos y de traidores, desafiaba cuerpo á cuerpo á e¿a potencia 
del Portugal y su gran reino del Brasil, la misma que tantas 
veces habia afrontado las iras y el poder de la España, que en 
ciertas épocas hasta la habia humillado con sangrientas y ver- 
gonzosas derrotas. 

Ya hemos visto al General Artigas resistiendo por su cuen- 
ta y riesgo la invasión portuguesa de 1812, terminada al fin 
dij)lomáticamente por el armisticio celebrado en Buenos Aires 
con el Enviado Portugués Coronel E-ademaker el 26 de Mayo 
de ese año. 

Vamos á estudiar ahora las condiciones en que el pueblo 
oriental debía entrar á la nueva y colosal lucha de 1817. 

Para formar una idea aproximada siquiera de esas condicio- 
nes, y de la extensión del general pronunciamiento popular de 
la torcera grande época Oriental, en la que el General Artigas 
levantó en masa las milicias orientales y misioneras, para com- 
batir al invasor portugués ; es indispensable tomar en consi- 



— 8 — 

deracion algunos informes y observaciones muy oportunas y 
concluyentes. 

Vamos á entrar lijeramente en ellas, con la persuacion de 
que contribuirán á completar el juicio del lector sobre el ver- 
dadero estado de la entonces provincia Oriental, sobre el es- 
píritu exaltado y soberbio que animaba á sus bijos, y final- 
mente sobre la grandiosidad de los acontecimientos que se de- 
sarrollaban al impulso y bajo la acción guerrera y entusias- 
madera de Artigas. 

Ya liemos visto como procedía éste oponiéndose al ejército 
portugués en 1312, influyendo con su resistencia armada para 
que evacuase el territorio oriental. 

Veamos aliora como procedían las autoridades portugue- 
sas de la frontera, y sus subordinados en cuanto á los ve- 
cinos rurales de la Banda Oriental, entre los cuales debia buscar 
en 1817 el General Artigas sus valientes milicianos, que los 
doctores López y Berra han dado en llamar handas. 

La política ambiciosa que inspiraba á la Corte de Portugal 
movida por el anlielo constante de ensanchar sus territorios en 
América por medio de una creciente usurpación á sus vecinos 
los Españoles, influía eficazmente en todos los actos de sus 
funcionarios y agentes en el Brasil. Es así como se comprende 
que estos no solo cumpliesen, sino hasta ultrapasasen, las ins- 
trucciones de la misma Corte al efecto. 

Son conocidas las permanentes y agresivas discordias que 
dividieron á los españoles y portugueses en su respectiva 
ocupación y población de los dilatados territorios correspon- 
dientes á los Virreinatos del Brasil y del Rio de la Plata. 

Parecía que este inmenso continente era pequeño para la 
codiciosa avidez de los conquistadores. Unos y otros se hostili- 
zaban encarnizadamente en América, en tanto que en sus 
Cortes se ajustaban pactos de familia y tratados de cordiaUsima 
amistad, que principalmente las autoridades portuguesas d© 



— 9 — 

las grandes Capitanías áe San Pablo y San Pedro violaban con 
el mayor descaro, alentadas al efecto por las subrepticias reco- 
mendaciones de sus vireyes. 

Esa situación de hostilidad latente y secular se reagravaba 
con la ocupación de la Colonia del Sacramento por los Portu- 
gueses desde que el Gobernador don Manuel Lobo vino desde 
Rio Janeiro el 1.° de Enero de 1G30 á fundar aquella ciudad, 
con pretextos más ó menos fútiles, y con planos y mapa-mun- 
dis falsificados expresamente en 1678 por el Cosmógrafo Juan 
Texeira de Albornoz ])or orden del Rey de Portugal Don Pe- 
dro, tratando de demostrar que en el Rio cío la Plata y aún 
más abajo de su latitud, se hallaban los verdaderos límites del 
Brasil, siguiendo una línea imaginaria hasta el grado 45, que 
debía incluir en los dominios portugueses una gran parte de 
la Patagonia, y otros territorios españoles. (1) 



(1) Aunque no se relacione dircctanaente con este Estudio, creemos 
dar mayor interés k nuestro trabajo trascribiendo las dos notas siguien- 
tes que se cambiaron después de la invasión de Lobo, entre éste y el 
Gobernador de Buenos Aires. Esa invasión como es sabido tuvo un 
éxito desastroso, pues ocho mesas después el mismo Garro envió al 
Maestre de Campo don Antonio de Vera y Muxica con 3000 indios Gua- 
raníes y 200 milicianos de Santa Fé, Corrientes y Buenos Aires, consi- 
guiendo rendir toda la guarnición portuguesa con su jefe Lobo, y demo- 
ler las buenas fortificaciones que este l\abia construido con 18 piezas de 
artilleria. 

Carta del Gobernador de Buenos Aii-es á don Manuel Lobo, fecha k 
9 de Febrero de IGtíO. 

.c Las noticias que trajo uno de los barcos, caminando la vuelta de la 
isla de San Gabriel, me obligan al despacho presente para saber de 
V. S. por medio del Sargento Mayor de este presidio don Juan Zebian 
do Velazco y don Juan del Pozo, Alcalde Provincial de esta ciudad, 
diputado de este Gobierno, la causa de haber hecho pié en tieiTa de la 
Corona de Castilla, en quietud y pacífica posesión de más de 120 años 
k esta parte. 

Porque habiendo sido con autoridad del Rey Nuestro Señor don Car- 
los 2.** i^^que N.° señor guardo y prospere) no podré negarme k su rendida 
obediencia; nikn estrañaré siempre el no haberme dado V. S. parte,!lue- 



— 10 — 

La Colonia del Sacramento, devuelta al Portugal después 
de la rendición de Lobo, atacada varias veces y vuelta á recu- 
perar, continuó siendo por largos años hasta su definitiva ren- 
dición por el Virey Cevallos, el gran cuartel general de donde 
expedicionaban los portugueses por todo el territorio oriental 
y en donde se asilaban los contrabandistas que desde la fron- 
tera cruzaban la campaña, transformándose á su regreso á la 
frontera de Rio Grande, en merodeadores que no solo robaban 
todos los ganados que podian arrear á su paso, sino hasta las 
mujeres y niños de color que vendian al otro lado. 

Ese mismo plan de invasión y depredaciones se llevaba á 
cabo desde el siglo anterior en todas las extensas fronteras del 
Vireinato, en opuestas direcciones como lo refiere el ilustrado 
Jesuita Lozano con relación á los celebres Mamelucos y Pau- 
listas que hacian sus irrupciones al norte: 



go que llegó, para que pudiera mcstrarme con la fineza qua pide mi 
obligación. 

Si la venida de V. S. ha sido con ocasión de temporal ó para negocio 
que no pide nuevo término, será la respuesta más cumplida á elevarse 
luego, dando la noticia que á V. S. pareciese más justicada y que pueda 
parecer en los tribunales superiores, sin que se oponga á la urbanidad 
y política, avisándome pa,ra que yo satisfaga al empeño de la Capitania 
General de este Puerto. Guarde Dios etc. etc. 

José Garro.» 

Hé aquí la respuesta que en 10 de Febrero de 1680 dio Lobo al Go- 
bernador Garro, tan notable por la cortesanía de la foi'ma como por la 
firmeza rotunda de la negativa : 

<^' Como el Príncipe mi Señor que Dios guarde en las órdenes que dá á 
sus Gobiernos ultramarinos, manda que hallándose aquellas Provincias 
de que los encarga, con sobrados moradores, les busquen nuevas tierras 
para que con más comodidad las puedan cultivar, me resolví luego que 
llegué al Janeiro por la propuesta que la Cámara de la ciudad me hizo 
sobre este particular, á embarcarme con la gente que me fué posible 
acomodar en estas embarcaciones, dejando órdenes de que me sigan 
otras que por instantes espero. Buscando parte conveniente desde 



— 11 — 

« En. 20 grados y 4G minutos, tiene sii entrada al Paraná el 
río Añembí, testigo perpetuo dos siglos há, de insultos, robos 
y tiranias de los Mamelucos del Brasil; por que naciendo, en 
las espaldas de Cabo Frió, en las serranías del Paraná piazaba; 
viene regando los campos, y pasa por la celebre villa de San 
Pablo, la Ginebra de aquella malvada jente que aquí se embar- 
ca, y sin temor de los muclios saltos y escollos, baja por él has- 
ta el Paraná, para cautivar los indios do la corona de Castilla 
en todas las dilatadas provincias del Paraguay, Guaira, Jerez, 
y hasta las de Santa Cruz de la Sierra en el Perú. » 

La invasión portuguesa aprovechando toda clase de instru- 
mentos para su fin se pronunciaba asi y avanzaba sus domi- 



aquella plaza, no he hallado otra más conveniente así por el puesto 
como por 16 que congeturó de las tiei-ras. 

Y esté V. S.'^ ciei-to que cuando me determiné ú poner los pies en es- 
ta, fué con la infalibilidad, que asi esta como otras muchas están dentro 
de los límites de la Corona de Portugal, y dominio del Príncipe N. R, 
que Dios guarde. 

Y como asi sea. sin ¡a urden expresa de dicho seüor no determino vol- 
ver atrás un paso. 

Y como estas dos coronas han contraído entre si una paz tan firme y 
que esperamos se continuará por muchos añss, las Reales personas de 
mía y otra Corona con sus consejos x-esolverán lo que les pareciere más 
conveniente. 

y el no haber onviado á V. S. k besarle la mano luego que llegué, fué 
por quo tengo noticias, que esc Puerto está prohibulo, como muclias ve- 
ces se ha experimentado; y en el Rio Janeiro supe se habla hecho cargo 
á algunos capitanes de esa ciudad y su jurisdicción, no habiendo pre- 
cedido en ellos culpa venial, más antes han dado con dema.siado rigor, 
con que se hubieron con los Portugueses que llegaron á ese Puerto, 
dando ocasión á que se formasen más justas quejas de lo que convenía 
á Vasallos de dos Rcj-nos que están en pacífica concordia. 

En lo quo yo valiera en servicio de V. S. me hallará siempre muy 
¡n-onto, y con muy buena voluntad para obedecerle. 

Dios guardi" á V. S. muchos años. 

Manuel Loho. 



— 12 - - 

nios, estrechando á los Españoles, lo mismo por esta última 
Provincia, como por Matto-grosso y Cuyabá; no debiendo ol- 
vidarse que el principal intento que se llevaba en vista, era el 
de asegurarse de la navegación de los grandes rios que baja- 
ban de esas vastas comarcas, como el Paraguay, el Paraná y 
el Uruguay, mediante la cual podia el Portugal conservar mas 
fácilmente sus usurpaciones y asegurarse por el grande estua- 
rio del Plata, libre y fra-ico el camino real al Océano para el 
movimiento comercial de esa inmensa rejion, al mismo tiempo 
que fortalecia la defensa y sosten de su autoridad y dominios. 
Las autoridades españolas creían que con establecer guar- 
dias en la frontera oriental, y en el terreno que se consideraba 
neutral, garantian la posesión de los territorios reconocidos por 
el Portugal como propiedad española; pero cada año una nue- 
va invasión venía á burlar esa candorosa confianza. 

Fué así como la presencia de los contrabandistas, y 
ladrones de ganado, que á pesar de las nuevas guardias es- 
tablecidas, asolaban las valiosas y recientes poblaciones de los 
hacendados españoles, situadas á una y otra margen del Ya- 
guaron, especialmente en las vertientes de la Laguna Merin, 
en las proximidades de aquel rio, y en las márgenes del Rio 
Negro, obligaron al Virey de Buenos Aires á formar una com- 
pañía de Blandengues para vigilar ese territorio, y la linea que 
defendían aquellos guardias ó fortines. 

De este modo considerando los vireyes de Buenos Aires como 
inútiles ó ineficaces sus continuas reclamaciones al del Brasil, 
y á sus delegados de la frontera, para que hicieran desalojar 
los nuevos establecimientos portugueses, en cumplimiento d© 
reales órdenes de la Corte, libradas definitivamente, en tanto 
que entre los gabinetes contratantes se resolvían los puntos 
controvertidos por sus Comisarios; resolvieron dichos vireyes 
colocar algunas guardias al Norte del Yaguaron, tratando asi 



— 13 — 

de evitar el incremento de esas nuevas poblacione portugue- 
sas. 

En esas empresas de salteo de las haciendas españolas, los 
cuatreros organizados en fuertes partidas encontraban un po 
deroso auxilio en las asperezas y bosques de aquellos terrenos 
escabrosos, merced á lo cual se internaban algunas veces hasta 
el mismo rio Tacuaií y el Cebollatí, donde llegaban también 
algunas partidas de soldados Portugueses con el pretesto de 
perseguir y prender á aquellos. 

Fué por entonces que no siendo tolerable por mas tiempo 
tales violencias y desmanes, asi como las enormes pérdidas pa- 
decidas por los colonos españoles, se decidió el anciano Virey 
del Rio do la Plata, don Pedro Meló de Portugal y Villena, á 
reconocer en persona la situación del pais y de sus defensas, 
(aun á costa de su vida, pues es sabido que murió en Pando 
durante ese viaje) ordenando que se estableciera una nueva 
Guardia sobre el Tacuarí, destinada á protejer los estableci- 
mientos mas centrales de aquel territorio. A esta posesión que 
fué el fuerte y Villa de Meló en las inmediaciones del Cerro- 
Largo, y en las vertientes de aquel rio, se la honró con el nom- 
bre de su respotabls fundador, que conserva hoy como cabeza 
del Departamento de Cerro-Largo. 

Los portugueses de la Colonia explotaron también sinies- 
tramente los odios de raza entre los indígenas, azuzándolos 
contra los españoles, consiguiendo así fortalecer su ocupación, 
ensanchar sus limites, y hostilizar con ventaja, á fuerza de 
duplicidad, á un rival que no podían vencer por la violencia. 

Fué para combatir ese púnico sistema que el Gobernador do 
Buenos Aires, don Manuel de Prado Maldonado envió una 
fuerte expedición de más de tres mil hombres, guaraníes en su 
mayor parte, á las órdenes del Sargento Mayor don Alejandro 
Aguirre, tratando de derrotar á los Charrúas que los Portu- 



— 14 — 

gueses alentaban, proporcionándoles armas, recursos y algunos 
soldados para dirijirlos. 

La disciplina y la pericia de las armas españolas -guaraniti-^ 
cas obtuvieron una completa victoria sobre los Charrúas 3'^ su& 
aliados, hasta que, como dice el mismo Aguirre, « los consu- 
mieron y acaharon á todos estos. » (1) 

Podría parecer un absurdo histórico, pero hay en esa batalla 
del Yí en Abril de 17C2 y en sus preliminares tan poco cono- 
cidos en los fastos nacionales, algo como la nebulosa de una 
Ituzaingó indígena, que las crónicas militares j)odrian revivir 
con sus sangrientas y marciales tradiciones, en los cantos d& 
algún Ossían criollo. 

La historia de los limites territoriales entre naciones belico- 
sas no está siempre reducida á los protocolos diplomáticos ó á 
las operaciones geodésicas de demarcación. Hay entre ellas 
episodios militares con su feroz secuela de inveterados odios,. 



(1) Siendo tan interesante y poco conocido en la historia de la Pro- 
vincia Oz'icntal este notable heclio de armas, creemos se leerá con inte- 
rés el párrafo siguiente de una declaración otorgada por el mismo 
Sargento Maj^or Aguirre en que detalla con mayor minuciosidad los 
• incidentes de esa célebre batalla, cuyo documento está fechado á 9 de 
Mayo de 1702, en el pueblo de la Candelaria. 

Dice asi Aguirre: 

« En el paraje y rio llamado Ibicuy, desde donde caminamos en busca 
del enemigo, más de ciento y cuarenta leguas, en que se atravesaron los 
Ríos Ibirapitá, Tacuarembó, Yaguarí, Pirai, y Rio Yi, todos rios muy 
caudalosos, y que se pasaron nadando con gran riesgo de las vidas, con 
otros muchos pantanos no menos anegados, que dicho ejército para el 
real servicio trajo cuatro mil caballos, dos mil muías, y dos mil vacas,, 
y todos los víveres necesarios para su sustento y seis religiosos de la 
Compañía de Jesús, cuatro que le servían de capellanes que exortaban 
y animaban á los indios al servicio de Dios y del Rey Nuestro Señor, y 
los otros dos de Médicos y enfermeros ; y que habiendo caminado me- 
ses, dimos casi con los rastros del enemigo que estaba rancheando en 
las riberas del rio Yi, y desde el día seis de Febrero al amanecer, se les 
dio el primer asalto, y se les ganaron sus tolderías ; y habiéndose retí- 



— is- 
cle sorpresas y venganzas, de lucha á muerte, como las que 
narradas ¡Dor hábiles escritores han dado en algunos países á 
su literatura y á su historia sus más bellas páginas. 

AValter Scott con sus novelas y poemas sobre las célebres 
gueiTas del Border entre los clanes de Escocia y la Inglaterra, 
y los novelistas americanos como Cooper é Irving han demos- 
trado cuan rico é inagotable podria ser el caudal de esas cróni- 
cas que existe aun intacto para nuestros ingenios. 

Al menos, los indomables Araucanos han tenido un Ercilla 
para inmortalizar sus proezas. Centenera ha cantado principal- 
mente las glorias de algunas tribus ; pero los Charrúas y los 
Yarosno han tenido hasta ahora en sus contiendas con los 
Guaraníes y los Españoles, el cancionero, el bardo popular, el 
novelista que conmemorase sus hechos, apenas bosquejados en 
los episodios de Zapican ; ni las feroces contiendas entre crio- 
llos y portugueses hasta la guerra de la independencia, el cro- 



rado ellos con toda su chusma k la espesa montaña, donde se hicieron 
fuertes, y por espacio de cinco dias, pelearon con desesperación, hasta, 
perecer casi todos á la fuerza de nuestras bocas de fuego y demás ar- 
mas, y cojidoles toda su chusma de mujeres y niños que pasaban de 
quinientas almas que se trajeron según el orden del señor Gobernador. » 

Los portugueses de la Colonia lejos de ser estraños á las agresiones, 
y hostilidades practicadas por los indios Charrúas y Mboanes contra 
los indios guaraníes y españoles, está probado que los instigaban á ello 
alentándolos con esperanzas de socorro, y dándoles al efecto algunas 
armas de fuego antes de esa batalla. 

Se justifica ese cargo y otros varios que de él se derivan como una 
participación mal disimulada en aquellas agresiones y sorpresas, con 
las resultancias y demostraciones de una prolija información ó interro- 
gatorio diligenciado por orden del Padre Superior de la Compaüia de 
Jesús, Juan Bautista de Zea, información destinada á dar cuenta al 
Rey y á sus autoridades, de las agresiones sufridas, y justificar al mismo 
tiempo el castigo que recibiei-on los enemigos. 

De esta declai'acion del Jesuita Gerónimo Herranz, resulta que los 
])ortugueses vinieron con «etenta soldados fusileros y tres piezas de 
cañón, y que su fin declarado era apoderarse de las Misiones. 



— 16 — 

nista poetizador de esa lucha que debía ser el prefacio de las 
grandes guerras nacionales. 

Volviendo ahora al estado de las fronteras orientales á prin- 
cipios de este siglo, es sabido que aún en medio de la más pro- 
funda paz entre las dos Coronas, echaban mano las autorida- 
des portuguesas de la frontera de los medios más reprobados 
para venir ocupando los campos despoblados de este lado de 
aquella hasta el Rio Negro, espulsando de otros á sus poblado- 
res, y atacando y apoderándose de las poblaciones y estancias 
fundadas por los Jesuítas por medio de grandes reducciones de 
indios Guaraníes, como San Miguel, Ibirá-Miní en el gajo del 
arroyo de este nombre, en su confluencia con el Icubucurá, y 
otros muchos al Sud del Piratiní. 

Obedeciendo ó más bien explotando esa inalterable regla de 
tolerancia y ct)mplicidad oficial, los pobladores portugueses 
acaudalados creían á su turno cumplir con un deber, ó usar de 
un derecho, al propender por todos los medios particulares y 
más ó menos clandestinos á su alcance, á ajustarse á esa consig- 
na invariable de agresión y de usurpación contra todo lo que 
fuese español ó castegao. 

Resistiendo á esas fuerzas en 1801 el entonces Teniente 
Rondeau tomó parte en la derrota, en lo que es ho}'' Departa- 
mento del Salto, de un fuerte destacamento portugués á las 
órdenes del Comandante Barreto, valiéndole este hecho de 
armas los despachos de Capitán (1); y algún tiempo después el 



(1) En la conocida Autobiografía escrita j)or el General Rondeau se 
consignan los siguientes interesantes informes sobre esa época: 

« En la clase de cadete, en la que generalmente se eternizaban los jó- 
venes de aquellos tiempos, por que no se proporcionaban más ascensos 
que los que resultaban en los mismos cuerpos por muerte, y rara vez 
invalidez de los que servían los empleos superiores, solo conté cuatro 
años, habiendo conseguido por mi constancia y buen desempeño de mis 
deberes, ser colocado de alférez del cuerpo de caballería de Blandengues 
de Montevideo que afortunadamente se creó entonces: en este empleo, lo 



— 17 — 

mismo Artigas con uua partida de adictos personales suyos, 
entre los que ya se distinguia el bravo Fernando Torgues, sor- 
prendió y derrotó una fuerza portuguesa que sacaba ganados 
para la frontera, pretendiendo ser comerciantes que venian del 
Rio Negro: por cuyo lieclio de armas el Gobernador Huidobro 
le hizo á aquel donación escriturada de una extensa fracción 
de cam^íO en dicho distrito, en donde se trabajan hoy las minas 



mismo que en el de teniente que obtuve á mi turno, estuve siempre en 
campaña, empleado en comisiones concernientes á la tranquilidad públi- 
ca, ya en persecución de los bárbaros charrúas y minuanes, con los que 
tuve varias acciones, una al lado del capitán don Jorge Pacheco, como 
consta del documento núm. 1 que en tiempos mny posteriores ha venido 
k mis m.auos por casualidad, y otras mandando yo en jefe las partidas 
que operaban contra aquellos, siendo simultáneas estas operaciones con 
las de perseguir ladrones cuatreros que infestaban la cami)aüa, lo mismo 
que á los contrabandistas, tráfico que era más ejercitado por los brasi- 
leros que por los naturales del país, y aquellos como mas diestros en el 
uso de las armas de fuego oponian uua resistencia vigorosa á las parti- 
das de tropas que se les acercaban, atrincherándose con las cargas que 
llevaban si eran atacados en campo raso, ó defendiendo sus intereses 
desde las cejas de los montes, si tenian tiempo de llegar á ellos. 

« En estas mismas clases, en la guerra con los portugueses en el año de 
1801, tuve tres acciones con ellos: la primera,, en las puntas del Rio Negro 
con una partida de más fuerza que la de mi mando, al cargo de un te- 
niente apellidado Paiba; el choque tenía por objeto recuperar sobre tres 
mil novillos que llevaban robados de la estancia situada cerca de la fronte- 
ra, como también trescientos caballos de la misma procedencia, lo que 
conseguí, matándoles algunos hombres, y habiéndoles tomado algunos 
prisioneros. Existen en este Estado personas que en clases inferiores á 
las que hoy representan, se hallaban á mis órdenes en aquel acto: se- 
gundo, en la Fortaleza del Cen-o Largo, como ayudante de órdenes en 
gefe que era del puesto, capitán do infanteria don José Tolanos, cuando 
los portuguesas le invadieron, y que fué entregada por capitulación. La 
tercera, después do haber hecho la paz con esta Nación y que fui comi- 
sionado por el Virey, Marqués de Sobremonte, con el fin de que reco- 
rriese la campaña por la parte del Norte del Cerro Largo, y le informase 
si los fronterizos ocupaban algua punto de ella que nos correspondiese 
antes de la guerra. » 



— 18 — 

de oro; y cuyos campos han estado pleitando hasta hace poco 
algunos herederos de Artigas. 

A pesar de repetidos descalabros, como los anteriores, for- 
mábanse en los campos fronterizos agrupaciones de ricos pro- 
pietarios que tomaban por su cuenta, aisladamente en partida 
ó en cuadrillas, como una operación comercial licita, la inva- 
sión á mano armada al territorio español de esta Provincia 
Oriental, no solo para establecerse en el sino para apoderarse de 
los ganados y demos bienes que pudiesen caerles á la mano, ó 
para llevarlos á su territorio despojando á españoles ó indios cris- 
tianos indistintamente, concitando al mismo tiempo contra unos 
y otros el odio inveterado de los indios infieles charrúas y gue- 
noas, á quienes armaban al efecto, y de quienes se servian co- 
mo de una vanguardia en sus incesantes incursiones, verdade- 
ras razzias ó malones organizados á mansalva. 

A principios de este siglo se hacia notable entre las empre- 
sas de esta clase, el Quilombo (que asi se llamaban esas pobla- 
ciones de negros esclavos y gauchos portugueses, ó más bien 
rio grandenses, cuidando de esas estancias destinadas aparen- 
temente á la cria de ganados,) fundado por don Felipe Contucci, 
agente confidencial y Secretario que habia sido de la célebre 
y ambiciosa Infanta doña Carlota, hermana de Fernando VII 
y esposa de don Juan VI de Portugal. 

Es asi como Contucci poseía ese grande establecimiento de 
campo situado cerca de la linea del Yaguaron, en el cual se 
sostenia una fuerte guarnición junto con la misma peonada de 
aquella estancia, verdadera fortaleza ó castillo feudal, de donde 
expedicionaban en todos direcciones fuertes partidas armadas, 
cuyas depredaciones y vaquerías, changando, como se decia 
entonces, ganados ajenos, en las tierras fronterizas, tenían alar- 
mados todos los pobladores Orientales inmediatos á aquella 
extensa zona. Es sabido que llegaron á tal extremo los actos 
de vandalismo de los dueños y administradores de esa grande es- 



— 19 — 

tancia militar, que fué necesario desprender del ejército patrio- 
ta que sitiaba á Montevideo una expedición á las órdenes del 
Coronel French, la cual asaltó el Quilombo, logrando rendir 
su guarnición después de un reñido combate, en que resultó 
gravemente berido el Teniente don Lucio Mansila después 
General, el mismo glorioso vencido de las baterías de Obligado. 

De este modo acontecía aún en épocas de profunda paz en- 
tre ambos países, que las autoridades portuguesas fronterizas 
instigaban, sancionaban, y aprovechaban esa guerra privada 
de depredación, verdadera piratería de tiena. 

Es sobre los avances y tropelías de esta, al parecer desauto- 
rizados por el Rey de Portugal, pero siempre impunes y con- 
sentidos, que tomaba cada dia mas amplia base y ensanche 
esa creciente usurpación portuguesa, la que al fin venía por la 
diplomacia á hacerse valer, á confirmarse y consagi-arse como 
un hecho consumado, en cada sucesivo })acto internacional en- 
tre España y Portugal. 

Tenemos que aducir alguna prueba entre las mil que ofrece 
la historia, y la presentaremos irrefragable y tanto más fi- 
dedigna cuanto más humilde es su orijen. Creemo^í dar al 
efecto un verdadero interés á esta sección trascribiendo ínte- 
gra una interesantísima y esplicativa carta dirigida el año 
1812 por el rico hacendado vasco-francés Inchaurbe que fué 
más tarde poseedor dd'raás de doscientas leguas de campo en 
lo que es hoy dej)artamento de Tacuarembó. 

En ella Inchaurbe dá cuenta al acaudalado estanciero es- 
pañol, don Cristóbal Salvañach, del sÍ!¿tema de saqueo organi- 
zado y casi oficial adoptado públicamente por muchos Rio 
Grandenses en aquella época; y que, como es sabido se conti- 
nuó mucho dopues con el nombre de Californias, sistema del 
cual se hacía víctima á los estancieros Orientales y Españoles 
por los cuatreros portugueses que en grandes cuadrillas mero- 
deaban sobre los territorios ff-onterizos, internándose frecuen- 



— 20 — 

temente hasta más acá del Rio Negro, antes y después de la 
invasión del General Souza. 

El sencillo pero esjíresivo lenguaje de esa carta con su co- 
lorido tan descriptivo de aquella remota época y de la vida 
rural, evidencia con exceso la veracidad de aquellos cargos. 

Esa carta explica también y justifica ampliamente la pro- 
funda indignación y encono que debian venir arraigándose y 
generalizándose entre) todos los vecinos de campaña españoles 
y criollos, en odio á las autoridades portuguesas, civiles y mi- 
litares, que no solo toleraban, sino alentaban esa guerra de 
vandalaje y de esterminio contra los vecinos Orientales, apro- 
vechándose de ella después para protestar cínicamente contra 
el desorden que decian existía en la provincia, acabando por 
sostener que era urjente sacrificar á las mismas victimas de 
sus robos y solteos en masa, á quienes se había reducido por 
los pacificadores á la miseria y á la desesperación. 

Esa carta contiene en su final una referencia muy interesante 
sobre el General Artigas, á la que llamamos la especial aten- 
ción de nuestros lectores, con relación á los importantes ser- 
vicios que habia prestado aquel á los estancieros de esa sección 
de la frontera, salvaguardando sus intereses contra las depre- 
daciones portuguesas, principalmente. 

« Señor don Cristóbal Salvañach : 

« Potrero, 8 de Marzo de 1812. 

« Muy señor mío y amigo : Confirmo á V. mi anterior de 28 
último que dirigí por Argañaras, añadiendo ahora que el Do- 
mingo 2 del que luce fui avanzado nuevamente por otra partida 
de foragidos Portugueses como á cosa de las 2 de la mañana 
al mando de un tal Thomas Capillero, á quien luego que se 
apeó,, habiéndome apersonado con mi capataz Vicente Ibarra, 



— 21 — 

y un negro que á la sazón se hallaba, mandó Capillero á los 
de su comitiva nos amarrasen; y en seguida entrando en la 
casa desbalijaron esta de cuanto liabia en ella, tanto de nuestro 
usp, dejándonos con menos de lo encapillado, como de todo lo 
demás. Verificado este saqueo nos prepararon los caballos más 
inútiles y despreciables que ellos traian, y casi en pelo nos 
condujeron á la otra estancia de la Casa de Piedra, en donde 
bajo de arresto nos mantuvieron en ella desde media tarde 
hasta entrarse el sol, en cuj'O intermedio se entretuvieron en 
recojer todas las manadas, y separar de ellas todos los caballos 
redomones y potros, asi hecha esta diligencia nos condujeron 
á un bajo inmediato de la casa, con más tres negros que se 
hallaban en ella, con cuya diligencia comprendí ciertamente 
que nos iban á quitar la vida; pero á Dios gracias no sucedió 
tal lance ; y luego que salió la luna, nos hicieron retornar á la 
casa, y en cuyo patio y á la inclemencia, estaqueados, y con 
cepo de lazo nos acomodaron á todos hasta el lunes por la 
madrugada, que nos dieron soltura de aquella prisión ; pero al 
capataz Vicente le pusieron un cinto de cuero, en cuya forma 
nos condujeron de retorno á la estancia, donde nos prendieron; 
hicieron parada en el Arroyo de las Tres Cruces y Paso de las 
Carretas hasta media tarde, y de alli nos llevaron por la costa 
arriba, y á poco trecho nos internaron adentro del monte, en 
donde nos mantuvimos bajo de arresto y tres centinelas, sin 
ser osados á dar un paso, .sino que habíamos de estar do pié, 
sentados ó echados, hasta el miércoles 5, punto antes de la no- 
che, que nos dejaron abandonados, y á pié. En los días de este 
encierro, el resto de la gente, y aun más que por lo visto, y 
presunciones verídicas vinieron sobre 40 individuos, se entre- 
tuvieron en parar un rodeo do ganado cerca de las casas y se 
llevaron por un cálculo prudente un trozo de más de tres mil 
cabezas, porque la noche del martes, y parte del día miércoles 
no cesó el rumor, y balar del ganado, pues hasta voces de los 



_ 22 — 

mismos individuos afanados en reunir el ganado le oiamos con 
un inesplicable dolor de nuestros corazones. 

« El jueves por la mañana en vista de nuestra infeliz suerte 
de liallarnos á pié en aquel bosque y sin más auxilio que el de 
la divina Providencia, determinamos salir, traj'^endo á cuestas 
nuestros andrajos de recados, y nos dirigimos á este terreno 
distante de aquella caverna más de tres leguas, y mantenién- 
donos con algunas mazorcas de maíz, zapallos, y algunas san- 
días, quiso Dios depararnos por estas inmediaciones un caballo 
ético, y junto con los dos, logramos hacernos de dos manca- 
rrones que nos sirven para el auxilio de carnear. En vista de 
este lieclio tan cruel é inhumano, y al venirnos de la casa de 
piedra el hinos por la mañana, á distancia de más de cuatro 
leguas veíamos la polvareda que como humo salía de los corra- 
les de caballos de la otra estancia, y nos inferimos que hayan 
arrasado hasta con las manadas de yeguas. Ayer mandé á dos 
negros á pié á la casa de piedra á ver la ruina de ella, y vi- 
nieron contándome que nada habían dejado en ella, pues que 
hasta las ollas, asadores, marcos, herramientas, etc., no había. 
En la fábrica de curtiduría han hecho lo mismo, y aun más, 
pues han extraído una porción de cueros que se hallaban en 
sus depósitos en el beneficio del curtiembre; á este tenor han 
ejecutado igual destrozo y saqueo en la otra estancia, donde 
nos prendieron, según parte que acaba de darme nuestro ca- 
. pataz Vicente.* De este asalto tan atroz sa me sigue también el 
quebranto de que el capataz de la casa de piedra, dos peones y 
dos negros, andan dispersos, sin saber si los han prendido, ó lo 
que se ha hecho de ellos. 

No solo es este hecho sino otros de igual jaez que han eje- 
cutado por todas las poblaciones de la tierra, como anuncié á 
usted en mi anterior y á este tenor preveo con toda seguridad 
que antes de muy poco tiempo van á^dejar á todo hacendado 
de esta Banda del Rio Negro en disposición y al amparo de 



— 23 — 

im capacho para pedir limosna. Por lo que me acaba de decir 
el capataz de usted, Melchor, le han hecho injentes arreadas, 
pues dice que por el puesto de Baltas casi no ve ganado. A 
Zamora ( don Cosme ), Gari ( don Manuel Vazques ), España 
( don Félix ), Saenz y á Cardoso, según noticias, le han hecho 
lo mismo, validos del desamparo de gente en que se hallan laís 
estancias, y cuando últimamente tienen la osadia y atrevimien- 
to de hacer lo que han hecho conmigo, no debemos esperar más 
que hacer un total' abandono, por que de lo contrario nos expo- 
nemos á ser víctimas de nuestros propios intereses. ¿ Quién en 
vista de estos procederes há de subsistir en sus propios hoga- 
res? ¿A dónde y cuándo se ha visto ningún hacendado de esta 
Banda, aún en tiempo de los hechos más atroces que cometían 
los infieles, que abandonasen sus chozas, y á la sazón nos vea- 
mos precisados á emboscarnos en las entrañas de los montes 
por no hacer una total y ab:^oluta dejación de nuestros intereses 
¿ El gabinete del Brasil no tiene prometido á esa ciudad y sus 
habitantes todo auxilio y protección con entera privación de 
robo por sostener la justa causa presente ? 

« ¿Y por qué, pues, á la sazón á banderas desplegadas, y co- 
mo si estuviéramos en la hostilidad más sangrienta, nos hacen 
Tinos robos de tanta gravedad, introduciéndose en las estancias 
con el descaro que acabo de experimentar y en forma de va- 
querías arrean crecidos trozos de ganado vacuno, rezago de 
caballos que se han librado del furor del trastorno habido, y 
de cuanto mueble y utensilios útiles é inútiles que hallan por 
delante, los llevan, cuando no los destrozan? No se oculta á mi 
conocimiento que el Gabinete ignorará estos procedimientos, 
y por ello no pone coto ó límite á ellos, pero á qué zote hará 
creer que esta ignorancia se estienda también á los Coman- 
dantes de las guardias de su territorio, quienes directa ó indi- 
rectamente es indispensable lleguen á saber estos asaltos y 
saqueos, porque siendo ellos de mucho bulto y ruido, al intro- 



— 24 — 

ducirse en sus dominios, es imposible que lo ignoren? ¿Y por 
qué si tienen órdenes contrarias, segun generalmente dicen los 
portugueses, sabido el lieclio no los castigan con todo el rigor 
de sus leyes? Que seguramente á los ejemplares bien notorios 
se abstendrían de hacer semejantes insultos; j;e)-o la tramoya 
es bien conocida, y es que tanto Jos más de Jos Comandantes con 
los introductores Jadroncs, se dan Ja mano unos á otros y se cu- 
bren estos á la sombra de aqusllos, que este inicuo comercio es tan 
antiquísimo como saludo de Jos muchaclios de Ja doctrina. 

« Ya tengo dicho que mi acontecimiento no es solo, sino 
otro que cometieron en la propia estancia de usted en donde 
á media tarde del 27 del pasado amarraron á su capataz Mel- 
chor y peones, y despojándolos de todas sus ropas asi amarra- 
dos los condujeron de noche al paso de los Tres Cerros en Ta- 
cuarembó Grande, distante de más de 6 leguas, en donde los 
largaron al dia siguiente. Todo ests procedimiento y conduc- 
ción á dicho paso no fué más que para hacer mejor el robo de 
caballos y manadas de yeguas por otros de la misma comitiva 
de ladrones que ejecutaron. Este hecho y ultraje les ha obli- 
gado á abandonar la casa y albergarse en lo más interno del 
monte, pues habitando en estos términos, acompañados del con- 
tinuo subsidio y sobresalto no es lo mismo que hallarse todo 
abandonado ? 

Parece que si, pues si sobre este desorden no toma ese Go- 
bierno la más -activa y pronta determinación de favorecernos 
con una partida militar de cien hombres para que contenga es- 
tos desvergonzados insultos y robos, podemos no contar con 
nuestros intereses sobre estos suelos. Es el único arbitrio que 
preveo ser útil por ahora, porque si trata de oficiar al General 
en gefe Portugués, hallo este paso tan inútil que aún cuando 
reconvengan á sus Comandantes subalternos de los limítrofes 
estoy viendo que no hemos de experimentar ninguna mejora 
como así se acreditará, y si la disposición del auxilio que in- 



— 25 — 

indispensablemente exije en vista de unos hechos de tanto 
horror se omite, y se deja á la ventura de solo comunicar al 
expresado General en gefe, en breve se desengañará usted y 
otros hacendados, y yo junto con ellos do nuestra ruina total. 

« Para no experimentar pups, otras catástrofes que nos su- 
merjan enteramente, éxito encarecidamente la actividad de 
Vd. para que haga por si y entre todos los hacendados que 
pueda convocar, todo empeño en la concesión de esta justa 
solicitud que hasta el cielo clama. Espero que asi suceda para 
que nuestros corazones puedan respirar algún tanto. A mayor 
abundamiento convendría también que ose Cabildo y Gobier- 
no á la ma^'or brevedad comunicase con energía y tesón á la 
Soberana Infanta doña Carlota, de estos últimos atentados que 
han cometido, y cometerán sus vasallos, á menos que S. A. no 
ponga el más inviolable remedio. 

« El ya dicho Melchor que á la sazón se hallaba en esta triste 
choza, me dice que tal cual caballo existe. Que la boyada no 
existe excepto cinco que se han hallado. 

« Omito en esta narración referir á Vd. el pormenor, y sien- 
do en sustancia asi acontecidome, espero tenga el debido 
cumi)limiento el ei/ de la partida para el celo, y cuidado de 
estos tan interesan ^ is, y confiado en que asi so consiga 

le ¡^revengo por si surto . o, que el más á proj)ósito para 
comandante de ella si existo en esa, es el sargento Prieto, que 
hoy según me han informado es oficial de Blandengues, sugeto 
de mucho valor y actividad, y que desempeñará su comisión 
con el mayor esmero, pues se acreditó completamente cuando 
Artigas tuvo igual comisión en estos destinos. 

« Si don Félix Saenz pidiese á Vd. hi presente para leerla, 



— 26 — 

suplico á Vd. le franquee, como el que mande á su affmo. y 
atento servidor. 

Q. S. M. B. 

« José Antonio Incliaurhe. » 
« Es copia que certifico.— Paysandú, Mayo 10 de 1812. 

Juan Cruz de TJrquiza. » 



He allí un cuadro fiel de lo que era la campaña Oriental 
fronteriza, saqueada _2>ac7^ca)«e>iíe á instigación de las autori- 
dades portuguesas desde mucho antes de 1812. 

Ya sabemos, pues, lo que era la pacificadon portuguesa de 
1812, como anticipación á \2í, ocupación pacificadora de 1817. 

En cuanto á las autoridades Españolas, es sabido que resi- 
diendo los Virejes en Buenos Aires, llegaban á ellos muy de 
tarde en tarde las quejas de tantos agravios á los que bacian 
oidos sordos. Solo después de grandes abusos y usurpaciones 
de territorio, se decidian á realizar algunas expediciones como 
la del Virey Yertiz ú otros, cuyos resultados eran tan efimeros 
como transitorios, porque cesaban tan luego como se retiraban 
las tropas expedicionarias. 

Era necesario que la usurpación se practicase muy en gran- 
de escala con ejércitos de siete .mil hombres como el que man- 
daba el General portugués Bohn al apoderarse por sorpresa 
del Rio Gí-rande, y que la perfidia del asalto se consagrase y 
festejase luego por los portugueses como un triunfo nacional, 
para que la España saliese de su marasmo, y de un fuerte 
mandoble de su intrépido Cevallos al frente de la grandiosa 
expedición de 1777, hiciese sentir en Santa Catalina, en la Co- 



— 27 — 

lonia y en la frontera del Rio Grande, que el león de Castilla 
habia recuperado su bravia pujanza de otras épocas. 

Se comprenderá, pues, ante tal estado do cosas, que á pesar 
de la pusilanimidad ó indecisión habitual de la Corte Españo- 
la, sus delegados y subalternos en la gobernación de este Vi- 
reinato, y á su turno los habitantes y pobladores rurale?, fue- 
sen ellos españoles, criollos, ó indios reducidos, desde el Pira- 
tiní y la Laguna de Merin hasta el Ibicuy, y de allí hasta las 
Misiones de este lado del Umguaj'-, consideraban necesaria- 
mente á todo portugu és como un enemigo implacable, ó como 
un usurpador consuetudinario, cuya peligrosa proximidad au- 
torizaba ó reclamaba actos de inmediata agresión y hostilidad. 

Esa preocupación agresiva, esa constante antipatía, tan jus- 
tificadas ante provocaciones y desmanes diarios, constituían 
una pasión que habria podido llamarse nacional, como llego á 
serlo una vez emancipada la provincia oriental; pasión que 
venia predominando en el carácter y proceder do los habitan- 
tes de los campos desde 1760 en adelante, inoculándoles desde 
la cuua un odio tradicional, convirtiendo aqui á cada criollo ó 
español en un adversario obligado del enemigo común portu- 
gués ó brasilero, é infundiendo al habitante de los campos 
orientales, y á todo el que tuviera que cruzarlos, en las faenas 
rurales, un carácter militar ó guerrero apercibido al combate, 
ó á la defensa contra el asalto del changador de reses ajenas, 
del cuatrero contrabandista, ó del soldado disfrazado de estan- 
ciero ó fazcndcJro. 

De esa situación no podían surjir sino fuertes y enérgicos 
caracteres, incubándose en ella violentísimos odios. Artigas al 
frente de aquellos, venia á ser algo como un hombre providen- 
cial, predestinado puede decirse, para dar el ejemplo y la for- 
taleza en la prueba suprema que pocos años después vendría á 
atravesar su país en sangrienta y desigual lucha. 

Cada niño que crecía en el hogar paterno ó se avezaba á las 



— 28 - 

rudas faenas y peligros del laborioso poblador de esos solitarios 
campos, podía prestar y balbuceaba en su lenguaje infantil, el 
mismo implacable juramento con que el cartaginés Anibal 
consagraba en su niñez su odio eterno á la prepotente Roma, 
dejando vislumbrar en su mirada toda la zafia acumulada y 
encandecida por largos años de agresiones contra su pueblo y 
su raza. 

Ya veremos con cuan profunda fé cumplía su juramento la 
viril generación oriental del último tercio del siglo pasado, 
combatiendo y muriendo heroicamente en los campos de bata- 
lla de 1816, 17, 18 y 19, y como trasmitía sus sagrados dogmas 
de independencia y la ejecución de su bravia venganza á los 
intrépidos 33 libertadores de 1825. 



»**^^?^ 



El pueblo de Buenos Aires simpatizaba con Ar- 
tigas y su noble causa. 



La invasión portuguesa de 1816 sorprendiendo aun mismo 
tiempo ocho distintas guardias de la frontera oriental; el avan- 
ce triunfal de las fuerzas del General Lecor después del reñi- 
do combate de la columna á las órdenes de su segundo gefe 
Pinto con la división del G-eneral Rivera en India Muerta, á 
X^esar de la heroica y persistente hostilidad de este; y sucesi- 
vamente la ocupación de Montevideo, anunciando la consu- 
mación probable de la conquista de la Banda Oriental; produ- 
jeron, como dobia suponerse, en el pueblo de Buenos Aires la 
impresión mas dolorosa ó irritante. 

Ante esos sucesos, el director Balcarce cayó ante la ira po- 
pular ncusado de una sospechosa inercia, declarado inepto y 
derrocado del poder por la Junta do Observación. Su sucesor 
el Greneral Pueyrredon mantuvo á sus órdenes acuarteladas en 
Buenos Aires numerosas fuerzas, entre las que se liacian no- 
tar los batallones de Cívicos y algunas tropas de linea, con las 
cuales se imponía al pueblo porteño que soportaba con visible 
descontento aquellos alardes do fuerza militar, ostentados solo 
para tratar de intimidarlo, y hacerle resignarse á la artera y 
opresora política gubernativa que aborrecía. 

So descubría cada vez mas, y se denunciaba entre los ciuda- 
danos indignados, la traición que entregaba la Banda Oriental 
á los Portugueses, execrándose ese hecho inicuo como un cri- 
men de lesa patria. 

El Coronel Dorrego que era el que más lo habia fulminado 
poco antes en sus acerbas censuras en la enérgica Crónica Ar- 



— 30 — 

(/entina, deportado en castigo de ellas á la isla mal saua do 
Santo Domingo, en las Antillas, era recordado y enaltecido por 
el pueblo como una noble víctima de la asustadiza tiranía que 
no quería tolerar la discusión y mucho menos la crítica de sus 
malos actos. 

Lo que ee la enceguecedora pasión de partido! El atentado 
contra Dorrogo no lo califica el doctor López (tomo 1.*', pág. 
483) sino de este modo original: Proscrito y ijerseguido con una 
forma exagerada como liemos visto, Borrego, etc. ¡Cómo liabrian 
sido calificados tales hechos si se les hubiese producido por 
Artigas! 

La Crónica privada así de la brillante redacción de este, no 
por eso cejaba en sus ataques, excitanda día á dia la indigna- 
ción pública, y concitándose cada vez más las iras vengativas 
del gobierno Dírectorial. 

Discurriendo ese diario redactado en esos días por los docto- 
res Moreno y Agrelo sobre el infundado y absurdo recelo que 
se aparentaba tener en Buenos Aires por la facción imperante 
de Pueyrredon, de que si se agraviaba á los Portugueses que 
venían invadiendo la Provincia Oriental, bloquearían en repre- 
salia el puerto de Buenos Aires y arruinarían su comercio, ex- 
presábase así con el estilo enérgico que caracterizaba las pro- 
ducciones de aquellos ilustrados y patrióticos publicistas. 

« No haya cuidado de que nos bloqueen ; aguantarán cuanto 
« les hagamos, dejando libre el puerto para sus amos sus in- 
« gleses ¿pues qué han creído estos necios que las Naciones 
« hacen el comercio con nosotros por ideas filantrópicas ? . . . . 
« Los Chilenos por no perder los dos reales de la fanega de 
« trigo, perdieron el medio de arruinar á Lima por el hambre 
« hasta que fueron sojuzgados . . . No comprendemos el patrio • 
« tísmo de los que no quieren sufrir pérdida alguna por bien 
« de su país. . . . Pero la Banda Oriental (se dice) no reconoce 
« al Soberano Congreso ni al Supremo Director : hó aquí un 



— 31 -^ 

« argumento especioso para reducirnos al letargo, mientras 
« los portugueses adelantan sus proyectos. Supongamos que 
« los españoles invadiesen aquella interesante provincia: ¿la 
« abandonaríamos á su destino, por que no reconoce al Supre- 
♦< mo Director? ¡Política admirable! Nuestro deber es presen- 
« tarnos armados en defensa de nuestros hermanos los 
« Orientales, ya que tantas veces lo hemos hecho para ofen- 
« derlos!» 

Bosquejando nosotros el desarrollo de esa violenta oposición 
popular que en Buenos Aires se proponía la defensa y sosten 
de la causa Oriental, ¡jersonificada en Artigas, nuestra palabra 
podría parecer parcial, por más que la presentásemos tal como 
ella era. 

Creemos por lo mismo que nada podría dar una idea más 
aproximada y exacta que la descripción que de ella hace en su 
pintoresco y animado lenguaje el mismo Dor. López, el impla- 
cable calumniador de Artigas, dejándose arrebatar sin duda 
inconscientemente, ó quizá á su pesar, si lo hubiese meditado 
mejor, del mismo sentimiento de indignación que llevaba á los 
patriotas Orientales á afrontar los j^eligros de la resistencia al 
invasor poitugués. 

Dice así el doctor López en la página 537, tomo I.** de su 
JRevolucíon Argentina: 

« A fines de Enero de 1817, se abrían las puertas de la pla- 
za de Montevideo delante del ejército portugués mandado por 
el General Lecor; y un temblor nervioso, lleno de enojos ij de iras, 
sacud/a la ciudad de Buenos Aires, que se sentía vergonzosa- 
mente ajada con este golpe descargado sobre su orguUo. Era 
precisamente al mismo tiempo que San Martin levantaba su 
campo do Mendoza, y se metía en las cordilleras tentando una 
grande aventura de vida ó do muerte para la patria. Fácil es 
contarlo, pero es difícil hacerse una idea, aproximada siquiera, 
de las angustias y de las emociones que hacían vibrar las fibras 



— 32 — 

excitadas de nuestros padres en aquellos dias ardientes, en que 
la vida y el hogar se mecian asi entre tan terribles y tan su- 
premos problemas. La Crónica estraviada fatalmente por el 
espíritu ligero y agresivo del doctor Agrelo, no supo tomar én 
cuenta, que en aquellos momentos era ofender el instinto po- 
pular de salvación de que todos estaban preocupados, si se ex- 
ceptúa el círculo afectado por intereses personales, al exagerar 
las cuestiones de puro detalle y de pura doctrina. Comentan- 
do la proclama con que Lecor hablaba á los habitantes de 
Montevideo, aludía al fin que siempre tenían los traidores, y 
decía: 

« Miraos traidores en este espejo. Vosotros debéis esperar él 
« castigo que merecen viwstros delitos. La Patria es inexorable 

« con sus hijos pérfidos Paisanos! Siete mil portugueses 

« vienen á fecundar nuestros campos: la p)ólvora y la sangre so7i 
« un exélente abono para la tierra: de cada bayoneta scddránmi- 
« llones de aristas de trigo. . . Y á pretexto de una cita de Cice- 
« ron agregaba. — « En esta causa están unánimes todo los 
« hombres á escepcion de aquéllos que viendo su propia ruina 
« inevitable, quieren más bien perecer en el naufragio general 

« del país que exponerse á lo que por sus delitos les es))era 

« á estos los excluyo por que los considero como enemigos impla- 
« cables.'» 

Esas violentas prédicas de La Crónica respondían á la exal- 
tación de la opinión pública contra la política directorial. 

De paso sea dicho, 3^a se ve ante estas inestimables citas, 
cómo el doctor López mismo nos presta armas irresistibles pa- 
ra combatirlo y vencerlo ! 



— •«K©C-ÍC'&0*«»— 



El proceso del Directorio, de su Ministerio y del 
Congreso labrado por ellos mismos. 



Quince dias después, continuando cada vez más vehemente 
y entusiasmadora la propaganda de la Crónica contra la trai- 
ción del Directorio, asustado este ante la inminencia de un pro- 
nunciamiento popular, resolvió dar un golpe de mano con el 
cual no podian contar sus descuidados adversarios. 

Se precisaba un ejemplo para aterrorizar al pueblo. Era ur- 
gente acabar con aquella peligrosa prédica que cada dia exa- 
cerbaba más los ánimos, excitando á la reacción á los ciudada- 
nos indignados. 

En un mismo dia y liora, el 10 de Febrero de 1817, eran 
presos y eiubarcados en un buque que los conducia al destier- 
ro á los Estados Unidos, los doctores Moreno, Agrelo y Chi- 
clana, el redactor y editor Pasos Silva Kanki, y los Coroneles 
Frencli y Pagóla; al mismo tiempo que se encarcelaba al Coro- 
nel Valdenegro, al Caj)itan Marino, y otros oficiales con el 
pretexto de una conspiración próxima á estallar. 

Poro no son los historiadores más ó menos parciales en favor 
de nuestras ideas los que nos darán la razón en la afirmación 
de que el pueblo porteño simpatizaba con Artigas, y sostenía 
sus aspiraciones con el ardor espontáneo y viril con que se 
abraza una justa causa. Apelaremos solicitos al tbhacientisimo 
testimonio del mismo Director Pue^-^rredon. distinguidísimo y 
honorable patricio de educación refinada, estadista de ilustra- 
ción cortesana, pero al mismo tiempo voluntarioso y vengativo 
déspota que tanto abusó de las faacUudeseüctraordinariiUi, cuyo 
uso y abuso le habían sido concedidas por el acomodaticio 



— 34 — 

Congreso; el opresor cjue violó á su placer las libertades pú- 
blicas, y persiguió implacable á sus opositores, tratando por 
medio de tales violencias de ocultar su complicidad en la inva- 
sión portuguesa y su culpable inacción ante ella. 

Es á su testimonio fidedigno al que ocurriremos ahora para 
comprobar esa verdad que la historia imparcial hace resaltar 
como una justicia plena que debe hacerse al pueblo de Buenos 
Aires tan indignado ante la conquista portuguesa, asi como al 
intrépido Artigas y al pueblo Oriental, á quienes se asociaban 
también todos los pueblos argentinos del litoral, unos compar- 
tiendo con ellos sus glorias y contrastes, y otro alentándolos y 
enalteciéndolos en aquellos dias de profunda excitación cí- 
vica. 

En el Manifiesto que publicó el Director público en Febrero 
14 de 1817 tratando de paliar y cohonestar el atentado que aca- 
baba de cometer contra las libertades públicas, se descubre y re- 
conoce ampliamente en sus vastas proporciones, la resistencia 
que el pueblo porteño hacía á su culpable política, al mismo 
tiempo que Pueyrredon se esforzaba por tranquilizarlo con la 
púnica promesa de socorrer la Banda Oriental en su resistencia 
contra los Portueses. 

« De nada hablo que no sea notorio con una especie de pu- 
blicidad de la que no se repiten los ejemplos. Cada ciudadano 
de los menos relacionados, y mezclados en los negocios públicos 
es un testigo de qu© se espera de día en día una revolución con- 
tra el gobierno, y que en cada uno de los que amanece se extra- 
ña no verla realizada. Desde la 2)laza pública hasta los más dis- 
tantes puntos de la campaña se repite el eco de una revolución 
próxima, se designan personas para victimas, se señalan medios, 
se alegan causas, se proponen designios, escarmientos, ejecu- 
ciones y venganzas. Los papeles públicos ocultan con más ó 
menos sagacidad el veneno de la maledicencia, y los agentes 
de la discordia y del desorden se encargan de hacer de palabra 



— as- 
ías aplicaciones odiosas que sus autores interpretan en sentido 
inocente, cuando creen de su interés el que no se penetren sus 
fines. Corromi)iendo con tales ardides al espíritu público, ó 
impidiendo por los mismos que se le contradiga, y que se de- 
sengañe al pueblo, ejercen sobre él un verdadero despotismo 
<le opinión haciendo servir de instrumento un derecho que es 
el patrimonio de la libertad. 

« A vuestro testimonio, apelo, ó pueblos, sino es verdad que 
leyendo y oyendo tantas invectivas, tantas imprecaciones, no 
habéis creido en vuestro corazón que el Gobierno }'• los que le 
auxilian en el desempeño de sus deberets se hallaban implica- 
dos en planes de perfidia y de traición, conuibaUíJos con los 
portugueses, ó con cualquiera ot;ra potencia para vender el 
país, ó sujetarlo á condiciones ignominiosas sin contar para 
nada con vuestro consentimiento. (!) Decid, sino es verdad que 
habéis oído muchas veces, que es in'caso san ificojlo y eyjwner- 
lo todo por destronar una ad)nimstraci'on indolente y pérfida : 
que con semejante lenguaje acompañado siempre de calumnias 
se os ha hecho temer que vuestro destino corre el más grande 
de los riesgos, y que os habéis sentido con resolución para se- 
guir en el despacho de los designios de los que os han llenado 
el corazón de tantas zozobras, y do tan indignas sospechas. 

« Llamando tales alarmas la atención 'del Gobierno á con- 
sultar su seguridad y reprimir los conatos de los perturbado- 
res, ¿ cómo se pretende que puedan tener una marcha noble 
los negocios y que la autoridad degradada é impotente para 
conservar el orden interior pueda hacerce respetar de los ene- 
migos exteriores? El Gobierno que sabía paso por paso las 
maquinaciones que se fraguaban, estaba seguro de que no po- 
drían realizarse sino para escarmiento de sus autores; ha espe- 
rado de dia en día ver abortar los más negros designios y no 
podéis imaginar, ó pueblos, quanto trastorno ha causado seme- 
jante espectativa en la dirección del principal asunto que ocu- 



— 36 — 

pa hoy vuestra atención, la invasión de he yorUirjaeses. Sí me 
habéis hecho la injusticia cruel de creerme capaz de capitular 
con los tiranos, con los usurpadores, y los que calculan sobre 
vuestra humillación, si habéis desconfiado de vuestra propia 
probidad y de vuestro antiguo valor para no contar con (¿uo 
en un solo momento de energía podíais desconcertar todos los 
planes de jefes traidores, desnaturalizados y cobardes, esperad 
xíivij pocos dias para ver confundir á los que os han engañado 
inspirándoos las más negras desconfianzas contra el Gobierno. 
Si no os habéis vuelto un enjambre de esclavos nada tenéis 
que temer ; unos magistrados pérfidos no pueden intimidaros. 
Entre tanto figuraos que para descubrir las miras de los por- 
tugueses, y decidir de un modo irrevocable la conducta que 
con ellos debe observarse, son necesarias mil operaciones de- 
licadas, que es imposible practicar si el Gobierno no poseo la 
confianza del pueblo. (!!) 

« Mi resolución está, tomada, y no ha sido sino obra de un 
« momento el decidirme. Yo he hecho salir del país á los ma- 
« quinadores más despechados y peligrosos; autorizado para 
« esta medida con las facultades competentes, » (equivalentes 
sin duda á Ja?! facultades extraordinarias de Rosas) « y después 
« de haber dado cuenta de los motivos que la han impulsado. 
« Los desgraciados á quienes ha cabido esta suerte no ejecuta- 
•« ban sus planes por falta de poder; quizá pasaría algún tiem- 
« po sin que esta arma funesta llegase á sus manos; pero no 
« perdonaban ocasión de tentar de seducir y de corromper á 
« los jefes y á los subalternos de la milicia, y hasta les ciuda- 
<c danos particulares, para ejecutar sus obscuros proyectos. Yo 
« no he descargado el golpe sino sobre las cabezas, y los que á 
« todo trance estaban resueltos á sumir el Estado en todos los 
« horrores de la anarquía. 

« Mudios alucinados creyendo debilidad la i^aciencia del Go- 



— 37 — 

hierno, estaban dispuestos á seguir él estandarte dolos que aniena- 
zahayí con asesinarlo. 

« Yo lo sé, ciudadanos extraviados, y vosotros sabéis que no 
lo ignoro. Calculad si liabeis corrido riesgo, viendo al Gobierno 
en disposición do obrar, y sostener el orden hasta los últimos 
extremos. 

« Si se levantaran 2jro(xsoH para esclarecer los crímenes, el 
Gobierno no podria escaparos á la venganza de las leges. No se 
trata de perder ni do arruinar á los hombres que por otra parte 
han rendido á la Patria distinguidos servicios: demasiado do- 
loroso me ha sido el no poder evitar los padecimientos do 
los que no debían ser perdonados, y hacer participes de ellos á 
inocentes familias. Los sumarios por otra parte, en estos tiem- 
pos, no son un medio seguro para descubrir tal clase de críme- 
nes. 

En una revolución se mezcla la mitad del pueblo, anos pm am- 
bición, otros por sentitniento, g casi todos por temor. No es fácil 
clasificar cuales hayan sido los principios de su complicidad, 
y seria preciso dejar ala sociedad sin amigos, y al Gobierno sin 
ciudadanos celosos, que le advirtiesen los riesgos, si hubieran 
de publicarse los conductos por donde han llegado día á día los 
j)royoctos de esa revolución. 

« Es mu}'^ notorio que se esperaba por momentos verso eje- 
cutada, y que se preparaba por los mismos medios que se han 
verificado las anteriores : los ciudadanos que se han mandado 
salir hacían alarde de su empresa ; en el acto mismo de ser ar- 
restados, y aun después ha habido algunos que han manifesta- 
do todo su despecho, y vomitado sin querer todo el veneno quo 
abrigaban. 

« Grandes j)eligros nos amenazan, y un vasto campo se 
ofrece para emplear el valor y la constancia con gloria. Los 
portugueses no desean la gucrí'a : quisieran que las Provincias 
lJ)iidas fuesen indifere)iies en medio de la agresión á una parte 



— 38 — 

de su te. r 'dorio; pero Ja guerra será inevitahle si muy en hreve no 
satisfacen al gobierno sohre sus miras y la incursión de tropas 
extranjeras más 2)eliyrosus que otras alyíinas, por ser vecinas, no 
se demuestra compatible con nuestra libertad absoluta, y nuestra 
independenna. Pt i ellos ; ningún tratado definitivo se hará con 
los portugueses sin vuestra noticia anterior, y sin vuestro cono- 
cimiento. Ejército portugués ó de cualquiera otra nación, no pi- 
sará en ningún punto de csla banda sin que encuentre la más 
vigorosa resistencia. Se llevará la guerra á la Banda Oriental 
misma, se arrojarán los extranjeros de aquellos campos, y de los 
que ocupan, y esto será bien pronto; sino somos co^ivencidos pjlena- 
mente ele qu-^ lo contrario conviene á nuestro interés y á nuestra 
gloria 

« Sabed de cierto que el gobierno no lia hecbo pacto alguno 
con potencia alguna del globo, y que relativamente á los portugue- 
ses noha podido ser instruido de sus pilanes porque lia carecido de 
libertad aun para estopor los desafueros de los Demagogos, aun- 
que por otra parte se prometen en grande muchas ventajas. 

« Que vuestro interés propio os baga ser más prudentes, y 
que no tenga yo nuevos motivos de atormentar mi corazón 

CON FUNESTAS EJECUCIONES. (!!) 



La posteridad con su inexorable fallo ha condenado procede- 
res y politica tan atentatorias, que se imponían con tales actos 
de execrable violencia y con amenazas de funestas ejecuciones 
al pueblo indignado de Buenos Aires. 

Indudablemente, no puede afirmarse que los ciudadanos ar- 
gentinos que bacian precisos tales medios de coacción, porque 
de otro modo habrían impedido que llegasen á consumarse 
aquellas traiciones, soportando con mal rej)rímida violencia 
tales mandatarios; no puede afirmarse, decimos, que esos ciu- 



— 39 — 

dadanos argentinos se hacían partícipes ó adictos de tan odio- 
sa política. 

Por el contrario, debe asegurarse, como lo hemos hecho al 
princii)io, que simpatizaban ardientemente con Artigas, y con 
la noble causa del Pueblo Oriental, que eran idénticas por la 
simultaneidad de esftierzos, por la heroicidad del sacrificio y de 
la abnegación. 

En cuanto á aquel Manifiesto y sus afirmaciones, es conve- 
niente hagamos conocer la opinión que á su respecto formula 
el mismo General Mitre, no obstante su decidida parcialidad 
en la defensa que hace de la política de Pueyrredon. A pesar 
de esa parcialidad, los hechos se imponen sometiendo su juicio 
á una inflexible ley moral, y la justicia se abre paso mal grado 
el mismo autor de tan acomodaticios sofismas. 

Dice así el General Mitre en su Historia de Belgrano en la 
pag. 467. Tomo 2.° 

« Este documento histórico, más artificioso que franco y 
valiente, que ofrecía \q, imhliddad cuando se negociaba secreta- 
mente contrariando Ja oiüiiton, que amenazaba con la rjuerra, 
reservándose no hacerla si la ocuiutcion convenia á los intereses y 
la gloria argentina; y que negaba casuisticaniente un hecho 
que hacia dos años le constaba oficialmente, revelaba enip.ero en 
su ambiguo lenguaje más aiüonio en él gobierno, más claridad en 
sus listas, y cierto temple que indicaba hallarse á la cspectati- 
va de un gran acontecimiento que debía despejar la situación.» 

Algunas páginas antes el mismo General Mitre, aun al mismo 
tiempo que deprime á Artigas, reconoce que la o])inion exalta- 
da en Buenos Aires acusaba de esa traición al Directorio, re- 
pudiando su política cobarde, ó su duplicidad. Dice asi el 
General Mitre pág. 437 Tomo 2." 

« Tal era el estado de la guerra en la Banda Oriental en No- 
viembre de 1810. Ante este doloroso espectáculo, el patriotismo 
argentino no podía dejar de estremecerse. La opinión ea'cdtada. 



— 40 — 

exagerando este sentimiento, y simpatizando en el fondo más con 
él caudillaje de Artigas que con la causa patriótica que pob 
DESGRACIA REPRESENTABA estc hárharo, acusaba al gobierno gene- 
ral de connivencia imsiva con los j^ortugueses, mientras qtte las 
2)ohl aciones rebeladas del litoral lo acusaban imblicamente de trai- 
ción. Los políticoá fiios como García, pensaban que lo mejor 
era dejar destruir la anarquía por la mano del extranjero, li- 
brando á la acción del tiempo los problemas internacionales. 
En medio de este desorden de propósitos y aspiraciones nega- 
tivas, no faltaba quien creyese, que la invasión era llamada 
por el mismo Artigas, para obrar de consuno contra Buenos 
Aires (!!) creencia que, en sus fluctuaciones, llegó á participar 
el mismo Director Pueyrredon, no obstante los antecedentes 
de que estaba en posesión. » 

Concluyamos. 

Véase, pues, ante esos testimonios irrecusables, si no bemos 
tenido razón en afirmar que no puede hacerse solidario al 
pueblo de Buenos Aires del crimen de traición á la causa ame- 
ricana cometido exclusivamente por verdaderas camarillas, 
como califica el mismo General Mitre la de Alvear, la de Alva- 
rez Thomas y otros gobernantes, que el mismo pueblo porteño 
fué el primero en repudiar y execrar. 

Esos crímenes reproducidos desde 1814 fueron obra sola- 
mente de un pequeño partido apoyado en elementos oficiales, 
, y en las bayonetas de dos ejércitos : círculos que fueron cayen- 
do poco después uiros tras de otros, en medio de la reprobación 
mas general de las provincias argentinas, y en especial de la 
de Buenos Aires mismo. 

Pero es evidente y dolorosamente probado que entre todas 
esas defecciones vergonzosas y criminales, ninguna asumió la 
treme p.da é inicua solidaridad con la conquista de la Banda 
Oriental por el Portugal, como la que se consumó por el Di- 
rectorio del General Pueyrredon. 



El gran crimen 



Observando el mismo plan que hasta ahora hemos adopta- 
do de reproducir algunos de los mismos documentos oficiales 
más fehacientes y explícitos de aquella é2)0ca, que corroboren 
ampliamente nuestras afirmaciones, vamos á completar esta 
serie reproduciendo los pactos aprobados por el Directorio y 
el Con^^reso, estipulando la complicidad con el Portugal, y al- 
gunas de las notas que descubren en toda su odiosa iniquidad 
quienes fueron los autores, promotores y cómplices del abor- 
recible crimen de consentir en dejar entregada la Provincia 
Oriental á sus ávidos usurpadores, y ofrecer á estos toda clase 
de facilidades ^y seguridades para que pudiesen consumar im- 
punemente su obra. 

Con esos documentos de irrecusable autenticidad quedará 
perfectamente constatado el verdadero origen de lo que se 
considera hoy con tanta razón como el gran crimen del par- 
tido unitario centralizador de 1816 y 1817. 

Es sabido que el Principe Regente de Portugal, después 
Juan VI, liabia hecho venir 5,000 hombres de fuerzas veteranas 
de la Península, de las mismas que habían servido á las órdenes 
del Duque de Wellington y de Berresford contra los Mariscales 
de Napoleón ; cuya expediciím fué embarcada en Rio Janeiro 
en Mayo de 1816 para Santa Catalina, cuando ya el Diputado 
de las Provincias Unidas del Rio de la Plata doctor García, 
á nombre de los Directores Alvarez Thomas y Balcarce, diriji- 
dos por el doctor Tagle, había facilitado esa empresa de ocupa- 
ci n militar y conquista de la Banda Oriental con toda clase 
de aberturas y de seguridades de un amistoso y cordial con- 
sentimiento. 



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Eran conocidos entonces los trabajos en este sentido llevados 
á cabo en la Corte por el doctor García, ayudado activamente 
por el doctor don Nicolás Herrera, quien colaboraba decidida- 
mente por el feliz éxito de esa subyugación de su patria, en 
odio sin duda al invencible Artigas, sirviendo al efecto de 
asesor secretario al General Lecor. (1) 



(1) En una carta del doctor García al Director Balcarce de 9 de Junio 
de 1816, cuj'O original se halla entre los nianuscritos del Archivo secreto 
del Congreso de Tucuman, y c-n la c\xie comunica desde Eio Janeiro 
que la escuadra Portuguesa está, al ancla espei'ando buen viento para 
zarpar «para ir á acabar con Artigas quien luego dejará de molestar á 
Buenos Aires;» y en la cual hace algunos elogios del general Lecor, jefe 
de la expedición, agrega lo siguiente: 

« Nuestro amigo Herrera estará luego en Montevideo. El será el de- 
« positario de nuestras comunicaciones, y asi serán más prontas 3' segu- 
« ras. Será además encargado de otras cosas. Las jDrimeras medidas de 
« Lecor pienso que inspirarán confianza. Esta es maniobra complicadi- 
« sima, y se necesita la circunspección del niundo para salir sin des- 
« gracias. Vaya pensaaido en el sujeto que ha de acercarse á tratar con 
« Herrera y el General, que sea hombre sin ruido, y que el tal hombre 
« sea sobre todo maniso, callado y negociador. Por Dios, que no sea 
« asustadizo, ni de aquellos que quieren todo en un abrir y cerrar de 
« ojos. Luego van ciertas bases que pudieran ser las del negociado.» 

Entre los documentos del mismo Archivo reservado del Congreso se 
encuentra un diario del General Vedia i*elacionando los incidentes de su 
comisión cerca del General Lecor,el cual fué remitido por el Director al 
Congreso, y en el cual se dio cuenta de este modo de la entrevista prime- 
ra de Vediá con el doctor don Nicolás Herrera: 

— « Cuanto me alegro que hayas sido tu elegido para este encargo, 
le dijo Herrera-^Mucho te agradezco tu buena voluntad — Que dicen de 
mi en Buenos Aires ? — Mucho malo — ¿Esjjosible? — Como lo oyes— No 
puedo olvidarme que mis paisanos me han puesto grillos — Yo no pienso 
sino eai servir